jueves, 30 de enero de 2020

Las falsedades de la desigualdad


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Las falsedades de la desigualdad 

 

 

Jesus Banegas

A mediados de los años setenta del pasado siglo el Club de Roma lanzó a bombo y platillo su peregrina tesis del crecimiento cero cuya verificación empírica cosechó un absoluto fracaso. Se trataba de una peregrina tesis progresista en contra de la capacidad del capitalismo para seguir creando riqueza.
Hacia finales del pasado siglo ya se habían constatado en el tan vasto como profundo ensayo The estate of humanity, dirigido por Julian L. Simon de la Universidad de Maryland y realizado por más de cincuenta profesores universitarios, los enormes progresos alcanzados en esperanza de vida, salud, estándar de vida, productividad, po breza, recursos naturales, polución y medio ambiente.
Mientras el mundo seguía creciendo aún más y mejor en el siglo XXI, los mismos progresistas que habían visto ridiculizada su tesis sobre el crecimiento cero y la tácita y consecuente necesidad de redistribuir la riqueza, vuelven a la carga: como no pueden cuestionar el crecimiento económico tratan de oscurecerlo por la desigualdad que ocasiona.
Es bien curioso que la campaña progresista sobre la desigualdad coincida con una asombrosa reducción de pobreza en el mundo —su tasa se ha dividido por seis desde el apocalíptico anuncio del Club de Roma— producida gracias a la adopción del capitalismo por los países socialistas
Todo comenzó con gran eco mediático con el ensayo de Piketty —más popular políticamente que leído— que fue recibido como agua de mayo por los progresistas del mundo para ser seriamente criticado y cuestionado después en el ámbito académico. El premio Nobel Stigliz sigue la misma estela de la desigualdad… siempre de los países ricos, mientras critica la globalización.
La tesis compartida de Piketty y Siglitz es que “todo el crecimiento de las últimas décadas benefició exclusivamente a las rentas altas”. Una enormidad de datos estadísticos y el prestigio de un Nobel —recibirlo con mérito por un cierto saber no habilita saber de todo— junto con los medios de comunicación progresistas y la mala conciencia de mucha gente hicieron creíble un supuesto que se ha demostrado infundado. He aquí el resumen de un oportuno y reciente trabajo, basado en investigaciones en EE.UU., del profesor del IESE, Pedro Videla, titulado Los cuentos de los laureados:
  • Los datos no respaldan la afirmación de que las familias de clase media no hayan mejorado sus ingresos las últimas cuatro décadas.
  • Mas divorcios, menos matrimonios, más inmigración de baja cualificación y la reducción de la fecundidad no benefician un aumento de las rentas medias.
  • Las familias pobres de hoy son más ricas que las del pasado.
  • Un 93% de las familias pobres de hoy son mas ricas que sus padres; un 84% de las medias y un 70% de las ricas.
  • Que los ricos de hoy sean mas ricos que los de ayer -gracias a la globalización– no significa que acaparen todas las ganancias.
  • Piketty & Sitiglitz ignoran el estancamiento de Japón, la desintegración de los países comunistas y la última revolución tecnológica, lo que favorece sus tesis.
Señala muy oportunamente Videla que los que se preocupan de la supuesta desigualdad de rentas nada dicen de otras desigualdades bien evidentes procedentes del “capitalismo de amiguetes”, sectores laborales superprotegidos, la mala educación pública, etc.
Otro premio Nobel, como Becker, sostiene que la globalización ha sido clave para conseguir la mayor reducción de pobreza de la historia y con él la inmensa mayoría de los académicos,  mientras que los también Nobel, Deaton y Phelps, han escrito recientemente sendos libros, El gran escape y Una prosperidad inaudita, aportando una gran cantidad y diversidad de incontestables datos para sostener algo incuestionable: los últimos treinta años ha sido los mejores de toda la historia….sobre todo para los más pobres.
Pero ha tenido que ser un científico, Steven Pinker, catedrático de psicología en Harvard quién en su último libro, Enlightenment now (2018), ha colocado a los progresistas en su sitio al poner de relieve, no sólo los enormes logros de la humanidad de los últimos años, sino su ridícula negación por éstos; negación hipócrita, ya que como comenta irónicamente el autor, los progresistas se caracterizan por negar el progreso mientras se aprovechan de él….”usando los ordenadores y operándose con anestesia”.
Es bien curioso que la campaña progresista sobre la desigualdad coincida con una asombrosa reducción de pobreza en el mundo —su tasa se ha dividido por seis desde el apocalíptico anuncio del Club de Roma— producida gracias a la adopción del capitalismo por los países socialistas.
También llama la atención que los progresistas estén indirectamente en contra (no se atreven a afrontar su contradicción) de la grandísima desigualdad de riqueza que ha generado en China el sistema capitalista frente a la extrema -se supone que querida por ellos- igualdad en la pobreza de la época maoísta. A la muerte del progresista Mao, dos tercios de la población china (615 millones) eran igualmente pobres: vivían con menos de un dólar por día. Hoy son desigualmente ricos y sólo menos de un 0,3% vive por debajo del umbral de la pobreza Lo mismo podría decirse del comunismo capitalista de Vietnam.
En rigor, son los países políticamente comunistas con economías capitalistas los que verdaderamente han generado grandísimas desigualdades de riqueza, frente a la miseria igualmente repartida que venían padeciendo con la obvia excepción de sus élites dirigentes. Por cierto, como señala Pinker en su libro, los progresistas europeos nunca se han distinguido por criticar ni antes ni ahora a dichas élites.
Tal y como escribiera Hayek con evidente y axiomática clarividencia: “la libre elección de la ocupación de cada uno es irreconciliable con la justicia distributiva”. La igualdad solo es posible si se cercena la libertad individual, lo que se consiguió con éxito en la China y el Vietnam precapitalistas.
Pero, puesto que está de moda la crítica a la desigualdad, a pesar de ser en las sociedades abiertas la consecuencia natural de la libre actuación de las personas, cabe preguntarse por la razón que la inspira. La respuesta la ofrece el economista Richard Layard que sostiene: “Existe una clara evidencia empírica de que el aumento de las rentas de unas personas lastima la felicidad de otras”. ¿Y quienes ven lastimada su felicidad si otros la disfrutan?: los envidiosos.
El reputado sociólogo Helmut Schoeck apunta en su ensayo La envidia y la sociedad señala que el envidioso “siente desplacer por los valores morales o materiales de otro y, en general, tiene más interés en destruirlos que en conseguirlos para sí” y añade que “el culpable de la envidia es el envidiado”.
Nunca ha existido en el mundo más igualdad de oportunidades que ahora gracias a tres factores encadenados: el acceso a la educación, la libertad de desplazamiento y la meritocracia que rige en los mercados a la hora de reclutar a los trabajadores y conformar las élites empresariales. Las tecnoestructuras de las empresas capitalistas están integradas por quienes más se han esforzado y rendido a lo largo de sus carreras profesionales.
Y si miramos aún más lejos y observamos quienes son los multimillonarios líderes de las mejores empresas del mundo: todas las tecnológicas -sin excepción- e incluso Zara, Ikea, etc ninguno de ellos debe nada a otra herencia que la del esfuerzo, el talento e incluso la suerte. ¿Y porqué hemos de envidiar su fortuna y la enorme y legítima desigualdad de riqueza que les separa de los demás?
“Al echar las anclas en el ámbito prerracional de la estructura básica del hombre, el socialismo consigue inmunizarse frente a toda refutación lógica o empírica, partiendo de la idea de que todo hombre es perjudicado por otro que no tenga la misma suerte”, sostiene Schoeck.
Para quienes asumen —aunque no se atrevan  a enunciarlo— que la economía es un juego de suma cero en el que solo cabe preocuparse por la distribución de la riqueza,  el espectacular crecimiento de la economía mundial debido a la libertad de los mercados y la globalización económica que ha beneficiado enormemente a los más pobres de la tierra es el mejor alegato contra sus infundadas tesis.
A nivel español, el Instituto Juan de Mariana desmontó hace un par de años con muy sólidos argumentos empíricos -que tan poco gustan a los populistas- las principales falacias “desigualitarias”:
  • España es uno de los países mas igualitarios de Europa según el índice Gini de riqueza, gracias a la propiedad inmobiliaria.
  • La desigualdad de renta se sitúa en la media europea, según el mismo tipo de índice, si se añaden la rentas en especie (salud, educación , etc.)
  • El índice de Gini de consumo nos sitúa entre los países menos desiguales.
  • La movilidad social de España tiene un nivel intermedio pero mejor que el de los grandes países europeos.
  • El principal causante de la desigualdad es el desempleo, debido a la consabida rigidez del mercado laboral.
Por otra parte, según la OCDE, los hogares españoles tienen un nivel de riqueza neta superior a la mayoría de sus países miembro -los más ricos del mundo- y disfrutan de menos desigualdad que la media.
En España la principal raíz de la desigualdad es la educación, cuyo nivel ha venido descendiendo conforme se extendía, gracias a la insólita alianza de una política populista que ha desterrado de las aulas el esfuerzo, el rigor académico, la jerarquía del saber, la autoridad del profesor, etc… con el desapego de demasiados padres por una educación exigente formadora de ciudadanos libres responsables de su destino.
Después de lo dicho, ¿hasta cuando nos seguirán sermoneando con artificiales supuestos quienes al criticar nuestra brillante economía de mercado carecen de paradigmas alternativos que no hayan fracasado estrepitosamente tanto en la creación de riqueza como en su distribución?
Foto: Ryan McGuire

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