lunes, 19 de febrero de 2018

Los conservadores: una especie política en extinción


disidentia.com

Los conservadores: una especie política en extinción

Jorge Vilches

La Historia de los últimos doscientos años es el relato de la desaparición de aquellos hombres e ideas que se han presentado como conservadoras. Donoso Cortés escribía que gobernar es resistir, algo que era cierto para quienes rechazaban la revolución, pero falso para los revolucionarios que tomaban el poder. La resistencia partía, y parte, de una concepción defensiva de la existencia frente a esas transformaciones que cambian el orden de las cosas.
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El conservadurismo es hoy una etiqueta que todos desprecian. En España, Ciudadanos, el partido de los “principios permanentes revisables“, insulta al Partido Popular llamándolo “conservador”, y el Partido Socialista se refiere a los populares como “inmovilistas”. La idea es que la política solo es buena si se concibe como la máquina del movimiento interminable; pero, ojo, movimiento en un único sentido: el del “progreso”.
El conservadurismo es hoy una etiqueta que todos desprecian
Si bien la idea de progreso y la Filosofía de la Historia que hay detrás es merecedora de otro artículo, es conveniente resaltar ahora cómo la imposición de la corrección política y el progresismo internacional han conseguido extinguir a los conservadores.

Cuáles son los rasgos de un conservador

El pensador inglés, Michael Oakeshott publicó en 1962 un ensayo titulado “Ser conservador”. Lo concibió para polemizar con los izquierdistas que poblaban su Universidad, y todas, dando entidad a una actitud que pronto fue sentenciada por la generación del 68. Karl Jaspers ya había visto el cambio en el “tiempo eje”, y que la tecnología había transformado la concepción del hombre y de la sociedad, de sus principios y finalidades. Sin embargo, Oakeshott, quizá sin querer, da en dicho ensayo las claves para acabar con los conservadores.
Para Michael Oakeshott, el conservadurismo no es un credo o una doctrina, sino una actitud
Los conservadores: una especie política en extinción
El conservadurismo, escribía el pensador inglés, no es un credo o una doctrina, sino una actitud. Es decir; es un comportamiento determinado por unas creencias. La clave para desmontarlo sería, por tanto, manejar o manipular las ideas con las que el hombre concibe su existencia, su papel y la comunidad. Será necesario, en primer lugar, conocer esas ideas y, después, propiciar un cambio paulatino y tranquilo que a la postre desmenuce la tradición, los valores, la educación y la cultura típicamente conservadoras.
La característica fundamental del hombre conservador es su deseo de mantener un presente que le permita ser feliz, sin retrasar ese bienestar a un paraíso futuro. El rechazo a las utopías y a la ingeniería social está en su columna vertebral porque es consciente de que puede perder su posición, su propiedad y su entorno. O ver proscritas sus creencias. Oakeshott apuntala esta idea señalando que el conservador prefiere lo familiar a lo desconocido, lo real a lo posible, lo conveniente a lo perfecto.

El odio conservador a la incomodidad moral

Dado que el conservador odia la incomodidad moral, el utopista y el ingeniero social, siempre de izquierdas, han tratado siempre de revestir su gobierno y su legislación de una legitimidad moral: hacer que responda a una necesidad emocional, espiritual y material de las personas que conforman la comunidad. Por tanto, la legislación  establece la moral.
Es la versión actual de la República virtuosa de los jacobinos, fundada en la idea de conseguir la unidad social a través de la virtud; una virtud minuciosamente caracterizada por el Poder. La categoría de ciudadano se adquiere en cuanto se cumple con la moral establecida por la nueva norma; quien no cumple es un corrupto que carece de legitimidad para vivir en comunidad.
La incomodidad moral se alimenta desde la escuela, la cultura y los medios de comunicación precisamente porque aterra al conservador. Transformar la moral, la visión del mundo y del hombre, lo que está bien y lo que está mal, lo aceptable y lo repulsivo, es una vía para extinguir a los “inmovilistas”, a los “antiguos”. Así, el conservador no ve el cambio como una pérdida, sino como parte de su integración en el nuevo mundo, en el sino de los tiempos.
El conservador admite pequeños cambios, aquellos que no empiezan con carga moral, sino como una mera política económica o administrativa
Oakeshott señalaba que el conservador admite pequeños cambios, aquellos que se anuncian con tiempo y son lentos, que no empiezan con carga moral, sino como una mera política económica o administrativa. Una vez asentadas las modificaciones, se procede a dar el paso siguiente, ese que incomoda al conservador, y que le hace sentir desencajado en una sociedad a la que no reconoce.
¿Y qué sucede con la identidad del conservador? Todo cambio implica un riesgo para las identidades clásicas, como escribió Oakeshott. Sin embargo, el progresismo ha introducido identidades alternativas que suplantan a las viejas, algo que el filósofo inglés no tuvo tiempo de observar. Por ejemplo, la lucha de clases ha sido sustituida por la lucha de géneros hasta el punto de que el 1º de Mayo será sustituido por el 8 de Marzo. Y las creencias religiosas han sido colocadas al mismo nivel que el veganismo, el ecologismo o las preferencias sexuales.
Los conservadores: una especie política en extinción
La estrategia para la extinción de los conservadores estriba en lograr que perciban los cambios como una ganancia
La estrategia para la extinción de los conservadores, además de la hegemonía cultural descrita, estriba en lograr que perciban los cambios como una ganancia. Para eso es preciso que los ingenieros sociales difundan durante un tiempo conveniente la idea de que el orden está anticuado, descolocado frente a las realidades que permanecieron mucho tiempo calladas.
Aquí, la acción de la ideología de género en la recuperación e invención de personalidades femeninas, siempre ocultadas por el machismo, es indudable. Es como si las tradiciones conocidas, “las oficiales”,  hubieran convivido con otras que se ocultaban y que representan la modernidad. El propósito es mostrar que son dos tradiciones a la misma altura, pero que una necesita justicia y que la otra debe ser castigada o retroceder.
El izquierdista aprovecha el sustrato religioso fundamentado en el bien común por encima del interés individual
El conservador cree que cuanto más se parezca el cambio a la idea de crecimiento, tan querida por él, menor será la pérdida y mayor la ganancia. Por eso, el ingeniero social acompaña su política con calificativos de beneficio a la comunidad en todos los órdenes, siempre bajo el ojo atento de la solidaridad. En esto, y es preciso señalarlo, el izquierdista aprovecha el sustrato religioso fundamentado en el bien común por encima del interés individual. Solo basta con redefinir el bien común para sacrificar el interés individual.

Una extinción suave, sin estridencias ni rupturas

Por último, es preciso hacer creer al conservador que hace lo adecuado en el momento justo. El cambio en su actitud, que en eso consiste el conservadurismo, se ha logrado así sin estridencias ni rupturas, sin guillotinas ni checas: suavemente. De este modo, la resistencia, volviendo a Donoso, se ha convertido en la parte lenta del cambio, en el lastre que acaba cediendo, e incluso con el tiempo defendiendo el nuevo dogma.
Nada triunfa contra el cambio, escribió Oakeshott, en un mundo donde todo está en constante transformación
Nada triunfa contra el cambio, escribió Oakeshott, en un mundo donde todo está en constante transformación. Por eso quizá la clave de su extinción la dio Friedrich Hayek al sentenciar que la filosofía conservadora, si bien es capaz de analizar y criticar, no ofrece más alternativa que la resistencia, ni brinda novedad alguna. Esto, frente al dominio del progresismo, al que dedicaré el próximo artículo, es un lento y paulatino suicidio.

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