Durante
casi dos décadas, el lugar más peligroso sobre la Tierra ha sido, sin
duda alguna, la frontera indo-pakistaní en Cachemira. No es precisamente
imposible que una pequeña chispa de artillería y un intercambio de
cohetes a través de esa frontera pueda –teniendo en cuenta las conocidas
doctrinas militares de los dos vecinos dotados de armas nucleares-
llevar de forma inexorable a una conflagración nuclear a gran escala. En
tal caso, el resultado sería catastrófico. Además de causar la muerte
de millones de indios y pakistaníes, esa guerra podría
provocar
un “invierno nuclear” a escala planetaria, lo que conllevaría niveles
de sufrimiento y muerte que escaparían a nuestra comprensión.
De
forma alarmante, la competición nuclear entre India y Pakistán ha
entrado ya en una fase escalofriante. Ese peligro se deriva de la
decisión de Islamabad de desplegar armas nucleares tácticas de bajo
rendimiento en sus puestos de operaciones avanzadas a lo largo de toda
su frontera con la India para disuadir de una posible agresión de
fuerzas invasoras con tanques. Pero aún más inquietante es que la
decisión de lanzar un misil nuclear con un alcance entre 57 y 100
kilómetros va a depender de los comandantes locales. Este es un cambio
peligroso de la práctica universal de investir de tal autoridad al
oficial más importante del país. Tal situación no tiene paralelo en la
carrera armamentística entre Washington y Moscú en la era de la Guerra
Fría.
En lo que se refiere a las armas nucleares estratégicas de
Pakistán, sus componentes están almacenados en diferentes lugares para
ser ensamblados sólo tras una orden del líder del país. Por el
contrario, los misiles nucleares tácticos se ensamblan previamente en
una instalación nuclear y se envían a un puesto de avanzada para uso
instantáneo. Además de los peligros inherentes a esta política, esas
armas serían vulnerables a un mal uso por parte de un comandante canalla
o si alguno de los muchos grupos militantes existentes en el país
llegara a robarlas.
En el punto muerto nuclear entre los dos
vecinos, los riesgos están constantemente al alza, como Aizaz Chaudhry,
el principal burócrata del Ministerio de Asuntos Exteriores pakistaní,
dejó claro
recientemente. El despliegue de armas nucleares tácticas, explicó,
significaba actuar como forma de “disuasión”, dada la doctrina militar
de “Arranque en Frío” de la India, un supuesto plan de emergencia para
castigar en gran medida a Pakistán por cualquier provocación
inaceptable, como un ataque terrorista contra la India del que
resultaran víctimas masivas.
Nueva Delhi se niega a reconocer la existencia de Arranque en Frío. Pero esas negativas son falsas. Ya en 2004 se estaba
discutiendo
esta doctrina, que implicaba la formación de ocho Grupos de Batalla
Integrados (IBGs, por sus siglas en inglés) del tamaño de una división.
Estos grupos constaban de infantería, artillería, blindados y apoyo
aéreo, y cada uno podría operar de forma independiente en el campo de
batalla. En caso de graves ataques terroristas de algún grupo con sede
en Pakistán, estos IBGs responderían penetrando rápidamente en
territorio pakistaní por puntos inesperados a lo largo de la frontera y
no avanzarían en su interior más allá de 50 kilómetros, alterando las
redes de control y mando militar aunque manteniéndose alejados de
lugares desde donde pueda desencadenarse una represalia nuclear. Es
decir, la India lleva mucho tiempo planificando las respuestas ante
graves ataques terroristas con una acción militar convencional rápida y
devastadora que infligiría sólo daños limitados, y así –en el mejor de
los casos-, privar a Pakistán de justificación para una respuesta
nuclear.
Islamabad, a su vez, ha estado planeando cómo disuadir a
los indios de poner en marcha un ataque relámpago estilo “Arranque en
Frío” sobre su territorio. Después de grandes debates internos, sus
altos funcionarios optaron por las armas nucleares tácticas. En 2011,
los pakistaníes hicieron una
prueba con éxito. Desde entonces, según Rajesh Rajagopalan, que vive en Nueva Delhi y es coautor de
Nuclear South Asia: Keywords and Concepts, Pakistán parece haber estado ensamblando cuatro o cinco de ellas al año.
Todo esto ha ido sucediendo en el contexto de unas poblaciones que se ven entre sí de manera desfavorable. Una
encuesta típica
llevada a cabo en este período por el Pew Research Center encontró que
el 72% de los pakistaníes tenían una opinión desfavorable de la India,
que el 57% la consideraban una amenaza seria, mientras que, por la otra
parte, el 59% de los indios veían a Pakistán bajo un prisma negativo.
Este
es el contexto contra el que los dirigentes indios han dicho que un
ataque nuclear táctico contra sus fuerzas, incluso en territorio
pakistaní, se consideraría un ataque nuclear a escala total contra la
India y que se reservaban el derecho a responder en consecuencia. Como
la India no dispone de armas nucleares tácticas, sólo podría tomar
represalias con armas nucleares estratégicas mucho más devastadoras,
posiblemente atacando ciudades pakistaníes.
En el peor de los escenarios, según una
valoración
hecha en 2002 por la Agencia de Inteligencia de la Defensa de EEUU
(DIA, por sus siglas en inglés), una guerra nuclear indo-pakistaní
podría provocar inicialmente de ocho a doce millones de víctimas,
seguidas de muchos millones más a causa del envenenamiento por
radiación.
Estudios más recientes han mostrado que hasta
mil millones de personas
en todo el mundo podría llegar a estar en peligro de morir de hambruna e
inanición a causa del humo y hollín arrojados a la troposfera en caso
de un intercambio nuclear grave en el sur de Asia. El “invierno nuclear”
resultante y la consiguiente pérdida de las cosechas se añadirían
funcionalmente hasta llegar a un holocausto nuclear global de desarrollo
lento.
El pasado noviembre, para reducir las posibilidades de que
pudiera producirse un intercambio tan catastrófico, los altos
funcionarios de la administración Obama se reunieron en Washington con
el jefe del ejército de Pakistán, el general Raheel Sharif, el árbitro
final de las políticas de seguridad nacional de ese país, y le instaron a
dejar de producir armas nucleares tácticas. A cambio, le ofrecieron la
promesa de poner fin al estatuto de paria de Islamabad en el campo
nuclear apoyando su entrada en el Grupo de Proveedores Nucleares, de 48
miembros, al que pertenece ya la India. Aunque no se emitió ningún
comunicado formal tras el viaje de Sharif, es bien conocido que rechazó
la oferta.
Ese fracaso estaba implícito en el
testimonio
que el Director de la DIA, el teniente general Vincent Steward, dio al
Comité de Servicios Armados el pasado febrero: “Las armas nucleares de
Pakistán continúan aumentando”, dijo. “Estamos preocupados por ese
crecimiento y por si la evolución de la doctrina asociada con las armas
[nucleares] tácticas aumenta el riesgo de un incidente o accidente”.
Ojivas nucleares estratégicas
Desde
la valoración de la DIA de las víctimas humanas en una guerra nuclear
en el sur de Asia, los arsenales nucleares estratégicos de la India y
Pakistán han seguido creciendo. En enero de 2016, según un
informe
del Congreso estadounidense, el arsenal pakistaní constaba
probablemente de 110-130 ojivas nucleares. Según el Instituto
Internacional de Investigaciones por la Paz de Estocolmo, la India tiene
entre 90 y 110 de esas mismas ojivas. (China, el otro actor regional,
tiene aproximadamente unas 260 ojivas).
Cuando terminaba la década
de 1990, en la que tanto la India como Pakistán probaban su nuevo
armamento, sus gobiernos dieron a conocer sus doctrinas nucleares. La
Junta Asesora de Seguridad Nacional sobre la Doctrina Nuclear India, por
ejemplo,
afirmaba
en agosto de 1999 que “la India no va a ser la primera en iniciar un
ataque nuclear, pero responderá con represalias de castigo si la
disuasión fracasa”. El Ministerio de Asuntos Exteriores de la India
explicó en aquel momento que la “disuasión mínima creíble”, mencionada
en la doctrina, era una cuestión de “adecuación” y no de cifras de
ojivas. Sin embargo, en los años siguientes ese criterio de la
“disuasión mínima creíble” se ha vuelto a calibrar periódicamente
mientras los responsables políticos de la India seguían comprometiéndose
a actualizar el programa de armas nucleares del país con una nueva
generación de bombas de hidrógeno más potentes diseñadas para destruir
ciudades.
En Pakistán, en febrero del 2000, el presidente, el
general Pervez Musharraf, que era también el jefe del ejército,
estableció la División de Planes Estratégicos en la Autoridad del Mando
Nacional, nombrando director general de la misma al teniente general
Khalid Kidwai. En octubre de 2001, Kidwai
ofreció
un esbozo de la doctrina nuclear actualizada del país en relación con
su vecino, mucho más poderoso militar y económicamente, diciendo: “Es
bien sabido que Pakistán no tiene una política de ‘no ser el primero en
atacar con armas nucleares’”. A continuación, expuso los “umbrales” para
el uso de armas nucleares. Las armas nucleares del país, señaló, tenían
como único objetivo a la India y estaban disponibles para su uso no
sólo en respuesta a un ataque nuclear de este país, sino en caso de
conquista de una gran parte del territorio de Pakistán (el umbral del
espacio), o para destruir una parte importante de su territorio o
fuerzas aéreos (el umbral militar), o para empezar a estrangular
económicamente a Pakistán (el umbral económico) o para desestabilizar
políticamente el país a través de la subversión interna a gran escala
(el umbral de la desestabilización interna).
De todos ellos, el
umbral del espacio era el que podía llevar a apretar más fácilmente el
gatillo. Nueva Delhi, así como Washington, especularon sobre dónde
podría situarse la línea roja de ese umbral, aunque no hubo unanimidad
entre los expertos de defensa. Muchos suponían que podría ser la pérdida
inminente de Lahore, la capital del Punyab, a sólo 23 kilómetros de la
frontera india. Otros situaban la línea roja en la enorme cuenca del río
Indo en Pakistán.
A los siete meses de este debate, las
tensiones indo-pakistaníes se intensificaron abruptamente tras un ataque
contra una base militar india en Cachemira, llevado a cabo por
terroristas pakistaníes en mayo de 2002. En aquel momento, Musharraf
reiteró que no iba a renunciar al derecho de su país a utilizar primero
las armas nucleares. La perspectiva de Nueva Delhi alcanzada por una
bomba atómica se hizo tan plausible que el embajador estadounidense
Robert Blackwill
investigó
la construcción de un bunker reforzado en el recinto de la embajada
para sobrevivir a un ataque nuclear. Sólo abandonaron la idea cuando él y
su equipo comprendieron que quienes estuvieran en el bunker morirían
por las secuelas de la explosión nuclear.
Como era de esperar,
los dirigentes de los dos países se encontraron mirando fijamente hacia
el abismo nuclear debido a un acto violento en Cachemira, un disputado
territorio que ha provocado tres guerras convencionales entre los
vecinos del sur de Asia desde 1947, el año de la fundación de una India
independiente y de Pakistán. Como consecuencia de la primera de esas
guerras en 1947 y 1948, la India se apoderó de la mitad de Cachemira,
Pakistán consiguió una tercera parte y el resto fue posteriormente
ocupado por China.
Cachemira, la causa fundamental de la duradera enemistad
La disputa sobre Cachemira se remonta a la época en la que el
subcontinente indio gobernado por los británicos se dividió entre la
mayoría hindú en la India y la mayoría musulmana en Pakistán, y a los
estados gobernados indirectamente por príncipes se les dio la opción de
unirse a uno o a otro. En octubre de 1947, el maharajá hindú de
Cachemira, de mayoría musulmana, firmó un “instrumento de adhesión” con
la India después de que los invasores tribales musulmanes de Pakistán
invadieran su reino. La rápida llegada de tropas indias privó a los
invasores de la capital, Srinagar. Más tarde se enfrentaron a tropas
regulares pakistaníes hasta que el 1 de enero de 1949 se produjo un alto
el fuego auspiciado por las Naciones Unidas. El documento de adhesión
exigía que se les diera a los habitantes de Cachemira la oportunidad de
elegir entre la India y Pakistán una vez restaurada la paz. Esto aún no
ha sucedido y no hay perspectiva alguna de que vaya a tener lugar.
Por temor a una derrota en ese plebiscito, dado los sentimientos
propakistaníes predominantes entre la mayoría musulmana del territorio,
la India encontró varias formas de bloquear los intentos de la ONU para
organizarlo. A continuación, Nueva Delhi concedió un estatuto especial a
la parte de Cachemira que controlaba y celebró elecciones para su
asamblea legislativa, mientras Pakistán observaba con inquietud.
En septiembre de 1965, cuando quedó claro que sus protestas verbales eran inútiles, Pakistán intentó cambiar el
statu quo
mediante la fuerza militar. Lanzó una guerra que acabó de nuevo en
punto muerto con otra tregua patrocinada por la ONU, que exigió que las
partes en conflicto volvieran a la línea de alto el fuego de 1949.
En diciembre de 1971 se produjo un tercer conflicto armado entre los
dos vecinos, que hizo que Pakistán perdiera su franja oriental, que se
convirtió en el independiente Bangladesh. Poco después, la primera
ministra de la India Indira Gandhi trató de convencer al presidente
pakistaní Zulfikar Ali Bhutto para transformar los 740 kilómetros de la
línea del alto el fuego en Cachemira (renombrada “Línea de Control”) en
una frontera internacional. Al no estar dispuesto a renunciar a la
exigencia de su país de un plebiscito en toda la Cachemira anterior a
1947, Bhutto se negó. Por tanto, el punto muerto continuó.
Durante el gobierno militar del general Zia al Haq (1977-1988), Pakistán
inició una política de sangrar a la India con miles de cortes
patrocinando acciones terroristas tanto dentro de la Cachemira india
como en otros lugares del país. Delhi respondió reforzando su presencia
militar en Cachemira y reprimiendo brutalmente a aquellos de sus
habitantes que pedían un plebiscito o abogaban por la separación de la
India, perpetrando en el proceso violaciones de los derechos humanos a
gran escala.
A fin de detener la infiltración de militantes de la
Cachemira pakistaní, la India construyó una doble barrera de vallas de
3,6 metros de alto y en el espacio entre ellas plantó cientos de minas
terrestres. Más tarde, esa barrera contaría también con dispositivos
termales de imágenes y sensores de movimiento para ayudar a detectar a
quien se infiltrara. A finales de la década de 1990, en uno de los lados
de la Línea de Control había 400.000 soldados indios y en el otro
300.000 pakistaníes. No es extraño que el presidente Bill Clinton
llamara a esa frontera “el lugar más peligroso en el mundo”.
Actualmente, con el añadido de las armas nucleares tácticas a toda esa
mezcla, es mucho más que eso.
Cachemira, el hueso tóxico de la contención
Antes incluso de que Pakistán introdujera las armas nucleares tácticas,
las tensiones entre los dos vecinos eran peligrosamente altas. Después,
de repente, a finales de 2015, apareció un destello de oportunidad para
la normalización de relaciones. El primer ministro indio Narendra Modi
tuvo un encuentro cordial con su homólogo pakistaní, Nawaz Sharif, el
día del cumpleaños de este, el 25 de diciembre, en Lahore. Pero esa
esperanza se desvaneció cuando en las primeras horas del 2 de enero,
cuatro terroristas pakistaníes fuertemente armados consiguieron cruzar
la frontera internacional en Punjab, vestidos con uniformes del ejército
de la India, y atacaron una base de la fuerza aérea en Pathankot,
produciéndose un tiroteo que duró todo un día. Cuando el 5 de enero
consiguió restaurarse la calma, todos los terroristas estaban muertos,
pero también siete efectivos de la seguridad india y un civil. El
Consejo Unido para la Yihad, una organización-paraguas de grupos
militantes separatistas en Cachemira,
se atribuyó el ataque. Sin embargo, el gobierno indio
insistió en que la operación había sido dirigida por Masud Azhar, líder del
Jaish-e Muhammad (el Ejército de Mahoma), que tiene su base en Pakistán.
Como había ocurrido anteriormente, era Cachemira el
leitmotiv
de los militantes anti-India. Por fortuna, el ataque de Pathankot fue
un suceso menor, insuficiente para agravar la perspectiva de una guerra
aunque disipó cualquier buena voluntad generada en el encuentro entre
Modi y Sharif.
Sin embargo, hay pocas dudas de que una repetición de la atrocidad perpetrada por los infiltrados pakistaníes
en Bombay
en noviembre de 2008, que provocó la muerte de 166 personas y el
incendio del emblemático Hotel Taj Mahal de esa ciudad, podría tener
consecuencias realmente graves. La doctrina india pidiendo represalias
masivas en respuesta a un exitoso ataque terrorista a esa escala podría
significar
la puesta en marcha casi instantánea de su estrategia de Arranque en
Frío. Esto, a su vez, llevaría probablemente a Pakistán a utilizar armas
nucleares tácticas, abriendo así una posibilidad real de un holocausto
nuclear total de consecuencias globales.
Más allá del duradero
problema de Cachemira está el miedo primario de Pakistán a una India
mucho más grande y poderosa, y su aversión ante las ambiciones de la
India de convertirse en la potencia hegemónica en el sur de Asia. Con
independencia de qué partido gobierne, todos los gobiernos en Nueva
Delhi han seguido una trayectoria de fuerza en la cuestión de la
seguridad nacional destinada a reforzar el perfil de la defensa del
país.
En general, los dirigentes indios están decididos a
demostrar que su país está entrando en lo que a ellos les gusta llamar
“la era de las aspiraciones”. Cuando, en julio de 2009, el primer
ministro Manmohan Singh
lanzó oficialmente un submarino de misiles balísticos con potencia nuclear construido en el país, el INS
Arihant, fue recibido como un paso espectacular en tal dirección.
Según
los expertos en defensa, ese navío era el primero de esa clase que no
había sido construido por alguna de las cinco potencias nucleares
reconocidas: Estados Unidos, Gran Bretaña, China, Francia y Rusia.
Dos sitios nucleares secretos en la India
No se esperaba nada nuevo de la India en el frente nuclear. Pero el
pasado diciembre, una investigación del Centro por la Integridad
Pública, con sede en Washington,
revelaba
que el gobierno indio estaba invirtiendo 100 millones de dólares en
construir una importante ciudad nuclear secreta de alrededor de 21
kilómetros cuadrados cerca del pueblo de Challakere, a 257 kilómetros al
norte de la ciudad sureña de Mysore. Cuando esté terminada,
posiblemente ya en 2017, será el complejo militar más grande del
subcontinente con centrifugadores nucleares, laboratorios de
investigación atómica e instalaciones para ensayo de armas y aviones”.
Entre los objetivos del proyecto está ampliar las investigaciones
nucleares del gobierno, producir combustible para los reactores
nucleares del país y ayudar a alimentar la creciente flota de submarinos
nucleares. Estará protegido por un anillo de guarniciones, convirtiendo
el lugar en una instalación militar virtual.
Otro proyecto
secreto, la Planta de Materiales Raros de la India, cerca de Mysore,
está ya en funcionamiento. Es un complejo nuevo de enriquecimiento
nuclear que está alimentando los programas de armas nucleares del país,
al tiempo que sienta las bases para un ambicioso proyecto de crear un
arsenal de bombas de hidrógeno (termonucleares).
El objetivo
global de estos proyectos es proveer a la India de una reserva extra de
combustible de uranio enriquecido que pueda utilizarse en esas bombas
futuras. Como sitio militar, el proyecto de Challakere no estará abierto
a las inspecciones de la Agencia Internacional de la Energía Atómica o
de Washington, ya que el acuerdo nuclear de 2008 de la India con EEUU
excluye el acceso a instalaciones militares. Estas empresas están
dirigidas por la oficina del primer ministro, que está encargado de
supervisar todos los proyectos de energía atómica. El Acta de la Energía
Atómica de la India y el Acta de Secretos Oficiales colocan bajo
secreto todo lo relacionado con el programa nuclear del país. En el
pasado, quienes intentaron obtener una imagen más completa del arsenal
indio y de las instalaciones que lo alimentan fueron reducidos al
silencio.
No es de extrañar entonces que hace poco se citara a un
funcionario de la Casa Blanca diciendo: “Incluso para nosotros, los
detalles del programa indio son siempre escasos e ignoramos bastante la
realidad sobre el terreno”. Añadió: “Mysore está siendo constantemente
monitorizada y hacemos un seguimiento constante de los progresos en
Challakere”. Sin embargo,
según
Gary Samore, un excoordinador del control de armas y de las armas de
destrucción masiva de la administración Obama, “la India intenta
construir armas termonucleares como parte de su disuasión estratégica
contra China. No está muy claro cuando la India conseguirá este objetivo
de un arsenal mayor y más poderoso, pero lo lograrán”.
Una vez
fabricado, no hay nada que detenga a la India de desplegar ese armamento
contra Pakistán. “India está ahora desarrollando bombas muy grandes,
bombas de hidrógeno que pueden arrasar una ciudad”, dijo Pervez
Hoodbhoy, un importante analista pakistaní de seguridad nacional y
nuclear. “No está interesada en las armas nucleares para utilizarlas en
el campo de batalla; está desarrollando esas armas para eliminar centros
de población”.
En otras palabras, mientras el conflicto de
Cachemira siga latente, se induzcan ataques terroristas periódicos
contra la India y se fomente la competición entre Nueva Delhi e
Islamabad para superarse una a otra en la variedad y tamaño de sus
arsenales nucleares, el peligro para el sur de Asia en particular y el
mundo en general no hace sino crecer.
Dilip Hiro, colaborador habitual de TomDispatch, ha escrito 36 libros, entre ellos: The Longest August: The Unflinching Rivalry between India and Pakistan (Nation Books). Su última obra es: The Age of Aspiration: Money, Power, and Conflict in Globalizing India (The New Press).
Fuente:
http://www.tomdispatch.com/blog/176123/
Esta
traducción puede reproducirse libremente a condición de respetar su
integridad y mencionar al autor, a la traductora y a Rebelión como
fuente de la misma.