viernes, 9 de junio de 2017

La discriminación social en Chile


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La discriminación social en Chile

 

 

 

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En 1916 el célebre periodista y escritor Tancredo Pinochet Le Brun, efectuó una notable e inédita investigación periodístico-social. En el marco de una sociedad en que la miseria era terrible y muy extendida, se disfrazó de campesino para trabajar de “afuerino” en el fundo Camarico, cerca de Talca, propiedad del entonces presidente de la República, Juan Luis Sanfuentes.
Como resultado de su experiencia, además de los artículos publicados en el diario La Opinión que aquel dirigía, publicó un folleto en forma de carta destinada al mismo Sanfuentes ( Inquilino s en la hacienda de Su Excelencia ).
En dicho folleto cuenta que ya en las calles de Talca comenzó a experimentar la situación de un pobre andrajoso de la época: “Iba disfrazado de sub-hombre; pero el sub-hombre es una entidad social en Chile, y es una entidad social tan común que no llama la atención de nadie. Pero principié a sentir algo raro, Excelencia, muy raro. Yo no os puedo explicar claramente esto, porque en mi mismo espíritu lo siento confusamente: principié a sentir la hostilidad de la atmósfera. ¿Cómo?, me preguntaréis. En la mirada de cada cual, en el gesto de asco que cada uno hace, sin sentirlo, sin imaginarlo, sin darse la más mínima cuenta, cuando mira a un andrajoso. No sacan un pañuelo para cubrirse las narices; no hablan estos espíritus hostiles; pero es un movimiento instintivo; es un gesto imperceptible casi, un algo que insulta, que oprime, que ofusca, Excelencia” (en Antología chilena de la tierra ; ICIRA, 1970; pp. 90-1).
Luego, en la boletería del tren a Camarico “el vendedor me habló con rudeza. Desde luego me trató de tú. Al pagarle tres pasajes a Camarico -pues ya sabéis que yo iba con mi secretario, también disfrazado, y con un obrero de verdad, además- tuve que pagar noventa centavos por cada pasaje. Dos pesos setenta. Pagué con tres pesos. El boletero me dio un vuelto de veinte centavos y me dijo bruscamente -No hay dieces. Vos comprenderéis, Excelentísimo Señor, que a mí no me afectaba mucho la pérdida de un diez. Soy inmensamente menos rico que Vos, Excelencia, pero por un diez, no podía hacer yo cuestión. Sin embargo, había tal desprecio en la manera como aquel hombre me despojaba de un diez, que sentí indignación (…) A mi vuelta, en Camarico, el boletero me vuelve a decir -No hay dieces. Entonces principié a comprender que se trataba del robo organizado en la boletería de tercera clase” (Ibid.; p. 91).
Además, Le Brun relata que “el trato que reciben los pasajeros de tercera es trato de perros, de animales, no de hombres. Esto no lo podéis imaginar, Excelencia, si no observáis como lo he hecho yo. El carro de tercera, Excelentísimo Señor, es, además, una cantina alcohólica fiscal y obligatoria (…) En tercera clase no se pone agua para que beban los pasajeros, y en estos días de horrible calor, el cantinero pasea las botellas de cerveza ante los ojos de los sedientos. Así os explicaréis, Excelencia, que (…) el propio calor hiciera a cada uno pedir una botella de cerveza” (p. 94).
OLOR A POBREZA
Posteriormente nuestro “campesino” empezó a sentir una gran pesadez en la frente: “Era, Excelencia, que la atmósfera estaba muy cargada. Esos carros no se han construido tomando en cuenta la capacidad respiratoria del sub-hombre que está llamado a transportar (…) Chile ha mandado a hacer estos carros de tercera, que no se hacen para ningún otro país del mundo; ha tenido que explicar que no son para hombres, ni para caballos sino para una especie animal especial, el sub-hombre (que) no existe allá donde construyen carros y locomotoras; Chile no mandó ejemplares, y por eso tenemos carros hechos así, de memoria, para algo que allá no entenderán bien qué es. Para transportar salvajes, han de creer. Excelencia, me vais a decir, ¿pero cómo se pueden hacer carros mejores para individuos que no tienen hábitos de limpieza, que no sabrán ni siquiera cuidar debidamente de ellos? Ah, es la eterna cantinela de los hacendados chilenos que hacen dormir a sus inquilinos en pocilgas. Dicen que no están preparados para vivir en casas. ¿Podréis aprender a nadar, Excelencia, sin entrar al agua? ¿Si mantenéis y educáis a vuestros hijos en el fango, creéis que delirarán por su baño diario? (…) El carro de tercera es una escuela ambulante que tiene el gobierno para crear y fomentar los hábitos inferiores del pueblo. Si yo os dijera otras cosas que no pueden decirse desde las columnas de nuestro diario, os convenceréis de que el carro de tercera es una institución nacional de abyecciones que va desde la Pampa hasta Puerto Montt” (pp. 94-5).
Tampoco se podía esperar otra cosa de carros que “tienen la misma superficie y la misma capacidad cúbica que los carros de primera y éstos están destinados para sesenta y dos pasajeros, mientras los de tercera son para ciento treinta”, con “cuatro hileras de bancos largos, de madera, sin espacio para moverse” (pp. 93-4).
Al llegar a la hacienda, Le Brun descubrió que los afuerinos vestían más andrajosamente que ellos, pese a “que buscamos los andrajos más insultantes para cubrirnos” (p. 97). Sobre las condiciones de trabajo y estadía para ellos, nuestro corresponsal descubrió que “se trabaja en vuestra hacienda de sol a sol. Se come un pan de desayuno, sin café, sin té, sin agua caliente; un plato de porotos a mediodía, sin pan; y otro pan al concluir el día. Después de esto, la bestia humana de vuestro campo no va a un dormitorio a desnudarse; se tira en un montón de paja a toda intemperie, y al día siguiente se levanta sin lavarse” (p. 98) para continuar su jornada del mismo modo.
COMIENDO COMO LAS BESTIAS
Y respecto de la administración de la comida preguntó a Sanfuentes: “¿Excelencia, os habéis detenido alguna vez a la puerta grande que tienen al fondo los Padres Franceses en Santiago? Allí reparte un sacristán las sobras de la comida a la gente desvalida y hambrienta del barrio. Si os habéis detenido, habréis sentido trizaduras en el alma. Allí hay mujeres harapientas, de rostros escuálidos, que van con ollas en sus manos a recoger las sobras que el bueno del sacristán distribuye de un gran fondo escarchado. Es un cuadro triste, horriblemente triste (…) Es mucho más triste, Excelencia, detenerse al frente de la casa de vuestro mayordomo, cuando su mujer reparte a mediodía la comida a los inquilinos de vuestra hacienda. Un gran fondo, grande como el de los Padres Franceses, está allí en el suelo, lleno de porotos (…) Llegó primero uno, cansado, extenuado, con un cacharro en sus manos. Iba a buscar su ración. La mujer lo miró. Necesitaba reconocerle; tenía que ver que no fuera a pedir comida quien no hubiera trabajado. Le llenó su cacharro. No le dio nada más, no le dio pan; ni una rebanada de pan, Excelencia. El hombre se fue con paso lento, extenuado, sin proyectar casi su cuerpo una sombra en el suelo porque el sol azotaba sus rayos quemantes directamente sobre su cabeza. Otro hombre llegó, Excelencia (…) Y otros y otros y otros. Era el desfilar de la miseria. Era el batallón de la pobreza (…) ¿Y adónde iban esos hombres? No iban a ninguna casa, no iban a ningún comedor, no iban a sentarse a ninguna mesa, en ninguna silla. Iban a tirarse al suelo, a comer en pleno campo, tendidos, botados, como bestias, como cerdos que hociquean el lodo” (pp. 99-100).
En cuanto a las casas de los inquilinos, “se componen de un dormitorio, donde duerme en promiscuidad toda la familia, y otra pieza que es una especie de bodega, donde se revuelven en confuso montón monturas, frenos, ollas. Las piezas no están entabladas ni en el piso ni en el cielo; las murallas no están ni pintadas, ni empapeladas, ni siquiera enlucidas. El dormitorio es obscuro, sin ventilación, de mal olor. La gente come en el suelo; los chiquillitos, semidesnudos, pululan como animalitos domésticos” (p. 97).
Tancredo Pinochet Le Brun agrega: “Mientras yo comía, Excelentísimo Señor, botado en el suelo de vuestra hacienda, cubierto de harapos, meditaba en la honda significación de todo lo que observaba. Os he dicho, -Vos lo habéis visto, Vos lo sabéis- que vuestros inquilinos no viven la vida de hombres, que no usan ni las prendas más elementales que la civilización exige a los obreros de la ciudad. Podría ser un consuelo para el observador el pensar que estos hombres están trabajando denodadamente, en medio de sacrificios cruentos, para que sus hijos o sus nietos lleven una vida mejor. Pero no hay tal Excelencia. Esto es lo más desesperante (…) Gana ahora vuestro inquilino, Excelencia, casi un tercio de lo que ganaba dos generaciones antes (…) En ese mismo espacio de tiempo, el agricultor chileno, el hacendado, ha llenado a Santiago de palacios y automóviles, no como fruto del talento con que ha trabajado sus haciendas, sino de la forma en que ha explotado a los esclavos de la gleba. Más aún, Excelencia, no sólo hay degeneración económica entre vuestros inquilinos. Hay también degeneración física. Vuestros inquilinos comen peor y menos que los inquilinos de vuestros abuelos. En aquellos tiempos se daba porotos o lentejas dos veces al día; ahora se da en vuestra hacienda, sólo una vez al día” (pp. 101-2).
NIÑOS TRABAJADORES
Además, Le Brun señala: “En vuestra hacienda, Excelencia, tenéis una dotación de ochocientas vacas lecheras. Estas vacas no representan el tipo más perfecto de la raza vacuna; pero es preciso confesar que las vacas que ahora tenéis son superiores a las vacas que debe haber tenido vuestro abuelo. La raza vacuna, Excelencia, la raza caballar, la raza ovejuna, progresan en los campos de Chile; algo se han preocupado de ellas los hacendados; pero la raza humana, la bestia humana del campo chileno no progresa, Excelentísimo Señor” (p. 103).
Luego agrega: “Para darme cuenta de las avenidas intelectuales que habéis abierto para vuestros inquilinos, era justo que yo fuera a la escuela de vuestra hacienda. Fuimos Excelencia. La escuela de Camarico no es como las escuelas del campo de Estados Unidos. Es un rancho, Excelencia. Un simple rancho indigno de vuestra hacienda, e indigno templo de la educación, donde deben forjarse las almas para el porvenir. Llamé a esa puerta para pedir un vaso de agua. Claro. Nosotros no podíamos llamar para matricularnos, ni para hacer una visita a la maestra de la escuela. Pero podíamos pedir un vaso de agua (…) La maestra de vuestra escuela es una mujer joven, casada, morena. Su marido vive en Talca. Es bondadosa; nos recibió con cariño (…) y nos convidó con un asiento y conversación.
-¿Muchos niños aquí en esta escuela, señorita?
-Ahora no, porque trabajan hasta los más chicos.
-¿Aún los que tienen seis años?
-Sí, esos también. Es tiempo de faenas.
-¿Este edificio es del gobierno, señorita?
-No, de don Juan Luis. El Fisco le paga cincuenta pesos mensuales de arriendo.
-¿Le paga el Fisco cincuenta pesos mensuales de arriendo a Su Excelencia por esta casita? No es posible, los hacendados con frecuencia dan gratuitamente el local para la escuela.
-Don Juan Luis es muy apretado para la plata. A mí me dan la leche y la leña, sin embargo.
-¿Pero le da un sobresueldo, además de lo que le paga el Fisco?
-Ah, eso no.
Hubo un rato de silencio; cada instante de silencio. Excelencia, en estas ocasiones es para meditar hondamente. Después habló ella, y dijo algo que yo escuché atónito y que todo el país va a escuchar atónito (…) Esto dijo, Excelencia.
-Un día vinieron varios inquilinos a pedirme que les hiciera clases de noche; querían aprender. No tuvieron ocasión antes. No tenían tiempo en el día. Querían clases nocturnas. Me ofrecieron pagarme dos pesos al mes cada uno. Yo acepté. Se alcanzaron a juntar treinta y dos en mis clases. Venían con mucho gusto. Pero… tuve que cerrar esa escuela porque al visitador, después de hablar con el administrador de la hacienda, no le gustó la idea. Los inquilinos lo sintieron mucho, pero no se pudo. A mí me sobraba voluntad, y a los inquilinos también, pero no se podía” (pp. 105-6).
Y comenta Le Brun amargamente: “No se podía Excelencia. No se podía. Es claro, la bestia tiene que seguir siendo bestia. Bestia, bestia, hasta la consumación de los siglos. Si un destello de inteligencia brota en aquellas almas rústicas; si el paso del ferrocarril les dice algo más a ellos que a las vacas de vuestro fundo y enciende una chispa en sus cerebros, hay que apagarla; hay que buscar, Excelencia, toda el agua del océano, si es necesario, y apagarla. Sí, apagarla, apagarla, apagarla. Hay que perpetuar la bestia” (p. 106).
Por último, al declinar la tarde pasaron por una taberna donde registraron el siguiente diálogo:
“-¿Esta cantina es del fundo?
-No, es particular de nosotros, nos contestó la mujer.
-¿No tiene cantina la hacienda, de propiedad del dueño?
-Sí.
-¿Se bebe bastante, ah?
-Bastante”.
Y agrega nuestro periodista en su folleto: “Excelencia, esto lo sabéis Vos también como yo. Vuestro inquilino bebe, se emborracha, como lo hace el medio millón de inquilinos de Chile. Tiene que hacerlo, no por instinto, no por afición fisiológica, sino por mandato imperioso de las condiciones en que vive, por su escasa alimentación, por la ruca desamparada en que duerme” (pp. 106-7).
Luego de la publicación de su investigación periodística  Le Brun le solicitó al presidente Sanfuentes una entrevista. Sin embargo, éste sólo aceptó recibirlo a título personal, por lo que aquel replicó: “Yo personalmente, Excelencia, nada necesito deciros (…) Era el secretario de una multitud, el periodista, el que desea hablaros, y Vos os negáis a escucharlo, como os habéis negado a que concurran a una escuela nocturna en vuestra propia hacienda, vuestros propios inquilinos” (p.
112).
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(*) Extraído del libro del autor, Los mitos de la democracia chilena , publicado por Editorial Catalonia.
Punto Final