lunes, 31 de julio de 2017

Tecnología y Plutonías


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Tecnología y Plutonías | Página transversal


por Esaúl R. Álvarez – “El Tantra madre (Magyü) dice: si uno no está consciente en la visión, es poco probable que pueda estar consciente en la conducta; si uno no está consciente en la conducta, es poco probable que pueda estar consciente en el sueño; y si uno no está consciente en el sueño es poco probable que pueda estar consciente en el bardo después de la muerte“. Tenzin Wangyal Rínpoche, El yoga de los sueños.
El papel que juega la tecnología en el proyecto en curso de construcción del ‘hombre nuevo’ es indudable. La influencia de la tecnología va mucho más allá de los aspectos políticos, sociales y convivenciales que son a los que se presta una mayor atención, si bien no ha pasado desapercibida su influencia sobre el psiquismo del sujeto humano, por ejemplo en el aprendizaje, la atención o la memoria.
Pero ciertos aspectos de esta influencia psíquica -es decir, sobre el alma- suelen permanecer ignorados.

Tecnología, símbolo y desanimación del mundo.

La naturaleza es signo visible de las cosas invisibles que esperan al hombre“. San Buenaventura de Fidanza.
En primer lugar la tecnología es un instrumento esencial a la hora de desanimar el mundo, objetivo que es común a todo el proyecto de la modernidad. Empleamos el término desanimar en su sentido etimológico: sustraer el alma. Esto lo logra la tecnología principalmente por medio de alejar al hombre de la naturaleza haciéndole vivir en un nuevo contexto creado exclusivamente por manos humanas. La tecnología destruye el lenguaje simbólico y vuelve la realidad prosaica, sin sentido, donde solo cabe ya el pragmatismo más grosero. El maquinismo materializa y desanima -extrae el alma- el mundo, le roba su alma y a la vez impide al hombre conocer la suya propia.
El hombre tradicional se descubría y conocía a sí mismo al confrontarse con la naturaleza. Ésta, cuya existencia y fenómenos le eran ajenos e incontrolables, le interpelaba de forma constante estableciéndose una suerte de diálogo en el que ambos, hombre y naturaleza, resultaban transformados dando lugar a lo que se conoce como cultura. El papel que la naturaleza jugaba en tanto sustrato sobre el cual todo el organismo social -sin olvidar el psiquismo e incluso el fenotipo propios de un pueblo- se desarrollaba, es despreciado en la actualidad por las ciencias profanas, pero su importancia siempre fue advertida y considerada por las ciencias sagradas tradicionales.
Esta idea de naturaleza nos remite como es obvio al concepto aristotélico de Prima Materia y con ello al Polo Substancial de la manifestación, la Prakriti hindú. Este Polo entra en diálogo con el Principio Espiritual de la manifestación -equivalente al Purusha hindú- a través justamente del ser humano. En otras palabras, el ser humano es el mediador entre Cielo y Tierra, pues tiene el papel de unir y conectar con su acción sagrada -el rito en el sentido más amplio del término- los Polos superior e inferior de la manifestación universal. Esta ligazón entre naturaleza y Espíritu es otro de los ‘religares’ contenidos en la palabra ‘religión’.
Ahora bien, la tecnología no solo supone para el hombre un alejamiento emocional de la naturaleza al perder su subjetividad y pasar a ser mero objeto inanimado, es decir sin alma. Lo verdaderamente crucial es la pérdida del papel simbólico que la naturaleza juega para el hombre tradicional.
La naturaleza es el símbolo más primordial y fundamental, que remite constantemente al hombre al Principio Supremo. Pero la tecnología por su parte sitúa al hombre en un contexto artificial, construido por otros hombres y carente de contenido simbólico, es decir sin la capacidad de remitir a lo Superior. El mundo tecnificado no es ya por tanto un microcosmos, sino un fragmento incompleto de una realidad imposible de completar y que pierde su sentido en la manifestación grosera y la cantidad.
Mientras la naturaleza supone una anamnesis platónica que recuerda al hombre constantemente quién es y dónde está -le sitúa en el cosmos-, la tecnología tiene por consecuencia exactamente lo contrario: separarle del cosmos, descentrarle, hacerle olvidar quién es y separarle del Principio. Se trata entonces de un nuevo velo, una nueva forma de la mítica caverna platónica que colabora en la ocultación de lo numinoso. Quizá el grado final y más inquietante de todo este proceso de desnaturalización del mundo sea el proceso, cada vez menos disimulado desde la propaganda científica y cinematográfica, de presentar la tecnología como posible receptáculo del alma, incluso del alma humana, abriendo así una vez más el camino al transhumanismo. Pero, ¿de qué podría ser la tecnología símbolo? Y, ¿con qué podría religar al hombre? Parece claro que, caso de conducir al ser humano a un nuevo horizonte, este pertenecerá a los estadios inferiores de la manifestación.

La ‘puerta de marfil’ que conduce al mundo de la ilusión.

Forastero, sin duda se producen sueños inescrutables y de oscuro lenguaje y no todos se cumplen para los hombres. Porque dos son las puertas de los débiles sueños: una construida con cuerno, la otra con marfil. De éstos, unos llegan a través del bruñido marfil, los que engañan portando palabras irrealizables; otros llegan a través de la puerta de pulimentados cuernos, los que anuncian cosas verdaderas cuando llega a verlos uno de los mortales“. Homero, Odisea, Canto XIX.
Pero existe un efecto de la tecnología más interior e insidioso y cuya influencia sobre la dimensión más sutil del hombre suele ser ignorada. Si el efecto que acabamos de indicar se produce por sustracción, al eliminar la tecnología el sustrato natural simbólico en que debe desarrollarse la vida humana y evitar que este vuelva su mirada a los Principios superiores; el segundo efecto es por adición, al generarse mediante la tecnología una nueva realidad que suplanta aquella y que el psiquismo humano interioriza como si fuera tan real como aquella y completa, cuando en realidad es fragmentaria y por ello imposible de unificar en un todo con sentido.
Este segundo efecto es el más pernicioso pues actúa a un nivel mucho más profundo, inconsciente y sus efectos son equiparables a una hipnosis o una reprogramación psíquica. Hipnosis o reprogramación que, no lo olvidemos, es aplicada por lo seres humanos sobre sí mismos de manera voluntaria, en el convencimiento de que representa una ventaja o un enriquecimiento, cuando se trata, como vamos a ver, de una inmersión en los niveles más inferiores de la manifestación.
Es innegable que la tecnología supone una intrusión en la imaginación humana. La televisión, el cine y los videojuegos han cambiado por completo la forma de imaginar y de soñar. Ya Heidegger advirtió que la civilización se encaminaba a una cultura de la imagen, y si la palabra implica el discurso y el uso de la razón, la imagen implica el sentimiento y supone un descenso a los automatismos propios de lo irracional. Es fácil además ver  aquí cierta relación con las teorías freudianas y de las diferentes psicologías profundas que abren al sujeto a sus imágenes interiores a menudo sin la preparación y el discernimiento adecuados para tratar con las mismas. Cuando hablamos de la actual cultura de la imagen vamos un paso más allá: las imágenes del inconsciente resultan ser creadas por otros e implantadas de forma intrusiva. Es decir el subconsciente es inundado y conformado por todas estas imágenes cuyo sentido último es más que dudoso. Podría parecer sorprendente que la gente se someta a semejante terapia de implantación de contenido subconsciente de manera voluntaria y alegre, pero la realidad es que todo ello es fruto del profundo desconocimiento del hombre moderno acerca de su alma.
Volviendo a la forma y significado del contenido en sí mismo queremos hacer una reflexión. Este modo de penetrar e influir sobre el contenido subconsciente del ser humano no es una invención moderna, de hecho se trata de un procedimiento ancestral pues en técnicas análogas de influencia y reprogramación a nivel sutil se basa el chamanismo.
Ahora bien, es evidente que ni en el significado que porta, ni en la influencia que genera sobre el sujeto, estamos hablando aquí -al referirnos a la ‘cultura de la imagen’- de algo comparable a los métodos chamánicos tradicionales y nos preguntamos si no cabría más bien compararlo más bien con la hechicería.
Cuando analizamos la influencia y el poso que dejan estas experiencias sobre el alma humana podemos distinguir varios niveles de influencia o daño, desde suponer un ruido al modo de una nueva barrera perceptiva, que impida al sujeto acceder a su propio subconsciente y (re-)conocerse, tanto en estado de vigilia como en estado de sueño, hasta una intoxicación del alma humana en que la imaginación como órgano cognoscitivo del alma queda alterada y amputada.

‘Cultura de la imagen’ y Plutonía tecnológica.

Entramos en el bardo, el estado intermedio después de la muerte, igual que entramos en el sueño después de dormirnos. Si nuestra experiencia durante el sueño carece de claridad y se caracteriza por estados emocionales confusos y reacciones habituales, nos habremos entrenado para vivenciar los procesos de muerte de la misma manera. Al reaccionar de manera dual a las visiones del estado intermedio, nos veremos arrastrados hacia una esclavitud kármica posterior y nuestro futuro renacimiento estará determinado por aquellas tendencias kármicas que hayamos cultivado en la vida. Esto es la ‘falta de conciencia en el bardo’“. Tenzin Wangyal Rínpoche, El yoga de los sueños.
El caso extremo de todo esto es cómo esta cultura de la imagen desviada hacia la emocionalidad más primitiva supone un ‘aprendizaje inverso’, una programación hacia lo inferior especialmente dañina cuando pensamos en los estados póstumos. Para entenderlo recurriremos a la tradición budista.
Según la misma tras la muerte se produce una inmersión en el mundo sutil. En este período de transición -que el budismo denomina bardo– el ser se encuentra en un estado intermedio de cuya solución dependerá su destino postmortem -es decir, su paso a otro estado de manifestación- y durante el cual diversas experiencias de su vida pueden aparecer sin orden ni lógica aparente. El ser que se encuentra en tránsito debe ser capaz de despojarse de dichas visiones, no vincularse a las mismas  y por ello cobran sentido el cultivo del desapego y la práctica de la meditación en vida, en tanto poderosas herramientas a la hora de enfrentarse a esta realidad póstuma. Se trata básicamente de que el sujeto-espectador permanezca como observador inafectado.
Pues bien, el abuso de la emocionalidad conduce al sujeto a sumergirse más profundamente en las pasiones del ego y por tanto a apegarse de manera profunda a tales estados. Si la enseñanza subconsciente que dejan el cine, la televisión y los videojuegos es exactamente la opuesta de la que recomiendan las tradiciones espirituales, ¿cómo puede esperarse que el sujeto moderno sepa enfrentarse a la muerte? Como vemos, la extensión y el abuso de la tecnología supone una escalera descendente hacia los estadios más inferiores del Ser, una puerta al infierno, en el sentido estricto del término, aquello que en la tradición grecolatina se denominaba Plutonía.
La conclusión es que la actual cultura tecnológica y de la imagen -propiciada por la tecnología, no lo olvidemos- es una instrucción errónea, lo que supone en cierto sentido una contra-enseñanza espiritual para el sujeto moderno.
Fuente: Agnosis.