viernes, 15 de noviembre de 2019

El futuro del Levante, por Thierry Meyssan


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El futuro del Levante, por Thierry Meyssan


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Desde hace un siglo, el Reino Unido y, más tarde, Estados Unidos han cortejado sucesivamente ‎a todos los países y grupos confesionales del Medio Oriente. Y, para hacerse indispensables, ‎también han alimentado los conflictos confesionales, aplicando así el viejo principio que aconseja ‎‎“divide y vencerás”. ‎
Hace 3 años, el presidente Donald Trump fue electo en base a su proyecto de poner fin al ‎imperio estadounidense y de traer las tropas de regreso a casa para ponerlas al servicio de sus ‎conciudadanos. Según el análisis de su efímero consejero para la seguridad nacional, el general ‎Michael Flynn, retirar las tropas estadounidenses del Medio Oriente ampliado, permitiendo así ‎el regreso a la paz, supone poner fin a los conflictos confesionales y por ende a los Estados ‎sectarios. Dicho claramente, hay que liberar Arabia Saudita del wahabismo, liberar Israel del ‎judaísmo, liberar Irán del chiismo, liberar Gaza del sunnismo y terminar modificando las ‎constituciones sectarias del Líbano y de Irak. ‎
Eso es lo que estamos viendo hoy en día. ‎
El príncipe saudita Mohamed ben Salman y su padre el rey Salman están haciendo retroceder el ‎wahabismo en Arabia Saudita, a pesar de que su propia legitimidad como heredero del trono y como ‎soberano proviene precisamente del wahabismo. ‎
En Israel, Avigdor Lieberman, presidente del partido de rusoparlantes Israel Beitenu, acaba de ‎provocar la caída del gobierno de Benyamin Netanyahu y está reclamando, desde hace un año, la ‎formación de un gobierno sin partidos religiosos. Después de dos elecciones legislativas, ahora ‎parece posible que el general Benny Gantz forme un gobierno laico de unión nacional, en el cual ‎estarían incluidos los partidos de Lieberman y de Netanyahu, pero sin los partidos religiosos. Si no lo hace, habrá que proceder a una tercera elección legislativa. ‎
En Irán, los principales colaboradores del ex presidente laico Mahmud Ahmadineyad han sido ‎encarcelados. El país se halla bajo la presión financiera de Estados Unidos y la amenaza militar ‎de Israel. En algún momento, será preferible que Irán modifique por sí mismo su sistema de ‎gobierno y regrese a una política nacionalista. ‎
En Palestina, una mitad de los territorios palestinos es laica y en la otra gobierna el Hamas. Pero ‎el Estado palestino no existe porque el resto de Palestina es un Estado judío. Si Benyamin ‎Netanyahu aceptara ser un simple ministro, rápidamente tendría que vérselas con la justicia de ‎su país. Su caída no implicaría la caída del Likud sino la de los pocos partidarios del Gran Israel ‎que se extendería, mediante la conquista, hasta el Nilo y el Éufrates. ‎
En Líbano, a pesar de las grandes manifestaciones de los últimos días, resulta imposible reformar ‎la Constitución sectaria que lastra a ese país desde hace tres cuartos de siglo y existe una ‎amenaza de guerra civil. El problema es que una comisión constituyente sólo podrá conformarse ‎en función el equilibrio entre los grupos sectarios y, por esa misma razón, no podrá abolir el ‎sectarismo actual y si se decidiese elegir una asamblea constituyente, los partidos sectarios ‎recurrirían nuevamente a la compra de electores para estar representados. La única solución sería ‎la creación de un gobierno militar laico que se encargue de reformar él mismo la Constitución ‎antes de devolver el poder a civiles electos. ‎
En Irak, la situación es similar, aunque menos caricatural. Al igual que en Líbano, el movimiento ‎de protesta viene de la mayoría chiita. A pesar de las aparentes contradicciones, el líder chiita ‎Moqtada al-Sadr es ante todo un nacionalista. Lo mismo sucede en Líbano, donde el líder del ‎Hezbollah, Hassan Nasrallah se considera, antes que chitta, un nacionalista y siempre ha ‎recalcado que el Hezbollah dejará de existir bajo su forma actual el día que Israel deje de ser un ‎Estado judío. ‎
Pero el proyecto estadounidense de división de los países del Levante en grupos confesionales ‎encuentra la oposición de Rusia, que siempre ha protegido a los cristianos pero que se opone a ‎los Estados confesionales. ‎

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