miércoles, 6 de marzo de 2013

Hugo Chávez: profunda huella en América Latina

Hugo Chávez: profunda huella en América Latina



La muerte del presidente de Venezuela, comandante Hugo Chávez Frías, comunicada por el vicepresidente Nicolás Maduro, no dejó de cimbrar a sus simpatizantes latinoamericanos, a pesar de que era ya conocido el profundo deterioro de su salud. Desde el Río Bravo y hasta la Patagonia, movimientos sociales con reivindicaciones antiimperialistas han reincorporado al bolivarismo en sus programas de acción y lucha. La serie de reformas impulsadas en Venezuela por Chávez mostraron su efectividad como dique a los intereses de Estados Unidos en la región

Humberto Márquez/IPS
 
 
Caracas, Venezuela. El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, que murió este martes 5 de marzo en el Hospital Militar de Caracas a causa de un cáncer en el abdomen que le fue detectado en junio de 2011, marcó de forma indeleble la historia política de su país.
 
Nacido el 28 de julio de 1954 en Sabaneta, un pueblecillo de los llanos al Sudoeste de Venezuela, fue el segundo de los seis hijos varones de Hugo de los Reyes Chávez y Elena Frías, dos humildes maestros rurales.
 
Criado principalmente por su abuela, el joven Hugo se apasionó por jugar béisbol, y a los 17 años, culminada la secundaria, ingresó en la Academia Militar.
 
Hizo carrera en el ejército al tiempo que, desde que era teniente, comenzó a organizar células conspirativas reunidas luego en lo que se llamó el Movimiento Bolivariano Revolucionario-200, influenciado por su hermano mayor, Adán, militante del Partido de la Revolución Venezolana que orientaba el líder guerrillero Douglas Bravo.
 
Chávez entró en la historia de Venezuela la mañana del 4 de febrero de 1992, al momento de rendirse tras liderar una fallida y cruenta sublevación de varios batallones del ejército contra el entonces presidente Carlos Andrés Pérez (1974-1979 y 1989-1993).
 
Con uniforme de combate, boina roja de paracaidista y andar aplomado en medio de los nerviosos oficiales que le conducían cautivo, improvisó una alocución de 70 segundos dirigida a compañeros todavía alzados, pero que caló inmediatamente en millones de compatriotas que seguían el acontecimiento en vivo por televisión.
 
“Por ahora nuestros objetivos no fueron logrados, pero el país tiene que enrumbarse hacia un destino mejor, y yo asumo ante ustedes y ante toda Venezuela la responsabilidad por este movimiento militar bolivariano”, dijo al pedir el cese de la lucha para evitar más derramamiento de sangre.
En vez de sangre, corrieron la tinta y las voces de múltiples análisis acerca de cómo, en un país con millones de excluidos y falto de líderes que asumieran las fallas del sistema político, un joven oficial había asumido su responsabilidad a nombre de un movimiento que invocaba al libertador Simón Bolívar (1783-1830).
 
Así nació su leyenda y su popularidad. Estuvo preso 2 años y luego, tras ser indultado por el presidente socialcristiano Rafael Caldera (1969-1974 y 1994-1999), recorrió el país promoviendo esperanzas de una nueva insurrección, hasta que en 1996, de la mano del veterano izquierdista Luis Miquilena, optó por buscar el poder mediante la vía electoral.
 
Fundó entonces el Movimiento V República (MVR), que avanzó mientras se desmadejaban los partidos tradicionales en el poder desde 1959, y ganó las elecciones presidenciales del 6 de diciembre de 1998, con 56 por ciento de los votos.
 
En otras 15 instancias electorales desde entonces hasta 2012, ese porcentaje de adhesión a la causa de Chávez se ha sostenido como promedio. Los sectores más pobres de la población han sido siempre su principal soporte.
 
A las razones económicas, sociales y culturales que explican ese respaldo, “la esperanza de justicia que habita siempre en lo profundo del alma de los pobres”, se unió el carisma de Chávez, señala a Inter Press Service (IPS) el antiguo líder socialista Teodoro Petkoff.
 
Rasgos de ese carisma son su fácil identificación con el venezolano mestizo e informal, su verbo agitador y voz de mando, con un discurso a ratos con algo de predicador religioso, repleto de menciones a Bolívar y a las luchas independentista y agrarista del siglo XIX.
 
Con gran naturalidad ante el micrófono y las cámaras, desde que llegó al gobierno se dirigió al país unas 2 mil 200 veces por cadenas de radio y televisión. También sumó casi 400 ediciones del programa dominical Aló Presidente, desde donde explicaba por varias horas y casi siempre en tono coloquial cuestiones políticas, de gestión, de su pasado castrense y de historia, a veces universal y otras del terruño.
 
Chávez promovió causas de izquierda y gobiernos con semejanzas al suyo en América Latina y el Caribe, pactó una alianza cada vez más intensa y sólida con Cuba y adoptó como uno de sus guías al líder histórico de esa isla, Fidel Castro.
 
Impulsó la nueva Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, que entró en vigor en 1999 y fue enmendada en 2009.
 
En 2001 dispuso medidas sobre la propiedad privada, desatando la reacción de las clases medias y altas y de sindicatos de empleados que en marchas multitudinarias reclamaron su salida del gobierno.
 
El 11 de abril de 2002, la mayor de esas marchas finalizó con tiroteos cerca de la casa de gobierno que dejaron 19 muertos y un centenar de heridos.
 
En ese marco, el alto mando militar –con apoyo de poderosos sectores civiles– perpetró un golpe de Estado contra Chávez al día siguiente. Asumió el gobierno de facto Pedro Carmona, presidente de la Fedecámaras (Federación de Cámaras y Asociaciones de Comercio y Producción de Venezuela), la principal asociación empresarial del país, quien disolvió de inmediato los demás poderes del Estado.
 
Pero militares leales respaldados por miles de seguidores que rodearon los cuarteles en Caracas, repusieron al presidente constitucional en su cargo horas después.
 
A fines de 2002 se conjugó el lock-out (cierre patronal) de empresas privadas y la producción petrolera con la huelga dispuesta por la dirección de sindicatos industriales y de comercio, en busca, otra vez, de derrocar a Chávez. Dos meses consecutivos con esas medidas de fuerza no lograron vencer la resistencia, y las instituciones democráticas permanecieron estables.
 
En agosto de 2004, la oposición logró activar la herramienta constitucional de referéndum para poner en juego la continuidad del mandato presidencial de Chávez, pero las urnas nuevamente le fueron favorables, esta vez por 59 por ciento de votos, en una jornada transparente controlada por la Organización de los Estados Americanos y el estadunidense no gubernamental Centro Carter, entre otros observadores.
 
Con el soporte de Cuba, el gobierno de Chávez lanzó sus “misiones” –programas de alimentación, salud, alfabetización, educación y ayudas financieras directas a los sectores pobres–, al margen de las burocráticas instituciones tradicionales del Estado y convertidas, al paso de los años, en la nuez de su oferta política.
 
Después de su reelección en diciembre de 2006, el mandatario acentuó su confrontación verbal y diplomática con Estados Unidos, se acercó a países ajenos a la región como Rusia, China e Irán, rompió relaciones con Israel y propuso como objetivo de su proyecto un “socialismo del siglo XXI”.
 
Chávez siempre se definió como bolivariano, al punto que llevó ese adjetivo al nombre oficial de Venezuela y a muchas de sus obras y propuestas, pero también se confesó con insistencia como cristiano, humanista, marxista, socialista, antiimperialista, indigenista y obrerista.
 
Los precios altos de los últimos tiempos en el mercado petrolero, de donde se obtiene el “salario nacional” de Venezuela, le permitieron estatizar numerosas empresas y colocar toda la economía bajo severos controles, comenzando por el de cambios, pero sin poder frenar ni la importación de alimentos ni el afán consumista de los venezolanos.
 
Tras el rechazo de una nueva reforma constitucional en 2007 por una ajustada mayoría, debió esperar hasta 2009 para lograr que se votara su propuesta de reelección sin límite para la Presidencia y otros cargos electivos.
 
Mucho antes, en 2003, en una breve conversación con IPS, Chávez había dicho que no aspiraría a gobernar por siempre, “sino sólo dos periodos, hasta enero de 2013, y después lo hará otro revolucionario u otra revolucionaria”.
 
Pero luego cambió de opinión y planteó que su continuidad en el gobierno era un requisito para sostener el proyecto, argumentando que los constantes cambios de administraciones en América Latina y el Caribe han frustrado iniciativas de ese estilo.
 
La búsqueda de ese cuarto mandato parece haber impactado en su enfermedad, pues médicos dijeron que resultó fatal dedicarse en 2011 y 2012 al gobierno y a la campaña simultáneamente, descuidando su salud.
 
Solo in extremis, víctima de una nueva recaída en diciembre de 2012, aceptó ungir como heredero a Nicolás Maduro, su candidato a reemplazarlo en la Presidencia.
 
La primera gran incógnita que deja es si el liderazgo y el apoyo popular del que gozó por 20 años (14 de ellos en el gobierno) se trasladarán a sus herederos políticos.
 
También si el chavismo devendrá en un fuerte movimiento político, al estilo del peronismo en Argentina tras la muerte de su mentor Juan Domingo Perón (1895-1974), o si sólo la figura de Chávez quedará como objeto de culto de la protesta de izquierda, como ocurrió con otro argentino, el guerrillero Ernesto Guevara, el Che (1928-1967).
 
Muchas veces Hugo Chávez dijo que cuando le llegase la vejez se veía retirado, bajo la sombra de un árbol en medio de las sabanas del Sudoeste venezolano donde nació, dando clases a algunos chiquillos, quizá cultivando una de sus pasiones, la música y el recital de coplas de las llanuras que nutrieron su vida.
 
Guerrero por naturaleza, “un simple soldado” como gustaba repetir, siempre con una palabra de combate para explicar cualquier contingencia, vencedor de casi todos sus rivales, un verdadero triunfador en la política, no pudo ganar la batalla al cáncer que lo emboscó y lo llevó a la muerte a los 58 años de edad.
 
 
Hugo Chávez: jonrón de Venezuela
 
Mauricio Romero
 
“Yo no entré a la Escuela Militar con un libro del Che Guevara debajo del brazo. Yo, cuando entré aquí, quería ser pelotero del Magallanes [equipo de béisbol venezolano]. Yo entré para venir a Caracas y jugar béisbol”, dijo Hugo Chávez al explicar la importancia del deporte en su vida. Años después de fracasar como pelotero, asumió la Presidencia venezolana e hizo de la actividad física uno de los ejes de la llamada “Revolución Bolivariana”.
 
El 1 de agosto de 2012, la bandera de Venezuela volvió a ser izada en lo más alto del podio después de 42 años, tras la victoria de Rubén Limardo sobre el noruego Bartosz Piasecki en la final de esgrima, modalidad espada, en los Juegos Olímpicos de Londres. Era la segunda medalla de oro en la historia del país sudamericano. La primera, la había conseguido el pugilista Francisco Rodríguez, el Morochito, en México 1968.
 
La conquista de la segunda medalla áurea es considerada el resultado de una política que se pactó el 30 de octubre de 2000, después de los Juegos Olímpicos en Sídney, con la firma del Convenio Integral de Cooperación entre Cuba y Venezuela. Entre otras cosas, se pactó la asesoría por parte de la isla en materia deportiva para convertir a Venezuela en “una potencia”.
 
Los resultados a nivel global se vieron en Atenas, 2004 (Grecia), donde después de 16 años (Seúl, 1988, en Corea del Sur; Barcelona 1992, en España; Atlanta 1996, en Estados Unidos; y Sídney 2000, en Australia), la delegación venezolana se volvió a subir a un podio, lo que no ha dejado de hacer desde entonces con las medallas de bronce de ese año, la de Pekín 2008, en China, y el primer lugar en esgrima en Londres 2012, Inglaterra. En 2008 se rompió el récord de representación con los 109 atletas enviados a Pekín. La cifra más alta había sido de 50.
 
A nivel regional el reflejo fue aún mayor. En los Juegos Panamericanos, Venezuela ha logrado tres de sus cuatro mejores cosechas de preseas en las últimas ediciones: 64 medallas en Santo Domingo 2003 (República Dominicana) –16 oros, máxima marca en su historia– y 70 en Río de Janeiro 2007 (Brasil) y Guadalajara 2011 (México). Sin embargo, el objetivo estuvo en los llamados “Juegos del ALBA” (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América), realizados desde 2005 con la participación de países sudamericanos y del Caribe, en los que la punta la han ocupado los venezolanos y los cubanos permanentemente.
 
El deporte venezolano también ha alcanzado triunfos en actividades en las que la gente nunca esperó, como el futbol y el automovilismo. En el primero, acostumbrados a perder, la vinotinto les regaló una victoria sobre Argentina, y hasta el día de hoy, la posibilidad de clasificar a un Mundial no es un sueño guajiro; mientras que en el deporte motor los venezolanos ya saben lo que es escuchar su himno nacional en la máxima categoría: la Fórmula 1. Fue en el Gran Premio de España 2012, con Pastor Maldonado al volante de un Williams patrocinado por la estatal Petróleos de Venezuela.
 
En cuanto al béisbol, los venezolanos han poblado las Grandes Ligas, logrando juegos perfectos y triples coronas. Aunque en el éxito en el deporte insignia del país sudamericano el gobierno bolivariano no tuvo injerencia, Hugo Chávez siempre se apoyó en él con miras a la unidad nacional y como arma de irritación contra los estadunidenses. Por ejemplo, el triunfo del referendo de 2004 lo anunció como un jonrón que llegaría “hasta el jardín de la Casa Blanca”. (Mauricio Romero)
 
 
Fuente: Contralínea

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