viernes, 23 de febrero de 2018

Esos "rebeldes" que, desde el poder, reprimen la crítica


disidentia.com

Esos "rebeldes" que, desde el poder, reprimen la crítica

María Teresa González Cortés

Vivimos bajo el hechizo de la protesta. Puede que me equivoque, pero la mirada crítica es un arma poderosa, y no tanto por lo que a través de ella se afirma o discute, que también, cuanto sobre todo porque coincidir en lo criticado constituye un medio de socialización. Desconocemos cuántas veces el gesto de criticar obedece a estados emocionales de queja, rabia o frustración. Pero sabemos con certeza que el acto de criticar aúna.
Desconocemos cuando la crítica obedece a queja, rabia o frustración. Pero sabemos con certeza que el acto de criticar aúna
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En otras palabras, lanzar juicios desfavorables a partir del desacuerdo es más que un acto diferencial, pues con la lupa de la crítica y sus respectivos posicionamientos a favor/en contra no solo marcamos distancia con grupos e individuos. Igualmente establecemos, de la desunión a la unión, adhesiones con personas y colectivos que comparten valores en afinidad ideológica.
No entro a considerar, no hay espacio para ello, el punto álgido de la crítica: ¿siempre es esta una forma de disidencia?, ¿es el saco roto en el que cabe cualquier impostura basada en la provocación?, ¿es por definición la crítica “rechazo” e incluso lo siguiente, “negación”? Desde luego, criticar implica un desencuentro. Y si bien nos mantiene en la esperanza de dar fin a los problemas, por la vía de la crítica ponemos en tela de juicio ventajas o desventajas que se predican de un hecho o de una actuación. Lo que significa que la discrepancia juega en el campo de la heterodoxia al apartarnos en cierto grado del sentir comúnmente aceptado.

Ortodoxias de fuego y espada

La cosa se complica cuando la persona que diverge pretende imponer un ideal de convivencia asfixiando cualquier brizna de crítica en los demás. En esos casos, demasiado frecuentes, se traiciona la libertad de la mayoría. Lo recalco ya que hay un tipo de sujetos que cuando adquieren notoriedad política posicionados en la disidencia contra el orden establecido, rara vez consienten que los demás ejerzan su derecho a la crítica. Por este motivo, al abrigo del fanatismo nacen las hiperortodoxias, o sea, esas ortodoxias que funcionan a golpe de espada.
Hay un tipo de sujetos que cuando adquieren notoriedad contra el orden establecido, rara vez consienten que los demás ejerzan la crítica contra ellos
La prueba fehaciente de ello aparece en la iracundia de Calvino. Este protestante se enfadó sobremanera al recibir su escrito Institución de la religión cristiana con rectificaciones y notas críticas de Miguel Servet. Que Calvino no compartía las ideas religiosas, tampoco científicas, de aquel era un secreto a voces.
Que el aragonés Servet, hijo asimismo del protestantismo, publicara una obra sin el consentimiento de Calvino vino a añadir fuego a la ira. Y el reformador francés que había logrado el apoyo de la Inquisición francesa llevaría por decisión propia a la hoguera al aragonés. Y eso que había mantenido durante años relación epistolar con Servet.
Los líderes protestantes, Lutero, Zwinglio y Calvino, llevaron a cabo su proyecto político-religioso desde posiciones claramente liberticidas

Con el ideal de cambiar y mejorar la realidad Lutero, Zwinglio y Calvino, los jefes de la Protesta, llevaron a cabo su proyecto político-religioso desde posiciones claramente liberticidas.  Tan liberticidas que los anabaptistas fueron asesinados en suelo europeo a manos de los protestantes y hasta el siglo XIX.
Hubo que esperar poco tiempo para que llegara la Revolución francesa que, ¡¡¡mitologías fuera!!!, no fue menos represiva que la Revolución protestante. De hecho, el disidente y comunista francés Gracchus Babeuf acuñaría en 1794 el término “genocidio” para referirse a las matanzas de La Vendée, fraguadas bajo el gobierno tiránico de Robespierre, alias el Incorruptible.
Así, se cumplió la regla de que los rebeldes que disienten y con la crítica se hacen con el poder son reacios a la diatriba, no permitiendo ser criticados a su vez. Esto explica por qué en las revoluciones luterana y francesa sus líderes, gracias a sus ataques al statu quo, se arrogaron el derecho a gobernar los asuntos humanos y desde el control absoluto de la autoridad hicieron acallar, también con violencia, todo rastro de oposición, denuncia o disconformidad.

El mesianismo de nuevo cuño

Los constructores de mundos, los utopistas, los revolucionarios… dicen poseer todas las soluciones a la vida social. Pongamos un ejemplo. Dieciséis días después de producirse en Teherán la ocupación de la Embajada norteamericana a manos de jomeinistas, un grupo de saudíes se sublevaba con el objetivo de derrocar a la familia real saudita a la que acusaban de abrazar los valores de Occidente. La toma de la mezquita de la Meca, como así se conoce a la insurrección, tuvo lugar el 20 de noviembre de 1979 y acabó el 4 del mes siguiente con la ayuda de unidades de élite paquistaníes y francesas y posterior decapitación de los golpistas, miembros de familias adineradas, cuyo número fluctúa de 63 a 500.
Los protestantes “islamistas” encendieron una guerra a muerte contra la tolerancia

No obstante, lo que en sus protestas cabecilla y seguidores reclamaban era el regreso a la integridad absoluta de los principios del islam. A falta de originalidad, sus reivindicaciones provenían de los llamamientos incendiarios de aquel Jefe Supremo de la Revolución iraní llamado Ruhollah Jomeini.
Los protestantes “islamistas”, no solo aquellos sectarios de los Hermanos Musulmanes de los que siempre se habla, encendieron una guerra a muerte contra la tolerancia. El mismo Jomeini instaba a Oriente Medio a levantarse en una revolución “fundamentalista”. La rebeldía, que se medía por la nostalgia al pasado, iba unida al uso de la violencia. Lo cual es lógico en aquellos lugares donde, sin voluntad de respetar la diversidad, se ahoga el disenso en la muerte civil y física.
Se trata de no ser ciegos a los peligros que derivan de convertir la crítica en monumento a la infalibilidad
Dicho esto, no se trata de sumergirnos en la discusión “sistema/antisistema”. (El antisistema siempre es otro sistema, aunque se vista de “anti”.) Se trata de no ser ciegos a los peligros que derivan de convertir la crítica en monumento a la infalibilidad. Se trata de recobrar la desconfianza crítica, tan esencial como fundamental en la convivencia. “Esencial” para no caer en la necia credulidad. “Fundamental” para no incurrir en los abusos del poder, vengan estos en nombre de qué principio vengan.

Otros Jomeinis

Conocemos los efectos corrosivos de las hiperortodoxias o de esas verdades políticas que, inamovibles, impiden todo asomo de pluralidad porque jamás pueden criticarse. Sin ir más lejos, al otro lado del Atlántico, los venezolanos padecen una crisis política, económica y social sin precedentes, azotada por la corrupción de sus líderes o, mejor, “narcoconstituyentes” que se mueven a la sombra del imperialismo de sello filosoviético, léase Putin, y bajo la influencia de una gerontocracia, la del linaje de los Castro, que reparte miseria a manos llenas por la isla caribeña.
Los venezolanos viven en un país que ocupa el segundo puesto en la ejecución de asesinatos
Desde la explosión de la Revolución bolivariana, iniciada por ese fustigador de Occidente y patriota del Nuevo Socialismo del siglo XXI llamado Hugo Chávez, a los venezolanos les queda el triste honor de vivir en un país que ocupa entre todas las naciones del mundo (y desde hace años) el segundo puesto en la ejecución de asesinatos.
Por otro lado, y como a las calamidades se suman otras desgracias, la mayoría de los venezolanos, a excepción de los afines al movimiento chavista, habita en la carestía más inimaginable hasta el límite de que, según el informe recién editado por Paris Match con el nombre de Venezuela, el país que deja a sus niños morir de hambre, “la mitad de los niños que padecían cáncer murieron antes de Navidad, debido a la falta de medicamentos”.
Y en esas estamos: con los grandes odios ideológicos que conducen a situaciones aún peores. ¿Peores? Irán está exportando su modelo social y político refractario a la crítica y opuesto a la democracia. De hecho, la iranización de Hispanoamérica afecta a países como Brasil, Colombia, Ecuador… y Venezuela, de la que se espera sin tardar una Venezuela T-iranizada, como bien apunta la periodista y novelista venezolana Alicia Freilich. En fin, no hay liberación que valga si ésta se impone coercitivamente por la fuerza y la violencia.


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