viernes, 1 de abril de 2016

EL HIELO ÁRTICO Y EL CAMBIO CLIMÁTICO

EL HIELO ÁRTICO Y EL CAMBIO CLIMÁTICO



        Esperábamos con inquietud los datos sobre la extensión del hielo en el Ártico tras el invierno, para conocer la evolución del calentamiento planetario. Han sido 14,52 millones de kilómetros cuadrados, la menor nunca registrada, bastante inferior a la media de 1981-2000, 15,46.

         Incluso más inquietante es que el 30 de diciembre de 2015, iniciándose el invierno, en las proximidades del polo norte la temperatura fuera de 0,7 ºC, ¡un poco por encima del punto de congelación! La superficie del hielo marino en el Ártico a finales del verano ha sido de mínimos en el último decenio, en especial en 2007, 2011, 2012 (este fue el peor, con sólo 3,39 millones de kilómetros cuadrados) y 2015. Únicamente 2006 fue “normal”. La temperatura del aire ártico en el pasado invierno era 2-6 ºC superior a la media, con algún lugar en que se situó 10 ºC por encima. Ello ha permitido que se utilice la expresión, cada vez menos irónica, de “ola de calor polar”.

         Retornado a la península Ibérica tenemos que, tras un verano con las temperaturas máximas y mínimas más elevadas registradas, vino un otoño que fue una continuación declinante del estío. Y un invierno asombroso por primaveral, sin heladas o casi. En efecto, en las zonas donde los días de helada eran, pongamos por caso, 90 anuales de media, este año no han llegado ni a 10, y todas ellas especialmente débiles. A ese invierno caliginoso, con temperaturas entre 6 y 8 grados superiores a las de antaño, ha seguido una primavera fría, e incluso nivosa en las serranías. El calentamiento global no es sólo más torridez sino también anomalías que desconciertan a los organismos vivos. El dato positivo es que las lluvias no están siendo particularmente escasas…

         Si el próximo verano repite el patrón de temperaturas muy por encima de los registros conocidos, con muchos meses abrasadores y sin apenas precipitaciones, seguido de un otoño similar al de 2015, tendremos motivos para preocuparnos de verdad. Todo ello sin referirnos a la otra cuestión, la de la capa de ozono. Este asunto ha desaparecido de los medios de comunicación cuando es de una notable gravedad. Sabemos que la destrucción de la capa de ozono sigue avanzando año tras año, con datos que se suelen ocultar al gran público, una vez constatado que las medidas institucionales tomadas para remediar el desaguisado han fracasado. A finales de la primavera se mide la destrucción acaecida este año en el hemisferio norte. A ver…

         Así pues, queda poco espacio para frivolidades. Las masas envilecidas por el paternalismo del Estado, en tanto que forma de sobre-opresión, habituadas a la bazofia mental placerista cotidiana, nada desean saber de todo esto. Anhelan que la autoridad competente les comunique en televisión que todo marcha bien, que no hay motivos para preocuparse ni estresarse, que el Estado de bienestar vele por ellos, que la sociedad de consumo continuará, que con “blindar los derechos sociales” y votar al Caudillo IV de España, todo está resuelto… Además, ¿no es delicioso poderse bañar en el Mediterráneo en enero e ir en camiseta ocho meses al año? El grado de irresponsabilidad, dejación de la capacidad de pensar, afán de juguetizarlo todo y hedonismo patológico que alberga nuestra sociedad es prácticamente infinito, de manera que será necesaria una tanda tras otra de cuitas y adversidades para devolver la sensatez al sujeto medio. 

         No voy a repetir lo expuesto en el artículo (también en este blog) “¿Estamos en la Edad de Oro de los bosques ibéricos?”, que se ocupa del cambio climático desde la perspectiva de su principal factor causal, la destrucción de la cubierta forestal y la desertificación, no sólo en el Amazonas sino también en los países templados (?). A él me remito. Ahora añadiré algunas reflexiones complementarias.

         La constitución de la ciudad-mundo, esto es, de un planeta todo él megalópolis, que es la consecuencia de la pavorosa concentración del poder político (Estado/Estados) y económico (gran empresa multinacional) acaecida en los últimos decenios, está llevando al planeta al límite de sus capacidades para albergar la vida. Si la ciudad antigua, a partir de un momento dado, se manifestó incompatible con un entorno capaz de proporcionarle alimentos, agua, pastos, leña y madera, lo que la hizo decaer y en muchos casos a desaparecer, la ciudad contemporánea, muchísimo más letal y ecocida, está llevando a una situación extrema al medio o marco en que se da, el mundo.

         No hay remedio al problema climático sin operar sobre sus raíces últimas. ¿Cuáles son? Enumerémoslas: la agricultura, en especial la agricultura industrial de altos rendimientos; la consiguiente ruina de los bosques y montes; la concentración de la población en las ciudades, con conversión de todo el planeta en una única ciudad difusa, quedando las áreas rurales como espacios desertificados y tóxicos en los intersticios de la ciudad-mundo.

         La ciudad romana se desintegró a partir del siglo II. La ciudad maya decayó desde el siglo IX hasta desaparecer del todo en el XIII. La ciudad andalusí entró en descomposición en la segunda mitad del siglo X. La megalópolis actual, expresión del crecimiento desmesurado del poder/poderes de variada naturaleza, que han constituido una dictadura cuasi-perfecta, tampoco podrá mantenerse. Pero está vez arrastrará, en su caída, a todo el planeta. Si en el pasado las calamidades ambientales ocasionadas por la ciudad y todo lo que ella lleva aparejada eran de naturaleza regional, ahora lo está siendo de significación global, planetaria: eso mide la fusión del hielo ártico, un dato entre muchos sobre lo que está sucediendo.

         Así que tenemos que dejar de lado la frivolidad, abandonar los jugueteos y tener valor para mirar con fría objetividad lo que se aproxima. En el II Encuentro por la Revolución Integral deberíamos tratar esta cuestión, para establecer un diagnóstico y fijar un plan de actuación. Únicamente una revolución total y global puede introducir los enormes y múltiples cambios necesarios para que la naturaleza no siga decayendo aceleradamente. Pero si la revolución no es posible antes de que se alcance un punto límite, entonces debemos establecer un proyecto de supervivencia. No hay que seguir el camino de un populacho encanallado, que continúa pidiendo más pan y más circo mientras en torno a él todo se desmorona. Que cada palo aguante su vela. Siempre me he preguntado qué fue de la bestial plebe romana cuando la Urbe se vino abajo, y ahora quizá se pueda ver qué va a suceder en una situación similar pero mucho peor. Quienes, perdida toda calidad ética y axiológica, únicamente piensan en términos de “mi felicidad” ahora tendrán la ocasión de “ser felices” en el horripilante cambio climático planetario.


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