sábado, 5 de agosto de 2017

Aquel Chile que perdimos y este que nos han construido


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Aquel Chile que perdimos y este que nos han construido Kaos en la red


Hoy predomina “la cultura del robo”, ya que las leyes, dictadas por parlamentarios de más que dudosa probidad, apuntan a sancionar a los pobres, a los chilenos de a pie, nunca a los poderosos… y jamás a ellos mismos.

Chile
Subimos a la pasarela de la moda política y dejamos en el pasillo las virtudes de una democracia sana y verdadera. ¿En qué momento perdimos la dignidad de país culto e informado, para transformarnos en una nación donde las corruptelas y las traiciones son el pan diario del quehacer político?
En estricto apego a la verdad, uno de los principales éxitos del neoliberalismo consumista ha sido despojar a la sociedad civil de su voluntad de luchar por lo que es justo, democrático y soberano. Tal vez sea cobardía, quizás puede ser comodidad y flojera, pero en esencia es desinterés por levantar la voz y dejar atrás el sillón, la tele y la cerveza, para ocupar las calles y obligar a las cofradías de las tiendas partidistas a realizar los cambios que millones de chilenos impetran.
Si pudiéramos regresar a la década de 1960 y comienzos de los años 70, y lográsemos conversar con los chilenos de entonces, nos sorprendería enterarnos que ellos no aceptaban corrupciones ni chanchullos de politicastros, como tampoco se quedaban quietos ante proyectos de ley atentatorios a los intereses de la mayoría. Y claro, había una prensa realmente libre que informaba sin tapujos las verdades requeridas.  Junto a ello, el sistema educacional proveía también sólidos elementos de juicio al contar en sus mallas curriculares con asignaturas como  Educación Cívica, Economía Política y también, aunque usted lo dude amigo lector, Filosofía e Historia, pero con el número de horas suficientes para enseñar y educar respecto de civilidad y republicanismo.
Un peldaño más arriba, en este mismo tema, estaban las universidades (eran públicas, todas) cuyo número no excedía la quincena en el país. En esos claustros la libertad de opinión, de enseñanza y de pensamiento constituía el sólido sustento de la formación profesional.
El poder de la crítica y de la reflexión analítica encabezaba la acción política. De hecho, baste recordar que en 1968-1969 los tres estamentos de esas universidades –académicos, alumnos, funcionarios- llevaron a cabo la última y gran reforma universitaria, misma que cuatro años más tarde fue derribada a golpes de bayonetas por el gorilaje ultraderechista que sentía pavor de sólo recordar cuán libres, críticos y académicamente exitosos eran los planteles de educación superior; por ello, balas y torturas mediante, los transformaron en boliches comerciales y en vulgares centros de capacitación, prohibiéndoles pensar, analizar, comprender y proponer. Entonces comenzaron a cambiar Chile y los chilenos.
En efectiva ayuda del totalitarismo llegó de inmediato cierta prensa que renunció, sin siquiera ruborizarse, a los valores fundamentales del periodismo, y para ello se entregó con voluntad de meretriz a los deseos e intereses del capital financiero y de sus lacayos políticos. Fue así que a fuerza de mentiras, omisiones e indigna autocensura, esa prensa se dedicó a otorgarle sustento a la dictadura y a las megaempresas transnacionales.
A partir de esa coyuntura la sociedad civil chilena fue bombardeada diariamente con mensajes –directos y también subliminales-  que señalaban el camino a seguir: la búsqueda del dinero y del consumo, del endeudamiento y el individualismo, fuese a cual fuese la fórmula utilizada, ya que incluso se privilegiaba (aún se hace) alcanzar el éxito a través de actividades faranduleras y no mediante el esfuerzo desglosado de la educación y del trabajo productivo. Era un claro llamado a la juventud. Un canto de sirena recomendándoles  a las jovencitas explotar sus encantos físicos y vivir de ellos, porque se ponían ejemplos televisivos que contaban ya con mucha cámara y dinero.
En el paroxismo  de esta situación, la prensa ‘oficial’ (o ‘prensa canalla’) destinó páginas y canales de televisión para destacar con letras de molde lo realizado por una prostituta  chilena en Japón, la “Geisha”, quien fue –en estricto rigor- señalada casi como ejemplo digno de aplausos e imitación. Aún más, se le invitó a muchos programas de farándula televisiva e incluso se le ayudó a “vender” un libro supuestamente escrito por ella. Para el sistema, lo de la Geisha era un subliminal mensaje dirigido a miles de jovencitas que rehuían y declinaban los estudios formales, dándoles a entender que era posible alcanzar el éxito (y en especial el dinero) mediante un “emprendimiento” comercial a partir de su propio cuerpo, fuese cual fuese la temática del mismo.
Las cosas ya venían mal desde hacía años, pues nadie puede discutir que uno de los peores acontecimientos acaecidos en materias de Educación fue el haberle quitado a los docentes el mando en la sala de clases, pues en términos prácticos en la Educación Básica (consta de ocho años de estudios) no existe la reprobación de curso, o de grado o de nivel. Además, el profesor tampoco está autorizado para expulsar de la sala de clases a un alumno que esté provocando problemas, todo lo cual permite que un porcentaje del alumnado de la Educación Pública Municipalizada  –en especial el de los cursos superiores-  desdeñe las clases y, en varios casos, provoque –adrede- graves desórdenes al interior de la sala ya que tiene muy clara la información respecto a que el sistema educativo no puede expulsarlo de la escuela (y ni siquiera del salón de clases), ni enviarlo de regreso a su domicilio a buscar a su apoderado.
El conjunto de asuntos relatados en las líneas anteriores tiene, por cierto, un responsable principal y directo: el legislador. Chile es un país “leguleyo” en extremo, pues la sociedad civil, durante décadas, trabajó y actuó de acuerdo a lo que la ley permitía. En esos lejanos años, y debido a lo señalado, la delincuencia estaba acotada preferentemente a criminales de baja estofa. No obstante, esa delincuencia cambió de status social y hoy cuenta en sus filas a ‘honorables’ personajes de la política y de los negocios, de las fuerzas armadas y de la iglesia, de la policía, del mundo académico y de los sindicatos, quienes a través de leyes ad hoc aprobadas por sus cofradías políticas pavimentaron el camino a la nueva criminalidad.
Lo aseguramos en un artículo anterior, y lo reiteramos ahora. La cultura del robo, o nueva delincuencia, fue instaurada, inaugurada y puesta en práctica por los mismos que hoy proponen terminar con ella. Ellos no asaltan de día claro ni echan abajo a fuerza de golpes la cortina metálica de un local comercial. Son más elegantes en sus fechorías, no aplican la violencia física, pero los delitos son de mayor calado. Los robos, malversaciones, fraudes y desfalcos perpetrados por esos ‘respetables y honorables ciudadanos’ son de volúmenes cuantiosos, reiterativos, e incluso permanentes.
Quienes recibieron un mandato popular para administrar el país resultaron ser los peores delincuentes conocidos en la Historia de Chile. Es más que probable que en la tramitación y aprobación de todas las leyes de los últimos 10 años, muchos parlamentarios hayan cometido graves delitos, dejándose sobornar o cediendo inmoralmente a la presión de empresarios interesados en contar con una legalidad insana para seguir estafando al público y al país.
La corruptela que nos encharca no es sino la continuidad de la repartija del botín que inició la dictadura regalando a sus amigos las empresas del estado, aunque ahora se la revista de cierta “legalidad”.
Es posible llenar más de una página mencionando los casos de corrupción en los cuales hay involucrados políticos, uniformados, megaempresarios, autoridades eclesiásticas, pseudo académicos, dirigentes sindicales y toda suerte de ‘autoridades’ venales.
Robar es cosa buena… robar es un arte… robar es casi una profesión, un modo de vida. Eso es lo que han estampado en la mente de millones de ciudadanos las cofradías políticas y empresariales. Si el patrón, si el senador, si el general, y si todos roban, ¿por qué no puedo robar yo?
Es la “cultura del robo” en la que la ignorancia y la incultura a las que apuntan los legisladores en materias de educación, benefician la supervivencia de un sistema social y económicamente injusto, donde el 80% de la población es mano de obra barata, desechable y fácilmente reemplazable, sin capacidad de reflexión ni de crítica, todo lo cual es miel sobre hojuelas para gran parte del empresariado… y de las mafias políticas.