martes, 8 de agosto de 2017

El abc del señor Kapuscinski


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El abc del señor Kapuscinski - Mariategui


Ryszard Kapuscinski cuenta sus primeras lecturas en un diálogo apurado antes de subirse a otro avión.
Julio Villanueva Chang *
Foto: Metin Yilmaz | AP
07/08/17
Hay en sus ojos un parpadeo nervioso como si lo hubiesen despertado bruscamente de un sueño, cuando en verdad estaba en su cama leyendo a pierna suelta antes de esta cita a la hora del desayuno. Después de haber asistido en México a su taller para la Fundación Nuevo Periodismo en la Universidad Iberoamericana, Kapuscinski me había prometido una conversación sobre sus primeras lecturas. Pero esta mañana de marzo de 2001, el señor K no luce como el reportero superstar del Tercer Mundo: esta mañana el autor de El Emperador luce una calvicie despeinada, se ha librado del asedio de la prensa y de la corbata de los últimos días, pero aún conserva ese andar pendular de oso, ese rostro tan redondo y ruborizado como el de su paisano el Papa, una catadura como en estado de pudor crónico. 
La primera vez que vi a Kapuscinski pude espiar su pasaporte: K había llegado a México el mismo día de su cumpleaños. No se lo dijo a nadie. Entonces lo ilusionaba conocer a García Márquez, otro de los piscis más famosos del mundo, quien también iba a cumplir años, dos días después. Iba a comerse unos tacos con el hijo del telegrafista en su residencia del Distrito Federal, pero también iba por fin a hacer maletas para volver a Varsovia. El año 2000, Ryszard Kazimierz Kapuscinski había viajado treinta y tres veces por el mundo. Era hora de volver y de sentarse a escribir. Por ahora el señor K. acaba de descender de su habitación en el Flamingos Plaza para darme malas noticias.
—Tenemos sólo unos minutos. Debo irme.
Ha revisado su reloj un par de veces durante el último cuarto de hora. Kapuscinski debe partir otra vez, volar de vuelta a Varsovia para encerrarse a escribir con los seis sentidos puestos en América Latina, el tema de su libro vigésimo primero. Su esposa, una pediatra que alguna vez me dijo por teléfono que K estaba de viaje, lo espera siempre como Penélope a Odiseo porque hubo una época en que no se comunicó con ella durante casi cincuenta meses. “No le escribo cartas ni la llamo por teléfono cuando estoy trabajando. Hay que viajar solo, aprender un idioma, involucrarse con la gente y no puedes estar pensando en tu familia”, me había contado en otro desayuno, en el que también me comentó su amistad con ese místico del teatro llamado Jerzy Grotowski. 
El señor K es la prueba viviente de que leer y escribir no es más que un aprendizaje de estar solo y de que el periodismo es para él una misión. De algún modo Wojtyla, Kapuscinski y Grotowski, entre los polacos más universales de la Tierra, tienen en común haber sido misioneros en el ejercicio de la religión, el teatro y el periodismo. El señor K escribe sus libros a mano y nunca los corrige. “Me siento muy mal cuando no escribo, con un complejo de culpa”, me dice como si esta entrevista fuese un tropiezo más entre él y las palabras, un tropiezo más entre él y el siguiente avión. El señor K se siente tan culpable de los libros que aún le faltan por escribir como de los libros que ha dejado de leer. Debería pedirle disculpas, pero me pido un café, y Kapuscinski se pide un vaso con agua.
El señor K decía que no era de esa clase de hombres que se habían criado en un cuarto de juegos, y que Joyce escribía cartas admirables a los doce años, a la misma edad en que él corría descalzo y medio desnudo detrás de las vacas sin haber leído un solo libro. “El primer libro que leí no tiene ninguna importancia. Eran las memorias de un muchacho de su escuela secundaria en la Polonia del siglo XIX”. Era una especie de Corazón escrito por un Edmundo de Amicis polaco, un libro infantil y melodramático, nada memorable en la bolsa de valores de la literatura, y que Kapuscinski desdeña sin piedad a sus sesenta y nueve años cumplidos. “Gente como Joyce nació en los apartamentos de sus padres y sus abuelos, que estaban llenos de libros y así empezaron a leer —me recuerda K—. Yo nací en una familia muy pobre que vivía en la parte oriental de Polonia. Al estallar la guerra fue ocupada por las tropas armadas soviéticas, entonces tuvimos que huir hacia Polonia Central y vivir en una aldea aún más pobre y más analfabeta, donde no había ningún libro”. Sólo después de la Segunda Guerra Mundial, Kapuscinski pudo hallar por azar el primer libro de su vida en el apartamento de un amigo.
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Kapuscinski no tiene e-mail. Dice que no necesita Internet. También dice que le interesa cada vez menos la política. Ahora se abraza esas manos venosas con las que aún se rehúsa a usar la computadora, y mira sin disimulo su reloj. Si uno quiere conversar con él, hay que escribirle una carta o enviarle un fax a su casa de Varsovia. El señor K siempre fue un autodidacta. “Durante la guerra, los polacos no podíamos estudiar más que siete años de primaria. Era como vivir en un desierto”. Kapuscinski escapó de ese desierto cuando fue a la Universidad de Varsovia, a la que tampoco le sobraban libros. “Yo podría decir que mis lecturas recomendadas empezaron cuando tenía unos veinticinco años”. 
Su historia es muy extraña para quienes creen que sólo se puede ser un lector voraz si se ha tenido esa gula de libros desde niño. “No fue este mi caso. Y no porque no quisiera, sino porque no tenía nada, ni siquiera zapatos. Mi educación fue muy atrasada en el sentido que todo lo empecé muy tarde, a leer muy tarde, a escribir muy tarde, a estudiar muy tarde, y todo por la guerra. Puedo decir que esos diez años más formativos en el ser humano, entre los nueve y diecinueve años, yo los tuve perdidos”. Su parto de escritor fue cuando tenía dieciséis años. 
Entonces publicó su primer poema en una revista cultural de Varsovia. “Fue como una inspiración que me pareció extraña a mí mismo. Escribí el poema, lo puse en el correo y una semana después lo vi publicado en esa revista”, me dice, como si hubiera contado esa historia siempre. De la poesía anglosajona le gustan más Whitman y Elliot. De la poesía italiana, Ungaretti y Quasimodo. De la francesa, Baudelaire, Eluard y Apollinaire. De la latinoamericana, Vallejo y Octavio Paz. Kapuscinski habla y lee en siete idiomas, en su vagabundo afán por intentar descifrar este mundo.
Ahora dice que su prosa le debe bastante a la poesía. “Habían matado a todos los corresponsales, y como me volví un poeta conocido en Varsovia, me llamaron para escribir en un periódico cuando estaba en la secundaria”. Desde el principio, el señor K. rechazó esa división entre el escritor y el reportero. “Cuando me preguntan qué es lo que yo escribo, yo les digo que escribo textos”. Le aviso que en español texto es una palabra muy fea para lo que escribe. “No, en polaco es una palabra digna y bonita”, me dice pronunciando la palabra en su idioma natal. 
“El problema de los géneros y las terminologías es que tienen diferentes sentidos en diferentes idiomas y culturas –añade–. En nuestra tradición literaria no tenemos esta distinción que hay en América Latina entre la crónica y el reportaje. Entonces nunca pensé en si quería ser escritor o si quería ser periodista. Cuando me sentaba, no pensaba en que iba a escribir una novela o un reportaje o un ensayo. Yo sólo quería escribir bien”. Había leído que Kapuscinski no creía en los géneros literarios tradicionales y que esa fe en la experimentación de lo inclasificable lo había llevado a decir que había que escribir más libros como Tristes Tropiques, del antropólogo Levi Strauss, o Cool Memories de Jean Baudrillard. “No se puede escribir ahora cualquier libro. Ahora escribir un libro debe ser una protesta”, dijo en su taller de México, como uno de los últimos dinamiteros de las fronteras de género.
Allí sus últimos consejos fueron leer, leer y leer. “Los periodistas se preocupan en cómo escribir más que en aprender a leer”, me dice el señor K. “La tendencia va hacia la ensayificación la prosa”, añade, inventando este neologismo que suena a teatralizar las ideas. Servirse de la sociología, la antropología, la psicología y la historia para hacer de la literatura un cajón de sastre. Leer, viajar, investigar, leer y escribir sólo el cinco por ciento del material reportado. Para escribir Ebano, Kapuscinski dice haber devorado una biblioteca de doscientos libros sobre asuntos africanos. También recuerda haber leído catorce mil páginas antes de escribir un libro sobre Crimea. Todo lo que dice parece excesivo. Kapuscinski vuelve a mirar de reojo su reloj y empieza a responderme con evasivas: no recuerda cuál fue su primer libro memorable, se rehúsa a hacer una lista de libros que hubiera querido escribir, se olvida de citarme a sus queridos Conrad y Proust. 
Cree que va a perder el avión y aún no ha decidido cuáles de los libros que le han regalado tendrá que abandonar, por un exceso de equipaje, en su habitación del hotel. “A veces me preguntan qué libro influyó más en mi prosa y yo tengo que decir que ninguno, porque no puedo decir si alguien ha escrito antes de esa manera. Tuve que inventar una nueva prosa”. Por ello los críticos, desconcertados, han bautizado su estilo como faction o con el aparatoso nombre de creative non fiction. Pero Kapuscinski sólo escribe como Kapuscinski.
En los días de su taller en México, el señor K había pedido que no lo molestaran a partir de cierta hora de la noche. A esa hora sólo quiere leer y lo que más lee es filosofía. No le gusta tanto leer biografías, a pesar de su admiración por esos monumentales trabajos que Richard Ellmann escribió sobre Joyce y Wilde. “La mayoría de biografías son sólo trabajos de no ficción. A veces no necesitan poesía e imaginación y se valen sólo de documentos”. K prefiere irse a dormir con un libro de filosofía. “Mi sueño fue siempre ser filósofo. Pero al momento de entrar en la universidad, eran tiempos de stalinismo y la facultad de filosofía fue cerrada por considerarse muy burguesa. 
Tuve que estudiar historia”. El señor K tenía entre sus filósofos favoritos a Platón, Schopenhauer, Nietzsche y Dostoievski. “Digo Dostoievski porque el problema entre los rusos es que no tenían filósofos académicos, y sus filósofos están entre sus novelistas y sus hombres de iglesia. En la tradición rusa no hay una clara distinción entre la filosofía y la teología, y entre ellas se entromete la literatura”. Para K., Los Hermanos Karamazov es un clásico ejemplo de este modo de expresión del pensamiento ruso. Y sólo los rusos hacen que esta mañana Kapuscinski se olvide por unos minutos de su reloj.
No sólo ha confesado que le debe a Chejov el principio de su libro El Emperador, sino que está de acuerdo con él en que sólo aparece un talento por cada dos millones de habitantes. Pero Kapuscinski se corrige en sus cálculos a principios del tercer milenio: “Creo que ahora aparece un talento en cada cinco o diez millones de gentes, muy rara vez”. Le comento que la prosa de Dostoievski es apesadumbrada y a su lado la de Chejov es más traviesa y alegre. “No. De Chejov se suelen conocer más sus cuentos y teatro, pero no tanto el resto de su obra, como sus diarios y sus reportajes. Chejov fue un gran reportero. Cuando estaba muy enfermo de tuberculosis, se fue en un barco a una isla rusa del Pacífico, Sajaliv, y escribió un reportaje sobre los maltratos que se daban allí contra los prisioneros. Era un maestro en la creación de atmósferas, de esos pueblos en los que no sucede nada. Y fue cuando estaba ya muy enfermo”. El señor K. tose, tres, cinco veces. Temo que esa tos insistente haya sido como un despertador de que ya es hora de que parta a coger sus maletas. Pero a Kapuscinski se le suelta la lengua cada vez que se trata de recordar a su atormentado antepasado ruso.
Sí, Dostoievski escribía muy mal pero su mundo literario es memorable. El señor K está de acuerdo en que Dostoievski fue uno de los modelos de la literatura más imperfecta del siglo XIX, pero, paradójicamente, más imperecedera: “Un editor moderno eliminaría la mitad de todas sus novelas por esa tendencia de hablar, hablar, hablar. Pero de repente, llegas a una página y hallas cosas geniales. Esa era su forma de escribir. En literatura, si mantienes el mismo nivel durante todo el tiempo, te haces ilegible. Hay que poner adentro un poco de kitsch, para reforzar luego el mensaje”. K me sorprende con su defensa cerrada del kitsch, pero recuerdo que de vez en cuando sus libros están plagados de moscas literarias que sobrevuelan los ojos de sus lectores distrayéndolos de la tensión de una escena trágica. 
“Siempre estoy discutiendo eso con mis editores y más ahora que estoy publicando mi libro Lapidarium, una obra que va a terminar con mi muerte. Si tomas a un escritor como Canetti, que tiene varios niveles de calidad, haces una selección de sus mejores pensamientos y los publicas en un librito de cien páginas, Canetti sería ilegible”, me dice. “La altura asfixia y de vez en cuando hay que descender para encontrar un respiro”, me advierte K., como si tratara de decirme que la buena literatura es una montaña rusa de ideas y palabras.
Dice estar escribiendo Lapidarium con este método, un libro en el que la más alta filosofía se acuesta con las notas más banales. “Es una poética del fragmento que te da la oportunidad de descansar”. Le pregunto si esta poética de Lapidarium lo vuelve un pariente estilístico de Nietzsche y de Cioran. “A Nietzsche sí, pero a Cioran no, porque justamente él es un escritor que, en sus entrevistas, dice que anda sólo por las cumbres del pensamiento –deslinda K–. 
Es decir, Cioran elimina todo lo que le ha costado llegar a esa cumbre y sólo escribe la última sentencia. Nunca puedes nunca saber cómo llegó a ese pensamiento. Por eliminar todo el proceso para llegar a esa última sentencia, sus libros son ilegibles. Cioran me parece un gran ensayista sobre la religión y la historia, pero su escritura de aforismos es ilegible. Puedes leer sólo uno o dos”. Pero a Kapuscinski le gusta la poética del fragmento: “Es una forma muy moderna de expresarse para el lector contemporáneo, que no tiene tiempo de leer historias tan largas y complejas, ese lector que prefiere leer echado en la noche con una lámpara que en cualquier momento puede apagar”, me dice antes de colocar su diestra empuñada sobre su boca, que es su gesto más habitual de escuchar.
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Kapuscinski tuvo que crecer bajo la sombra de Rusia. Le recuerdo entonces ese modo de pensar ruso que no separa la filosofía de la teología, y le pregunto qué le parece la Biblia como literatura. “La leo todo el tiempo y muy a menudo la estoy citando –me dice, como si estuviera acostumbrado a elogiarla–. Mi libro El Emperador tiene un poco la estructura de la Biblia. Es el libro más dramático que se ha creado, pero también es un libro muy cruel. Ahora se suele criticar a la televisión por transmitir tanta violencia, cuando más cruel ha sido la Biblia: en sus páginas se come a niños, se llama a matar a los enemigos, se queman casas, se sacan los ojos a los hombres. Los dueños de la televisión moderna no han inventado nada nuevo”. Y me viene a la mente Borges, ese supremo inventor de citas y referencias literarias.
—Tú admiras a Borges, pero él se atrevió a decir que a Cien Años de Soledad le sobraban cincuenta años.
—¿Eso dijo?
—Sí.
—No, yo admiro la obra de Gabo. Borges tenía otras virtudes: demostrar que con el texto se puede crear literatura.
—Pero Borges abominaba el periodismo…
—Era un aristócrata y tenía ideas derechistas. Pero siempre he estado en contra de clasificar el valor de la literatura por las ideas políticas de sus autores.
—Si en algo te pareces a Borges, es que él también era un gran lector de filósofos…
—Sí. Pero los críticos suelen compararme más con Saint-Exúpery.
¿Qué tienen en común Kapuscinski con el autor de El Principito?  El señor K me recuerda que Saint Exúpery era un hombre viajero, pero no un viajero turista sino que los suyos eran viajes de trabajo, en situaciones muy duras como han sido las suyas. “El Principito no es un libro para niños. No soy partidario de esas clasificaciones”. Pero K sonríe, entre sacralizado y disidente, cuando lee lo que sobre él dicen las contraportadas de sus libros. “Sus escritos se sitúan justo entre Kafka y García Márquez”. Y símiles aún más acrobáticos y delirantes: “Se lee como una versión de Lewis Carroll sobre Hitler en su búnker”. No puedo evitar preguntarle sobre el otro ciudadano K., citándole lo que había escrito un crítico después de su lectura de El Emperador: “El efecto es como si Kafka hubiera El Castillo desde dentro”. 
Sabía que Kapuscinski admiraba a García Márquez y que éste había contado haber llorado cuando leyó por primera vez La Metamorfosis. “Kafka me gusta, pero no tengo nada especial que decir sobre él”, me dice otra vez como una evasiva. Y añade, casi como una disculpa, al darse cuenta que no me convence su respuesta: “Yo leí a Kafka no tan joven, y luego, por mi trabajo, no tuve tiempo de releerlo. Tuve que concentrarme en lecturas antropológicas sobre el Tercer Mundo fuera de Europa. Preparaba un libro y me ponía a leer todo sobre ese tema particular. Todo depende de tu propia historia de lector. Europa ha estado demasiado ocupada en sí misma mientras yo leía miles de páginas sobre el Tercer Mundo fuera de ella. No he sido un lector de placer sino de oficio”. Kapuscinski habla con los brazos. Algo me salva de que no se vaya: los ademanes del señor K han acabado por esconder su reloj debajo de su manga.
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Hace media hora que Kapuscinski ha acabado su vaso con agua. Le pregunto si tiene algo contra los best-sellers. Una de las maravillas para la literatura del siglo XIX era que no existía esa división entre grandes novelistas y escritores populares. Los lectores de Víctor Hugo y Balzac serían los mismos que hoy estarían leyendo a Stephen King y Joe Grisham. “Sí, estoy en contra de los best sellers, pero no puedo hacer nada. Es un gran problema de nuestro tiempo. Es una trampa muy engañosa, pero The New York Times Books Review encontró esta solución: en cada lista de libros más vendidos ponen también una lista de los libros preferidos por sus críticos. Es como una balanza que muestra las tonterías del mundo con sus best sellers, pero también que hay libros valiosos”, me dice y hace el gesto de levantarse de la mesa como una amable amenaza de que ya debe irse.
Sólo me queda atarlo con palabras y más palabras un minuto más. Le cuento entonces que había comprado Siberia, el libro del viajero Colin Thubron, un autor británico hasta entonces desconocido para mí, sólo porque su edición en español estaba amordazada con una cinta publicitaria en la que el autor de El Imperio decía que era un libro maravilloso, y Kapuscinski me dijo que nunca se lo iba a contar porque Thubron se podía enfadar. Antes de despedirme, le recuerdo que George Steiner había anunciado la muerte de la literatura casi en complicidad con los bajos instintos de Bill Gates. “Es una profecía absurda. Toda la historia consciente de la cultura humana empieza porque el primer hecho estaba escrito”, me dice K, frunciendo el entrecejo, como si esta vez se pusiera de pie para irse a ajustar cuentas con Bill Gates y todos esos viles abolicionistas de la tinta y el papel.
—¿Crees que te pareces a todo lo que has escrito?
—No, creo que debo escribir más de lo que he escrito. Mi problema es que tengo demasiados libros que aún no he escrito.
—Dime sólo uno de ellos…
—No puedo. —me sonríe—. Es un secreto.
* Julio Villanueva Chang es periodista peruano, editor de la revista Etiqueta Negra. Participó en el primer taller de crónica que impartió Ryszard Kapusinski a periodistas latinoamericanos, en la Ciudad de México (2001).

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