martes, 8 de agosto de 2017

Un operativo relampagueante y eficaz: la expulsión de los jesuitas


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Un operativo relampagueante y eficaz: la expulsión de los jesuitas

 

 

 


Quienes lo contaron luego, hablaron de una extrema efectividad: el grueso de los sacerdotes de la Compañía de Jesús fueron, de un solo golpe, desterrados de la Nueva España. Así, el poder terrenal del rey Carlos III cobraba muchas viejas deudas y trabajaba para imponerse como la única autoridad en el ánimo y las almas de los novohispanos.
El pliego que llegó de España a la ciudad de México tenía una indicación muy clara: no abrirse antes de la fecha indicada, bajo pena de muerte. Esa fecha era el 25 de junio de 1767. ¿Cuál era su contenido? La orden de tomar por asalto, con el mayor sigilo, todas las posesiones, haciendas, estancias, colegios y misiones de la Compañía de Jesús y trasladar a los padres jesuitas, en dondequiera que se hallasen, al puerto de Veracruz, para sacarlos de la Nueva España. Así, Carlos III, el monarca español, asestaba un golpe tremendo a la orden, que, durante siglos, había incomodado a la Corona y a algunos virreyes, reiterando de manera constante su obediencia al Papa y solamente a él, por encima del poder terrenal de los monarcas.
A las puertas del Colegio de San Pedro y San Pablo se apostó, a la cabeza de un piquete de alabarderos, el visitador José Gálvez, que era, sin discusión, el hombre más poderoso de la Nueva España en ese lejano junio de 1767, casi a la par —si no es que más, murmuraban los observadores agudos— de fuerte que el virrey Marqués de Croix. Exigió que le abrieran las puertas, y sin vacilaciones, ejerciendo ruda presión, sacó a los jesuitas de uno de sus hogares principales, como lo mandaba la real instrucción, apenas con lo puesto, un breviario y algunas mínimas pertenencias.
Lo mismo ocurría, casi al mismo tiempo, en casi toda la Nueva España. Una operación que hoy algunos llamarían “quirúrgica”, eficaz, contundente.
VIEJOS PLEITOS, LARGOS RENCORES.  El marqués de Croix recibió el 30 de mayo de 1767 aquel pliego sellado, donde estaba la instrucción para sacar a los jesuitas de la Nueva España. Difícil empresa, en un reino de gran extensión. La única manera efectiva de cumplir la orden era, realmente, bastante sencilla: una rigurosa planeación y mucha, mucha discreción.
Ni Carlos III ni el virrey marqués ni el visitador Gálvez eran ingenuos: sabían que se enfrentaban a un enemigo poderoso, y en esa silenciosa organización confiaban para derrotarlos. A ellos no les ocurriría lo mismo que al obispo virrey Juan de Palafox y Mendoza, que poco más de un siglo antes, había llegado a la Nueva España, hacia 1640, para casi de inmediato enzarzarse en un pleito con la Compañía de Jesús por la donación de una hacienda. El enfrentamiento fue escalando, porque lo que se jugaba era mucho más que una hacienda: Palafox defendía el poder real como la máxima autoridad en toda la América española, y los jesuitas no estaban dispuestos a someterse.
Aquel pleito había sido tan duro, que Palafox llegó a prohibir, en 1647, y bajo pena de excomunión, que nadie se confesara con algún jesuita. Desde luego, el conflicto rebasó al territorio novohispano y se trasladó a Europa, donde el poder del papado presionó al rey Felipe IV de España, quien intentó conciliar y aplacar a Juan de Palafox, y llamando al orden a todos los que se habían involucrado en el diferendo. El Obispo virrey recibió la orden de regresar a España, donde murió en 1659, aún bajo una intensa presión y duros ataques de la Compañía.
En 1767, año de la expulsión jesuita, habían transcurrido casi 130 años de aquello, y era muy sabido, que la causa de beatificación de Juan de Palafox y Mendoza, solicitada por eclesiásticos españoles en 1665 y planteada formalmente al Vaticano en 1698 había sido sistemáticamente bloqueada por la Compañía de Jesús.  Eran rencores viejos, de origen novohispanos, y que aún alentaban de uno y otro lado del océano.  No, ni Carlos III, ni el marqués de Croix ni José de Gálvez, estaban dispuestos a dejarse vencer: simplemente, no podían equivocarse.
EL MENSAJE DEL REY. Sigilosamente, solamente entre tres hombres: el virrey de Croix, su sobrino y el visitador Gálvez, armaron el procedimiento de expulsión. El propósito era claro y conforme a las instrucciones del rey español: eligieron comisarios leales, y activos; especialmente leales: se crearon misiones de funcionarios que viajaron a toda  la Nueva España, llevando el pliego de instrucciones. Al mismo tiempo, oficiales del Ejército llegaban, por separado, con la misión de formar milicias destinadas a operar la redada, porque eso era, una redada. Para que nadie se extrañase del movimiento, se dijo que era intención del rey que esas milicias existiesen, por seguridad, en todo el reino.
Así ocurrieron las cosas: de manera abrupta, sorpresiva. El mensaje del rey no dejaba lugar a negociones:
“Movido por gravísimas causas relativas a mi obligación de mantener mi pueblo en obediencia, tranquilidad y justicia, así por otras causas que reservo en mi real ánimo, en uso de la autoridad que el Todopoderoso ha depositado en mí para la protección de mis vasallos y el respeto a mi corona…. Mando expulsar de todos mis dominios de España, Indias, Filipinas y demás adyacentes a los religiosos de la Compañía de Jesús, sacerdotes, coadjutores, legos de primera profesión y novicios que quisieren seguirles…”
Era terminante. Acompañado por las milicias que revelaron en el momento justo su verdadera misión, el texto encerraba una amenaza no precisamente velada:
“…encargo a los padres provinciales, prepósitos, rectores y demás superiores de la Compañía, acaten puntualmente estas disposiciones, a fin de que se proceda con ellos con la mayor decencia, atención y humanidad… El Pardo, 27 febrero 1767”.
¿Por qué la contundencia, por qué el uso de la fuerza? Porque no era ajeno a la corona española, que los jesuitas eran “dueños de voluntades y bienes”; promotores de la idea de una nacionalidad nueva, no española ni indígena, que algunos ya empezaban a llamar mexicana. Maestros entrañables en muchas ciudades novohispanas, la visión de su marcha, en tropel, asustados la mayor parte de ellos, estrechando entre sus brazos un hatillo con unos libros y poco más, sería nota dolorosa para los que se quedaban en estas tierras.
Sin embargo, los jesuitas pusieron ejemplo de obediencia; incluso, intervinieron para que la gente acatara la orden de expulsión. El informe de José de Gálvez lo consigna: en la mayor parte de la Nueva España, el operativo, transcurrió de manera impecable: los religiosos fueron llevados a Veracruz y embarcados con rumbo a los reinos que iban a convertirse en Italia.
Pero en Guanajuato, en Michoacán y en San Luis Potosí, los novohispanos se sublevaron: se armaron tumultos y rebeliones, que José de Gálvez no vaciló en ahogar en sangre; dictó ejecuciones, administró azotes y dispuso encarcelamientos. Los levantamientos fueron sofocados, pero aquella historia tendría consecuencias: los novohispanos no olvidaron y, en algún momento, cobrarían el golpe. Entre los colegiales que aquella madrugada del 25 de junio de hace 250 años, vieron a los jesuitas abandonar en tropel el colegio de San Francisco Xavier de Valladolid, estaban dos hermanos, criollos, oriundos de Corralejo. Eran los hermanos Joaquín y Miguel Hidalgo.
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