lunes, 7 de agosto de 2017

La dignidad humana contra la revolución inmoral; por Wolfgang Gil Lugo


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La dignidad humana contra la revolución inmoral; por Wolfgang Gil Lugo « Prodavinci


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«No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución; se hace la revolución para establecer una dictadura.» George Orwell, 1984.
El significado de la figura de Albert Camus (1913-1960) ha venido en aumento. En su momento, su importancia fue opacada por la figura de Jean Paul Sartre, quien convirtió el existencialismo en una moda popular y extravagante, pero cuya filosofía parece ahora muy poco pertinente para enfrentar los desafíos de nuestra época. En estos tiempos difíciles, la lectura de Camus es como aire fresco, especialmente para salir de los callejones sin salida que nos imponen las nuevas formas de la tentación totalitaria.
Al comienzo de El Hombre Rebelde (Buenos Aires, Losada, 1953), Camus afirma que la principal epifanía existencial es la experiencia del absurdo. El absurdo revela que todos los esfuerzos realizados por el ser humano para encontrar significación dentro del universo, acabarán fracasando finalmente debido a que no existe tal significado. En conclusión, el nihilismo es la negación de los valores que dan sentido a la vida.
Camus expone que la consideración individual del nihilismo lleva al suicidio y que la ideología nihilista conduce al asesinato. El tema del nihilismo individual, el camino hacia al suicidio, Camus lo estudia en otro libro El mito de Sísifo. Precisamente a El hombre rebelde le corresponde el estudio de la ideología nihilista y, por tanto, el asesinato político, especialmente en la modalidad que él llama ‘lógico’, pues la argumentación nihilista obliga al pensamiento a concluir en la necesidad de la destrucción de nuestros semejantes.
Según el nihilismo, considerado políticamente, no hay valores. Entonces tan solo hay fuerzas que buscan imponerse unas sobre otras, amos y esclavos, como dice Nietzsche. La única valoración que existe es ser un dominador y evitar ser un esclavo. En ambos casos, la vida no vale nada.
Por lo que hemos podido apreciar, el nihilismo niega los valores positivos y se conforma con unos valores adulterados producto del poder. De acuerdo al pensamiento nietzscheano, para los amos, el poder es dominación, mientras que para los esclavos el poder toma la forma del resentimiento propio de la frustración. Expuesto de esa manera parece que no hay salida.
El nihilismo revolucionario
Según Camus, en El hombre rebelde (p. 125), después que la revolución francesa decapitó al rey, quien era el representante de Dios en la tierra, vinieron los deicidas, quienes se impusieron la tarea de exterminar al mismo Dios. La tarea deicida la llevó adelante el pensamiento alemán del siglo XIX, con Hegel a la cabeza. El pensamiento alemán terminó sustituyendo a la razón universal abstracta, por una noción menos artificial y ambigua: lo universal concreto, término que designa al Estado. Así, la universalidad que debe guiar al pensamiento queda reducida a la política.
Lo que interesa destacar aquí es que la razón se ve incorporada a una etapa histórica y así pierde su validez universal. En esto se advierte mucha coincidencia con el concepto de Episteme de Foucault. Según Foucault cada etapa histórica tiene una racionalidad que le es propia y que no es válida fuera de sus estrechos límites.
Para Camus (El hombre rebelde, p. 138), el legado hegeliano es el nihilismo. Si para Hegel la historia es la productora del valor, entonces esto tiene como producto el cinismo político y moral, el terror y la divinización de la materia. Camus afirma que los herederos de Hegel defienden la revolución sin moral:
“En todo caso, los revolucionarios del siglo xx han tomado de Hegel el arsenal que ha destruido definitivamente los principios formales de la virtud. Han conservado de él la visión de una historia sin trascendencia, reducida a una disputa perpetua y a la lucha de las voluntades de poder. En su aspecto crítico, el movimiento revolucionario de nuestra época es, ante todo, una denuncia violenta de la hipocresía formal que rige a la sociedad burguesa. La pretensión, fundada en parte, del comunismo moderno, como la más frívola del fascismo, es denunciar la mistificación que pudre la democracia de tipo burgués, sus principios y sus virtudes” (El hombre rebelde, p. 127).
Todo esto es consecuencia del historicismo absoluto, el cual termina negando toda trascendencia de los principios. Lo que da la licencia para que la revolución adopte una moral maquiavélica, lo cual constituye la negación misma de la moral. Históricamente esto fue realizado por el comunismo soviético.
“Desde el momento en que los principios eternos sean puestos en duda al mismo tiempo que la virtud formal, en que queden desacreditados todos los valores, la razón se pondrá en movimiento sin referirse ya sino a sus éxitos. Querrá reinar, negando· todo lo que ha sido y afirmado todo lo que será. Se hará conquistadora. El comunismo ruso, con su crítica violenta de toda virtud termina la obra rebelde del siglo XIX negando todo principio superior”. (El hombre rebelde, p. 124).
La política sin moral conduce al terror. Camus escribe:
“Esto plantea el problema del socialismo occidental. Porque el terror sólo se legitima cuando se admite el principio: «El fin justifica los medios». Y este principio sólo puede admitirse si se establece la eficacia de una acción como objetivo absoluto, como es el caso de las ideologías nihilista (todo está permitido, lo que importa es el éxito), o en las filosofías que hacen de la historia un absoluto (Hegel, después Marx: la sociedad sin clases es el fin, todo lo que conduzca ella es admisible)”. Camus: Moral y política, Madrid, Alianza, 1984, p. 74).
El existencialismo problemático de Camus
En los manuales de filosofía, se incluye a Camus entre los existencialistas. Es cierto que él pertenece a la época de los existencialistas y a su ambiente cultural. Fue muy amigo de Sartre hasta que se distanciaron por las diferencias políticas. Muchos de los motivos de su filosofía se pueden clasificar como existencialistas. Pero su insistencia en la rebelión en nombre de la dignidad humana implica supuestos metafísicos esencialistas. Si la dignidad es propia de la esencia humana, entonces, eso lo aleja del existencialismo consecuente.
Para decirlo de otra manera, la filosofía de Camus parte de la existencia. En eso coincide con Sartre. Sartre niega la existencia de la esencia humana universal. Solo acepta una forma parásita de esencia que depende de nuestro arbitrio y que constituye nuestra singularidad. La diferencia está en que la esencia es el punto final de su pensamiento. Hay que reconocer que, en Camus, no hay una doctrina amplia y positiva sobre la esencia. La esencia solo se deja ver tímidamente cuando se le niega.
El esclavo, en el instante en que rechaza la orden humillante de su superior, rechaza al mismo tiempo el estado de esclavo. La rebelión lo lleva más allá de donde estaba, en la simple negación. Esa parte de sí mismo que quiere hacer respetar, la pone por encima de lo demás y la proclama preferible a todo, incluso a la vida. Se convierte para él en el bien supremo. “La conciencia nace con la rebelión” (El hombre rebelde, p. 18).
Camus nos aclara que la rebelión no es un acto egoísta. “La afirmación envuelta en todo acto de rebelión se extiende a algo que sobrepasa al individuo en la medida en que lo saca de su soledad supuesta y le proporciona su razón de obrar” (El hombre rebelde, p. 19). El individuo experimenta el absurdo, pero la rebelión conduce a la solidaridad. En otras palabras, el yo se convierte en nosotros.
El análisis de la rebelión lleva así a Camus a la sospecha de que hay una naturaleza humana, es decir, una esencia: “como pensaban los griegos, y contrariamente a los postulados del pensamiento contemporáneo. ¿Por qué rebelarse si no hay en uno nada permanente que conservar?” (El hombre rebelde, pp. 19‑20).
Hay una clara coincidencia de Camus con el pensamiento de Sócrates y Platón. La esencia se revela cuando se trata de humillar al ser humano. Contra el relativismo, se afirma que hay algo permanente. Actuar de acuerdo a los principios, parece que siempre ha funcionado igual en todas las épocas. Es difícil pensar que será diferente en el futuro. El encuentro con la conciencia, con lo que es lo correcto, con lo que nos hace humanos en el sentido esencial, parece tener una estructura relativamente estable. La idea de Camus es que la historia, que vendría a corresponder con el devenir platónico, es el lugar de la dominación y de la negación de lo esencialmente humano.
El antídoto contra el nihilismo
Ya desde la introducción a El hombre rebelde, Camus muestra lo que va a ser su estrategia para refutar el razonamiento nihilista. Cree que el nihilismo termina negándose a sí mismo. Es un punto de partida, pero no un punto de llegada, al igual que el cogito cartesiano. Luego de haber dudado de todo, el cogito toma conciencia de que no puede dudar que está dudando. El nihilista puede dudar de todo, pero no puede negar que tiene que estar vivo para dudar. Vivir es valorar. La estrategia de Camus es la de bajar a los infiernos para poder subir al cielo.
El nihilismo fracasa en el establecimiento de los valores. Como ya vimos, se conforma con la disfuncionalidad del poder. En cambio, la proposición de Camus apunta hacia estos. Lamentablemente Camus no brinda un catálogo de esos valores, pero hace algunas afirmaciones que nos permiten pensar que coinciden con los de la antigüedad clásica, muy en sintonía con Sócrates y Platón. Vamos a considerar dos: el diálogo y el límite. Estos valores son antídotos contra el nihilismo revolucionario.
Los revolucionarios nihilistas no están dispuestos a oír al otro. El otro es esclavo o enemigo. Su forma de comunicación privilegiada es el monólogo, solo una persona habla y los demás deben escuchar. Es la forma de comunicación unilateral, por tanto, no hay lugar para el diálogo.
“La cima de todas las tragedias está en la sordera de los héroes. Platón tiene razón contra Moisés y Nietzsche. El diálogo a la altura del hombre cuesta menos caro que el evangelio de las religiones totalitarias, monologado y dictado desde lo alto de una montaña solitaria”. (Camus: El hombre rebelde, p. 262).
El otro valor es el límite, la conciencia humilde de no ser un dios, el antídoto de toda soberbia, el gran pecado contra el cual la religiosidad griega prescribía: ‘conócete a ti mismo’, es decir, reconoce que eres mortal.
“El pensamiento griego se ha atrincherado siempre en la idea de límite. No ha llevado nada hasta el final —ni lo sagrado ni la razón—, porque no ha negado nada: ni lo sagrado, ni la razón. Lo ha repartido todo, equilibrando la sombra con la luz. Por el contrario, nuestra Europa, lanzada a la conquista de la totalidad, es hija de la desmesura. Niega la belleza, del mismo modo que niega todo lo que no exalta. Y, aunque de diferentes maneras, no exalta más que una sola cosa: el futuro imperio de la razón. En su locura, hace retroceder los límites eternos y, enseguida, oscuras Erinias se abaten sobre ella y la desgarran. Diosa de la mesura, no de la venganza, Némesis vigila. Todos cuantos traspasan el límite reciben su despiadado castigo”. (Camus: El exilio de helena, en Obras 3, Madrid, Alianza, 1996, p. 573)
Esta restauración de lo valorativo frente al nihilismo, nos permite escuchar en Camus lo que no llega a decir de forma tajante. A diferencia de Nietzsche, hay un poder diferente al poder dominación de los amos y al poder indiferencia de los esclavos. Ese otro poder es el poder colaboración, al cual algunos han llamado poder sinergético (ver James Craig: Synergic Power, Berkeley – California, Proactive, 1974). Es el poder que distingue la acción política de Gandhi y Mandela. Solo el poder basado en la colaboración creativa mantiene los valores propiamente dichos, es decir los fundados en principios, y basa al poder en los valores, no a la inversa.
Retorno a Camus
A diferencia de los otros existencialistas, Camus no es un síntoma de la enfermedad de su época; más bien es un diagnóstico de sus causas. No deja de sorprender lo mal recibido que fue El hombre rebelde en una época en la que los filósofos de moda cantaban himnos a la revolución: una señal que el público estaba más en sintonía con el irracionalismo abstruso de Heidegger y de Sartre.
Ya van cincuenta y siete años de su desaparición. Se fue demasiado pronto. Murió a los cuarenta y seis años en un accidente automovilístico. A pesar de eso, sus enseñanzas siguen vivas. Todavía tenemos mucho que aprender de su pensamiento y, sobre todo, de su carácter moral. Los atributos más resaltantes de su persona son su compasión, su odio a la violencia, su desprecio por los fanatismos con ansia de muerte, su rechazo de sacrificar las libertades y las personas del presente a un futuro ideológico, y su respeto a lo sagrado pero sin caer en el conformismo religioso.
Su vida fue la de un rebelde humanista y libertario, al igual que George Orwell. Ambos compartían esa incomoda conciencia crítica que denuncia las injusticias sin importar si son de derecha o de izquierda, de gobiernos democráticos o de regímenes autoritarios. Por ese camino, desenmascaran con agudeza al fascismo y al comunismo como dos caras de la misma moneda nihilista y totalitaria.