martes, 11 de julio de 2017

La política para derrotar la guerra; por Andrés Stambouli « Prodavinci


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La política para derrotar la guerra; por Andrés Stambouli « Prodavinci


Fotografía de Giovanna Mascetti. Haga click en la imagen para ver la fotogalería completa
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Vivimos tiempos de asedio, de resistencia, de protesta y de actuación heroica; tiempos que enfrentan violentamente a conciudadanos, ideologías, culturas y civilizaciones.
Enfrentamos la transgresión a los fundamentos de la vida civilizada, de la democracia misma, consagrada en las dos constituciones vigentes en el último medio siglo venezolano.
Centenares de miles de ciudadanos salen a expresar su profundo malestar, a sabiendas y conscientes de que van a ser contenidos, reprimidos, agredidos, perseguidos y maltratados, no solo para protestar por el deterioro de las condiciones materiales de vida sino, más relevante aún, para defender los violentados fundamentos de la vida civilizada, pacífica, convivente, tolerante, seriamente amenazados con ser aún mas violentados; demasiados han dejado ya la vida en esta protesta y por esta causa. La democracia está seriamente quebrantada.
Padecemos de serias carencias de seguridad, alimentos, salud, educación, producción; pero hay una carencia igualmente grave, sin la cual las enumeradas persistirán: un severo déficit de comunidad política, de gobierno eficaz, representativo y legítimo.
La activación y participación ciudadana es el signo del tiempo actual para reclamar, protestar y proponer contra los dogmas, el fundamentalismo, los autócratas y el autoritarismo; para reclamar el derecho fundamental a vivir sin miedo ni sobresaltos sistemáticamente provocados por los gobernantes.
Para lograr sus fines, para perdurar, el poder establecido cultiva y recurre de modo perverso al fomento de la desmoralización, del descreimiento, del desinterés y de la apatía. La buena noticia es que la ciudadanía desafiante le está diciendo al poder que no lo está logrando.
¿Cómo llegamos a esta calamitosa situación?
Muy pocos años atrás era entera­mente imprevisible, a nadie se le pasaba por la cabeza que en Venezuela se libraría esta guerra interior y se le destrozaría de modo implacable.
¿Cuándo comenzó a instalarse en la mente de los venezolanos la idea de la radical discordia que condujo a esta confrontación entre buena parte de los ciudadanos y el poder? Y no me refiero a la discrepancia sino a la discordia disolvente, a la voluntad y disposición a no convivir, a considerar al «otro» como inaceptable, into­lerable, insoportable, y buscar deliberadamente su hostigamiento y anulación.
Pues bien, comenzó cuando grupos de poder y sus personajes, inspirados en cierta mezcolanza ideológica y doctrinaria anti liberal, a quienes la Constitución Nacional les resulta incómoda, despreciando los valores y principios que la sustentan —la alternancia, las elecciones y la separación de poderes— y proclamando un rotundo “no volverán” o “la revolución llegó para quedarse”, decidieron dedicarse a irritar, a hostigar, a descalificar, a una considerable porción del país, a producirle inco­modidad, angustia y temor, a enajenarla y excluirla de la empresa colectiva de construcción del país, todo en nombre de una utopía irrealizable.
En algún lugar leí que habíamos llegado a aborrecer al gris y a cultivar el blanco o negro; mala cosa cuando lo único, o primero y más importante, que interesa saber de alguien, de un libro, de un autor, de una propuesta, es a cual bando pertenece, cuando todo lo reducimos a rótu­los y etiquetas, que desencadenan reflejos automáticos, elementales, toscos.
Dividir al país en dos bandos, identificar al «otro» con el mal, procurar quitarlo de en medio políticamente, física­mente si es necesario, fracturó deliberadamente el vínculo entre gobernantes y ciudadanos, instalando en la sociedad un peligroso e indeseable espíritu de guerra; algunos dirán que el que esté libre de culpas que tire la primera piedra; pero es que uno de los bandos es bastante más responsable que el otro por la instalación de ese espíritu de guerra: fue el que lo quiso, lo decidió, lo desencadenó y lo cultivó como modo privilegiado y dominante del ejercicio del poder.
Ahora debemos aspirar a librarnos de ese nefasto espíritu de guerra; darnos cuenta de que necesitamos vencer a la guerra misma; ella es el primer ene­migo.
Pero ¿como derrotar al espíritu de guerra y a la guerra misma? Definitivamente no con más guerra sino con la política; me explico.
Comienzo mis cursos preguntando a mis estudiantes por las palabras que asocian con la política, y las respuestas son probablemente las mismas que se les están ocurriendo a ustedes en este momento: engaño, corrupción, ineficiencia, demagogia, mentira, traición, todos ellos, atributos perversos, presentes sin duda en la política, pero ni son exclusivos de la política ni son los definitorios de su esencia. ¿Acaso no encontramos estos atributos perversos en el mundo de las finanzas, de los negocios, de la cultura y hasta de las relaciones personales? Sólo que juzgamos a la política y a los políticos con mas severidad porque son un bien público, visible y siempre expuesto, del que esperamos que trabajen para el bien común.
Vista en perspectiva, nuestra historia del siglo XX y XXI está hecha de democracia, dictadura, golpes, autoritarismos, encuentros y desencuentros entre gobiernos y oposiciones, de política y antipolítica, de manipulaciones y transgresiones constitucionales y electorales; hemos transitado un camino muy accidentado durante el siglo XX hacia la conformación de una comunidad nacional, política y democrática, plural, heterogénea, tolerante, convivente y lo habíamos logrado.
Gracias a la buena práctica de la política, nos habíamos constituido en comunidad nacional, habíamos aprendido a comunicarnos los unos con los otros, a entendernos y respetarnos, a cultivar la tolerancia y el diálogo para resolver nuestros desencuentros y discrepancias, sin perseguir, reprimir o destruir al discrepante.
Hoy este logro civilizatorio está bastante maltrecho; cuando nos consideramos sólo como enemigos irreconciliables, no podemos constituir una comunidad.
La política se nos ha extraviado y es imprescindible recuperarla; sé que al abogar por la recuperación de la política, inmediatamente se fruncen los ceños y entonces dificil mision la que nos toca: defender la política y convencer a nuestros auditorios de que asuman que la política no solo no es un mal necesario sino que es un bien muy preciado, de que su mala práctica no nos debe llevar a renegarla. Una vez la echamos por la borda, y aquí estamos, con el país sumido en un estado de conmoción, originado en la antipolítica como práctica de gobierno.
Aprendida la lección, ahora debemos no sólo exigir sino actuar para que la historia no se repita y hagamos de la política el instrumento de la convivencia imprescindible para el logro del bienestar colectivo; y fíjense que no hablo de coexistencia, que es existir al lado de, sino de convivencia, que es vivir junto con.
“Renunciar a la política o destruirla deliberadamente es destruir justo lo que pone orden en el pluralismo y la variedad…sin padecer la anarquía, la violencia ni la tiranía de las verdades absolutas…” (Bernard Crick)
El instrumento de la reconstrucción de nuestra maltrecha comunidad nacional, no será la guerra sino la política. Otto Von Bismarck, conocido como el Canciller de Hierro, sostuvo alguna vez que la política no debía tratar de vengar el mal realizado, sino de cuidar que no se reprodujera.
El borrón y cuenta nueva no existe, la caída y mesa limpia de la historia no es posible ni deseable; nuestra historia democrática ha dejado su huella en cultura refractaria a cualquier intento autoritario de rediseñar la sociedad; pero también va a dejar su huella el tiempo presente, y de lo que se trata, en palabras de Julián Marías, es de
“…tomar posesión de lo que se tiene, de lo que se ha acumulado durante siglos de grandeza, de error, de dolor, de esfuerzo, hasta llegar a lo que se es…” y añado, para ser mejores de lo que hemos sido hasta ahora.
Siendo éstas nuestras circunstancias, en las que coexisten los motivos para la pesadumbre pero también para la esperanza, lo que vendrá será resultado de lo que hagamos o dejemos de hacer.
Siempre que tratamos de proyectarnos hacia el “porvenir” lo hacemos a partir de lo que conocemos en el presente, de lo que conocemos insuficientemente del presente. El futuro no es una profesión y nadie tiene diploma o título de profeta. El “porvenir” siempre es inesperado y su gran virtud es que es incansablemente sorprendente.
Una vida mejor y mas amable para todos y entre todos es necesaria y posible.