martes, 11 de julio de 2017

Un nacionalismo internacional para una geopolítica multipolar


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Un nacionalismo internacional para una geopolítica multipolar


por Camilla Scarpa – Resumen: Este artículo tiene como objetivo analizar los elementos que favorecen el ascenso de una gran potencia y las relaciones de ésta con los cambios que tienen lugar en el escenario internacional, cambios que favorecen el programa político y económico de la potencia hegemónica para los otros estados. Por otra parte, también tiene como objetivo comprender si el grupo de estados definido como los BRICS, y especialmente Brasil, tiene la oportunidad de cambiar, aunque sea parcialmente, el núcleo dinámico del sistema político y de la economía, teniendo en cuenta la crisis internacional que ha golpeado a los estados industrializados. En conclusión, admitiendo la existencia de esta posibilidad, el ensayo tiene como objetivo comprender qué herramientas pueden contribuir a la transformación sistémica, y a contrarrestar la supremacía tradicional del hemisferio norte.
Introducción: teoría y práctica de la nueva geopolítica multipolar
Aunque la posibilidad concreta, racional, de un equilibrio geopolítico diferente del unipolar (resultante de la victoria del bloque occidental sobre el oriental, o viceversa), y del bipolar (basado en el equilibrio entre el bloque oriental y el occidental, que luego se fue concretando de alguna manera durante la guerra fría), ya haya sido apuntada por Carl Schmitt en “El nuevo nomos de la tierra” [1], e incluso señalada por Kant al final del setecientos [2] en clave cosmopolita, sólo en los últimos años, tras el colapso del muro de Berlín y el final de la fase “bipolar”, asistimos a la primera manifestación embrionaria de la geopolítica multipolar.
Un paréntesis económico: el liberalismo como motor de una nueva geopolítica
De manera significativa, pero también un poco paradójicamente, uno de los factores que ha estimulado y acelerado el surgimiento de bloques geopolíticos autónomos ha sido el liberalismo económico de matriz occidental y especialmente norteamericano: de hecho, dando por sentado aquellos bloques cuya homogeneidad histórica, filosófica, cultural y política es secular, si no milenaria, como Europa, Norteamérica y el bloque soviético, cuya homogeneidad, sin embargo, tiene historias y vicisitudes diferentes (la homogeneidad cultural de Estados Unidos, por ejemplo, es “inducida” e históricamente reciente, la europea es culturalmente antigua pero políticamente cada vez más frágil, la soviética es a la vez histórica y reforzada por la federación política que era la URSS, después sujeta a un deslizamiento momentáneo, y ahora en pleno “renacimiento”), los “nuevos bloques” con frecuencia coinciden con los denominados “países en desarrollo”, en crecimiento económico casi vertical: América centro-meridional (reunidos en 2008 en la UNASUR y comercialmente en el MERCOSUR), el bloque que gravita en torno a la India, Japón, el africano (reunido en la Unión Africana desde 2002, que entre otras cosas se ha expresado hace poco de modo justificadamente negativo respecto al sistema de justicia penal internacional sustancialmente pro-occidental), y el polo chino si, como parece razonable, se lo considera autónomo respecto a Rusia como resultado de las divergencias del período pos-estalinista, y a pesar del proceso de normalización de los años 80 y de nuestros días.
Schmitt y D’Ors: grandes espacios, geopolítica y geodierética
Los requisitos que Carl Schmitt identificó para los “grandes espacios independientes” eran – y siguen siendo, en la experiencia práctica – su delimitación racional y su homogeneidad interna.
El aspecto del pensamiento de Schmitt centrado en la teoría de los “grandes espacios” (por otra parte considerada por algunos la base de la teoría nazi del Lebensraum), será luego desarrollado, con una cierta creatividad e incluso con una fundamental dicotomía interpretativa relativa al papel que ha de atribuirse al Estado, por uno de sus discípulos, Alvaro d’Ors, en una obra titulada significativamente “Derecho y sentido común” [3]. D’Ors incluso acuñó el término “geodierética” para indicar el simple reparto de la tierra entre la comunidad, contrapuesto a la geopolítica, que presupone la existencia de la institución-estado. Para D’Ors “la separación de los territorios es algo natural, mientras no lo es el proyecto de un orden mundial como si toda la tierra fuese un único territorio bajo el dominio de un solo pueblo. […] Estos “grandes espacios”, entre los que se puede dividir el mundo, están determinados por razones geográficas y geopolíticas, y constituyen agrupaciones que no son comunidades propiamente dichas, ni grupos de naturaleza social, en cuanto que no depende de una voluntad contractual, sino de condicionamientos factuales difícilmente eludibles”.
Los grandes espacios, según el mismo autor, pueden ponerse de acuerdo para el mantenimiento de la paz, pero son adversarios por su propia naturaleza, porque tienen la intrínseca tendencia a expandirse en detrimento de los otros. Por el contrario, entre las comunidades que conforman los anchos espacios son posibles los cambios de las relaciones sociales.
Perfiles jurídicos de las relaciones recíprocas entre los grandes espacios: la anexión
Esta tendencia natural a expandirse, por otra parte ya propia de los estados-nación tradicionales, tiene como consecuencia igualmente natural la anexión de territorios pertenecientes a otros estados (en el pasado y todavía hoy en día) y a otros bloques (¿en el futuro?).
La anexión, en el derecho internacional, es uno de los modos de adquisición de la soberanía territorial, que por otra parte responde al principio de efectividad “ex facto oritur jus”, así que reafirma la prioridad cronológica y lógica del hecho de la conquista de un territorio y de la consiguiente expresión plena del poder de gobierno sobre el territorio conquistado con respecto a su régimen jurídico, con el debido respeto a los juristas que creen prescindir totalmente de la dimensión factual político-militar. De ello es un ejemplo paradigmático el caso de Alsacia-Lorena, territorio históricamente disputado entre Alemania y Francia, que G.K. Chesterton [4] erige como ejemplo de una política de anexiones indiscriminadas, del que es preso entre el ochocientos y el novecientos, y que debería haber sido reprimida de manera ejemplar, a fin de constituir una advertencia para todos los actores internacionales.
Esta política, propia no sólo de Alemania sino de todas las grandes potencias, inspirada por un “nuevo” imperialismo no sólo político sino también cultural, es tanto más perniciosa, según el autor, cuanto más busca justificaciones a posteriori para sus conquistas, en este caso específico a través de la presencia de una nutrida – y oportunamente inflada y exagerada – minoría de habla alemana en los territorios en cuestión.
G. K. Chesterton y una nueva forma de imperialismo…
Poco importa que el augurio concreto de Chesterton, es decir, la pronta restitución de los territorios a Francia (reclamada con fuerza por Clemenceau), se haya realizado después, puesto que las grandes potencias en cuestión no aprovecharon la ocasión para aprender la lección, y otra cuestión de minorías étnicas y lingüísticas, la de los Sudetes, encendió la mecha de la Segunda guerra Mundial.
Este imperialismo, que era un síntoma “nuevo”, según Chesterton, en el momento de la Primera Guerra Mundial, para los contemporáneos es muy “viejo” y no ha hecho sino empeorar en el último siglo, haciéndose cada vez más omnicomprensivo y total.
El objetivo de mi presentación es, por lo tanto, el de señalar algunos elementos de reflexión un tanto modernos en la obra de Chesterton, precediendo en casi un siglo una cierta aproximación político-ideológica neo-nacionalista que hoy parece revolucionaria, tanto como hace un siglo lo parecía el enfoque internacionalista, aunque sólo sea porque está en contraste con el enfoque de las últimas décadas.
El punto más significativo, en mi opinión, tiene que ver con lo que concierne al imperialismo cultural y a la diferencia entre multipolaridad y globalización. Chesterton, en su primera novela, “El Napoleón de Notting Hill” [5], hace decir al orgulloso ex primer ministro de Nicaragua, en el exilio en Londres: “Es esto lo que denuncio de vuestro cosmopolitismo. Cuando decís querer la unión de todas los pueblos, en realidad queréis que todos los pueblos se unan para aprender lo que vuestro pueblo sabe hacer”. A esta síntesis perfecta del concepto de imperialismo cultural, el inglés adoctrinado pero no carente de inteligencia, Barker, responde que Inglaterra se ha deshecho de las supersticiones, y que “La superstición de la gran nacionalidad es negativa, pero la superstición de la pequeña nacionalidad es peor. La superstición de adorar el propio país es negativa, pero la superstición de reverenciar el país de otra persona es peor. […] La superstición de la monarquía es negativa, pero la superstición de la democracia es la peor de todas” [6], reafirmando así la superioridad de su propia nación sobre las demás. Y una parecida actitud, que probablemente se inspira en los acontecimientos de la Guerra Anglo-Boer, no puede no recordarnos hoy la pretensión estadounidense de “Exportar la libertad”, para usar una fórmula de Luciano Canfora, y las posteriores empresas desastrosas en el Medio Oriente y en Somalia en los años noventa y dos mil.
La actitud es directamente especular a la de Barker, pero igualmente condenable: en “la irritante Internacional” Chesterton condena enérgicamente el “buenismo” que subyace en ciertas posiciones humanitaristas pacifistas, que tienden a dejar pasar en silencio los “pecados” tanto de las grandes potencias como de los que, de vez en cuando, son los “extranjeros”, antes que a ser transparentes acerca de los errores de todos los estados. Y también este tipo de posiciones, que parecen alabar el “mito del buen salvaje”, no está exento de correspondencias en la política contemporánea, especialmente de izquierda, los últimos veinte años.
La conclusión, sólo aparentemente paradójica, es que sustancialmente el imperialismo cultural ha causado más daño que el nacionalismo más obtuso en las relaciones internacionales pacíficas: el extranjero, en nuestra perspectiva distorsionada, tiene el derecho de excluirnos de su universalidad, pero no tiene derecho a incluirnos en sus generalizaciones, no más de lo que tiene derecho a invadirnos o conquistarnos, y de hecho, la manifestación de pensamiento que se concreta en una invasión es aquí de veras, paradójicamente, la que encuentra más fácilmente justificación, ideológica y política, si no hasta jurídica.
A una determinada parte política le resulta más fácil, de hecho, justificar “al zelote” (en el sentido bíblico, pero también en el de Toynbee[7]), el ultra-ortodoxo de cualquier fe o partido que muere para defender su propio ideal, antes que al “fariseo” que media, alcanza un compromiso, abre la mente al otro. La facción contraria, por el contrario, ensalza completamente al que se olvida por completo de las propias raíces, adhiriéndose de vez en cuando a las de otros sin espíritu crítico y discernimiento.
… y la reacción al nuevo imperialismo: un nacionalismo internacional
La perspectiva sugerida por Chesterton para superar este impasse es la de un “nacionalismo internacional”, en lugar de un internacionalismo nacional fracasado en los años veinte del novecientos, así como “neutralizado” en lo esencial hoy en día, a pesar de la proliferación de ONGs y de teorías acerca de su papel en la formación de una supuesta “sociedad civil internacional” de filósofos y juristas (incluso prominentes y por lo demás interesantes) [8]. Entendiéndose que una fórmula similar, antes de ser ratificada, se debe llenar de contenido “constructivo” más que “destructivo” – en el sentido dialéctico socrático de los términos, se entiende –, parece que esta perspectiva puede anticipar a aquella contemporánea compartida por un vasto movimiento de opinión que va desde la obra reciente de Aleksandr Dugin a la de una cierta “nueva derecha” francesa, como la de Alain de Benoist [9], pero no debería estar en fin tampoco demasiado lejana incluso de una cierta escuela de la izquierda (neo)gramsciana, como es re-interpretada y popularizada en Italia por Diego Fusaro [10].
El nacionalismo internacional y su corolario, la teoría de las pequeñas patrias
Y también lo que es uno de los hilos rojos del “Napoleón” de Chesterton, así como una especie de corolario de la antedicha reflexión crítica sobre el internacionalismo “forzoso” (es decir, sobre lo que ahora llamamos globalización), merece alguna consideración, precisamente porque constituye, en los último veinte años, un tema de estudio políticamente transversal: me refiero a la llamada “teoría de las pequeñas patrias” cara a Hilaire Belloc, el amigo de Chesterton al que no por casualidad está dedicado el “Napoleón”.
A este orden de ideas – que a veces raya en el localismo más particularista, a pesar de, o por la voluntad de los mismos autores -, se refieren en efecto expresamente tanto autores de la escuela neomarxista (especialmente la de Bari), como Franco Cassano [11], como intelectuales de varios ámbitos de la derecha, como Marcello Veneziani [12] y Pietrangelo Buttafuoco [13].
Este sentimiento, no muy diferente al de la Europa medieval y sobre todo al de la Italia comunal, se ha reavivado después de la oleada de globalización de las últimas décadas, y encuentra su espacio también en el ordenamiento jurídico: en su dimensión “unitaria” con el principio de subsidiariedad [14] especialmente vertical (codificado en nuestra Constitución en el art. 118, así como en los tratados europeos), y en aquel “disgregador” con la renovación de las pretensiones secesionistas que a menudo querrían elevarse a derechos, no sólo en Italia, sino también en el extranjero (por ejemplo, Cataluña, Escocia, Quebec…).
No por casualidad, cabe señalar, Gianfranco Miglio, en el lejano 1972, se encargó de una edición de “Categorie del politico” de Schmitt [15], aunque llegando a conclusiones diferentes con respecto al destino del Estado moderno: Miglio, de hecho, creyó que el Estado-nación tradicionalmente entendido llegó a su fin, y que con el derrumbamiento del muro de Berlín y el fin de la europaeum jus publicum habíamos entrado en una fase de transición después de la cual se habrían realizado equilibrios políticos diversos, centrados en diversas formas de comunidad “neofederal”.
Prescindiendo de la estructura definitiva de la comunidad de Miglio, similar a la medieval, y, sobre todo prescindiendo de las interpretaciones y de las derivas banalizantes que han dado algunas fuerzas políticas, lo que queremos destacar aquí es, una vez más, el vínculo entre lo “infinitamente pequeño” (las pequeñas patrias), y lo “infinitamente grande” (el nacionalismo).
Conclusión: multipolaridad contra globalización, ¿retorno al futuro?
La multipolaridad, como sea que la declinen sus autores, debería ser por tanto en esto diferente de la globalización que le ha precedido: no pretender que el individuo cercene sus raíces para convertirse inmediatamente en un “ciudadano del mundo”, sino más bien sugerir que lo sea sólo mediatamente, a través de la ciudadanía – o mejor, de la pertenencia – a su nación o su bloque, y a la valorización de las tradiciones culturales también regionales y locales.
En este sentido, y sólo en este sentido, pueden definirse “conservadoras” o, más exactamente, “tradicionalistas”, las posiciones de autores como Dugin [16]; y no es por casualidad tampoco esta vez, que en los últimos treinta años haya vuelto a aparecer aquí y allá, tanto como argumento de estudios históricos [17], como por ideal político de referencia, la fórmula sólo aparentemente contradictoria y provocativa de la “revolución conservadora”.