martes, 13 de junio de 2017

¿Movimientos o partidos? ¿Activismo o militancia?


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¿Movimientos o partidos? ¿Activismo o militancia?

 

 

 

Joan Subirats


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El martes 9 de mayo, el que fuera primer ministro italiano entre 2013 y 2014, Enrico Letta, decretaba la victoria de los movimientos sobre los partidos en un artículo en Le Monde. Decía, “El mundo político vive un auténtico seísmo. Internet y las redes sociales cambian la política por dentro… La política hecha por los profesionales de la política tiene los días contados… Los movimientos tienen futuro porque son percibidos como expresiones de una forma de hacer política no profesional, expresiones de un compromiso ciudadano”. Las reflexiones de Letta surgían tras el gran impacto generado por la significativa victoria de Macron y su movimiento En Marche! y la desaparición súbita en la contienda presidencial de los tradicionales partidos políticos que habían copado el sistema político de la V República. Constataba además el ex primer ministro la consolidación del Movimiento 5 Stelle en el panorama italiano, cuando tantas veces sus adversarios habían pronosticado que su fulgurante aparición conllevaría una desaparición igual de rápida. La elaboración de listas que está haciendo Macron para las legislativas de junio apunta también a la voluntad de renovación y de romper con la lógica “profesionalista” de la actividad política.
Las convulsiones que genera el cambio digital en la vida de la gente han ido llegando al sistema político, están afectando ya a las políticas públicas (sanidad, educación, servicios sociales,…) y acabarán afectando a una buena parte del entramado administrativo de las instituciones públicas. El principio que nutre esa gran capacidad disruptiva es la crisis de las intermediaciones tradicionales. Si las cosas pueden hacerse directamente, trámite los nuevos instrumentos tecnológicos, ¿por qué seguir usando los intermediarios de siempre? Y como sabemos, ello afecta a muchísimas instancias, organizaciones, empresas y servicios. Los partidos políticos no quedan al margen. Al mismo tiempo, la propia sociedad en la que ese cambio tecnológico se despliega sufre sus efectos. Ello quiere decir que estamos inmersos en lógicas y pautas relacionales que van alejándose de las que caracterizaban la sociedad industrial del pasado siglo. Más heterogeneidad social, menos continuidad laboral y por ende vital, menos estructuras familiares estables, más movilidad de todo tipo. Nada de ello favorece la continuidad de las estructuras de adhesión, enrolamiento y militancia que caracterizaron los partidos de masas y que muchas veces tomamos como referentes en nuestros análisis de la actividad política organizada.
Estamos inmersos en lógicas y pautas relacionales que van alejándose de las que caracterizaban la sociedad industrial del pasado siglo
Voy a ahorrar al lector la gran cantidad de referencias teóricas que se han ocupado de describir la crisis de los partidos desde hace muchísimos años. Pero, a pesar de todo, el sistema político, las dinámicas electorales y la necesidad de ordenar el debate sobre cualquier problema que se refleja en los medios siguen teniendo en los partidos un referente ineludible. Podríamos decir que los partidos ya no existen como los imaginamos, pero seguimos necesitando que existan para poder ordenar el gran ruido que se genera cada día, poniendo siglas, rostros y mensajes. La falta de acomodación entre escenario digital y estructura partidista se va haciendo más evidente cada día que pasa. La intensidad y rapidez con que se suceden problemas, temas e informaciones, que fluyen desde cualquier lugar, encuentran en las redes respuestas inmediatas, sin filtros y sin mucha capacidad de reflexión. La estructura movimentista es más lábil, más adaptable, menos fiable en el sentido de homogénea, pero más capaz de reflejar la pluralidad y por tanto el posicionamiento no por jerarquía sino por decantación.
En la lógica de la democracia representativa, los políticos encuadrados en partidos y en candidaturas, una vez elegidos, rompen su compromiso con los electores. El estatuto de los “presentes” (los electos) les confiere plena libertad para hacer y deshacer a su antojo sin tener por qué cumplir sus compromisos ni sus promesas con “los ausentes” (los ciudadanos no presentes en las instituciones). El poder institucional ha buscado siempre su legitimidad no tanto en el pasado (las elecciones ya realizadas y las promesas que se hicieron), sino en el futuro (los éxitos que consiga con su labor). En este sentido, la política institucional ha sido siempre estructuralmente autónoma de la ciudadanía. Lo importante era ser eficaz, no cumplir lo que se había prometido. Y para ello cuenta mucho la profesionalidad, la capacidad técnica. Ello tiene poco que ver con los movimientos sociales de nuevo cuño, que se articulan desde el compromiso y los valores que les convocan, y que necesitan más vivir “lo político” (el debate constante sobre qué hacer en salud, en economía, en movilidad, en energía o en vivienda, desde los valores y los formatos de acción que se defienden), que “la política” (aprobar planes, llevarlos a cabo, ejecutar el presupuesto, para poder así seguir gobernando). Unos se nutren de activistas que van y vienen, los otros necesitan militantes estables.
En efecto, si atendemos a las formas de funcionamiento de los nuevos espacios políticos, lo que se detecta es la traslación hacia el interior de las organizaciones de muchas de las variables que caracterizan la nueva época. Más fluidez en las adhesiones con abundantes casos de multipertenencias o dobles militancias; más rotación y renovación de caras y puestos de responsabilidad; más horizontalidad en la comunicación interna, pero con necesidad de liderazgos significativos que logren cierta unidad en el mensaje a pesar del ruido y la pluralidad; menos formalidad en los parámetros de relación entre formación política y aledaños, con fronteras menos nítidas entre quiénes son y quiénes no son del todo; más aceptación de incertezas y de opiniones relativamente contradictorias en ciertos temas en los que aún no se ha decantado una opinión claramente mayoritaria. Las reacciones desde el ámbito institucional o más clásicamente partidista parten del desconocimiento e incomprensión de lo que acontece, y se tiende a recurrir así a los intentos de desacreditar, restringir o a generar una cierta sensación de caos o de descontrol de esas nuevas formaciones.
Varían también los formatos de acción. Las nuevas formaciones que hoy centran nuestro interés han incorporado al "repertorio" de acción colectiva tradicional formas nuevas que al ser aprendidas, experimentadas, vividas y asimiladas han acabado por integrarse en la nueva cultura política. Y así han ido generando sus propios contenidos, propiciando su propia agenda comunicativa, utilizando de manera intensiva y profesional las capacidades y potencialidades de las redes sociales y la democratización de los instrumentos de difusión. Han utilizado de manera complementaria redes, prensa y televisión, pensando siempre en cómo multiplicar los impactos de un medio a otro. Su hibridismo y su heterodoxia les ha permitido llegar a  grupos y personas muy diferentes, sin dejar de usar la red en todas sus variantes. Hacen política en Internet, porque están ahí, y no necesitan contratar un community manager para poder hacerlo.
Las nuevas formaciones han incorporado al "repertorio" de acción colectiva tradicional formas nuevas que al ser aprendidas, experimentadas, vividas y asimiladas han acabado por integrarse en la nueva cultura política
El reto que está planteado, pero no resuelto, es poner al día el propio concepto de representación. No se trata solo de delegar o de protestar, sino también de crear, de hacer, y de superar la distancia entre los que dicen representarnos y los que no quieren limitar su función a la institucionalidad electoral periódica. El tema es renovar la política, sin pretender monopolizar ni capitalizar ese tema transversal. De lo que se trata es de estar en ello, trabajar en ello, desde la cercanía y la horizontalidad y no desde el privilegio y la jerarquía. Aceptando y compartiendo dudas y experiencias, sin tratar de representar en exclusiva. Impulsando una visión de lo público y lo común que no se agote en lo institucional. Las nuevas organizaciones surgidas de dinámicas movimentistas tras el 15M y tras el ciclo electoral reciente (Podemos, Mareas, Comuns,…)  pretenden gobernar con la gente, desde dentro y desde fuera de las instituciones. Pero ello exige entender que las dinámicas sociales son y han de seguir siendo autónomas, y que por mucho que quieras gobernar en su nombre, o representar lo que entiendes que son sus intereses, su identidad es específica y propia. Se gobierna o se representa teniendo enfrente a los movimientos, a los colectivos, a la gente que se organiza por causas concretas y que no quiere verse disuelta en una representación incondicional. Esto elimina o pone muy en cuestión el estatuto tradicional del militante, dotando a estas confluencias y organizaciones de una gran capacidad de expansión, pero diluyendo otras garantías de estabilidad y permanencia en el tiempo.
En estos dos últimos años hemos detectado una notable capacidad de influencia de esas nuevas lógicas en el resto de formaciones políticas, pero, al mismo tiempo, la continuidad de la presencia de tics y formas de hacer contradictorias con lo que caracteriza a la llamada “nueva política”. No son procesos fáciles ni unívocos. Lo que es importante es ver cuáles son las tendencias globales en las que inscribir esas formaciones más concretas y específicas que tenemos cerca. Las experiencias ya citadas de En Marche! en Francia, de 5 Stelle en Italia, las de otros outsiders en distintos países (como Trump en los Estados Unidos), o lo que observamos en nuestro propio escenario político muestran una rápida capacidad de asimilación de esas nuevas lógicas de comunicación, adhesión y movilización, poniendo en cuestión dinámicas partidistas que parecían consolidadas,y lógicas de representación que se consideraban asentadas. Las incertezas sobre las configuraciones organizativas de la nueva política son también resultado de la fluidez ideológica que caracteriza el momento en que vivimos, y la necesidad de construir nuevas “verdades”, nuevos “sentidos comunes” que den a la gente y con la gente alternativas viables de seguridad y protección que hoy no encuentran en las instituciones ni en los partidos que tradicionalmente las han ocupado.