domingo, 13 de diciembre de 2015

EL SEXO DE LOS CLONES


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EL SEXO DE LOS CLONES

Poco a poco se acumulan los indicios inquietantes sobre nuestro futuro como especie.
Algunos de ellos son más llamativos; otros pasan más desapercibidos.
Lo que nadie puede negar es que el ser humano está a las puertas de una transformación sin precedentes y debemos empezar a reflexionar muy profundamente sobre qué sentido debemos darle a este gran cambio.
Actualmente muchas personas están distraídas, pensando en futuros de “izquierdas” o “derechas”, convencidas de que afrontan una lucha transcendente a nivel social o económico, cuando lo que está realmente en juego es nuestra mismísima esencia como seres vivos.
Mientras nos distraemos discutiendo sobre si el presidente del gobierno debe vestir traje o debe ir en mangas de camisa, no nos percatamos de que el smartphone que llevamos entre las manos ha cambiado más la faz de la sociedad, la política y la economía que todos los miembros del parlamento juntos.
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¿Quién ha provocado cambios más profundos en el mundo en los últimos 20 años? ¿Los últimos 4 presidentes del gobierno o la expansión de Internet?
Centrémonos pues en los elementos determinantes que nos configuran como especie y dejemos de distraernos con el color de las corbatas; Lo que se avecina no es un simple cambio de chaqueta: por primera vez en la historia, debemos decidir si seguimos siendo humanos como hasta ahora o si decidimos ser otra cosa diferente.
Los primeros síntomas de que estamos en los albores de una dramática transformación, provocada por nuestra relación con la tecnología, están por todas partes y adquieren diferentes aspectos, muchas veces problemáticos.
Uno de ellos tiene que ver con nuestra sexualidad y con los modelos de relación que los humanos tendremos en un futuro.
A continuación transcribimos un artículo del diario The Independent, que resulta de lo más revelador al respecto…

LA ADICCIÓN AL PORNO Y LOS VIDEOJUEGOS LLEVAN A UNA CRISIS DE LA MASCULINIDAD
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Un prestigioso psicólogo ha advertido de que los jóvenes se enfrentan a una grave crisis de masculinidad debido al consumo excesivo de videojuegos y pornografía.
El célebre psicólogo y profesor emérito de la Universidad de Stanford, Phillip Zimbardo, ha realizado dichas advertencias, que forman parte importante de su último libro, “El hombre (Des) Conectado”.
En una entrevista para un programa de la BBC, Zimbardo habló sobre los resultados de su estudio, una mirada en profundidad sobre la vida de 20.000 jóvenes y sus relaciones con los videojuegos y la pornografía.
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Philip Zimbardo
Según Zimbardo: “Nuestra atención se centra en los hombres jóvenes que juegan a videojuegos en exceso y que lo hacen solos en su habitación, aislándose de la sociedad”
“Ahora, con la pornografía libremente disponible, algo único en la historia, estos jóvenes realizan una acticidad combinada: juegan a videojuegos y como descanso, ven un promedio de dos horas de pornografía a la semana”

Zimbardo dice que hay una “crisis” entre los hombres más jóvenes, un gran número de los cuales están experimentando una “nueva forma de adicción” relativa al consumo excesivo de videojuegos y pornografía.
Un país más avanzado a nivel tecnológico que la media y que por lo tanto dibuja el posible horizonte futuro del sexo masculino en todo el mundo, es Japón.
En un artículo reciente, titulado: PREOCUPACIÓN EN JAPÓN: LA FALTA DE RELACIONES SEXUALES AMENAZA EL FUTURO DEL PAÍS ya hablábamos de los efectos demográficos de esta creciente epidemia de falta de relaciones sexuales que poco a poco está extendiéndose entre las nuevas generaciones.
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Otros ejemplos de disfunciones sexuales y psicológicas relacionadas con la tecnología, la encontramos en los siguientes artículos…
CADA VEZ MÁS CERCA DEL SEXO CON ROBOTS
Según una encuesta, un 17% de los británicos mantendría sexo con robots
Un norteamericano inicia una lucha por el derecho legal a casarse…con su computadora
Zimbardo ya dio una charla en 2011 en la que esbozaba los problemas de desarrollo social de los jóvenes y de su rendimiento académico, que él atribuyó a un uso consumo excesivo de pornografía, videojuegos e Internet.
Citó el ejemplo de una madre que conoció mientras realizaba el estudio, cuyo hijo no ve ningún problema en jugar a videojuegos hasta 15 horas al día.

Zimbardo dijo: “Para mí, el problema no está en el número de horas que juega, sino en los cambios psicológicos en la forma de pensar”
Zimbardo da un ejemplo de la forma de pensar de un joven adicto a los videojuegos y la pornografía; según el chico: “Cuando estoy en clase, me gustaría estar jugando al World of Warcraft. Cuando estoy con una chica, me gustaría estar viendo pornografía, porque así nunca sería rechazado”.
Zimbardo afirma que este fenómeno relativamente nuevo está afectando a la mente de los hombres jóvenes.
Citando la investigación que él y su equipo realizó para el libro, dice: “Esto empieza a cambiar la función cerebral. Está cambiando el centro de recompensa del cerebro, y produce una especie de excitación y adicción”
“Lo que estoy diciendo es que los cerebros de estos muchachos están siendo reprogramados digitalmente”
También mencionó el creciente problema de un fenómeno controvertido en el mundo científico, llamado “disfunción eréctil inducida por el porno”, o PIED: “Los muchachos que deberían ser muy viriles, ahora están teniendo problemas para conseguir una erección”.
“Tienes esta paradoja: están viendo vídeos subidos de tono que deberían excitarlos y en cambio no consiguen excitarse”
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Sin embargo, un artículo en Psichology today, sostiene que no hay vínculos científicos demostrables entre el consumo de pornografía y la disfunción eréctil.
Como decimos, este es un tema controvertido en estos momentos en el mundo de la ciencia.
En opinión de Zimbardo, la solución es aceptar que el problema es grave, que los padres deben tomar conciencia de la cantidad de horas que los niños gastan solos en su habitación jugando y viendo porno a expensas de otras actividades.
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Zimbardo también culpa a la imagen negativa sobre los hombres que se ofrece en los medios de comunicación estadounidenses, que muestran a los hombres como “patanes, indeseables, que sólo desean tener sexo y que incluso son patosos al practicarlo”
También abogó por una mejor educación sexual en las escuelas, que debería centrarse no sólo en la biología y la seguridad, sino también en las emociones, el contacto físico y las relaciones románticas.
El problema acuciante de la salud mental masculina, se ha convertido en una gran preocupación en la actualidad.
El año pasado se realizó la primera Conferencia sobre Psicología Masculina en la University College de Londres, destinada a fomentar que la Sociedad Británica de Psicología introdujera una sección especializada al sexo masculino.
La Campaña “Campaign Against Living Miserably o CALM” (algo así como Campaña contra vivir miserablemente), se inició en 2006 y ha ganado importancia estos últimos años, por sus esfuerzos en alentar a los hombres a que hablen de sus problemas de salud mental, con el objetivo de reducir la tasa de suicidios masculinos.
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Phillip Zimbardo es famoso por el “Experimento Zimbardo”, realizado en 1971 en la Universidad de Stanford, en la que se pidió a 24 estudiantes que realizaran el papel de “guardias” y “prisioneros” en una prisión simulada en los sótanos de la Universidad de Standford.
El experimento, que debía durar dos semanas, fue abandonado después de tan solo seis días, ya que los estudiantes que realizaban el papel de guardias y que antes del experimento se habían mostrado como personas normales, se volvieron extremadamente sádicos y los “prisioneros” se convirtieron en sumisos y deprimidos.
Hablamos de este importante experimento en el artículo: ¿SABES POR QUÉ LAS PERSONAS UNIFORMADAS TIENDEN A ABUSAR DE SU PODER? EL EXPERIMENTO ZIMBARDO
Fuente: http://www.independent.co.uk/news/science/porn-and-video-game-addiction-are-leading-to-masculinity-crisis-says-stanford-prison-experiment-psychologist-10238211.html

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EL SEXO CONSUMISTA
Aunque lo parezca, este no es un tema menor o anecdótico.
Estamos ante los primeros síntomas de una enfermedad social que puede acabar siendo grave para el futuro de la especie y que no es más que el reflejo lógico de una serie de mecanismos que ya configuran el funcionamiento de nuestra sociedad.
Esta nueva modalidad de adicción enfermiza a la pornografía, está íntimamente relacionada con lo que encontramos al entrar en un supermercado o con lo que nos sucede cuando encendemos un televisor.
De hecho, comparte los mismos mecanismos psicológicos de funcionamiento.
Simple y llanamente, es una expresión más del consumismo.
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Y es que el consumismo desenfrenado, ese que nos lleva a cambiar de canal compulsivamente o a adquirir todo tipo de productos innecesarios, se basa fundamentalmente en nuestro instinto de supervivencia.
Ese instinto es el que nos lleva a acaparar todo lo que necesitamos para sobrevivir y acumularlo por si acaso se acercan futuros tiempos de dificultad.
Imagina que vives en un estado de incertidumbre constante sobre el mañana, en el cual no sabes si al día siguiente tendrás comida que llevarte a la boca; hasta el punto de que puedes llegar a pasar varios días sin comer.
Ahora imagina que estando en esta situación, te encuentras con un saco lleno de comida y víveres. ¿Qué harás? ¿Te limitarás a comer solo hasta saciarte y después dejarás el saco tirado o te llevarás el saco a tu refugio y guardarás lo que sobre por “si las moscas”?
Este mecanismo de supervivencia y reserva de recursos está arraigado en los más profundo de nuestros genes desde tiempos remotos y es el que, de facto, utiliza la sociedad para convertirnos en ávidos consumistas.
Es el que nos lleva a llenar los armarios hasta los topes con ropa innecesaria y a atestar nuestras neveras de productos que muchas veces acaban pudriéndose en la basura.
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Es una necesidad grabada a fuego en los más profundo de nuestras psiques.
Se suman la necesidad instintiva de acaparar recursos, la oportunidad real de saciar esa necesidad y la ilusión de la libertad de elección y todo ello combinado provoca un efecto devastador en nuestras mentes, convirtiéndonos en esclavos psicológicos del consumismo y en unos auténticos adictos.
Pues bien, este mismo mecanismo adictivo con profundas raíces psicológicas es el mismo que se activa en la mente de un hombre cuando entra en una página web pornográfica.
Es indiscutible que los hombres tenemos una pulsión profunda que nos hace desear la posesión de todas las mujeres.
Quizás tenga una raíz biológica, pero lo cierto es que el deseo inconfesable de un hombre es ser el único macho del mundo y poder disponer sexualmente de todas las hembras sin oposición.
Este impulso de “acaparamiento sexual”, es similar al impulso instintivo que nos lleva a acaparar todos aquellos productos que necesitamos para garantizar nuestra supervivencia.
Las webs porno actúan como sucedáneo para este deseo inconfesable e irrealizable.
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De repente, a un simple clic de ratón, hay miles de mujeres “disponibles”, con diferentes características y atractivos, dispuestas a realizar sumisamente cualquier práctica sexual ante nuestros ojos.
Es como entrar en unos grandes almacenes con la cartera llena y poder comprar todo aquello que se nos antoje. Aquí la tienda de ropa es una web pornográfica y los pantalones, blusas y chaquetas son chicas orientales, teenagers traviesas y rubias tetudas y viciosas.
De nuevo, como en el caso del consumismo, se suman la necesidad instintiva de acaparar mujeres, la oportunidad “real” de saciar esa necesidad sin oposición y la ilusión de la libertad de elección y todo ello configura un cóctel explosivo en la mente de un hombre, con el consiguiente peligro de acabar convirtiéndose en un adicto al cibersexo.
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Además hay un elemento distintivo altamente pernicioso, que convierte la adicción a la pornografía en especialmente peligrosa: el miedo.
En una web pornográfica no hay miedo al rechazo, no hay dificultades, exigencias, ni desengaños.
Solo una sola satisfacción que cumplir, la propia, sin lugar al compromiso.
Y este es un reflejo muy claro de la sociedad que empieza a perfilarse de cara al día de mañana.
Una sociedad que solo premia la comodidad propia y el egoísmo más descarnado, sin correr riesgos emocionales.
Una sociedad formada cada vez por individuos más íntimamente cobardes.
Un ejemplo claro de ello lo encontramos en las cada vez mas omnipresentes páginas y apps de contactos y ligues.
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PÁGINAS DE CONTACTOS
Mucha gente las ve como algo necesario, como un instrumento fantástico que permite aumentar las probabilidades de una relación exitosa para “solteros exigentes”.
Pero bajo el pretexto de la búsqueda de las personas afines, se esconde algo mucho más nocivo.
En el fondo, las páginas de contactos son el vehículo perfecto para la expresión de la comodidad, el egoismo, la cobardía y la falta de amor incondicional hacia los demás.
No queremos hacer el esfuerzo de conocer a personas muy diferentes de nosotros y tener que abrirnos a sus intereses y aprender cosas nuevas y nuevos puntos de vista. ¡Qué incómodo! Somos demasiado importantes para perder el tiempo de esta manera. Demasiado esfuerzo. Nosotros nos merecemos un producto que encaje con nuestros requisitos para no tener que movernos ni un milímetro.
Es mas confortable y útil buscar a las personas con las características adecuadas, de la misma manera que buscamos un hotel, unos pantalones o un vehículo acorde con nuestras necesidades.
Y he aquí donde reside la clave del asunto: que las personas no son coches, ni hoteles, ni piezas de ropa que deban enacajar obligatoriamente con nuestras exigencias y no se pueden recomendar, puntuar, ni clasificar por estrellas como los hoteles.
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En el mundo actual, cada vez tendemos más a confundir los objetos con las personas y una vez se acabe de instaurar esta visión de la realidad y se alcance una nueva normalidad, nuestro futuro será de los más oscuro.
Porque una vez instalado en nuestra mente el hábito de calificar a los demás individuos como objetos, acabaremos tratando a los demás como simples productos adquiribles y utilizables para nuestro beneficio y disfrute.
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Y una vez empecemos a actuar así, ¿qué diferencia habrá entre relacionarse con una persona o con un androide?
Cuando empecemos a pensar así, ¿para qué querremos perder el tiempo buscando una persona que encaje con las características exactas que estamos buscando si podemos encargarla directamente como se encarga una pizza?
Solo tendremos que meternos en la tienda virtual de turno y diseñarla a medida como si fuera un personaje de videojuego. “Un poco más de tetas, un culo más respingón, los ojos más grandes…”; la tecnología nos permitirá que en la tienda nos monten el androide con las características que solicitemos y con el software de personalidad de nuestra elección y nos lo enviarán a casa para que disfrutemos de su compañía.
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Puede parecer una exageración, pero estamos dando los primeros pasos para que en el futuro las personas reales y físicas, con todos sus maravillosos defectos y complejidades, acaben siendo consideradas demasiado incómodas, molestas, obsoletas, imperfectas, indeseables e imprevisibles.
Si no tomamos conciencia de ello para corregirlo, vamos camino de un futuro sexual en el que no habrá seres humanos, sino estereotipos animados a los cuales todo el mundo querrá parecerse para ser deseable y no recibir “votos negativos” de la comunidad.
Y eso nos llevará a la destrucción de la individualidad, de la personalidad propia y única, sentando los cimientos para una sociedad represiva y profundamente enferma, formada por pseudo-individuos clonados que se esforzarán constantemente por adaptarse a la última tendencia de lo que es deseable, sexy y apetecible y que odiarán la “imperfección” de los que no reflejen esas tendencias.
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ESCLAVOS DE LA INTERFAZ
Uno de los grandes problemas que se están generando en la actualidad, es que hemos permitido que nuestros avances tecnológicos se hayan convertido en intermediarios indispensables a los cuales no podemos ni sabemos renunciar, hasta el punto de que condicionan todos los aspectos de nuestras relaciones y de nuestra existencia.
Pongamos un ejemplo: un smartphone es un instrumento fabuloso, maravilloso, cuya función original era la de facilitar la comunicación entre las personas. Pero paulatinamente ha dejado de ser una herramienta útil para convertirse en otra cosa diferente.
Cuando alguien ve en la terraza de un bar a un grupo de amigos que apenas se hablan entre sí y que están inclinados sobre las pantallas de sus móviles, en lugar de estar riendo, charlando y mirándose a los ojos, podemos empezar a intuir que hay algo que no encaja.
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Se hace obvio que esa herramienta, que debía ejercer de intermediaria en la comunicación, ha adquirido una nueva función que va mucho más allá, hasta el punto de alterar tan radicalmente nuestra forma de comunicarnos, que ya no sabemos hacerlo si no es bajo sus dictados.
Como hemos dicho tantas veces, hemos acabado siendo esclavos de nuestras creaciones.
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Es un problema que se repite constantemente y que hemos vivido de mil y una maneras diferentes.
En su momento inventamos miles de dioses que debían ayudarnos a sobrellevar la pesada carga de nuestra angustia existencial, pero con el paso del tiempo, todas esas creencias liberadoras han acabado derivando en dogmas con los que programar nuestra mente y encadenar nuestra existencia, con rutinas y tradiciones absurdas de obligatorio cumplimiento, hasta el punto de que al final solo nos han añadido más carga y más dolor, siendo incluso fuente de guerras y disputas sin sentido.
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Lo hicimos con todos los dioses que creamos y ahora nos sucede con el desarrollo tecnológico.
Las herramientas a nuestro servicio, las acabamos convirtiendo en pesadas cadenas que solo sirven para destruir nuestra individualiad y nuestra personalidad propia.
Es un proceso enfermizo que se repite constantemente a todas las escalas.
Lo podemos ver con las nuevas tecnologías, donde al final hemos confundido la interacción con la imitación.
A cualquier persona con un mínimo de sensibilidad e intuición, le resulta absolutamente terrorífico ver miles y miles de fotos de selfies de personas diferentes imitando las mismas posturas y las mismas expresiones en la cara, una y otra vez, una y otra vez.
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Es como ver una película de horror en la que un inexplicable virus mental se ha apoderado de la mente de la gente que te rodea y les ha convertido en clones psíquicos, borrando cualquier chispa de individualidad y personalidad propia y convirtiendo a los individuos en expresiones insulsas de una misma masa informe.
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Las redes sociales, que deberían ser herramientas para la interacción entre individuos y para el enriquecimiento mútuo, solo son espejos en los que replicar la estupidez de los demás hasta límites vomitivos.
Oleadas de campañas virales de origen desconocido irrumpen continuamente como tsunamis uniformadores que se llevan por delante todo atisbo de diferencia y originalidad; es como si estuviéramos en una inmensa batidora que poco a poco nos va mezclando a todos hasta que consigue crear una masa homogénea, informe e insípida.
Un idiota se tira de un balcón a una piscina: mil idiotas se tiran de un balcon a una piscina.
Una idiota pone morritos ante un espejo: un millón de idiotas ponen morritos ante un espejo.
Un grupo de imbéciles se ponen a bailar haciendo el mono: doscientos millones de imbéciles bailan como monos imitando a los primeros.
Lo peor es que este mismo virus planetario está destruyendo la personalidad propia y la individualidad a todas las escalas.
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A escala urbana podemos verlo en el centro de todas las grandes ciudades, en forma de Starbucks, McDonald’s o Zaras, que como una infección cancerosa se extienden hasta los últimos confines del planeta y convierten los centros de todas las urbes en clones impersonales de la misma basura.
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Dicen que hay una élite que gobierna el mundo y que esa élite está convencida de que el 95% de la población sobramos, que no aportamos nada, que somos irrelevantes y que no tenemos ningun valor, creen que solo servimos para obedecer, para consumir y para contaminar y que el planeta estaría mucho mejor si todos nosotros desapareciéramos.
¿Y cuál es la respuesta de la población ante tal insulto y tal falta de respeto?
Pues bien, parece que la respuesta común es esforzarse denodadamente en darles la razón y en justificar cualquier argumento que nos lleve a una extinción en masa o a ser esclavos obedientes y sumisos.
Debería avergonzarnos a todos.
Disponemos de las mejores herramientas tecnológicas para liberarnos jamás creadas y en cambio las estamos utilizando casi exclusivamente para destruir lo mejor de nuestra esencia individual.
Pero quizás deberíamos ver el vaso medio lleno.
Todo tiene su vertiente positiva.
Y es que ahora, gracias a las redes sociales, ya sabemos que nuestra estupidez es “trending topic”…
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JUGANDO A SER ESCLAVOS


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JUGANDO A SER ESCLAVOS

Hace décadas que estamos inmersos en ello.
Se trata de un proceso que se está produciendo ante nuestros ojos y que poco a poco esboza un nuevo modelo de humanidad.
Si tuviéramos que ponerle un nombre, lo podríamos llamar “Proceso de Externalización”.
Se desarrolla de forma aparentemente natural y avanza imparable, a caballo de las transformaciones sociales y tecnológicas.
Consiste, básicamente, en la “externalización” de muchos de los procesos mentales que hasta ahora ejecutábamos nosotros mismos, a nivel interior e individual; procesos intelectuales realizados por nuestra psique y que dependían exclusivamente de nuestra propia capacidad y que ahora, en aras de la comodidad, la eficiencia o la rapidez, externalizamos progresivamente para que sean gestionados por “actores” externos.
Pongamos un ejemplo: cada vez necesitamos ejercer menos la memoria y la capacidad para “almacenar datos” en el interior de nuestro cerebro, ya que podemos acceder de forma rápida y eficiente a grandes niveles de información contenidos en Internet, convertido, cada vez más, en una especie de memoria global común.
Antes, cualquier estudiante se veía obligado a recordar mil y una fórmulas matemáticas, fechas históricas o datos geográficos, por poner algunos ejemplos.
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Ahora es innecesario “almacenar” en nuestras mentes todo este volumen de información, pues podemos acceder a ellos con un simple movimiento del dedo.
Ciertamente, esto representa una ventaja enorme y un gran ahorro de energía, recursos y tiempo, que se pueden emplear en otras actividades más productivas.
Pero también es obvio que indica que estamos inmersos en un creciente proceso de “externalización” de nuestra memoria, que muy probablemente, en un futuro no demasiado lejano y cuando nuestros cerebros puedan conectarse a Internet directamente, alcanzará cotas que ahora nos son difíciles de imaginar.
Curiosamente, a nivel humano, al menos en lo que se refiere a la gestión de la memoria, estamos viviendo un proceso parecido al que experimenta la evolución de nuestras propias computadoras domésticas.
Al principio, todos acumulábamos ingentes cantidades de datos, en forma de archivos, fotografías y clips de vídeo o audio en los discos duros de nuestros ordenadores domésticos, en un proceso parecido al de la memorización de datos de un estudiante de las escuelas de antes.
Sin embargo, ahora, progresivamente, cada vez necesitamos disponer de menor cantidad de memoria en nuestros discos duros domésticos, porque el espacio dedicado al almacenaje de datos, se está redirigiendo hacia la Nube, un inmenso espacio de almacenaje compuesto por servidores de Internet externos a los que cada usuario puede acceder libremente.
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Así pues, esa capacidad de memorización de nuestras computadoras se ha “externalizado”, es decir, por motivos de comodidad y eficiencia, le ha sido arrebatada a nuestros ordenadores domésticos, sobre los que teníamos un control directo y se le ha concedido a actores externos, que la mayoría de veces resultan inaccesibles y son imposibles de fiscalizar por nuestra parte.
No deja de ser curioso que algunas de las características de nuestra mente y de nuestras computadoras, evolucionen en paralelo.
De hecho esta evolución paralela nos indica, muy claramente, que dichos ámbitos van camino de fundirse en uno solo y que tarde o temprano, la coexistencia de una memoria “carnal” y de una memoria cibernética, serán utilizadas como argumento o excusa para poner de relieve que dicha multiplicidad “resulta ineficiente”, dando pie al establecimiento de una mente global o mente de colmena de carácter cibernético, una suerte de “macro-ente” al que todos estaremos conectados.
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Desgraciadamente, aún hay personas que creen que esta visión del futuro es una fantasía de ciencia ficción sin fundamento, propia de cuatro frikis alucinados que anhelan el advenimiento de un nuevo ser humano fundido con las máquinas, cuando de hecho, ya estamos encaminados en esa dirección y todo lo que nos rodea son pistas claras y evidentes de ello.
El proceso de Externalización de nuestra memoria, es un primer indicio de hacia donde nos encaminamos como humanidad.
Pero esta creciente Externalización no se limita al campo del almacenaje de datos, sino que cada vez abarca más capacidades intelectuales y una de ellas, es nuestra capacidad para imaginar y visualizar.
Uno de los ejemplos más paradigmáticos de ello, tal y como indicábamos en un anterior artículo titulado JUGANDO A MATAR SUEÑOS, lo encontramos en el campo de los videojuegos.
Tal y como indicábamos en JUGANDO A MATAR SUEÑOS:
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“El mundo de los videojuegos es la punta de lanza del cambio que se avecina, pues en su interior contiene el germen del nuevo mundo.
Los videojuegos actuales no son más que el primer paso hacia la realidad virtual y hacia la inmersión mental completa en realidades artificiales pre-creadas.
El gran problema de los videojuegos es que la mayoría de gente solo se fija en sus efectos más aparentes y superficiales, como son la promoción de la violencia o la adicción que provocan.
Pero hay elementos profundos mucho más determinantes que pasan desapercibidos a primera vista y que sirven para programar nuestra mente a nivel profundo, instalando y afianzando en nuestra psique, de forma inadvertida, los mecanismos básicos de funcionamiento del Sistema”
Pero más allá de la instalación y afianzamiento en nuestra psique de estos mecanismos de programación profunda de los que hablábamos en el artículo anterior, la función más peligrosa de los videojuegos proviene del hecho de que en un videojuego se fusionan dos campos diferentes: el del juego y el de la narrativa.
Y con ello, el Sistema consigue matar dos pájaros de un tiro, pues le arrebata dos capacidades al individuo de forma simultánea; la primera, la capacidad de imaginar y visualizar, que el sistema le arrebata al individuo mediante un proceso de Externalización; la segunda, la capacidad de negar a la “autoridad narrativa”.
Para comprenderlo mejor, vayamos por partes.
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LA EXTERNALIZACIÓN DE LA CAPACIDAD DE IMAGINAR
Ciertamente, siempre ha habido personas dotadas de una fértil imaginación, superior a la de los demás, que han ayudado al resto de personas a soñar realidades diferentes a las que experimentaban en sus vidas, a través de la literatura, la música, la pintura, el teatro, el cómic o el cine.
Todos estos vehículos creativos utilizados para plasmar la imaginación de los creadores, tenían la capacidad de influir enormemente en la fantasía de las demás personas y en especial, en la de los niños en su fase de desarrollo.
Pero solo se trataba de influencias externas.
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Los videojuegos, sin embargo, tienen un carácter mucho más invasivo, sobretodo si los niños juegan a ellos desde edades muy tempranas; un hecho que probablemente acabe repercutiendo en su capacidad para imaginar o visualizar mundos o realidades propias cuando sean adultos.
Pensemos que antes, los niños, podían jugar con muñequitos o muñecas, con cochecitos o con soldaditos, pero las historias y los entornos que rodeaban a todos estos elementos de juego, debían generarlos y visualizarlos en el interior de sus mentes.
Así era como en el interior de sus psiques, una piedra se transformaba en una montaña, una caja de cartón se convertía en un rascacielos destruido por un robot gigante o un bolígrafo se convertía en un misil supersónico.
Jugar les ayudaba a desarrollar la capacidad de concebir entornos imaginarios y transformar la realidad que aparecía ante sus ojos.
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Una capacidad de creación abstracta que al final resulta esencial para imaginar realidades alternativas a las que nos ofrece el entorno y un paso indispensable para que, algún día, podamos concebir una realidad alternativa a la de nuestras propias vidas y por lo tanto, una alternativa a la sociedad y al Sistema.
Dicho de otra manera: esta capacidad para imaginar y visualizar realidades abstractas que proviene del juego, puede terminar siendo una herramienta peligrosa para la pervivencia del propio Sistema si es usada de la manera adecuada.
Sin embargo, esa capacidad se ve claramente bloqueada en un niño que juega a un videojuego, pues su capacidad para imaginar y visualizar, ha sido “externalizada”.
Es el creador del videojuego el que imagina la historia y el entorno, arrebatándole esa capacidad al niño o al jugador, que ya no tiene nada que imaginar ni visualizar.
Este efecto de “externalización de la imaginación” se produce porque el videojuego mezcla el mundo del juego propiamente dicho, con el mundo de la “narrativa externa”, donde una tercera persona te narra una historia inventada por él.
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“YA IMAGINAMOS POR TI”
Como vemos, los videojuegos externalizan nuestra capacidad para imaginar y con ello consiguen bloquear una de nuestras mejores capacidades para encontrar alternativas al Sistema.
El lema de fondo que se repite en todos los videojuegos de forma subliminal, es: “Ya imaginamos nosotros por ti. Tú juega y calla”
Obviamente, ni los creadores de los videojuegos ni los propios jugadores, son conscientes de que en el fondo se están desplegando estas lógicas, que parecen haberse generado de forma natural.
Y es que en realidad, un videojuego no es más que la culminación del largo proceso evolutivo de la “narrativa externa”.
La “narrativa externa” empezó con la narración oral de historias y cuentos, luego, con la aparición de la escritura, pasó a vehicularse a través de la literatura, hasta que después, con la aparición del cine, pasó a vehicularse a través de imágenes y sonido, las bases que han dado pie a los videojuegos.
La evolución que nos ha llevado del narrador oral hasta el videojuego, es la historia de un largo y sutil proceso de externalización que pronto culminará con la llegada de la Realidad Virtual.
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Para comprender cómo se ha producido este proceso de externalización, analicemos sus principios básicos.
Tanto en una obra literaria de ficción como en una narración oral, debemos ser conscientes de que se produce un contrato implícito entre el narrador y el lector.
Si nos centramos en el campo de la literatura, cuando alguien abre un libro para leer una historia, una novela o un cuento, acepta implícitamente como ciertas o plausibles todas las lógicas internas propuestas por el autor; esas lógicas rigen la historia y le dan sentido tanto a los personajes como al entorno, lo que permite al lector sumergirse dentro de la historia, olvidando con ello, las lógicas que rigen su propia realidad.
Es como si temporalmente apagáramos los sensores cerebrales que nos permiten detectar nuestra propia realidad cotidiana, con sus lógicas implícitas y nos dejáramos hipnotizar por las lógicas alternativas inherentes a la narración que leemos.
Si no realizáramos este ejercicio inconsciente, jamás disfrutaríamos ni nos emocionaríamos leyendo Drácula, El Señor de los Anillos o 1984, porque ninguna de esas novelas concordarían con las lógicas de nuestra propia realidad.
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Solo podríamos leer el periódico y noticias redactadas asépticamente, que hicieran referencia a asuntos conocidos y a una realidad tangible y constatable.
Al leer un libro, las palabras escritas por el autor se convierten en imágenes en el interior de nuestra psique y nos sumergimos en una narración creada e imaginada por el escritor, pero visualizada por nosotros.
De alguna forma, el propio lector forma parte activa del proceso creativo, aunque sea de forma inconsciente; la mente del lector es la pantalla sobre la que se proyectan las imágenes sugeridas por las palabras del narrador.
Con la llegada del cine, sin embargo, se produce un primer paso hacia la externalización de nuestra capacidad de imaginar y visualizar.
En el cine o en la televisión, el autor o autores, no solo crean la historia, sino que además la plasman en imágenes, externalizando así el proceso que realizábamos en el interior de nuestra psique al leer un libro o al escuchar una historia.
Con el cine, pues, nuestra capacidad para visualizar la historia narrada, se externaliza y queda toda en manos del narrador.
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Como podemos ver, hay una gran diferencia entre ser un lector, que participa del proceso creativo o ser un espectador que prácticamente solo mira y escucha.
No obstante y a pesar de que el salto de un medio a otro conlleva un avance en el proceso de externalización, sigue cumpliéndose el mismo contrato implícito entre el narrador y el espectador.
Para disfrutar de la película adecuadamente, el espectador debe renunciar voluntariamente a detectar las lógicas de su entorno y debe aceptar las lógicas propuestas por el cineasta para sumergirse en la narración cinematográfica, de la misma manera que el lector debía aceptar las lógicas propuestas por el escritor.
En ambos casos, decidimos olvidarnos de que estamos sentados en un sillón o en una butaca y nos dejamos “hipnotizar” por la narración para poder disfrutarla plenamente.
Pero somos nosotros, los espectadores, los que realizamos voluntariamente ese proceso de desconexión.
Tanto en el caso de la literatura como en el del cine, el lector-espectador es el que tiene la última palabra, el que en cualquier momento puede romper el contrato unilateralmente.
Y eso sucede por una razón muy sencilla: al leer un libro o al ver una película, nosotros no formamos parte de la narración, ni interactuamos con ella, porque es algo externo a nosotros.
Por muy hábil que sea el narrador intentando meternos en su mundo, a la hora de la verdad debemos ser nosotros los que nos “auto hipnoticemos” para que se convierta temporal y parcialmente en una realidad alternativa a la nuestra.
Eso implica que establecemos una relación de igual a igual con el narrador, aunque sean el mismísimo Francis Ford Coppola, Stanley Kubrick o Steven Spielberg.
Tenemos identificado al narrador y podemos negarnos a seguir su propuesta.
Dicho de otra manera: en el cine y en la literatura, podemos Negar la Autoridad del narrador cuando queramos.
Y con ello, ejercemos nuestro poder individual sin darnos cuenta.
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Sin embargo, con la llegada del videojuego, se derriba parcialmente esta última barrera, de forma muy sutil, pero significativa.
Como hemos indicado antes, el videojuego es la mezcla de dos ámbitos diferentes: el del juego y el de la narrativa externa.
Esta mezcla tiene un doble efecto beneficioso para el Sistema y perjudicial para el individuo:
·Primero: la incorporación de la narrativa externa al juego, deriva en una externalización de la capacidad de imaginar y visualizar por parte del jugador.
·Segundo: la incorporación del juego a la narrativa externa, elimina la capacidad de negar la autoridad del narrador.
Este segundo efecto se produce porque el videojuego nos permite interactuar con la historia, nos crea la falsa ilusión de la libertad de elección y nos hace creer que estamos influyendo en la narración.
De hecho, nos hace creer inconscientemente que, en parte, nosotros también somos narradores de la historia, algo que es totalmente falso.
Esta confusión nos hace olvidar que en realidad seguimos siendo espectadores de una narración externa, en la que hay alguien que ha creado todas las reglas y todas las limitaciones del juego; en un videojuego, nosotros solo somos ratas recorriendo un laberinto pre-creado, al final del cual nos espera un pedacito de queso.
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El videojuego consigue que en nuestra mente la imagen del narrador externo se difumine y con ello, se difumina también nuestra capacidad de negarle la autoridad.
Al jugar dentro del mundo propuesto por el narrador, olvidamos que en cualquier momento podemos mirar directamente al narrador y decirle “no te creo”, como podíamos hacer al leer un libro o al ver una película; dejamos de estar en una relación de igualdad con el narrador y con ello acabamos sometidos a su autoridad, a sus reglas y a sus condiciones sin tan solo darnos cuenta de ello.
Esta incapacidad para distinguir a la autoridad narrativa, es decir, al que impone las reglas y las lógicas, nos lleva a percibir esas reglas, lógicas, restricciones y limitaciones propias del juego como si fueran algo natural e inevitable.
Es como si la rata que recorre el laberinto, creyera que el laberinto siempre ha estado ahí y que forma parte de la naturaleza, como el sol, las montañas o la ley de la gravedad.
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Esa rata jamás sería consciente de que un hombre ha creado el laberinto para que ella lo recorra y que ese mismo hombre utiliza el pedacito de queso como incentivo para que acepte recorrerlo una y otra vez.
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Pues bien, este es el efecto subliminal que tienen los videojuegos en la mente de los jugadores.
Independientemente de las características superficiales que tengan, los videojuegos inoculan una programación inconsciente tremendamente perniciosa en la mente de los jugadores: la aceptación de las limitaciones impuestas como si fueran algo inevitable y por lo tanto, la imposibilidad de negar la autoridad del narrador.
Si nos fijamos bien, veremos que la sociedad tiene las mismas lógicas represivas que un videojuego. La sociedad nos impone una serie de limitaciones, costumbres, actitudes y reglas que debemos obedecer y que vienen a ser como las paredes del laberinto que recorre la rata.
Al mismo tiempo, genera en nosotros la ilusión de la libertad de elección y con ello, nos hace creer que formamos parte de la sociedad como narradores.
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Eso nos lleva a no poder distinguir correctamente a la autoridad narrativa y por lo tanto, nos impide negarla, lo que finalmente nos conduce a creer que las limitaciones que nos impone la sociedad tienen un carácter natural e inevitable y que no pueden ser discutidas ni puestas en duda.
La sociedad, al igual que los videojuegos, nos hace creer que somos libres porque podemos elegir la marca de champú con la que nos lavamos el pelo o el partido político que votamos para que nos robe, de la misma manera que el videojuego nos hace creer que somos libres porque podemos ir a la izquierda o a la derecha.
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Es la misma libertad de acción que tiene la rata dentro del laberinto.
Esa ficción de libertad, nos hace olvidar que todos nuestros movimientos han sido previstos y condicionados previamente y que los objetivos que nos imponemos en la vida, al igual que los objetivos que nos impone el videojuego para “ganar la partida”, son como ese pedazo de queso que le han puesto a la rata al final del laberinto para que lo recorra una y otra vez sin rechistar.
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La sociedad, la rata en el laberinto y los videojuegos, comparten los mismos mecanismos de programación profunda que nos pasan inadvertidos, pero que moldean por completo nuestra mente y nuestra visión de la realidad.
Por esa razón, los videojuegos contribuyen de forma tan eficiente a reforzar y consolidar estos mecanismos de programación mental en lo más hondo de nuestra mente.
Como una voz susurrante dentro de nuestras cabezas, nos repiten una y otra vez los mecanismos de programación mental profunda que refuerzan nuestra obediencia a la sociedad y por lo tanto, al Sistema.
Y lo peor es que cuando se popularice la Realidad Virtual y evolucione la Inteligencia Artificial, las cotas de programación mental profunda que actualmente tienen los videojuegos, se multiplicarán.
Esos mismos jugadores que ya no distinguen a la autoridad narrativa y que ya no la ponen en duda, acabarán obedeciendo los dictados narrativos de los cerebros cibernéticos que crearán los mundos virtuales del mañana.
Aceptarán sus normas, sus lógicas, sus leyes y sus restricciones como algo inevitable y natural que no puede ponerse en duda, como hacen ahora con un videojuego y con ello convertirán a esas máquinas en los nuevos dioses que regirán todos los aspectos de nuestra existencia, hasta que al final, estaremos sometidos a ellos como si fuera la cosa más natural del mundo.
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Así pues, el papel de programación profunda que tienen los videojuegos, no es tan inocuo y anecdótico como muchas personas querrían creer.
No solo están reforzando los mecanismos mentales de nuestra sumisión a la sociedad y al Sistema actualmente, sino que configuran las características de la sociedad del futuro.
Son una pieza más de esta enorme maquinaria de destrucción de nuestro poder individual, que cada vez adquiere más poder y que cada vez se oculta mejor a nuestro escrutinio.
Obviamente, tal y como ya hemos indicado antes, los creadores de videojuegos no saben que sus obras contribuyen a esta programación mental ni al proceso de externalización.
Los videojuegos han aparecido de forma natural en nuestra sociedad, objeto de una evolución tecnológica y social.
Y esto es lo que resulta más inquietante: el Sistema evoluciona constantemente, de forma aparentemente natural y no premeditada, creando por el camino todos aquellos elementos que necesita para su propio beneficio y para la expansión de sus capacidades de control sobre los individuos.
Lo más terrorífico del asunto es que esta gran máquina funciona sola desde hace milenios y por lo visto, no hay nadie en la sala de control…
GAZZETTA DEL APOCALIPSIS

EL LENGUAJE DE LA BESTIA

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EL LENGUAJE DE LA BESTIA

La Bestia habla.
Tiene un idioma propio.
Esa bestia, a la que llamamos Sistema, tiene una presencia cada vez menos abstracta: ya empieza a ser un ente con unas características bien definidas y reconocibles.
Y una de ellas es un lenguaje propio, con unas lógicas propias y con una intencionalidad final concreta.
Un lenguaje que ha sido inoculado en nuestras mentes y que nos ha programado a todos sin que nos demos ni cuenta, para que seamos partícipes directos de la eliminación de nuestra propia identidad individual y de nuestra conversión en meras piezas de la maquinaria.
Como hemos dicho con anterioridad en otros artículos, el Sistema actúa como si fuera una especie de maquinaria psíquica, que está instalada en nuestras psiques, programando todas nuestras acciones de forma semi-inconsciente.
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Es muy difícil identificarlo correctamente, pues no tiene nombre, ni cara, ni cuerpo, ni podemos hacernos una imagen clara de él; se refleja en todas nuestras expresiones culturales, en lo que creemos que son nuestros anhelos y sueños, en nuestras leyes, en nuestras creencias e ideologías.
Solo podemos detectar su presencia poderosa y omnisciente en los resultados, constatando que efectivamente está ahí, oculto en cada gesto y en cada uno de nuestros actos, dirigiendo la orquesta humana desde las sombras del inconsciente colectivo…
Pero desde hace un tiempo, relativamente corto, ha dado un salto adelante.
Ha salido de las sombras y ha empezado a hablar con una voz propia cada vez más reconocible.
El suyo es un lenguaje explícito, frío y eficiente…pero también es extremadamente sincero: nos dice, sin ambages, que no nos considera seres humanos individuales, sino simples números, susceptibles de ser sumados, restados o borrados en cualquier momento.
Lo podemos percibir en la profusión de lenguaje estadístico que inunda nuestras existencias y que nos ha convertido a todos en cifras abstractas parametrizables.
Un ejemplo claro de como ese lenguaje está calando en nuestras mentes y en nuestra visión del mundo y de la realidad, lo podemos encontrar en los medios de comunicación y más concretamente al escuchar cualquier noticiario televisivo.
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LA LENGUA DE LA BESTIA EN LA TV
Fijémonos, por ejemplo, en lo que encontramos en un noticiario televisivo de forma habitual.
Las noticias vienen acompañadas de una amplia profusión de fríos datos estadísticos, cuyo efecto principal es la uniformización, la despersonalización y la eliminación de cualquier expresión de individualidad.
Cuando combinamos esa deshumanización estadística con un bombardeo de imágenes morbosas, en forma de grandes desastres, espectaculares accidentes, explosiones, cadáveres, dolor y muerte, eso acaba teniendo un efecto devastador sobre nuestra forma de ver el mundo, a las demás personas y a nosotros mismos.
Nos hemos acostumbrado a ver morir a seres humanos y a convertirlos automáticamente en datos estadísticos en nuestro cerebro, en forma de muertos o heridos y clasificándolos según etiquetas, como si fuera la cosa más natural del mundo.
Podríamos decir que la máquina nos está “mecanizando” a nosotros también, programando nuestras mentes con su lógica fría y calculadora, para que seamos como ella.
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Pongamos un ejemplo: supongamos que por la televisión, en un noticiario, nos muestran uno de esos vídeos de accidentes desgraciados grabados con una cámara de vigilancia.
Nos muestran a una persona que pasea tranquilamente por la calle con su perrito y de repente, vemos como el animal cruza la calle de improviso, su dueño corre tras él y lo atropella un coche. Ver una imagen como esta, puede provocarnos un impacto emocional. No importa si esa persona es china, rusa, blanca o negra. Nos identificaremos con ella porqué está haciendo algo que podríamos hacer nosotros y le sucede algo que también podría sucedernos a nosotros mismos o a algún ser querido. Eso provoca que sintamos empatía hacia esa persona y que su desgracia nos provoque un cierto grado de dolor.
¿Pero qué sucede si yo acompaño esas imágenes con una nutrida dosis de fríos datos estadísticos?
Supongamos que nos muestran esas mismas imágenes, pero una voz en off nos va diciendo que “cada año mueren 1500 personas atropelladas por distracciones en las ciudades del país, de las cuales, un 25% fallecen” y posteriormente nos muestran vídeos muy cortos o en multipantalla de muchos otros atropellos en diferentes países, con los datos estadísticos comparativos de víctimas en aquellos lugares, con números de muertos, heridos y tantos por ciento de hombres y mujeres atropellados.
Esa profusión de datos, acompañada de las imágenes impactantes, tiene un efecto demoledor en nuestra forma de ver y sentir la realidad.
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De repente, ya no vemos a esa persona desconocida concreta con la que podíamos identificarnos y que podía provocarnos empatía; esa empatía se ve sustancialmente reducida, porque esa persona pasa a ser el reflejo visual de un dato estadístico.
Bien, pues este efecto de programación en nuestra mente, se repite de forma incesante y constante, hora tras hora, día tras día, sin que seamos conscientes de ello, como un veneno que va calando en nuestra psique gota a gota.
Esa es la función principal de los medios de comunicación de masas: son la herramienta de uniformización masiva más poderosa de todos los tiempos.
Son la antena desde la que el sistema emite constantemente los paquetes de datos que deben ser instalados en nuestros cerebros para las consiguientes “actualizaciones diarias del software del Sistema”.
Si los analizamos con atención descubriremos que esta programación mental propia de una máquina, está estructurada con una serie de lógicas internas completamente perversas, de las que nadie se da ni cuenta.
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LA MAGNITUD DE LA TRAGEDIA
El lenguaje de programación mental que nos transmiten los noticiarios, no se limita a reducir a las personas a simples cifras estadísticas: también las clasifica de forma lógica según un sistema de valores implícito, y a la vez, crea un sistema paralelo de simulación cuantitativa de empatía hacia los demás, algo parecido a una nueva sub-rutina de programación mental basada en emociones pre-fabricadas y parametrizables, cuyo objetivo es sustituir los posibles rastros de empatía real, espontánea y sincera que aún alberguemos y que nos caracteriza como individuos humanos.
Vamos a intentar aclarar lo que acabamos de exponer.
Cada día las noticias nos muestran a personas muriendo o sufriendo.
Pero a todos se nos hace más que obvio que los medios cuantifican sibilinamente la cantidad de empatía que debemos sentir hacia esas personas dependiendo de sus características: los medios no las tratan a todas por igual.
Hay diferentes escalafones, determinados por la raza o la proximidad étnica o nacional.
Incluso hay diferentes escalas dependiendo de las clases sociales y las profesiones.
Por ejemplo, en un noticiario cualquiera, de forma inadvertida y sutil, se nos transmite la idea de que un policía o un agente de la autoridad siempre tiene más valor que cualquier otro civil.
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Cuando las víctimas son policías, siempre se cuentan aparte del resto, como si fueran de una clase superior. ¿Cuántas veces hemos escuchado narraciones del tipo “en el tiroteo, se produjeron 5 víctimas mortales, 2 de las cuales eran policías?”
Es una distinción continuada que los periodistas ya parecen hacer de forma inconsciente.
Pero en muchos casos, este tipo de distinciones no tienen nada de inconsciente, sino que estamos ante una manipulación emocional premeditada de carácter político.
Recordemos cuando en España sufríamos los atentados de ETA y moría un policía, un guardia civil o un militar: siempre nos decían cuántos hijos tenía la víctima, con la intención poco disimulada, de manipular nuestras emociones y generar una respuesta empática en favor de la víctima (y por lo tanto del gobierno) y de rechazo visceral hacia los terroristas.
Como vemos, el lenguaje de programación mental del Sistema que nos transmiten los noticiarios, contiene implícitamente una escala de valoración de las personas dependiendo de su “clasificación” dentro de la sociedad.
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Si en una noticia nos dicen que mueren 4 obreros en un accidente laboral (en el caso excepcional de que nos hablen de un muerto en accidente laboral que no lleve uniforme y pistola), ¿alguna vez nos notifican cuántos hijos huérfanos dejan esos trabajadores?
Nunca, o casi nunca.
Y la razón implícita de ello es que, siguiendo la lógica interna del Lenguaje del Sistema, un obrero tiene un valor muy inferior a un policía y por lo tanto no es necesario condicionar una respuesta empática artificial ante su desaparición, básicamente porque el sistema tampoco obtendría ningún beneficio al hacerlo, como sí sucede al tratar de generar empatía con alguien que representa a la autoridad y al poder.
Esa es la cruda realidad.
Pero la perversión implícita en este lenguaje del Sistema, va mucho más allá aún.
Este es un razonamiento que a algunas personas les puede incomodar, pero la realidad es que todas las catástrofes o tragedias que nos cuentan en los noticiarios, siguen unas fórmulas implícitas que todos tenemos asumidas de forma inconsciente.
Cualquier tragedia es cuantificable tanto en Magnitud como en Intensidad y dispone de su propia unidad de medida, como la tiene la distancia, el volumen, la fuerza o la corriente eléctrica.
No seamos hipócritas: la MAGNITUD de una tragedia se mide en Muertos. Y los heridos, son algo parecido a los decimales.
¿Cuántas veces hemos escuchado en las noticias algo como “el accidente provocó 21 muertos y 37 heridos”?
Eso significa que la magnitud de la tragedia, fue de 21.37
Un suceso con 1 muerto y 3 heridos, tiene una magnitud de 1.3 y uno con tan solo 26 heridos, una magnitud de 0.26
¿Parece un cálculo frío e inhumano de lo que es una tragedia?
Lo es. Es inhumano.
Pero este es el lenguaje de la Bestia, el lenguaje del Sistema, que inadvertidamente los medios de comunicación inoculan en nuestra psique.
Y todos lo tenemos plenamente asumido de forma inconsciente: programa nuestra mente como si fuéramos poco más que autómatas.
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Pero no solo se cuantifica inconscientemente la Magnitud de las tragedias.
También se cuantifica la Intensidad de la tragedia, es decir, la carga emocional o empatía condicionada que debe provocar en el espectador.
Y para cuantificar la intensidad de la tragedia, existe otra unidad de medida: el Niñomuerto.
¿Cuántas veces hemos escuchado en las noticias algo como “el accidente provocó 200 muertos, 75 de los cuales eran niños”?
¿Qué nos transmite una noticia redactada de esta manera?
Pues que la tragedia tuvo una Magnitud de 200 y una Intensidad de 75.
La función final de la cuantificación de la Intensidad de la tragedia, midiéndola en niños muertos, es condicionar la cantidad de empatía que el suceso debe despertar en nosotros. Es un mecanismo que busca programar y cuantificar nuestra respuesta emocional, convirtiéndola en algo fácilmente parametrizable, como si fuéramos máquinas.

Puede parecer una exposición muy dura y descarnada, pero esa es la auténtica realidad y la podemos constatar cada día cuando encendemos la televisión, escuchamos la radio o leemos las noticias en un diario o en Internet.
Y puesto que todos hemos aceptado funcionar según estos parámetros de programación, ¡Dejémonos ya de tanta hipocresía y digamos las cosas por su nombre, de forma explícita y sin tantos rodeos!
Hagámoslo de una vez: añadamos ya estas unidades de cálculo de tragedia a las ya múltiples unidades de medida del Sistema Internacional. Pongamos al Muerto y al Niñomuerto al lado del Metro, el Kilogramo, el Amperio, el Newton o el Joule.
Que no mareen más la perdiz nuestros amigos los periodistas: que lo digan con toda naturalidad…”Última hora: se ha producido una tragedia de 200.42 Muertos de magnitud y una intensidad de 55 Niñosmuertos”.
Porque de hecho ya lo hacen y solo la repugnante hipocresía de nuestra sociedad y del mundo periodístico en particular, les impide exponerlo explícitamente.
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Y ya puestos a arrancar máscaras y a aceptar sin tapujos que hemos sido programados con el frio e insensible lenguaje de la bestia, acabemos de deducir qué otras fórmulas se ocultan en su interior.
Hemos hablado de las unidades de magnitud e intensidad que sirven para cuantificar las tragedias y la respuesta emocional condicionada que deben provocar en el espectador.
Pero dichos cálculos se ven alterados por un conjunto de parámetros adicionales que no podemos ignorar.
Y es que como ya indicábamos antes, no todos los muertos cuentan igual.
Para calcular el valor de un muerto, también se aplica algo parecido a una fórmula matemática implícita, que incluye una serie de factores correctores.
La cantidad de valor que tiene un muerto depende de su profesión (un político cuenta más que un policía y un policía más que un barrendero o un camionero, por ejemplo); su posición social (un empresario rico vale más que un obrero); su nivel de celebridad (un jugador de fútbol famoso vale más que un maestro de escuela), etc…
Y a ello, debemos añadir los importantes factores correctores referentes a la raza, la cultura o la procedencia.
En Occidente, por ejemplo, un blanco vale por 1, un oriental vale por 0,3 y un africano negro o un indio, valen por 0,1; un hindú, un musulmán o un budista vale menos que un cristiano; un alemán vale más que un rumano y un norteamericano vale mucho más que un bengalí, etc…
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Además, si la víctima habla tu idioma vale más que si lo hace en otro idioma; y podríamos decir que el valor dado a la víctima de una tragedia, también es inversamente proporcional a la distancia entre su lugar de origen y el tuyo.
A ello debemos añadir un factor adicional de corrección referente a la forma en que se han producido las víctimas. Por ejemplo, a un muerto en accidente de avión se le otorga un valor de tragedia superior a un muerto por hambruna, a causa del impacto visual y psicológico del suceso…y así con un largo etcétera de condicionantes diversos.
Todos estos elementos configuran algo parecido a una fórmula matemática que aplicamos de forma inconsciente a cada víctima cuando en las noticias nos hablan de cualquier tragedia o suceso.
Es este conjunto de rutinas lógicas, instaladas inadvertidamente en nuestra mente, las que provocan que sintamos un mayor impacto emocional por 4 muertos por un accidente de avioneta en nuestro país, que por 5.000 muertos en Etiopía a causa del hambre o de la guerra.
Si habláramos solo de “magnitud nominal” de la tragedia, la tragedia de Etiopía tendría una magnitud de 5000 respecto a la de 4 de nuestro país…pero los factores correctores reducen enormemente el valor de la unidad de magnitud de tragedia (el Muerto) en el caso de los etíopes, de manera que cada muerto etíope queda reducido a apenas unas milésimas de “muerto occidental” próximo a nuestra casa.
Sí, es muy cruel hablar en estos términos…pero así es el lenguaje de la bestia, instalado en nuestra mente y actualizado y reforzado, cada día, por los medios de comunicación.
Y lo aplicamos constantemente, como si fuera la cosa más natural y lógica del mundo.
Otra cosa es que nos neguemos a aceptar que nuestro cerebro está programado con estos parámetros…allá cada uno con su nivel de tolerancia a la hipocresía.
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LA NUEVA RELIGIÓN
Esta es la cruda realidad y este es el lenguaje con el que la maquinaria del Sistema está programando nuestra mente a nivel profundo; susurra incesantemente sus cifras estadísticas en nuestros oídos, como un mantra que nos aturde las emociones, hasta el punto de que ya no vemos a las demás personas como iguales a los que amar o respetar, sino como datos sumables o restables, como puntitos lejanos que oteamos desde una gran altura y por los que no podemos sentir nada.
Este lenguaje, con su lógica fría y su simulación numérica y simplista de lo que es la emoción o la empatía, tiene la capacidad de convertir lo mágico, lo misterioso, lo inaprehensible, en una mera desviación estadística.
Por lo visto, es el lenguaje del nuevo mundo hacia el que nos encaminamos.
Un lenguaje científico y tecnocrático, en el que los individuos de valor incalculable, con sus sueños y talentos únicos, son sacrificados impíamente en los altares de la eficiencia del Sistema, para aumentar en un 0,1% algún indicador estadístico de la gran maquinaria.
Nos han infectado la mente con este nuevo lenguaje, con el objetivo de que nos adaptemos sumisamente al nuevo mundo que se está gestando y para que concibamos sus lógicas internas como algo natural e inevitable, como lo es el paso del tiempo , la ley de la gravedad o la constante de la velocidad de la luz.
Y de hecho, es algo que ya está sucediendo; la infección ya ha llegado a lo más hondo de nuestra psique.

Con la crisis, hemos visto como a gran cantidad de personas, con sus sueños, sus anhelos y décadas de esfuerzos denodados a sus espaldas, se las ha “desechado” como piezas inservibles, para favorecer un descenso de 100 puntos en la Prima de Riesgo, o para aumentar en un 0,3% el crecimiento económico interanual.
¡Y la mayoría de gente se lo ha tragado como si fuera la cosa más natural del mundo!
Por lo visto, la inmensa mayoría de la población está dispuesta a sacrificarse en pos de alguna cifra macroeconómica abstracta, sin tan solo preguntarse qué representa esa cifra, si es algo real o no, ni a quien favorece realmente la mejora de ese indicador de significado tan difuso.
Con expresión resignada nos encaminamos nosotros mismos hacia el altar de la oblación, siguiendo el sendero de la “responsabilidad ciudadana”, para ser sacrificados por la gloria del Dios-Sistema.
Las voces de los grandes sacerdotes resuenan en los altavoces mediáticos, prometiéndonos que “nuestra sangre fertilizará los campos y aumentará el rendimiento de las cosechas en un 10%” y conformados, nos tumbamos sobre el altar para que nos desollen…y ya ni tan solo, en el colmo de nuestra derrota como seres humanos, exigimos que se realice un ritual decente para nuestra inmolación, adornado con bellos cánticos de ofrenda o danzas ceremoniales; ¡Que va! Nos han programado hasta tal punto, que permitimos que cualquier funcionario gris y mediocre nos abra en canal y nos despelleje con desprecio, como si fuéramos reses en un matadero.
Y aquellos que se atreven a rebelarse y levantan sus gritos llamando a la rebelión, a la desobediencia, o incluso a quemar el templo, no tardan en ser acallados por sus propios compañeros, que los acusan de violentos, de insolidarios o de vagos improductivos que no están dispuestos a sacrificarse por el bien común, el progreso de la humanidad, o la recuperación patria.
Son los nuevos herejes, ahora denostados bajo el apelativo de “terroristas anti-sistema” y no tardan en ser golpeados o incluso linchados por esas masas dispuestas a eviscerarse por la “gran causa” del Dios-Sistema.
Imaginemos por un momento, ¿qué habría pasado durante esta crisis, o ahora, durante la impostada fase de recuperación, si el lenguaje de la Bestia no estuviera instalado en nuestra mente con toda su parafernalia estadística?
La reacción de la población habría sido muy diferente.
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Si la gente no se hubiera creído, absolutamente convencida, que su sufrimiento y sus apuros servían para que la prima de riesgo bajara 70 puntos o las expectativas de crecimiento pasaran del 0,9% al 1,4%, nadie habría tragado con la situación. Los ciudadanos solo se habrían fijado en los aprietos de su día a día, solo habrían visto a sus hijos viviendo peor que antes y eso los podría haber llenado de una rabia incontenible de impredecibles consecuencias.
Sí, es cierto, la rabia ha existido, se ha reflejado en las calles de alguna manera, pero ha sido apaciguada en gran manera (entre otros factores) por la susurrante voz de la Bestia; con su lenguaje falaz y su profusión de datos, ha conseguido hipnotizar a las masas y desviar toda esa rabia real y tangible, diluyéndola en un mar de datos abstractos e incomprensibles.
Ha sido al otorgarle cifras estadísticas al sufrimiento individual, disfrazándolo de esfuerzo colectivo, cuando la gente ha aceptado sumisamente su estado de precariedad.
Cada gota de sufrimiento ha sido sustituida por un “dato estadístico esperanzador” que indicaba unos “prometedores resultados” y una “incipiente recuperación” y la gente ha seguido recibiendo los latigazos con la cabeza gacha, pensando “bueno, ahora toca remar fuerte, pero pronto llegaremos a puerto”, como esclavos en una galera romana a los cuales se les comunica, tras una jornada extenuante, que “han rendido un 0,25% mejor que el día anterior y que su navío es un 1,2% más rápido que el resto de galeras de la flota”.
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Mucha gente dirá que ha sido el gobierno el que ha manipulado a la población, ofreciendo todos esos datos macroeconómicos esperanzadores; pero esa solo es una visión superficial de la situación. La realidad profunda, es que si nuestra mente no hubiera sido programada con el lenguaje de la bestia y si no lo hubiéramos interiorizado tanto, hasta el punto de alterar nuestra percepción de la realidad, los gobiernos no dispondrían de ningún resorte para conducirnos como un rebaño.
La clave de todo, radica en la aceptación de los programas mentales.
Somos esclavos en una galera, que pensamos:
“Hoy me han pegado 3 latigazos, pero la media para esta galera es de 4 latigazos diarios, ¡soy afortunado!”
“Hoy han muerto 8 remeros por extenuación, pero en el resto de galeras mueren 10…tenemos un índice de mortalidad del 80% respecto a la media de la flota romana, ¡qué satisfactorio!”
“Hoy ha fallecido mi compañero de remo; es el cuarto de este mes, lo que indica un descenso interanual en el número de compañeros fallecidos en acto de servicio…¡Las condiciones mejoran!”
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¿Dónde está la dignidad y el amor incondicional por la propia vida y por la de los demás?
Si pensamos así, si sustituimos cada latigazo y cada abuso, cada muestra de nuestra hiriente esclavitud e indignante sometimiento, por un dato estadístico vacío de sentido, ¿quién es el principal culpable de nuestra situación? ¿El que abusa de nosotros y lo decora con datos vacíos para sacar beneficio de nuestro lavado de cerebro, o nosotros, que nos creemos este lenguaje y lo tenemos interiorizado como si fuera algo real?
¿Qué sucedería si ignoráramos toda esta acumulación de datos vacuos y nos centráramos en el dolor del latigazo y en la injusticia de estar encadenados en un navío, remando hasta la muerte, para beneficio de un sistema que desprecia nuestra existencia?
A base de calcular las condiciones estadísticas de nuestra esclavitud, hemos acabado olvidando lo realmente esencial: que somos esclavos, que estamos encadenados a un remo y que nos pegan latigazos para que sigamos remando.
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Solo centramos nuestra atención en contabilizar los latigazos, en lugar de focalizar toda nuestra energía en luchar por dejar de ser unos esclavos de una vez por todas.
¡Debería darnos vergüenza!
La dignidad no se puede cuantificar; no es algo negociable o relativizable. Se tiene o no se tiene. Uno se respeta a sí mismo o no se respeta. Punto. Y lo mismo sucede con las demás personas.
Como ya hemos dicho otras veces, nuestro valor real es incalculable.
Pero es algo que hemos olvidado por completo.
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LOS NUEVOS SACERDOTES
Debemos reconocer que el Sistema es una maquinaria tremendamente eficiente a la hora de manipularnos y reducirnos a la nada.
Ha conseguido programar nuestras mentes, primero para que sacrificáramos nuestras vidas por conceptos abstractos, pero con un reflejo tangible y real, como eran las patrias, las religiones y las ideologías.
Y con el paso del tiempo, ha dado un paso más y está consiguiendo que sacrifiquemos nuestra existencia y nuestra dignidad por simples datos estadísticos, mucho más abstractos y difusos, hasta el punto de que prácticamente existen solo dentro de nuestra mente.
Podemos decir, alto y claro, que los datos y las macro-cifras estadísticas, son la nueva representación de la divinidad.
La imagen icónica del nuevo Dios al que debemos entregar nuestras vidas y las de nuestros hijos si es necesario.
Ahora, la santísima trinidad son la Eficiencia, el Rendimiento y la Sostenibilidad.
A través de ellos se alcanza el paraíso.
Todos hemos aceptado este nuevo modelo de divinidad; todos nos hemos subyugado servilmente a esta entidad abstracta.
Y con ella, aceptamos la autoridad implacable de sus máximos representantes: los tecnócratas, los flamantes sacerdotes de la nueva religión mundial.
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Ellos son los portavoces máximos de los designios de nuestro nuevo dios: la Máquina-Sistema, que exige continuos sacrificios de sangre para ser cada vez más eficiente.
Los viejos dogmas de fe de la religión han muerto para siempre: ahora la nueva religión es la ciencia y tiene un lenguaje litúrgico propio.
Las túnicas han caído y las sotanas se apolillan en los armarios por el desuso…pero que nadie crea que los viejos sacerdotes han desaparecido.
Ahora llevan batas blancas cuando pertenecen a la Sagrada Orden de los Científicos, o visten trajes y corbatas cuando forman parte de la Santa Orden de los Economistas; y han cambiado sus cruces y báculos por tubos de ensayo, escáneres cerebrales y completas auditorías de las cuentas.
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Sus antiguos sermones se han convertido en sesudos estudios científicos igualmente dogmáticos, pues son portadores de una supuesta verdad absoluta indiscutible, respaldada por presuntos datos incontrovertibles.
Es la religión del Nuevo Mundo.
Un Nuevo Orden donde el destino de los individuos seguirá estando escrito de antemano, como antaño.
Ahora vendrá determinado por tantos por ciento y cifras solo escrutables por los magnos sacerdotes; nuestro destino vendrá determinado por nuestra inclinación genética, cuantificable mediante probabilidades y por condicionantes socio económicos parametrizables mediante análisis estadísticos.
Los nuevos sacerdotes determinarán si en base a estos datos debemos ir en una dirección o en otra; determinarán si seremos más eficientes para el sistema ocupando una u otra posición social; si seremos prescindibles o si debemos ser reciclados; si iremos al cielo de la eficiencia o al infierno de la improductividad.
La nueva doctrina, vomitada por los nuevos sacerdotes nos dice: “No sois nada. Solo sois paquetes de datos clasificables. Y estáis al servicio del Dios-Sistema. Lo amaréis por encima de todas la cosas y temeréis su ira cuando oséis ignorar sus designios”
¿Acaso no son los mismos conceptos que han encadenado nuestras mentes durante milenios, pero mucho más evolucionados y perfeccionados?
¡Es fascinante la capacidad que tiene el Sistema para cambiar de piel y adaptarse a las nuevas circunstancias que su propia evolución va generando!
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