EL GIRO DE TRUMP HACIA LO DESCONOCIDO
Por
Claudio Katz[1] / Resumen Latinoamericano/ 16 de Nov. 2016.-
El triunfo de Trump ilustra cómo la derecha
capitaliza actualmente el descontento popular generado por la
mundialización neoliberal. Esa victoria profundiza las tendencias
emergieron con el Brexit y el crecimiento de partidos reaccionarios de
Europa.
La localización protagónica de este proceso en la primera potencia es
un acontecimiento mayúsculo. Estados Unidos es el epicentro de la
globalización capitalista y sus procesos internos impactan sobre todo el
planeta.
Las causas del ascenso de un personaje tan nefasto están a la vista.
Trump encarna el fastidio con la degradación social que padece la
principal economía del mundo. Pero más complejo es dilucidar el
significado de la convergencia entre los votantes conservadores
habituales y la masa de trabajadores blancos empobrecidos.
Las clasificaciones de Trump como outsider, populista o fascista
abren mayores interrogantes. ¿Intentará concretar su proclamado giro
hacia el proteccionismo? ¿Modificará las alianzas internacionales para
consumar un repliegue hacia el aislacionismo? ¿Precipitará un viraje
general hacia la desglobalización?
DECEPCIÓN Y HARTAZGO
En un país con bajísimo nivel de concurrencia a los comicios, Trump
logró convocar a todos sus sufragantes. Por el contrario potenció la
deserción de los votantes del partido demócrata y afianzó el abandono
que ya sufrió Obama en todas las elecciones de medio término. Se impuso
el voto castigo contra una gestión que defraudó a sus adherentes.
Los primeros decepcionados fueron los afroamericanos, que bajo el
gobierno del primer presidente negro afrontaron mayores padecimientos.
La desigualdad socio-racial aumentó y los asesinatos policiales
destruyeron familias a un ritmo vertiginoso.
Las cárceles retratan este hostigamiento racial. Casi el 40% de los
apresados son afroamericanos. Uno de cada seis integrantes de esa
comunidad ha estado en prisión desde el 2001. Un sistema medieval
racista de encarcelamiento que rige en el país continuó penalizando a
los pobres y a las minorías.
Obama defraudó, en segundo lugar, a la comunidad latina. No
implementó la ansiada reforma migratoria y deportó a 2 millones de
indocumentados. Además, mantuvo en pie el alambrado que se construye en
la frontera con México desde 2006. Trump exige completar y perfeccionar
ese muro.
También fueron decepcionados los que esperaban una recuperación de
las libertades democráticas. Se mantuvieron las leyes de persecución y
espionaje interno instauradas por Bush. Con el pretexto de “luchar
contra el terrorismo” fueron reforzados todos los mecanismos del Estado
policial.
Los presos políticos emblemáticos de la lucha afroamericana (Mumia),
portorriqueña (Oscar López Rivera) e indígena (Pleiter) siguieron en la
sombra. Guantánamo no fue cerrada y se redobló la persecución del FBI
contra el periodismo crítico.
Pero el sector más desengañado con Obama fueron los asalariados, que
continuaron soportando un deterioro mayúsculo de su nivel de vida. La
contraparte de esa degradación fue la convalidación del socorro otorgado
a los bancos.
También la deslocalización de empresas continuó destruyendo el viejo
tejido industrial. Desde 1994 emigraron quince fábricas por día
sepultando 6 millones de puestos de trabajo. Las compañías que pagaban
en Michigan 20 dólares por hora, desembolsan actualmente en México tres
dólares por la misma labor.
Las consecuencias sociales de esta reconversión han sido
escalofriantes. Se masificó el consumo de drogas, los niveles de
educación y salud cayeron brutalmente y declinó el promedio de vida de
los asalariados blancos.
Hillary no sólo defendió esta gestión demoledora del sueño americano.
Careció del encanto y la novedad que ofreció Obama y no pudo disimular
la red de corrupción que forjó en torno a la Fundación Clinton. El
rechazo a una candidata con poco carisma y nula decencia gatilló la
victoria de Trump.
UNA SORPRESA CON MUCHAS EXPLICACIONES
El perfil reaccionario de un presidente estadounidense no es una
novedad. Trump encarna una vieja tradición rural y protestante, que con
el TEA Party afianzó el perfil ultra-conservador de los líderes
republicanos.
El millonario extremó todos los tópicos de esa tendencia, con
retóricas machistas, insultos a las minorías y denigraciones de la
mujer. Tildó de violadores y traficantes de drogas a los dirigentes de
incontables comunidades.
No se privó, además, de exhibir su afinidad con la Asociación
Nacional del Rifle, en un país sacudido por balaceras cotidianas.
Repitió todos los delirios de la derecha cristiana sobre el creacionismo
anti-darwiniano y ponderó la enseñanza religiosa para atacar el aborto y
el matrimonio igualitario.
Pero Trump logró desbordar este cerrado entorno derechista al
conquistar la adhesión de los trabajadores blancos empobrecidos. Capturó
el voto de los distritos industriales con un doble mensaje de crítica a
los empresarios (que deslocalizan plantas) y a los inmigrantes (que
“usurpan” puestos de trabajo).
Su discurso xenófobo fue brutal. Culpabilizó a los extranjeros por el
desempleo, exigió el cierre de las fronteras y reclamó deportaciones
masivas. Obtuvo su nominación cuando potenció esa retórica chauvinista.
El apoyo que logró en la clase obrera no atenúa en lo más mínimo su
carácter reaccionario. Algunas miradas edulcoradas olvidan este dato, al
resaltar exclusivamente su captura del descontento popular. Ciertamente
canalizó ese malestar, pero en una dirección muy regresiva y
contrapuesta a los intereses de los oprimidos.
Trump reavivó los prejuicios de los trabajadores frente al nuevo
patrón inmigratorio de los hispanos, que mantienen su identidad sin
repetir la asimilación a la sociedad estadounidense.
En ese cuadro de gran mutación demográfica y cultural, el millonario
ensanchó también la grieta con las minorías que obtuvieron logros
legislativos bajo la administración demócrata. Impugnó todas las
políticas asistenciales y focalizadas de esa gestión.
Trump se embanderó con los slogans de la anti-política. Descargó sus
municiones contra la “casta de Washington”, aprovechando el generalizado
hastío con los privilegios a la partidocracia.
El locuaz demagogo se calzó el disfraz de individuo ajeno a esos
contubernios y usufructuó del desprestigio que comparten los demócratas
con los republicanos. Las diferencias que separaban ambas formaciones se
han diluido y desde hace muchos años los asalariados no se alinean con
los primeros y las élites acomodadas no sostienen a los segundos. ¿Pero
Trump ofrece algo distinto?
OUTSIDER, PERO NO ANTISISTEMA
El nuevo presidente exhibe con orgullo su condición de potentado y
reforzó la idealización del capitalista que impera en Estados Unidos.
Reavivó también la fábula que asimila el éxito en los negocios con la
capacidad para dirigir un país. Olvidó recordar cómo refutaron esa
creencia los últimos millonarios que habitaron la Casa Blanca.
Pero Trump combina un cuantioso manejo de recursos propios con la
marginalidad política previa. Es un outsider que llega a la presidencia
sin pasar por el filtro del Congreso o las gobernaciones. Desde la
periferia del partido republicano logró doblegar al establishment de esa
organización.
Primero se instaló como figura pública a través de un reality show
que escenificaba su propia vida como descarnado capitalista. Luego
construyó su carrera desafiando a los popes de la comunicación que
objetaban ese estilo. Por esa vía capturó el creciente malestar de la
población con los medios, que manipulan encuestas y políticos según las
conveniencias del momento.
Con esa beligerancia contra los formadores de opinión Trump afianzó
su imagen de personaje divorciado de las oscuridades del poder. Emergió
como un outsider, pero no es ajeno, ni contrapuesto al sistema. Es un
exponente de la clase dominante que oprime al pueblo estadounidense. Con
una nueva carga de brutalidad y demagogia pretende contrapesar la
desprestigiada hipocresía de los Obama-Clinton.
Trump es un servidor de la clase capitalista. La imagen de extraviado
que difunde la elite neoliberal oscurece esa función. Ciertamente dice
cosas horripilantes e inverosímiles pero su estrategia no es alocada.
Pretende recomponer un sistema político carcomido por la crisis
económica que desató el colapso financiero del 2008.
Muchos piensan que intentará esa reorganización con los métodos del
populismo. Pero cuestionan la demagogia y el nacionalismo sin aclarar su
singularidad política. Trump tenderá a ejercer el gobierno en forma más
directa sorteando una estructura institucional en crisis.
Seguramente adoptará una actitud más cesarista frente a los
contrapesos que filtran la práctica presidencial. Pero las facultades
que tendrá para designar titulares de la Corte Suprema, no le ahorrarán
duras negociaciones con el establishment republicano.
Quizás la trayectoria de Berlusconi sirva como antecedente para
anticipar la conducta de Trump. Al igual que el norteamericano emergió
del universo mediático frente al colapso del sistema político.
Finalmente puso en práctica una gestión muy derechista sin alterar el
status quo.
Trump es visto también como un líder fascista que podría repetir las
tragedias del siglo XX. Su discurso racista tiene muchos ingredientes de
este tipo. La gritería contra los inmigrantes rememora la violencia del
Ku Klux Klan, que tiene un potencial heredero en las milicias de los
suprematistas blancos. Un conocido exponente de esos cavernícolas
(Banon) ha sido designado en un alto cargo.
Pero estos elementos distan de configurar un escenario próximo al
fascismo. Esta modalidad no está en la agenda próxima de la clase
dominante. Se avecina una crisis con otro tipo de disyuntivas.
CONTRADICCIONES ECONÓMICAS
Dado el récord de mentiras que acumula Trump sus próximos pasos son
imprevisibles. Ha sido ridiculizado como un acabado exponente de la “pos
verdad”. No esperaba llegar a la presidencia y carece de equipos. Por
eso recién en las próximas semanas se sabrá qué porcentaje ensayará de
sus pomposos anuncios. Deberá clarificar en qué consiste su intento de
“hacer nuevamente grande a América”.
Trump prometió efectivizar un acelerado proceso de
reindustrialización, premiando a las empresas que reinviertan en el
país. Pero el monto de los subsidios -para compensar las diferencias de
beneficio que genera la deslocalización- es monumental.
Las compañías que emigran no son marginales. Agrupan a un importante
segmento de corporaciones que ha internacionalizado sus procesos de
fabricación. ¿Cómo hará Trump para que vuelvan a Detroit las firmas
automotrices afincadas en las maquilas de la frontera mexicana?
Los dilemas no se concentran en un sólo sector. En las últimas
décadas se reforzó significativamente todo el segmento mundializado de
las empresas, en desmedro de las viejas fracciones que únicamente
producen y venden para el mercado interno.
Esta misma contradicción se extiende al plano financiero dada la
elevadísima internacionalización de los bancos estadounidenses. Esas
entidades constituyen el principal pilar de la globalización y
encabezaron la resistencia a todos los intentos de regulación nacional.
Bloquearon especialmente la segmentación de operaciones y la reducción
de las comisiones que intentó Obama.
Trump despotricó contra Wall Street y prometió penalizar a los
banqueros. Pero pertenece al partido que ha obstruido una tibia reforma
para supervisar las operaciones riesgosas.
Las relaciones con los bancos son claves para un proyecto de
reindustrialización basado en gigantescos planes de obra pública. Ese
programa requerirá montos descomunales de financiación que el nuevo
presidente no aclaró cómo serán recolectados.
Trump sólo anticipó beneficios fiscales. Prometió suprimir los
impuestos federales a los hogares modestos y ratificó su disposición a
retomar las políticas “ofertistas” (de menores gravámenes al patrimonio)
que implementaron Reagan y Bush. Si concreta ese jolgorio recibirá
cálidos aplausos de sus colegas, pero no tendrá un solo dólar para la
reconstrucción industrial.
La insoslayable captación externa de fondos es otra incógnita.
Estados Unidos arrastra una monumental deuda pública, que en gran parte
es solventada con el crédito chino. Por eso el proveedor asiático cuenta
en la actualidad con un inmenso acervo de bonos del tesoro. Si Trump
confronta comercialmente con China para apuntalar su modelo industrial:
¿cómo mantendrá la indispensable financiación del acreedor oriental?
El gran enigma subyacente es la capacidad de la economía
estadounidense para preservar el ciclo de tasas de interés negativas,
que permitió la recuperación en los últimos años. Si el costo nulo del
dinero se revierte no sólo podría reaparecer la recesión. Reavivaría la
traumática reorganización pendiente del sistema bancario.
Todas las iniciativas de Trump potencian a una peligrosa tendencia
alcista de las tasas de interés. Su estrategia tiene cierto parentesco
con el “Reganomics” de los años 80, que bajo el impulso del gasto
militar, las políticas fiscales expansivas y la restricción monetaria
generó un superdólar muy adverso a la economía estadounidense.
El país ya afronta el mismo dilema que corroe a Inglaterra luego del
Brexit. Cumplir allí con el mandato de salida de la Unión Europea
plantea dos riesgos explosivos: abandono de los bancos que sostienen la
City londinense y eventual secesión de Escocia. Disyuntivas de la misma
magnitud se avizoran en Estados Unidos.
¿UN GIRO AISLACIONISTA?
Trump agitó en la campaña drásticas propuestas de giro
proteccionista. Prometió elevar los aranceles de importación, gravar los
productos fabricados en China y revisar todas las normas monetarias
impositivas que afectan al sector manufacturero. Rechazó el control del
medio ambiente y propuso reabrir las minas de carbón ¿Podrá implementar
semejante viraje?
Algunos analistas estiman que se sumará a una tendencia que ya está
en curso en la economía mundial. Recuerdan que actualmente el comercio
crece por debajo de la producción. Mientras que en 1985-2007 los
intercambios mundiales aumentaban a un ritmo dos veces superior que al
PBI, en los últimos cuatro años sólo acompañaron el nivel de actividad.
Pero la economía estadounidense no sintoniza necesariamente con ese
rumbo. Se recuperó más rápidamente que Japón y Europa por el
comportamiento dinámico de sus sectores internacionalizados. Esa ventaja
le permitió exportar gran parte de la crisis a sus rivales. Cualquier
giro proteccionista afectaría de inmediato la altísima rentabilidad de
esos sectores. La alta tecnología, por ejemplo, quedaría afectada de
inmediato.
El principal test será la actitud de Trump frente a los tratados de
libre comercio, que Obama negociaba aceleradamente con varios gobiernos
de Asia y Europa. La oposición a esos convenios fue una bandera central
del millonario. Pero esa actitud choca con la estrategia propiciada por
el establishment, para afrontar la crisis económica con mayor
liberalización comercial. Por eso la suscripción de tratados no se
detuvo, a pesar del estancamiento del comercio.
No sólo Obama y Bill Clinton fueron abanderados de esos convenios.
Todas las administraciones republicanas apuntalaron acuerdos que
aseguran incontables beneficios a las empresas globalizadas.
En este terreno ha prevalecido hasta ahora un doble discurso. En
todas las campañas florecen críticas a los tratados, que luego el
ganador archiva cuando asume el gobierno. Por eso la revisión de los
convenios fue un caballito de batalla no sólo de Trump, sino también de
Hillary. ¿Qué hará el nuevo presidente con el TTP, el TTIP, e NAFTA y la
multitud de TLCs bilaterales que Estados Unidos suscribió con sus
socios?
La irritación de las élites neoliberales con cualquier cambio en este
campo es mayúscula. Proclaman que “la noche cayó sobre Washington” por
haber urgido a un aislacionista.
En el bando opuesto del progresismo algunos críticos del Trump
reaccionario ven con simpatía al Trump proteccionista. Estiman que
introduce un giro positivo en la globalización, que acelerará el colapso
de la nefasta apertura comercial. Pero olvidan a quién elogian. No cabe
esperar virajes alentadores de semejante troglodita.
Hasta ahora ningún país del Primer Mundo ensayó un giro antiliberal o
anti globalizador. Los pequeños cambios de algunos gobiernos
socialdemócratas de Europa se deshicieron en pocos días. Los intentos
más perdurables en América Latina también fallaron.
En realidad la presidencia de Trump no define el fin de la
globalización, por la misma razón que el descalabro del 2008 no implicó
el fin del neoliberalismo. Sólo inaugura una crisis mayor de ambos
procesos.
¿REPLIEGUE DEL IMPERIALISMO?
Trump abusó de la pirotecnia electoral en la política exterior
enunciando todo tipo de disparates. Pero planteó un novedoso
realineamiento con Rusia para confrontar con China y fue acusado por
Hillary de connivencia directa con Putin.
Ese chisporroteo puso de relieve una divergencia de estrategias en el
Pentágono, que se tradujo en la guerra de mails filtrados por el PBI,
para desprestigiar a ambos candidatos.
Todo el establishment político-militar coincide actualmente en
apuntalar las guerras regionales que refuerzan el control imperial. Por
eso implementaron la destrucción de cuatro estados en Medio Oriente
(Afganistán, Irak, Libia, Siria) y ejecutan bombardeos permanentes, que
naturalizan la matanza de la población civil. Lo mismo sucede en varias
zonas de África.
Obama ha busca un mayor compromiso de sus socios europeos y árabes
con esas agresiones. Por eso intentó mantener el control estadounidense
de las operaciones con menos tropas en el terreno.
Pero preservó también una problemática indefinición sobre la
prioridad del adversario ruso o chino, conservando una presión
indistinta sobre ambos. Por eso incentivó las provocaciones en Ucrania y
los despliegues de misiles en Europa del Este contra el primer
contendiente y el rearme naval contra el segundo adversario.
Cómo esta ambigüedad suscita el temor de una eventual alianza de
ambas potencias contra Estados Unidos, viejos consejeros (como
Brezinski) sugieren optar por un curso más selectivo. La disyuntiva de
Trump-Hilary entre mayor enemistad con China o Rusia refleja una
reorientación en curso, que a su vez traduce la tensión tradicional
entre sectores belicistas (asociados al complejo militar industrial) y
vertientes negociadoras (vinculadas a las empresas transnacionales).
La conducta a seguir en la guerra en Siria será la primera prueba de
esa definición. La victoria de Trump fue muy festejada por Israel, que
espera la prometida reversión de los acuerdos con Irán y una actitud más
beligerante contra todos los descalificados “musulmanes”.
Pero si el nuevo presidente quiere implementar una aproximación con
Rusia deberá defraudar a los halcones, que a través de Hillary proponían
subir la apuesta de intervención contra el régimen de Assad.
En cualquier caso Trump sólo evalúa cursos imperiales para ajustar
las acciones del sheriff del mundo. Estados Unidos actúa como protector
militar del capitalismo global y no considera ningún abandono de ese
rol.
Trump pretende descargar sobre sus aliados una mayor porción de los
costos de la dominación imperial. Por eso propone reformular la OTAN,
otorgar mayor protagonismo a Europa e introducir a Corea del Sur en el
club atómico. Intentará reforzar el curso ya iniciado con la mayor
intervención de Francia en Medio Oriente.
Algunos analistas olvidan la vigencia de la estructura imperial a
escala global, cuando suponen que el declive de Estados Unidos
desembocará en un repliegue de la primera potencia. Estiman que Trump
concretará esa reclusión, al reconocer de hecho la pérdida de hegemonía
de su país.
De ese diagnóstico surgen curiosos pronósticos de un próximo período
signado por actitudes negociadoras de Estados Unidos. Se imagina la
gestación de un contexto que abrirá grandes márgenes para la autonomía
europea y las políticas nacionales de la periferia. El acuerdo con Rusia
es visto como el principal eslabón de esa retirada yanqui.
Pero ese escenario pacifista no parece muy congruente con los
objetivos y el temperamento de Trump. Con su victoria no desembarca una
paloma a la Casa Blanca.
EL IMPACTO SOBRE AMERICA LATINA
El nuevo presidente ha sido muy explícito en sus planes para México.
Construir el muro y expulsar a los inmigrantes. Cualquiera sea el grado
de cumplimiento de esas amenazas su intención agresora es nítida.
La variante más tenue de su proyecto supondría mayores atribuciones a
la policía fronteriza o un ultimátum a México para que contenga a los
migrantes dentro su territorio. En lo inmediato prepara una gran redada
contra los indocumentados para acelerar su expatriación.
La esperada revisión de todos los acuerdos con México ya desató una
gran devaluación de la moneda azteca y obviamente Peña Nieto no prepara
ninguna resistencia. Recibió a Trump en el pico de sus insultos contra
los inmigrantes.
Lo que suceda con México clarifica la política latinoamericana. El
millonario no ha dicho que hará frente a Cuba y Venezuela. Tuvo frases
conciliatorias hacia Chávez, pero al mismo tiempo ensalzó al golpismo
anti bolivariano. Aceptó la distensión con Cuba, pero se fotografió con
los gusanos más retrógrados de Miami. Su afinidad con Uribe abre
interrogantes sobre el proceso de paz en Colombia.
Conviene recordar que Hillary promovía un endurecimiento hacia la
región. Propició la militarización de Colombia, apuntaló a los golpistas
en Venezuela e intervino directamente en Honduras en el derrocamiento
de Zelaya. Es difícil suponer que Trump adoptará una actitud más
benevolente. Pero su triunfo ha modificado el tablero regional.
Clinton aseguraba la continuidad del sostén aportado por Obama a la
restauración conservadora en Sudamérica. Promovía la reconstitución del
protagonismo de la OEA sobre el nuevo tejido derechista. Aunque Trump
mantenga la misma agenda, su presidencia modifica la sintonía actual de
Estados Unidos con los gobiernos conservadores. Su agresión contra
México obstruye la combinación de zanahoria con garrotes que auspiciaba
Hillary.
Con Trump tambalea también la Alianza del Pacífico que sintetizaba
todos los proyectos de la restauración económica neoliberal. La
ratificación de los tratados bilaterales y la apertura comercial han
quedado en el limbo. Además, si trepan las tasas de interés se revertirá
la afluencia de fondos que tuvo la región en la última década.
Muchos analistas debaten cuál será el grado de intervención del
imperio sobre la región. Algunos advierten la inminencia de mayores
atropellos y otros avizoran un respiro. Quienes identifican a Trump con
el repliegue aislacionista suponen que podría aflojar la presión
tradicional sobre América Latina. Pero la experiencia indica que Estados
Unidos nunca “olvida” a su “patio trasero”.
UNA CALDERA EN GESTACIÓN
Trump defraudará a sus electores. No limpiará la casta de políticos
de Washington, ni devolverá los empleos de calidad en la industria. Pero
mucho antes de lidiar con esa decepción deberá afrontar una intensa
resistencia en las calles. En 25 ciudades del país ya irrumpieron
manifestaciones de rechazo y se prepara una gran marcha de repudio para
el día de su asunción.
En todo el país se registra un significativo resurgimiento de la
acción popular directa. Varios movimientos retoman esta tradición. Los
militantes de Black lives matter (la vida de los negros importa)
encabezan las protestas contra la violencia policial racista. Los
movimientos de indígenas defienden con bloqueos los recursos naturales y
los indocumentados mantienen sus demandas de legalización. En las
cárceles se ha concretado la primera huelga de prisioneros sometidos a
la explotación laboral. Estas iniciativas retoman la práctica callejera
que reapareció en el 2011 con los ocupantes de Wall Street.
Pero también emerge la oposición en el plano político. En la reciente
elección fue nuevamente visible el escandaloso sistema antidemocrático
de colegios electorales. Trump es presentado como el indiscutible
ganador de los comicios, cuando prácticamente empató con Clinton en el
número de votos. En cualquier otra nación esa paridad habría suscitado
una crisis de legitimidad. Muchos manifestantes cuestionan esa anomalía.
La mayor mutación política subyacente antecedió a Trump con la
llegada de Sanders. El líder independiente desembarcó con una propuesta
progresista en el Partido Demócrata y casi gana la interna. Suscitó un
gran entusiasmo con su propuesta de dividir a los bancos y universalizar
el sistema de salud y educación. Se negó a recibir aportes de las
grandes empresas y promovió la sindicalización de los trabajadores.
Sanders reivindicó una tradición socialista que ha sido asumida sin
prejuicios por sectores de la juventud. Pero finalmente aceptó sostener a
Hillary a pesar del enorme rechazo que generaba esa figura, obstruyendo
la construcción de otra opción. Su impacto ilustra las grandes
posibilidades de expansión que tiene la izquierda estadounidense, si
logra superar la subordinación al partido demócrata.
Con el resultado de la elección norteamericana comienza un nuevo
período de la crisis global. El colapso del 2008 ilustró la dimensión
económica de esa convulsión y el ascenso de Trump retrata el alcance
político de ese torbellino. Un tercer capítulo de ese proceso se está
gestando con protagonismo desde abajo y búsqueda que una alternativa
popular.
16-11-2016.
[1] Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI. Su página web es:
www.lahaine.org/katz