martes, 7 de mayo de 2019

La ira de Facebook


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La ira de Facebook 

 

 

José Carlos Rodríguez

Facebook ha expulsado a varias organizaciones, grupos e individuos de su plataforma. Lo que tienen en común, todos menos uno, es situarse en la extrema derecha: Alex Jones e InfoWars, Paul Joseph Watson, Paul Nehlen, Laura Loomer y Milo Yiannopoulos. La excepción es Louis Farrakhan, líder de una organización negra estadounidense llamada Nation of Islam.
Facebook viene de haber hecho lo mismo en Dinamarca y en el Reino Unido. En este caso, Facebook ha hecho público su criterio para expulsar todas estas cuentas: Afecta, dice, a “individuos y organizaciones que fomentan el odio, o atacan o llaman a la exclusión de otros sobre la base de lo que son”. Criterio que, a la luz de lo que expone la propia plataforma, valdría para que Facebook se prohibiese a sí misma, ya que su política consiste precisamente en la “exclusión de otros sobre la base de lo que son”.
Continúa la compañía: “Bajo nuestra política sobre personas y organizaciones peligrosas, prohibimos a aquéllos que proclaman una misión violenta o llena de odio, o están implicados en actos de odio o violencia”. Advierte así mismo que “se prohibirán los post u otros contenidos que expresen elogios o apoyos a estas figuras o grupos”. Y concluye: “Nuestro trabajo contra el odio organizado está en marcha, y continuará revisando individuos, organizaciones, páginas, grupos y contenidos que atenten contra nuestros criterios sobre la comunidad”.
Facebook tiene un sesgo evidente, y ha asumido como uno de los valores de su política expulsar la opinión más a la derecha, encaje o no con sus apelaciones al odio y la violencia
Es un asunto complejo, porque implica varios niveles de discusión, dentro de los cuales uno puede encontrarse a un lado u otro, según sea el caso. Uno de ellos es la relación entre la libertad de expresión y la libertad de empresa. Otro son las preferencias ideológicas de cada uno. Otro plano se refiere a la conveniencia, o no, de que una plataforma como Facebook expulse a una parte de la opinión. Todavía un plano más es el del criterio que utilice. Y la lista no quedaría completa sin considerar la arbitrariedad de la empresa a la hora de prohibir determinados contenidos.
La primera cuestión para mí está perfectamente resuelta: La libertad de expresión y la de empresa son exactamente la misma. La Cadena SER, por ejemplo, tiene la misma libertad de contratar a Ignacio Escolar como contertulio como la de despedirle, y en ambos casos es para elaborar unos contenidos que son los que desea la empresa, en su inmarcesible derecho a expresar lo que considere. De otro modo, tendría que incluir o excluir contenidos en función de lo que decidieran otros, y si se viera obligado a hacerlo diríamos, con razón, que se está violando su libertad de expresión. Pero al mismo tiempo se violaría el aspecto empresarial de su libertad.
Esto es así porque, como decía Murray N. Rothbard, los derechos fundamentales tienen como fundamento el derecho de una persona sobre sí misma, y el derecho de propiedad. ¿Por qué los socialistas de todos los partidos, en cuanto les pones ante la oportunidad de censurar a alguien optarán por hacerlo? Entre otras cosas porque no creen en la propiedad privada.
Y ¿por qué, si Facebook hubiese prohibido, con los mismos criterios, todos los grupos comunistas, la misma izquierda que sólo rompe su silencio para mostrar su entusiasta adhesión a la política de Facebook hubiera organizado una campaña de dimensiones inéditas contra esa medida en nombre de la libertad de expresión? Por los mismos motivos.
De modo que Facebook tiene todo el derecho de expulsar de su plataforma los contenidos que le venga en gana, y no por eso estará violando la libertad de expresión de los demás. Los expulsados tienen todo el derecho a expresarse, pero no pueden obligar a los demás a que les faciliten sus medios para propagar sus ideas. Tendrán que recurrir a su propiedad, o a cualquier forma de colaboración voluntaria, para expandir sus mensajes.
La segunda cuestión es la ideológica. Por desgracia no puedo compartir un perfil exacto de organizaciones como InfoWars o la English Defense League, que prohibió el mes de abril. Sobre los personajes que ha expulsado de su sitio, me ocurre lo mismo con Alex Jones, Paul Joseph Watson o Laura Loomer, entre otros. No he mostrado ningún interés en ellos (fallo mío), y sólo he podido ver lo que ha saltado a mi corriente de twitter, rebotado de otras cuentas.
Sí conozco bien el caso de Milo Yiannopoulos. Para él, la exposición pública de su homosexualidad y la crítica al Islam (religión que tiene un espíritu censor más que facebookiano hacia la homosexualidad), es una y la misma cosa. Y no podría ser de otro modo. ¿Cómo se pueden defender los derechos de todos a elegir su sexualidad y no señalar el modo en que en el Islam se violan esos derechos de forma sistemática?
A las críticas de Yiannopoulos se suman las de esos otros autores, que ven al Islam como una amenaza a la forma de vida en Occidente. Como digo, no puedo hacer valoraciones exactas sobre esos perfiles, pero hay una distinción necesaria y que no sé si Facebook la ha tenido en cuenta. Una cosa es criticar o incluso odiar unas ideas, y otra es expresar el mismo sentimiento por las personas que las defienden.
Esta es una distinción esencial, pero para la que muchos no están intelectual o moralmente preparados. Las ideas se adquieren por un proceso en parte intelectual y en parte afectivo; un proceso contradictorio tanto en las ideas como con la realidad. Por muy cerrada que tenga uno la mente, es un proceso abierto y no del todo programable. No podemos asegurar lo que pensaremos en el futuro. Eso hace que no se pueda hacer una asociación esencial entre una persona y sus ideas. Y eso permite que las personas puedan descalificar las ideas ajenas, sin que ello implique descalificar a la persona.
Es perfectamente legítimo odiar el nacional socialismo o el comunismo, por ejemplo. Quien se sienta más cercano a uno u otro totalitarismo no compartirá esta animadversión, y puede que lo tenga hacia el liberalismo. Pero nada de eso implica tener malos sentimientos hacia las personas que profesan esas ideas. Lo mismo cabe decir del Islam, y el hecho de que sea una religión no cambia nada.
Se puede decir que el racismo es un caso distinto, porque expresa desprecio, cuando no algo peor, por una cualidad que sí es inherente al individuo. Una cualidad que no puede cambiar, y esa distinción entre las ideas y las personas ya no está tan clara. En este sentido, las expresiones racistas, o antisemitas, pueden tener una consideración distinta.
De modo que una investigación puede demostrar, con testimonios internos, que Facebook tiene un sesgo evidente, y en realidad ha asumido como uno de los valores de su política expulsar la opinión más a la derecha, encaje o no con sus apelaciones al odio y la violencia. Y que el algoritmo disolvente se aplica a los sitios de derechas, pero nunca a los de izquierdas. Pero da igual. Tiene todo el derecho a hacerlo.
Tiene derecho, incluso, a hacerlo de forma no ya sesgada, sino oscura. Y lo ejerce sin miramiento alguno. Hay un caso muy chocante que, por motivos obvios, no puede asimilarse a todos los casos que he mencionado hasta ahora, pero que tiene ciertas similitudes.
Facebook ha borrado de forma permanente la cuenta de la periodista española Carmen Carbonell. En su cuenta personal compartía habitualmente los contenidos del programa de radio en el que trabaja: Sin complejos, de Luis del Pino, en esRadio. ¿Qué motivos han llevado a la plataforma a adoptar esta decisión? No los sabemos, porque no los ha facilitado. Sólo aclara que, a su juicio, la periodista “no ha seguido los términos de Facebook”. Carbonell, como el protagonista de El Proceso, se ha encontrado con que no sabe de qué ha sido acusada por Facebook, y la plataforma no le da opción alguna a conocerlo, no digamos a hacer alegaciones. El propio programa, al constatar la decisión arbitraria, que deja a Carmen Carbonell totalmente indefensa, ha decidido cerrar su propia página como medida de solidaridad con su trabajadora.
De modo que Facebook prohíbe contenidos, lo hace de forma sesgada, y puede ser arbitraria y oscura en sus decisiones. E insisto en que tiene derecho a ser todo eso. Porque crea una situación de inseguridad en quienes han confiado en esta red social. Una inseguridad aún mayor cuando advierte de que “se prohibirán los post u otros contenidos que expresen elogios o apoyos a estas figuras o grupos”. Criticar las decisiones de Facebook ¿será motivo suficiente para que la plataforma prohíba nuevas cuentas?
Es más, si sus decisiones son arbitrarias, si tiene además sus simpatías y sus fobias, como todo quisque, y no tiene ni la pretensión de ser ecuánime o imparcial, ¿cómo podremos confiar en que Facebook es un lugar idóneo para compartir información e ideas?
La última cuestión es si la política de Facebook es juiciosa. Si tira mucho de la cuerda, acabará por romperse. Los jóvenes ya identifican a Facebook con la red social de sus padres, y no quieren saber nada de ella. Su red es Instagram, que por eso la ha comprado la compañía de Mark Zuckerberg. El poder de Facebook es enorme, pero puede desvanecerse en cuanto salga una alternativa con normas generales, abstractas y claras para todo el mundo. Está pasando con Patreon, una plataforma de micromecenazgo que ha sido aún más mendaz en su política de prohibiciones. Y pasará con Youtube. Gab.com es una red social que nace con la vocación de no censurar el discurso de nadie. Parler es otro ejemplo. La revista Quilette desarrolla toda una sección titulada ¿Quién controla la plataforma?.
Zuckerberg es consciente de este peligro, y ya se ha adelantado pidiendo al gobierno federal que regule la expresión en redes sociales, para que sus decisiones a este respecto no acaben mermando su posición en el mercado. Y eso sí es actuar contra la libertad de expresión.
Foto: Thought Catalog

Al borde de la extinción


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Al borde de la extinción 

 

 

Luis I. Gómez Fernández

Ayer las portadas de todos los medios de comunicación nos daban la pésima noticia: ¡estamos a punto (pasado mañana, como quien dice) de provocar la extinción de un millón de especies! ¡Y lo hacemos a un ritmo sin precedentes! Esta apocalíptica afirmación se desprende de un informe de la “Plataforma Intergubernamental sobre la Biodiversidad y los Servicios Ecosistémicos (IPBES)”, organismo auspiciado por Naciones Unidas. No me digan que no es para ponerse a temblar. Además, nos los cuenta un grupo de científicos, ¡líderes mundiales en su especialidad! No hay nada que podamos hacer excepto seguir sus consejos para lograr devolver al planeta al punto perfecto de equilibrio del que le hemos sacado.
Llama poderosamente la atención el hecho de que la dialéctica utilizada por los medios y la propia ONU para presentar este informe sea prácticamente la misma que se utiliza cada vez que nos hablan del IPCC (ya saben el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático): la catástrofe es inevitable si seguimos así, lo dicen científicos expertos y la fiabilidad de lo que nos cuentan es prácticamente del 100%. Casi se puede pensar que la “idea” del IPCC es un concepto diseñado para ser multiplicado cada vez que se necesite aumentar el grado de tensión catastrofista a las pretensiones políticas de ciertos sectores. Tal vez sea una idea ridícula, pero todo esto me suena a que, como el asunto del Calentamiento Global/Cambio Climático parece que se va encontrando con cada vez más voces discordantes y no termina de contribuir a un clima de alarma suficiente, lo más “adecuado” es sacar un nuevo tema a las portadas siguiendo el esquema narrativo preestablecido.
Cuando leemos en el informe los resultados de las investigaciones llevadas a cabo no queda más remedio que reconocer que muy probablemente estén en lo cierto cuando valoran los datos actuales: el cambio en los usos del suelo, la sobrepesca en los océanos, la contaminación arrojada sin tratamiento de ningún tipo son, sin duda, factores que contribuyen a la desaparición de especies de nuestros ecosistemas. Nuestro recelo debe surgir, sin embargo, cuando de los resultados de diferentes trabajos de campo (en algunos casos, en otros se trata únicamente de extrapolaciones de datos) se diseña un futuro, sea este estremecedor o no. Y se diseña ese futuro ignorando las medidas de corrección que ya están siendo aplicadas o están teniendo lugar precisamente sobre esos elementos de impacto. Cada vez necesitamos menos suelo para cultivar y alimentar a la enorme población mundial, las reglamentaciones y cuotas de pesca son año tras año más restrictivas -y la piscicultura se desarrolla por todo el planeta-, los sistemas de reciclado y tratamiento de basura funcionan francamente bien en occidente y empiezan a implantarse en el resto del mundo. Parecía que no íbamos por el mal camino… hasta que llegó el informe del IPBES el otro día en París.
La ONU toma resúmenes científicos y los transforma en una masa políticamente aceptable. El documento resultante es lo que una sala llena de agentes políticos ha acordado decir en voz alta
Armados con “argumentos”, los políticos se han lanzado de nuevo a la carrera del miedo y la alarma. Oiga, ¿cómo dice que los políticos, si eso lo dicen científicos? Bueno, en realidad los científicos hicieron varios documentos de trabajo que terminaron en forma de informe … político. La ONU toma resúmenes científicos y los transforma en una masa políticamente aceptable. El documento resultante es lo que una sala llena de agentes políticos ha acordado decir en voz alta. No deben creerme a mí, el mecanismo de “redacción” del Informe lo pueden encontrar fácilmente en la Guía de Funcionamiento del propio IPBES (página 39):

Nada de esto es nuevo. Tiene mucho de neomalthusianismo, derrama un fuerte aroma a la filosofía de Paul Ehrlich: la sobrepoblación y su alimentación son el grave problema, el único problema. No importa que las tesis de Malthus o Ehrilch hayan sido desmontadas una y otra vez. Y cuadra perfectamente con el reciente cambio de matiz del alarmismo impulsado por el movimiento “Fridays for Future” ya decididamente abrazado a las consignas del famoso “decrecimiento” o derrumbamiento del sistema económico actual. No se a ustedes, pero a mí esto me suena a agenda política más que otra cosa.
No he leído nada en el informe sobre las especies nuevas descubiertas en los últimos 20 años. la ciencia, mediante descubrimientos y mejores métodos de catalogación de especies, garantiza que el número de especies crezca de manera constante y, a veces, rápidamente. Por ejemplo, un grupo de científicos descubrió en 2016 que no solo hay un tipo de jirafa, sino cuatro. Y que de esas cuatro dos, la “jirafa del norte” y la “jirafa reticulada” presentan números que las convierten en “especies en peligro de extinción”. Y la jirafa no es un caso aislado. Investigadores del Museo Americano de Historia Natural han llegado recientemente a la conclusión de que la cantidad de especies de aves no parece ser de 9,000, sino de 18,000. Hasta hace poco, el género de líquenes Cora consistía en una sola especie. Los nuevos métodos de secuenciación del ADN llevaron a la distinción de más de cien especies. También podemos observar lo mismo con los insectos. En lugar de 6,8 millones parece que pueda haber 40 millones de especies.
Por otro lado, los procesos de extinción también son muy comunes. Durante el largo período de evolución en este planeta, más del 99 por ciento de todas las especies que alguna vez existieron se han extinguido. En algunas ocasiones estos procesos son más rápidos, en otras más lento. Los mamíferos, por ejemplo, tienen un tiempo medio de supervivencia de un millón de años. También encontramos serios problemas de biodiversidad en el género Homo. Todas las especies de Homo excepto una están extintas. Todo lo que queda es el Homo sapiens (la única especie que tiene una idea de lo que es una especie). Cuanto más prósperos somos, mejor es nuestra implicación medioambiental. La economía de mercado es en sí misma una garantía de desarrollo sostenible y eficiente. Está demostrado que los países en los que el mercado es más libre, el balance medioambiental es claramente mejor que en aquellos países con economías planificadas o en situación de pobreza. La pobreza y la AUSENCIA de desarrollo económico son los verdaderos enemigos del medio ambiente. El alarmismo y los llamamientos al decrecimiento económico son simplemente herramientas políticas, no tienen que ver con la protección y conservación de nuestro medioambiente.
Foto: Mika Baumeister

El gulag son ellos


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El gulag son ellos


Sobre lo que le espera a Julian Assange en Estados Unidos, mayor universo carcelario del mundo.

Por Rafael Poch
La obvia voluntad de los medios de comunicación establecidos al silenciar todo lo posible el escandaloso caso de Julian Assange es que nos olvidemos del asunto y que este se diluya en la ruidosa cacofonía de la coral informativa.
Entre su detención, el 11 de abril, y el día 26, no se le le ha permitido recibir visita alguna, ni siquiera de médicos, abogados, diputados o familiares, en la prisión de alta seguridad de Belmarsh, que la BBC designó en su día como el “Guantánamo británico”. Que alguien pueda ser sometido a semejante régimen de aislamiento en una prisión de ese tipo por una banal violación de la libertad condicional bajo fianza, es un insulto a la inteligencia.
No es el “caso Assange”
Dejemos las cosas claras: esto no es el “caso Assange”, sino el de la libertad de información. Desde el fin de la II Guerra Mundial, lo que el expresidente Jimmy Carter define como “la corrupta oligarquía de Estados Unidos” ha llevado a cabo todo tipo de guerras, guerras comerciales, embargos, bombardeos, invasiones, operaciones de cambios de régimen que, según estimaciones internacionales, suman unas cincuenta intervenciones directas en las que perdieron la vida entre 20 y 30 millones de seres humanos. Estados Unidos es “la principal amenaza a la paz mundial”, dice Oskar Lafontaine. Pues bien, Assange es culpable de haber revelado muchos detalles y métodos recientes de esa inusitada violencia. No ha sido el único, pero su informe, a través de WikiLeaks, ha sido enorme y muy dañino para el imperio. Periodísticamente ha sido, sin duda, el mayor scoop del siglo. Por eso Estados Unidos ha querido escarmentar con ese ejemplo, mostrando lo que les puede pasar a todos los periodistas, incluso si no son estadounidenses (Assange no lo es), en cualquier parte del mundo.
El jueves 2 de mayo Assange acudirá a su primera comparecencia judicial sobre la solicitud de extradición a Estados Unidos. Lo que se ha visto hasta ahora de la justicia británica, cómplice indigna de esta barbaridad liberticida, hace temer lo peor. Pero, ¿qué le espera a Assange?
Lo que le espera a Assange
“Cuando lo atrapen harán con él cosas criminales e inmorales, será la tortura”, explica Matthew Hoh, funcionario del Center for International Policy de Washington. “Le pondrán una capucha en la cabeza, será esposado y encadenado, lo embarcarán en un vuelo clandestino, será llevado a Estados Unidos y sometido a aislamiento, lo que es una forma de tortura”, explica el periodista Chris Hedges, premio Pulitzer. “Es así como rompen a la gente: será interrogado sin pausa, le aplicarán todas las técnicas psicológicas posibles, en su celda hará mucho calor, luego mucho frío, le despertarán constantemente, cada dos o tres horas, para impedirle dormir, puede que le metan en una celda sin agua para obligarle a pedir agua, para ir al lavabo o lavarse”, dice. “Todo el mundo tiene su punto de quiebra, le intentarán destruir psicológicamente. Lo hemos visto con muchos casos de detenidos, la mayoría vendidos a Estados Unidos por señores de la guerra en Afganistán o Pakistán: quedan emocionalmente inválidos de por vida. Será una tortura científica”, dice Hedges, citado por Elizabeth Vos en Consortium News. Todo eso puede deducirse del injusto proceso y detención sufrido por Chelsea Manning. “Habrá un barniz de legalidad, una apariencia, pero será tratado como todas las personas de todo el mundo que han desaparecido en ese sistema”, pronostica Hedges.
La cárcel interior del imperio
Ese sistema es el que corresponde a la acción imperial de Estados Unidos, a la violencia exterior ejercida por ese país, pero tiene una dimensión interior muy clara y conocida –aunque se hable poco de ella– que confiere a Estados Unidos la capitalidad mundial del gulag: el mayor sistema carcelario del mundo. El gulag son ellos.
En Estados Unidos más de mil personas mueren anualmente a manos de la policía por arma de fuego, golpes o gases. La policía tiene, en la práctica, licencia para matar, a juzgar por el insignificante número de agentes juzgados.
“Venganza y represión son objetivos explícitos de las instituciones del Estado hacia los negros”, dice el periodista suizo Walter Tauber, un veterano excorresponsal del semanario Der Spiegel. “Quien entra en la maquinaria de la justicia como negro, casi nunca se convertirá de nuevo en un ciudadano libre, incluso si su delito original hubiera sido fumarse un porro en la juventud y luego robar una pizza por hambre. Millones de negros y latinos son liberados de la cárcel sin recuperar la libertad, porque muy pocos logran convertirse de nuevo en ciudadanos libres”, dice.
Casi cada día un negro es asesinado a balazos por un agente. Según el diario USA Today, entre 2006 y 2012 agentes de policía blancos mataron cada año una media de 96 jóvenes negros, uno cada cuatro días. Pero esa cuenta del FBI solo concierne a delincuentes condenados. Esa situación fue la que generó el movimiento Black Lives Matter (“Las vidas de los negros importan”). La ciudad de Ferguson (Missouri) fue uno de los centros de aquel movimiento. La protesta de Ferguson arrancó, en agosto de 2014, tras la muerte del joven Michael Brown.
Desde entonces, seis personas vinculadas a aquellas protestas han muerto en circunstancias escandalosamente sospechosas: dos fueron encontrados calcinados y con una bala en la cabeza dentro de un coche incendiado en dos sucesos independientes, otros tres murieron en extraños suicidios y un sexto murió en un autobús en lo que se explicó como un caso de sobredosis. Los líderes de la protesta reciben anónimos amenazantes. A uno de ellos, el sacerdote Darryl Gray, le pusieron dentro del coche una caja en la que había una serpiente. Una de las activistas concernidas  atribuye esta serie de incidentes a “supremacistas blancos o simpatizantes de la policía”.
La mayor red de cárceles del mundo
En Estados Unidos más de 2,3 millones de personas, la mayoría de ellas negros y latinos, están recluidas en la mayor red mundial de cárceles y centros de detención para inmigrantes del mundo. Si a ellos se suman aquellos que están en libertad provisional, la cifra asciende a siete millones. Ningún país del mundo mantiene tantos prisioneros como Estados Unidos: 698 personas por cada 100.000 habitantes. Más que la Unión Soviética en su etapa final, más que China, que tiene 1,6 millones de presos con una población cuatro veces mayor; más que en la actual Rusia o en Brasil (600.000); y aún más que los 400.000 de India (cifras de 2015). Muchos están encarcelados por el hecho de ser pobres y no poder pagar una fianza de 10.000 dólares, y uno de cada cinco por haber sido sentenciados a duras penas por asuntos de droga sin mediar violencia.
Las condiciones de encarcelamiento son atroces, como reveló en marzo un informe del Departamento de Justicia sobre las prisiones del Estado de Alabama: violaciones, asesinatos, palizas, suicidios (15 en los últimos quince meses). Esta situación viene amparada por lo que un especialista define como, “la naturaleza oculta de las prisiones de Estados Unidos”, algo que parece, “una opción política deliberada única entre las democracias”. “No hay en Estados Unidos una institución nacional independiente que supervise las condiciones de vida en las cárceles”, dice.
Agujero negro
Unos 61.000 presos sufren diariamente celdas de aislamiento, procedimiento que Naciones Unidas equipara con la tortura y del que muchos salen mentalmente enfermos. Hace tres años entrevisté a Albert Woodfox, un activista negro de 71 años que me explicó lo que significa el aislamiento: “Una celda de 6 metros cuadrados en la que estás solo y encerrado 23 horas al día con una hora en el exterior. También hay gaseamientos y golpes, es tortura”, decía el exrecluso. “El sistema está diseñado para romper tu espíritu y tu dignidad, muchos se vuelven locos, otros se suicidan, hay gente que se corta las venas para poder salir unas horas al hospital”.
Woodfox ha sido, seguramente, el preso del mundo que más tiempo ha pasado en régimen de aislamiento: 43 años y diez meses. Entró en la cárcel por delitos menores por los que fue condenado a 15 años, luego se escapó y se hizo activista contra las condiciones de encarcelamiento en el Estado de Nueva York. Ese activismo lo llevó de nuevo a la cárcel donde se adhirió al movimiento de los Black Panthers. “Creamos la única célula de los Black Panthers en prisión y nos acusaron de la muerte de un guardia, todo fue un montaje, nuestro proceso fue una venganza por nuestra militancia”. El aislamiento fue parte de aquella venganza, porque “desde el momento en que has sido condenado, te conviertes en un esclavo”.
Esa frase de Woodfox no es retórica. Adoptada en 1865, la decimotercera enmienda de la Constitución americana prohíbe la esclavitud… “excepto como castigo de un delito del que el responsable haya quedado debidamente convicto”. Woodfox y sus compañeros eran convictos del más grave delito: la rebelión de los negros para ser considerados y tratados como personas. De ahí parte toda una industria carcelaria de gestión, frecuentemente privatizada, que se alimenta con trabajo esclavo.
Tal es el contexto, general y concreto, de lo que le espera a Julian Assange en Estados Unidos cuando la judicatura británica apruebe su extradición: ingresar en ese agujero negro.
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El voto del miedo


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El voto del miedo


Análisis sobre la farsa electoral.

Por Juanma Agulles
I
Todas las citas electorales son la escenificación formal de la ausencia de democracia sobre la que se sustentan las sociedades contemporáneas.
El ritual del voto, ejercido con espíritu cívico y responsable, es una afirmación de irresponsabilidad individual ante el chantaje social que propone delegar libertad y autonomía a cambio de seguridad y certidumbre.
El ritual del voto, ejercido como un «mal menor», tapándose con dos dedos la nariz, es la afirmación de la impotencia por parte de aquellos que, aun siendo conscientes de la farsa, siguen pensando, en el fondo, que «algo podría ir mal» si no lo hicieran.
Así, la lógica de lo menos malo encubre, aunque sea por un momento, la sospecha de formar parte de lo peor.
Pero lo peor del voto del miedo no es el miedo —que puede tener sus razones, fundadas o no—, sino el voto mismo. La idea subyacente de que una representación mejor, o menos mala, supondrá algún grado de mejora, o de freno en la degradación, de la situación social contemporánea. La aceptación del argumento implícito que señala que las democracias parlamentarias del capitalismo son democracias incompletas, y que una participación distanciada, táctica, no es más que la utilización de un medio imperfecto para un fin legítimo.
Como en toda producción ideológica, aquí, la verdad está puesta cabeza abajo. Las democracias parlamentarias, sustentadas en el sufragio universal y la elección de representantes políticos, se organizaron, precisamente, para eliminar cualquier tipo de democracia directa, no para ir conquistándola «voto a voto»; para dar una pátina de participación igualitaria al proceso de brutal explotación y desposesión que el mundo de la producción y el consumo industrial viene desarrollando desde hace más de dos siglos.
David Van Reybrouck lo ha explicado bien en Contra las elecciones. Para salvar la democracia (2017). Aunque su propuesta de extender el sorteo como forma alternativa a las elecciones vuelve a recaer en la ingenuidad de pensar la vida política como una esfera separada y autónoma de la vida material de quienes la sufren o participan de ella. Y da por sentado que la economía capitalista se ha desbocado, y provocado un deterioro social inédito, únicamente por una gestión inadecuada del poder político que surge de unas determinadas formas de producción y distribución, de un modo histórico de satisfacer —y a su vez crear— diferentes necesidades sociales.
Ese poder, surgido de la diferenciación en clases, de la separación violenta del ser humano respecto a su naturaleza social, no puede ser utilizado estratégicamente sin contribuir a reproducirlo. Pero tampoco puede ser reformado, como desde fuera, mediante una innovación metodológica (reforma de la ley electoral), o la aplicación paralela de métodos de participación alternativos, como los sorteos, que supuestamente distribuirían mejor ese poder entre todos aquellos que se encuentran sometidos a él. En cualquier caso, la escala inmensa en la que ese poder debería ser distribuido y aplicado es inseparable de la inmensidad de las fuerzas de producción y la organización técnica que requiere el entramado de las sociedades industriales, cuya naturaleza es intrínsecamente anti democrática.
Los llamamientos a la participación electoral, y los lamentos por la enésima «crisis de la democracia», son la mejor prueba de la mentira social que, cuanto más invoca la participación formal, más hace por culminar el proceso de desposesión real; cuanto más proclama un cierre de filas para salvar la democracia, más evidencia que el proceso de acumulación capitalista la necesita cada vez menos. Cuanto más proclama la defensa de las «libertades conquistadas», más medios utiliza para reducir a una existencia servil a la mercancía humana excedentaria.
El lema de «no nos representan» olvidaba a menudo señalar que la representación política surgida de la farsa electoral sí representa algo: la aceptación mayoritaria del proceso de explotación y dominación creciente que el mundo industrial necesita para seguir reproduciéndose, y que muy pocos están dispuestos a cuestionar hasta sus últimas consecuencias. En muchos casos, para algunos tan solo se trataba de encontrar una representación mejor o, como en el caso de Van Reybrouck, de modificar los métodos de elección de los representantes para que sean más equitativos, sin llegar a plantear que la representación política no es en ningún caso la solución sino parte del problema.
No se trata, por tanto, de encontrar la marca electoral que mejor represente nuestros intereses en un momento dado —por parciales y tácticos que estos sean—, sino de hacer visible, mediante la práctica social, que la vida es algo más que la lógica del interés, y que quienes digan lo contrario son los enemigos más directos de la libertad, aun cuando hablen en su nombre, y precisamente por ello.
II
El voto del miedo ha funcionado porque el miedo era real. La deriva de las sociedades contemporáneas, la incertidumbre, ansiedad y temor a la exclusión definitiva de los procesos de reproducción social, no puede más que despertar inquietud incluso en aquellos más integrados, por no hablar de aquellos con una posición más incierta, y aquellos otros que, directamente, han estado siempre relegados a los márgenes de la sociedad, y que en la última década han visto como su número crecía exponencialmente.
Pero una de las cualidades del miedo es que siempre proyecta sobre un objeto más o menos reconocible, tangible, lo que surge en realidad  de una sensación indefinida de aprehensión y vacío. Por eso, también, es una sensación muy propensa a la manipulación. Porque en ese vacío, si las condiciones son propicias y los medios adecuados, se puede situar cualquier significante —un símbolo, un grupo, una ideología—, favoreciendo así el paso de la parálisis normalmente asociada al miedo, a la acción desesperada cuando el peligro se encarna en una amenaza «real» e inminente. Suspender el juicio y salvar el pellejo, esa es la lógica del miedo.
Así ha funcionado el espantajo de Vox, al que se ha pretendido neutralizar electoralmente mediante el mismo recurso a la manipulación del miedo que le permitió aglutinar descontento y malestar en torno a lo que se presentaba como una fuerza de choque. Un dique de contención frente a la amenaza de descomposición social, que es bien cierta, pero proyectada sobre objetos falsos; es decir, construidos ideológicamente desde una práctica partidaria y electoral.
Ante las acusaciones de ser una formación de «extrema derecha» o directamente «fascista», Vox insistía en presentarse como un partido —o, como han comenzado a decir, un movimiento de resistencia— de «extrema necesidad». Lo que, además de un eslogan de campaña, pretendía ser una declaración de intenciones: estar del lado de los marginados y expulsados, y señalarles claramente quiénes eran sus verdaderos enemigos: el independentismo catalán, la inmigración ilegal, la ideología de género y la izquierda cultural. Explotar la sensación de incertidumbre y degradación social para orientarla hacia grupos e ideas claramente reconocibles. Así, todos aquellos que temiesen ser, o se sintiesen ya, relegados a la irrelevancia social, podían ver en Vox a alguien que no les decía que la culpa era suya por no haberse esforzado lo suficiente —o que la culpa era de entes tan poco abarcables desde lo cotidiano como los bancos, la casta, la troika, o el Ibex35—. Vox les decía: la culpa es de gente concreta que os desprecia por lo que sois. Y lo hacía en un lenguaje en el que muchos se podían reconocer, recurriendo a la marrullería, la fanfarronada, el bulo y la mentira, la simplificación falaz y el maniqueísmo más pueril. Virtudes retóricas, todas ellas, que las llamadas redes sociales llevan fomentando desde hace más o menos una década.
Nicholas Carr, en su último libro La pesadilla tecnológica, en un artículo titulado «El candidato de Snapchat», cuenta cómo la narrativa electoral clásica en EEUU se vio alterada por la irrupción de las redes sociales durante la campaña de 2016, y contribuyó al ascenso de Donald Trump. Carr señala que no es tanto la información y el debate político sino la provocación y la descalificación lo que mejor funciona en los entornos digitales creadores de «opinión». Y quienes mejor han entendido esto han sido los partidos y organizaciones que se agrupan en lo que se ha denominado «derecha radical». No es casual, por tanto, que Steve Bannon, artífice del ascenso de Trump, y alentador del Tea Party, esté apoyando ahora a Vox y a otros partidos similares en toda Europa, y que haya lanzado recientemente la plataforma The Movement para tratar de aglutinarlos en un frente común de populistas y euroescépticos.
Pero el mensaje de Vox no solo llegaba por la naturaleza de los medios que utilizaba, hacía falta quien le prestase oídos a lo que tenía que decir, y ese caldo de cultivo se había estado cocinando a fuego lento desde los inicios de la recesión económica en 2008 y, sobre todo, con la llamada «cuestión catalana».
La mayor inquietud para el espectro progresista era, precisamente, ese componente transversal del voto a Vox. Es decir, que los más temerosos sobre su posición social, los marginados y desesperados, se echasen en brazos de esa mezcolanza de nostálgicos autoritarios, ultra liberales y conservadores identitarios, como ya está sucediendo de hecho en gran parte de Europa.
Los perfiles demoscópicos del «votante medio de Vox», que empezaron a publicarse desde principios de año, desconcertaban la opinión común que describía a Vox como un partido residual, abrazado y alentado exclusivamente por algunos privilegiados extremadamente ideologizados y cuatro gatos nostálgicos. Tanto por la edad media, como por la situación laboral y educativa y el arraigo territorial, el perfil del votante de Vox reflejaba que una parte de trabajadores —mayoritariamente hombres—, pequeños empresarios, y jóvenes precarios, con un nivel educativo medio y que vivían en ciudades de tamaño mediano, se podían sumar al voto del miedo. No por estar totalmente excluidos, sino por su temor a caer en la espiral de un proceso de empobrecimiento e inestabilidad que cada vez afectaba a más grupos de la descompuesta clase media.
Desde ahí se lanzó la contra ofensiva electoral del ala progresista, advirtiendo de los peligros para la democracia, la involución de las libertades arduamente conquistadas, etcétera. De nuevo, la estrategia del miedo. Se trataba de señalar el riesgo de que una parte importante de aquellos que hace tan solo ocho años podrían haberse integrado en las filas de la indignación, diesen el paso a formar una alianza con la radicalidad de derechas.
Desde 2008, el descontento social había pasado por la indignación, las asambleas de barrio, las mareas, y las marchas por la dignidad, hasta llegar al ascenso electoral de Podemos. La marca electoral se presentó, desde sus inicios, como el instrumento de «los de abajo» para recuperar la soberanía arrebatada al pueblo por los poderes fácticos, un nuevo populismo que venía a cambiar el tablero de juego, apelando al «verdadero patriotismo», haciendo guiños constantes a las fuerzas armadas, y evitando —al menos en un principio— identificarse con una izquierda institucional desgastada y abocada a tener un papel testimonial. Supuestamente, se trataba de construir una herramienta de transformación social para una mayoría, «ni de izquierdas ni de derechas», que quería recuperar su vida, previa a la crisis. Un instrumento de ruptura con el «régimen del 78» que venía para cambiarlo todo. La deriva posterior de Podemos, cuya institucionalización  —y participación entusiasta en las labores de Estado junto a «la casta» frente a la que había construido su discurso político— fue fulgurante, acabó llevándolos a asumir como programa político de mínimos, durante la pasada campaña electoral, la Constitución de 1978; piedra angular del régimen que decían combatir. Un cierre del círculo perfecto.
De modo que, para cuando Vox ocupó posiciones en el espacio del nuevo nacional-populismo, Podemos ya se había convertido en representante de una socialdemocracia 2.0 que solo podía aspirar a facilitar la recomposición del PSOE. Por lo que su «alerta anti fascista» acabaría haciendo el juego a un discurso del miedo que estaban lejos de poder capitalizar y convertir en escaños.
III
La estrategia, sin embargo, ha funcionado solo a medias, porque Vox no ha desaparecido del mapa político, sino todo lo contrario. Llamarlos fascistas pudo ser útil dentro de la farsa electoral para dar alas al «que viene el lobo», pero, más allá de que muchos fascistoides se agrupen en Vox, la cosa parece que puede tener mucho más recorrido, y lo iremos viendo en los próximos años.
La quiebra de las condiciones de vida bajo lo que algunos han llamado «capitalismo terminal» (Corsino Vela, 2018), puede llevar muy lejos la descomposición social en curso. En los años de la indignación y la spanish revolution, algunos ya sostuvieron que parte de los indignados podrían aspirar a respaldar la figura de un «hombre fuerte», del clásico salva patrias, que se presentaría bajo un traje nuevo (Colectivo Cul de Sac, 2012). Papel que, en  parte, Podemos intentó cumplir sin éxito, y que Vox sí podría estar en condiciones de representar de ahora en adelante. Sobre todo, porque no tendrá que formar parte de un gobierno tripartito que lo hubiese obligado a plegarse a las reglas del juego, y podrá crecer a sus anchas en futuros escenarios de estancamiento económico y descomposición social.
Frente a ellos tendrán un progresismo cultural cuyos gestos serán impotentes para contener el declive de las sociedades industriales. Declive que hasta los más miopes saben que se trata de un proceso global, relacionado fundamentalmente con la incapacidad para producir valor de la economía capitalista en su etapa crepuscular, y del acceso a unos recursos energéticos menguantes y por ello cada vez más caros. Un proceso muchísimo más complejo que las aritméticas electorales con las que nos tienen entretenidos durante estos días contertulios y periodistas. Un proceso que pasa también por la descomposición acelerada de la UE, donde Vox, y otros como ellos que llegaron antes, aspiran, en unos cuantos años, a dar la puntilla definitiva a la utopía de la «integración europea».
El radicalismo de derechas o nacional populismo, que se está consolidando en el seno de la sociedad industrial globalizada, tiene el aspecto de un fenómeno de largo recorrido. Mucho más relacionado con la deriva autoritaria en la que las relaciones sociales capitalistas llevan inmersas desde hace prácticamente medio siglo, que con sus expresiones electorales más recientes.
Responder a estos fenómenos mediante la participación electoral, movidos por el miedo a «que llegue el fascismo», es una muestra más de la victoria ideológica del Estado y el Mercado frente a la sociedad. Como me comentaba hace unos días David Watson (En el camino a ninguna parte. Civilización, tecnología y barbarie, 2018), mientras discutíamos sobre estos asuntos: parece como si, en pleno hundimiento del Titanic, nos apresurásemos a salir corriendo para apagar un fuego que se ha declarado en sus cocinas.
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Venezuela: ¿Autodesarticulación de los articuladores?


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Venezuela: ¿Autodesarticulación de los articuladores?


La clase obrera debe organizarse, de no hacerlo, su tarea histórica será asumida por otros que no tendrán los mismos intereses y solo servirán para perpetuar el sistema capitalista.

Por Enrique Farrugia Ovando
Desde en nombramiento de Juan Guaidó como presidente de la AN (en desacato) hasta la fecha, este señor no ha hecho más que dejar en ridículo a sus amos del norte y a él mismo; todas las acciones que han llevado adelante no han servido sino para alejar a muchos de sus seguidores y poner en evidencia (aún más) la intromisión del gobierno de Trump en los asuntos de nuestro país.
Ya hasta perdimos la cuenta de las fechas prometidas del término de la “dictadura”; pero más allá de haber hecho el ridículo, debemos analizar si esta ridiculez no es intencionada, de sacrificio de algunos sujetos con el fin de seguir sembrando desconfianza en el pueblo de manera general y en las fuerzas armadas bolivarianas de manera específica y de esta forma lograr lo que tanto desean, revertir el apoyo con el que cuenta el actual gobierno de Nicolás Maduro, creemos que esta es la que se quieren jugar ya que, “Con algunas excepciones, ya no acuden a la tradición del golpe cívico militar; sino a novedosos mecanismos asentados en la manipulación del consenso social, falseando la realidad” (http://orestsevargas.blogspot.com/2019/04/responsabilidades-en-revolucion.html).
Entonces, creer de manera inocente que esta articulación desarticulación por parte de la oposición es gratuita, es cometer un error garrafal, quizá la oposición nacional es torpe, cosa que le ha causado al imperio algunas molestias, pero a pesar de su torpeza, el trabajo lo vienen haciendo, necesariamente a esta torpeza hay que sumarle el rumbo que desde hace tiempo viene tomando la actual “dirección” bolivariana con su permanente llamado al diálogo y a la conciliación de clases, no solo a la oposición nacional sino al mismo Trump y más aún, la permanente manipulación al pueblo chavista para justificar las acciones, políticas, cargos y acuerdos que llevan adelante desde el alto gobierno hasta las “direcciones” aguas abajo.
El objetivo de la “dirección” bolivariana es tratar de ganar el mayor y efectivo apoyo, así como el de la oposición, de esta última con el firme propósito de sacar a Maduro sin una intervención militar directa por parte de EEUU, hecho que le pudiera causar graves problemas debido al apoyo con que cuenta Venezuela de China, Rusia, la solidaridad demostrada a nivel internacional y la resistencia del propio pueblo venezolano. Pero esta intervención sigue “estando sobre la mesa”.
Las expresiones de solidaridad con Venezuela en todo el mundo son tan evidentes que la mediática imperialista no ha podido encubrir, esto juega a favor de los venezolanos, pero no debemos confiarnos, lo que debemos hacer es prepararnos para resistir aún más, creemos que la arremetida será más feroz.
Un discurso antiimperialista y soberano contradictorio de hecho
Tomando en cuenta lo anterior, debemos tener mucho tino en lo dicho y hecho ya que desde el gobierno (todos sus “dirigentes”) lanzan sendos discursos que lejos de ser falsos, en los hechos concretos, las acciones lo contradicen. Entendiendo la situación de bloqueo económico del cual somos víctimas, Maduro ofrece, por ejemplo, una caja de CLAP quincenal, la cual jamás ha llegado, todo lo contrario, en muchas instituciones del estado y sectores populares ya no llegan ni las bolsas ni las cajas y en algunos sectores las bolsas que llegan son con productos Polar y cuestan un dineral.
Así mismo manifiesta que “hay mucha sordera” que se niegan a escuchar al pueblo” los funcionarios públicos (como si fuera noticia nueva) y sigue bajando recursos que administran los burócratas sin ningún tipo de contraloría por parte de los supuestos beneficiarios. Sin embargo, pidió el apoyo de toda la sociedad activa. “Necesito el apoyo de la juventud, del pueblo organizado, del poder popular con sus ideas y sus propuestas”, creemos que, aguas abajo en la “dirigencia” institucional este apoyo que solicita Maduro es más simbólico que activo, es decir, apóyennos pero sin derecho a controlar nada; esto viene ocurriendo desde hace mucho tiempo, desde la gestión del comandante Hugo Chávez, los ministr@s, vice ministr@s, gerentes, jef@s, coordinador@s, entre otros, actúan de manera vertical, cual modelo fayoliano y cuarto republicano, pero además represivo y hostil, las y los trabajadores jamás son escuchados, las denuncias son tergiversadas y el movimiento por una independencia de clase es atacado y acusado de apátrida, pitiyanqui y contra revolucionario, el más reciente caso fue el de la empresa estadal Arroz del Alba, del cual, de paso sea dicho no existió ningún comentario por parte de Maduro.
La violación de nuestros derechos en función de producir, producir, producir, elemento que utiliza, no solo la empresa pública sino la privada para desactivar cualquier reclamo que la clase trabajadora haga en defensa de sus derechos y que aplican desde las inspectorías activando una especia de “tripartita”, empresa, gobierno y trabajadores (esto en el caso de las empresas privadas) donde el eslabón más débil es el que pierde y en las públicas, sencillamente le dan largas. Así mismo ocurre con los CPTT, los cuales deben ser “garantes” de que la empresa produzca y de que dicha producción salga de la empresa, pero que lamentablemente una vez salida de la empresa se desconoce el destino; esto ocurre por la desvinculación de la clase trabajadora con los sectores populares organizados, pero más allá de eso, por la inexistencia de la organización independiente de los trabajadores y del poder popular.
Esto que está ocurriendo, no es justificativo para saltar la talanquera, todo lo contrario, es un llamado urgente a la organización sin tutelaje por parte de la burocracia estatal y el rechazo a los sindicatos apéndices de federaciones y centrales que a su vez son apéndices del gobierno que juegan a la conciliación y al apaciguamiento de la clase. Esto que ocurre es nuestro problema y si somos consecuentes con nuestro objetivo estratégico de construcción de una patria socialista, la tarea es rechazar con todo la injerencia del imperio norte americano y luchar por nuestra soberanía e independencia y a la vez luchar contra los que desde el gobierno y la oposición pretenden torcer el camino y plegarse o seguir enganchados a las reformas bajo control de la burocracia corrupta o lo que es peor aún, a las privatizaciones bajo el subterfugio de la “burguesía revolucionaria”. Lo que nos obliga a llevar un trabajo intenso, paciente, permanente con los compañer@s honest@s, luchador@s, consecuentes que realizan el trabajo en los barrios, comunidades, fábricas públicas y privadas pero que ven y sienten en carne propia el accionar de la burocracia del PSUV y del gobierno.
Es así que ahora lanzan una medida populista por demás, la Orden de Operaciones con el fin de impulsar las Asambleas de la Jornada Nacional de Diálogo, donde se supone el pueblo dará sus propuestas para el cambio dentro de la Revolución Bolivariana, estamos seguros de que el pueblo participará, esperemos que en esta oportunidad las propuestas del pueblo no solo sean escuchadas sino aplicadas en función de completar la revolución, en ese sentido, todas las propuestas que surjan de estas jornadas deben ser seguidas por aquellos que las originaron, es así que de cada jornada deben salir comisiones electas por los participantes para dicho seguimiento. Debemos tener mucho cuidado, en el PSUV hay muchos camaradas luchador@s, pero así mismo hay muchos camaleones que ostentan cargos, estos no solo pueden sabotear el rumbo de las propuestas, sino plagiarlas. Así que estas comisiones que surjan deben tener una copia de la sistematización surgida.
Lo que sucede en Venezuela es asunto del pueblo venezolano y es el pueblo el que debe buscarle solución, obviamente debemos contar y llamar a la solidaridad de los pueblos del mundo para que nuestra lucha no sea aislada; queremos y debemos construir el socialismo, este socialismo se debe construir con el pueblo en general y con la clase trabajadora en específico, de otra manera estaremos signados por el fracaso, inclusive desde el mismo gobierno, lo digo por aquellos que aun creen que el socialismo se construye desde el estado burgués.
La tarea es completar la revolución hacia el socialismo, impulsar la organización, formación y movilización permanente de manera independiente, solidaria, democrática y unitaria de todo el pueblo pobre y trabajador y en la misma medida ir construyendo una verdadera organización revolucionaria y socialista, no tenemos nada que perder y tenemos mucho que ganar.
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La Unión Europea, en este momento y como opción ‎de futuro


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La Unión Europea, en este momento y como opción ‎de futuro


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Al término de la Segunda Guerra Mundial, en 1947, el embajador estadounidense George Kennan ‎concibió la política de containment (la llamada “política de contención”) [1] y el presidente Harry Truman creó ‎las instituciones estadounidenses de seguridad nacional –como la CIA, el Consejo de Seguridad ‎Nacional y el Estado Major Conjunto [2]. ‎
Washington y Londres se volvieron entonces en contra de Moscú, que había sido su aliado ‎durante la Segunda Guerra Mundial. Incluso se plantearon la creación de una nacionalidad ‎anglosajona y decidieron imponer su bandera a los países de Europa occidental con la creación de ‎los «Estados Unidos de Europa», bajo control anglosajón. ‎
Washington y Londres querían estabilizar la parte de Europa occidental que se hallaba bajo la ‎ocupación anglosajona, frente a la Europa oriental ocupada por los soviéticos. Para ello ‎obtuvieron el apoyo de las burguesías europeas, sobre todo de aquellas que habían colaborado ‎con la ocupación nazi, entonces espantadas ante el auge y la nueva legitimidad de los partidos ‎comunistas, victoriosos junto a la Unión Soviética. ‎
Esas fuerzas reaccionarias se basaron en el sueño de un alto funcionario francés, Louis Loucheur: ‎unir el manejo del carbón y del acero, recursos indispensables para las industrias de guerra de ‎Alemania y Francia, para impedir que esos dos países pudiesen volver a guerrear entre sí ‎‎ [3]. De esa idea nació la CECA (Comunidad Europea del Carbón y el ‎Acero), ancestro de la actual Unión Europea. ‎
En el contexto de la guerra en la península de Corea, Washington decidió iniciar el rearme de ‎Alemania occidental ante la Alemania oriental. Para que los Estados Unidos de Europa ‎en formación tuviesen un ejército común, pero evitando que se atreviesen a convertirse en una ‎fuerza independiente y manteniéndolos bajo control de los anglosajones, se creó la Unión ‎Europea Occidental (UEO), llamada a encargarse de la política exterior y de la defensa común de ‎esa parte de Europa. ‎
Las relaciones entre Londres y Washington se hicieron difíciles durante la crisis de Suez, en 1956. ‎Estados Unidos, que se enorgullecía de haber estado entre los vencedores del yugo nazi, ‎no podía aceptar el trato de Londres a las naciones de su antiguo imperio colonial. Washington ‎se acercó entonces a Moscú para castigar al Reino Unido. ‎
Quedaba atrás la idea de crear una nacionalidad común anglosajona y la influencia británica ‎se deslizaba, de manera paulatina pero inexorable, a Estados Unidos. El Reino Unido decidió ‎entonces unirse a los Estados Unidos de Europa en proceso de formación. ‎
El presidente francés Charles de Gaulle se opuso porque preveía que toda futura reconciliación ‎entre Londres y Washington se implementaría privando a los Estados Unidos de Europa ‎en formación de todo poder político y basando esa entidad en una zona de libre comercio de ‎carácter transatlántico. Europa occidental se vería entonces castrada y se convertiría en un ‎simple vasallo de Washington frente a «los rusos» [4].‎
De Gaulle, por supuesto, no era eterno. El Reino Unido acabó siendo aceptado en los ‎‎Estados Unidos de Europa en formación, entidad eminentemente anti-rusa, y, conforme a ‎lo previsto, transformó la comunidad europea en una zona de libre comercio, mediante el ‎Acta Única Europea, y abrió el camino a negociaciones transatlánticas.‎
Era la época de las «cuatro libertades» (en referencia al discurso de Roosevelt, en 1941): la ‎libre circulación de bienes, servicios, personas y capitales. Las aduanas entre los países de Europa ‎occidental fueron desapareciendo mientras que los anglosajones imponían su modelo de ‎sociedad multicultural, que parecía incompatible con la cultura europea. ‎
El proyecto de 1947 no se concretó hasta 1991, con la disolución de la URSS. Washington decidió ‎entonces transformar la organización de Bruselas en una estructura supranacional y comenzar a ‎introducir en ella los países del desaparecido Pacto de Varsovia, así como a poner esta «Unión ‎Europea» anti-rusa bajo la protección de la OTAN y a quitarle todo papel político. ‎
No fueron los europeos sino Washington, por boca del entonces secretario de Estado ‎James Baker, quien anunció el Tratado de Maastricht y la apertura de la Unión Europea a los ‎países de Europa oriental. Eso metamorfoseó la estructura creada en Bruselas: a las 15 naciones ‎del bloque occidental creado después de la Segunda Guerra mundial se agregaron 13 países ‎provenientes del desaparecido Pacto de Varsovia, la Unión Europea Occidental fue disuelta, ‎se nombró una Alta Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de ‎Seguridad –también bajo control anglosajón gracias a los términos impuestos en el Tratado de ‎Maastricht– y finalmente se creó una nacionalidad europea. ‎
A partir de ese momento, Washington se planteó hacer que Londres se incorporara al Tratado de ‎Libre Comercio de América del Norte (conocido en español por las siglas TLCAN [5]) [6] y que se implantara una nacionalidad anglosajona, como se había previsto ‎en 1947. Ese proyecto llevó el Reino Unido a salir de la Unión Europea pero la primera ministro ‎británica Theresa May viajó a Estados Unidos para tratar de defenderlo, justo después de la ‎elección de Donald Trump, elección que trastocó todos los planes. ‎
Si finalmente se concreta, el Brexit no modificará en nada la actual situación de sumisión de la ‎Unión Europea, garantizada por los tratados europeos. Todo sucedería simplemente como ‎se había planificado en 1947, cuando Winston Churchill llamaba a la creación de los ‎‎«Estados Unidos de Europa», pero sin el Reino Unido [7].‎
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Balance

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La historia de la Unión Europea demuestra que esa entidad nunca estuvo concebida para ‎favorecer los intereses de los pueblos europeos sino para separarlos de Rusia. ‎
Eso fue lo que motivó a Vladimir Putin, en 2007, a pronunciar ante la Unión Europea su ‎contundente discurso de Munich [8]. En ‎ese discurso recordó a los europeos que sus intereses económicos y políticos, así como sus ‎exigencias éticas, no los situaban del lado de Washington sino junto a Moscú. Los europeos ‎lo escucharon pero nadie se atrevió a recuperar su independencia. ‎
A lo largo de décadas, la Unión Europea logró garantizar cierta prosperidad económica. Pero ‎no ha sido así desde la desaparición de la URSS. Hoy en día, la Unión Europea se ha quedado ‎rezagada: desde 2009 –o sea, después de la crisis financiera mundial de 2008–, el crecimiento de ‎Estados Unidos fue de +34%, el de la India fue de +96% y el de China +139%, mientras que la ‎Unión Europea caía a -2%. ‎
La Unión Europea nunca logró ayudar a los pobres a salir de la pobreza. Como máximo, sólo ‎se ha planteado la aprobación de ciertas ayudas para que los más necesitados no mueran de ‎hambre. ‎
Pero lo más importante es que la Unión Europea no ha luchado nunca por la paz, sino sólo por ‎sus amos anglosajones. La Unión Europea ha apoyado todas las guerras estadounidenses ‎‎ [9], incluyendo la guerra contra Irak, a pesar de que ‎Francia y el canciller alemán Schroder se habían pronunciado inicialmente contra ella. Ese ente ‎regional ha abandonado cobardemente a sus miembros: su propio territorio está ocupado, en el ‎noreste de Chipre, por el ejército de Turquía, país miembro de la OTAN, sin que la UE haya ‎emitido la menor protesta. ‎
‎

El futuro

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El 25 y el 26 de mayo, la Unión Europea anti-rusa elegirá su parlamento, sin que se sepa por ‎cuánto tiempo se sentarán allí los británicos. ‎
Los pueblos necesitan cierto tiempo para reaccionar. En tiempos de la guerra fría podía parecer ‎lógico optar por uno de los dos bandos. Pero algunos ya pensaban que ponerse al servicio de los ‎anglosajones en vez de optar por el bando lidereado por un georgiano [10] era tan absurdo como sería hoy seguir obedeciendo a los ‎anglosajones para protegerse de un inexistente «peligro ruso». ‎
Al cabo de tres cuartos de siglo de vasallaje, los partidos políticos contrarios a los tratados ‎europeos siguen vacilando en cuanto a definir sus prioridades: ¿Comenzar por independizarse de ‎los anglosajones o defender primero su cultura ante árabes y turcos? Siguen sin ver que ‎el segundo problema es consecuencia del primero. ‎
No se trata de creer en la supuesta superioridad de una cultura sobre otra, ni siquiera es cuestión ‎de hablar de religión, sino de ver de una vez por todas que es imposible coexistir en una misma ‎sociedad con dos organizaciones sociales diferentes. Dicho de otra manera, hay que escoger ‎entre descansar el domingo o el viernes. ‎
Fue su dependencia de los anglosajones lo que llevó a los europeos a adoptar la sociedad ‎multicultural… que no funciona en sus países. Sólo siendo independientes lograrán salvar la ‎cultura europea. ‎
[1] The long telegram, by ‎George Kennan to George Marshall, 22 de febrero de 1946.
[2] National Security Act of 1947.
[3] «Historia secreta de la Unión Europea», por Thierry Meyssan, Red ‎Voltaire, 16 de enero de 2005.
[4] De Gaulle consideraba la oposición entre ‎capitalismo y comunismo como un tema secundario en relación con el diferendo fundamental, de ‎carácter geopolítico, entre anglosajones y Rusia. De Gaulle evitaba hablar de la URSS y prefería ‎referirse a Rusia.
[5] También se le ‎designa a veces por sus siglas en inglés (NAFTA) o en francés (ALENA). Nota de la Red ‎Voltaire.
[6] The Impact on the U.S. Economy of Including the United Kingdom in a Free Trade ‎Arrangement With the United States, Canada, and Mexico, United States International Trade ‎Commission, 2000.
[7] «Discours de Winston Churchill sur les ‎États-Unis d’Europe», por Winston Churchill, Réseau Voltaire, 19 de ‎septiembre de 1946.
[8] «Querer regentar el mundo de manera unipolar es ilegítimo e inmoral», por Vladimir Putin, Red Voltaire, 11 de febrero de 2007.
[9] «La Unión Europea, condenada a ‎ser vasallo en las guerras ‎estadounidenses», por ‎Thierry Meyssan, Red Voltaire, 26 de abril de 2019.
[10] Cabe recordar que Josef ‎Stalin no era ruso sino georgiano.