viernes, 30 de octubre de 2015

Rusia, metapolítica del otro mundo (V)



Rusia, metapolítica del otro mundo (V)






Prosigue nuestra serie sobre Rusia. Hoy les presentamos la quinta entrega.



Adriano Erriguel





ADRIANO ERRIGUEL



¿Hacia un imperio eurasiático?

El 29 de mayo de 2014 se firmaba en Astaná el tratado de creación de la Unión Euroasiática. Rusia, Bielorrusia y Kazajistán – pronto seguidos por Armenia – pasaban a formar un bloque de 180 millones de personas, con un 15% de la superficie terrestre del planeta. Europa y América observan con recelo. ¿Reconstitución del espacio soviético? ¿Hacia un nuevo imperio eurasiático?

Con el Tratado de Astaná “Eurasia” se convierte en una realidad geopolítica. No en vano el impulsor de esta iniciativa fue el Presidente de Kazajistán, Nursultán Nazarbayev, un eurasista convencido. Hasta el punto de haber fundado la “Universidad Nacional Eurasiática Lev Gumilev”, llamada así en honor del más célebre de los eurasistas rusos.

Es también significativo que la Unión Europea – que suele prodigarse en parabienes ante los procesos de integración regional – haya guardado en este caso un digno silencio. La Unión Europea es consciente de sus diferencias con la nueva organización regional. Mientras que Bruselas es hoy un laboratorio de la globalización, la Unión Eurasiática nace con vocación de bloque regional. Frente a la globalización global – modelo anglosajón – la Unión Eurasiática apuesta por una globalización parcial.

Para Occidente la nueva organización regional es un disfraz del imperialismo ruso. Y para muchos observadores el eurasismo es una “ideología orgánica” al servicio de los amos del Kremlin. ¿Hay algo de cierto en ello?



Lev Gumilev y la renovación del eurasismo

Decíamos arriba que la Universidad de Astaná ostenta el nombre de Lev Gumilev. Este historiador, etnólogo y antropólogo soviético continúa siendo, tras su muerte en 1992, el más célebre eurasista ruso. Su obra constituye el punto de inflexión entre el eurasismo clásico surgido en los años de entreguerras y el denominado neo-eurasismo ¿Cuál es la diferencia entre ambos movimientos? [1]

Una diferencia no sólo cronológica sino también de contenidos. Si el eurasismo tenía un perfil académico, el neo-eurasismo tiene un carácter básicamente polémico. Su campo de acción es la batalla de las ideas. Y en contraste con su predecesor, su corpus teórico es más permeable a las referencias europeas.[2]

Otra peculiaridad del neo-eurasismo es que ya no se trata de un fenómeno exclusivamente ruso. Se ha descentralizado, por así decirlo. Un buen número de actores políticos e instituciones de Asia Central asumen el enfoque eurasista, de forma que tanto las etnias no rusas (kazajos, turcos, tártaros, kirguises, buriatos, calmucos) como el Islam postsoviético refuerzan su papel en la forja de Eurasia. La referencia euroasiática – conjugada en el tono de “amistad entre los pueblos”– se ha convertido en el elemento aglutinador de un proceso de integración regional que empieza por lo económico, pero que apunta ambiciones más amplias.

Pero lo que el neo-eurasismo ha ganado en extensión lo ha perdido también en cohesión interna. Se trata de un fenómeno polimorfo que varía según los contextos nacionales, y que se divide además en varias corrientes: hay un neo-eurasismo cultural como lo hay económico, geopolítico, altermundialista… El neo-eurasismo también se ha especializado.

No existe, entre eurasistas y neo-eurasistas, una lógica de maestros a discípulos. Los segundos tienden a considerar a los primeros como sus precursores e incluso difieren de ellos en aspectos esenciales. La obra de Lev Gumilev constituye, como señalábamos antes, el punto de inflexión.



Pasionariedad

Lo que a Lev Gumilev más le interesaba era el estudio de las “causas primeras”: aquellas que provocan la combustión de la historia, aquellas que ponen en marcha a los pueblos. Y consideraba que la más decisiva de las “causas primeras” consistía en un factor intangible, casi envuelto en el misterio.

Gumiliev daba el nombre de pasionariedad (passionarnost) al hecho de que ciertas etnias o individuos se comporten a veces, sin explicación racional aparente, de una manera extraña, realizando actos o hazañas que superan el horizonte de la vida cotidiana común a su entorno. La pasionariedad es una especie de energía explosiva, misteriosa, inexplicable, que pone en marcha a los pueblos y a las tribus”.[3] Para Gumilev “la gloria, la felicidad, la victoria, la acumulación de riquezas o de valores, el desarrollo de la cultura o de la religión (…) serían el producto de la pasionariedad, o sea en las antípodas del instinto de conservación, puesto que aquella puede llevar a un hombre a morir por sus ideas”.[4] Asociado al de pasionariedad, Gumilev pone en circulación otro concepto clave en su pensamiento: la etnogénesis; esto es, el “impulso cósmico” que transmite pasionariedad y que lanza al hombre a terrenos nuevos e inexplorados, antes inalcanzables.

Aunque el lenguaje empleado pueda resultar ambiguo, estas ideas no deben interpretarse en clave esotérica. La pasionariedad se define como un fenómeno no sólo psicológico sino también físico, como “un plus de ’energía química’ o ’cósmica’ recibida por ciertos hombres. Para apoyar su tesis, Gumilev recurre al concepto de biosfera, entendida como “entorno ecológico autorregulado” del que dependen los procesos energéticos que tienen lugar en el organismo humano. Así existe, según él, una vinculación entre el etnos como colectivo de individuos y la capacidad del hombre, en cuanto organismo vivo, para absorber la energía bioquímica de la materia viviente de la biosfera”.[5]

Se trata de un proceso – la etnogénesis – que el estudioso del eurasismo Stefan Wiederkehr resume del siguiente modo: “una serie de impulsos energéticos procedentes de la atmósfera conducen a mutaciones genéticas y a cambios selectivos en determinados individuos – que Gumilev denomina “pasionarios” (passionarii) – que se ven así empujados hacia objetivos más altos, frecuentemente ilusorios, que se sitúan por encima del valor de la vida humana. Cuando el impulso es suficientemente fuerte y el número de “pasionarios” en un grupo humano es suficientemente alto, tiene lugar la formación de un etnos. El etnos se define como una “totalidad sistémica” (sistemnaja celostnost) con pautas de comportamiento específicas y genéticamente determinadas. La reunión de varias etnias con un mismo nivel de pasionariedad da lugar a un superetnos. Un superetnos recorre normalmente un ciclo de auge, apogeo, inercia y decadencia que puede durar entre doce y quince siglos”. [6]

Ni que decir tiene que las grandes conquistas tienen lugar cuando un etnos se encuentra en la cima de su pasionariedad. El diagnóstico de Gumilev es pesimista: el agotamiento progresivo de la pasionariedad coincide con la acumulación de medios tecnológicos y de valores ideológicos que redundan en la muerte interior del etnos. Éste pasa a diluirse en su entorno y a continuar existiendo “fuera de la historia”.

Para Gumilev, el sentimiento comunitario está también ligado a un alto grado de pasionariedad. “El sentido de pertenencia a una colectividad nacional es algo innato y no adquirido, cada ser humano pertenece genéticamente a la colectividad de sus padres. El proceso de etnogénesis está vinculado a un signo genético enteramente determinado”. La pasionariedad se presenta así – señala Marlène Laruelle – como “un atributo genético que se trasmite de manera hereditaria en el seno del etnos y que permite explicar los fenómenos que no están fundados en una deliberación racional”. [7]

Gumilev imprime al eurasismo un gran giro, en cuanto que hace depender el desarrollo histórico no solamente de la geografía, sino también de los procesos bioquímicos y las determinaciones genéticas. Cada pueblo – según la edad biológica que Gumilev le asigna – conoce una tasa previsible de individuos con alto o bajo nivel de pasionariedad. En este sentido Europa y el superetnos ruso se encuentran en diferentes estadios de su recorrido cíclico. Rusia, según sus cálculos, tiene unos quinientos años de retraso y es por lo tanto “más joven”.



Neo-eurasismo e incorrección política

Así como Gumilev da a los factores étnico-biológicos una importancia ausente en el eurasismo clásico, también, en contraste con éste, se muestra muy crítico hacia el Islam. La conversión de la “Horda de Oro” al Islam en 1312 marca a su juicio “la ruptura de la simbiosis entre Rusia y el mundo mongol.[8] A partir de entonces el mundo tártaro pasa a integrarse en el superetnos musulmán y el Estado de Moscovia se convierte en el heredero legítimo del imperio de las estepas”. Gumilev se alinea con el eurasismo más ortodoxo cuando afirma que el mundo nómada no representa la alteridad, sino la identidad de Rusia. Y que la estepa sólo adquiere su sentido como parte orgánica del imperio. “Cualesquiera que sean sus diferencias reales, los tártaros no son un pueblo ajeno, sino interior al pueblo ruso”.[9] Al igual que en sus predecesores de los años 1920, la obra de Gumilev es una llamada para que Rusia descubra su “Oriente interior”.

Un elemento interesante de Gumilev– en cuanto políticamente escandaloso para la mentalidad actual – es su rechazo del mestizaje y la contraposición que realiza entre éste y la idea de simbiosis. La simbiosis es, para Gumilev, “la variante óptima del contacto étnico: cuando los etnos viven separadamente unos al lado de otros, manteniendo relaciones pacíficas pero sin inmiscuirse en los asuntos ajenos”. Esta “complementariedad positiva” no tiene nada que ver con la asimilación ni con el mestizaje: un concepto que Gumilev critica violentamente, puesto que “los pueblos no pueden mezclarse sin destruirse”. Igualmente señala – en una fórmula que hace pensar en Levi Strauss – que un cierto grado de endogamia es necesario, porque el mantenimiento de un “fondo genético” es lo que hace posible preservar las tradiciones étnicas y la cultura de un pueblo.[10] En ese sentido previene a sus compatriotas de que cualquier veleidad de ingresar en el “círculo de las naciones civilizadas” – es decir, en un superetnos extraño – conllevaría la asimilación, esto es, la extinción del superetnos ruso.[11] Gumilev califica al eurocentrismo de “aberración contra la humanidad” y le opone un principio que, muchas décadas después, se convertirá en un leit-motiv para los resistentes a la globalización: el policentrismo (lo que en lenguaje político actual se denomina multipolarismo).

La obra de Gumilev rebasa con mucho la interpretación sobre Eurasia. Se trata de una visión cíclica de la historia en la que se aprecian ecos de Giambattista Vico, de Oswald Spengler, de Mircia Eliade y de Arnold Toynbee. Una visión en la que asoma esa actitud trágica que ya estaba presente en Maistre, en Tolstoi y en Dostoyevski, y que es una constante de la gran cultura rusa.

¿Y si las teorías de Gumilev nos dieran, después de todo, una clave explicativa del desencuentro crónico al que Rusia y la Europa actual parecen abocadas? ¿Cuestión tal vez de diferentes niveles de pasionariedad? Europa ha querido desterrar lo trágico. Nietzsche se refería a las “respuestas feminoides e histéricas ante lo trágico de la existencia”, y con ello predecía el rumbo que terminaría tomando la sociedad europea. Una sociedad, según parece, con la pasionariedad bajo mínimos.

Apología de la barbarie

Si con Lev Gumilev el neo-eurasismo se confunde con una “ciencia del etnos”, con el politólogo Alexander S. Panarin se aproxima al pensamiento anti-globalización.[12] Señala Marlène Laruelle que, entre todos los neo-eurasistas, Panarin es el que mantiene una relación más sutil con Occidente. Si por un lado se muestra favorable a lo que él denomina “occidentalismo” – que él identifica con la tradición europea de liberalismo político –, por otro lado denuncia lo que denomina “occidentalización” (westernisation), entendida como el proceso impulsado por los Estados Unidos de capitalismo salvaje, decadencia moral y social e imposición de un modelo cultural uniforme. Panarin define la globalización como una democracia limitada a un grupo de privilegiados “sin fronteras”, mientras que el resto de la humanidad se ve consignada a “un mundo de conflictos de baja intensidad y a un ecocidio permanente”. Igualmente acusa a Europa de practicar un “racismo democrático” en cuanto que sólo acepta su propia interpretación de la democracia: la del “hombre blanco” de herencia cultural católica o protestante.

Como todos los neo-eurasistas Panarin comparte la perspectiva – teorizada por Samuel Huntington – del “choque de civilizaciones” como explicación del mundo de la post-bipolaridad. Será precisamente esa renovación de la consciencia “civilizacional” la que impida, según él, el “fin de la Historia” pronosticado por Fukuyama. Igualmente critica el “pensamiento único” que aspira a universalizar el modelo liberal norteamericano. Un intento abocado al fracaso. En realidad nos encaminamos hacia un mundo multipolar. Hacia un escenario en el que “el acceso a lo universal pasa por la patria”. No por la pequeña patria localista o étnica ni por la “nación a la occidental”, sino por la “gran patria” que sitúa a cada hombre en el contexto amplio de una civilización. Término este último que Panarin asimila al de imperio.

La filiación neo-eurasista de Panarin asoma en su creencia en las “invariables culturales” como explicación del sentido profundo de la historia. Ahí se sitúa en la estela de Herder, del romanticismo alemán y de los eurasistas de los años 1920. Al igual que éstos Panarin reivindica el papel histórico de los mongoles: el “yugo” tártaro sería el elemento positivo que habría permitido a Rusia dominar la estepa, transformarse en un imperio. La verdadera Rusia habría nacido en la Moscovia medieval “por la conjunción entre ortodoxia y estatismo mongol, entre rusos y tártaros”. La presunta “barbarie” de los mongoles habría sido, por lo tanto, el catalizador del destino histórico ruso. Pero la “barbarie” es algo más que una fase del pasado. Es también una “invariable cultural”. Y como tal continúa siendo, en pleno siglo XXI, un motor de la historia.

¿Apología de la barbarie? Lejos de ser una rémora de las sociedades preindustriales, la barbarie es postmodernidad en estado puro. Para Panarin “el futuro pertenece a aquél que se encuentra en retraso, al ’pueblo joven’ – noción hegeliana y herderiana – que podrá evitar los errores de las sociedades industriales y sortearlos”. No se trata en su caso del culto al “nómada virgen de toda cultura” llamado a regenerar las sociedades decadentes (tema recurrente del eurasismo clásico) sino de una inversión de criterios de valor: “la barbarie total no es el producto de una herencia arcaica sino el resultado de experiencias post-civilizacionales, de la superación de las tensiones y contradicciones del mundo moderno”.[13]



¿Hacia un imperio posmoderno?

Igualmente postmoderna es la reivindicación – planteada por Panarin – del “imperio” como sinónimo de “pluralismo”. Así como existe un pluralismo centrado en los derechos sociopolíticos del individuo, existe también un pluralismo que no es político sino civilizacional. El pluralismo eurasiático es, en este sentido, el estricto contrario del occidental. Si éste exalta los derechos individuales mientras lamina las identidades colectivas, el modelo eurasiático prescinde de la democracia occidental, pero exalta las formas de vida y la autonomía de las naciones. Frente al modelo “republicano” con su democracia individualista se alza el imperio con su “democracia civilizacional”. El imperio sería además la fórmula que mejor se adecua a la naturaleza de Eurasia, en cuanto “materializa políticamente su horizontalidad geográfica” así como su diversidad nacional y religiosa. Frente a las implosiones regionales y étnicas – el caos del choque de civilizaciones – el imperio asegura una ideología del orden.[14]

Pero no puede haber imperio sin Imperium, esto es, sin principios rectores. Para Panarin éstos deben buscarse en lo religioso. Lo religioso se asimila, en su lenguaje, a unos “valores morales” que otorgan legitimidad al Estado. A unos principios que “sacralizan los actos de la política”.[15] Como ideología del imperio lo religioso “fija un universal de cultura y de moral supraétnica, crea un tipo de comunidad espiritual que trasciende el localismo”. No se trata de un confesionalismo ni de una teocracia – lo importante no es el dogma ni los aspectos trascendentes de la fe – sino de “una religiosidad ritualizada y nacionalizada”, “secularizada” por así decirlo, que integre las religiones tradicionales de Eurasia. El hecho religioso toma así en Panarin – al igual que en la tradición eurasista – un cariz similar al que tenía en la antigua Roma: la religión como asunto de la polis. [16]

En sus reflexiones sobre la globalización y la posmodernidad, en su defensa del multipolarismo, de la diversidad y del arraigo, en sus ideas sobre la sociedad postindustrial y la autolimitación del consumismo, en su invocación a los nuevos bárbaros, en su llamada a una resacralización del mundo y en su reivindicación del imperio, Panarin enlaza con ciertas corrientes no-conformistas europeas, tales como el ecologismo o la “Nueva derecha” francesa.[17]

Una proximidad intelectual – la de la “Nueva derecha” – muy acusada en el más mediatizado de los pensadores neo-eurasistas, Alexander Duguin. Un personaje al que los “expertos” occidentales insisten en describir como el gurú de la extrema derecha rusa o como una especie de “Rasputin” del Kremlin. ¿Hay algo de cierto en eso?



Alexander Duguin: entre el neo-eurasismo y la cuarta teoría política

Alexander Duguin representa el neo-eurasismo más activista y más politizado. El más revolucionario también, en cuanto que se plantea como una insurrección radical contra la modernidad. Para ello Duguin no duda en recurrir a todas las armas de la provocación – el esoterismo, la agitación política, el ciberactivismo – desde un enfoque gramsciano de guerrilla cultural permanente. De entre todos los neo-eurasistas, Duguin es seguramente el menos condicionado por afanes de respetabilidad y consideración a las jerarquías. Tal vez por eso es también el más libre.[18]

Para Duguin el eurasismo es ante todo geopolítica. Pero la geopolítica es para él “no una disciplina científica sino una Weltanschauung, una metaciencia que engloba otras ciencias y les da sentido. La geopolítica es una visión del mundo (…) que se encuentra al mismo nivel que el marxismo y el liberalismo. Es decir, al nivel de los sistemas de interpretación de la sociedad y de su historia”. Más que una ciencia la geopolítica es para Duguin la versión secularizada de un saber tradicional: la geografía sagrada. [19]

La geopolítica está, por definición, al servicio del Estado en el cual se elabora. En el caso de Duguin, al servicio de la Rusia postsoviética. “Nuestro patriotismo – afirma – no es sólo emocional sino también científico, fundado sobre la geopolítica y sus métodos”. ¿Cuál es, a su juicio, el elemento vertebrador de la geopolítica rusa? Éste no es otro que la oposición (formulada en su día por H. J. Mackinder) entre la “civilización talasocrática” – marítima, anglosajona, de espíritu mercantilista – y la civilización continental – eurasiática, ortodoxa, musulmana, de espíritu “socialista” –. Una oposición irreconciliable tanto en el plano material como en el metafísico: si Occidente representa el ocaso, la decadencia, Eurasia – el país donde surge el sol – representa el renacimiento. Geopolítica y escatología se confunden así en unos enunciados que serían impensables fuera de la órbita cultural rusa.

Autor de un eclecticismo pasmoso, los referentes intelectuales de Duguin son preferentemente foráneos: el siglo XX europeo en su parte maldita. El núcleo duro de su pensamiento – su parte esotérica – se remite al tradicionalismo formulado por René Guenon y Julius Evola como una rebelión radical contra el mundo moderno. Igualmente esencial es su adhesión a los principios de la “revolución conservadora” alemana de los años 1920, a la filosofía de Heidegger y a los teóricos de la geopolítica clásica. La originalidad de Duguin consiste en haber “reabastecido” doctrinalmente el eurasismo en las fuentes no-conformistas europeas para reconducirlo hacia otra dimensión. De una escuela de pensamiento “de Rusia y para Rusia” el neo-eurasismo deviene así una teoría revolucionaria de alcance global; se “desterritorializa” y asume los rasgos de un antioccidentalismo activo, de un paradigma para los resistentes al nuevo orden mundial. “Un eurasista – señala Duguin – no es un habitante del continente eurasiático, sino más bien el hombre que asume voluntariamente la posición de una lucha existencial, ideológica y metafísica, contra el americanismo, la globalización y el imperialismo de los valores occidentales”.[20]

Ese neo-eurasismo metageográfico adquiere en Duguin un nombre: la cuarta teoría política. Una alternativa frente a las tres ideologías de la modernidad: el liberalismo, el marxismo y el fascismo/nacionalsocialismo. Derrotadas las dos últimas y revelándose el liberalismo como la esencia misma de la modernidad, la cuarta teoría política es para Duguin la síntesis de todo aquello que no es moderno: la premodernidad y la postmodernidad. Pero mientras la modernidad es global y uniforme, la pre-modernidad no lo es. Cada pueblo tiene la suya propia. Por eso el rechazo del orden mundial americanocéntrico, occidental y capitalista debe combinar necesariamente las tradiciones locales con las acciones revolucionarias globales, para desembocar en un proyecto de futuro multipolar.[21]

“Situada en la zona de intersección de las tendencias culturales y civilizadoras del Este y del Oeste, Rusia está destinada – afirma Duguin – por el simple mérito de su posición geográfica, a devenir el motor de un bloque contra-hegemónico, de una alianza revolucionaria global que reúna a todos aquellos que se opongan a la hegemonía, al eurocentrismo y racismo implícitos en la idea de la universalidad de los valores occidentales y de su vía hacia la modernización. Frente a ello la unidad eurasiática representa un “postmodernismo alternativo”: la propuesta de un orden multipolar que toma como principio de organización no los Estados modernos (herencia del “sistema de Westfalia”), sino las civilizaciones. Frente a la civilización como inercia – el caso de los imperios premodernos – la civilización como objetivo y como proyecto.

¿Neofascismo a la rusa?

¿Es el neo-eurasismo duguiniano un neofascismo a la rusa? La caracterización que suele hacerse de Duguin como muñidor “rojo-pardo” de una alianza entre nacionalismo ruso y ultraderecha europea es una amalgama interesada. Muy poco tiene que ver Duguin con el nacionalismo chauvinista: una postura que le parece tan peligrosa como obsoleta.[22] Por otra parte su patriotismo no es “nacional” sino “estatista”: Rusia como Estado multiétnico y el pueblo ruso como un compuesto de diferentes etnias (el “pluralismo de civilizaciones” que decía Panarin).[23] Si bien Duguin rechaza el modelo del mestizaje – que considera suicida para el pluralismo – no menos nefasta le parece la teoría de la “pureza racial”. Ambas actitudes conducen al etnocidio. Al igual que Alain de Benoist en Francia, Duguin trata de “desvincular la afirmación identitaria de la cuestión del nacionalismo” y defiende por tanto “un nacionalismo no xenófobo (…), racional y sereno, que se nutre de todo tipo fuentes alternativas: el fundamentalismo religioso, el tercermundismo y el ecologismo de izquierdas”[24].

Duguin presenta su “cuarta teoría política”, en primer término, como una “purga” de los elementos indeseables que están presentes en las tradiciones no-liberales: del socialismo se rechazan los aspectos ateos, materialistas y modernistas; del fascismo se rechazan el racismo y el nacionalismo. Pero – subraya Duguin – eso no nos proporciona, por simple adición mecánica, el resultado final. Éste sólo puede alcanzarse recurriendo a las fuentes de inspiración premodernas, a las tradiciones de cada pueblo; y sobre todo, construyendo el no-liberalismo del futuro. Se trata de una alternativa que debería ser “completamente nueva, inventada, descubierta, conquistada con dificultad, si así se prefiere. Tal vez surgirá como una revelación, pero debemos pensar y vivir en esa dirección – en la expectativa de una ideología contra-liberal”.[25]

Una tarea abrumadora, si pensamos que el liberalismo ha cesado de ser una ideología o forma política para convertirse en el orden objetivo de las cosas. El liberalismo ha devenido biopolítica (Foucault), de forma que pensar fuera de él se hace hoy inconcebible. En esta tesitura se trata de abandonar la lógica liberal. De cortar el nudo gordiano. De construir la contra-hegemonía, la sociedad post-liberal del futuro. ¿Será Eurasia su laboratorio?



El sol rojo de Eurasia

La voluntad es más fuerte y más asombrosa en ese enorme imperio fronterizo donde Europa, por así decirlo, retrocede deslizándose hacia Asia, en Rusia. Allí la fuerza de voluntad ha sido almacenada y acumulada, allí la voluntad aguarda amenazadoramente – no sabemos si es voluntad de negar o voluntad de afirmar – para ser desencadenada.

FRIEDRICH NIETZSCHE, Más allá del bien y del mal

¿Es el eurasismo el nuevo nombre del imperialismo ruso? ¿Es la Unión Eurasiática el primer paso hacia la reconstrucción del espacio soviético? Las señales de alarma occidentales se disparan y apuntan hacia los neo-eurasistas como presuntos suministradores de la nueva ideología imperial. Una aseveración que merece relativizarse.

En primer lugar no se trata, en el proyecto eurasista, de la restauración bajo otro nombre del antiguo imperio zarista (modelo de la colonización) o de la reconstrucción de la Unión Soviética (modelo socialista). Se trata más bien de una integración regional voluntaria, inspirada – en sus aspectos procedimentales – en la metodología de la Unión Europea. ¿Eurasia como imperio postmoderno?

En segundo lugar, si bien el neo-eurasismo ha encontrado su lugar en la renovación del discurso patriótico de la era post-Yeltsin, ello no significa que sea la ideología oficial del Kremlin. Vladimir Putin, básicamente un pragmático, nunca ha adoptado un discurso explícitamente eurasista. Y si un teórico como Alexander Duguin puede tener cierta audiencia en círculos del poder, de ningún modo puede considerársele el “Consejero del Príncipe”. Duguin se limita a defender sus ideas, en concurrencia con otros muchos centros de influencia dentro del país. Una cuestión aparte es la de académicos como Lev Gumilev o Alexander Panarin: “sus teorías son presentadas – señala Marlène Maruelle – como norma científica y enseñadas a decenas de miles de estudiantes, por lo que es muy posible que Gumilev sea más pertinente que Duguin para comprender a la Rusia contemporánea”.[26]

Ahí reside principalmente la fuerza del eurasismo: en su poder de penetración capilar en sectores clave de la sociedad rusa; en su capacidad de generar un discurso autóctono frente al nuevo orden mundial. La caída de la Unión Soviética dio paso a un vacío ideológico que se combinó con un deseo mimético de Occidente. Superada esa fase, el país eurasiático aprende a marchas forzadas una lección esencial : en un mundo globalizado, el hard power se revela inútil si no va acompañado de un soft power eficaz, sin una narrativa propia que contrarrestre la colonización del imaginario irradiada por el Occidente mundialista. La ventaja del eurasismo es que proporciona esa narrativa. Y ello en un doble nivel: en el plano racional y en el de la creación de imaginario, esto es, en el discurso mítico. Un elemento esencial este último, si a lo que se aspira es a trascender las elaboraciones intelectuales y a generar una auténtica fuerza movilizadora que se alce frente a la unificación cultural mundial.[27]

La aportación del neo-eurasismo es precisamente ésa: la de situarse en la reacción mundial frente a la globalización. El neo-eurasismo transforma la especificidad rusa en “un modelo universal de cultura, en una alternativa al globalismo atlantista, en una visión también global del mundo”.[28] El neo-eurasismo retoma así uno de los rasgos más genuinos del pensamiento tradicional ruso: su carácter escatológico y mesiánico. El eurasismo deviene un arqueofuturismo,[29] una “apología de la barbarie” que no duda en afirmar que, ante los estragos del desarrollismo occidental y el futuro postindustrial de nuestras sociedades, el “arcaísmo” de Rusia constituye en realidad una ventaja. Ante los obstáculos insalvables, los bárbaros prefieren siempre cortar el nudo gordiano. Tal vez sea en las estepas de Eurasia donde se resuelva el destino de la modernidad. En el Heartland de los geógrafos, en el corazón de la Isla mundial.




[1] Lev Gumilev (1912-1992) – señala Marlène Laruelle – es una personalidad atípica, a la vez oficial y disidente, dentro del mundo intelectual soviético. Hilo del poeta Nikolai Gumilev (1886-1921, ejecutado por los bolcheviques) y de la poetisa Anna Akhmatova (1889-1966), Lev Gumilev fue arrestado y deportado en los años 1930, tomó parte en la batalla de Berlín y fue nuevamente deportado. Tras su liberación en 1956 se convirtió en especialista en los kázaros, los hunos, los turcos, los mongoles y otros pueblos de la estepa, participando en diversas expediciones científicas. En 1963 asumió un puesto de profesor en el Instituto de Filosofía y Economía de Leningrado. Siempre al borde del ostracismo por sus divergencias con los dogmas marxista-leninistas, sus publicaciones le aseguraron notoriedad entre la comunidad científica y una reputación sulfurosa y polémica. Rehabilitado durante la Perestroika y convertido en una celebridad, en su última obra, “De Rus a Rusia” Gumilev presenta al imperio zarista y a la Unión Soviética como la continuidad natural de los imperios de las estepas. Gumilev es hoy un autor “de culto” entre la comunidad académica y el gran público (Marlène laruelle, La quète d'une identité impériale, Le néo-eurasisme dans la Russie contemporane. Petra Editions, 35-40).


[2] Algo especialmente visible en Alexander Duguin con su inclinación por el pensamiento tradicionalista de René Guenon y Julius Evola, por la filosofía centroeuropea y por la “Nueva derecha” francesa. Por su parte, la obra del politólogo Alexander S. Panarin (1940-2003) se inserta en la filiación intelectual de Max Weber, Karl Marx, Arnold Toynbee, Lucien Fevre, Fernand Braudel y Les Annales, a la par que apunta convergencias con el alter-mundialismo y con el pensamiento europeo no conformista.


[3] Alexandre Douguine, L‘appel de l‘Eurasie. Conversation avec Alain de Benoist. Avatar Éditions, 2013, pp. 37-38.


[4] Marlène Laruelle, La quête d'une identité impériale. Le néo-eurasisme dans la Russie contemporaine. Petra Editions 2007, pp. 58-59. La “pasionariedad” fue en cierto modo intuída, a comienzos del siglo XIX, por Joseph de Maistre. El autor de las “Veladas de San Petersburgo” se refería a la pasión por la auto-inmolación como el auténtico motor de los ejércitos, de la sociedad civil y de los asuntos humanos en general. Un motor mucho más fuerte que el de la sociabilidad o los contratos artificiales.


[5] Marlène Laruelle, Obra citada, p. 60.


[6] Stefan Wiederkehr, Die Eurasische Bewegung. Wissenchaft und politik in der russischen emigration der zwischenkriegszeit und in postsowjetischen Russland. Böhlaug Verlag 2007, pp. 197-199.


[7] Marlène Laruelle, Obra citada, p. 60.


[8] La “Horda de Oro” era el Estado mongol que se extendía por Rusia, Ucrania y Kazajistán, y que se formó tras la división del imperio de Gengis Khan en la década de 1240.


[9] Marlène Laruelle, Obra citada, pp. 66-67


[10] Marlène Laruelle, Obra citada, pp. 68.69. No en vano Lévi-Strauss fue alumno de los eurasistas Roman Jakobson y Nikolai Trubetzkoy, fundadores de la fonología y máximas figuras del estructuralismo linguístico ruso.


[11] Gumilev compara la pretensión de intentar europeizar a un pueblo no-europeo con el intento de realizar una transfusión de sangre desde un grupo sanguíneo diferente (Stefan Wiederkehr, Obra citada, p. 201).


[12] Alexander S. Panarin (1940-2003) dirigió la cátedra de Ciencia Política en el departamento de filosofía de la Universidad Estatal de Moscú (MGU). Autor de manuales universitarios de referencia y ensayista célebre, Panarin obtuvo en 2002 el prestigioso premio Solzhenitsyn por su obra La civilización ortodoxa en un mundo globalizado.


[13] Marlène Laruelle, Obra citada, p. 96.


[14] Marlène Laruelle, Obra citada, p. 100.
Señala Alexander Duguin que el eurasismo como ideología del imperio “prevé una base ideológica para conducir una “cruzada” contra el extremismo y las ideologías terroristas – islamismo radical, separatismo nacionalista, chauvinismos residuales de superpotencia y radicalismo izquierdista (Alexander Duguin, Putin versus Putin. Vladimir Putin Viewed from the Right. Arktos 2014. Kindle edition.)


[15] Marlène Laruelle, Obra citada, p. 101.


[16] De forma significativa, la Ley de cultos de 1997 establece que la Federación Rusa cuenta con cuatro religiones tradicionales: La Iglesia Ortodoxa Rusa, el Islam, el budismo (principalmente lamaísta) y el judaísmo. Todas estas confesiones tienen el derecho automático de predicar y practicar sus doctrinas, mientras que las otras religiones están sujetas a trámites de inscripción.


[17] Las similitudes del pensamiento de Panarin con la “Nueva derecha” francesa y con Alain de Benoist – a quien cita con cierta frecuencia en su obra – son notables, especialmente en su voluntad de integrar en su pensamiento ideas tradicionalmente consideradas “de izquierda”, siguiendo un enfoque transversal.


[18] Alexander Guélievich Duguin (1962-). Doctor en filosofía y sociología por la universidad de Rostov del Don. Trabajó como periodista e ingresó en 1988 en el grupo nacionalista Pamyat. Fue asesor del Partido Comunista de Rusia, de Gennady Ziuganov. En 1994 ingresó en el Partido Nacional Bolchevique, que abandona en 1998 por desacuerdos con su dirigente, Eduard Limonov. A partir de entonces desarrolla una estrategia de “entrismo” en los círculos cercanos al poder. Su libro Fundamentos de geopolítica. El futuro geopolítico de Rusia (1997) se convierte en obra de referencia. Imparte cursos en la Academia Militar de Estado Mayor y en el Instituto de Estudios Estratégicos de Moscú. Consejero de diversos órganos de la Duma, a partir de 2000 se aproxima al entorno del Presidente Putin. En 2001 crea el movimiento Evrazia que en 2003 se transforma en el Movimiento Eurasista Internacional. A partir de 2005 Alexander Duguin se distancia cada vez más de Putin. Animador de numerosas revistas, programas de radio y televisión y de una “Nueva Universidad” de orientación tradicionalista, Duguin se hizo cargo (hasta 2014) del departamento de Sociología de Relaciones Internacionales de la Universidad de Moscú (MGU).


[19] Marlène Laruelle, Obra citada, p. 140. “Entre todas las ciencias modernas, la geopolítica es la que guarda en sí misma mayor conexión con la Tradición y con las ciencias tradicionales. René Guénon dijo que la química moderna es el resultado de la desacralización de una ciencia tradicional, la alquimia, como la física moderna lo es de la magia. De la misma manera se podría decir que la geopolítica moderna es el producto de la secularización y la desacralización de otra ciencia tradicional, la geografía sagrada”. (Alexander Duguin, De geografía sagrada a geopolítica, en The Fourth Political Theory, http://www.4pt.su/es).


[20] Alexander Duguin, L'appel de L'Eurasie. Conversation avec Alain de Benoist. Avatar éditions 2013, p. 61.


[21] “Las metas de cada participante en el cuarto camino serán parcialmente comunes – el derrocamiento de la hegemonía liberal – y parcialmente propias: la transformación de la sociedad según sus propias tradiciones”. (Alexander Duguin, en A la España negra, en The fourth political Theory. http://www.4pt.su/es).


[22] Marlène Laruelle, Obra citada, p. 159.


[23] Alexander Duguin: “Un pueblo es un compuesto de diferentes elementos étnicos. Un pueblo es algo diferente de un etnos. Existen los etnos – los chechenos, los avaros, los rusos, los calmucos – y existe el pueblo ruso (folk), el pueblo que integra todos esos etnos. En el nivel de los etnos se pone el acento sobre las diferencias, y en el nivel del pueblo se pone el acento en la unidad. Un pueblo es siempre un elemento integral, opuesto a la desintegración”.


[24] Cita de P. A. Taguieff (Sur la nouvelle droite), en Marlène Laruelle, Obra citada, p. 143.


[25] Alexander Duguin, Putin versus Putin. Vladimir Putin Viewed from the Right. Arktos 2014. Kindle edition.


[26] Marlène Laruelle, Obra citada, p. 30.


[27] En contraste con el Logos occidental, el pensamiento eurasista funciona en el doble plano de la lógica racional y del discurso mítico. La cultura occidental, confinada en una dialéctica que excluye el segundo, no puede permitirse asociaciones de elementos que percibe como antitéticos.
Si el eurasismo es la racionalización de un mito, eso significa que el material mítico preexistía al discurso eurasista, y que incluso pudo tomar cuerpo en episodios o personajes que lo proyectaron de forma inconsciente. Es inevitable pensar aquí en el “último general blanco”, el Barón Ungern Von Sternberg (1885-1921), y en su alucinada cabalgada con los mongoles, cosacos y nórdicos de su División Asiática de Caballería, en pos de un nuevo imperio que descendiera desde Oriente hasta Occidente. Ungern Khan, o la imagen mítica del “guerrero eurasiático”.


[28] Marlène Laruelle, Obra citada, p.132.


[29] Expresión del escritor francés Guillaume Faye: L'Archeofuturisme: Techno-science et retour aux valeurs ancestrales, L‘Æncre, 2011.

Rusia, metapolítica del otro mundo (IV)



Rusia, metapolítica del otro mundo (IV)






Llegamos con esta entrega a la mitad del recorrido de esta serie dedicada a Rusia.



Adriano Erriguel





ADRIANO ERRIGUEL





El eurasismo, ¿alternativa a Occidente?
Nuestra época está marcada por una corriente arrolladora hacia la unificación mundial. El planeta se hace más pequeño al compás de la globalización, y una visión turística del mundo sustituye a las antiguas confrontaciones. Con la victoria total del capitalismo y de los mercados, el liberalismo es la única ideología posible en el siglo XXI. La globalización es también la victoria de Occidente: un modelo único para toda la humanidad. Pero se encienden focos de rebelión. Uno de ellos se llama eurasismo.
Rusia no es tanto un país como una civilización aparte, esto es, una forma particular de ser y de estar ante el mundo. El eurasismo es el intento de teorización de ese convencimiento. Un sistema de pensamiento con ambición de totalidad, tan metafísico como científico, tan político como filosófico, que trata de resolver los interrogantes abiertos durante dos siglos sobre la identidad rusa, sobre su cultura y sus valores. En ese sentido el eurasismo – y no el bolchevismo – es la única ideología genuinamente rusa surgida en el siglo XX. La única que, en vez de intentar imponer un cuerpo de doctrinas foráneas, trata de elaborar su propia lógica y su propio lenguaje. El eurasismo se configura como una teoría de ruptura frente al discurso de valores occidental[1].
De la misma forma que “Occidente” no designa hoy tanto una realidad geográfica cuanto que un tipo de civilización – la globalización neoliberal de hegemonía norteamericana – la expresión “Eurasia”, en el sentido que le confieren los “eurasistas”, no se limita a su significado geográfico. El eurasismo remite ante todo a una actitud filosófica, metafísica, existencial. Pero su punto de partida es la geografía, a la que asigna el lugar que en la visión occidental del mundo ocupa la historia. Para el eurasismo es la geografía – y no la historia – la que moldea la identidad de los pueblos. Es a partir de constantes geográficas como cabe aprehender la especificidad de los pueblos, no a partir de un historicismo que divide a las naciones en “atrasadas” y “modernas” según un canon cronológico-progresista de impronta occidental. Es por ello por lo que los eurasistas denuncian el “imperialismo epistemológico” occidental e invitan a Rusia a que “desaprenda Occidente”[2].
El eurasismo es una reivindicación del derecho a la diferencia, identitaria y metodológica, de todo lo que no es occidental. Rusia no es Occidente, es “un continente específico, un individuo geográfico, una totalidad definida por sus especificidades territoriales y geopolíticas, linguísticas y etnológicas. Por ello las ciencias susceptibles de revelar la ’esencia’ eurasiática están sometidas al primado del suelo y de la geografía”[3]. Elemento clave en este sistema de pensamiento es el rechazo del concepto occidental de temporalidad, que los eurasistas denuncian como una “colonización de los espíritus”. ¿Es posible una “historia sin tiempo”? ¿En qué consiste la idea eurasista de la historia?

Historia cíclica, historia esteparia
La aportación más novedosa del eurasismo es la sustitución del tiempo por el espacio, el sometimiento del primero al segundo. Ideología “geografista” por excelencia, la diferencia entre Europa y Rusia “se conjuga para los eurasistas en el modo espacial: la estepa está en el centro del pensamiento eurasista; la estepa conforma el mundo del movimiento, de la geografía. La estepa es también el mundo de la repetición. Según el geógrafo P. N. Saviskiy, Eurasia no conoce más que una única dinámica: la de la unidad, la de los imperios de las estepas que se extienden del Este al Oeste. La historia del mundo nómada – continúa Saviskiy – ofrece un material rico para la construcción de toda una teoría de la repetición de los fenómenos históricos. Y la historia de Eurasia se resume por sus constantes intentos de unificación interna. Al desplazarse del Oeste hacia el Este el pueblo ruso no hizo otra cosa que retomar en un sentido inverso el movimiento nómada, un movimiento cuya línea de continuidad es tan clara que puede hablarse de una repetición geopolítica de los acontecimientos”[4].
Las implicaciones filosóficas de esta perspectiva – en la que reverberan las viejas concepciones “cíclicas” del tiempo histórico – son grandes. Es la ruptura de la concepción lineal de la historia, heredada del judeocristianismo. Para el eurasismo “diferentes tiempos históricos pueden convivir simultáneamente en el espacio eurasiático, que no puede por lo tanto ser situado de manera unívoca en una escala temporal lineal”. Dicho de otra forma: un mismo fenómeno social puede conocer – según el historiador G.V. Vernadsky – “cambios analógicos que se sobreponen al tiempo y al espacio. Dentro de un mismo espacio, un fenómeno social evoluciona siguiendo el tiempo. Pero dentro de un mismo período de tiempo, el fenómeno social varía según el espacio. A medida que retrocedemos en perspectiva, percibimos con mayor intensidad una serie de círculos fijos: las irradiaciones de aquellos fenómenos que, si antes estaban en el epicentro de la historia, hoy hace tiempo que están extinguidos”.
Una historia esteparia, una historia cíclica, un doble fenómeno de repetición que sustrae a Eurasia del campo de la Historia y la proyecta a un espacio atemporal, inmutable, no sometido al tiempo histórico. El Eurasismo como utopía retroactiva, una utopía que “puede proyectarse también en un futuro escatológico que pretende existir desde tiempos inmemoriales (…). Y si Eurasia existe fuera del tiempo, su historiografía no puede ser más que una historiosofía: el relato de una revelación donde cada acontecimiento encuentra su sentido”[5].
¿Mística o ciencia? ¿Historia o metafísica? Plantearlo en estos términos supone ya situarse en la perspectiva occidental. Pero el discurso eurasista se sustrae a esa dicotomía y elabora su propia lógica, que avanza a partir de sus propios presupuestos. “Frente al Occidente portador de la ratio, Oriente es el único que tiene conciencia del tiempo, de que la historia no puede ser ni una progresión mecánica sometida a leyes invariables ni el resultado del azar. Pensar la historia supone reconocer tanto la irracionalidad del hombre como el determinismo divino que preside el destino de los pueblos”. Si la historia tiene un sentido, para el eurasismo éste sólo puede captarse a partir de un marco de pertenencia colectiva. El tiempo y el espacio son nacionales, y el auténtico historicismo es siempre nacional. Por eso – señala Marlène Laruelle – “los eurasistas recusan de forma general toda posibilidad de comunicación entre las civilizaciones. El mundo debe ser policéntrico. Es preciso restablecer áreas de civilización iguales en derechos, autónomas unas de otras. Es preciso concebir el mundo como una serie de áreas culturales supranacionales, porque el Estado-nación es una construcción artificial de Occidente”[6]. Según esta idea los miembros de la comunidad mundial no serían Inglaterra, Rusia, Nicaragua, etc, sino Eurasia, India, Europa, América latina, del Norte…
El eurasismo es un discurso en ruptura con el progresismo occidental. Rechaza toda clasificación de los pueblos y las culturas según una escala de perfeccionamiento o de “progreso”. Por el contrario defiende el principio de la inconmensurabilidad cualitativa: ninguna nación tiene derecho a juzgar a otra. Un relativismo cultural extremo – apunta Marlène Laruelle – en el que se advierte la influencia del romanticismo alemán, con su defensa de la diversidad de culturas nacionales como portadoras de “porciones de la totalidad divina”. El eurasismo abomina de la globalización homogeneizadora del mundo. Porque “una “cultura universal” sería necesariamente racional, mecánica, espiritualmente vacía. Si no quiere ser una mera abstracción, la cultura no puede ser más que nacional”. O como señalaba el etnógrafo N. S. Troubetzkoy, la multiplicidad de las culturas es una “respuesta divina” a la construcción de Babel. En ese sentido “existe un paralelismo entre Europa y la humanidad de Babel: un éxito tecnológico proporcional al vacío espiritual, a la autocelebración blasfema de una humanidad que se cree autosuficiente”[7].

Un pueblo imperial
El eurasismo introduce un giro copernicano que contrasta con la tradición eslavófila. Ambas corrientes coinciden en su antiindividualismo, en la idea de que el hombre no es el centro del universo sino el agente de una misión que le trasciende. Pero el zócalo sobre el que se asientan las identidades colectivas no es el mismo para ambas corrientes. Si para los eslavófilos – nacionalistas panrusos, influidos por la idea del Volkgeist – las colectividades humanas se definen ante todo por la pertenencia étnica, para los eurasistas los grupos humanos se constituyen en torno a una determinada “idea”. Mejor dicho, en torno a una comunidad de destino.
¿Comunidad de destino? El eurasismo es partidario de la idea de la convergencia histórica. Autores como Trubestkoi y Saviskiy desarrollaron un concepto que sería más tarde adoptado por otras disciplinas: “la similitud a través del contacto”. La similitud como resultado no de una herencia común, sino de la vecindad continuada y del desarrollo paralelo. “La ideología eurasiática – señala el politólogo Stefan Wiederkehr – sostiene que los pueblos de Eurasia, a pesar de tener distintos orígenes y de no estar genéticamente emparentados, han desarrollado, con el correr del tiempo, una semejanza cada vez mayor y evolucionan hacia un mismo objetivo”. Eurasia es lo que los eurasistas denominan un “espacio de desarrollo común” (mestorazvitija); un “individuo geográfico” (P. N. Saviskiy). Pero el eurasismo introduce también un cierto sentido de predestinación. De la misma forma que un embrión desarrolla todo su potencial hasta convertirse en un ser adulto, Eurasia no es el producto de una casualidad (una serie de pueblos coincidentes un mismo espacio) sino que responde a una evolución necesaria. “La naturaleza de Eurasia – decía N. S. Trubetskoy – reside en su predestinación histórica a devenir una unidad. La unidad estatal de Eurasia es, desde el principio, un resultado inevitable”. La nación eurasiática es en este sentido producto “no del pasado y de la descendencia, sino del futuro y la teleología”[8].
A pesar de sus numerosas metáforas orgánicas, el biologismo y la genética no son admitidas por el discurso eurasista. Éste permanece “en el reino platónico y hegeliano de las ideas; la nación es religiosa y cultural; la historia del hombre no es la de una lucha sangrienta entre los fuertes y los débiles”[9]. Ni rastro pues de darwinismo social, ni de nacionalismo etnicista. En el contexto de la escalada del nazismo los eurasistas tomaron posición, desde el punto de vista cristiano, contra lo que llamaron la “barbarización de Europa”. Igualmente denunciaron el antisemitismo como un materialismo antropológico extremo. No podía ser de otra manera. El rechazo del racismo está en sintonía con la diversidad étnica del pueblo ruso. También con la propia idea de “Eurasia” como continuidad heterogénea en su origen pero homogénea en su destino. El discurso euroasiático no es un discurso sobre la nación sino sobre el imperio, en el sentido más tradicional y más auténtico del término.
¿Qué es Rusia? La eterna pregunta. Para los eurasistas Rusia se asimila a Eurasia. Lo cual no significa afirmar – precisa Marlène Laruelle – que Rusia sea Asia, sino que existe un Asia rusa. Eurasia no es ni una simbiosis ni un mestizaje, puesto que en ella se reúnen distintos pueblos y culturas – europeas y asiáticas – que no por ello renuncian a su alteridad. Pero si Eurasia existe “lo es gracias a que el pueblo ruso reúne en él todas las identidades de ese viejo continente. Rusia es eurasiática en su misma esencia, con o sin Eurasia, y la supranacionalidad eurasiática es la expresión de una ’rusidad’ que engloba en ella las diversidades nacionales”[10]. Dentro de esa diversidad eurasiática el pueblo ruso es el agente cohesionador. Sin él, no habría una totalidad que dé sentido a las partes. En ese sentido podríamos decir que el pueblo ruso es un pueblo con unamisión. Un pueblo imperial. Rusia estaba llamada a tomar la dirección, tarde o temprano, de toda Eurasia. ¿Como empezó todo?

Reivindicación de Gengis Khan
Para los eurasistas el Principado de Kiev – el primer Estado eslavo, surgido entre el siglo IX y las invasiones mongolas del siglo XIII – es un episodio importante, pero históricamente marginal a los efectos de la construcción de Eurasia. El embrión de la misión histórica de Rusia es el Principado de Moscovia, formado a partir del siglo XIV. En él se produjo el sincretismo definitorio de la identidad rusa: el elemento eslavo precristiano, la tradición bizantina y la aportación tártaro-mongola. En realidad todo empezó con los mongoles…
Gengis Khan marca un antes y un después. El conquistador de Asia “cristaliza la identidad rusa y la transforma en entidad euroasiática”. El imperio mongol no fue un modelo para Moscovia sino más bien una “pálida anunciación del destino ruso”[11]. Inversión radical de perspectivas: la invasión mongola no fue ni una catástrofe ni la causa del retraso histórico de Rusia, sino el crisol donde se forjó su identidad. Gengis Khan, el Carlomagno de las estepas.
¿Reivindicación de la horda? ¿Apología de la brutalidad? No se trata de eso. Los eurasistas afirman que Occidente, llevado de su egocentrismo, desconoce la realidad del imperio mongol. Los historiadores Vernadsky y Xara-Davan insistían en la importancia de lo espiritual – más que de lo económico y político – en la voluntad imperial de Gengis Khan. El Imperio mongol estaba concebido como un instrumento del Cielo eterno para establecer el orden en el universo. Una voluntad mesiánica que se materializaba en la edificación de un poder estatal, en una jerarquía político-administrativa, en el desarrollo del comercio, en la unión geopolítica de Eurasia. Una prefiguración, en suma, del mesianismo ruso: expansión territorial, sí, pero sustentada en un Imperium, en una fuerza espiritual. “Moscú como Tercera Roma encuentra una referencia en el absoluto político-religioso del imperio mongol”[12]. Lo que es también una escatología: un modelo de historicidad – señala Marlène Laruelle – “menospreciado por Occidente pero, según los eurasistas, específico de Rusia”[13].
Inversión radical de perspectivas: la influencia mongola habría contribuido no sólo a fortalecer la religión ortodoxa, sino a diferenciarla también del cristianismo occidental. El sentido religioso tártaro-mongol – con la importancia otorgada a la experiencia y al rito – se habría comunicado a la ortodoxia rusa: una religión que privilegia el ritualismo y la experiencia cotidiana sobre el enfoque intelectualizado del cristianismo occidental. Si las religiones paganas son meros cultos – y no religiones reveladas –, el cristianismo ortodoxo sería el único que habría sido capaz de conjugar la Revelación de Cristo con el ritualismo característico de las religiones ancestrales. La omnipresencia social del ritual pone de manifiesto que, como en la antigua Roma, la ortodoxia rusa es ante todo una religión de la polis.[14]
¿Es posible un imperio sin imperium? Sí lo es. Su nombre es imperialismo. El imperialismo es – observaba Julius Evola – una degeneración de la idea del Imperio, un expansionismo generado por la fuerza bruta, una superestructura mecánica y sin alma. Pero el eurasismo no propugna el dominio de un pueblo sobre otros sino una convergencia de etnias, de lenguas y de culturas dentro de un mismo territorio. Recogiendo esa idea el geógrafo P. Saviskiy definía al eurasismo como un “Imperialismo sano”. Pero tal vez no sea éste el término adecuado. La concepción eurasiática se aproxima mas bien a la idea tradicional del Imperio, tal y como se manifestaba en la Roma republicana: un pueblo federador (primus inter pares); una religión cívica basada en el rito; una tolerancia religiosa; una multiplicidad étnico-cultural; una integración bajo un principio rector. ¿Qué es todo ello sino el principio del Imperium, entendido como “la voluntad – en palabras de Julius Evola – de realizar en la tierra un orden y una armonía cósmica siempre amenazada”?; el imperium como “unidad de contrarios, como armonía de lo uno y lo múltiple, como conciliación de lo universal y lo particular” (Moeller Van der Bruck).

Una cultura de la otra Europa
El Eurasismo es una invitación a desaprender Occidente. A una ruptura con la epistemología occidental. Ello exige la elaboración de un lenguaje y de una lógica propia. Pocas corrientes intelectuales han sido tan fecundas a la hora de dar a luz nuevas ramas del saber: geosofía, etnosofía, historiosofía; o de acuñar nuevos términos: topogénesis, ideocracia, etnogénesis, pasionariedad. Términos y disciplinas difícilmente homologables a los estándares científicos de Occidente. Pero el enfoque eurasista no busca homologarse, sino diferir del occidental: mientras éste se pregunta por el “cómo” de las cosas, el primero se pregunta por su finalidad o sentido. El eurasismo es ante todo una hermenéutica, en cuanto interpreta los fenómenos como símbolos o signos de algo trascendente. Es también un pensamiento holista, en cuanto intenta mostrar la unidad de los fenómenos descritos, situarlos como partes de un “todo”. El holismo científico es “una aspiración a la unidad de los saberes, una constante del pensamiento ruso”[15]. Para el eurasismo las ciencias son también una expresión de la identidad nacional.
Pero es preciso no engañarse: esa subversión de la lógica occidental tiene sus matrices intelectuales en Europa. El eurasismo recoge la herencia de Hegel en primacía que otorga las “ideas” como motor de la historia. Se apropia de las teorías de Herder en su defensa del particularismo de los pueblos. Asume la perspectiva neoplatónica en su creencia en un “sentido oculto” de las cosas. Se inspira en la Naturphilosophie alemana en su defensa del organicismo científico. Recurre a las ideas de Nietzsche en su oposición entre “cultura” y “civilización”. Continúa la obra de Spengler en su visión cíclica de la historia. Integra la filosofía de Bergson en su crítica del cientifismo. Y así sucesivamente.[16]
A pesar de la originalidad de sus enunciados y del carácter irreductiblemente ruso de sus intuiciones, el eurasismo participa del clima europeo de su época – los años 20 y 30 del pasado siglo –. En este sentido puede ser considerado como una “revolución conservadora” rusa, o como la versión rusa de la “revolución conservadora” alemana. Al igual que ésta el eurasismo incorpora los saberes occidentales y se sitúa en el corazón de la modernidad, pero lo hace para subvertirla y llevarla por otros cauces. Frente al tradicionalismo pasivo que se aferra al pasado, el eurasismo es un antioccidentalismo activo que no reniega de la idea de revolución. Por otro lado, el hecho de que se defina en contraposición a Europa no significa que los eurasistas sean antieuropeos. Lo que sí son es antioccidentales. Y sólo son antieuropeos en la medida en que Europa se ha convertido en Occidente – en un proyecto uniformizador y mundialista – y ha dado la espalda a lo que hizo su grandeza. Los eurasistas se incluyen por derecho propio en una tradición cultural europea: en la revuelta que, desde el romanticismo, se expresa contra la civilización racionalista y burguesa. La cultura de la otra Europa.
Pero el eurasismo ejemplifica, sobre todo, lo que puede dar de sí un pensamiento metapolítico llevado a su más alto nivel de exigencia. “El eurasismo clásico – subraya el politólogo Stefan Wiederkher – fue una corriente original que, en apoyo de un programa político antiliberal, desarrolló enfoques científicos innovadores y experimentó con modelos teóricos que en esa época (…) estaban ya encontrando su lugar en el mainstream de la investigación histórica – tales como la interdependencia entre geografía e historia o el estudio de las mentalidades”.[17] Escuela de pensamiento multidisciplinar, entramado de alto nivel teórico, ambición de totalidad, voluntad de construir una cosmovisión. El eurasismo es la plasmación de una filosofía que da la primacía a las ideas como motor de la historia. Fue, en este sentido, el movimiento metapolítico par excellence.[18]
Un movimiento que, más de medio siglo después, habría de retornar con fuerza, entre la incertidumbre y el caos de la disgregación de la Unión Soviética.



[1] El eurasismo fue una ideología elaborada principalmente en los ambientes intelectuales y académicos de la emigración rusa en Europa, principalmente en Praga, París y Berlín, durante los años 20 y 30 del pasado siglo. Los principales teóricos eurasistas (y figuras señeras en sus respectivas disciplinas) fueron siete: el geógrafo y economista P. N. Saviskiy (1895-1968); el etnógrafo N. S, Trouvetskoy (1890-1938); el lingüista Roman Jakobson (1896-1982); el filósofo L. P. Karsavin (1882-1952); el historiador G. V. Vernadsky (1887-1973); el pensador religioso G.V. Florovskiy (1893-1979); el filósofo del derecho N. N. Alekséev (1879-1964).


[2]Marlène Laruelle, L’idéologie eurasiste russse, ou comment penser l'empire. L’Harmattan 1999, pag 26. Esta eslavista francesa está considerada como la principal referencia en Europa sobre el movimiento eurasista. A éste ha dedicado, aparte de la obra citada, el libro: La quête d’une identité impériale. Le néo-eurasisme Dans la Russie contemporaine (Petra Editions 2007). En la exposición que sigue nos apoyamos preferentemente en estas obras.


[3]Marlène Laruelle, Obra citada, pag. 30.


[4]Marlène Laruelle, Obra citada, pags. 101-102.


[5]Marlène Laruelle, Obra citada, pags. 103-104.


[6]Marlène Laruelle, Obra citada, pags. 95-96.


[7]Marlène Laruelle, Obra citada, pag 97.


[8] Stefan Wiederkehr, Die Eurasische Bewegung. Wissenchaft und politik in der russischen emigration der zwischenkriegszeit und in postsowjetischen Russland. Böhlaug Verlag 2007, pags. 72-74.
Vinculado a la idea de “espacio de desarrollo común” (mestorazvitija) está el concepto (también desarrollado por los eurasistas) de “lenguas aliadas” (Sprachbund): grupos de lenguas que han desarrollado estructuras similares por contacto mutuo, en contraposición a las “familias lingüísticas” (Sprachfamilie), grupos de lenguas con un mismo origen.


[9]Marlène Laruelle, Obra citada, pag. 179


[10] Marlène Laruelle, Obra citada, pag. 193.


[11]Marlène Laruelle, Obra citada, pag. 193


[12]Marlène Laruelle, Obra citada, pag. 269


[13]Marlène Laruelle, Obra citada, pag. 104.


[14] Para los eurasistas “la Iglesia rusa es una Iglesia abierta, que no pretende más que una parte de la verdad, capaz de reconocer otras expresiones religiosas. Según algunos podría hasta ser acusada de panteísmo (...) por sus fuertes influencias paganas (...) La iglesia rusa es una ortodoxia próxima del paganismo de algunos pueblos eurasiáticos, sin vinculación con la ortodoxia griega y balcánica, alejada del cristianismo occidental”. Marlène Laruelle, Obra citada, pag. 194.


[15] Marlène Laruelle, Obra citada,, pags 109-111.


[16] Marlène Laruelle, Obra citada,, págs. 82-86.


[17] Stefan Wiederkehr, Die Eurasische Bewegung. Wissenchaft und politik in der russischen emigration der zwischenkriegszeit und in postsowjetischen Russland. Böhlaug Verlag 2007, pags. 297-298.


[18] Como movimiento metapolítico el eurasismo es ante todo – señala M. Laruelle – “una atmósfera, una concepción del mundo”. Nunca contó con una plataforma ideológica común, mucho menos con un partido político. De hecho, los itinerarios políticos de los eurasistas fueron divergentes. Puede hablarse de rama “praguense” (Saviskiy, Troubetskoy) muy hostil a la URSS, y de una rama “parisina”, próxima al régimen soviético. La primera tuvo a sus principales interlocutores en la “revolución conservadora” y otras corrientes europeas de “tercera vía”. La rama “parisina” – que acentuaba el papel “ontológicamente revolucionario” del eurasismo – sería infiltrada por los servicios soviéticos. Varios de sus miembros, retornados a la URSS, acabarán en campos de concentración o fusilados. El clima de radicalización de los años 30 redundó en la división del eurasismo y en su práctica extinción en vísperas de la segunda guerra mundial.

Rusia, metapolítica del otro mundo (II)


Rusia, metapolítica del otro mundo (II)






Proseguimos hoy la serie sobre Rusia, con la segunda de las ocho entregas de que consta.



Adriano Erriguel




ADRIANO ERRIGUEL




¿Rusia es culpable?
Mucha retórica se hizo, a lo largo de dos siglos, sobre Rusia como encarnación de la barbarie asiática, como quintaesencia de la “horda”. De una manera u otra ese estereotipo sigue latente en nuestro imaginario. Y de forma interesada es periódicamente reactivado. Por definición, Rusia casi siempre es “culpable”. ¿De dónde surge esa retórica? ¿A qué obedece su persistencia en el tiempo?
En las líneas que siguen mantendremos que, entre Rusia y Occidente, hay un desencuentro de fondo. Y ello es debido a que la civilización rusa ha evolucionado de forma propia, se ha enfrentado a Occidente y ha forjado unos valores propios. ¿Una contramodernidad alternativa?
Una historia sesgada
El discurso rusófobo adquiere carta de naturaleza tras el fin de las guerras napoleónicas, a partir de la consolidación de Rusia como gran potencia europea. Ese discurso fue sistemáticamente alimentado durante el siglo XIX por la propaganda anglosajona, en el contexto de la rivalidad entre los imperios británico y ruso por el control de Asia central – el “Gran Juego” del que hablaba Ruyard Kipling –. La imagen de una Rusia autocrática sumida en el oscurantismo y la tiranía perduró hasta la revolución de 1917. A partir de entonces el comunismo – asimilado a la barbarie y despotismo asiáticos – quedó asociado a la imagen de ese país, convertido en paradigma del totalitarismo frente al mundo “libre”. Con diferentes altibajos esa imagen perduró hasta la caída de la Unión Soviética, para dar paso a la imagen turbia de una Rusia inmersa en la corrupción y manejada por oligarquías mafiosas. La historia concluye con la irrupción de un tirano de nuevo cuño: Vladimir Putin.
Se trata de un discurso sesgado, al menos en lo que se refiere a la historia previa a la revolución de 1917. Suele obviarse un dato de partida: situada en la periferia oriental de Europa, Rusia fue durante siglos el amortiguador de las invasiones asiáticas y una barrera defensiva de facto para la civilización europea. Las publicitadas brutalidades de algunos de sus gobernantes – Iván el Terrible y Pedro el Grande, básicamente – encuentran dignos parangones en no pocos episodios de la Europa de aquellos años. Pero es a partir de la edad contemporánea cuando la historia se cuenta sistemáticamente a medias. Fue la moderación del Zar Alejandro I la que hizo posible que Francia, tras la derrota de Napoleón, se reintegrara como potencia de primer orden en Europa. A lo largo del siglo XIX Rusia participó en un concierto europeo que, con todos sus defectos, hizo posible un siglo de paz en el continente. El imperio zarista era ciertamente una autocracia, pero también era un imperio multinacional, tolerante en lo cultural y en lo religioso; sus conductas en los territorios conquistados fueron, comparativamente, bastante más benignas que las prácticas coloniales de muchas potencias europeas. Y es cierto que la servidumbre perduró hasta 1861, pero en ese mismo año se abolió por decreto, mientras que los Estados Unidos precisaban de una guerra civil para abolir la esclavitud.
En las guerras de liberación balcánicas, Rusia contribuyó con su sangre a la independencia de los pueblos eslavos. Fue solamente la intervención de las potencias occidentales – interesadas en mantener el equilibrio de poder – la que impidió que los ejércitos rusos expulsaran a Turquía del suelo europeo. A pesar de la carencia de instituciones democráticas y de la dureza de los presidios siberianos no puede decirse que, durante la mayor parte del siglo XIX, las prácticas represivas en Rusia estuvieran a años luz de las que estaban a la orden del día en muchos países de Europa y América.
Pero es en la vida intelectual donde se desmiente la imagen de un mundo monocorde, hecho de opresión y de silencios. El siglo XIX fue la edad de oro de la cultura rusa: una ebullición de ideas, de debates y de disidencias que la censura zarista a duras penas lograba controlar. La gran cultura rusa se desarrolló siempre en tensión dialéctica con Europa; una relación de atracción y de rechazo que se acompañaba del sentimiento de formar parte del mundo europeo, entendido en un sentido amplio. Y con particular celo mesiánico – señala la historiadora Vera Tolz – “los intelectuales rusos decidieron que la salvación de los auténticos ideales europeos constituía la misión histórica de Rusia”. [1]
Rebelión contra el mundo moderno
¿Metapolítica de Rusia? Si tuviéramos que resumirla en una fórmula, podríamos decir que Rusia apostó casi siempre por Europa. Si bien por otra Europa.
Los grandes intelectuales rusos fueron, casi siempre, pensadores religiosos. Señalaba el filósofo Nikolay Berdiaev que “los pensadores del tipo de Dostoyevski y Konstantin Leontiev no negaban la gran cultura de la Europa occidental. Respetaban esa cultura más que los europeos contemporáneos. Pero rechazaban la civilización europea contemporánea, su espíritu “burgués” o “pequeño burgués”. Veían en ella una traición a las grandes tradiciones y legados del pasado de la cultura europea”.[2]
Más que de una oposición entre Rusia y Europa se trataba por tanto de una lucha entre dos tipos de cultura. De una lucha que durante más de un siglo se libró en el propio suelo europeo: por un lado la civilización industrial, burguesa y moderna – de espíritu fundamentalmente materialista e irreligioso – y por otro lado la protesta contra ese mundo moderno que se expresó en el romanticismo, el simbolismo y en toda una gama de tendencias utópicas y reaccionarias. “Todo el fenómeno de Nietzsche – añadía Berdiaev – con su sueño apasionado de una cultura trágica, dionisíaca, fue una propuesta vehemente y enfermiza contra el espíritu triunfante de la civilización europea. Este problema es universal y no puede ser explicado como un problema de oposición entre Oriente y Occidente. Es el problema de la contraposición entre dos espíritus, entre dos tipos de cultura tanto en Europa como en Rusia, tanto en Occidente como en Oriente.”[3]
Rusia se constituyó, a partir de mediados del siglo XIX, en un arsenal intelectual para todos los rebeldes contra el mundo moderno. “Para bien y para mal – escribe el historiador Steven G. Marks –a finales del siglo XIX el liberalismo, el capitalismo y el imperialismo estaban arrancando a muchas sociedades de sus formas de vida tradicionales. O como escribía Martin Buber: el hombre moderno ha perdido la sensación de “sentirse en casa” en el mundo. Y muchos intelectuales fuera de Europa, enfurecidos y alienados, culpabilizaron de la opresión, de la pobreza y de los males de su existencia a un Occidente tan todopoderoso como profundamente detestado. Para todos ellos, Rusia se configuró como el símbolo de la resistencia frente a la civilización occidental”. [4]
¿Por qué Rusia? Lanzada por los zares a una carrera contra reloj para no perder el tren del progreso, empeñada en una industrialización acelerada para mantener su paridad de gran potencia, Rusia se vio sacudida de forma intensa por el cortocircuito de la modernidad. Y el universo cultural ruso, que conocía entonces su edad de oro, empezó a tomar conciencia de los efectos colaterales de este proceso. Los intelectuales rusos empezaron a prodigar críticas contra la modernidad occidental, con sus gobiernos representativos, su economía capitalista y la primacía de una clase media consumista en una sociedad industrial y urbana. No es extraño por tanto que en Europa y en otras partes del mundo, “gran número de escritores y artistas desilusionados con el materialismo y el racionalismo de una sociedad obsesionada por el progreso, comenzaron a expresar su descontento a través de los experimentos del movimiento modernista. Y todos ellos volvieron su atención a las novedades intelectuales que, irradiadas desde Rusia, ofrecían alternativas al poderío occidental y a sus valores”.[5]
Un fenómeno cultural que terminó resultando en una paradoja suprema: esa resistencia frente a la modernidad, a base de intentar subvertirla, contribuyó también a moldearla. Se sentaron así las bases de una modernidad alternativa.
¿Tolstoi o Dostoyevski?
Modernismo: el paradójico nombre que, en los manuales de historia, designa al movimiento que dio cauce a la gran rebelión cultural antimoderna que estalló en el tránsito del siglo XIX al XX. En realidad el modernismo es una mutación del romanticismo: una corriente que puede definirse como una crítica de la modernidad en nombre del pasado, como una protesta cultural contra la civilización moderna, industrial y burguesa.[6] En el modernismo, en sentido amplio, caben una multitud de tendencias – simbolismo, expresionismo, irracionalismo, surrealismo – que tienen sus orígenes en el romanticismo y en el grito de liberación de la conciencia individual y colectiva frente a los muros impuestos por la ilustración racionalista y la religión del progreso.
No es extraño que fuera Alemania, la cuna del romanticismo, el país que con más intensidad volviera la mirada hacia Rusia. Más allá de las contingencias políticas, una corriente de afinidad subterránea circulaba entre ambos pueblos. Una corriente que reivindicaba la parte irracional, mística e indomable de la cultura y del hombre. Así lo sentían al menos sus espíritus superiores. “El rasgo característico de los alemanes – decía Dostoyevski –, ese pueblo grande, orgulloso y peculiar, es el de protestar. Alemania jamás hubiera querido unirse con el mundo occidental, ni en sus destinos ni en sus principios”. Thomas Mann subrayaba también la proximidad espiritual y metahistórica entre Alemania y Rusia. En su obra Consideraciones de un apolítico el autor de La Montaña Mágica recurría a Dostoyevski – y a su crítica del Occidente pequeño burgués – para reforzar la contraposición polémica entre la Kultur alemana y la civilisation occidental. Un argumento que caía en suelo fértil: en ningún otro país europeo fue Dostoyevski más leído que en Alemania, país donde se convirtió en “autor de culto” de la mano del coeditor de sus obras completas, Arthur Moeller Van Der Bruck, el teórico de la “Revolución conservadora”.[7]
La influencia de Dostoyevski sobre la “revolución conservadora” alemana fue decisiva. El autor de San Petersburgo representaba la encarnación de Rusia, la expresión de “la locura rusa, de la tragedia eslava, de sus interiorizaciones místicas y de su tensión frenética”. Rusia era – para Moeller Van Der Bruck – “un pueblo místico […] que puede ayudar a los alemanes a acercarse a su religión ancestral”. Y añadía: “si algún día la humanidad occidental llegara a su ocaso y el espíritu alemán estuviera en dormición, sólo una madre eslava podría dar a luz a un nuevo Buda o a un nuevo Jesús, procedentes de Oriente”. Está claro que la rusofilia de Moeller Van Der Bruck servía a unos objetivos propios: el deseo de empujar a sus compatriotas hacia una toma de conciencia sobre la oposición entre la Kultur germánica y la civilización occidental.[8]
Un Dostoyevski alemán. Un icono de la Revolución conservadora. Un símbolo de Rusia. ¿De toda ella? Normalmente suele considerarse al otro gran profeta ruso, León Tolstoi, como el polo opuesto. No en vano ya Lenin definía a Tolstoi como un autor “progresista”, como el precursor de la revolución rusa...
La contraposición parece clara: el progresista Tolstoi versus el reaccionario Dostoyevski. El pacifista Tolstoi versus el belicoso Dostoyevski. El anarquista Tolstoi versus el monárquico Dostoyevski. Pero se trata de una contraposición superficial y equívoca. Una simplificación que esquiva la realidad de fondo: el carácter antimoderno, antiliberal y rabiosamente antioccidental de ambos gigantes.
Un oscuro nihilismo
Anna Karenina se suicida bajo las ruedas de un ferrocarril, símbolo del mundo moderno. El dramático final de la novela de Tolstoi expresa la radicalidad del rechazo que la modernidad occidental provocó entre los intelectuales rusos.[9]
Bien sabido es que el autor de Guerra y paz desarrolló una peculiar filosofía propia, el “tolstoismo”: una visión ecuménica, pacifista y anarquizante que rechaza todo patriotismo del trono y el altar. Pero ese rechazo ni se sustentaba en la filosofía de las Luces ni conducía a los predios del racionalismo y del progresismo. Más bien lo contrario.
Toda la obra de Tolstoi es una protesta contra la idea de que la historia y la naturaleza humana pueden ser encapsuladas en fórmulas racionales. Todo su mensaje es una reacción contra el optimismo liberal, contra la confianza en la inevitabilidad del progreso material y en la mejora moral de la humanidad. De todos los comentadores de la obra de Tolstoi, es posiblemente el filósofo Isaiah Berlin quien mejor haya captado ese lado oscuro del autor de Guerra y paz. En uno de sus más penetrantes ensayos, Berlin subrayaba las afinidades entre Tolstoi y el pensador reaccionario por excelencia: el conde saboyano y embajador en la corte de San Petersburgo, Joseph de Maistre.[10] El mismo escepticismo frente al método científico; la misma desconfianza frente al liberalismo, el positivismo y el secularismo; el mismo énfasis en los aspectos “desagradables” de la historia humana; la misma impresión de que el mundo occidental está inmerso en algo parecido a un proceso de putrefacción, de decadencia acelerada.[11]
Una comparación audaz en cuanto que aproxima dos figuras aparentemente incompatibles: el ultramontano Maistre y el excomulgado Tolstoi. Pero más allá de sus diferencias ambos pensadores coincidían en un oscuro nihilismo. Las ilusiones optimistas del siglo XIX se les deshacían a ambos entre los dedos. Y ambos – según Isaiah Berlin – “buscaban un escape a su propio e inexplicable escepticismo, aferrándose a alguna verdad suprema que los protegiera de los efectos de sus propias inclinaciones y temperamento: la iglesia católica en el caso de Maistre, la pureza de corazón y el amor fraternal en el caso de Tolstoi”. Lo que ocurre es que ambos pensadores llegaban a idénticas conclusiones por diferentes vías.
Para Maistre la vida es “una batalla salvaje a todos los niveles […] que tiene su origen en un ansia autodestructora y primaria, en una fuerza sanguinaria y misteriosa implantada por Dios”. Esa fuerza es “mucho más poderosa que los débiles esfuerzos de los hombres racionales por alcanzar la paz y la felicidad, unos esfuerzos que, en realidad, no responden a los deseos profundos del corazón humano, sino tan sólo a los de su caricatura: el intelecto liberal”. Para Maistre “sólo lo irracional, precisamente porque está más allá de las críticas de la razón, es indestructible en su fortaleza. Hay dos instituciones que son un buen ejemplo: la monarquía hereditaria y el matrimonio”.[12] Cabría añadir otro ejemplo: la religión. Con esas premisas se entiende que el anti-individualismo sea una consecuencia necesaria: no es la libertad individual sino la tradición – incluso en sus formas más irracionales y represivas – la que da vida y continuidad a las instituciones sociales. Conclusión a la que Tolstoi, con todo su rechazo de los poderes establecidos, llegaba por otras vías.
El irracionalismo y el anti-individualismo del autor de “Guerra y Paz” derivan de su creencia en un “orden permanente” o “sentido general de las cosas”, en un “fluir de la vida” que conforma el devenir de los hombres y que no es discernible por medios racionales, sino tan sólo aprehensible a través de la intuición. Porque una cosa es el conocimiento – el ámbito de las ciencias aplicadas y del pensamiento racional – y otra la sabiduría. No son los más doctos los que mejor acceden a esta última sino más bien todos aquellos – muchas veces los más sencillos o humildes – cuya vida sí se acompasa a ese “sentido general de las cosas” y que, por eso mismo, poseen una visión sinóptica de las verdades esenciales. Una idea que Tolstoi desarrolla en términos muy vagos pero que constituye la clave de bóveda de su pensamiento.
Primitivismo y tradición
No es por ello extraño – apunta Isaiah Berlin – que Tolstoi se sintiera mucho más a gusto entre los eslavófilos reaccionarios (a pesar de sus divergencias políticas con ellos) que con la intelligentsia progresista. Los eslavófilos estaban mucho más cerca de la tierra, de los campesinos, de las formas tradicionales de vida. El autor de “Guerra y Paz” sentía más respeto por las formas genuinas de existencia – ya fuera la de los cosacos libres en el Cáucaso o la de los jóvenes oficiales con sus bailes, sus caballos y sus fiestas con gitanos – que por los intelectuales, la crítica y los salones literarios. Tolstoi “sólo entendía bien a la nobleza y a los campesinos – a los primeros mejor que a los segundos – y compartía muchas de las creencias instintivas de los miembros de su clase social, así como una aversión natural por todas las formas de liberalismo de clase media. La burguesía apenas aparece en sus novelas. Sus actitudes sobre la democracia parlamentaria, los derechos de la mujer o el sufragio universal no eran muy diferente a las de Cobbett o Carlyle, Proudhon o D. H. Lawrence”.[13]
Esa inmersión en el flujo de la vida, esa percepción del latido del mundo – tan bien descrito en los episodios de la siega o en el del parto en “Ana Karenina”– está sólo al alcance de quienes participan en formas de vida con valores ancestrales. “Si existe un ideal de hombre para Tolstoi – señala Isaiah Berlin – éste no reside en el futuro, sino en el pasado”. En el antiprogresismo del escritor ruso se advierten huellas del “buen salvaje” de Rousseau, de los mitos de la Caída y del Jardín del Edén. Una orientación ideológica que comulga con otras pulsiones muy arraigadas en la cultura rusa: con el movimiento de “vuelta al terruño” (pochbienniki) o el “hacerse más sencillo” de los intelectuales populistas del siglo XIX (que no dejan de recordar al movimiento Wandervogel germánico); o con la tendencia al primitivismo que es una constante del modernismo ruso y que Stravinsky expresó con salvaje energía en su paganizante “Consagración de la primavera”.
El genio de Tolstoi reside en su dominio de los detalles, en su capacidad de observación de situaciones concretas, en su conciencia de la multiplicidad y pluralidad de la vida. Por eso cualquier pretensión de sintetizar la realidad en forma de teoría le parecía grotesca y absurda. También por eso el autor de “Guerra y Paz” consideraba que las “causas primeras” de los acontecimientos son inexplicables, están envueltas en el misterio, dependen escasamente de la voluntad de los hombres.
Algo en lo que concordaba con Maistre. El “énfasis en lo imponderable y en lo incalculable” (Isaiah Berlin) forma parte del irracionalismo de ambos pensadores. “La vida es una batalla salvaje” decía Maistre en un tono que prefiguraba a Nietzsche y a D'Annunzio. El campo de batalla es la metáfora de la vida, y la victoria en el mismo depende más de los factores intangibles que de los factores materiales: “es la imaginación – continúa Maistre – la que pierde o gana las batallas (…) pocas batallas son ganadas o perdidas físicamente; el verdadero vencedor y el verdadero vencido es aquél que cree serlo”. De forma parecida a Maistre, Tolstoi se refiere a la importancia del factor imponderable que decide la suerte de las batallas: el espíritu de los soldados y de sus jefes. “Perdimos porque antes nos dijimos a nosotros mismos que habíamos perdido”, dice el Príncipe Andrey en “Guerra y Paz”, tras la batalla de Austerlitz. La victoria o la derrota es ante todo un asunto moral y psicológico. Subrayaba Isaiah Berlin que el paralelismo de las visiones de Maistre y Tolstoi sobre el carácter caótico e incontrolable de las guerras – con sus extensas implicaciones para la vida humana en general – fue ya subrayado en su época por el sindicalista revolucionario Georges Sorel, quien prevenía sobre la proximidad psicológica entre teócratas, místicos y nihilistas.
Irracionalismo, pesimismo, anti-individualismo. Atracción por las experiencias extremas, por aquellas vivencias que nos permiten atisbar las verdades esenciales. Con su énfasis en los factores impalpables, psicológicos y espirituales que determinan los eventos – en detrimento de los materiales y estadísticos – Maistre y Tolstoi prefiguran, sin saberlo, una cierta visión de la historia. Una visión que pone el énfasis en la fuerza mental de los grupos humanos como factor intangible que enciende el motor de la historia. Las teorías de la etnogénesis y de la pasionariedad – una energía explosiva, aparentemente inexplicable, que pone en marcha a los pueblos – serían conceptualizadas, a mediados del siglo XX, por una figura de culto dentro del movimiento “eurasista”: el etnólogo e historiador ruso Lev Gumilev.
Tolstoi y Dostoyevski. Al fondo, la sombra de Maistre. La cultura rusa ¿es esencialmente reaccionaria? Más bien lo contrario. El pensamiento reaccionario es, en sentido estricto, aquél que intenta revertir a una situación anterior. No hay nada de eso en los pensadores rusos. Todos sabían que cualquier veleidad de retorno al pasado estaba condenada al fracaso. Estamos aquí muy lejos del neo-medievalismo romántico, de los prerrafaelistas y los distributistas británicos, de los nostálgicos y soñadores de variada índole. Los escritores, pensadores y artistas rusos eran muy conscientes del “poder inexorable del momento presente” (Isaiah Berlin), de la imposibilidad de recuperar lo que un día fue y ya no será jamás. Más que reaccionario el gran pensamiento ruso es compulsivamente nihilista, porque su genio es eminentemente destructivo. En una primera fase – la de Dostoyevski y Tolstoi – el pensamiento ruso destroza las falsas ilusiones, nos alerta del camino equivocado; en una segunda fase – la revolucionaria – cabalga el tigre de la modernidad y trata de conducirnos a la tierra prometida.
Una modernidad alternativa
El signo de los próximos cien años: la entrada de Rusia en la cultura. Un objetivo grandioso, la llegada del barbarismo; el despertar de las artes, la magnanimidad de la juventud, una fantástica locura y una verdadera voluntad de vivir.
FRIEDRICH NIETZSCHE, Crepúsculo de los ídolos
El período que se extiende desde finales del siglo XIX hasta los años 1930 puede considerarse como la edad de plata de la cultura rusa. Es una época de experimentación febril en la cuál los artistas rusos, tras dos siglos de imitación de Europa, no sólo se situaron a la vanguardia de la modernidad sino que sentaron las bases que configuraron su evolución posterior. Y lo hicieron, paradójicamente, desde unos presupuestos metafísicos y revolucionarios declaradamente antimodernos que, en una suprema paradoja, acabarían dando forma al lenguaje de la modernidad misma.
El modernismo, decíamos, es el nombre que, designa a corrientes culturales como el idealismo, el espiritualismo, el simbolismo, las corrientes místicas y esotéricas… los artistas rusos llevarían todas esas tendencias hasta extremos que jamás habrían sido imaginables en París, en Londres o en Berlín. La sed de absoluto y el ansia de sacralidad que inspiraba la visión wagneriana de la Gesamtkunstwerk (obra de arte total) encontraron en Rusia su mejor plasmación en el movimiento modernista “Mundo del Arte” (Mir Iskustva) y en la obra de arte total de los ballets rusos. Los artistas de “Mundo del Arte” (Diaghilev, Benois, Bakst, Somov) “interpretaron la idea de libertad artística no en el sentido individualista occidental – al que despreciaban como una variante del capitalismo y del liberalismo – sino en el sentido de Dostoyevski y de Tolstoi: como una libertad espiritual que subordinase la personalidad a algo más alto, a una fuerza colectiva”.[14] Los temas de los ballets rusos eran “exuberantes, delirantes, trascendentes, antimodernos, hedonistas, pero también anti- individualistas en cuanto que expresaban un empeño colectivo”. Una visión enraizada y pagana de la que emanaba un “sentido de vitalidad primitiva que integraba motivos urbanos, campesinos y populares en un espectáculo de música y danza”. Una visión holista que perseguía una “unidad metafísica, la conexión de la existencia terrenal con un ser supremo”.[15]
La danza – señala el historiador Steven G. Marks – en tanto expresión de una emoción pura, sin vinculación con la realidad, es la primera manifestación de la abstracción artística. La época de las vanguardias y de los ismos tiene acentos específicamente rusos: Vasily Kandinsky, pionero de la abstracción. Kazimir Malevich, fundador del suprematismo. Alexander Rodchenko, líder del constructivismo. El Lissitzky, divulgador hacia el mundo de la vanguardia soviética. Hoy resulta difícil admitirlo, pero la pintura abstracta nació como un arte enraizado. A pesar de vehicular las aportaciones de otras escuelas europeas – post-impresionismo, cubismo, fauvismo, expresionismo – era un producto de la Rusia imperial y de su clima social e intelectual. Un intento de recuperar el sentido autóctono del arte popular ruso, de la tradición de la pintura de iconos, de la tradición escita, del primitivismo de las estepas, de las formas de culto ancestrales.
La emergencia del arte abstracto en Rusia estaba además unida a un espiritualismo y a una estética antirrealista que se oponía al desencantamiento del mundo. La vanguardia rusa creía que “las formas abstractas establecían un vínculo con una más alta conciencia colectiva que representaba la unidad subyacente del género humano, y que al transmitir la conciencia de ello preparaban el camino para una transformación espiritual y/o revolucionaria”.[16] De lo que se trataba en suma es de una modernidad alternativa, en cuanto alejada de los cánones materialistas e individualistas de Occidente. Pero una modernidad que pasaría, tras una historia tortuosa, al servicio de esos mismos cánones que en su origen pretendía combatir.
El arte al servicio de la revolución
Los primeros artistas abstractos – los rusos Vasili Kandinsky y Kazimir Malevich – concebían su arte no como un despliegue de subjetividad narcisista sino como manifestación de dimensiones metafísicas inmutables. Kandinsky, el primer teórico de la abstracción, comparaba su arte al “aire vaporoso de las saunas rusas y a los trances de los chamanes pagano-eslavos”: una forma de reflejar “la insatisfacción de la edad de plata rusa con la modernidad […], la idea de que “el alma está enferma” en la época materialista y burguesa y que solamente el arte abstracto – liberado de ataduras terrenales, producto de la intuición de verdades trascendentes – podría sanarla”.[17]
Durante su primera época la revolución soviética sacó buen partido del impulso colectivista y de la convicción utópica de los artistas de vanguardia. El arte al servicio de la revolución. Durante varios años los artistas combinaron su odio al capitalismo burgués con la exaltación del desarrollo tecnológico impulsado por los soviets, al tiempo que la adhesión formal al marxismo leninismo sellaba la alianza del viejo mesianismo ruso con la aspiración a una sociedad colectivista. La vanguardia rusa llegaría a impregnar a todo el mundo, incluso al más alejado del experimento soviético.
El diseño gráfico de los fotomontajes desarrollado por artistas como El Lissitski y Rodchenko fue adoptado por nazis y fascistas. La crítica fascista – diferente en eso del provincianismo cultural nazi – “elogiaba y analizaba de forma habitual las obras de arte constructivista y suprematista que se exponían en la bienal de Venecia”, y los artistas italianos incorporaban esos hallazgos al servicio del régimen.[18] La arquitectura, por su parte, se transformó en el emblema del nuevo credo ideológico. Un estilo que combinaba anti-modernismo y culto utópico a la tecnología moderna: los diseños geométricos del constructivismo y sus formas tecno-espartanas fueron retomados por la Bauhaus de Weimar y de ahí pasaron a influir en las edificaciones para usos colectivos de la Italia fascista y de la Alemania nazi. Con su desdén por el individualismo, su épica de lo colectivo y sus tonos viriles, la nueva arquitectura rusa proporcionaba un nuevo lenguaje artístico para las revoluciones de uno y otro signo que, sobre las ruinas del orden burgués, aspiraban a la construcción de un nuevo mundo.
Quemados por el Sol
No deja de ser curioso que aquello que empezó como oposición metafísica al orden burgués terminara reducido a ornamento para clases medias y afirmación del poderío capitalista. Si en algo brilla el genio específico del capitalismo es en su carácter adaptativo; en su capacidad de integrar y retornar a su servicio cualquier elemento, por ajeno o contrario que sea, susceptible de adaptarse al lenguaje del mercado.
El caso del arte abstracto es un ejemplo paradigmático. El neo-romanticismo de las vanguardias mal podía avenirse con el férreo realismo socialista impuesto por Stalin, más inclinado – al igual que Hitler en Alemania – al propagandismo kitsch. Extirpadas de su tierra natal, las semillas de la abstracción rusa fructificaron en Occidente: el llamado “expresionismo abstracto” fue adoptado por las autoridades norteamericanas – e incluso patrocinado por la CIA – como símbolo de la libertad occidental frente al comunismo. Evidentemente toda su carga subversiva fue evacuada: los místicos y revolucionarios de antaño dieron paso a los “artistas transgresores”; el viejo espíritu utópico fue reorientado a la apología del modelo americano; la tensión metafísica de la “edad de plata” rusa fue sustituida por un intelectualismo de baratillo. El arte abstracto pasó así a formar parte de la cultura popular, a entrar en los salones de la burguesía, a convertirse en decoración y en símbolo de status quo. Y sobre todo, a preparar la llegada del “todo vale”: el arte contemporáneo como show, como mercado especulativo y como impostura.
Algo parecido sucedió en el campo de la arquitectura. Con característica torpeza los nazis provocaron el éxodo de los arquitectos de la Bauhaus que, desde América del Norte y otros países europeos, comenzaron a desarrollar lo que más tarde se llamaría el “Estilo Internacional” (International Style): las formas severas e impersonales que pasarían a ser características de la arquitectura moderna y que alcanzarían particular fortuna en su aplicación a grandes superficies comerciales en los Estados Unidos. Lo mismo cabe decir de las técnicas de diseño, tipografía y fotomontaje de la revolución rusa: éstas fueron finalmente cooptadas por la publicidad comercial y terminaron al servicio del consumo de masas. Casi todas las ramas de la vanguardia soviética conocieron una suerte paralela.[19]
Una ironía de la historia, si tenemos presente cómo empezó todo: como una rebelión antimoderna primero; antiburguesa y anticapitalista después. Durante unos pocos años, por primera vez en la historia, un grupo de artistas pensó que podría modelar un mundo a la medida de sus sueños. Hasta que los sueños fueron truncados por la realidad. La dogmática marxista-leninista se reveló incompatible con los soñadores, y éstos fueron finalmente marginados, silenciados o directamente aniquilados.
“Victoria sobre el Sol” es el título de una ópera futurista estrenada en San Petersburgo en 1913. Un icono de la vanguardia rusa. No hubo tal. Los vanguardistas acabarían como varios millones más, abrasados por el Sol de la revolución. Doble astucia de la historia: los vanguardistas rusos, rebeldes antimodernos, inventaron el lenguaje de la modernidad. Y los comunistas rusos, revolucionarios modernos, construyeron un sistema que, desde dentro de la modernidad, permitiría preservar un mundo ya marcado por el arcaísmo. La brecha entre Rusia y Occidente, de una forma u otra, siempre abre su camino.



[1] Vera Tolz, The West, en A History of Russian Thought, Cambridge University Press 2010. p. 198.

[2] Konstantin Nikolayevich Leontyev (1831-1891) fue un filósofo ruso, conservador y monárquico. Leontiev abogaba por una aproximación de Rusia a Oriente – como contrapeso a las influencias igualitarias y utilitaristas de la cultura occidental – y por una expansión territorial y cultural hacia India, China y Tibet.

[3] Nikolay Berdiaev, El espíritu de Dostoyevski, Nuevoinicio 2008, pp. 190 y 192.

[4] Steven G. Marks, How Russia shaped the modern world. Princeton University Press 2003, pp. 2-3.

[5] Steven G. Marks, How Russia shaped the modern world. Princeton University Press 2003, pp. 2-3.

[6] Michael Löwy y Robert Sayre: Romanticism against the tide of Moderniyy. Duke University Press 2001.

[7] Señala el historiador Martin Malia que “Después de Nietzsche, Dostoyevski fue una de las más potentes influencias culturales – especialmente en la Derecha – en la Alemania de comienzos del siglo XX. Rusia, por su parte, devolvió el cumplido al dar a Nietzsche la mayor audiencia que éste había encontrado en ningún país europeo hasta la fecha” (Martin Malia, Russia under Western eyes. Fron the Bronze horseman to the Lenin Mausoleum. Belknap Press, 1999, p. 212).

[8] Volker Weiss, Moderne Antimoderne, Arthur Moeller van der Bruck und der Wandel des Konservatismus. Ferdinand Schöningh 2012, pp. 186-187.

[9] “Guerra y Paz es, en gran medida, una idealización épica de la vieja Rusia de antes de las reformas, mientras que Ana Karenina y Resurrección pueden leerse como denuncias contra el vacío espiritual de una Rusia reformada y moderna, que habría sucumbido a la occidentalización emprendida en los años 1860” (Martin Malia, Russia underWestern eyes. Belknap Press 1999, p. 205).

[10] Joseph de Maistre (1753-1821) teórico político y filósofo saboyano, máximo representante del pensamiento contrarrevolucionario, opuesto a las ideas de la Ilustración y la Revolución francesa. Fue Embajador del Rey de Cerdeña en San Petersburgo entre los años 1802-1817, y ejerció de hecho como consejero en la sombra del Zar Alejandro I. Su principal obra es: Las veladas de San Petersburgo.

[11] Isaiah Berlin: The Hedgehog and the Fox, en Russian Thinkers, Penguin classics 2013, pp. 72-73.

[12] Isaiah Berlin, Obra citada, p. 67.

[13] Isaiah Berlin, Tolstoy and Enlightenment, en Russian Thinkers, Penguin classics, 2013, pp. 277.

[14] Steven G. Marks, How Russia shaped the modern world. Princeton University Press 2003, pp. 178-179.

[15] Palabras del pintor, viajero y místico ruso Nicolas Roerich, en referencia a La Consagración de la primavera de Stravinski, cuya escenografía preparó para su estreno en 1913. Citado por Steven G. Marks en Obra citada, pag. 184.

[16] Steven G. Marks, Obra citada, p. 230.

[17] Steven G. Marks, Obra citada, p. 232.

[18] Steven G. Marks, Obra citada, p. 258.

[19]“Una vez puesto el pié en América – señala Steven G. Marks – los artistas exiliados aceptaron la acogida del capitalismo corporativo, suavizaron su radicalismo y se conformaron con intentar elevar la conciencia ética de las sociedades occidentales y mejorar la estética de los bienes industriales a través del anti-tradicionalista “Estilo Internacional”, del arte formalista y de la arquitectura”. Steven G. Marks, Obra citada, pag. 264.