1. CHINA. DE 1945 HASTA LOS AÑOS 60. ¿Estaba Mao Tse-tung realmente paranoico?
Por William Blum
Durante
cuatro años, numerosos norteamericanos, desde posiciones encumbradas y
oscuras, se dedicaron con empeño a sembrar la convicción de que la
Segunda Guerra Mundial fue “una guerra equivocada contra enemigos
equivocados”. El comunismo, afirmaban, era el único adversario auténtico
en la agenda histórica de Estados Unidos. ¿No fue por eso que Hitler
había sido ignorado, tolerado, alentado y ayudado, de modo que la
maquinaria de guerra nazi pudiera lanzarse hacia el Este y borrara el
bolchevismo de la faz de la Tierra de una vez y para siempre? Fue pura
mala suerte que Adolfo resultara ser un megalomaníaco y se lanzara
también contra Occidente.
Pero la guerra había terminado. Estos norteamericanos debían tener ahora su día en cada rincón del mundo. La
tinta del tratado de rendición japonesa apenas se había secado cuando
Estados Unidos comenzó a utilizar a los soldados nipones, que todavía se
hallaban en China, en un esfuerzo conjunto con las tropas
norteamericanas para combatir a los comunistas chinos. (En Filipinas
y Grecia, como veremos, Estados Unidos ni siquiera esperó el final de la
guerra para subordinar la lucha contra Japón y Alemania a la cruzada
anticomunista.)
Los comunistas en China habían trabajado en estrecho contacto con los militares
norteamericanos
durante la guerra, entregando importante información de inteligencia
acerca de los ocupantes japoneses, rescatando y ayudando a los aviadores
estadounidenses derribados en su territorio
(1).
Pero esto carecía de importancia. El generalísimo Chiang Kai-shek sería
el hombre de Washington. Él encabezaba lo que pretendía ser el Gobierno
central en China. La Oficina de Servicios Estratégicos (OSS),
antecedente de la CIA, estimaba que el grueso de los esfuerzos militares
de Chiang se había dirigido más contra los comunistas que contra los
japoneses. También había tratado de bloquear la cooperación entre los
rojos y los norteamericanos. Ahora incluía en su ejército unidades
japonesas y su régimen estaba repleto de funcionarios que habían
colaborado con los japoneses y servido a su gobierno títere
(2).
Pero esto carecía de importancia. El generalísimo era un anticomunista.
Más aún, era un cliente norteamericano nato. Sus fuerzas serían
entrenadas apropiadamente y equipadas para enfrentarse a los hombres de
Mao Tse-tung y Chou En-lai.
El presidente Truman estaba resuelto a lo que describió como “utilizar los japoneses para contener a los comunistas”:
“Teníamos
la completa certeza de que si hacíamos que los japoneses depusieran las
armas y se dirigieran a las costas, el país entero sería dominado por
los comunistas. Por tanto tuvimos que dar el paso inusual de utilizar al
enemigo como guarnición hasta que pudiéramos transportar por aire
tropas chinas [las de Chiang] hasta el sur y enviar marines para
custodiar los puertos”. (3)
El envío de marines norteamericanos tuvo resultados inmediatos y dramáticos.
Dos
semanas después del término de la guerra, Pekín estaba rodeada por
fuerzas comunistas. Solo la llegada de los marines a la ciudad evitó que
los rojos la tomaran (4). Y mientras las fuerzas de Mao presionaban sobre los suburbios de
Shanghai, los aviones norteamericanos transportaron las tropas de Chiang Kai-shek para apoderarse de la ciudad (5).
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| Franklin D. Roosevelt, Chiang Kai Shek y Churchill en El Cairo. Fuente: Wikipedia. |
En el apuro por controlar los puntos clave y los puertos antes que los comunistas,
Estados
Unidos llevó entre cuatrocientos mil y quinientos mil nacionalistas
(tropas de Chiang) por barco y por avión, a través de todo el vasto
territorio de China y Manchuria, lugares que de otro modo jamás hubiesen alcanzado.
Cuando la guerra civil se intensificó,
los cincuenta mil marines enviados por Truman
fueron utilizados para proteger líneas férreas, minas de carbón,
puertos, puentes y otros objetivos estratégicos. De manera inevitable se
vieron envueltos en los combates y sufrieron docenas, si acaso no
cientos, de bajas. Los comunistas acusaban a los soldados
estadounidenses de atacar áreas controladas por los rojos, de abrir
fuego sobre ellos directamente, arrestar sus oficiales y desarmar a los
soldados
(6). Los
norteamericanos se encontraron arrasando un pequeño poblado chino “sin
misericordia”, escribió un marine a su congresista y afirmó no saber
“cuántas personas inocentes fueron masacradas”
(7).
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| Marines americanos en Tsingtao duriante la Operacion Beleaguer. China, 1945-1949. Fuente: Wikipedia. |
Los
aviones de Estados Unidos hacían, con regularidad, vuelos de
reconocimiento sobre el territorio comunista para explorar la posición
de sus fuerzas. Los comunistas denunciaban que los aviones
norteamericanos, frecuentemente, ametrallaban desde el aire y
bombardeaban a sus tropas y, en cierta ocasión, ametrallaron a un
poblado bajo su control
(8). Se ignora hasta qué punto estos ataques eran llevados a cabo por soldados de la fuerza aérea estadounidense.
Hubo,
sin embargo, sobrevivientes norteamericanos a algunos de los muchos
derribos de sus aviones. De manera sorpresiva, los rojos seguían
rescatándolos y curando sus heridas, para luego devolverlos a sus bases.
Puede ser difícil de entender ahora, pero en aquel momento el mito de
“América” todavía era fuerte en la imaginación de la gente en todo el
mundo, y los campesinos chinos, fuesen considerados “comunistas” o no,
no eran la excepción. Durante la guerra, los rojos habían ayudado a
rescatar a numerosos aviadores norteamericanos y los habían llevado a
través de las líneas japonesas hasta territorio seguro. “Los comunistas
[había escrito el
New York Times] no perdieron a un solo aviador
bajo su protección. Convirtieron en cuestión de principios no aceptar
recompensa por la salvación de los pilotos norteamericanos”
(9).
Al comenzar 1946, cerca de cien mil militares estadounidenses se encontraban todavía en China en apoyo de Chiang. La
explicación oficial que
daba el Gobierno norteamericano de la presencia de sus tropas era que
estaban allí para desarmar y repatriar a los japoneses. Aunque esta
tarea se llevó a cabo eventualmente, era secundaria para la función
política de las fuerzas militares, tal como se desprende de las palabras
de Truman citadas anteriormente.
Los soldados norteamericanos en
China comenzaron a protestar por no regresar a casa, una queja de la
que se hicieron eco todas las restantes tropas mantenidas en el
extranjero por propósitos políticos (generalmente anticomunistas).
“También me preguntan por qué están aquí”, decía un teniente de los
marines en las Pascuas de 1945: “Como oficial se supone que debo
explicarles, pero no se le puede decir a un hombre que está aquí para
desarmar a los japoneses cuando se le tiene custodiando una vía férrea
junto con los japoneses [armados]”
(10).
De manera extraña, Estados Unidos intentó mediar en la guerra civil, a pesar de ser un
participante activo y poderoso en favor de uno de los lados del conflicto.
En enero de 1946, el presidente Truman reconoció en apariencia que o
bien se llegaba a un compromiso con los comunistas o bien se llegaría a
ver cómo se apoderaban de toda China, y envió al general George Marshall
para tratar de arreglar alto el fuego y crear algún tipo de gobierno de
coalición indefinido. Aunque se alcanzó un éxito temporal en el
establecimiento de una tregua intermitente, la idea de un gobierno de
coalición estaba condenada al fracaso por ser algo tan poco probable
como una unión entre el zar los bolcheviques. Tal como señaló el
historiador D.F. Fleming,
“no puede unirse una oligarquía agonizante con una revolución naciente" (11).
No
fue hasta inicios de 1947 que Estados Unidos comenzó a retirar algunas
de sus fuerzas, aunque mantuvo la ayuda y‘el apoyo al gobierno de Chiang
por mucho tiempo más en diversas formas. Más o menos por esta misma
fecha comenzaron a operar los
Tigres Voladores. Este legendario
escuadrón aéreo norteamericano, comandado por el general Claire
Chennault, había combatido en China contra los japoneses durante la
guerra mundial. Ahora Chennault, que anteriormente había sido asesor de
la fuerza aérea de Chiang, había reactivado su escuadrón (bajo el nombre
de
CAT), y sus pilotos mercenarios pronto se encontraron
inmersos en el conflicto, realizando interminables misiones de
abastecimiento a las ciudades nacionalistas sitiadas por los rojos,
evadiendo a los tiradores comunistas para transportar alimentos,
municiones y provisiones de todo tipo, o para rescatar a los heridos
(12).
Técnicamente
CAT era una línea aérea privada alquilada por el gobierno de Chiang,
pero antes de que terminara la guerra civil, la línea aérea se había
combinado formalmente con la CIA para constituir la primera unidad del
emergente imperio del aire de la Agencia, mejor conocido como la línea
Air America.
Hacia 1949, la ayuda estadounidense a los
nacionalistas sumaba ya cerca de 2.000 mil millones de dólares en
efectivo y 1.000 millones en armamento; 39 divisiones nacionalistas
habían sido armadas y equipadas (13).
Sin embargo, la dinastía Chiang se derrumbaba en pedazos. No sólo
debido a la lucha de los comunistas contra ellos, sino a la hostilidad
generalizada del pueblo chino hacia esta tiranía por su extrema crueldad
y por la corrupción y decadencia de su aparato burocrático y su sistema
social. En contraste, las grandes áreas bajo control comunista eran
modelos de honestidad, progreso y justicia; divisiones enteras de las
fuerzas del generalísimo desertaban y se pasaban a los comunistas. Los
dirigentes políticos y militares norteamericanos no se hacían ilusiones
acerca de la naturaleza y calidad del gobierno de Chiang. Las fuerzas
nacionalistas, dijo el general David Barr, jefe de la misión militar
norteamericana en China, estaban bajo “el peor liderazgo del mundo”
(14).
El generalísimo, sus cohortes y soldados huyeron a la isla de Taiwán (Formosa).
Habían preparado su entrada desde dos años antes al aterrorizar a los
habitantes hasta someterlos por completo —una masacre que acabó con las
vidas de 28.000 personas
(15).
Antes de la huida de los nacionalistas, el Gobierno norteamericano no
tenía duda alguna de que Taiwán era parte de China, pero luego la
incertidumbre comenzó a crecer en la mente de los funcionarios de
Washington. La crisis fue resuelta de una manera muy simple: Estados
Unidos coincidió con Chiang Kai-shek en cuanto a que la mejor manera de
enfocar la situación no era que Taiwán no pertenecía a China, sino que
Taiwán
era China. Y así se le denominó.
 |
Proclamación de la República Popular China por Mao Zedong el 1 de octubre de 1949. Fuente: Wikipedia. |
En
los inicios del éxito comunista, el estudioso sobre China Felix Greene
observó: “Los norteamericanos no podían simplemente llegar a creer que
los chinos pudiesen haber optado por un gobierno comunista, no importa
cuán podrida estuviera la otra parte”
(16).
Tenía que ser la obra de una conspiración, una conspiración
internacional, en cuyo panel de control se encontraba, como era de
esperar, la Unión Soviética. Las evidencias acerca de esto eran, no
obstante, tan escasas que apenas podían verse. De hecho, desde que el
credo stalinista de “hacer el socialismo en un solo país” derrotó al
internacionalismo trotskista en los años 20, los rusos se habían
alineado más con Chiang que con Mao, y recomendaron más de una vez, a
este último que disolviera su ejército y formase un gobierno conjunto
con Chiang
(17). En particular
durante los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuando la URSS
se enfrentaba a su propia crisis de reconstrucción, no resultaba un
proyecto muy atractivo el ayudar a la nación más poblada del mundo a
incorporarse al mundo moderno.
En 1947, el general Marshall declaró
públicamente que no tenía evidencias de que los comunistas chinos
recibieran apoyo de la URSS (18).
Pero
en Estados Unidos esto no evitó el surgimiento de toda una mitología
acerca de cómo se había “perdido” China: intervención soviética,
comunistas en el Departamento de Estado, cobardes en la Casa Blanca,
militares y diplomáticos tontos, incautos y simpatizantes de los
comunistas en los medios de prensa... traidores por todas partes.
La
administración Truman, dijo el senador McCarthy, con su encanto
característico, estaba compuesta por “falsos liberales chupatintas” que
protegían a los “comunistas y sospechosos” que “habían vendido China a
esclavistas ateos”
(19).
Sin
embargo, excepto una invasión declarada al país con gran número de
soldados, es difícil pensar qué más podía haber hecho el Gobierno de
Estados Unidos para evitar la caída de Chiang.
Incluso después de su huida a Taiwán, Estados Unidos mantuvo una campaña de continuos ataques al gobierno comunista,
a pesar de las reiteradas solicitudes de amistad y ayuda de Chou
En-lai. El líder rojo no veía ningún obstáculo práctico ni ideológico en
esto
(20). En cambio, Estados Unidos conspiró de manera evidente para asesinar a Chou en varias ocasiones
(21).
Muchos soldados nacionalistas se habían refugiado en la norteña
Burma [nota del blog: Birmania, la actual Myanmar] en el-gran éxodo de 1949, para gran disgusto del Gobierno de ese país.
Allí,
la CIA comenzó a reagruparlos, y en los inicios de la década del 50
llevaron a cabo un cierto número de incursiones a pequeña y gran escala
en China. En una ocasión, en abril de 1951, unos miles de soldados,
acompañados por asesores de la CIA y abastecidos por envíos aéreos de
aviones norteamericanos C46 y C47, se adentraron en la provincia china
de Yunnan, pero los comunistas los rechazaron en menos de una semana.
Las bajas fueron altas y varios asesores perdieron sus vidas. Otro
intento en ese mismo verano llevó a los invasores a penetrar unas 65
millas en China donde informaron dominar una franja de cien millas de
largo.
Mientras los ataques continuaban de manera intermitente, la CIA procedió a fortalecer las capacidades de esta fuerza:
ingenieros norteamericanos arribaron para ayudar a construir y ampliar
pistas de aterrizaje en Burma; tropas frescas fueron transportadas desde
Taiwán; otras fueron reclutadas entre las tribus montañesas de Burma;
escuadrones aéreos de la CIA fueron llevados para servicios logísticos, y
se envió una enorme cantidad de armamento pesado norteamericano.
La mayor parte de este abastecimiento de hombres y equipos utilizó a Tailandia como vía de acceso.
El
ejército pronto llegó a tener más de 10.000 hombres. Hacia fines de
1952, Taiwán proclamó que 45.000 comunistas habían muerto en combate y
más de 3.000 estaban heridos. Es muy probable que las cifras estuviesen
exageradas, pero incluso de no estarlo, quedaba claro que estas
incursiones no conducirían al retomo triunfante de Chiang al país
—aunque éste no era su único propósito. En la frontera china se
desarrollaban dos luchas de mayores proporciones: en Corea y en Vietnam.
La esperanza de Estados Unidos era obligar a China a distraer tropas y
recursos militares lejos de estas áreas. La recién creada República
Popular China estaba siendo sometida a una terrible prueba.
Entre
una incursión y otra, los “chinatas” (para distinguirlos de los
“chinocomus”) encontraban tiempo suficiente’ para chocar con frecuencia
con el ejército burmés,
se entregaban al bandidaje y se convirtieron
en los barones del opio del Triángulo Dorado, una porción de tierra que
abarcaba partes de Burma, Laos y Tailandia, la mayor fuente de opio y
heroína del mundo.
Los pilotos de la CIA llevaban el material de un lado a otro,
a fin de asegurar la cooperación de los de Tailandia, quienes eran
importantes en la operación militar, como un favor a sus clientes
nacionalistas, tal vez incluso por una parte del dinero y además,
irónicamente, para encubrir su más ilícita actividad.
Los
chinatas en Burma mantuvieron el acoso a los chinocomus hasta 1961, y la
CIA continuó abasteciéndolos militarmente, pero en algún momento la
Agencia comenzó a tomar distancia de este asunto. Cuando la CIA, en
respuesta a reiteradas protestas por parte del Gobierno de Burma ante
las Naciones Unidas, comenzó a presionar a los chinatas para que
abandonasen el país, Chiang amenazó con exponer públicamente el apoyo
que le daba la Agencia allí. En una primera etapa la CIA había
alimentado la esperanza de que los chinos se dejasen provocar al punto
de atacar a Burma, lo que obligaría a ese país neutral a buscar su
salvación en el campo occidental
(22).
En enero de 1961 los chinos llegaron a penetrar en el territorio
vecino, pero como parte de una fuerza combinada con el ejército burmés
para aplastar la base principal de los nacionalistas y poner el fin a su
aventura. Como consecuencia, Burma renunció a la ayuda norteamericana y
se acercó más a Pekín
(23). Para
muchos chinatas el desempleo duró poco. Pronto firmaron un nuevo
contrato con la CIA, esta vez para combatir en el gran ejército de la
Agencia en Laos.
Burma no fue el único trampolín para los ataques hacia China organizados por la CIA.
Varias islas situadas en un radio de unas 5.000 millas de la costa
china, en particular Quemoy y Matsu, fueron utilizadas como bases para
ataques de “golpea y huye” —con frecuencia realizados por un batallón—
para bombardeos ocasionales y para bloquear puertos del continente.
Chiang fue “presionado brutalmente” por Estados Unidos para incrementar
sus tropas en estas islas a partir de 1953, como demostración de la
nueva política de Washington de “desatar sus manos” (24).
Los
chinos respondieron varias veces con fuertes ataques de artillería
sobre Quemoy, y en una ocasión mataron a dos oficiales norteamericanos.
La perspectiva de una guerra en escalada llevó a Estados Unidos a
pensarlo mejor y solicitar a Chiang que abandonase las islas, pero este
rehusó. Se ha planteado la idea de que Chiang pretendía precisamente que
Estados Unidos se viese involucrado en este tipo de guerra como su
único medio de regresar al poder (25).
Numerosas
incursiones hacia China fueron desarrolladas por fuerzas más pequeñas,
tipo comando, infiltradas por aire para acciones de inteligencia y
sabotaje. En noviembre de 1952, dos oficiales de la CIA, John Downey y
Richard Fecteau, que habían participado en vuelos con estos grupos y
les arrojaban provisiones, fueron derribados y capturados por los
comunistas. Dos años transcurrieron antes de que Pekín anunciase la
captura y sentencia de ambos. El Departamento de Estado rompió su propio
silencio de dos años con indignación para reclamar que los dos hombres
habían sido empleados civiles del Departamento de Guerra estadounidense
en Japón, a los que se consideraba perdidos en un vuelo entre Corea y
Japón. “Cómo fueron a parar a manos de los chinos comunistas es ignorado
por Estados Unidos [...] la sostenida detención ilegal de estos
ciudadanos norteamericanos ofrece una prueba más del desprecio del
régimen comunista chino por las prácticas aceptadas de conducta
internacional" (26).
Fecteau
fue liberado en diciembre de 1971, poco después del viaje del
presidente Nixon a China; Downey no quedó en libertad hasta marzo de
1973, apenas Nixon admitió públicamente que se trataba de un oficial de
la CIA.
El anuncio de Pekín en 1954 también revelaba que 11
miembros de la fuerza aérea norteamericana habían sido derribados en
China en enero de 1953 durante una misión cuyo propósito era “dejar caer
agentes especiales sobre China y Unión Soviética”. Estos hombres fueron
más afortunados pues se les liberó tras dos años y medio de prisión.
Los chinos declararon que en total habían dado muerte a 106 agentes
taiwaneses y norteamericanos, quienes habían sido lanzados en paracaídas
sobre China entre 1951 y 1954, y habían capturado a otros 124. Aunque
la CIA tenía muy poco que mostrar como resultado de estas acciones
comando, se supone que mantuvo el programa al menos hasta 1960 (27).
Hubo
muchos otros vuelos de la CIA sobre China exclusivamente con fines de
espionaje, realizados por aviones U-2, de gran altura, avionetas
piloteadas por control remoto y otros aparatos aéreos. Estas incursiones
comenzaron a fines de los años 50 y no fueron interrumpidas hasta 1971,
en ocasión de la primera visita de Henry Kissinger a Pekín. Las
operaciones no se llevaron a cabo sin incidentes. Varios U-2 fueron
derribados y muchas más avionetas, 19 de estas últimas entre 1964 y
1969. China realizó cientos de “alertas serias” acerca de las
violaciones de su espacio aéreo y al menos en una ocasión un aparato
norteamericano cruzó la frontera china y derribó a un Mig-17 (28).
Parecería
que ningún fracaso sería suficiente para que la CIA dejara de buscar
nuevos medios para atormentar a los chinos en la década posterior al
triunfo de su revolución. Tibet fue otro de los escenarios. Pekín
reclamaba a Tibet como parte de su país, tal como lo habían hecho
gobiernos chinos anteriores por más de dos siglos, aunque muchos
tibetanos todavía se consideraban autónomos o independientes. Estados
Unidos dejó clara su posición durante la guerra: “El Gobierno de Estados
Unidos tiene conciencia de que el Gobierno chino ha reclamado la
soberanía sobre Tibet durante largo tiempo y la constitución china
incluye a Tibet entre las áreas que integran el territorio de la
República China. Este Gobierno no ha cuestionado en ningún momento estas
reclamaciones" (29).
Después
de la revolución comunista, los funcionarios de Washington comenzaron a
ser más equívocos acerca de este asunto. Pero las acciones
norteamericanas contra Tibet no tenían nada que ver con las delicadezas
del derecho internacional.
A mediados de los 50, la CIA comenzó a reclutar refugiados tibetanos y exiliados en países vecinos como India y Nepal.
Entre ellos había miembros de la guardia del Dalai Lama, a los que con
frecuencia se hacía referencia de manera pintoresca como “los temibles
jinetes Khamba”, y otros que ya se habían involucrado en actividades
guerrilleras contra el Gobierno de Pekín y los profundos cambios
sociales institudos por la revolución (en Tibet todavía prevalecían la
esclavitud y la servidumbre). Un grupo escogido fue llevado a Estados
Unidos, a una base militar muy peculiar en las montañas de Colorado, con
una altitud aproximada a la de su montañosa tierra natal. Allí, lo más
ocultos posible de los pobladores locales, fueron entrenados en las
técnicas más avanzadas de combate paramilitar.
Tras
completar el entrenamiento, cada grupo de tibetanos fue llevado a Taiwán
o a otro país asiático aliado para de ahí infiltrarlos en Tibet, o en
China, donde desarrollaron actividades de sabotaje tales como minar
carreteras, interrumpir las líneas de comunicación y emboscar a pequeñas
fuerzas comunistas. Sus acciones eran apoyadas por aire por la CIA y,
en ocasiones, los dirigían mercenarios contratados por la Agencia. Para
esto se construyeron grandes instalaciones de apoyo en el norte de
India.
La operación en Colorado se mantuvo hasta algún momento de
los años sesenta. Probablemente nunca se sabrá cuántos cientos de
tibetanos pasaron el curso de instrucción. Incluso una vez terminado el
programa de entrenamiento formal, la CIA continuó financiando y
abasteciendo a sus clientes exóticos y alimentando su inútil sueño de
reconquistar su patria.
En 1961, el
New York Times tuvo
noticias de la operación de Colorado, pero aceptó la solicitud del
Pentágono de no continuar investigando en esta dirección
(30).
El asunto era de extrema sensibilidad, pues la carta de constitución de
la CIA de 1947 y la interpretación de la misma por el Congreso, habían
limitado tradicionalmente las operaciones domésticas de la Agencia a la
recopilación de información.
Aparte y más allá de las acciones
dirigidas en específico contra China, estaban las salpicaduras de la
guerra de Corea en territorio chino —numerosos bombardeos y
ametrallamientos realizados por aviones norteamericanos que, según
reportaban con frecuencia las autoridades chinas, mataban civiles y
destruían viviendas.
Y estaba el asunto de la guerra biológica.
Los
chinos dedicaron grandes esfuerzos a divulgar su reclamación de que
Estados Unidos, en particular entre enero y marzo de 1952, había
diseminado grandes cantidades de bacterias y de insectos hospederos
sobre Corea y el nordeste chino. Presentaron testimonios de 38 aviadores
norteamericanos capturados que habían transportado esa carga letal.
Muchos de ellos dieron detalles de la operación: los tipos de bombas y
otros contenedores utilizados, los tipos de insectos, las enfermedades
que transmitían, etc. Al mismo tiempo se publicaron fotografías de las
supuestas bombas de gérmenes y de los insectos. Luego, en agosto, se
creó un
Comité Científico Internacional, integrado por especialistas de Suecia, Francia, Gran Bretaña, Italia, Brasil y Unión Soviética.
Después de una investigación en China de más de dos meses, el comité
entregó un informe de cerca de 600 páginas, con numerosas fotos y
la siguiente conclusión:
"Los pueblos de Corea y China han sido sin lugar a duda objeto de armas
bacteriológicas. Estas fueron empleadas por unidades de las fuerzas
armadas de Estados Unidos, usando gran variedad de métodos, algunos de
los cuales parecen haber sido desarrollados a partir de los aplicados
por los japoneses en la Segunda Guerra Mundial” (31).
La
última referencia alude a los experimentos de guerra bacteriológica
realizados por los japoneses contra China entre 1940 y 1942.
Los
científicos nipones responsables de este programa fueron capturados por
Estados Unidos en 1945, y se les concedió inmunidad a cambio de dar
información técnica al Centro de Investigaciones Biológicas del Ejército
en Fort Detrick, Maryland. Los chinos tenían conocimiento de esto en el momento de la investigación del Comité Científico internacional
(32).
Debe
hacerse notar que algunas de las declaraciones de los aviadores
norteamericanos contenían tanta información técnica biológica y estaban
tan llenas de retórica comunista —“imperialistas”, “traficantes de guerra
del Wall Street capitalista”, etc.- que podría cuestionarse seriamente
en qué medida eran autores de las mismas. Además, pudo conocerse luego
que la mayoría de estos aviadores habían confesado sólo tras ser
sometidos a abusos físicos
(33).
Pero en vista de lo que hemos conocido sobre la participación
norteamericana en el empleo de armas químicas y biológicas, las
reclamaciones de los chinos no podían ser desestimadas. En 1970, por
ejemplo, el
New York Times informó que durante la guerra de
Corea, cuando las fuerzas de Estados Unidos fueron sobrepasadas por
“oleadas humanas” de chinos, “el ejército escarbó en documentos de
guerra química capturados a los nazis donde se describía el sarín, un
gas nervioso tan letal que unas pocas libras podían matar a miles de
personas en pocos a minutos [...] A mediados de la década del 50 el
ejército estaba fabricando miles de galones de sarín”
(34).
Y
durante los años 50 y 60, el ejército y la CIA realizaron numerosos
experimentos con agentes biológicos dentro de Estados Unidos. Basta
citar dos ejemplos: en 1955 la CIA diseminó bacterias de tos ferina en
la atmósfera de Florida, lo que ocasionó ocasionó un incremento
extremadamente agudo en la incidencia de esta enfermedad en el estado en
ese año
(35). Al año siguiente, otra sustancia tóxica fue esparcida en las calles y túneles de Nueva York
(36).
También
veremos en la sección sobre Cuba cómo la CIA desarrolló la guerra
química y biológica contra el gobierno de Fidel Castro.
*
En
marzo de 1966, el secretario de Estado Dean Rusk habló ante un comité
del Congreso acerca de la política norteamericana con respecto a China.
Míster Rusk se sentía aparentemente perplejo pues “por momentos los
dirigentes comunistas chinos parecen estar obsesionados con la idea de
que están siendo amenazados y acosados”. Habló de la “idea imaginaria,
casi patológica” de China “de que Estados Unidos y otros países
alrededor de sus fronteras están buscando una oportunidad para invadir
China y destruir el régimen de Peiping [Pekín]”. El secretario añadió:
Cuánto
hay de genuino en el “temor” de Peiping hacia Estados Unidos y cuánto
es artificialmente inducido por propósitos políticos internos sólo lo
saben los propios dirigentes comunistas chinos. Estoy convencido, sin
embargo, de que su deseo de expulsar nuestra influencia y actividad del
Pacífico oeste y el sudeste asiático no está motivado por el temor de que
constituimos para ellos una amenaza (37).
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PENDIENTES DE AÑADIR: Notas PENDIENTE DE REVISIÓN
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William Blum, Asesinando la esperanza. Portada y contraportada edición en castellano. Editorial Oriente, Santiago de Cuba (Cuba), 2005.
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