Entrevista
con Silvia Federici, filósofa e historiadora marxista-feminista del
trabajo. Más de 700 mujeres se acercaron a escucharla al centro social
Katakrak, Iruñea
A finales del
siglo XV comienzan el éxodo del campo a la ciudad, el genocidio de las
poblaciones originarias americanas, y el comercio de esclavos africanos.
Tres procesos interrelacionados y a gran escala que generarán
gigantescas reservas de mano de obra asalariada y no asalariada, y a los
que tú añades la caza de brujas. Algunos historiadores cuestionan las
dimensiones que tú y otras investigadoras manejáis respecto al número de
mujeres perseguidas y asesinadas.
Esa es una discusión vieja. En el pasado, el
movimiento feminista hablaba de millones de muertas. Las polémicas y el
trabajo que hemos desarrollado han ido reduciendo las cantidades. Se han
hecho recuentos, donde se ha podido, y ahora se habla de 100.000 casos
confirmados. Pero todas las historiadoras que han hecho estudios
concluyen que ese número no es el real, que forzosamente deben de ser
más, muchas más. Hay distintas razones: la principal es que muchos
archivos se han destruido ―fundamentalmente debido a las innumerables
guerras que han asolado Europa durante siglos―; otra es que todavía
quedan bastantes documentos sin analizar; en ocasiones la persecución no
correspondió al Estado sino a la nobleza y entonces, directamente, en
la mayoría de los casos ni siquiera quedaba registrada como ocurre, por
ejemplo, en Escocia; y, por último, hay también documentos que mencionan
ejecuciones y masacres, pero sin detallar las cantidades, por lo que
las víctimas son imposibles de cuantificar.
Estimamos que por cada asesinato documentado existiría, como mínimo,
otro más; y ese sería un cálculo muy conservador. Por eso hemos puesto
en marcha la campaña "Por la memoria de las mujeres asesinadas acusadas
de brujería". Queremos sacar a la luz y promover el reconocimiento de
todas las víctimas a escala mundial.
Sostienes que en la actualidad vivimos una nueva caza de
brujas, en particular en zonas ―como la frontera entre México y EEUU―,
donde la lucha de clases es más encarnizada.
Al principio hubo interpretaciones diversas sobre la
violencia contra las mujeres en Ciudad Juárez y otras ciudades de Baja
California, Sonora y Chihuahua. El trabajo de las feministas nos ha
llevado a la conclusión de que obedece a la expansión del capitalismo y a
la “maquilización” del trabajo, que en ese área fronteriza ha creado
una tierra de nadie, sin reglas, donde se puede matar a mujeres e
imponer formas de trabajo inhumanas. Porque lo verdaderamente importante
es comprender cuáles son las formas de trabajo que existen en la
maquila. No hay horarios, no hay sanidad laboral, pueden cerrar la
puerta y no dejarte salir hasta que no hayas finalizado tu trabajo... Se
denigra la condición humana para imponer un régimen de miedo constante,
es decir, de terror.
Imponer este tipo de formas de explotación a las mujeres es muy
funcional en términos de trabajo. El terror crea una atmósfera que
impide una organización eficaz para cambiar la condición laboral. Algo
de eso se intentó a primeros de los años ochenta, cuando se implantaron
las maquilas en la frontera, pero las mujeres que empezaron a
organizarse acabaron siendo asesinadas. El terror aniquiló sus esfuerzos
para crear comunidad y para mejorar sus condiciones de trabajo.
¿El terror no mata a los hombres?
La maquila es un trabajo de mujeres. Puedes analizar
un fenómeno a través de los efectos que produce. Aquí hemos empleado
ese método. Hemos identificado los orígenes de esta matanza
reflexionando sobre su consecuencia principal: el socavar las
resistencias que las mujeres trataron de poner en pie. Pero, ¿cómo fue
posible ese terror? Hay que tener en cuenta que la maquila se constituye
como la forma moderna de la plantación de esclavos.
¿En qué sentido?
La alianza de autoridades, fuerzas policiales y
maquila conforma un régimen de excepción militarizado. Total y absoluto.
Hasta el punto de que es habitual que las madres y padres que inician
la búsqueda de sus hijas desaparecidas sean humilladas en dependencias
oficiales. Y es corriente que, si insisten para que se investigue su
drama, sean amenazadas y obligadas a abandonar el pueblo o la ciudad. Es
el terror. Por eso hay ese ensañamiento con los cuerpos de las mujeres
que son abandonados en lugares públicos. Cuerpos torturados, mutilados o
desmembrados. Como dice la activista argentina Rita Segato, es una
pedagogía de la crueldad. No se intenta ocultar, porque hay una voluntad
clara de mandar un mensaje a la comunidad, como cuando se quemaban
mujeres en público. La comunidad ha de verlo y ha de aprender una
lección de terror.
Es conocida la frase de un famoso inquisidor: “mata a alguna para
educar a muchas”. En consecuencia, muchas de esas mujeres, que son
jóvenes y que carecen de derechos, dedican hoy toda su energía ―la que
una vez fue dirigida a la organización y a la resistencia― a proteger su
vida y la de su familia.
La prensa occidental habla de brujería relacionada con el
asesinato de personas albinas en Tanzania y tú de que en África también
se han impuesto las políticas de ajuste estructural...
El caso es muy interesante, típico que los
periódicos europeos o norteamericanos. ¿Por qué se matan personas
albinas? No soy antropóloga, pero parece que en algunas culturas de
países africanos quienes nacen con esta característica son consideradas
anormales y portadoras de mala fortuna.
Según los
media, los asesinatos en Tanzania habrían
desembocado en matanzas de los victimarios de las personas albinas. Pero
lo que está ocurriendo es que hay una terrible persecución contra
mujeres acusadas de brujería: sólo durante el primer semestre de 2017
fueron asesinadas 479 mujeres acusadas de brujería en Tanzania.
Y esa violencia sistemática es presentada en los medios de
comunicación globales como una respuesta a la violencia contra los
albinos, como parte de una violencia conectada a personajes anormales.
Es muy importante desenmascarar este enfoque neocolonial que banaliza y
reduce esta nueva persecución a una expresión de la irracionalidad
africana.
En realidad, vivimos una nueva caza de brujas a nivel mundial. Las
últimas estadísticas sobre África hablan de que más de 30.000 mujeres
habrían sido mutiladas con machetes, torturadas y asesinadas desde los
años setenta. La mayor parte de ellas quemadas vivas. Ha pasado en
Sudáfrica, Mozambique Tanzania, Zambia, Nigeria, Zaire, Kenia, Uganda...
En Ghana, hay campos de concentración ―yo los llamo así―, para brujas.
Allí se refugian las mujeres que han sido expulsadas de su comunidad o
que tenían miedo de ser asesinadas. Solteras, muchas de ellas muy
viejas, viven en unas condiciones miserables.
¿Es el mundo musulmán una excepción?
Lo era pero también ha empezado a matar mujeres. Ha
ocurrido en Arabia Saudí: han decapitado a una mujer acusada de
brujería. Es un fenómeno reciente que se está extendiendo a otros países
musulmanes, donde son lapidadas hasta la muerte. También se está dando
en el subcontinente indio y en Oceanía, donde mujeres campesinas que se
oponen a las titulaciones individuales de la tierra están siendo
asesinadas.
Silvia Federici, en las cuevas de Zumarragurdi.
Afirmas que esta caza de brujas está directamente relacionada
con las políticas que el FMI y el Banco Mundial empezaron a imponer en
los años 80 y que tiene tres dimensiones: el empobrecimiento
generalizado, el desembarco de las sectas evangélicas, y el específico
desplazamiento de la gestión pública de la salud a los curanderos...
La teoría es que, una vez más, esta persecución está
vinculada a la explosión de las relaciones capitalistas que se produce
en esta fase de desarrollo capitalista, la actual globalización, que
comienza a desarrollarse tras la crisis de 1973.
En efecto, la caza de brujas empieza en el mismo periodo que los
ajustes estructurales, que son un proceso económico de cercamiento de
recursos, de titulación individual de la tierra promovida por las
instituciones internacionales, de destrucción del régimen comunitario y
de empobrecimiento de las masas. En paralelo, se produce la llegada
masiva de las sectas fundamentalistas cristianas, con su visión
calvinista de la religión. Hablan del diablo, de la conspiración
satánica, dicen que en la comunidad hay personas demoníacas.
Y, además, esta persecución también está conectada a la destrucción
de los sistemas de salud, causada por las políticas económicas de
ajuste, y que genera la reaparición de los cuidadores tradicionales,
generalmente hombres, que acuden a la brujería para explicarlo todo:
desde enfermedades como el sida hasta la mortalidad infantil. No hablan
de malnutrición, de políticas de salud, o de cómo abordar las políticas
forestales para que no se extienda la malaria. Todo es brujería.
Pero los vínculos comunitarios también son fuertes...
Sí, pero ahí es donde interviene un cuarto factor
muy importante: la fractura de la comunidad derivada del impacto
psicológico que provocan el empobrecimiento general y la reducción del
acceso a la tierra. El cercamiento de los comunes y el miedo generan
profundas brechas sociales que dislocan las familias y las comunidades.
Porque antes se vendía algodón, café o chocolate a un precio pero, hoy,
la globalización ha creado un mundo donde la gente no comprende las
fuerzas que determinan su vida cotidiana. Unos se enriquecen y otros se
empobrecen pero las decisiones que se toman en Londres o Nueva York
parecen cada vez más misteriosas... y todo eso puede desarticular a la
familia o a la comunidad en la medida que rompe la cadena de transmisión
de la tierra.
Por un lado, esa disminución de los recursos genera dinámicas de
competencia entre las generaciones jóvenes, incluso de la misma familia.
Por otro, se favorece la visión de que los mayores son seres inútiles
en tanto en cuanto no generan recursos. Más aún en el caso de las
mujeres mayores, que tampoco producen sexo ni procrean. Esas mujeres no
sólo están en la primera línea de defensa de su comunidades frente a las
economías extractivistas y la devastación medioambiental ―como Berta
Cáceres― sino que son la última barricada ante el derrumbe de la
comunidad.
¿Por qué?
Son millones en todo el planeta. La mujer mayor
siempre ha sido un sujeto sospechoso, porque ya conoce las cosas, lo
conoce todo sobre la comunidad. Es un personajes incómodo que no se va a
someter tan fácilmente. Es la que defiende la concepción del mundo que
dice que la vaca no se vende, porque la vaca es la seguridad para el
futuro. Y que dice que tampoco se cortan los árboles. Conoce a la vaca y
al árbol por su nombre.
El resto, los jóvenes sobre todo, preferirán vender la vaca y cortar
el árbol porque ven en la economía monetaria el puente hacia la
prosperidad. Ella no. Recientemente encontré una canción africana en la
que unas personas mayores cuentan que tienen miedo de que sus hijos los
vayan a matar porque no quieren vender las vacas. La vaca: ahí está el
choque entre las dos visiones de ver el mundo.
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De George Lukács a 'occupy wall street'
Silvia Federici nace hace 65 años en Parma, la espina dorsal de la
Emilia-Romaña roja ―junto con Módena, Bolonia y otras ciudades―, la
región de tradición comunista por antonomasia y cuna del movimiento
partisano. El único lugar de Italia donde los camisas negras no pudieron
desfilar en su marcha golpista sobre Roma de 1922, cuando tres días de
barricadas impidieron el acceso a los fascistas.
Estudia
Filosofía e Historia. En 1967 inicia su doctorado en Buffalo (EEUU),
recién estrenada la represión de las revueltas de las comunidades negras
que provoca más de 80 muertos. Hace la tesis sobre las cuestiones
doctrinales del filosofo marxista y crítico literario Georg Lukács,
relativas a los aspectos formales de la novela como producto histórico
(y critica la tesis de que el artista burgués, como consecuencia de su
compromiso para representar la verdad, sería capaz de comprender la
realidad y el significado de las fuerzas sociales fundamentales que
conforman la verdad; y, en consecuencia, la necesidad de representarla
le obligaría a superar su condición de clase).
Milita en grupos
estudiantiles. Va y viene de Italia; se integra en el marxismo
heterodoxo y antiautoritario del movimiento operario. En 1970 se
desplaza a Nueva York. Participa en redes de apoyo de mujeres latinas
para afrontar las fianzas carcelarias. Traduce a Mario Tronti al inglés.
Conoce a Mariarosa Dalla Costa, profesora de Teoría Política en Padua y
sus tesis de “Mujeres y subversión social” en las que, de manera
seminal, se analiza el trabajo doméstico como trabajo productivo. Entre
1972 y 1977 participa en la primera campaña global en defensa de su
salarización. Publica textos al respecto en
Midnight Notes.
De 1984 a 1987 es docente en Nigeria. Allí analiza los cambios que
experimenta cualquier proceso de reproducción al incorporarse al
capitalismo (la concepción de los niños o de la sexualidad, entre
otros), al principio sin ubicarlo en la fase histórica de la acumulación
originaria. Más tarde, reformula el final del feudalismo en
Caliban y la bruja (
https://lahaine.org/bJ5F).
Entre 1991 y 2003 se involucra en el Comité por la Libertad Académica
en África promovido para luchar contra la privatización de la enseñanza
superior en el continente. Colabora en campañas contra la pena de muerte
y las políticas de castigos. Se edita
Revolución en punto cero (
https://lahaine.org/fH7W),
su colección de ensayos sobre trabajo doméstico, reproducción y luchas
feministas. Después de Occupy Wall Street, en el que participa
activamente, se incorpora al centro social neoyorquino MayDay, desde
donde sigue haciendo política, igual que con sus investigaciones
académicas.
El Salto / La Haine