A mitad de su mandato Macri no puede ocultar el monumental abismo entre
sus promesas y la realidad. Auguraba una lluvia de dólares para bajar
la inflación, con alto crecimiento, creación de empleos, boom de
emprendedores y erradicación del asistencialismo.
También
pronosticaba una drástica reducción del déficit fiscal y un manantial de
dinero para obras públicas proveniente del fin de la corrupción.
Proclamaba, además, que el “retorno al mundo” sería premiado con un gran
financiamiento productivo y una expansión de las exportaciones.
El incumplimiento de estas previsiones fue muy visible desde el
principio. Por eso el gobierno trasladó el despegue para el segundo
semestre y luego pospuso el debut para el año siguiente. Ahora disfraza
con nuevas artimañas sus magros resultados.
PRETEXTOS Y ENGAÑOS
Los voceros de
Cambiemos
presentan como un gran logro la reducción de la inflación, que
inicialmente duplicaron. El porcentual del bienio llegó al elevadísimo
73%. La meta del 2016 era 12% y fue 41% y la pauta del 17% para el año
siguiente terminó en 24%. Con la única excepción de un pico en 2014
(38%), la inflación del PRO ha superado todos los promedios desde 1991.
La ausencia de datos creíbles durante la década precedente no impide
corroborar esa conclusión, con numerosas estimaciones alternativas.
Los datos de algunas investigaciones (CIFRA, 2018) desmienten los
anuncios del gobierno. Lo que Macri presenta como un insólito
“crecimiento invisible” es el conocido rebote que sucede a las caídas.
Computando la recesión del 2016 (-2,2%) con la recuperación del 2017
(2,9%), el resultado es neutro y el nivel de actividad se ubica en el
mismo piso del 2015. El incremento de la ocupación carece de envergadura
y simplemente refleja ese vaivén. Incluye, además, el reemplazo de
empleos estables por monotributistas precarizados
.
El
gobierno afirma que el salario se recuperó, olvidando que la
recomposición del 2017 no compensó la caída del año anterior. En el
bienio se registró una disminución del 4,2% de esos ingresos en la
actividad privada y del 6,3% en el sector público. El ponderado repunte
de la inversión repite los bajos porcentuales de 14-16% de los últimos
años. La mejora en el agro o en la construcción apenas compensa el
declive en la industria.
Los funcionarios destacan la reducción
de la emisión omitiendo su reemplazo por el endeudamiento. Macri ha
convertido al país en el principal emisor planetario de títulos
públicos, a tasas que superan el promedio regional. Ya ubicó a la
Argentina entre las cinco economías más vulnerables a los efectos de una
eventual crisis internacional.
Con cualquier metodología de
cálculo el déficit fiscal se ha disparado. El desbalance primario
ascendió levemente al principio por el ingreso extraordinario del
blanqueo. Pero el componente financiero del agujero presupuestario trepa
con los intereses de la deuda. El bache fiscal (6-7%) ya bordea las
mismas cifras de los grandes terremotos de la economía.
Este
cúmulo de desajustes condujo a la imprevista devaluación de diciembre.
Los propios banqueros que sostenían el encarecimiento del dinero (para
lucrar con la bicicleta de las Lebacs) se atemorizaron. Observaron con
preocupación la desactualización del dólar frente a los precios internos
y el potencial volcán que rodea al endeudamiento. El gobierno ya cubrió
la mitad de sus necesidades financieras del año, pero despunta la
desconfianza en su futura capacidad de pago.
El déficit
comercial alcanzó el mayor desnivel de los últimos 40 años y la fuga de
capital no cesa. Esta salida involucra a 84 de cada 100 dólares
ingresados y se ubica en los mismos niveles del kirchnerismo.
Este escenario acrecienta el pase de facturas dentro del equipo
económico. Los que exigen mayores tasas de interés y freno de la emisión
chocan con los partidarios de la devaluación y el bombeo del nivel de
actividad. Es una discusión sin salida entre los causantes del mismo
desastre. Como no hay crecimiento ni inversión, la frazada es corta para
cualquier alternativa.
Macri anuncia que “lo peor ya pasó”
cuando lo peor está por venir. Al comienzo del 2018 la recuperación del
PBI tiende a frenarse y los precios se despistan. La previsión oficial
de inflación (15%) carece de credibilidad, frente a una oleada de
tarifazos que retroalimenta la carestía.
Como el gobierno
convalida el repunte del dólar la hoguera inflacionaria se expande. El
oficialismo sólo apuesta a frenar los precios con el cepo al salario.
Pero ese techo resiente el consumo y apaga el único motor del PBI, ante
el estancamiento de la inversión y el declive de las exportaciones. Para
colmo, el bache fiscal amenaza la continuidad de la obra pública como
sostén del nivel de actividad.
DESCONCIERTO Y JUSTIFICACIONES
Frente al sombrío escenario económico los funcionarios improvisan
justificaciones. Repiten el pretexto de la demora y resucitan la llegada
del segundo semestre con dos años de retardo. Esperan ese futuro
venturoso para medidos del 2018, como fruto del ajuste realizado en las
tarifas y el tipo de cambio. Pero esa leyenda ignora que la inflación
continúa socavando ambas variables, hasta situarlas en el mismo punto de
partida.
Los economistas de todos los palos alzan la voz. El
empantanamiento del programa actual es evidente y se debate si el
fracaso es reversible o encendió una bomba con incierta fecha de
explosión.
También los estrategas del PRO buscan nuevas
explicaciones de su inoperancia. Argumentan que la “herencia fue más
pesada de lo imaginado” y que no dijeron “toda la verdad”. Pero ese
lugar común -repetido por todos los gobiernos para exportar culpas-
tiene poco auditorio. Olvida que los desequilibrios recibidos no
presentaron la escala de la hiperinflación de 1989 o del colapso del
2001 y fueron acentuados por las propias medidas que adoptó
Cambiemos.
El costo del gradualismo es la justificación más corriente de los
fallidos oficiales. Afirma que una lenta marcha de los cambios genera
resultados también aletargados. Pero ese diagnóstico no aclara nada.
Sólo justifica lo que no funciona, suponiendo que apretando el
acelerador se observarían otros efectos. Más sencillo es percibir lo
contrario: el desastre actual sería infinitamente superior con una dosis
mayor de la misma receta.
Si el rumbo fuera el correcto ya
deberían notarse los brotes verdes del magnífico porvenir que augura
Macri. En los hechos se observa lo opuesto: el anticipo de la hecatombe
futura que prepara su gestión. El gradualismo es tan sólo un pretexto
para justificar el endeudamiento. Antes era presentado como el cimiento
de las inversiones productivas y ahora se lo acepta como una canilla
para solventar gastos corrientes.
El argumento gradualista
constata en los hechos la enorme dimensión de la resistencia popular.
Cuando el gobierno afirma que un “ajuste abrupto desataría la guerra
social”, reconoce la frontal oposición que existe a sus atropellos. Ese
rechazo explica el perfil acotado de las permanentes agresiones del
gobierno.
La impotencia de Macri ha multiplicado también las
críticas de la derecha cavernícola. Cuestionan la lentitud del ajuste
desde una perspectiva de salvajismo puro. Despotrican contra los
funcionarios que “no se atreven a despedir empleados públicos” y
proclaman la inexistencia de soluciones “sin un shock doloroso”.
Obviamente se eximen de padecer la tragedia que promueven para el resto.
Entre sus allegados de las clases acomodadas, no figura ninguna víctima
potencial del empobrecimiento que publicitan.
Los derechistas
tampoco ofrecen algún indicio del prometido renacimiento que sucedería
al shock. Suelen omitir que en los 90 se ensayó la “cirugía sin
anestesia”, que ahora presentan como una gran invención. Tampoco
recuerdan que el colapso del 2001 fue un efecto de ese experimento. El
trasfondo del problema no radica en el ritmo del modelo. Tanto el
gradualismo como su aceleración conducen a un tenebroso resultado.
MITOS DEL LIBERALISMO
El macrismo también reflota viejas creencias liberales para justificar
sus contratiempos. Atribuye el declive de la economía al gigantismo del
estado y a la consiguiente endeblez del sector privado. Pero olvida que
la expansión estatal siempre obedeció a algún fracaso del empresariado.
El estado rescató en incontables oportunidades a los banqueros,
industriales o agro-propietarios en quiebra. Intentó compensar el
comportamiento estéril de una burguesía que invierte poco, fuga capital y
remarca precios. Los problemas de la economía no se originan en el
estado, sino en los negocios fallidos de las clases dominantes.
Los líderes de
Cambiemos
reemplazan este diagnóstico por diatribas contra el populismo.
Contraponen la demagogia de esa ideología con la actitud laboriosa de
los modernizadores de Argentina. Macri enaltece especialmente a la
generación del 80 y despotrica contra los populistas que arruinaron al
país.
Pero nunca define el significado de esa demonizada
condición. Sólo sugiere que alguna maléfica presencia popular destruyó
el paraíso de la oligarquía vacuna. Los liberales no asignan al
populismo un significado concreto. Lo identifican con las desventuras
generadas por Maduro, Kirchner o cualquier adversario del momento.
Los ideólogos del PRO desconocen especialmente la gran responsabilidad
de sus antecesores en las desgracias que denuncian. Suponen que desde
1930 Argentina fue gestionada por enemigos del liberalismo, olvidando a
todos los gobernantes que anticiparon la política económica actual.
Macri no inventó la apertura comercial, la agresión al sindicalismo o el
deslumbramiento por el capital extranjero.
Es un dislate ubicar en el casillero populista a los conservadores, militares, gorilas o menemistas que manejaron el estado.
Cambiemos recurre a una gran cuota de amnesia parar recrear sus engañosas ilusiones fundacionales.
Sus voceros proclaman que necesitan tiempo para extirpar la “cultura de la desmesura”,
que
busca soluciones fáciles con caudillos salvadores (Llach, 2014). Pero
el intento más reciente de esa redención fue encarado por el propio
Macri, cuando supuso que su figura despertaría la confianza requerida
para resolver los problemas de la economía.
Los autores más
sofisticados plantean las mismas tesis con cierto despecho. Acusan a los
argentinos de “vivir por encima de sus posibilidades”, entrampando al
país en un nostálgico apego a riquezas ya extinguidas (Gerchunoff,
2016). Atribuyen ese espejismo a la “psicología de la clase media” (Levy
Yeyati, 2015) e impugnan con gran enojo la “fantasía de consumo” de la
década pasada (González Fraga, 2016). Por eso convocan a un gran ajuste
del cinturón.
Pero generalizan a toda sociedad comportamientos
de los enriquecidos, omitiendo que el despilfarro no es un hábito del
pueblo. Es un privilegio de las minorías que derrochan los recursos
negados a los trabajadores. Argentina no se convirtió en un desierto.
Preserva los mismos activos del pasado, pero sometidos a una mayor
depredación o inutilización. Los teóricos del PRO encubren a los
responsables de ese estancamiento y culpabilizan a sus víctimas.
Los liberales suelen combinar diagnósticos sombríos con entusiastas
augurios de oportunidades para todos. El mito del emprendedor sintetiza
esa ensoñación. Supone que con algún ahorro, cualquier individuo puede
enriquecerse en la actividad privada. El propio despido es presentado
como una ventajosa posibilidad para crear parrillas o cervecerías.
Con esa ilusión enaltecen la conversión de los trabajadores estables en
precarizados. Evitan cualquier balance de lo ocurrido en los 90, cuando
el desempleo generado por las privatizaciones empujó a millones de
argentinos a la informalidad laboral.
Con ese mismo elogio del
individualismo se recortan los planes sociales o se promete reducir la
marginalidad con mayor esfuerzo escolar de los asistidos. Basta con
observar la brutal agresión contra la docencia para notar la hipocresía
de esa iniciativa. ¿Cómo esperan capacitar a los desocupados si al mismo
tiempo destruyen la educación pública?
Pero incluso mejorando
sus calificaciones educativas el grueso de los parados seguirá sin
trabajo. La carencia de empleo proviene del estancamiento de la economía
y no de la ausencia de graduados en los colegios primarios o
secundarios.
La ceguera liberal no sólo impide registrar esa
evidencia. También induce a suponer que los ciudadanos aceptan los
sacrificios del modelo actual. Los macristas afirman que esa comprensión
se refleja en la expectativa de mejoras futuras registrada por algunas
encuestas. Pero esa actitud en todo caso obedece al miedo a un estallido
y no a la esperanza en un imperceptible bienestar. El temor a la
repetición del 2001 es un trauma aún presente en gran parte de la
sociedad.
Los críticos ultra-derechistas aprovechan esa
combinación de malestar y temor para desplegar su demagogia. Los medios
hegemónicos auspician su prédica y dan cabida a los personajes que
proclaman la insuficiencia del ajuste. Milei, Gaicomino, Espert, Broda,
Artana siempre encuentran algún micrófono para explicar la conveniencia
de un virulento corte del gasto publico.
Todos ubican la poda
en los salarios y no en los intereses de la deuda. Adoptan poses de gran
irritación para canalizar la inconformidad general hacia un proyecto
más regresivo. Posteriormente suelen amoldarse a lo que necesita el
establishment. Alsogaray gestionó con Menem, López Murphy con la Alianza
y Melconian con Macri.
BANQUEROS OFF SHORE AL COMANDO
Cambiemos ha
reciclado la vieja creencia liberal que atribuye la crisis argentina a
la corrupción. Repite que el país no atrajo capitales por el rechazo que
suscitan los grandes negociados con el erario público. Pero olvidan que
ese flagelo es frecuentemente observado como una ventaja por los
capitalistas. Como permite hacer ganancias rápidas, en muchas economías
hay alto crecimiento con baja transparencia en la administración
pública. El motor del sistema es la rentabilidad y no la honestidad.
La falsa equiparación de la pulcritud institucional con la prosperidad
es un mito de la derecha para manipular la opinión pública. El
tradicional pretexto de los golpes militares es últimamente utilizado
para señalar, que el dinero faltante en los hospitales y colegios fue
acaparado por el funcionariado kirchnerista.
Pero esa creencia choca con la escala actual de hurtos al fisco. La
cleptocracia que maneja el gobierno privilegia descaradamente sus negocios particulares.
La venta de empresas capitalizadas con información confidencial es un
mecanismo en boga de esas estafas. Varias firmas vinculadas a la familia
presidencial favorecidas por medidas oficiales se vendieron a precios
elevados (peajes, parques eólicos, transporte aéreo). Con un recurso
parecido el íntimo de Macri (Nicolás Caputo) se desprendió de su
constructora y su primo (Calcaterra) negocia un trato semejante.
Todos los miembros del gabinete apuntalan sus empresas desde ambos
lados del mostrador. Aranguren premia a Shell, Quintana a Farmacity y
Braun a los supermercados. Mientras proclaman la ausencia de conflicto
de intereses, transfieren fortunas a sus propias compañías. Sólo la
manipulación de los jueces y el blindaje de los medios taponan la
difusión de esos escándalos.
Es evidente que Macri encabeza un
gobierno de los capitalistas. Delegó la gestión del país en sus propios
dueños, conformando un gabinete de CEOs que trasladó su modelo de
gerenciamiento a todos los estamentos de la función pública.
Un gran segmento del electorado avaló ese desembarco, imaginando que estimularía la inversión de la burguesía.
Cambiemos
alentó esa creencia presentado a sus ministros como patriotas, que
renunciaban a grandes ingresos en la actividad privada para servir a la
nación.
Dos años han sido suficientes para desmentir esas
fantasías. Cada ministro maneja su radio de influencia como un plan de
negocios. Pero ese desfalco no ha sido tan inesperado como la
inoperancia de los CEOs. Exhiben un grado de ineficiencia muy superior a
sus pares de la política. El descontrol de gastos y la ausencia de un
comando nítido en el área económica potencia ese desorden.
El
desmadre actual también obedece al predominio de los financistas. La
crema de los banqueros impone el alocado endeudamiento que afrontarán
las próximas generaciones. No actúan como simples comisionistas. Manejan
sus fortunas con empresas
off shore para evadir impuestos, encubrir fraudes o lavar dinero.
Todos los popes del PRO (Macri, Caputo, Aranguren, Grindetti, Avruj,
Clusellas) ocultan su dinero en paraísos fiscales, que cobraron
notoriedad por filtraciones externas. Los acusados alegan ausencia de
delito en una actividad contrapuesta con cualquier principio de
honestidad. En los hechos reproducen la conducta de los principales
capitalistas (Mindlin, Elsztain, Galperín), que realizan sus grandes
operaciones a través de las cuevas
off shore.
Por su
parte los ministros localizan su patrimonio personal en el exterior,
mientras convocan a fortalecer el ahorro nacional. En el colmo de la
hipocresía la recaudación ha sido delegada a un experto en evasión. El
nuevo jefe de la AFIP (Cuccioli) se especializa en proteger millonarios
que eluden las obligaciones fiscales. Argentina ya ocupa el quinto lugar
en el ranking mundial de evasión y con Macri seguirá ubicada en ese
podio.
LA COMPARACIÓN CON LOS 90
La enorme gravitación de los banqueros ensombrece el favoritismo inicial que tuvo el lobby agro-minero
. La
soja, el litio y el petróleo son los principales negocios en agenda,
pero ningún subsidio compensa el torrente de dinero que capturan los
financistas. Además, persisten viejos conflictos con proveedores
internacionales de semillas (Monsanto) y los gobiernos ensalzados por
Macri cierran sus mercados en Europa y Estados Unidos. La continuada
apreciación del tipo de cambio y los efectos de la sequía anticipan
nuevas tensiones.
Pero los choques de mayor porte involucran a
la industria. Aunque la cúpula de la UIA sostiene al gobierno -apostando
a una drástica demolición de los derechos laborales- el grueso del
sector sufre la apertura importadora. El descomunal déficit comercial
ilustra la magnitud de esa invasión. En lugar de abastecer a las
góndolas del mundo, Argentina absorbe todo tipo de excedentes del resto
del planeta.
El conflicto con la industria asume contornos
dramáticos con el cierre de empresas. Una hemorragia de suspensiones,
quiebras y despidos afecta a todas las zonas fabriles. El proyecto de
convertir las plantas de Tierra del Fuego en espacios vacios para el
turismo ilustra esa devastación.
Este escenario presenta muchas
semejanzas con el menemismo. Macri retoma la misma adaptación de la
economía argentina a los requerimientos de la mundialización neoliberal.
Las analogías se extienden incluso al personal que implementa ese
amoldamiento. Los mismos derechistas vuelven a ocupar estamentos claves
del estado. Como la difusión de esos parecidos suscita incomodidades
Durán Barba censura cualquier comparación. Pero es evidente que con una
nueva retórica el macrismo repite los 90.
Esa política demuele
el tejido social y expande la miseria. La difundida imagen de un
proyecto para un tercio de la población (sin lugar para el resto)
retrata el modelo actual. La destrucción del empleo estable reproduce el
desamparo que legó Menem.
Pero existen varias diferencias con ese precedente.
Cambiemos enfrenta
una resistencia popular muy superior a la imperante en los años del
riojano. No pudo doblegar los paros, marchas y piquetes que erosionan su
proyecto y pagó un alto costo por cada agresión.
En diciembre
perpetró el saqueo a los jubilados en el Congreso, pero perdió la
batalla en las calles. Como la actual relación de fuerzas le impide
avanzar, apuesta a la reelección para imponer el ajuste. Pero necesitará
alinear muchos planetas para materializar ese operativo.
Macri
compra las mismas fantasías de Menem. Supone que el mundo lo apoya y se
toma en serio los patéticos piropos que recibe de Occidente. No registra
cuánto ha cambiado el escenario internacional en las últimas décadas.
La euforia con las privatizaciones de América Latina ya es historia y
los mercados de las grandes potencias están cerrados para las
exportaciones argentinas. Los poderosos del mundo tantean sus negocios
en el país sin ofrecer nada a cambio.
Luego de prodigarle a
Macri un trato despectivo, Trump incumplió su promesa de reabrir las
compras estadounidenses de limones. Bloqueó además las ventas de
biodiesel que ahora extendería al acero. En Europa predomina la misma
conducta. Ningún gobierno acepta adquirir carne o biodiesel a cambio de
un acuerdo con el MERCOSUR, que anularía prerrogativas del estado en el
manejo de las licitaciones públicas.
Las decepciones con
Occidente obligaron al timonel del PRO a olvidar sus críticas a Rusia y
China. Improvisó visitas de emergencia a esos países para mendigar
ventas, créditos e inversiones. El “retorno de Argentina al mundo”
entraña un inagotable cúmulo de sinsabores.
También en el plano interno la comparación con los 90 desfavorece a
Cambiemos.
Como Macri asumió sin la pesadilla de una hiperinflación previa, no ha
podido lucrar con el espejismo que generó la convertibilidad. En lugar
de la abrupta estabilización de precios que apuntaló a Cavallo, carga
con el continuado agravamiento de la carestía. La inflación estructural
que padeció el kirchnerismo -por restricción de la oferta ante una
demanda recompuesta- ha sido sustituida por las típicas remarcaciones
que suceden a la devaluación y los tarifazos.
Al igual que en
los 90 la apreciación del tipo de cambio destruye la producción nacional
y debilita las exportaciones. El impactante bache generado por el
despilfarro de dólares en el turismo repite la experiencia de Martínez
de Hoz y Cavallo.
Pero la semejanza más dramática con el pasado
se localiza en el endeudamiento. El gobierno cuenta con reservas y
margen para seguir tomando préstamos, pero alimenta una peligrosa
caldera. Cualquier desconfianza de los acreedores o una imprevista
adversidad internacional pueden desatar el descalabro. Macri ha colocado
nuevamente al país en esa trampa.
EL TRASFONDO DEL DECLIVE
Los neoliberales encubren con ensoñaciones los problemas de la
economía. La última moda es presentar a Colombia y Perú como los modelos
a seguir (Espert, 2017). Curiosamente esa comparación sudamericana
soslaya a Bolivia, que tuvo el ritmo de crecimiento más intenso de la
última década.
Tradicionalmente los derechistas emulaban a
Estados Unidos o más recientemente a España e Italia. Que ahora postulen
la imitación de economías subdesarrolladas es una confesión de lo que
imaginan para el futuro. Intentan transmitir una visión edulcorada de
los modelos extractivistas, ocultando cómo masifican la exclusión
social.
Pero no explican además, por qué razón Argentina atrae
inmigrantes de esas naciones (y no al revés). En sus relatos también
omiten que Colombia o Perú carecen de la estructura industrial, que el
neoliberalismo pretende demoler en nuestro país.
Otros
exponentes del libreto marcrista convocan a seguir el sendero de
Australia (Levy Yeyati, 2016), como si Argentina tuviera posibilidades
de elección. Desconocen que la lejana nación de Oceanía tiene una
densidad demográfica inferior y un porcentaje superior de recursos
naturales por habitante. Ha sido ajena a la complementariedad y
rivalidad agrícola con Estados Unidos y su proximidad con el Sudeste
Asiático le permitió reconvertir sus exportaciones primarias. Mantiene,
además, una estructura social más igualitaria y nunca afrontó las
tensiones de cualquier país latinoamericano.
En su afán
comparativo los propagandistas del PRO eluden evaluar las semejanzas con
Brasil. Allí se verifica la misma regresión industrial y primarización
exportadora que padece Argentina. También se observan volatilidades del
capital y serruchos del PBI muy parecidos.
Pero el retroceso
fabril de nuestro país es mucho mayor. Basta observar la balanza
comercial entre las dos naciones para registrar ese declive. Argentina
se industrializó antes con un mercado interno más solvente y conquistas
sociales de envergadura superior. Por eso afronta una inadaptación mayor
a las exigencias de rentabilidad de la globalización capitalista. Los
principios de competitividad y productividad -que tanto endiosan los
neoliberales- son las desgracias que impone ese sistema a la mayoría
popular.
Argentina ha perdido el privilegiado lugar que tenían
en el pasado sus exportaciones de carne y trigo. La soja no cumple la
misma función multiplicadora de otras actividades productivas. La
quiebra de la agricultura integral y la irrupción del extractivismo
minero acentúan la eliminación de puestos de trabajo
La
mundialización neoliberal es una pesadilla para la reestructuración
capitalista del país. Por eso se ha estabilizado un retroceso permanente
que condena a un tercio de la población a la informalidad laboral. El
asistencialismo estructural que han incorporado las cuentas públicas
ilustra esa dura realidad. Es una erogación surgida de la lucha popular,
que se ha tornado indispensable para la reproducción social. Mientras
Macri divaga con el espejo de Europa, los datos sociales asemejan al
país al resto de América Latina
LA CRÍTICA NEODESARROLLISTA
Muchos objetores del curso actual eluden evaluar las dificultades que
afronta una reconversión expansiva de Argentina. Observan al capitalismo
como un dato inamovible y reducen todas las desventuras de la economía a
los desaciertos del modelo vigente. Contraponen el proyecto del
macrismo a una política neo-desarrollista, que permitiría apuntalar un
sendero de crecimiento e inclusión.
Ese contraste es difundido
por los defensores del kirchnerismo. Subrayan especialmente las
diferencias entre ambos modelos en la evolución de los salarios, el
endeudamiento, las importaciones y las tarifas (Scaletta, 2017).
Pero ese abordaje olvida el sustrato capitalista común de los dos
esquemas y su consiguiente adaptación a momentos diferentes de la
acumulación. El neo-desarrollismo irrumpió para enmendar el descalabro
legado por el 2001. Intentó revitalizar la industria con auxilios
estatales, bajas tasas de interés y tipos de cambio competitivos, sin
remover el esquema agro-exportador .
Por esa limitación volvió a
depender de la coyuntura internacional y sólo pudo mantener la bonanza
durante los altos precios de las exportaciones. En ese periodo recompuso
la producción y sostuvo el crecimiento con la afluencia de dólares.
Pero al mantener intactos los cimientos del subdesarrollo, quedó
paralizado frente al cambio adverso del contexto internacional. En ese
momento reaparecieron los cuellos de botella, el incentivo al consumo
dejó de funcionar y el déficit fiscal resurgió con alta inflación.
Este balance es habitualmente omitido por los partidarios del
kirchnerismo. En su mayoría soslayan cualquier caracterización de lo
sucedido en el terreno económico. Estiman que el macrismo se impuso por
errores en el plano político o cultural y sólo extienden esos
desaciertos a la relación con la clase media o al manejo de la
estrategia comunicacional.
Con esa mirada idealizan la gestión K
y limitan el cuestionamiento del macrismo a sus atropellos más
groseros. Evitan definir, además, su propuesta a futuro, en plena
gestación de alternativas más conservadoras del peronismo. Esta actitud
sintoniza con las preocupaciones estratégicas de la clase dominante, que
busca asegurar la continuidad del curso actual en la variante del PRO o
en una opción justicialista sustituta.
Para concebir otro
camino hay que partir de otro diagnóstico, registrando cómo enlaza el
declive argentino con la crisis del capitalismo dependiente. Esa
caracterización induce a buscar alternativas comprometidas con la
erradicación de un sistema, que empobrece a las mayorías populares.
REFERENCIAS
-CIFRA (2018) Informe de coyuntura, nº 26 Febrero. Mariano Barrera, Ana Laura Fernández, Mariana González y Pablo Manzanelli.
-Llach, Juan J; Lagos, Martín (2014). En el país de las desmesuras,
La Nación, 26-9.
- Gerchunoff, Pablo (2016). La Argentina está en una trampa y no está condenada al éxito,
Clarín, 2-10.
-Levy Yeyati, Eduardo (2015), Una explicación psicológica a la decadencia económica argentina,
Infobae, 12-7.
-
González Fraga, Javier (2016). “Le hicieron creer al empleado medio que podía comprarse plasmas y viajar al exterior”,
La Nación , 27-5.
-Levy Yeyati, Eduardo (2016) La trampa del desarrollo argentino,
La Nación , 17-9
-Espert, José Luis (2017). Ar gentina debe imitar a Perú y Colombia,
https://www.youtube.com/watch?v=DcaGZfizRz0
, 13-3. -Scaletta, Claudio (2017) El shock macrista,
Página 12
, 24-9.
Claudio Katz. Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI. Su página web es: www.lahaine.org/katz
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