sábado, 16 de febrero de 2019

Llamamiento al Gobierno de Canadá: actúe en la cuestión de la basura exportada ilegalmente a Filipinas


rebelion.org

Llamamiento al Gobierno de Canadá: actúe en la cuestión de la basura exportada ilegalmente a Filipinas

 

 


Llamamiento al Gobierno de Canadá: actúe en la cuestión de la basura exportada ilegalmente a Filipinas
Convención de Basilea 
La Coalición por la basura ecológica (EWC, por sus siglas en inglés) de Filipinas, una red ambiental sin fines de lucro integrada por más de 140 grupos de interés público, ha hecho un llamamiento el primer ministro canadiense Justin Trudeau para que trate de resolver un escándalo de exportación de basura de Canadá a Filipinas.
En una carta enviada al primer ministro Trudeau, la Coalición señala que a pesar de las promesas del gobierno de Canadá, e incluso declaraciones públicas del propio primer ministro, Canadá no ha tomado medida alguna para impedir que 103 embarques de contenedores cargados de basura variada y exportada ilegalmente viajaran en 2013 y 2014 por mar desde Canadá y su contenido fuera vertido en Filipinas para que se pudriera allí.
Este vertido de basura canadiense en Filipinas es inmoral e ilegal, sostiene la Coalición, que expresa que esta conducta viola las obligaciones contraídas por Canadá en la Convención de Basilea sobre el control en frontera de los movimientos de desperdicios peligrosos y su disposición final. Señala también que en junio de 2016 un juez ordenó el regreso de contenedores llenos de basura reiterando que Filipinas no es un “cubo de basuras”.
“Devolver la basura a su lugar de origen es justo, moral y lícito”, dice Aileen Lucero, coordinadora de la Coalición por la basura ecológica.
La negativa de Canadá a hacerse responsable del retorno de la basura enviada ilegalmente contrasta con la actitud del gobierno de Corea del Sur, que en 2018 actuó sin demora para hacer regresar a su país unos contenedores con basura que se habían enviado ilegalmente a Filipinas.
La Coalición ha solicitado al gobierno de Canadá que fije clara y definitivamente una fecha en la que se hará cargo de su basura. Este organismo informa de que la Red de Acción Basilea (BAN, por sus siglas en inglés) recientemente ha hecho un estudio usando dispositivos GPS en el que se descubrió que Canadá estaba exportando ilegalmente basura electrónica a Hong Kong y Pakistán en violación de la Convención de Basilea e invitó a Canadá a que ratifique la enmienda de Basilea que prohíbe absolutamente la exportación de residuos peligrosos a cualquier país subdesarrollado. Esta enmienda fue aprobada a partir de la iniciativa de algunos países desarrollados y europeos y necesita el refrendo de solo dos países más para poder entrar en vigor.
Canadá es uno de los 20 países que no han ratificado la enmienda.
“Instamos a que Canadá se una a la Unión Europea en la ratificación e implementación de la enmienda de prohibición de Basilea”, dijo Jim Puckett, director ejecutivo de la Red de Acción Basilea. “Al hacerlo, Canadá dejará de usar a Asia como un vertedero y se convertirá en embajadora de la justicia ambiental mundial.”
Cuando en 2015 asumió el primer ministro Trudeau, prometió que su gobierno haría que Canadá se situara entre los principales países del mundo en las cuestiones ambientales.
Es hora de que el primer ministro Trudeau demuestre ese liderazgo haciéndose responsable del retorno a su país de la basura ilegalmente vertida en Filipinas y ratificando la enmienda de prohibición de Basilea.
Fuente: https://rightoncanada.ca/?p=4326
Esta traducción puede reproducirse libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y Rebelión como fuente de la misma.

(Eco)socialismo o barbarie: Pues va a ser barbarie


kaosenlared.net

(Eco)socialismo o barbarie: Pues va a ser barbarie


El teniente de cazadores ordenó: «La puerca tiene que nadar». El cazador Runge regresó una hora después; «La puerca ya está nadando». Berlín, 1919 Enero es agua en el canal de Landwehr donde van borrándose las manos de Rosa Luxemburg. Jorge Riechmann (1987) Por desgracia el título no es una amenaza, sino una realidad. La […]

El teniente de cazadores ordenó:
«La puerca tiene que nadar».
El cazador Runge regresó una hora después;
«La puerca ya está nadando».
Berlín, 1919
Enero es agua en el canal de Landwehr
donde van borrándose las manos
de Rosa Luxemburg.
Jorge Riechmann (1987)
Por desgracia el título no es una amenaza, sino una realidad. La barbarie nos acompaña desde hace tiempo. De nada sirve engañarse planteando alternativas para hacerle frente, fijar limites temporales (2030, 2050…) que cada vez son más irreales. Como escribe José A. Tapia Granados, con total honestidad, sobre el cambio climático: “Entonces, ¿qué hacer? Mi respuesta es, dicho mal y pronto, que no lo sé. Tengo enormes dudas, aunque algunas cosas son obvias.”.
La barbarie no es sólo el cambio climático (con sus sequías, inundaciones, extinciones de especies y alteraciones geográficas), es el agotamiento acelerado de recursos energéticos y naturales, las ingentes emisiones de residuos (sólidos, líquidos y gases), la contaminación química, la pérdida de suelo fértil, la escasez de agua potable…, todo aquello que alimenta el demencial binomio producción-destrucción, y sus consecuencias: migraciones masivas, hambrunas, exterminios, etc; el cuadro conocido que nos lleva al colapso.
El colapso, desigualdad creciente, acelerada y pavorosa, con su otra cara, la religión del crecimiento, del consumo como razón de existir. La base del individualismo y la codicia de las clases dominantes y acomodadas. La barbarie no es igualitaria, es plural. No es para los “seres humanos”, sino para grupos sociales concretos. Políticamente se concreta en múltiples variedades de neofascismos cimentados en violencia cotidiana y fanatismos identitarios y/o religiosos. Tampoco hay que extrañarse, es la respuesta política que aparece en la Historia ante las desigualdades, repetida siglo tras siglo, pero esta vez desplegada a una escala nunca conocida.
Se parte de los 3.800 millones de personas que constituyen hoy la llamada “clase consumidora mundial”; personas que no van a renunciar a lo que consideran “suyo” debido a una propaganda omnipresente; pero es también la barbarie de los más de 3.400 millones de excluidos que forman las clases subalternas. Mejor 1984 que Un mundo feliz. La barbarie no es una excepción a la regla de que la realidad siempre supera la ficción.
A medida que aumentan las desigualdades, que aumentan las clases acomodadas, que se hunden más y más las clases subalternas, ¿qué pasará? ¿Tienen sentido las “alternativas globales”, las grandes palabras, o mejor centrarse en el conocimiento de la barbarie concreta?
Conocimiento concreto. Saber cuántos somos, cuántos son. Las clases dominantes, las clases acomodadas (las clases consumidoras globales) y las clases subalternas no se reparten homogéneamente. Estudiar lo cercano, ¿cuál es su proporción en la Europa de hoy?, ¿y en España?, ¿cuántas personas forman las clases dominantes? ¿Cuántas las clases acomodadas? ¿Cuántas las clases subalternas? ¿Cuántas personas son realmente precarias, más allá de la precariedad oficial? Sin número no hay resistencia real, sólo discurso.
La realidad es compleja, dejar los porcentajes banales, eso tan confortable de que “somos el 99%”, o “el 80%, dejar el “todas y todos”, el tod@s, los “ismos” tan repetidos y tan vacíos, los ecologismos, ecosocialismos, ecofeminismos, decrecentismos, etc., abandonemos (si podemos) las zonas de confort trabajosamente conseguidas.
La barbarie se inscribe en la coherencia lógica del antropoceno, es la pauta dominante de la mayoría de la especie humana desde su aparición. En el siglo XX, el resultado natural de la semilla sembrada tras la primera y la segunda guerra mundial, arraigada y desarrollada durante los largos años de guerra fría; que eclosionó con la victoria absoluta del neoliberalismo a finales del siglo; que se expandió, ya iniciado el siglo XXI, vía especulación financiera desenfrenada, y que mostró su poder absoluto en 2008. Ha establecido la agenda, el proyecto que se desarrollará en el siglo XXI.
Analizar y resistir, cómo sobrellevarla y convivir dentro de ella aceptando su hegemonía, las complicidades que llevan a que se imponga. Analizar contradicciones concretas y puntos de ruptura, sin elevarlos a la categoría de alternativas. Dejando de redactar denuncias sin destinatarios tangibles y propuestas de movilización sin objetivos definidos, acciones, calendarios y balances críticos de lo que se hace. Cada escrito como resultado final de un trabajo social, no un llamamiento inicial a “hacer algo”. Se escribiría mucho menos, pero se actuaría mucho más.
Porque quien percibe la barbarie dispone de una ingente cantidad de información que crece día a día: artículos, discursos, panfletos, blogs, webs, libros, informes, monográficos, dossieres. Miles de expertos escriben. Un cálculo aproximado: sólo en 2018 se publicó un mínimo de 185 libros de denuncia de las múltiples facetas de la barbarie; añadamos a ello informes, videos en youtube, webs, blogs y documentos de todo tipo. La desproporción entre lo publicado y lo actuado crece.
Estudiar las geopolíticas y buscar siempre el mal menor, no la alternativa satisfactoria, pero imposible de llevar a la práctica.
mientrastanto.org/boletin-176/notas/ecosocialismo-o-barbarie-pues-va-a-ser-barbarie

La paradoja de la autoexplotación laboral


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La paradoja de la autoexplotación laboral



Mercado laboral. LA BOCA DEL LOGO
La adicción al trabajo, workaholism, representa uno de los conceptos clave en el estudio de las nuevas relaciones laborales. Uno de entre tantos riesgos psicosociales que se analizan vinculados al empleo, con cierta tendencia al sobrediagnóstico. Con el sobrediagnóstico de los entornos laborales se incurre en dos problemáticas claras: la primera de ellas, la aparición de eufemismos de especificidad progresiva para aquello que, en términos generales, se resume en condiciones laborales malas o penosas. Este camino a la especificidad es también ideológico, ya que tiende a centrar causa y solución sobre empleados y empleadas, y no tanto en las condiciones de los entornos laborales. Por ejemplo, la intervención en burnout (síndrome de estar quemado en el trabajo) prioriza el entrenamiento en técnicas de gestión de relaciones personales entre la plantilla, frente a un análisis integral y transformador de las organizaciones que lo fomentan. Incluso todavía resulta una rareza mayor analizar el burnout , así como cualquier otro síndrome de lo laboral, desde una óptica situada en la estructura de las relaciones laborales neocapitalistas, que, como en todos los momentos del capitalismo, se basan en un necesario y complejo conflicto de intereses cruzados, por más que atravesemos una tendencia negacionista también sobre este particular. Este proceso que somos capaces de esbozar de manera gruesa en un par de líneas es lo que la psicología crítica llama “psicologización de las relaciones laborales”: tomar como individuales conflictos que son colectivos, y hacerlo enterrándolos en una nueva terminología de inspiración psicologicista.
CONVERTIR EL CONFLICTO LABORAL COLECTIVO Y SOLIDARIO EN UN PROBLEMA ÍNTIMO, INDIVIDUAL Y VERGONZANTE, CONFIGURA UNA PIRUETA QUE OBLIGA A LA PREGUNTA OBVIA: ¿QUIÉN SALE BENEFICIADO CON TODO ESTO?
La segunda problemática que trae consigo el sobrediagnóstico de las relaciones laborales resulta más general, y radica en el hecho de que diagnosticar las relaciones laborales en términos clínicos se antoja erróneo, además de perverso. De aproximar las relaciones laborales a la terminología clínica de las ciencias psicológicas se deduce que existe una patología sobre la que intervenir. De nuevo, de origen individual. Sin embargo, el mundo laboral resulta, en términos científicos, un entorno experimental de comportamiento grupal. La fascinación que muchos investigadores a lo largo de la historia hemos desarrollado por el análisis de las relaciones laborales responde a enfrentarnos a relaciones sociales de pauta contractual, con lo que las variables a analizar se controlan fácilmente. Como es lógico, la óptica del análisis social se encuentra necesariamente en el conflicto. La fricción entre elementos. El ánimo esterilizante del diagnóstico clínico tiene el objetivo irrealizable de amputar la fricción de las relaciones laborales, y a pesar de ello ha logrado crear una ilusión de relaciones laborales carentes de conflictividad.
El esperpento es mayúsculo, y da en consecuencia un mundo laboral cínico, en el que, entre discursos motivacionales y de crecimiento personal, se niega a la mayor la conflictividad inherente de una realidad laboral extremadamente precarizada. El diagnóstico clínico incluye un segundo elemento en la ecuación: el pudor. Algo que los psicólogos conocemos bien, porque todavía hoy, si casualmente dos conocidos se cruzan en la sala de espera de una consulta psicológica, el momento suele ser bastante incómodo. Convertir el conflicto laboral colectivo y solidario en un problema íntimo, individual y vergonzante, configura una pirueta que obliga a la pregunta obvia: ¿quién sale beneficiado con todo esto?
Con ello no aludimos a una situación ni mucho menos nueva. Este asunto lleva décadas obsesionando a la mitad de la literatura científica del campo, mientras que la otra mitad ha empleado ese mismo tiempo alimentándola. Sin embargo, de entre la sucesión de síndromes más o menos conocidos, el de la adicción al trabajo ( workaholism ) esconde algunas particularidades definitorias de nuestro momento.
La adicción al trabajo se comprende como una de las situaciones más frecuentes en las relaciones laborales en la actualidad. Es definida por primera vez por Oates en los años 70, en un libro titulado Confesiones de un workahólico , como una “compulsión incesante a trabajar”. Sin embargo, no se tardó en deducir que el análisis desde la compulsión resultaba erróneo, ya que en los casos estudiados tenía más peso la actitud desarrollada sobre el empleo que el número de horas que una persona dedicaba a su puesto. Así, aunque ni en términos clínicos ni bajo la concepción coloquial diríamos que se trata de una adicción en forma alguna, su denominación no parece azarosa: al vincular este proceso al concepto de adicción se imagina como íntimamente personal. Además, existe de manera generalizada e injusta una tendencia despectiva a responsabilizar de su situación a cualquier persona que, por ejemplo, experimenta adicción a alguna sustancia. La persona “adicta al trabajo”, bajo esta lógica, lo sería también por su cuenta y riesgo.
La paradoja se encuentra en el hecho de que en muchos contextos laborales la denominada adicción al trabajo suma como valor al alza. Da igual que los encargados de analizar este fenómeno evidencien la improductividad vinculada al presentismo; en España, por ejemplo, es históricamente valorado. El presentismo, aparentemente, encaja como un guante con los valores genéricos del new management : compromiso, arrojo, proactividad... aunque realmente tenga poco o nada que ver con ellos.
CUANDO UN GRUPO SOCIAL SOMETIDO PERMANECE APARENTEMENTE ALETARGADO, NO QUIERE DECIR QUE ESTÉ CONFORME CON SU SITUACIÓN, SINO QUE HACE UN BALANCE DE OPORTUNIDAD, EN EL QUE VALORA QUÉ POSIBILIDAD DE ÉXITO TIENE UNA CONFRONTACIÓN DIRECTA CON EL PROBLEMA
Una óptica alternativa al análisis de la adicción al trabajo la podemos encontrar en el análisis del comportamiento de grupos en la organización, primero, y una perspectiva más estructural, después. Las sobrehoras en la jornada suelen desencadenarse por algo tan corriente como que la persona disfrute de su trabajo. El hecho de no coartar esa circunstancia desencadenará rápidamente que una oficina al completo esté desarrollando sobrehoras de manera sistemática. Los equipos de trabajo, precarizados o no, se encuentran en un entorno social de inestabilidad, y una cultura de supremacía del empleo –que no del trabajo–, donde la competitividad, compromiso e identificación con tu entorno laboral son exigencia sine qua non para la correcta integración; de hecho, no encajar con los valores de una organización puede convertirse en un problema agudo en el contexto neolaboral. Así, la combinación de variables como presión de grupo, la incertidumbre respecto a un contexto laboral pobre en oportunidades, que impele a aferrarse al puesto como a un clavo ardiente, junto a una cultura del trabajo vocacional, se convierte en un caldo de cultivo para someterse a jornadas de trabajo maratonianas.
Existe, no obstante, una tendencia a presuponer que estas jornadas maratonianas son “voluntarias”, y ahí es donde está la trampa. Si la adicción al trabajo se denominase como autoexplotación –o explotación indirecta– lograríamos mayor precisión. El antropólogo James Scott ha pasado décadas estudiando la sutileza de las protestas: cuando un grupo social sometido permanece aparentemente aletargado, no quiere decir que esté conforme con su situación, sino que hace un balance de oportunidad, en el que valora qué posibilidad de éxito tiene una confrontación directa con el problema. Ese estado de sometimiento consciente representa un punto de análisis explicativo de muchas de las situaciones de precariedad actuales, con las que, efectivamente, las personas transigimos por puro instinto de supervivencia. Ni mucho menos habría que hablar de voluntariedad. La adicción al trabajo, así, no debe explicarse como un síndrome, sino como un síntoma más de una precariedad laboral disciplinante.
José Antonio Llosa es psicólogo e integrante del Grupo de Investigación Workforall (Universidad de Oviedo).
Fuente: https://ctxt.es/es/20190213/Politica/24240/Jose-Antonio-Llosa-Workforall-economia-empleo-psicologia-explotacion-laboral.htm