El objetivo de este memorándum es pasar revista a todo lo que
el pueblo libio ha sufrido durante los últimos 6 años. Estos crímenes
fueron cometidos en nombre del intervencionismo humanitario, de la
protección de los civiles, de la introducción de la democracia y de la
prosperidad. Las fuerzas de la OTAN, con ayuda de varios Estados árabes y
de algunos libios, atacaron Libia con todos los medios a
su disposición. Las justificaciones presentadas eran tan falsas como los
pretextos para la invasión contra Irak en 2003. Fue la destrucción
sistemática de un país soberano y de una nación pacífica. Esta nota
trata de presentar esos crímenes a la comunidad internacional, a las
organizaciones de defensa de los derechos humanos y a las ONGs para que
apoyen a Libia y a su pueblo en sus innumerables esfuerzos por
reconstruir este pequeño país.
Libia en la encrucijada: al principio
La agonía de Libia comenzó el 15 de febrero de 2011, cuando cierto
número de ciudadanos se reunieron en calma para protestar contra el
incidente ocurrido en la cárcel de Abu Salim. La manifestación fue
rápidamente manipulada por elementos de grupos yihadistas, como el Grupo
Islámico Combatiente Libio (GICL). Esos elementos atacaron puestos de
la policía y cuarteles del ejército en Derna, Benghazi, Misurata y
Al-Zawiya para robar el armamento y utilizarlo en su guerra planificada
contra el pueblo libio y su legítimo gobierno. Esas acciones gozaron de
acompañamiento de la máquina de propaganda de las televisoras
Al-Jazeera,
Al-Arabiya,
BBC y
France24,
entre otras que exhortaban al pueblo libio a enfrentarse a la policía,
que trataba de proteger los edificios gubernamentales y la propiedad
privada ante los ataques y saqueos.
Escenas de horror pudieron verse en las calles y en edificios de las
fuerzas de seguridad, donde los manifestantes cometieron crímenes
indescriptibles contra la humanidad. Miembros de las fuerzas de
seguridad, militares y policías fueron degollados, se les extrajo
el corazón y sus cuerpos fueron cortados en pedazos en una exhibición de
brutalidad y salvajismo.
Por ejemplo, en el primer día de incidentes, el 16 de febrero
de 2011, en la ciudad de Misurata, manifestantes supuestamente pacíficos
mataron a un hombre, Musa Al-Ahdab, y quemaron su cuerpo. El mismo día,
en Benghazi, un oficial de la policía fue asesinado y desmembrado [1].
Esos actos de barbarie fueron perpetrados por personas armadas que
utilizaron tanques, ametralladoras y ametralladoras antiaéreas en las
ciudades de Misurata, Benghazi y Al-Zawiya [2]. Esas escenas están bien
documentadas y pueden verse en YouTube [3] así como en las redes
sociales.
O sea, hubo decenas de víctimas, contrariamente a los reportes sesgados de los medios. Según
Al-Jazeera,
Al-Arabiya
y los grupos de oposición libios, a finales de 2011 el número de
muertos se elevaba a 50 000. Sin embargo, en 2012, el gobierno de
Abdel Rahim al-Kib anunció que la cantidad de víctimas registradas entre
el 17 de febrero de 2011 y el fin de la guerra en octubre de 2011 era
4 700 –incluyendo las personas fallecidas de muerte natural [4]. A pesar
de la cantidad muy elevada de víctimas que mencionan las estadísticas,
no se comunican sus nombres ni identidades y ninguna familia ha
solicitado indemnización al gobierno.
La campaña de propaganda y las mentiras que acompañaban las
acusaciones contra los militares no se limitaban a la exageración del
número de víctimas. Incluso afirmaban que el gobierno utilizaba aviones
de guerra contra los civiles, que ordenaba violaciones masivas de
mujeres por parte del ejército y de las fuerzas de seguridad [5] con uso
de Viagra encontrado en los blindados [6], que utilizaba mercenarios
africanos y argelinos y que los pilotos de sus aviones desertaban hacia
Malta [7]. Hasta el día de hoy, no se ha probado ninguna de esas
imputaciones, que no tienen nada que ver con la verdad.
Las investigaciones de la ONU, de Amnistía Internacional y de Human
Rights Watch [8] no han logrado verificar ni uno de los 8 000 casos de
secuestro que la oposición libia denunció en aquel momento. En realidad,
se trata de acusaciones fabricadas y sin ninguna credibilidad.
Idénticamente, la acusación de que se usaron aviones de guerra
Mirage
de la base aérea de Al-Weathy, en el extremo oeste de Libia, para
atacar a los civiles de Benghazi carece de toda lógica ya que su consumo
de carburante impedía a esos aviones alcanzar esa ciudad y volver a esa
base. Es en efecto imposible para ese tipo de aviones atacar blancos a
1 500 kilómetros de su base y volver sin reabastecerse y había alrededor
de Benghazi bases aéreas que el gobierno libio hubiese podido utilizar
de ser necesario. El Viagra supuestamente hallado en los tanques es una
manipulación similar. Libia disponía de un ejército joven, profesional
y moral, que no pensaba en cometer ese tipo de crímenes ni necesitaba
Viagra para activar su deseo sexual. Esas historias inventadas son
simplemente mentiras comparables a la de los 7 minutos que supuestamente
necesitaban las armas iraquíes de destrucción masiva para acabar con
Occidente. Hoy en día, las mentiras sobre Irak y Libia sólo dan risa a
los pueblos de esos dos países, así como a los de Estados Unidos
y Europa (Informe de Amnistía Internacional [9]).
La Corte Penal Internacional (CPI)
La CPI (Corte Penal Internacional) [10] emitió en 2011 una orden de
arresto contra Muammar el-Kadhafi, Saif al-Islam Kadhafi [11] y Abdullah
Senussi, acusados de crimen contra la humanidad. A pesar de la gravedad
del crimen, la CPI no hizo ningún tipo de investigación en el terreno
sino que elaboró sus conclusiones e identificó a los autores en sólo
2 semanas, a contar desde el momento en que el Consejo de Seguridad de
la ONU, puso el caso en sus manos. Nunca se presentó el calendario
concedido al fiscal, quien de todas maneras no tenía el tiempo necesario
para precisar las penas a las que se exponían los supuestos culpables.
El coordinador du Consejo Nacional de Transición libio con la CPI, Ahmed
al-Jehani, declaró al respecto que «
el caso CPI vs Libia es
puramente político ya que los miembros de la OTAN pidieron al Consejo
Nacional de Transición (CNT) que hiciera él mismo la lista de
funcionarios que serían acusados de crímenes contra la humanidad».
El CNT designó a Al-Jehani para preparar esa lista, con una decena de
nombres, pero la CPI aceptó sólo 3. Al-Jehani agregó además que todas
las acusaciones eran fabricadas y reafirmó su punto de vista durante un
encuentro con Saif al-Islam, asegurándole a este último que la justicia
libia no podría declararlo culpable. Al-Jehani agregó que, con
su equipo, él mismo había fabricado todo ese caso porque sabían que era
un caso perdido de antemano y que siguieron adelante para implicar a
Saif al-Islam en escándalos financieros y de corrupción.
Al-Jehani justificó sus inventos y mentiras afirmando que son [desde
el punto de vista religioso] lícitos durante las guerras (declaración de
Al-Jehani documentada el 1º de enero de 2012 y ante el tribunal de
Zintan).
La CPI adoptó un doble rasero sobre la guerra contra Libia y la
intervención de la OTAN. Implicó a personalidades políticas libias en
crímenes inventados mientras que ignoró y no condenó el bárbaro
linchamiento perpetrado contra Muammar el-Kadhafi [12] y contra su hijo
Moatassem por las milicias que la OTAN respaldaba [13]. Después
del linchamiento, la única reacción de la CPI fue abandonar las acciones
legales contra Muammar el-Kadhafi. Sin embargo, la CPI tenía en este
último caso [el linchamiento] algo muy sólido ya que los medios de
difusión habían documentado bien el asesinato, la CPI no necesitaba
ninguna prueba adicional para poder llevar los responsables a los
tribunales. La CPI podría fácilmente arrestar a los autores, que
desempeñan responsabilidades políticas y diplomáticas en varias
capitales europeas. La CPI asumió una posición similar contra Abdullah
Senussi, después de que el [nuevo] gobierno libio lo secuestrara
en Mauritania [14]. La CPI se limitó a dejar de exigir su extradición.
Ni siquiera dio seguimiento a la violación de los derechos de Senussi ni
al trato inhumano que sufrió en la cárcel de la milicia, a pesar de que
lo habían detenido elementos, bien conocidos como yihadistas, del Grupo
Islámico Combatiente Libio (GICL). El director de la prisión era
precisamente el jefe del GICL, Abdelhakim Belhadj.
La CIA y los gobiernos occidentales conocen muy bien a Belhadj.
La CIA lo arrestó, después de su fuga de Kandahar, lo interrogó y
lo extraditó a Libia en 2002, acusándolo de terrorismo [15]. En 2009,
Belhadj y otros miembros del GICL fueron liberados en el marco de una
amnistía general [16]. La carrera de Belhadj como terrorista habla por
sí sola. En 1994-1997, ordenó masacrar a 225 personas. En 1997, ordenó
el asesinato de los turistas alemanes Steven Baker y su esposa Manuela
Spiatzier. A pesar de ello, asumió un puesto de alto rango en Libia
[después del linchamiento de Kadhafi]. Fue ministro de Defensa,
responsable de la seguridad en Trípoli y director general de las
cárceles libias, o sea era directamente responsable de la celda de
Abdullah Senussi. A pesar de que se le informó el historial de Belhadj,
la CPI expresó su seguridad de que Senussi estaba en buenas manos y
apoyó su juicio en Libia.
La OTAN y los Estados del Golfo optaron por ignorar las actividades
terroristas de Belhadj y lo reconocieron como líder político y militar
así como hombre de negocios. Hoy posee el canal de televisión más grande
del norte de África, la mayor compañía aérea de Libia y una fábrica de
cemento, tiene propiedades en España y Turquía y un aeropuerto privado
en Trípoli. Ese aeropuerto ha sido utilizado para enviar terroristas
de Libia a Siria. En 2010, esos terroristas recibieron 160 000 millones
de dólares para su financiamiento.
Belhadj y otros más son responsables del uso indebido de los activos
de Libia y de haber puesto fin al plan de desarrollo de Libia, por un
valor de 200 000 millones de dólares, según el Banco Mundial. Belhadj es
un ejemplo de la vida suntuosa de los señores de la guerra, mientras
que los libios de a pie se ven sumidos en una extrema pobreza.
Las violaciones de los derechos humanos por parte de las milicias
Los comandantes de las milicias y los señores de la guerra han
perpetrado odiosos crímenes contra la humanidad, han destruido ciudades
e infraestructuras vitales durante los 6 últimos años:
- personas han sido quemadas, cocinadas vivas y sometidas a las peores formas de tortura;
- presos políticos, agentes de seguridad y soldados [del gobierno anterior] fueron arrojados en la fundición de Misurata;
- sobre todo, las milicias han organizado un tráfico de órganos humanos extraídos a los presos en las cárceles.
- En el contexto cada vez más complejo del escenario político libio,
Daesh [el Emirato Islámico] agregó nuevas atrocidades, masacrando gente,
crucificándola y mutilando sus órganos genitales.
Una limpieza racial y étnica sin precedente, un genocidio, se cometió
contra 5 localidades libias y su pueblo. El 55% de los libios han sido
obligados a huir de su país hacia los Estados vecinos. Además, cientos
de casas fueron incendiadas en Bani Walid [17] y en otras 5 localidades
de Warshafana, [18], la ciudad de Sirte fue arrasada [19], zonas
residenciales pobladas fueron bombardeadas en Benghazi [20] y en Derna.
Hasta la cosmopolita Trípoli sufrió una purificación étnica y racial,
sobre todo en las zonas fieles a Muammar el-Kadhafi.
Además de perpetrar violaciones sistemáticas de los derechos humanos,
las milicias y sus jefes destruyeron las infraestructuras
esenciales [21]. En julio de 2014, incendiaron el aeropuerto de Trípoli y
quemaron la flota aérea así como los tanques de petróleo 24
y 25 [22] [23] [24] [25].
A pesar de las acciones destructivas de las milicias y de la brutal
tortura, la comunidad internacional y los órganos de la ONU han ignorado
esos crímenes y no han llevado a esos señores de la guerra ante los
tribunales [26].
Las atrocidades de la OTAN y de las milicias libias contra civiles y personalidades públicas
Los civiles fueron blanco de los aviones de la OTAN en diversas
ciudades, como Zleitan, Sirte, Surman, Trípoli y Bani Walid. En el sur
de Zleitan, exactamente en Majeer [27], 84 familias, principalmente
mujeres y niños, fueron asesinadas mientras dormían durante los ataques
aéreos de la OTAN [28]. Los medios de difusión mostraron los cuerpos de
niños hallados entre los escombros y el cadáver cortado en dos de una
mujer, Minsyah Khleifa Heblow. Otras personas más murieron en esa
terrible escena. En otro caso, la familia de Khaled K. Al-Hamedi pereció
en ataques aéreos de la OTAN dirigidos específicamente contra su casa,
donde mataron a sus hijos [29]. Además, la familia Al-Jafarh pereció en
Bani Walid [30] cuando la OTAN atacó su casa durante el sagrado mes del
Ramadán. Tampoco deben pasarse por alto el bombardeo, bien documentado,
contra la caravana de Muammar el-Kadhafi en Sirte y el asesinato del más
joven de sus hijos, Saif al-Arab, en su casa de Trípoli [31].
Las violaciones de los derechos humanos, los homicidios y torturas
sistemáticos contra los civiles libios prosiguieron después de que las
milicias tomaran el control de Libia. Las víctimas eran civiles que
no habían participado en la guerra. Eran en su mayoría personas de
edad avanzada y no podían portar armas. El popular actor Yussef
Al-Gharyani fue detenido y torturado por las milicias de Al-Zawiya.
Las milicias de Misurata también detuvieron y torturaron al ex muftí
de Libia, que tenía entonces 80 años, Al-Sheikh Al-Madani
Al-Sharif [32], porque no había aprobado ni respaldado la intervención
de la OTAN [33]. El célebre cantante Mohammed Hassan fue violado
y puesto bajo prisión domiciliaria [34]. Otros, como el economista
Abd-al-Hafid Mahmud al-Zulaytini, fueron juzgados y condenados a largas
penas de reclusión con otras personas condenadas a muerte y a diversas
penas de cárcel. Es absurdo que esas personalidades hayan sido juzgadas
por tráfico de droga, tráfico de personas y violación, además de otras
17 acusaciones [35]. La pregunta que se plantea es saber cómo habrían
podido esas personas unirse y conspirar juntas para cometer tales
crímenes durante 9 meses.
Después de que la OTAN pusiera a sus milicias en el poder, se
cometieron crímenes horribles contra ciudadanos libios y extranjeros.
Un copto fue asesinado en el batallón de Misurata [36], más coptos
fueron asesinados en Sirte [37], numerosos trabajadores cristianos
etíopes fueron masacrados [38], el profesor estadounidense de inglés
Roni Smith fue asesinado en Benghazi [39], el personal de Cruz Roja
en Misurata fue masacrado en 2014 [40], hubo un atentado con bomba
contra la embajada de Francia en Trípoli [41] y el embajador de
Estados Unidos fue asesinado en Benghazi en 2011 [42].
Human Rights Watch denunció todos los crímenes anteriormente
mencionados y, en ciertos casos, la OTAN reconoció su responsabilidad.
Pero la CPI optó por ignorarlos y no investigó ninguno, a pesar de que
diferentes organismos nacionales e internacionales exigieron la apertura
de investigaciones transparentes. La CPI ha fracasado en lo tocante a
la guerra en Libia. No ha emitido ni una sola orden de arresto contra
los jefes de las milicias y de las fuerzas de la OTAN. Parece que
la política deliberada de la CPI consiste en ignorar esos crímenes bien
documentados y concentrarse sólo en la acusación y juicio contra Saif
al-Islam.
En cuanto a la familia de Muammar el-Kadhafi, la CPI no puede ser
considerada seria, como en el caso de las torturas contra Al-Saadi
Kadhafi, sobre el cual el fiscal de la CPI dijo que proseguía la
investigación. Lo mismo se aplica al caso de Abdullah Senussi, sobre el
cual el fiscal de la CPI afirmaba que ese órgano sigue deliberando sobre
su condena a muerte [pronunciada en Libia]. Su predecesor ya había
hecho una declaración similar sobre el bombardeo y el asesinato de
Muammar el-Kadhafi y de los cientos de personas que conformaban
su convoy. La CPI tampoco ha dado muestras de seriedad ante otros
crímenes que cometieron las milicias contra miles de libios. Lo único
que le interesa [a la CPI] es hacer callar la voz de Saif al-Islam y
eliminar toda posibilidad de liderazgo.
Los Estados miembros de la OTAN y los mini Estados del Golfo deberían
ser considerados responsables del caos creado en Libia desde 2011.
Ellos intervinieron en Libia bajo el pretexto de que Muammar el-Kadhafi
estaba masacrando a su propio pueblo. El escenario del dirigente que
asesina a su propio pueblo nos trae a la mente lo que Tony Blair decía
sobre Irak. Blair declaró en 2016 que [la invasion contra Irak] era «
lo correcto y si Saddam se hubiese mantenido en el poder, durante la primavera árabe habría masacrado a los rebeldes» [43].
El resultado fue la destrucción de países, miles de personas
desplazadas y el robo de los bienes nacionales. Como resultado de la
intervención militar de la OTAN en Libia fueron asesinados miles de
libios, entre ellos Muammar el-Kadhafi y sus hijos, y millones de libios
pasaron a ser desplazados.
Seis años después, la estabilización de Libia está lejos de
concretarse. En pocas palabras, las milicias luchan entre sí, así como
las fuerzas militares de los países occidentales que se ponen de parte
de milicias diferentes. Francia sigue implicada en el plano militar y
en julio de 2016 perdió 3 soldados en Benghazi, abatidos por grupos que
respaldaban el levantamiento de 2011. En aquella época, París había
calificado el levantamiento de «
revolución» que tenía el deber de
respaldar. Si aquello era cierto, ¿por qué continúa la guerra
actualmente? ¿Y por qué fueron asesinadas 700 personas, principalmente
oficiales del ejército? ¿Por qué fueron asesinados en Benghazi los
miembros del personal del consulado de Estados Unidos? ¿Por qué persiste
Occidente en ignorar la barbarie de Daesh, que sigue degollando gente
en Sirte, Misurata y Derna?
Resulta evidente la respuesta a esta última pregunta. Esos criminales
recibieron el respaldo de Occidente en 2011 porque combatían
al gobierno, según ellos apóstata. ¿Por qué Daesh portaba el mismo
uniforme que se había importado para los soldados libios? ¿Quién se
los entregó? ¿Por qué los hombres de Daesh recibieron una paga del
ministerio libio de Defensa? Las respuestas a esas preguntas hay que
buscarlas interrogando a quienes verdaderamente dirigen el país
actualmente, o sea Belhadj, Al-Shareef, el Grupo Islámico Combatiente
Libio y quienes dirigen junto a ellos, los miembros del Congreso
Nacional. El pueblo libio y ciertas ONGs internacionales conocen bien a
los actuales gobernantes de Libia. Libia sigue hasta ahora bajo control
de los grupos yihadistas y Occidente los respalda a pesar de todos
los crímenes que cometen contra Libia y contra el pueblo libio.
¿No es extraño que los países occidentales, desde Noruega y Canadá
por el norte hasta Malta e Italia por el sur, además de Qatar, los
Emiratos Árabes Unidos, Jordania, Sudán y Marruecos, se hayan asociado
en una agresión militar contra civiles que no eran hostiles a ellos,
contra Saif al-Arab, Muammar el-Kadhafi, la familia Khuwaylidi y las
84 víctimas inocentes de Madjer? Sin embargo, esos mismos Estados son
pacientes y tolerantes con Daesh en Sirte, en Misurata y en Benghazi, y
soportan atentados con bombas contra ciudades francesas y belgas.
En realidad, los Estados miembros de la OTAN y sus aliados tendrían que
atacar [a los yihadistas] y bombardearlos como hicieron con Libia
en 2011.
Finalmente, como complemento a toda esta serie de crímenes,
los Estados occidentales designaron como jefe del Estado libio a
Abderrahmane Souihli, criminal de guerra, responsable de la destrucción
de Bani Walid y del asesinato de sus hijos. Nombraron primer ministro a
su sobrino, Ahmed Miitig [44]; a su sobrina, Nihad Miitig,
la convirtieron en directora general de Relaciones Exteriores [45]; y
después nombraron a su cuñado, Fayez el-Sarraj, como nuevo primer
ministro. Además, Abderrahmane Souihli hizo un acuerdo con Abdelhakim
Belhadj, el comandante del Grupo Islámico Combatiente Libio (GICL), para
garantizarse el apoyo de los islamistas en la elección presidencial.
Sin embargo, en Libia todos saben que, si hoy mismo hubiera elecciones,
esas personas no podrían contar ni siquiera con los votos de sus propios
familiares. La popularidad de Belhadj quedó demostrada en las
elecciones legislativas, donde obtuvo sólo 50 votos en el distrito de
Sauaq Al-Jumah, que cuenta 250 000 habitantes.
Mientras tanto y mientras escribo estas líneas, la población de las
ciudades de Libia, incluyendo la capital Trípoli, donde vive una
tercera parte de la población libia, sufre escasez de agua, vive en la
oscuridad debido a los cortes de electricidad y carece de instalaciones
médicas y de lo necesario para satisfacer las necesidades humanas
fundamentales. Según la ONU, 65% de los hospitales están cerrados [46],
mientras que el dinar libio se ha desplomado y la producción de petróleo
ha pasado de 1,9 millones de barriles diarios a 250 000 barriles [47].
Para colmo de sufrimientos del pueblo libio, las principales carreteras
están interrumpidas por causa de las operaciones militares y de la
proliferación de bandas, además de la campaña de bombardeos que
se extiende desde Derna hasta el este de Sirte y el oeste de Benghazi y
Ajdabiya. Las noticias cotidianas más frecuentes son los secuestros con
pedidos de rescate y el tráfico de armas que florece a través de
internet.
En conclusión, resulta que tenemos que agradecer a nuestros hermanos
de Qatar y de los Emiratos Árabes Unidos, de Sudán, de Túnez y de la
Liga Árabe, a los países de la OTAN, de la Unión Europea y a todos
los que convirtieron Libia en un Estado en quiebra. Después de la
liberación de los prisioneros islamistas y de todos los demás, Libia se
ha convertido en un espacio para albergar las más grandes cárceles
privadas. Un país que atraía inversionistas del mundo entero se ha
convertido en un Estado exportador de migrantes, entre los que
se cuentan sus propios ciudadanos. El 55% de su población ha emigrado y
se ha refugiado en todas partes en el extranjero. Un Estado que reunió a
los mejores expertos jurídicos y constitucionales del mundo, que
fue capaz de forjar una Constitución nueva y moderna, está convertido
ahora en una zona gobernada por 1 500 milicias. Y, para terminar,
un Estado donde el robo era algo raro e inhabitual ha sido convertido en
un lugar donde cuerpos humanos mutilados y en estado de descomposición
aparecen cotidianamente en las calles y carreteras, y esto se convierte
en cosa rutinaria y banal en todo el país.
Comentario sobre el informe de Herland:
Saif al-Islam Kadhafi y la CPI
Antes del
levantamiento, Saif al-Islam era el arquitecto de la nueva Libia.
Presentó su nueva visión de una Libia sin prisiones políticas,
respetuosa de la Carta de Derechos Humanos, de la distribución de la
riqueza, de la prosperidad y la democracia [48]. Emprendió reformas
políticas y económicas con las que los presos islámicos radicales fueron
liberados y rehabilitados y pudieron implicarse en la sociedad libia.
Fuentes locales confirman que cuando se produjo la sublevación violenta
en algunas ciudades, Saif al-Islam aportó su ayuda a las personas
desplazadas a través del país, liberó a los presos de la insurrección,
garantizó la seguridad de los habitantes de Misurata atrapados en los
combates y a los pobladores de Benghazi que huían de las zonas de
combate.
También reclamó y apoyó los esfuerzos de paz por solucionar la
guerra. Según fuentes locales, pidió a la administración de la
universidad de Benghazi que imprimiera 5 000 octavillas y que
las distribuyera en el convoy pacífico que partió de Benghazi observando
los derechos humanos. Exhortó al ejército a respetar sus reglas de
enfrentamiento, prohibiendo el uso de la fuerza contra manifestantes,
según el jefe de la Cámara de Operación Conjunta de 2011, Marchal
Al-Hadi Embarrish, a quien las milicias de Al-Zintan hicieron
prisionero, maltrataron y privaron de atención medica hasta que murió de
cáncer en la cárcel, en 2014 [49].
A pesar de los incansables esfuerzos de Saif al-Islam Kadhafi a favor
de la paz, los aviones de la OTAN lo tuvieron como blanco en un intento
de asesinato que se saldó con la muerte de 29 de sus compañeros y
lo dejó con una limitación física permanente [50]. Además, perdió
dos dedos y sufrió múltiples heridas. Pero la CPI no ha investigado ese
raid aéreo, como tampoco supervisó sus 5 años de cautiverio
en condiciones de aislamiento [51]. La CPI ha persistido, eso sí, en
exigir su arresto y juicio cuando fue condenado a muerte por un tribunal
libio reunido en la cárcel de Al-Hadba bajo la dirección de Khaled
Al-Sharif, hombre de Belhaj.
Por esas razones, además de la deshonestidad de la instrucción,
lo único que se imponía era rechazar el caso. Era posible hacer valer
que había que abandonar el caso en todos sus aspectos, sobre todo
después del asesinato del fiscal de Benghazi y de la huida de la mayoría
de los funcionarios del ministerio público, quienes eran objeto de
inmensas presiones por parte de las milicias. Ante tales circunstancias,
los argumentos de la CPI son que la pena de muerte contra Saif al-Islam
no se aplicó y que por tanto él debería ser arrestado y encarcelado en
la prisión de Al-Hadba.
Pero el ministerio libio de Justicia apeló contra su condena a muerte
porque el juicio no había sido justo, ya que el tribunal se hallaba en
una cárcel bajo control de Al-Sharif, quien ejerce un poder sobre el
tribunal y sus magistrados. Sin embargo, la CPI siguió llamando a un
nuevo juicio e ignoró el hecho que Saif al-Islam estaba detenido en la
cárcel de Al-Zintan y que el tribunal de Trípoli lo había juzgado
a través de un circuito cerrado de televisión. La CPI debería respetar
la justicia libia y estar consciente de que una persona no debe ser
juzgada 2 veces por un presunto crimen. Pero el objetivo final
de Occidente y la CPI es deshacerse de Saif al-Islam Kadhafi, como
hicieron antes con su padre, Muammar el-Kadhafi, y con sus hermanos.
Es hora de que la CPI abandone su doble rasero y se ponga del lado
del pueblo libio en su objetivo primordial de salvar el país de esas
milicias y de construir una Libia nueva, donde reinen los derechos
humanos, la prosperidad, el desarrollo y prevalezca el derecho. También
exigimos a la CPI que abandone su apelación tendiente a que Saif
al-Islam sea extraditado y juzgado en La Haya.
La CPI debería reconocer y respetar la ley de amnistía general del
ministerio libio de Justicia. Saif al-Islam Kadhafi debería poder asumir
su papel en la lucha por una nueva Libia democrática. En este sentido
y después de que los Estados occidentales han comenzado a ver su propio
error, estos últimos deberían trabajar con los libios sinceros
y las ONGs para llevar a esas milicias y a sus jefes ante los
tribunales, por el bien de la paz y de la reconciliación.