domingo, 25 de febrero de 2018

Reimaginar la revolución


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 Reimaginar la revolución

 


Dice el filósofo Gilles Deleuze: “hay imágenes de pensamiento que nos impiden pensar”. Es decir, tenemos imágenes de lo que supone pensar (un esfuerzo de la voluntad, un trabajo académico) que bloquean el pensamiento. ¿Podríamos decir igualmente que hay “imágenes de cambio” que nos impiden cambiar? Imágenes de lo que supone el cambio (en este caso, social o político) que bloquean en la práctica el cambio mismo.
Estas “imágenes” de que hablamos son modelos difusos, ideas preconcebidas. Organizan nuestra mirada: lo que vemos y lo que no, lo que valoramos y lo que no. Y tienen a la vez una función de orientación: nos ayudan a movernos en lo real, en lo que pasa (o nos desorientan, si no son adecuadas). Son al mismo tiempo lente y brújula.
Hay imágenes de pensamiento que nos impiden pensar. Hay imágenes de cambio que nos impiden cambiar. Entonces, para pensar o cambiar, necesitamos dotarnos en lo posible de otro imaginario: depósitos o semilleros de imágenes que organicen nuestra mirada de otro modo, que nos orienten en sentido diferente. Otras lentes, otras brújulas.
La imagen revolucionaria de cambio
La imagen de cambio por excelencia durante al menos dos siglos -pongamos, desde 1789 hasta 1976- ha sido sin duda la imagen revolucionaria. Nunca consistió en una sola imagen, sino más bien en una constelación: imagen de cambio, pero también de militancia, de conflicto, de objetivo, de organización, etc. Es decir, una determinada concepción de la transformación social implica una red o un haz entero de imágenes: modalidades de compromiso, formas de antagonismo, figuras del enemigo, esquemas organizativos, etc. La imagen de cambio es siempre imagen de imágenes.
¿Cómo caracterizar la imagen revolucionaria de cambio? Podemos tomar un primer apoyo en Hannah Arendt. En los primeros capítulos de su libro On revolution, al preguntarse por el significado de la revolución, Arendt destaca dos detalles de la Revolución Francesa: la ejecución del rey y el nuevo calendario (como se sabe, abolido el viejo mundo, la Revolución marca el año I de la nueva era y cada mes es rebautizado: Brumario, Pluvioso, Germinal, Termidor, etc.). Esos dos símbolos (bien materiales) nos remiten muy directamente a una cierta imagen del cambio revolucionario: consiste en el derrocamiento del orden antiguo y en un nuevo comienzo, un comienzo absoluto.
La imagen revolucionaria de cambio está determinada por un corte, una discontinuidad radical entre lo viejo y lo nuevo. Todo ello atravesado por la idea de “necesidad histórica” que Arendt detecta en las metáforas de los discursos revolucionarios: “corriente irresistible”, “tempestad irrevocable”, “vendaval imparable”, etc. La revolución es un cambio radical y al mismo tiempo necesario.
No por casualidad la filosofía hegeliana será el “lenguaje del cambio” durante dos siglos: su “sistema de imágenes” (dialéctica, negación, superación) permite sostener y resolver esa aparente paradoja de un cambio absoluto y a la vez absolutamente necesario. Mi amigo Juan Gutiérrez habla del “pasodoble del No” marxista y hegeliano: la negación de la negación (la negación de lo que niega la humanidad) nos conduce a la afirmación (un mundo y un hombre nuevos).
Las utopías pedagógicas de la Revolución Francesa
En los trabajos del historiador Bronislaw Baczko sobre las utopías pedagógicas de la Revolución Francesa, podemos encontrar algunos desarrollos empíricos concretos a los análisis de Arendt. Aunque la mayoría de proyectos educativos revolucionarios sólo se pusieron en práctica con posterioridad (y con las mil limitaciones y contradicciones que impone lo real a los sueños), las utopías pedagógicas nos dan a ver muy claramente cuáles y cómo eran las imágenes revolucionarias en acción entonces.
¿Cuál es el mayor desafío de la Revolución? La revolución es ruptura y discontinuidad radical, pero para persistir, reproducir y durar tiene la necesidad de crear “un pueblo nuevo”, un pueblo completamente emancipado del peso del pasado. El objetivo principal de la Revolución es “formar al Hombre nuevo para la Ciudad regenerada”. Hombres nuevos liberados al fin de los prejuicios, hechos a la medida del tiempo que se abre, modelados como arcilla por una potencia educativa considerada casi omnipotente.
El primer paso es eliminar los viejos errores, las viejas supersticiones, los viejos tabúes. Sólo así puede edificarse un mundo enteramente purificado, en todos sus detalles. “Hay que destruir el pasado hasta en sus últimos vestigios…”. No se trata de unos cuantos cambios, de un puñado de reformas. Por cualquier mínima rendija puede colarse el viejo mundo de nuevo, con su lote de ignorancias y opresiones. De hecho, los revolucionarios nunca dejaron de achacar el “fracaso” de sus aspiraciones al complot siempre renovado de lo viejo (que justificaba el recurso terrorista a la guillotina como pedagoga suprema).
Es en la Escuela donde se juega el porvenir de la República. Allí se corregirán los errores y se transmitirán nuevos saberes. Pero no sólo: la Escuela debe apoderarse de la imaginación y las pasiones humanas, generar nuevos comportamientos: “maneras francas, lenguaje sin grosería, el temperamento y el porte de un hombre nuevo”.
Un debate crucial se abre enseguida: el sueño de formar al hombre nuevo presupone al formador ideal, pero ¿dónde encontrarlo? ¿Quién instruirá a los instructores? Algunos van todavía más allá: ¿no es la misma idea de Escuela otro “vestigio del pasado”? Es lo que argumentan los más radicales seguidores de Rousseau: la sociedad (revolucionaria) misma es la mejor escuela. El nuevo orden debe poder “respirarse” a cielo abierto, en las asambleas revolucionarias y las sociedades populares, en el nuevo calendario y la nueva toponimia, en las fiestas cívicas y el recién creado sistema de pesos y medidas. La educación del “hombre nuevo” no debe tener límites espaciales ni temporales, sino poder “absorberse” directamente de las cosas, en lugares de formación permanente, ser ubicua.
En cualquier caso, la escuela (como modelo de sociedad, sostenida en una fuerte organización estatal y una nueva élite de maestros-legisladores ilustrados) y la sociedad revolucionaria (como escuela de costumbres) asumen el principal reto revolucionario: romper con la “vida orgánica” (la familia, las comunidades de nacimiento) y “elevar las almas al nivel de la Constitución”; colmar la brecha o el intervalo entre el hábito y la ley, entre la vida como es y la vida tal como debiera ser; “imaginar la perfección y realizarla enseguida”.
Los niños, la infancia, serán el objeto principal de las utopías pedagógicas revolucionarias, como “página en blanco” sobre la que puede escribirse infinitamente. El niño como pueblo por venir. El pueblo como el niño que educar (o reeducar). La Revolución Francesa es, según Michelet, “la gran revolución de la infancia”.
El ángel de la Revolución Cultural china
La idea-imagen de la revolución inaugurada en 1789 no se agota allí, sino que impregna (como modelo de referencia e inspiración) dos siglos de tentativas revolucionarias de transformación social (en muy diferentes versiones, según los contextos).
Acerquémonos por un lateral a la Gran Revolución Cultural China de Mao-Zedong. En 1975, dos intelectuales y militantes maoístas franceses, Guy Lardreau y Christian Jambet, publican El Ángel, un libro que se plantea hacer balance de la experiencia del maoísmo francés. Una experiencia que se vuelve masiva curiosamente después de la revuelta profundamente libertaria de Mayo del 68. Cientos de jóvenes rompen entonces con su medio (familiar, geográfico, social) e ingresan en las fábricas francesas, donde tratan de mezclarse con el proletariado industrial y ayudarle a superar el marco organizativo clásico de la CGT, el corsé que había asfixiado la potencia subversiva del Mayo.
En 1974 se disuelve la gran experiencia organizativa maoísta de la Gauche Prolétarienne (Izquierda Proletaria) y la crisis de sentido se apodera de los militantes prochinos. Enseguida empezarán a llegar y socializarse además los testimonios disidentes sobre la China que ellos idealizan, pues se relacionan más con un mito inspirador que con una realidad histórico-social. El Ángel pretende ser al mismo tiempo una revisión autocrítica (pero no arrepentida) de la experiencia y una reactualización de su apuesta: “el Ángel que anunciamos ha sido siempre vencido, terminará triunfando en una revolución inaudita”. Un libro extraño y original, violento e intenso, hermoso a su manera (fría, metálica…) que nos permite captar algunas imágenes de cambio del maoísmo.
Para elaborar el balance, los autores toman apoyo en una relectura de los textos del cristianismo antiguo, planteando una analogía entre la experiencia maoísta y la de los primeros cristianos. ¿En qué sentido? En ambos casos estamos ante movimientos de masas: uno (ascético) en el mundo helenístico, otro (político) en el capitalismo moderno. Los dos consisten en una revolución cultural -más allá de la revolución política e ideológica- que pretende “alcanzar al hombre en lo que tiene de más profundo”. Y en ambos hay una visión dualista/maniquea del mundo según la cual existen dos Vías y dos Espíritus (la Luz y las Tinieblas) y entre ellas se trata de zanjar, decidir.
No hay que esperar el comunismo como desenlace automático de la dinámica de los modos de producción, la revolución es el gesto colectivo que rompe en dos la historia del mundo: ese voluntarismo radical es la diferencia entre el maoísmo y otras corrientes marxistas-leninistas.
Entonces, por un lado, violencia y furor en la inversión deliberada de todos los valores, lucha sin cuartel contra los restos ideológicos del viejo mundo. Un esfuerzo titánico por extirpar aquello que se reproduce desde la noche de los tiempos, anti-cultura radical donde la posición del revolucionario se confunde en un primer momento con lo salvaje y lo asilvestrado. En el caso del cristianismo, la furia destructora pasa por el rechazo del trabajo, el odio al cuerpo y al sexo mismo; en el caso del maoísmo, por el odio al Pensamiento (el deseo de saber por saber, la curiosidad vana), el olvido de los padres y el desasimiento del Yo.
“Teníamos el deseo de amnesia soberana (…) Hubiésemos deseado quemar la Biblioteca Nacional para sufrir como es debido (…) Convocábamos a todos aquello de los que se podía esperar la amnesia. Decíamos con Mao: “dejad que se acerquen a mí los niños, que son como el sol a las ocho o nueve de la mañana”.
Por otro lado, voluntad de pureza absoluta. El combate se libra en el interior del ser humano, “cada alma se desgarra en dos, que combaten la una contra la otra”. No hay instante indiferente en la lucha contra “las viejas cosas, las viejas ideas”. Como nadie es rojo (o santo) de nacimiento, todo el mundo tiene necesidad de ser reeducado. El mundo, la carne, está en manos del demonio (capitalista), hay que marcharse al desierto o a las fábricas. La libertad es un ejercicio radical de desarraigo de los órganos y lo orgánico. Entre los cristianos, pasa por el rechazo del matrimonio y la procreación, la práctica de la caridad; entre los maoístas, por el rechazo de los valores burgueses del egoísmo, el distinguirse y la vanagloria, la práctica de la crítica y la autocrítica, el auto-examen permanente.
¿Y cómo orientarse, cómo elegir entre “los dos mundos, las dos ciudades, los dos señores”? Cualquier militante maoísta puede llegar a ser un héroe de la revolución mediante el estudio del pensamiento mao-zedong y emulando a otros héroes (que a su vez emularon a otros y así hasta llegar al héroe por excelencia: el propio Mao). El pensamiento de Mao se resume en el famoso libro rojo, prácticamente un manual para la vida diaria del militante escrito a base de sentencias semi-poéticas: los logia o logiones, “piedras preciosas de la concisión”.
Simplicidad y pureza: en el pensamiento mao-zedong “no queda ya nada del mundo antiguo”. Hay que rumiarlo incesantemente: ante cualquier problema, ante cualquier dificultad, ante cualquier decisión (“si no estudiáis al Presidente con asiduidad/ viviréis en la oscuridad/ Estudiad bien sus obras de verdad/ y un sol rojo iluminará vuestros pensamientos”). Pero es un pensamiento que no puede entenderse si primero no se siente. “Lo que hace falta para comprender el pensamiento Mao no es saber, erudición, inteligencia, sino fe en la vía”. En verdad, el pensamiento de Mao no es el criterio para elegir el camino, sino el camino mismo.
Desplazamiento
La Revolución Cultural China funciona como analizador-revelador por su extrema radicalidad. Las cosas no llegaron tan lejos en la URSS: el debate entre Lenin y el proletkult se resuelve a favor del primero (naturalmente). No es posible crear de la nada un orden nuevo, dice Lenin, hay que edificarlo a partir del tesoro del pasado: la cultura burguesa. Y el propio Stalin responde la demanda de crear una nueva lengua que lanza Maiakovski. Si la infraestructura ha cambiado, argumenta el poeta llevando el marxismo al extremo, ¿cómo no va a hacerlo la superestructura? Stalin contesta: el lenguaje está más allá de la lucha de clases. Y fin de la discusión.
Haría falta más trabajo y espacio para asentar bien estas intuiciones. Pero por ahora se trata sólo de señalar algunas de las estrellas que conforman la constelación de la imagen revolucionaria de cambio: la revolución es una guerra a muerte entre dos mundos; el militante es la fuerza de voluntad que empuja lo que es hacia lo que debe ser; el objetivo es el Hombre Nuevo; la organización es la vanguardia consciente (organizada en Partido, embrión de Estado) con visión de conjunto y de la finalidad; el tiempo de la revolución es pensado como discontinuidad radical, a la vez absolutamente necesaria; etc.
Ciertamente, no pueden confundirse las imágenes de cambio revolucionario y lo que efectivamente es la revolución misma, un proceso siempre impuro, contradictorio, imperfecto, imprevisible, incontrolable. Pero lo que nos interesa aquí son las lentes y las brújulas. El objetivo no es juzgarlas o analizarlas críticamente (por su responsabilidad en el terror de Estado, por ejemplo), sino entenderlas. El balance de las revoluciones del siglo pasado lo dejamos pendiente para otro momento y lugar. En todo caso, puede decirse (con Alain Badiou) que ese balance habrá de ser necesariamente “interno” para quienes nos colocamos subjetivamente del lado de las revoluciones y no aceptamos la conclusión de que la misma idea de transformación radical de la sociedad es indeseable y criminal. Lo que ha quedado definitivamente enterrado bajo los desastres del comunismo autoritario no es la idea de cambio social, sino la vieja constelación de la vanguardia consciente, el cambio planificado desde arriba, la tábula rasa y el Hombre nuevo. Ahora no nos interesa tanto la crítica como proponer un desplazamiento.
Imágenes-zombi
En la Puerta del Sol recién ocupada por lo que luego se conocerá como movimiento 15M, alguien saca un cartel que pronto se hará célebre (viral): “nobody expects the spanish revolution”. ¿Significa esto la revitalización del imaginario revolucionario, tras décadas de consenso en torno al “fin de la Historia”: la democracia representativa y la economía de mercado como horizonte insuperable de la humanidad? No lo creo. La frase es sólo un desvío humorístico de un famoso sketch de los Monty Python: “nobody expects the spanish inquisition”. Esta manera metafórica, vago e irónica de hablar de la revolución es más bien síntoma de un agotamiento, el agotamiento de un imaginario de dos siglos.
¿Entonces? ¿Podemos decir que los movimientos políticos actuales (como el 15M y el resto de “movimientos de las plazas”) son movimientos simplemente “reformistas” que buscan algunos pequeños cambios en el marco dado de lo posible? ¿O bien este agotamiento del imaginario revolucionario debe conducirnos al pesimismo (“ya no es posible cambio alguno”)? Ni una cosa ni la otra, ambas son de hecho tributarias de la centralidad del imaginario revolucionario.
Pensamos más bien (con autores como Alain Badiou o Santiago López Petit) que atravesamos un “periodo de intervalo” o un “impasse”. Ese intervalo o impasse tiene que ver con un “desacople” entre las nuevas formas de politización y los imaginarios existentes de cambio. Las prácticas colectivas experimentan nuevas vías, pero casi a tientas. Y las viejas imágenes de cambio, aún saturadas y agotadas, siguen sobrevolando las cabezas y los cuerpos, como imágenes-zombi.
¿Cuál sería el problema de este “desacople”? Por un lado, mirándose en el espejo-modelo de las viejas imágenes revolucionarias, los movimientos obtienen de sí mismos un reflejo desvalorizante, despotenciador, entristecedor. Las imágenes-zombi separan a las experiencias vivas de lo que son y de lo que pueden.
El mismo 15M nos ofrece un ejemplo muy claro: a pesar de ser uno de los movimientos con mayor impacto en la sociedad española de los últimos 40 años (cuestionando profundamente la arquitectura política y cultural heredada de la Transición, desplazando los umbrales de percepción y sensibilidad social, neutralizando la tentación fascistoide que crece en toda Europa), el lamento y la queja nunca han dejado de acompañarlo: “no ha cambiado nada”. Sin otras lentes y otras brújulas, apegados a las antiguas imágenes, se reenvía una y otra vez la capacidad de transformación social a las formas y fórmulas ya conocidas: el partido que, tomando el poder (por vía electoral esta vez), cambia las leyes y los marcos jurídicos, la macropolítica. El cambio social es un cambio por arriba o no es.
Por otro lado, las imágenes-zombi debilitan las prácticas efectivas y las experiencias vivas dando valor sólo a ciertos aspectos de las mismas en detrimento de otros: se privilegia lo masivo, los momentos de insurrección abierta, lo épico, lo híper-visible, etc. Se hace necesario y urgente otro imaginario de cambio. Imágenes adecuadas para ver y pensar un cambio social complejo, no lineal, con sus mareas altas y bajas, procesos y eventos, continuidades y discontinuidades. Capaces de dar valor y visibilidad a las transformaciones invisibles y silenciosas, intersticiales e informales, imprevisibles e involuntarias, micropolíticas y afectivas, bastardas e impuras. Imágenes en las que encontremos compañía, valor y potencia.
Y no sólo necesitamos nuevas imágenes, sino también otra relación con ellas. Los viejos imaginarios revolucionarios cristalizaron demasiadas veces en un “mito tecnificado” (Furio Jesi): trascendente, rígido, inmóvil. Precisamos entonces, no tanto de un “sistema de imágenes” (acabado y coherente), como más bien de una especie de tejido, un patchwork infinito y en construcción permanente, siempre susceptible de ser modificado y alterado, donde todo suma y nada sobra, porque cada jirón (cada imagen) puede tener su momento y su ocasión. De hecho, ni siquiera se trata de negar o descartar las viejas imágenes revolucionarias de cambio (pueden ser un jirón más del patchwork), sino de complementar, multiplicar y enriquecer el repertorio de lo posible.
La “guerra de posiciones” según Antonio Gramsci
¿Dónde podríamos empezar a buscar imágenes inspiradoras para reimaginar el cambio social? Propongo ahora, simplemente a modo de indicación, tres fuentes posibles. Voluntariamente, se trata de tres experiencias del pasado. La imagen revolucionaria de cambio fue tal vez hegemónica pero no la única y el pasado es un depósito de saberes siempre actualizable desde el presente. El nuevo imaginario de cambio no necesita cortar con el pasado, sino más bien aprender a recrearlo, traducirlo y resignificarlo.
La primera fuente de inspiración posible es la obra de un autor: Antonio Gramsci, el filósofo-militante italiano. Gramsci es un nombre completamente interno al pensamiento marxista-leninista, pero sin embargo su obra es un terreno fecundo en claves nuevas. ¿Cómo es posible? En parte se lo debemos a Mussolini. Gramsci tuvo que inventar un lenguaje encriptado para esquivar la censura en las cárceles del fascismo italiano: hablaba de “filosofía de la praxis” para referirse al marxismo, etc. Ese mismo lenguaje encriptado nos llega hoy, décadas después, como lenguaje poético con multitud de lecturas y significados posibles. Eso mantiene a Gramsci a salvo de convertirse en una “lengua muerta”, como ocurre con la mayor parte del marxismo-leninismo.
Otra razón de la actualidad de Gramsci es su concepción del cambio social. En la cárcel, Gramsci reflexiona largamente sobre un fracaso repetido. La revolución pensada como “guerra de movimiento” (caracterizada por la velocidad, el asalto frontal al poder, su carácter minoritario) ha funcionado muy bien en Rusia, pero choca contra un muro en Europa occidental: aplastamiento de la revuelta espartaquista en Alemania, de los consejos obreros en Italia, etc. ¿Qué ocurre?
La guerra de movimiento, piensa Gramsci, sólo tiene éxito allí donde la sociedad es relativamente autónoma del Estado y la “sociedad civil” (las instituciones que construyen el consenso social: medios de comunicación, etc.) es “primaria y gelatinosa” (como en la Rusia zarista). Sin embargo, en Europa occidental la sociedad civil es sólida y protege el orden del Estado como una “robusta fortaleza de casamatas”, resistente a las “irrupciones catastróficas del elemento económico inmediato: crisis, depresiones, etc.”
Ni “misticismo histórico” (la revolución como fulguración milagrosa), ni determinismo económico (el hundimiento económico desencadena el proceso revolucionario), Gramsci propone reimaginar la revolución como “guerra de posiciones”. El rasgo clave de la guerra de posiciones es la afirmación y el desarrollo de una nueva visión del mundo. En cada gesto de la vida cotidiana hay una visión del mundo implícita. El proceso revolucionario consiste en difundir una nueva visión del mundo (y por tanto otros gestos) que vacía y desplaza poco a poco el poder de la antigua. Es lo que Gramsci llama “construcción de hegemonía”: no hay poder sin hegemonía, sin control sobre los gestos de la vida corriente. Sería un poder sin legitimidad, reducido a pura represión, al miedo. A la toma del poder le debe preceder, concluye Gramsci, una “toma” de la sociedad civil.
Para ilustrar esta otra idea de revolución, Gramsci recurre al ejemplo de la Revolución Francesa. Su mirada contrasta con la de Arendt: Gramsci no se fija en la ejecución del rey y el nuevo calendario, sino en el movimiento previo de la Ilustración. Durante décadas, a través de los salones, los clubs y las enciclopedias, la Ilustración disemina la idea de una igual dignidad de las personas en tanto que seres dotados de razón. La nueva concepción del mundo desplaza a la antigua, minando los pilares del Antiguo Régimen sin que nadie se de cuenta. Finalmente, cuando se hace la Revolución, viene a decir Gramsci, se ha ganado ya antes. La dominación carece de legitimidad, es sólo una cáscara vacía que de desploma al primer golpe.
Es verdad que en Gramsci funcionan todavía ideas muy clásicas: el Partido como cerebro que dirige un cuerpo, “pregonero y organizador” de la nueva visión del mundo, intelectual colectivo. Pero la imagen de la guerra de posiciones puede resultarnos hoy muy inspiradora: como una infiltración más que un asalto, un lento desplazamiento tectónico más que una acumulación de fuerzas, un movimiento colectivo y anónimo más que una operación minoritaria y centralizada, una forma de presión indirecta, cotidiana y difusa más que una insurrección concentrada y simultánea (aunque Gramsci no excluye el recurso a la insurrección, lo subordina a la construcción de hegemonía).
La revolución se gana antes de hacer la revolución, en el proceso de elaboración y expansión de una nueva definición de la realidad: lo que cuenta y lo que no cuenta, lo que que vale y lo que no vale. Definición no escrita en los libros, es decir, no sólo ni principalmente cuestión de “ideas”, sino inscrita en los gestos, en los comportamientos, en las relaciones entre los seres, con las cosas y el mundo.
La “revolución social” anarquista
La segunda fuente de inspiración posible es una filosofía en movimiento: el anarquismo. Nos interesa ahora tal y cómo ha sido releída y traducida al presente por Daniel Colson, filósofo e historiador libertario.
En su Pequeño léxico filosófico del anarquismo, Colson recuerda cómo los anarquistas se alejaron muy pronto de la idea-imagen de Revolución, demasiado asociada para ellos a un golpe de Estado, a la transformación social pensada como toma del poder y cambio de régimen constitucional (proceso constituyente, etc.). A la Revolución política, los anarquistas opusieron su “revolución social”. El adjetivo indica un cambio de sentido. En tres aspectos por lo menos.
En primer lugar, la revolución social nace y se desarrolla en el interior mismo de la sociedad: “en el terreno de las clases y las diferencias, de la propiedad y la justicia, de las relaciones de autoridad y las modalidades de asociación, ahí donde se juega el orden o equilibrio de la sociedad, de una multitud de maneras y a través de una transformación de conjunto (multiforme)”. No se trata de derribar o apoderarse del Estado, ni de desposeer a los propietarios del capital a través de una dictadura de los representantes del proletariado: la revolución social es un cambio desde dentro de las mismas relaciones sociales y de poder.
En segundo lugar, la revolución social, a diferencia de la revolución política, no se identifica única, exclusiva o principalmente con episodios excepcionales, movilizaciones callejeras, coyunturas insurrecionales, sino también con procesos silenciosos y cotidianos (creación alternativa de instituciones, relaciones sociales y subjetividades) de los que en último término depende la eficacia de transformación. La “Grand Soir” (gran noche) del imaginario anarquista no remite al corte (brusco, inmediato, instantáneo) entre lo viejo y lo nuevo. Es más bien la expresión o la manifestación final de una potencia acumulada con anterioridad. Como el fruto que el árbol madura, no como un relámpago en el cielo vacío o el asalto voluntarista de una minoría al poder.
Por último, la revolución social no depende de una estrategia clásica (la lógica medios-fines) que unos diseñan y otros ejecutan (la vanguardia consciente y las masas). Es más bien un proceso horizontal y no segmentado jerárquicamente entre lo principal y lo secundario, la táctica y la estrategia. Donde cada momento y cada situación valen por sí mismos y en sí mismos, no como partes de un todo o momentos de una línea del tiempo, ni con arreglo a su posición en un mapa diseñado desde el exterior. Cada lugar y cada instante tienen un valor “prefigurativo” (lo que queremos es ya lo que hacemos) y no “transitivo” (lo que pasa aquí no tiene más valor que el llevarme allí). La estrategia anarquista no consiste en ordenar, segmentar y dirigir, sino en amplificar y conectar las distintas situaciones hasta conseguir una vibración de conjunto.
Recapitulando, la imagen anarquista de la revolución es 1) social y no política, se da en el interior mismo de la sociedad como campo de fuerzas (no única o principalmente en el poder político o los aparatos del Estado), 2) es un proceso y no un evento, la “gran noche” es la precipitación final de una condensación de potencia (no el origen, la causa, el “momento de la verdad”); y 3) es horizontal y prefigurativa , sin jerarquía estratégica, remite a otra racionalidad y a otra ética. La gran aportación del pensamiento anarquista a la estrategia (que desbarata todas las estrategias) es la indistinción radical entre los fines y los medios.
La revolución cultural de las mujeres
La tercera fuente de inspiración posible son los movimientos de mujeres durante el siglo XX (como movimientos y como pensamiento: el feminismo). Sin organización única o centralizada, sin toma alguna del Palacio de Invierno, los movimientos de mujeres han desencadenado transformaciones político-antropológicas de una magnitud inaudita, redefiniendo radicalmente las relaciones hombre-mujer y, con ello, el orden masculino de lugares, funciones y cuerpos: lo público y lo privado, lo personal y lo político, la producción y la reproducción, etc.
Lo que nos interesa aquí ahora es resaltar cómo, en sus formas mismas de acción y organización, los movimientos de mujeres proponen un “más allá” del imaginario revolucionario clásico: el sujeto (heroico) contrapuesto al mundo y que lo empuja en la buena dirección; la libertad entendida fundamentalmente como desarraigo radical de “la vida orgánica”; la realidad como arcilla o página en blanco a nuestra disposición, para moldear o escribir en ella infinitamente; la acción como intervención exterior que “modela” y da forma; el cambio revolucionario como “producto” de una técnica revolucionaria, etc.
Es decir, los movimientos de mujeres no sólo plantean una renovación radical de los contenidos, sino del paradigma mismo de la acción política revolucionaria, viril y masculino. ¿Cómo? Me limito tan sólo a dar cinco apuntes.
Haciendo palanca en la pluralidad. La diversidad de corrientes, versiones, grupos, revistas del movimiento feminista ha sido enorme. Siempre en tensión y disputa, pero sin voluntad de unificación en una sola Visión u Organización, sino buscando más bien un equilibrio dinámico y conflictual, un equilibrio de lo heterogéneo.
Cambiando la vida desde la vida. Dando la pelea en el tejido mismo de la vida cotidiana (sin aceptarlo tal y como es, pero sin buscar tampoco un mundo ideal aparte): trastocando los espacios domésticos, los lugares de trabajo, las relaciones amorosas, el cuerpo y la maternidad, la sexualidad, los cuidados y la reproducción de la vida…
Vinculando el pensamiento a la experiencia. El feminismo es un pensamiento que elabora la experiencia vivida. El esfuerzo por dar nombre, concepto y relato a los malestares comunes y cotidianos (en los grupos de autoconciencia, etc.). Se deconstruye así la relación jerárquica entre el pensamiento (como proyección de modelo, de ideal, de deber ser) y la acción (como ejecución, como realización).
Poniendo el cuerpo. El feminismo cuestiona radicalmente el primado de la conciencia de la teoría política clásica. El cambio no puede fiarse sólo a un cambio ideológico, sino que pasa por la alteración de los comportamientos cotidianos. El cuerpo no es lo que hay que domeñar (la “organicidad” que se trata de someter a la razón y al ideal), sino la fuerza (vulnerable) de la que partir.
Dando valor a lo invisible. La política de transformación no obedece el mandato hollywoodiano “luces, cámara y acción”. Las prácticas de resistencia son muchas veces cotidianas, invisibles, calladas: la “anestesia sexual” practicada informalmente por muchas mujeres como control informal de la natalidad, la huelga sexual, la huelga de vientres, etc. El feminismo permite ver y valorar también como “luchas” prácticas de abstención, de sustracción, de silencio.
Los movimientos de mujeres han engendrado, en definitiva, una verdadera “revolución cultural”, una auténtica mutación antropológica que va mucho más allá de un mero cambio político o ideológico, pero evitando justamente todo lo que hizo de las revoluciones culturales del pasado una empresa normativa, coactiva y finalmente terrorista: el primado del ideal y del modelo al que hay que someter la realidad.
Repensar el conflicto y la enemistad
Gramsci, el anarquismo y los movimientos de mujeres: tres fuentes que pueden contribuir a elaborar otra racionalidad y otra imaginación política, más compleja, más rica y menos lineal, capaz de acompañar un cambio social sin sujeto (como causa o autor), sin espacios o tiempos privilegiados, sin fe en un corte mayor en la historia (aunque haya discontinuidades y estas sean decisivas).
En las tres insisten (de modos distintos) algunas ideas-fuerza importantes para nutrir una concepción pos-revolucionaria de la transformación social:
–la afirmación: no surge otro mundo posible de la negación del viejo (la violencia liberadora, la negación de la negación como afirmación), sino más bien de una redefinición de la realidad (encarnada en nuevas maneras de hacer, ver y vivir) que se amplifica, expande y propaga por todas partes.
–lo indirecto: los momentos épicos y visibles son “puntas de iceberg”, “concentrados” y “compuestos” de otras cosas, espuma que corona una ola de fondo. Resultantes indirectos (involuntarias, no intencionales) de luchas y cambios procesuales, cotidianos.
–la multiplicidad: el cambio se desarrolla en una pluralidad de tiempos y espacios, a través de una diversidad de actores y escalas, que no se trata de “unificar”, sino de “equilibrar”. Un equilibrio siempre conflictual y dinámico que no busca “resolver” las contradicciones, sino elaborarlas como tensión productiva.
En las tres fuentes hay también elementos para repensar el conflicto, el antagonismo y la figura del enemigo (problemas políticos de primer orden). En la lógica tradicional, la existencia de un mundo pasa por la destrucción total del otro: es la polarización viejo/nuevo, antiguo régimen/ciudad ideal, burguesía/proletariado. El conflicto se imagina como gesto radical de corte y separación. Por ejemplo, un autor contemporáneo como Zizek, que trabaja en el reciclaje de las viejas imágenes de cambio, lo piensa a menudo de ese modo: un Acto (así en mayúsculas) de autonomía y desconexión.
En cambio, Gramsci propone una “inclusión subordinada” del adversario: ya no se trata de eliminarle, sino de poner su fuerza al servicio de otros fines (de otra visión del mundo). El anarquismo, tal y como lo explica Colson, funciona según una lógica “situacional” de la enemistad y el conflicto: no hay enemigo en lo absoluto, sino obstáculos a la propia potencia que aparecen en tal o cual situación. Amigo y enemigo (alianzas y obstáculos) dependen de la situación y pueden cambiar, redistribuirse de otros modos. Finalmente, los movimientos de mujeres no señalan al hombre como su enemigo, sino más bien a las condiciones y estructuras (patriarcales) que determinan y sostienen la desigualdad. Los hombres concretos pueden ser amigos y aliados.
Se trata de otro imaginario del cambio: ya no es la guerra de dos mundos entre los que hay un antagonismo absoluto, sino que hay un “solo mundo común” en el que los diferentes tenemos que convivir en igualdad. El otro ya no es un Otro absoluto que se trata de excluir o eliminar, sino que estamos vinculados a él por una cierta relación de interdependencia y reciprocidad.
Imágenes rebeldes de cambio
Se pueden investigar también imágenes pos-revolucionarias de cambio en autores contemporáneos. Pienso por ejemplo en la “lógica de red” según Margarita Padilla, en la “estrategia sin estrategas” de Foucault, en las “grietas” de John Holloway, en las “potencias de variación” de Lazzarato, en los “procesos recombinantes” de Franco Berardi (Bifo) y un largo etcétera a explorar.
O también en movimientos. El zapatismo, por ejemplo, ha hecho un esfuerzo enorme por nombrarse y contarse con palabras propias, por destilar su experiencia en conceptos, por elaborar y compartir nuevas imágenes de cambio. Por ejemplo, la distinción entre el “rebelde social” y el “revolucionario”: “Un revolucionario se plantea fundamentalmente transformar las cosas desde arriba, no desde abajo, al revés del rebelde social. El revolucionario se plantea: “vamos a hacer un movimiento de rebeldía, tomo el poder y desde arriba transformo las cosas”. Y el rebelde social no. El rebelde social va planteando demandas y desde abajo va transformando sin tener que plantearse el tema del poder”. O la concepción anti-vanguardista, incluyente y colectiva de la transformación social: “Todos los métodos tienen su lugar, todos los frentes de lucha son necesarios y todos los grados de participación son importantes. El problema de la revolución [ojo con las minúsculas] pasa de ser un problema de la organización, del método y del caudillo [ojo con las minúsculas] a convertirse en un problema que atañe a todos los que ven esa revolución como necesaria y posible, y en cuya realización todos son importantes”.
Me pregunto, ya para acabar, si las imágenes que necesitamos no remiten a un desplazamiento radical de perspectiva, “civilizatorio” incluso. Una salida de cierto paradigma occidental. En sus libros, el filósofo y sinólogo francés François Jullien explora una y otra vez el contraste entre (lo que podríamos llamar) la “imagen griega del mundo” y “la imagen china del mundo” (en relación al tiempo, el pensamiento, el arte, el cuerpo, la estrategia y la eficacia, etc.).
Occidente, explica Jullien, divide el mundo en dos: lo que es y lo que debe ser. Es el gesto platónico por excelencia La idea occidental de eficacia se deriva de aquí: se trata de proyectar sobre la realidad lo que debe ser (en forma de Plan o Modelo) y tratar de materializarlo (llevarlo a la práctica, aterrizarlo). Entre el ser y el deber media la voluntad humana de colmar esa brecha y “enderezar la realidad” (ponerla derecha, es decir, según el Derecho, la Ley, lo que debe ser). El entendimiento abstrae y modeliza, la voluntad aplica y ejecuta. En el caso del arte militar de la guerra, el Estado Mayor propone el Plan y los ejercitos rompen las resistencias que opone la realidad. La batalla campal donde se lucha por aniquilar completamente al enemigo es el momento decisivo en el que se juega todo: la “esencia” de la guerra.
También la revolución se ha pensado desde ese molde: la vanguardia (que posee la ciencia de la sociedad y la historia) desvela y decreta lo que debe ser, la revolución es la “lucha final” en la que impondremos el plan a la realidad. De hecho, en un artículo de los años 80 publicado en la revista aut aut, el italiano Lapo Berti argumenta que la idea moderna de revolución es un concepto tributario del modelo científico propio de la mecánica clásica: la sociedad es una máquina que tiene leyes propias que se trata de conocer para poder desde ahí planificar un conjunto de acciones (estrategia) con fines de cambio.
La imagen china del mundo, según François Jullien, propone una inspiración muy diferente: no se trata de proyectar un plan y ejecutarlo (“imaginar la perfección y realizarla enseguida”, como se decía en la Revolución Francesa), sino de activar todos los sentidos para captar las potencias que ya trabajan lo real y acompañarlas, desplegarlas con cuidado, sin voluntarismo alguno.
Si pensamos el cambio social con la imagen china que nos propone Jullien, la constelación de imágenes que resulta es muy diferente: el militante ya no sería la fuerza de voluntad que colma, mediante un esfuerzo agotador, la brecha entre el ser y el deber ser, sino quien está comprometido o implicado en una situación particular y con unas potencias particulares; la vanguardia se transforma más bien en “retaguardias” capaces de detectar y acompañar procesos que ellas no dirigen ni crean; la estrategia es un trabajo de cuidado, como el de un jardinero; la organización política es la serie de dispositivos que justamente “dejan pasar” la potencia, sin trabarla al someterla a un ideal previo; la temporalidad de cambio es el tiempo de un proceso, el tiempo adecuado a la maduración de un potencial de situación, sin “batalla final”; el conflicto es el desbloqueo de la fuerza afirmativa, no la negación de la negación que trae un mundo nuevo, etc.
Y la sensibilidad sería la cualidad principal del rebelde, como la fuerza de voluntad lo fue del revolucionario, porque ya no se trata de imponer a lo real un sentido previo, sino de abrirse a sentir por dónde circula la potencia y ser capaz de acompañarla sin forzar, con tacto.
Referencias:
Sobre la revolución, Hannah Arendt, Alianza Editorial (Madrid, 2013).
“Utopies pédagogiques de la Révolution française”, Bronislaw Baczko, revista Libre (París, 1980).
El Ángel; por una cinegética de la apariencia, Christian Jambet y Pierre Lardreau, Ucronía (Barcelona, 1979).
El siglo, Alain Badiou, Manantial (Madrid, 2008)
Guerre de mouvement et guerre de position, Antonio Gramsci & Razmig Keucheyan, La Fabrique (2012).
El capítulo “El compromiso de Antonio Gramsci” en el libro En compañía de los intelectuales, Michael Walzer, Nueva Visión (1993).
Petit lexique philosophique de l’anarchisme, Daniel Colson, Le livre de poche (2001).
Revolución en punto cero, Silvia Federici, Traficantes de Sueños (Madrid, 2013).
Mujeres en el mundo; historia, retos y movimientos, Mary Nash, Alianza (Madrid, 2012)
EZLN: documentos y comunicados (tomo 5: la marcha del color de la tierra), EZLN, Editorial Era (México DF, 2003).
Tratado de la eficacia, François Jullien, Siruela (Madrid, 1999).
“Rivoluzione o…? Considerazioni sul problema della trasformazione sociale”, Lapo Berti, en aut aut, n. 179-180 (1980).
Y, sobre todo, las conversaciones con Franco Ingrassia, Juan Gutiérrez, Leónidas Martín y las compañeras de la Escuela de Afuera.
Fuente: http://lobosuelto.com/?p=13117
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Comunidades q’eqchi’ de Alta Verapaz se levantan contra las hidroeléctricas


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Comunidades q’eqchi’ de Alta Verapaz se levantan contra las hidroeléctricas


Denuncian la falta de consulta previa a la población y el impacto ambiental sobre el río Cahabón en Guatemala
Los presidentes de Corporación Multi Inversiones (CMI), Juan Luis Bosch Gutiérrez, y de la constructora ACS, Florentino Pérez, presentaron en junio de 2014 en Guatemala el proyecto Renace II, una central hidroeléctrica propiedad de CMI y de cuya construcción se hizo cargo una de las filiales de ACS, el grupo Cobra. El complejo hidroeléctrico se ubica en el municipio de San Pedro Carchá (Alta Verapaz), y en la presentación los dos empresarios resaltaron las grandes cifras: una inversión de 270 millones de dólares para alcanzar una potencia instalada de 114 megavatios, 8,5 kilómetros de túneles y un canal de conducción de 11 kilómetros. La planta siguió a la central Renace I (66 MW), puesta en marcha por CMI en 2004. Corporación Multi Inversiones, transnacional con sede en Guatemala que opera en 14 países, y el presidente del Real Madrid continuaron colaborando en los proyectos hidroeléctricos Renace III (66 MW), ya finalizado, y Renace IV (55 MW), en fase de ejecución, todos en San Pedro Carchá, sobre los ríos Cahabón –uno de los principales de Guatemala- y Canlich. A estas centrales se agregará una quinta, lo que convertirá a este gran complejo –que se publicita en verde y con imágenes de la población maya- en el principal del país.
El Ministerio de Energía y Minas de Guatemala registra 33 plantas hidroeléctricas en funcionamiento, nueve de ellas en Alta Verapaz. A estas centrales se agregan otras 11 –cuatro en Alta Verapaz- en fase de construcción; 13 hidroeléctricas cuya ejecución no ha comenzado (cinco de ellas en el departamento de El Quiché) y seis que tramitan actualmente las autorizaciones (tres en Huehuetenango). Además, las centrales de energía hídrica son las que cuentan con mayor capacidad instalada en el país –un 33,7%, la mayoría de propiedad privada- seguido de los ingenios azucareros.

Foto: grupo Cobra Renace
Los movimientos populares han alzado la voz contra proyectos como Oxec –hidroeléctrica operativa desde finales de 2015- y Oxec II, autorizada y en fase de construcción en el municipio de Santa María Cahabón (Alta Verapaz). El pasado 27 de agosto 197 comunidades q’eqchi’ de Santa María Cahabón votaron en una consulta comunitaria contra el funcionamiento de las dos hidroeléctricas, debido al impacto sobre los ríos sagrados Cahabón y Oxec. La empresa responsable del macroproyecto es Oxec SA, filial de Energy Resource Capital, a la que medios comunitarios sitúan en Panamá.
Diferentes sentencias han influido en el devenir de la infraestructura. En febrero de 2017 la Corte Constitucional suspendió la licencia de los proyectos Oxec y Oxec II otorgada por el Ministerio de Energía y Minas, al no realizarse una consulta previa a las comunidades de Santa María Cahabón, tal como establece el Convenio 169 de la OIT. En mayo de 2017 el alto tribunal mantuvo la suspensión, pero autorizó a las empresas a continuar operando durante un año (prorrogable), mientras el Ministerio de Energía realiza las consultas. La cúpula empresarial no se mantiene ajena al litigio. Tras la sentencia de febrero, la gran patronal CACIF demandaba “certeza jurídica” y “una visión de futuro con oportunidades de desarrollo”.
El colectivo ecologista Madre Selva de Guatemala batalla desde 1996 por la defensa del territorio. El asesor legal de la organización, Vladimir Soto, apunta algunas estrategias de criminalización tras un acto organizado por la ONG Perifèries en Valencia: “Cuando los pueblos y líderes se dan cuenta de los proyectos, las empresas proceden a denunciarlos penalmente; además, ya tienen prácticamente comprado al Ministerio Público (fiscalía) de los juzgados de Alta Verapaz. Acusan a los líderes comunitarios de delitos que implican penas de prisión, y obtienen órdenes de captura contra ellos su defensa de los ríos”. Soto critica la disparidad de criterios: “Las denuncias contra las hidroeléctricas quedan engavetadas en el Ministerio Público, sin embargo las que interponen las empresas se cursan a velocidad de rayo”.
Entre los ejemplos de persecución mediática y de la fiscalía, Vladimir Soto menciona a Ana Rutilia Ical Choc, líder q’eqchi’ de San Pedro Carchá y una de las promotoras del recurso de amparo ante la Corte Suprema de Justicia (CSJ) para frenar los megaproyectos en el río Cahabón. Ana Rutilia Ical destaca en su currículo como activista, exdelegada de la Defensoria de la Mujer Indígena en Alta Verapaz y profesora de Derechos Humanos en la Universidad Rafael Landívar de esta región.
En marzo de 2017 el colectivo Madre Selva denunció los “ataques” por parte de medios de comunicación y columnistas “al servicio de las élites” contra activistas. Por ejemplo, contra Bernardo Caal Xol, quien presentó en 2015 la acción de amparo ante el CSJ por entender que las autorizaciones de Oxec y Oxec II se otorgaron sin consultar a las comunidades. El líder y maestro comunitario fue arrestado el pasado 30 de enero en la ciudad de Cobán, acusado de robo agravado y detenciones ilegales, entre otros delitos. El seis de febrero un juez de la capital de Alta Verapaz ordenó la prisión preventiva de Caal Xol.
Desde entonces se han sucedido las campañas, concentraciones, acciones simbólicas y el cierre de carreteras para exigir su libertad. Comunidades q’eqchi’ de Santa María Cahabón y Alta Verapaz se manifestaron en Cobán; además, la ONG Alianza por la Solidaridad y Greenpeace, que colaboran con la organización Madre Selva, recogieron más de 1.700 firmas de apoyo a Bernardo Caal en cuatro días, remitidas a la Embajada de Guatemala en España. La Articulación por la Vida, contra la Impunidad y la Corrupción, que agrupa a más de 30 organizaciones populares de Guatemala, también condenó la captura del líder indígena.
El caso de Bernardo Caal no es una excepción en el país centroamericano. La Unidad de Protección a Defensores de Derechos Humanos de Guatemala (UDEFEGUA) ha contabilizado 328 agresiones y delitos contra activistas a favor de los derechos humanos entre enero y octubre de 2017, un 25% más que en el mismo periodo de 2016. La cifra total del pasado año incluye 52 asesinatos (45 de ellos a mujeres), 72 agresiones contra activistas en defensa de los pueblos indígenas y el territorio; 131 agresiones contra mujeres y 30 a periodistas. Asimismo, organizaciones populares y de derechos humanos presentaron en marzo de 2017 un documento a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) sobre la represión a comunidades que rechazan las grandes hidroeléctricas en Guatemala; el informe da cuenta de 103 órdenes de captura, 56 heridos, 36 encarcelamientos, 25 detenciones, 16 procesos de criminalización, 15 amenazas y 11 asesinatos.

Foto: Santiago Botón (Telesur)
El informe “Criminalización en Guatemala (2012-2017)” de UDEFEGUA dedica un apartado a la resistencia contra las plantas hidroeléctricas en Alta Verapaz, una de las regiones más aterrorizadas por 36 años de guerra interna. Entre los ejemplos recientes de señalamiento, figura el de Rolando y Blanca Estela Güitz Pop, detenidos en abril de 2017 en Cobán. Los dos hermanos participaron en la lucha de la Comunidad Monte Olivo (Cobán) contra la construcción de una central hidroeléctrica –Hidro Santa Rita- en el río Dolores; en agosto de 2014 más de mil policías, guardias privados y un grupo paramilitar reprimieron a las comunidades opositoras al proyecto, con el resultado de tres campesinos asesinados (“masacre de Semococh”). La batalla popular contra Hidro Santa Rita tiene antecedentes en febrero de 2012, cuando la empresa denunció ante la fiscalía a cinco líderes comunitarios, sobre quienes se emitió orden de captura. Pero continuó la resistencia. En agosto de 2013 tres supuestos policías amenazaron e intentaron secuestrar a otro líder de la Comunidad Monte Olivo, David Chen; pasada una semana de los hechos, dos niños de 11 y 13 años murieron por los disparos de un sujeto –presunto trabajador de la hidroeléctrica, según las organizaciones comunitarias- que buscaba al líder indígena.
Tres años después que Florentino Pérez –declarado en 2017 por Forbes mejor ejecutivo de España- viajara a Guatemala para promocionar el complejo hidroeléctrico Renace en Alta Verapaz, las organizaciones Madre Selva y Alianza por la Solidaridad entregaron 25.552 firmas en la sede de ACS en Madrid contra un proyecto “que no respeta los derechos humanos de 29.000 indígenas q’eqchi’”. A la misma conclusión llegó el Procurador de los Derechos Humanos de Guatemala, quien visitó San Pedro Carchá a finales de 2017; en la aldea Panzamala constató el impacto de las obras para implantar Renace IV: “Vulneraciones a los derechos a la salud y vida de los comunitarios, quienes viven en condiciones infrahumanas”. El procurador subrayó en un comunicado la reducción de caudal del río Cahabón por las obras, así como la “presencia fuerte” de agentes de seguridad privada en la zona; también se hizo eco de las protestas de las poblaciones, a las que no se consultó por la construcción de la infraestructura, según denunciaron.
El pasado 22 de marzo comunidades de San Pedro Carchá y Santa María Cahabón se manifestaron en Ciudad de Guatemala contra los proyectos Renace y Oxec; el periodista Rony Morales reprodujo en el periódico Prensa Comunitaria las palabras de una vecina: “El caudal del río Cahabón se mantiene sucio debido a los trabajos de la empresa que construye la hidroeléctrica; el río está completamente sucio, y las personas de las comunidades no pueden abastecerse de agua, pues temen enfermarse”. Marchas y plantones a la capital se produjeron, con el mismo fin, en febrero de 2017 y octubre de 2016; en esta última movilización, el Consejo del Pueblo Q’eqchi’ de Alta Verapaz denunció el “clima de mentiras” y la “campaña negra” lanzada por las empresas Renace y Oxec contra Bernardo Caal Xol, Erick Armando Cu Caal y otros líderes comunitarios.
Diferentes informes revelan los entresijos de estas grandes infraestructuras. Los investigadores Elena de Luis Romero y Antonio Rodríguez-Carmona publicaron en 2016 el documento de 190 páginas “Hidroeléctricas insaciables en Guatemala”, en el que se hacen eco de las protestas de Madre Selva en 2013: “La construcción de hidroeléctricas ha roto en ‘pedazos’ el río Cahabón y lo ha secado en varios tramos”; a ello se agregaban las denuncias de contaminación por los derrumbes y movimiento de tierras en las obras de Renace II, lo que –según el informe en el que colaboró el Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL)- “apuntaría directamente a la responsabilidad del grupo Cobra”. Las comunidades señalaban que la construcción de represas a lo largo del cauce producía “graves alteraciones” en el ecosistema fluvial, se modificaban los caudales del río y destruían hábitats. Tres años después, en abril de 2016, poblaciones q’eqchi’ de Alta Verapaz continuaban denunciando ante la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICG) de la ONU y el Ministerio de Energía y Minas el desecamiento y la contaminación del río Cahabón por el impacto del proyecto Renace.
También en 2016, Alianza por la Solidaridad publicó la investigación “La hidroeléctrica que destruye derechos en Guatemala. Caso Renace-Cobra (ACS)”. El complejo de Corporación Multi Inversiones recibió la concesión administrativa para uso de bienes de dominio público en el río Cahabón y uno de sus afluentes –el Canlich- por 50 años. El documento recoge testimonios de líderes comunitarios sobre caminos construidos por la hidroeléctrica en las riberas del río, “de uso privado y sin acceso para los vecinos”. Además utiliza el término “expolio” para el caso Renace; incluye en ese término la compra de tierras para implantar infraestructuras, abrir canales o túneles y construir carreteras; o a los propietarios de fincas medianas que acumularon tierras para revenderlas a la empresa.
“Este expolio de tierras genera división entre las comunidades”, concluye el informe. Las poblaciones relacionaron con el conflicto el atentado en abril de 2014 contra Carlos Vicente Chub Cucul, activista frente a las hidroeléctricas y secretario del Consejo Comunitario de Desarrollo (COCODE) en su comunidad; el ataque con arma de fuego se produjo en el caserío Rubel Cruz Xicacaco (San Pedro Carchá). Pocos meses después, desapareció en el mismo municipio el joven Ovidio Xol Chub, en el contexto de una negociación sobre compraventa de tierras con Renace.
Una investigación más reciente es la titulada “Transnacionales, oligarquía y criminalización de la protesta social. El caso Guatemala”, publicada en octubre de 2017 por la organización Mugarik Gabe. El informe subraya la violencia ejercida contra las mujeres. En noviembre de 2014, la ONG Centro de Atención de la Familia y al Niño Maltratado (CAFNIMA) señaló que algunas de las agresiones contra mujeres en Ulpán (Alta Verapaz) estarían relacionadas con trabajadores del proyecto Renace. Pese al temor a realizar denuncias en las zonas rurales, en Ulpán se registraron 22 casos de violencia sexual contra la mujer en dos años. En noviembre de 2016, Prensa Comunitaria informaba sobre el caso de dos hermanas, Rosa y Dominga Tzalam Cuc, que tras vivir 25 años en las comunidades Q’eqchi’ de San Pedro Carchá, llevaban tres años en resistencia al negarse a vender sus tierras a la hidroeléctrica Renace. Denuncian amenazas de muerte y de desalojo. La ONG Mugarik Gabe resalta las estrategias de publicidad y marketing que envuelve a los proyectos. Una sonriente mujer maya encabeza, en un entorno de árboles, la página Web de la hidroeléctrica de Corporación Multi Inversiones: “Porque trabajando todos en una misma dirección, Renace un mundo mejor”.
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La militarización de la política energética
Introducción de Tom Engelhardt
Pensemos al presidente Trump y su administración como una panda de ladrones. Por supuesto, hay un robo evidente: lo que en el fondo pretenden –como sucede con la recientemente aprobada ley de “reforma” tributaria– es robar al ciudadano de a pie y regalar un ahorro eterno a los ya pasmosamente ricos –entre ellos al propio presidente (posiblemente, hasta 15 millones de dólares por año) y a su yerno Jared Kusher (tal vez, hasta 12 millones de dólares por año). Según la Oficina del Presupuesto del Congreso (CBO, por sus siglas en inglés), las reservas en metálico ya están empezando a caer más rápidamente que lo que se esperaba como consecuencia de la pérdida de recaudación asociada con esta ley, Y las modestas ganancias ofrecidas a los contribuyentes normales para ocultar un vasto aumento de la riqueza del 1 por ciento más rico desaparecerán en los próximos años veinte, mientras que los recortes impositivos que benefician a las corporaciones serán para siempre. 
Pensemos en esas acciones no como las de un insignificante ladronzuelo sino como un robo fundamental, ya que implican robar a un tiempo futuro para financiar a una plutocracia cada vez más rica del presente. Donald, en otras palabras, no solo está robándonos a nosotros sino a nuestros hijos y nietos. Y si esto es verdad respecto de su ley impositiva, mucho más lo es de su política energética, como hoy lo pone en negro sobre blanco Michael Klare, colaborador habitual de TomDispatch. Dada la adicción del presidente a los combustibles fósiles, su creencia de que liberar a la Gran Energía de todas las restricciones y regulaciones existentes es crucial para la futura dominación mundial de Estados Unidos –Klare nos informa– está incrustada en el núcleo de la Estrategia de la Seguridad Nacional recientemente dada a conocer por la administración. Dicho de otro modo, la explotación de los combustibles fósiles en América del Norte es oficialmente el meollo de la formulación de la política del presidente Trump y sus generales. 
Esto no solo es una cuestión de robar el futuro dinero de nuestros hijos y nietos; ni siquiera de la contaminación del medioambiente en el que ellos crecerán, como todos los estadounidenses que crecieron en los cincuenta del siglo pasado –como Donald Trump (o yo mismo)–. La cuestión es el robo de todo lo suyo, incluyendo la potencialidad de un entorno que alimentó a generación tras generación de niños en este planeta durante los miles de años de historia humana. Si el presidente y su equipo de negacionistas climáticos hacen lo suyo, es decir, la versión ‘combustibles fósiles’ de la “dominación” de la energía para gobernar nuestro mundo estadounidense –mientras cierran el camino a las energías alternativas–, habrán robado el futuro de todos para asegurar la comodidad de unos pocos seres humanos de hoy. Como parte de los que solo se puede considerar un insensato plan para calentar aún más el planeta, la política energética del presidente Trump será, sin duda alguna, no solo un robo, no solo el mayor deliro de este siglo, sino también un terricidio, es decir, la destrucción del propio planeta, un crimen de todos los siglos por venir. Tenga el lector eso en cuenta mientras lee la nota de Klare.
--ooOoo--
Cómo piensa Donald Trump utilizar los combustibles fósiles en la lucha por el dominio del mundo
De alguna manera, la nueva política energética de la era Trump es la más extraña del mundo. Todas las grandes potencias de la historia han tratado de tener a sus órdenes los recursos energéticos, no ser esclavos de ellos –la fuerza eólica, la hulla o el petróleo­–, para favorecer sus ambiciones hegemónicas. Lo que hace que la variante trumpiana –explotación irrestricta de las reservas de combustibles fósiles de Estados Unidos– sea única tiene que ver con el momento en que se aplica y la probable devastación que resultará, gracias no solo a la contaminación estilo años cincuenta del siglo pasado del aire, el agua y el entorno urbano sino la devastadora ayuda que dará a un planeta cada vez más recalentado.
El mes pasado, si el lector prestó atención al parloteo de la elite del poder en el Foro Económico Mundial de Davos, Suiza, habrá oído mucha suficiencia sobre el inmenso progreso realizado en las energías renovables. “Mi gobierno ha proyectado una importante campaña”, dijo el primer ministro indio Narendra Modi en su discurso. “Para 2022, queremos generar 175 gigavatios con energías renovables; en los últimos tres años ya hemos conseguido generar 60, es decir, más o menos un tercio de nuestro objetivo.” Otros gobernantes del mundo también presumieron de haber logrado acelerar la construcción de instalaciones para utilizar la energía eólica y la solar. Solo un personaje importante osó expresarse contra la tendencia dominante: el secretario de Energía de Estados Unidos Rick Perry. Nuestro país, insistió, ha sido “bendecido con una sustancial capacidad para brindar a la población mundial una mejor calidad de vida mediante los combustibles fósiles”.
¿Una mejor calidad de vida mediante los combustibles fósiles? En esta cuestión, él y sus colegas de la administración Trump están hoy completamente solos en el planeta Tierra. En estos momentos, prácticamente todos los demás países han optado –ya sea participando en el acuerdo climático de París o con iniciativas como la puesta en marcha por India– por acelerar la transición de una economía basada en el carbón a otra fundada en las renovables.
Tal vez esto tenga una explicación: la deuda que Donald Trump tiene con los intereses de la corporación de los combustibles fósiles que le ayudaron a hacerse con la presidencia de EEUU. Por ejemplo, piense el lector en la reciente decisión de su secretario del Interior de habilitar gran parte de los litorales marinos del Atlántico y del Pacífico a la perforación en el mar (un viejo anhelo de la industria del petróleo y el gas natural) o las medidas de su administración para levantar las restricciones a la explotación de la hulla en tierras federales (un viejo anhelo de la industria carbonífera). Claramente, ambas medidas son en pago de algo. Aun así, hay mucho más que sumisión a los barones del crudo y la hulla escondido detrás de la política energética de Trump (y de los dichos de Perry), Desde la perspectiva de la Casa Blanca, Estados Unidos está metido en una importantísima lucha con naciones rivales por el poder en el mundo y, según se dice, la abundancia de combustibles fósiles le proporciona una ventaja decisiva. Cuantos más combustibles fósiles produzca y exporte EEUU, tanto mayor será su estatura en el sistema competitivo mundial; es por esto, precisamente, que la maximización de estos rasgos ya se ha convertido en la columna vertebral de la política de seguridad nacional del presidente Trump.
El presidente trazó su distópica visión del mundo (y la de los generales que él nombró para que se encarguen de lo que alguna vez se conoció como la “política internacional” estadounidense) en un discurso pronunciado un 18 de diciembre en el que anunciaba la publicación del documento sobre de la nueva Estrategia de la Seguridad Nacional (NSS, por sus siglas en inglés) de la administración. “Nos guste o no”, afirmó, “estamos insertos en una era de competición.” Estados Unidos se enfrenta a “regímenes maliciosos” como Irán y Corea del Norte y “potencias rivales, Rusia y China, que tratan de desafiar la influencia, los valores y la riqueza de EEUU”. En un mundo tan competitivo, agregó, “nos defenderemos solos; por nuestro país, lo haremos como nunca lo hemos hecho. Nuestros rivales son fuertes. Son tenaces y comprometidos con el largo plazo. Pero nosotros también”.
Para Trump y sus generales, estamos en un mundo que tiene que ver muy poco con el que tuvieron que vérselas las dos administraciones anteriores, un mundo en el que era raro que los conflictos entre las grandes potencias fueran el centro de la atención y la sociedad civil se mantenía mayormente al margen de la presiones de las interminables guerras de este país. Ellos creen que en estos momentos, con la amenaza de años de lucha por venir, Estados Unidos ya no puede permitirse separar “la patria” de las zonas de combate en el extranjero. “Para tener éxito”, acabó el presidente, “debemos integrar todas las dimensiones de nuestra fuerza como nación y competir con todos los instrumentos de los que dispone nuestro país.”
Es aquí, en la visión trumpiana del mundo, donde se sitúa la energía.
Dominación energética
Desde el inicio de su presidencia, Donald Trump dejó bien en claro que en EEUU la barata y abundante energía derivada de los combustibles fósiles iba a ser el factor crucial de su enfoque de movilización total para la competición global. En su punto de vista y el de sus consejeros, se trata del elemento decisivo esencial para asegurar la vitalidad económica de la nación, su fuerza militar y su peso geopolítico, sea cual sea el daño que se pueda ocasionar a la vida de los estadounidenses, al medioambiente de la Tierra o incluso al futuro de la vida humana en este planeta. Hoy, la explotación y la utilización política de los combustibles fósiles se sitúa en el corazón mismo de la definición trumpiana de la seguridad nacional, como la reciente publicación de la NSS lo pone con meridiana claridad.
“El acceso a las fuentes nacionales de energías limpias, factibles y confiables asegura un Estados Unidos próspero, seguro y potente durante las próximas décadas”, plantea. “la liberación de esas abundantes fuentes de energía –hulla, gas natural y nuclear– estimula la economía y construye los cimientos de un futuro crecimiento.”
Entonces, los cierto es que aunque –en las palabras– el documento menciona el papel de las energías renovables, nadie se tomaría eso demasiado en serio si, por ejemplo, se tiene en cuenta la reciente decisión presidencial de gravar con altos aranceles la importación de paneles fotovoltaicos, una medida que probablemente paralice la industria de las instalaciones solares. Lo que en el fondo realmente le interesa a Trump son esas reservas nacionales de combustibles fósiles. Solo utilizándolos para obtener supremacía o lo que él anuncia con bombos y platillos, no solo en cuanto a la “independencia energética” sino la total “dominación energética”, Estados Unidos puede evitar el quedar en deuda con algunas potencias extranjeras y de ese modo proteger su soberanía. Es por eso que él celebra un día sí y el otro también el éxito de la “revolución de los combustibles no convencionales”, el empleo de la tecnología del fracking para extraer el crudo y el gas natural profundamente encerrados en las formaciones shale. Tal como él lo ve, la explotación al máximo de estos yacimientos hace que EEUU sea mucho menos dependiente de la importación de combustibles.
Además, la posibilidad de suministrar combustibles fósiles a otros países será una ventaja geopolítica, una realidad dolorosamente clara en los primeros años de este siglo cuando Rusia aprovechó su condición de principal proveedor de gas natural a Ucrania, Bielorusia y otras antiguas repúblicas socialistas para conseguir que le hicieran concesiones políticas. Donald Trump aprendió esa lección y la incorporó en sus planes estratégicos.
“Nuestro país ha sido bendecido con una energía extraordinariamente abundante”, declaró el pasado junio en un ‘Encuentro para liberar la energía de Estados Unidos’. “Somos uno de los principales productores de petróleo del mundo y el número 1 de gas natural. Con estos increíbles recursos, mi administración no solo buscará la independencia energética que EEUU ha estado anhelando durante tanto tiempo sino la dominación en el campo de la energía. Y seremos exportadores... Seremos preponderantes. Exportaremos la energía estadounidense a todo el mundo.”
Lograr la dominación energética
En cuestión de energía, ¿qué significa en la práctica una posición dominante? Para el presidente Trump y sus adláteres, significa sobre todo “quitar todo freno” a las posibilidades que brinda la abundancia energética mediante la eliminación de todas las limitaciones que regulan la explotación de las reservas nacionales de combustibles fósiles. Después de todo, Estados Unidos posee algunos de los mayores yacimientos de crudo, huya y gas natural del mundo; con la aplicación de todas las maravillas tecnológicas a su disposición puede extraer al máximo esas reservas para aumentar la potencia del país*.
“La verdad es que en nuestro país contamos con un suministro virtualmente ilimitado de energía”, declaró el presidente en junio del año pasado. Todo lo que impedía su explotación cuando él entró en el Despacho Oval, insistía, eran las normas medioambientales impuestas por la administración Obama. “No debemos tener obstáculos. Desde el mismo primer día en mi cargo, he estado tomando medidas a buen ritmo para suprimir esas normas y eliminar las barreras que dificultan la producción de la energía nacional.” Después mencionó su autorización para la construcción de los oleoductos de Keystone XL y Dakota Access, la cancelación de una moratoria en el arrendamiento de tierras federales para la minería de la hulla, la revocación de la medida de la administración Obama cuyo objetivo era impedir la emisión de metano en la extracción de gas natural en tierras federales y la reducción presupuestaria del plan Energías Limpias del anterior presidente, que (de haber sido puesto en marcha) habría exigido una drástica reducción de la utilización del carbón mineral. Y, con la reciente autorización de perforar en la prístina costa norte de Alaska en el Ártico, la cuestión es no parar jamás.
Estrechamente ligado con esas medidas ha sido el repudio presidencial de los acuerdos climáticos de París porque –según la visión trumpiana– también esos acuerdos eran un obstáculo en sus proyectos de “quitar todo freno” a la energía estadounidense en la búsqueda del poder internacional. Mediante el retiro de los acuerdos pretendía estar protegiendo la “soberanía” de Estados Unidos e iniciando, al mismo tiempo, el camino hacia una nueva forma de dominación energética de ámbito mundial. “Tenemos mucha más [energía] que lo que nunca creímos posible”, afirmó. “Estamos en una posición realmente determinante. ¿Y sabéis qué? No vamos a permitir que otro país nos quite la soberanía y nos diga qué debemos hacer y cómo debemos hacerlo. Esto no va a pasar.”
No importa que los acuerdos de París de ningún modo limiten la soberanía de EEUU. Solo obliga a que sus signatarios –en estos momentos, todos los países de la Tierra excepto Estados Unidos– dicten medidas para reducir sus emisiones de gases de invernadero con el objetivo de impedir que la temperatura global aumente más de 2º C respecto del nivel preindustrial (los científicos creen que este es el mayor incremento que el planeta puede absorber sin que se produzcan impactos verdaderamente catastróficos como un aumento del nivel del mar de tres metros). En tiempos de Obama, en el marco de su proyecto para alcanzar esta meta. Estados Unidos prometió, entre otras cosas, poner en marcha el Plan de Energía Limpias (CBP, por sus siglas en inglés) para reducir el consumo de hulla, Esto, por supuesto representaba un inaceptable impedimento para la política trumpiana de extraer todo lo extraíble.
El último paso de la estrategia presidencial para convertir a este país en un exportador importante implica facilitar el transporte de los combustibles fósiles a las zonas portuarias para su embarque hacia el extranjero. De este modo, él también transformará al gobierno en el mayor vendedor de esos combustibles (como ya lo es, por ejemplo, de las armas que produce EEUU). Para hacerlo, activará la aprobación de permisos de exportación de gas natural licuado (LNG, por sus siglas en inglés) e incluso de algún nuevo tipo de plantas de generación de electricidad –de “baja emisión”– alimentadas con carbón mineral. El departamento del Tesoro, reveló Trump en aquel encuentro de junio, “se ocupará de financiar las centrales eléctricas de alta eficiencia alimentadas con hulla que se construyan en el extranjero”. Además, sostuvo que “los ucranianos nos han dicho que necesitan millones y millones de toneladas [de carbón mineral] ahora mismo. Hay muchos otros lugares en los que también lo necesitan. Y nosotros queremos vendérselo, y a cualquiera que lo necesite en todo el mundo”. También anunció la aprobación de cada vez más exportación de LNG desde una nueva instalación en Lake Charles, Louisiana, y la construcción de un nuevo oleoducto hacia México para “aumentar más aún la exportación de energía estadounidense; el oleoducto pasará debajo del (de momento, solo proyectado) muro”.
Por lo general, esas acciones en materia energética han sido vistas como parte de una agenda a favor de la industria y en contra de los ambientalistas; ciertamente, lo son. No obstante, cada una de ellas es un aspecto más de una estrategia cada vez más militarizada de insertar la energía nacional en una lucha épica –al menos en la mente del presidente y sus consejeros– para conseguir que Estados Unidos se asegure la dominación del mundo..
Hacia dónde apunta todo esto
Durante su primer año en la presidencia, Tump ha conseguido muchos de sus objetivos de máxima extracción de combustibles fósiles. En estos momentos, con todos ellos excepcionalmente incluidos en la estrategia de la seguridad nacional de nuestro país, tenemos un conocimiento más claro de lo que está ocurriendo. Ante todo, junto con el aumento del presupuesto para las fuerzas armadas de Estados Unidos (y la “modernización” del arsenal nuclear del país), Donald Trump y sus generales han convertido a los combustibles fósiles en un ingrediente decisivo del crecimiento de nuestra seguridad nacional. En ese sentido, convertirán en obstáculo contra el interés nacional y –muy literalmente– la seguridad nacional de EEUU, cualquier cosa (o cualquier grupo) que se oponga a la extracción y explotación del petróleo, el carbón mineral y el gas natural.
En otras palabras, la expansión de la industria de los combustibles fósiles y su exportación se ha transformado en un aspecto importante de la política exterior y la política de seguridad de Estados Unidos. Por supuesto, esa expansión y la exportación asociada a ella implican un ingreso económico y aseguran algunos puestos de trabajo pero, desde el punto de vista del presidente, también potencian el perfil geopolítico del país ya que animan a los amigos y socios en el extranjero a confiar cada vez más en nosotros para resolver sus necesidades de energía en lugar de mirar hacia Rusia o Irán. “Como abastecedor cada vez más importante de recursos, tecnologías y servicios relacionados con la energía en el mundo”, declara la NSS sin una pizca de ironía, Estados Unidos ayudará a que sus aliados y socios sean cada vez más fuertes frente a quienes utilizan la energía para coaccionar.
En tanto la administración Trump avance en todo esto, sin duda será fundamental la construcción y el mantenimiento de infraestructura ligada a la energía –oleoductos, gasoductos y ferrocarriles que aseguren el transporte del crudo, el gas natural y la hulla desde el interior del país a las instalaciones de procesamiento y las de exportación en los puertos. Debido a que muchas de las grandes ciudades y centros poblados de la nación están en las costas del Atlántico, el Pacífico o el golfo de México y a que durante mucho tiempo el país ha dependido de la importación de buena parte del petróleo que consumía, un sector importante de la superestructura petrolera existente –refinerías, instalaciones de gas natural licuado, estaciones de bombeo y demás– ya está localizado a lo largo de las costas mencionadas. Aun así, gran parte del suministro de energía que Trump pretende explotar –los yacimientos no convencionales de Texas y North Dakota, las reservas de hulla de Nebraska– está situada en el interior del país. Para que su estrategia tenga éxito, esas zonas deben ser conectadas más eficazmente con las instalaciones portuarias mediante una formidable red de nuevos oleoductos y otras infraestructuras de transporte. Todo esto costará enormes sumas de dinero y propiciará grandes conflictos con los ambientalistas, los pueblos nativos, los agricultores, los propietarios y otras personas cuyas tierras y formas de vida serán degradadas gravemente cuando esas instalaciones empiecen a construirse; sin duda, todos ellos se resistirán.
Para Trump, el camino que tiene ante él es claro: hacer lo que haga falta para construir la infraestructura necesaria para entregar esos combustibles fósiles en el extranjero. No es sorprendente, entonces, que la Estrategia de la Seguridad Nacional declare: “Racionalizaremos el proceso de aprobación de las regulaciones federales referidas a la infraestructura energética desde los oleoductos a las terminales de exportación para el embarque de contenedores”. Seguramente, esto provocará numerosos conflictos con grupos ambientalistas y otros habitantes de lo que Naomi Klein (autora de Esto lo cambia todo) llama “Blockadia”** –lugares como la reserva de pueblos originarios de Standing Rock en North Dakota, donde miles de sioux y sus seguidores acamparon el año pasado en un finalmente fracasado intento de detener la construcción del oleoducto Dakota Access. Dada la insistencia de la administración en vincular la producción de combustibles con la seguridad de Estados Unidos, imaginamos que los intentos de manifestarse contra ella tropezarán con un áspero trato por parte de las agencias federales encargadas de hacer cumplir la ley.
Además, la construcción de esas instalaciones costarán mucho dinero; por eso es esperable que el presidente Trump incluya la construcción de oleoductos en la ley de modernización de las infraestructuras que envíe al Congreso, asegurándose así que los dólares del contribuyente financien el esfuerzo. Ciertamente, la inclusión de la construcción de oleoductos y otros equipamientos del rubro energético en cualquier futura iniciativa vinculada con las infraestructuras es ya un objetivo principal de los influyentes grupos como el Instituto Estadounidense del Petróleo (API, por sus siglas en inglés) y la Cámara de Comercio de EEUU (USCC, por sus siglas en inglés). La reconstrucción de carreteras y puentes está muy bien, dijo Thomas Donohue, presidente de la Cámara de Comercio, pero “... también estamos viviendo un resurgimiento energético y todavía no tenemos la infraestructura de lo sustente”. Como resultado de ello, agregó, debemos “construir los oleoductos necesarios para poner en el mercado nuestros abundantes recursos”. Dada la influencia que esos intereses corporativos tienen en la Casa Blanca y los legisladores republicanos, es razonable suponer que cualquier ley sobre la revitalización de la infraestructura estará, al menos en parte, centrado en la energía.
Y no olvidemos que para el presidente Trump, con su visión del mundo rigurosamente ligada a los combustibles fósiles, esto no es más que el comienzo. Las cuestiones que podrían ser vistas por otras personas como ambientales o inclusos conservacionistas del territorio serán vistas por él y su gente como otros tantos obstáculos para la seguridad y la grandeza de la nación. Asimismo, frente a lo que sin duda será una serie de potenciales desastres medioambientales sin precedentes, quienes se oponen al proyecto presidencial deberán cuestionar su visión del mundo y el papel que los combustibles fósiles desempeñarán en ella.
La venta de más combustibles fósiles a compradores del extranjero, mientras se intenta ahogar el desarrollo de las energías renovables (cediendo, de ese modo, a otros países esos sectores de la economía que crean puestos genuinos de trabajo) puede ser bueno para los gigantes corporativos del petróleo y la hulla, pero no hará amigos de Estados Unidos fuera de sus fronteras en un momento en el que el cambio climático está pasando a ser una preocupación cada día más grande para muchas personas en todo el mundo. Con prolongadas sequías, con tormentas y huracanes cada vez más fuertes y con letales olas de calor afectando a regiones cada vez más amplias del globo, con el nivel del mar aumentando sin cesar y con condiciones climáticas extremas convirtiéndose en lo normal, la necesidad de contener el cambio climático no hace más que crecer, como lo hace también la de energías renovables.
Donald Trump y su administración de negacionistas del cambio climático están –literalmete– viviendo en un siglo equivocado. Es posible que militarizar la política energética e instalar los combustibles fósiles en el centro de la política de la seguridad nacional en los tiempos que corren sea atrayente para ellos, pero es un enfoque obviamente condenado a la desgracia. Es, de hecho, la definición de lo anticuado.
Desgraciadamente, dadas las circunstancias del planeta Tierra en este momento, también amenaza ser una desgracia para todos nosotros. Cuanto más escrutamos el futuro, tanto más probable se puede prever que el liderazgo mundial recaiga sobre las espaldas de quienes puedan asegurar con efectividad y eficiencia el empleo de las energías renovables, no de las de quienes aportan los combustibles fósiles que envenenan el entorno y la atmósfera. Siendo así, nadie que aspire a ser una autoridad mundial debería decir en Davos ni en cualquier otro sitio que estamos bendecidos con “una sustancial capacidad para brindar a la población mundial una mejor calidad de vida mediante los combustibles fósiles”.
* Coincidentemente, mientras traducía esta nota (19·FEB·2018), el periódico español Público sacó una nota en la que informaba de que EEUU había conseguido ser el primer productor de crudo del mundo (http://www.publico.es/internacional/internacional-eeuu-asume-vitola-primer-productor-crudo-mundo.html). (N. del T.)
** Francisco Valdés Perezgazca describe ese país llamado Blockadia en http://www.milenio.com/firmas/francisco_valdes_perezgasga/Blockadia_18_423137690.html. (N. del T.)
Michael T. Klare, colaborador habitual de TomDispatch, es profesor de Paz y Seguridad Mundial en el Instituto Hampshire y autor de 14 libros, entre ellos el más reciente The Race for What’s Left. Una versión cinematográfica documental de su libro Blood and Oil está disponible en Media Education
Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/176384/tomgram%3A_michael_klare%2C_militarizing_america%27s_energy_policy/#more
Esta traducción puede reproducirse libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y Rebelión como fuente de la misma.
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Irresponsable política fiscal facilista, por Luis Alberto Latínez Carpio


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Irresponsable política fiscal facilista, por Luis Alberto Latínez Carpio

Luis Alberto Latínez Carpio,Red Voltaire

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Sunat debe hacer un mejor trabajo, el de hoy es mediocre
La SUNAT, con el objetivo de incrementar la recaudación tributaria, publicó un proyecto de Resolución el 14-2-18 donde propone subir la tasa de detracciones del 10 % al 12 %, esperando sugerencias de la ciudadanía hasta el 15-2-18 e indicando que este aumento regirá a partir del 1-3-18. Como se aprecia el plazo para opinar es muy corto.
El aumento se aplicará a los servicios detallados en los numerales 1, 3, 5 y 10 del Anexo nº 3 de la Resolución de Superintendencia nº 183-2004/SUNAT y normas modificatorias, las mismas que detallamos:
Numeral 1 Intermediación laboral y tercerización Numeral 3 Mantenimiento y reparación de bienes muebles Numeral 5 Otros servicios empresariales Numeral 10 Demás servicios gravados con el IGV
Mediante el sistema de detracciones, que es un cobro por adelantado del IGV, el que adquiere el producto, tiene que detraerle (retenerle) al proveedor un porcentaje del total del comprobante de pago, al momento de cancelarle o cuando es al crédito, dentro de los primeros cinco días hábiles del mes siguiente, pagándoles la diferencia. El importe detraído se deposita al proveedor en su cuenta corriente que tiene en el Banco de la Nación, con la finalidad que lo utilice para cancelar deudas tributarias (tributos o multas más los intereses respectivos).
Como la recaudación tributaria viene cayendo (por tercer año consecutivo siendo la baja para el 2017 de 1.3 % con respecto al año 2016), el gobierno central, vía SUNAT, opta por lo más fácil, aumentando la tasa de las detracciones.
La política fiscal facilista viene aplicándose desde el gobierno de Fujimori (28-7-90) y continuó durante los gobiernos de Toledo, García, Humala y Kuczynski.
La política fiscal facilista consiste en aplicar, entre otros, impuestos anti técnicos y encargar a terceros el trabajo de la SUNAT.
En el 2002 se crearon los Regímenes de Retención del IGV, de Percepción del IGV y el Sistema de Detracciones, mediante los cuales SUNAT encargaba a privados retener, percibir y detraer por adelantado el IGV. Si no lo hacían o no lo hacen son sancionados aplicándoles multas.
Al gobierno de Kuczynski que está sin brújula y no atina a nada, lo único que le queda es continuar con esta nefasta política fiscal facilista, perjudicando a los contribuyentes.
Al respecto, ya no debe cobrarse por anticipado el IGV, para lo cual hay que eliminar la Retención del IGV, la Percepción del IGV y el Sistema de Detracciones y que la SUNAT cumpla con las funciones encomendadas y no traslade su trabajo a los privados. Hay que tener presente que al concluir el gobierno de García la SUNAT tenía 7,000 trabajadores y al finalizar el de Humala 14,000 trabajadores.
Reparando que la recaudación viene cayendo e incrementándose la evasión, es necesario dinamizar el accionar de la SUNAT para lo cual tiene que efectuar, entre otros, operativos, como: Verificación de cumplimiento de obligaciones tributarias (VECOT), verificación de obligaciones formales, cruce de información. También fiscalizaciones a las medianas y grandes empresas.
En años anteriores la recaudación tributaria se incrementaba porque crecía la economía, es decir, crecía por inercia y no por acción de la SUNAT.
El gobierno central tiene que presentar ante el Congreso un proyecto de ley, eliminando las exoneraciones tributarias innecesarias, entre otras del IGV a las operaciones bancarias, del impuesto a la renta e IGV a los centros educativos e institutos y universidades particulares, a los clubes privados.
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La batalla de Damasco y de la Ghouta Oriental, por Serge Marchand


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La batalla de Damasco y de la Ghouta Oriental, por Serge Marchand

 

Serge Marchand,Red Voltaire


La capital siria, Damasco, está siendo constantemente bombardeada, desde hace 6 años, por los elementos armados de al-Qaeda atrincherados en la Ghouta Oriental, en el cinturón verde de la ciudad. Estas imágenes muestran los estragos causados por un obús disparado desde la Ghouta Oriental. El proyectil cayó sobre una vivienda del barrio damasceno de Ruk el-Dinh, el 23 de febrero de 2018, donde mató a 3 personas y dejó 15 heridos.
Durante los 6 últimos años, el ministerio sirio de la Reconciliación ha firmado más de 1 000 acuerdos de pacificación a lo largo y ancho del país y decenas de miles de elementos armados se han acogido a las numerosas amnistías decretadas a su favor. Esas personas se han reincorporado a la sociedad siria, incluso convirtiéndose a veces en miembros de sus cuerpos armados. Los elementos armados que combatían en la Ghouta Occidental aceptaron los acuerdos y se acogieron a la amnistía, posibilidad que siguen rechazando los de la Ghouta Oriental.
En esa parte del cinturón verde de Damasco, bastante extensa, vivían antes de la guerra más de 400 000 personas. Según la ONU, hoy quedarían allí unas 367 000. Según el gobierno sirio, la cifra es mucho menor y no pasan de 250 000 personas.
La principal ciudad de esa región, Duma, con una reputación bastante negativa, era conocida antes de la guerra por sus burdeles y su alta concentración de delincuentes y criminales.
El hecho es que esa zona se encuentra hoy bajo control de al-Qaeda, representada allí por el grupo armado que se hace llamar Yesh al-Islam, o sea «Ejército del Islam», y que recibe orientaciones de miembros de las SAS (fuerzas especiales británicas) y de oficiales de la DGSE francesa (inteligencia para el exterior) desplegados en la zona bajo la fachada de la ONG Médicos Sin Fronteras. A la cabeza de Yesh al-Islam está la familia conocida como Alloush o Allouche, poseedora de importantes bienes en Londres.
Desde julio de 2012 hasta su muerte, a finales de 2015, Zahran Alloush anunciaba varias veces por semana que iba a tomar Damasco y que cuando lo hiciera ejecutaría –sin juicio– a todos los «infieles», que son, a su modo de ver, todas las personas que no sean sunnitas. Este individuo impuso la sharia a todos los habitantes de la zona bajo su control, en aplicación de los principios enunciados por el predicador wahabita Abd al-Aziz ibn Baz. Encerró en jaulas a los que cuestionaban su autoridad, ejecutó a gran cantidad de personas, como mi vecino –un simple agente inmobiliario que vivía en el apartamento situado directamente debajo del mío– quien fue degollado en público porque se negó a decir que «Assad es un perro».
Zahran Alloush, quien hasta su muerte fue el jefe de Yesh al-Islam –la franquicia local de al-Qaeda, recordémoslo nuevamente–, recibía armamento de Arabia Saudita a través de Jordania. Con ese armamento llegó a organizar un desfile militar –con tanques y todo–, montado y filmado por el MI6 británico [1].
Cuando el Ejército Árabe Sirio –el ejército regular de la República Árabe Siria– emplazó artillería en el monte Qassium, la montaña que domina la capital, y comenzó a bombardear desde allí las posiciones de Yesh al-Islam, Zahran Alloush puso prisioneros en los techos, utilizándolos como escudos humanos.
Después de la muerte de este individuo, su primo Mohamed Alloush tomó el mando de Yesh al-Islam, a principios de 2016. Este otro miembro de la familia Alloush ya se había hecho célebre lanzando homosexuales desde los techos. No está de más resaltar que Siria protege a los homosexuales, siendo por ello una excepción entre los países musulmanes actuales e incluso en relación con lo que aún sucedía, hace sólo 30 años, en los países occidentales [2].
Sin embargo, Mohamed Alloush fue entronizado como jefe de la delegación de la oposición en las negociaciones de Ginebra, donde exigió –y obtuvo– que los cuadros y esculturas que decoraban el hotel donde se alojó fuesen recubiertos con velos. En medio de aquellas conversaciones, desde la sala de negociaciones, envío por Twitter varios mensajes orientando a sus secuaces que se prepararan para matar a los soldados del «puerco».
Hace sólo unos meses que el Ejército Árabe Sirio “selló” completamente la Ghouta Oriental. Hasta entonces sus habitantes tuvieron la posibilidad de huir. La ONU y la Media Luna Roja tienen libre acceso al lado bajo control de la República. Pero no tienen acceso al otro lado, de donde los yihadistas permiten la salida sólo a sus seguidores para recibir atención médica. Si el Ejército Árabe Sirio registra minuciosamente los camiones cargados de víveres antes de permitir su entrada en la Ghouta es porque en múltiples ocasiones los convoyes de la ONU fueron utilizados para introducir allí armas destinadas a los yihadistas. Los convoyes no pasan sólo si la ONU se niega a permitir que sean verificados.
La Ghouta es una zona agrícola que rodea la capital siria. Cuando la ONU envía productos que no se cultivan allí, su distribución a la población queda en manos de los yihadistas y son ellos quienes imponen precios considerablemente más elevados que los de la capital –a veces 4 veces más altos. Sólo los pobladores que juran lealtad a los yihadistas reciben de estos el dinero que les permite comprar esos productos [enviados por la ONU]. Los pobladores de la Ghouta que se mantienen leales a Damasco están condenados al hambre, impuesta a ellos por los yihadistas.
Durante 6 años, los yihadistas han estado atacando constantemente Damasco desde la Ghouta. Son muy numerosos los damascenos que han muerto desde entonces bajo los cohetes y obuses disparados desde la Ghouta, sin que la comunidad internacional se dignara a expresar ningún tipo de condena. Poco a poco, localidades ocupadas por los yihadistas en la periferia de Damasco han sido liberadas, Daraya, Muadamiyeh al-Cham, Qudsaya y al-Hameh, en agosto de 2016, y después Yobar, Barzeh, Qabun y Tichrin, en febrero de 2017. Los acuerdos firmados entonces estipulaban que los elementos armados que no quisieran acogerse a la amnistía se trasladaran –en medios de transporte facilitados por el gobierno sirio– a Idlib, en el noroeste del país [3]. La única condición era que liberaran a los pobladores.
La República Árabe Siria acaba de decidir ahora liberar de los yihadistas la Ghouta Oriental. La artillería y la aviación bombardean las posiciones de los yihadistas, tratando de eliminarlos con la menor cantidad de víctimas posible entre los civiles. Durante esa campaña, la circulación de convoyes humanitarios es imposible.
Por su parte, los yihadistas de al-Qaeda siguen disparando obuses hacia la capital. Antes del inicio de la ofensiva bombardeaban principalmente la embajada de Irán, en el barrio residencial de Mezzeh; las sedes de la televisión nacional y del ministerio de Defensa, en la céntrica Plaza de los Omeyas; el Centro Cultural ruso, en pleno centro de la ciudad, y la embajada de Rusia. Ahora los obuses y cohetes de los yihadistas caen en cualquier lugar. Los damascenos y los millones de sirios que rechazan la imposición de la sharia y que han buscado por eso refugio en la capital, bajo la protección del gobierno de la República Árabe Siria, tratan nuevamente de sobrevivir. Más de la tercera parte de los habitantes de Damasco prefieren mantenerse encerrados en sus casas por temor a morir alcanzados en plena calle por el bombardeo de los yihadistas. La cuarta parte de los comercios se mantienen cerrados y los servicios públicos y administraciones estatales han tenido que reducir sus actividades.
El Reino Unido y Francia tratan de imponer un cese de las hostilidades de 30 días en la Ghouta. Esos dos países no esconden su respaldo a la familia Alloush ni su hostilidad a la República Árabe Siria en general y a su presidente, Bachar al-Assad, en particular. El Reino Unido y Francia se negaron a asistir a la conferencia de paz de Sochi, donde estuvo representado más del 90% de los sirios –sin la familia Allush [4].
Como medio de solución de un conflicto, la guerra simplifica primeramente los problemas de forma extrema y divide a los hombres en dos bandos –nunca en tres–, contrariamente a lo que pretenden hacer creer los representantes del Reino Unido y Francia. Por desgracia, una guerra se hace matando la mayor cantidad posible de enemigos y tratando a la vez de matar la menor cantidad de partidarios propios, en la medida de lo posible. En todas las guerras, los contrincantes se ven obligados a sacrificar cierto número de sus propios seguidores, sin eso no sería una guerra sino una simple operación de policía.
Cuando la coalición occidental bombardeó la ciudad iraquí de Mosul, el año pasado, para liquidar a unos miles de yihadistas que allí quedaban, mató muchos más civiles que combatientes –entre 9 000 y 11 000 civiles, según las fuentes. Los medios de prensa occidentales saludaron con entusiasmo aquella victoria. Hoy, esos mismos medios occidentales difunden incansablemente las imágenes de dos niñas de la Ghouta en medio de los bombardeos. Ninguno se pregunta quiénes son los familiares de esas dos niñas, ni cómo aprendieron inglés. Ninguno piensa en los demás niños que mueren en Damasco bajo los obuses de los yihadistas. Todos imploran que cese la masacre.
La proclamación de un alto al fuego no tendría ninguna consecuencia práctica. Porque al-Qaeda estaría excluido de ese cese de hostilidades, además de que lo rechazaría. Y la Ghouta Oriental está únicamente bajo control de al-Qaeda.
En esas condiciones, lo que cabe preguntarse es por qué el Reino Unido y Francia promueven la idea de un alto al fuego irrealizable. ¿Por qué Londres y París se empeñan en dar un respiro a al-Qaeda, en detrimento de los civiles a los que oprime?
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Sala negó que Informe de Junta Médica sobre Fujimori sea válido, por Guillermo Olivera Díaz


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Sala negó que Informe de Junta Médica sobre Fujimori sea válido, por Guillermo Olivera Díaz

Guillermo Olivera Díaz,Red Voltaire

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Justicia apuesta por el derecho y no por el poder
Solo es procedente un derecho de gracia humanitario cuando se trata de un solicitante con “enfermedad no terminal grave”, en etapa “avanzada, progresiva, degenerativa e incurable”, y además que las “condiciones carcelarias” puedan colocar en grave riesgo su vida, salud e integridad. ¡No es el caso de Alberto Fujimori!
Por este añadido de “condiciones carcelarias” no existe derecho de gracia para procesados libres, tal como lo acaba de considerar y resolver la Sala Penal Nacional, Colegiado B, al declarar inaplicable el derecho de gracia concedido a Fujimori para el caso Pativilca, en cuyo proceso, calificado como crímenes de lesa humanidad, tiene increíblemente la calidad de reo libre, al estar con mandato de comparecencia simple.
Esta gracia humanitaria al “enfermo no terminal grave” se establece en el Artículo 31 del Reglamento de la Comisión de Gracias Presidenciales, vigente desde el 13-7-2010, aprobado por Resolución Ministerial N° 162-2010-JUS, tal como lo dispuso el Decreto Supremo 008-2010-JUS, de 22-6-2010, que dice así:
“6.4. Para el caso del indulto y derecho de gracia por razones humanitarias, la Comisión de Gracias Presidenciales efectuará la respectiva recomendación sólo en los siguientes casos:
a.- Los que padecen enfermedades terminales.
b.- Los que padecen enfermedades no terminales graves, que se encuentren en etapa avanzada, progresiva, degenerativa e incurable; y además que las condiciones carcelarias puedan colocar en grave riesgo su vida, salud e integridad.”
Los galenos que integren una Junta Médica Penitenciaria, tampoco los miembros de la Comisión de Gracias Presidenciales y el mismo presidente de la República, pueden inventar otro caso diferente. Las normas citadas rigen y no la discreción de nadie.
Obviamente, para establecer tales enfermedades no terminales graves son llamados los médicos que integren la Junta Médica Penitenciaria, bajo la competencia exclusiva y única de la Comisión de Gracias Presidenciales.
En el caso Fujimori, el Acta de la repentina Junta Médica Penitenciaria, de 17-12-2017, ampliada el 19-12-2017, es el único documento médico que pretendió sustentar el derecho de gracia concedido, sobre el cual hace el respectivo análisis valorativo y motivacional la Sala Penal Nacional, Colegiado B, en su Resolución de 9 de febrero último, negándole toda credibilidad y valor probatorio del tipo de enfermedad no terminal grave que la norma ha previsto para el indulto y el derecho de gracia.
He aquí lo que considera la Sala, para luego declarar que la gracia concedida no es aplicable al caso Pativilca. Este es el texto lapidario:
“Si bien en la resolución se señala los padecimientos médicos que sufre el solicitante del derecho, así se indica que el Acta de junta Médica Penitenciaria, de fecha 17 de diciembre de 2017, ampliada con fecha 19 de diciembre de 2017 que como diagnóstico del interno se tiene:
fibrilación auricular paroxística con riesgo moderado de tromboembolismo, hipertensión arterial crónica con crisis hipertensivas a repetición que han merecido atención de emergencia y evacuación, cardiopatía hipertensiva de grado leve – moderado, insuficiencia mitral, hipotiroidismo sub clínico, cáncer de lengua tipo carcinoma epidermoide medianamente invasivo intervenido quirúrgicamente hasta en seis oportunidades con riesgo de recidiva, trastorno depresivo en tratamiento farmacológico, hipertrofia benigna prostática grado II, insuficiencia periférica vascular y hernia lumbar de núcleo pulposo L2 – L3; por lo que, por el estado actual del paciente, dicha Junta Médica recomienda el indulto por razones humanitarias, sin embargo no se explica por lo menos meridianamente el tipo de enfermedades que padece el interno y su relación con las condiciones penitenciarias.
Tampoco se hace mayor argumentación sobre qué elementos se tuvieron en consideración y cuáles comprenderían en el caso en concreto cada uno de estos supuestos a saber:
1.- Padecer de una enfermedad no terminal grave (si bien señala cuál es, no señala porque se considera no terminal y porque es grave).
2.- Que se encuentre en etapa avanzada (dar razones justificativas porque se considera que se encuentra en dicha etapa), el porqué es considerada progresiva, cuales son los supuestos para considerarla degenerativa e incurable;
3.- Cuales son las condiciones carcelarias que puedan colocar en grave riesgo su vida, salud e integridad y que estas estén en relación con el padecimiento de salud del interno. (Lo cual, sin embargo se esboza de manera muy somera).
En otros términos, la Junta Médica Penitenciaria no señaló ni explicó nada de nada de lo que ordena la norma para conceder el derecho de gracia. Nada de las supuestas enfermedades “no terminales”, menos que ellas sean “graves”, “avanzadas”, “progresivas”, “degenerativas” e “incurables”. ¡No usan ninguno de estos vocablos!
Al contrario, hablan expresamente de fibrilación auricular de “riesgo moderado”, cardiopatía hipertensiva de “grado leve-moderado” y cáncer “medianamente invasivo”, en cuyos términos nada es grave, ni avanzado, menos degenerativo, progresivo e incurable.
Por estas razones, entre otras, la Sala concluye que el derecho de gracia concedido, no es humanitario, sobre base médica, por lo que asevera o concluye que “no produce efectos jurídicos” en el proceso Pativilca, el mismo que seguirá su curso, debiendo ser con mandato de detención en vez de comparecencia simple, al tratarse de crímenes de lesa humanidad, tal como lo ha calificado la Corte Suprema de Chile (al ampliar la extradición el reciente 5-6-2017), el juez penal que abre el proceso y el fiscal superior que acusa y pide 25 años de pena para Alberto Fujimori Fujimori.
Los crímenes de Barrios Altos (1991), La Cantuta (1992) y del caso Pativilca (29-1-1992), tienen la misma calificación jurídica de Lesa Humanidad, hecha por los fiscales y jueces que han intervenido, en forma unánime y en todas las instancias.
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