La instauración de la caridad privada, con vocación social y
aceptada como un valor innato de la gente, está contribuyendo al
apuntalamiento discursivo del final del Estado social y democrático de
derecho.
La “marca” España tiene su contraportada. Una lista negra de números
rojos. Son los números más vergonzantes que un Estado que alardea de
social pueda presentar. Quizás por eso se obvian, se maquillan, se
ignoran o incluso se banalizan. Pero están ahí. Son los números de la
pobreza, la exclusión, el paro, la tasa de protección por desempleo, la
pobreza infantil o la calidad de sus Servicios Sociales. Estos números
bailan al compás de una crisis que se iniciara en 2008 y cuyo final
algunos certifican, mientras otros, los muchos, continúan padeciendo. Y
son esos números los que desafían los discursos hegemónicos de la clase
política gobernante y el establishment mediático.
En España malviven 10,2 millones de personas con una renta por debajo del umbral de la pobreza.
Eso representa una tasa de pobreza del 22,3%.
Solo Rumania y Bulgaria son más pobres. Por eso España padece una
epidemia de paro que llega al 18,9%. Casi tres millones de personas en
este reino viven con 11,4 euros al día. Como en Angola y Bielorrusia.
Más del 60% de la población española tiene dificultades para llegar a
fin de mes y solo el 54% de quienes se apuntan al paro perciben algún
tipo de ingreso por desempleo.
La renta del empleo en España empeora, es decir se trabaja más desde
el 2012, de hecho, los beneficios empresariales se han disparado desde
entonces hasta el 200,7%, pero el coste salarial apenas ha aumentado un
0,6%. Y las mujeres se llevan la peor parte ya que suponen el 58% de las
personas que se encuentran en situación de vulnerabilidad. Y es que
siete de cada diez personas que reciben los salarios más bajos son
mujeres. Ellas cobran hasta un 14% menos que los hombres. Y también la
juventud que logra acceder a un empleo comprueba como su sueldo anual es
un 33% inferior respecto al de 2008.
Estos datos, por si solos, no dicen nada. Se han banalizado. Pero son
arte y parte de una estrategia, de una gobernanza y de una política
austericida iniciada en 2008 que se activó como consecuencia de una
crisis mundial autogenerada con la intención de inaugurar una nueva
manera de gobernar y gestionar el mundo.
EL DISCURSO NEOLIBERAL DE LA POBREZA
Ser pobre hoy tiene un alto precio personal que se paga muy caro en
el mercado del estigma asignado. Ser precario o precaria, trabajadora
pobre o excluido del circuito del consumo y la normalización social, no
es solo una situación vivida y padecida, es también una realidad
interpretada y etiquetada por el poder que se encarga de diseñar
dispositivos ideológicos y argumentales para hacer digerible y amable el
discurso en torno a la pobreza y la exclusión.
Y es que no solo la crisis ha cambiado o remodulado el discurso sobre
la pobreza, el desempleo, la precariedad o la exclusión social. No solo
han cambiado sus ecos y sus resonancias sociales. También el discurso
político y económico, que justifica la crisis y la reproduce, ha creado
un nuevo sujeto social perfectamente adaptado a esta nueva situación. Un
sujeto que, además de padecer una grave crisis de individualidad, ahora
se autoinculpa de su situación personal y social. Ahora este sujeto
tiene una noción de sí mismo y de su experiencia vital moralmente
reprochable. Obsérvese al desempleado o el cliente de los servicios
sociales que acude a éstos para solicitar un subsidio o prestación
económica. No solo evidencia una situación de precariedad o exclusión
social, consecuencia de una estructura social desigual que raramente es
observada o identificada por los profesionales que le atienden,
incorpora además un juicio moral sobre sí mismo y así es evaluado.
La crisis económica ha agudizado la individualización de las
conductas hasta el paroxismo, pero no como un profiláctico ante la misma
al estilo del sálvese quien pueda, que también, sino como herramienta
del poder. Y esto tiene que ver con el concepto denominado “gobierno de
las voluntades” que vendría a ser algo así como las prácticas y los
discursos centrados en el control de las conductas y los pensamientos de
la gente con el objeto de conseguir que la propia ocupación y la propia
manera de estar en el mundo y enfrentar la realidad, por dura que sea,
refuerce el control del Estado, exculpe a éste de toda responsabilidad y
justifique la inviabilidad natural de alterar el orden de las cosas. Y
es que como bien recuerda Mark Fisher, la narrativa terapéutica de la
autorresponsabilidad heroica es el ultimo recurso personal en un mundo
que en el que las instituciones ya no garantizan seguridad alguna.
POLÍTICAS SOCIALES Y NEOLIBERALISMO: DE LA PROTECCIÓN AL CASTIGO
Dos grandes teóricos europeos nos ayudan a interpretar estas derivas,
a encontrarle sentido a esta nueva gobernanza y autogobernanza ante la
adversidad. Por un lado, Loïc Wacquant con su obra
Castigar a los pobres incide
en un nuevo gobierno de inseguridad social encaminado a modificar los
desajustes sociales provocados por la desregularización de la crisis
económica y la reconversión del bienestar. Por otro lado, Maurizio
Lazzarato en su obra
La fabrica del hombre endeudado, reclama que
“la deuda sirve para disciplinar a las personas, pues no se trata sólo
de un problema contable, sino que tiene una dimensión más profunda, en
la que convergen elementos morales, políticos y estratégicos”.
Y es que el neoliberalismo no es solo una ideología aséptica o un
sistema segregatorio de acumulación del capital; es más. Es una
herramienta de dominación y de autodominación personal y social. Porque
el actual capitalismo es una picadora de carne que no sería nada sin
nuestra activa colaboración. Y para ello se han articulado estrategias
que transversalizan todos los sistemas sociales, económicos, culturales o
políticos. Nos detendremos en los sistemas de protección social. Y es
que desde hace tiempo las políticas públicas patologizan e
individualizan aquellas biografías, itinerarios o sucesos que escapan a
los procesos de normativización y normalización social. El sistema de
salud o el sistema de los servicios sociales victimizan los procesos
personales haciendo creer al sujeto que él es el culpable de su
situación. Reconversiones, paro de larga intensidad, precariedad
laboral, exclusión social, pobreza endémica, divorcios, estrés,
ansiedad, se envuelven en nuevas categorías gnoseológicas que explican
los nuevos problemas sociales, problemas por otra parte absolutamente
despolitizados en su origen, análisis y significado.
Por ejemplo, los Servicios Sociales han inventado herramientas de
normativización social como la Búsqueda Activa de Empleo, los acuerdos
de incorporación, el itinerario de inserción y otras lindezas
técnico-burocráticas, descontextualizadas de la realidad social en las
que los sujetos patologizados, victimizados y desautorizados se ven
obligados a desprenderse de su protagonismo histórico. Ya no interesan
las causas que han generado esas biografías de la pobreza, el abandono o
la desesperación, como si los sujetos hubiesen elegido su propia
miseria. Nada se opina sobre las condiciones y relaciones laborales,
sociales, familiares, patriarcales, sexistas o de dominación. Nada sobre
la inseguridad, las infraviviendas, los salarios parciales, los
talleres ilegales y las múltiples formas de explotación invisible. Nada.
Como si solo nos interesara asistencializar a quienes van a la deriva, a
quienes no asimilan su naufragio voluntario.
GESTIÓN DE LA POBREZA: LA REDENCIÓN DEL POBRE
Mientras la clase corrupta sale inmune de sus tropelías, los pobres
se ven obligados a sentarse a diario ante el tribunal del Santo Estigma.
Y no es una exageración. Una especie de culpabilización colectiva les
obliga a rendir cuentas por su propia pobreza. A ser investigados por
cobrar —los que cobran— por percibir las ayudas que reciben: paro,
subsidios de todo tipo y rentas garantizadas o rentas de inserción. A
decir donde están, donde viven, con quien, donde están empadronados, si
viajan o no, si salen del país o no, si se casan, se juntan o si les
toca la lotería. En definitiva, un control de la propia subjetividad que
ya anunciara Foucault el siglo pasado. Y es que la pobreza también
tiene su propia gestión neoliberal. Una gestión que recorre de forma
transversal casi todos los dispositivos de los sistemas de protección
social, especialmente los sistemas de Empleo y Servicios Sociales.
Porque es aquí, en la cola del paro, en la ventanilla del desempleo o
en las oficinas de los Servicios Sociales y en sus dispositivos de
acompañamiento, acogida, orientación y prestación de ayudas económicas
donde se han implementado dinámicas neoliberales de atención y control
de la ciudadanía. Control que se realiza a través de herramientas
educativas, de acompañamiento o enmarcadas en las denominadas políticas
de activación y la autogobernanza amparada por el falso mito de la
autonomía personal o la ilusoria empleabilidad. Muchos trabajadores
pobres, precarios y precarias, subsidiados y desempleadas recorren las
oficinas del SEPE y cuando no reciben ayuda aquí —1,2 millones de
parados no perciben ninguna prestación— acaban en los Servicios Sociales
demandando Renta Garantizada. Y es que uno de los principales
dispositivos de lucha contra la exclusión social son los programas de
Rentas Mínimas de Inserción cuyos destinatarios son personas con
ingresos por debajo del umbral de la pobreza, trabajadores y
trabajadoras pobres.
Estos programas contienen dos elementos: un ingreso económico mensual
que varía en función de cada comunidad autónoma y un Itinerario
Personalizado de Incorporación Social, título rumboso donde los haya
para denominar un contrato entre la administración pública y la persona
beneficiaria donde se pactan una serie de acciones para favorecer la
supuesta inserción social a cambio de la prestación recibida. Y en estas
prácticas es donde las tecnologías del yo hacen su aparición en forma
de herramientas de control y dinamización neoliberal basadas en la
pedagogía del déficit. Y es que ahora ese sujeto intervenido es
considerado huérfano de habilidades, actitudes, aptitudes o capacidades
socio personales para enfrentarse a la adversidad de su existencia. Y
así nos inventamos, al amparo de directrices europeas, una serie de
dinámicas que intercambiamos desde los servicios de empleo y servicios
sociales con la ciudadanía más precaria. Pero nada de hablar de la
estructura económica que ha generado esa desigualdad y esa exclusión del
empleo. De lo que se trata es de activar herramientas que
autorresponsabilicen al sujeto, que asuma su propio desclasamiento
interior y lo reactive a través de tecnologías redentoras.
La formación se configura, así como un mito, un estadio al que
llegar. Sin formación no hay paraíso, aunque el paraíso ya no exista. Y
es que en los distintos programas de activación para el empleo
destinados a la población desempleada y a la población que está
protocolizada y monitorizada por los Servicios Sociales, la formación
actúa como motor de cambio. Y esto es lo que se vende a los pobres y
desempleados como productos de salvación: cursos de formación pre
laboral, de formación profesional, cursos para elaborar un currículum o
cómo abordar una entrevista de trabajo, aunque sea precario, o la
búsqueda activa de empleo, como si los sujetos estuvieran infantilizados
para tal fin, o de habilidades sociales, personales y actitudinales. O
incluso para mejorar la autoestima, cuando la autoestima no se mejora si
no es con un empleo digno y una resocialización igualitaria, o de
habilidades sociales, como si una no las hubiera demostrado antes para
soportar esa pobreza o precariedad que padece. Y el colmo es la oferta
de los cursos de inteligencia emocional entendidos como recurso
reparador y redentor de nuestra situación, como si los culpables del
desempleo fueran fuerzas internas que haya que gestionar emocionalmente
pero no políticamente.
SOBREDOSIS DE SOLIDARIDAD SOCIAL QUE NO REPARA EL DÉFICIT DE IGUALDAD
Y es que frente al descalabro de los sistemas públicos de protección
social, frente a la saña de los recortes en los principales seguros
vitales que nos han proporcionado más o menos seguridad ante la
adversidad, frente al acoso y derribo de lo público como estructura de
protección; no pocos colectivos civiles y religiosos, oenegés, entidades
privadas de solidaridad con y sin ánimo de lucro y grupos ciudadanos de
variada tipología, han izado la bandera de la desigualdad y la pobreza
como formas de solidaridad redencionista. Numerosas iniciativas sociales
y de apoyo mutuo tratan de salvar a la gente de los desahucios, de la
pobreza, del frío, del hambre, de los cortes de agua y luz, de la
precariedad y de carencia de las necesidades más básicas. Prácticas
todas ellas loables, de reconocida solvencia solidaria, de gran
reconocimiento social, pero que sigilosamente se formalizan como
desplazamientos de las formas de distribución garantistas procedentes de
los sistemas públicos. Como si los sistemas públicos, invisibilizados y
descapitalizados por no decir despolitizados, fueran incapaces de
abordar este socavón social creado por la crisis. Y esto tiene efectos
secundarios de obligada lectura.
Los medios de comunicación al servicio de la ideología neoliberal
dominante están fabricando un discurso tras el cual ese tercer sector de
carácter benéfico es presentado como el único actor posible para
responder a las situaciones de emergencia, pobreza y precariedad
generalizada. Y eso provoca, no ya una desconfianza en los sistemas
públicos, ultrajados como ineficaces por la ideología ultra neoliberal,
sino algo mucho peor: su retirada simbólica del imaginario colectivo
como sistemas correctores de las desigualdades. De ahí a aceptar la
caridad bien entendida y la beneficencia intensiva como únicas
posibilidades para salir de la ciénaga vital, va solamente un paso: la
aceptación merecida de la perdida de ciudadanía reconvertida ahora en un
sucedáneo de ciudadanía premiada con prestaciones graciables.
Pero la cuestión de fondo es cómo esa ingente sobredosis e inflación
de solidaridad horizontal entre iguales, se está convirtiendo, por
acción u omisión de los sistemas públicos de protección ultrajados y
descapitalizados, en la estrategia dirigida e invisibilizada de la nueva
gestión neoliberal de la pobreza. Porque esta instauración de la
caridad privada, la que nos sale del alma, con vocación social y
aceptada como un valor innato de la gente a pie de obra y voluntarios de
todo tipo y condición, está contribuyendo al apuntalamiento discursivo
del final del estado social y democrático de derecho. Porque esa caridad
bien entendida rompe, a sabiendas o no, con el principio de igualdad
vital en democracia social. Cuesta decirlo, pero en esto también, como
dice Marta Sanz, los que sin creer que forman parte del discurso
dominante, cada día lo apuntalan más.
El Salto