miércoles, 12 de febrero de 2020

Unidad y diferencias en las insurrecciones de Francia y Chile


kaosenlared.net

Unidad y diferencias en las insurrecciones de Francia y Chile

 

 

Por Raoul Vaneigem

Por Raoul Vaneigem
Francia ha ocupado y sigue ocupando un lugar especial en el imaginario colectivo de las revoluciones. Es el país donde por primera vez en la historia una revolución ha roto el inmovilismo y el oscurantismo que imponía el predominio de una economía basada esencialmente en la agricultura. Su victoria no significó el triunfo de la libertad, sólo marcó la victoria de una economía de libre comercio que, muy pronto, sofocó las aspiraciones a una verdadera libertad.
La verdadera libertad es la libertad vivida. Los filósofos de la Ilustración se habían dado cuenta de ello. Los Diderot, d’Holbach, Rousseau, Voltaire habían grabado esa evidencia en la memoria universal, y antes de ellos los principales pensadores del Renacimiento, Montaigne, La Boétie, Rabelais, Castellion (a quien se debe la frase «matar a un hombre no es defender una doctrina, es matar a un hombre»).
Aunque está presente en muchos países de Europa, la lucha por la libertad reviste en Francia una agudeza singular. Desde los siglos XI y XII las insurrecciones comunalistas se multiplican y se intensifican. Su objetivo es liberar a las ciudades de la tiranía de la clase aristocrática, cuyos ingresos provienen principalmente de los campesinos, de los siervos que trabajan sus tierras. Los nobles no tienen la intención de dejar escapar a su dominio a estos «municipios» que generan nuevas fuentes de ingresos. Artesanos, comerciantes, tejedores, pequeños productores son el fermento de un capitalismo naciente. Se enfrentan a la nobleza y al régimen feudal que obstaculizan su expansión.
Un rumor esparce su rastro de pólvora: «El aire de las ciudades nos hace libres. » Contribuirá a identificar a esta burguesía, cuyo nombre está tomado de burgo (ciudad), con un ideal de libertad, que es de hecho su ideología. Porque rápidamente resulta que esta burguesía ejerce a su vez una opresión sobre la clase de los trabajadores que explota despiadadamente, como atestigua el Lamento de las tejedoras de seda de Chrétien de Troyes (1135-1190).
Aunque la burguesía sigue creciendo en poder y oprimiendo a las clases trabajadoras, su lucha contra la arrogancia aristocrática mantiene — de buen grado o no — un espíritu de subversión y de reivindicación que perfora con temibles golpes el caparazón y las murallas del régimen de derecho divino, haciendo vacilar la ciudadela del poder aristocrático. Esto explica el carácter contradictorio de la revolución francesa de 1789: por una parte, el formidable auge de una libertad que se revela como el verdadero devenir de la humanidad; por otra parte, la terrible mistificación que consiste en reducir la libertad a la libre circulación de mercancías y personas, tratadas indistintamente como mercancías.
Después de decapitar a la monarquía de derecho divino, el libre comercio instaura una monarquía del lucro, aún más inhumana que el despotismo feudal. Girondines y jacobinos abren el camino a una forma de monarquismo desacralizado, a un bonapartismo en el que el progreso de la industrialización exige la esclavitud de la mayoría. En su línea se inscriben los dos regímenes que mejor ilustran la barbarie de nuestra historia: el nazismo, donde el hombre se convierte en puro objeto; el bolchevismo, donde, en nombre de la emancipación del hombre, el sueño comunista se convierte en pesadilla.
Entre la fascinación de estos dos extremos, el ideal político occidental perpetuó una forma edulcorada de jacobinismo que las conquistas de Napoleón habían implantado en toda Europa. Es una mezcla de burocracia tentacular y de teatro ciudadano donde progresismo y conservadurismo son objeto de una puesta en escena refinada al gusto del día. El pueblo insurgente ha de saber que si interrumpe el espectáculo entrando en él, sólo tendrá sitio como cadáver.
Ni dictadura absoluta ni expresión de la voluntad del pueblo, la rapacidad financiera ha engendrado un totalitarismo democrático.
Con la excepción de un gobierno efímero del pueblo por el pueblo, que la Comuna de París había intentado promover, el capitalismo nunca aflojó su control, sólo modernizó su dominio. Las luchas sociales han sido lo suficientemente eficaces para que los administradores de las ganancias arrojen algunas limosnas a los rebeldes pero insuficientes para que la amenaza de una erradicación total los haga temblar.
Al mismo tiempo que Robespierre hacía decapitar a Olympes de Gouges, que luchaba por los derechos de la mujer, la Revolución Francesa había promulgado en su famosa Declaración una versión formal de los Derechos humanos. El hecho de que estos derechos hayan sido y sigan siendo violados por la mayoría de los gobiernos les ha dado un espíritu de subversión que el Estado se ha apresurado en edulcorar e institucionalizar.
En la guerrilla llevada a cabo en Francia contra la ocupación nazi y sus numerosos colaboradores se constituye el Consejo de la Resistencia. Es el organismo encargado de dirigir y coordinar los diferentes movimientos insurgentes, incluidas todas las tendencias políticas. El Consejo está integrado por representantes de la prensa, los sindicatos y los partidos hostiles al gobierno de Vichy desde mediados de 1943. Su programa, adoptado en marzo de 1944, prevé un «plan de acción inmediato» (es decir, acciones de resistencia), pero incluye también una lista de reformas sociales y económicas que deben aplicarse tras la liberación del territorio.
No hay que engañarse. Estas reformas tienen por objeto evitar una conflagración revolucionaria, que es posible gracias al armamento de las facciones sediciosas. El Partido Comunista Francés se esforzó en romper las veleidades revolucionarias del pueblo armado y le entregará, para apaciguarlo, un conjunto de ventajas que se inscriben en la línea de la res publica surgida de la Primera República francesa. Esto constituyó para los franceses un «bien público» destinado a mejorar la existencia del mayor número posible de personas.
Estas medidas en materia de salud, de ayuda a la familia, de subsidios de desempleo, de protección de los trabajadores, de alimentación de calidad, de enseñanza para todas y todos, fueron adoptadas muy rápidamente por la mayoría de los países europeos. No existen ni en Chile ni en la mayor parte del mundo. Lo absurdo es que el Gobierno francés actual ve en esa ausencia, en ese vacío humanitario, un modelo a imitar, un objetivo a alcanzar, obedeciendo a las leyes mundiales del lucro.
Liquida los bienes sociales para revenderlos a los intereses privados, arruina los hospitales públicos, suprime los trenes, las escuelas, apoya la industria agroalimentaria que envenena los alimentos, desprecia a los ciudadanos imponiéndoles sus nocividades energéticas y burocráticas, incita a consumir más y más mientras aumenta el empobrecimiento. Sobre todo, aniquila las ganas y la alegría de vivir bajo el manto de una triste desesperación. El lucro marca en todas partes el ritmo macabro de una muerte rentabilizada.
Una respuesta inesperada vino espontáneamente tanto de Chile como de Francia. Es ahora un mismo pueblo que, más allá de las particularidades de la evolución histórica, se enfrenta a los mismos problemas, a las mismas cuestiones. Por lo demás, estos interrogantes que plantean la resistencia y la autoorganización insurreccionales, ¿acaso no se oyen propagarse por el mundo e interesar a los países más diversos?
En todas partes el pueblo toma conciencia de la vida que lleva en sí y de la muerte a la que lo condena el Estado, «el más frío de los monstruos fríos».
Mi percepción del movimiento de los Chalecos amarillos en Francia es una opinión personal. Es sólo un testimonio del que mi entusiasmo personal se ha apoderado. ¿Por qué? Porque no hay un día en el que, desde mi adolescencia, no haya aspirado a un cambio tan radical en el orden de las cosas. Cada una y cada uno es libre de buscar ente mis ideas para aprovechar lo que consideren pertinente y rechazar lo que no les conviene.
La aparición del movimiento informal y espontáneo de los Chalecos amarillos marcó el despertar de una conciencia a la vez social y existencial que no había salido de su letargo desde los acontecimientos de Mayo de 1968.
A pesar de haber fracasado en la ejecución del proyecto de autogestión de la vida cotidiana, la tendencia más radical del Movimiento de Ocupaciones de Mayo de 1968 podía sin embargo orgullecerse de haber contribuido a un auténtico cambio en las mentalidades y en los comportamientos. Una toma de conciencia, cuyos efectos apenas comienzan a concretarse hoy, ha marcado en la historia de la humanidad un punto de no retorno. Ha creado una situación que, a pesar de regresiones episódicas, no volverá nunca atrás; los hombres todavía no lo aceptan del todo, pero no hay una sola mujer que no esté convencida de ello.
El silencio de plomo conscientemente mantenido exige repetir incansablemente una verdad que el martillo de la mentira no rompe. La denuncia, por parte de los situacionistas, del estado de bienestar — del estado de bienestar consumista, de la felicidad vendida a temperamento — ha asestado un golpe mortal a virtudes y comportamientos impuestos desde milenios y que pasan por verdades inquebrantables : el poder jerárquico, el respeto a la autoridad, el patriarcado, el miedo y el desprecio a la mujer y a la naturaleza, la veneración al ejército, la obediencia religiosa e ideológica, la competencia, la competición, la depredación, el sacrificio, la necesidad del trabajo. Entonces surgió la idea de que la vida auténtica no podía confundirse con la supervivencia que reduce el destino de la mujer y del hombre al de una bestia de carga y una bestia de presa.
Esta radicalidad, se pensó que había desaparecido, barrida por las rivalidades internas, las luchas de poder, el sectarismo contestatario; se vio sofocada por el gobierno y por el Partido comunista, cuya última victoria fue esa, la de sofocar la rebelión. Sobre todo, la rebeldía fue devorada por la potente ola del consumismo triunfante, ese mismo consumismo que se está apagando ante la creciente pauperización.
Es necesario rendirle justicia a la colonización consumista: ha popularizado la desacralización de los valores antiguos más rápidamente que décadas de libre pensamiento. La farsa de una liberación, preconizada por el hedonismo de los supermercados, propagaba una abundancia y una diversidad de productos y de opciones que sólo tenían un inconveniente: el de pagar a la salida. De ahí nació un modelo de democracia en el que las ideologías se desvanecían en beneficio de candidatos cuya campaña promocional se llevaba a cabo con las técnicas publicitarias más eficientes. El clientelismo y el atractivo mórbido del poder terminaron por arruinar un pensamiento del que los gobiernos más recientes no temen en exhibir su aterradora decadencia.
¿En qué punto nos encontramos hoy? Francia nunca ha conocido un movimiento insurreccional tan persistente, tan innovador y tan festivo. Nunca se ha visto a tantas personas deshacerse de su individualismo, pasar por alto sus opciones religiosas, ideológicas, de carácter, rechazar a los jefes y a los dirigentes autoproclamados, rechazar el poder de los aparatos sindicales y políticos. Es un placer escuchar al Estado lamentar que los Chalecos amarillos no tengan responsables que puedan ser tomados por las orejas como conejos. El pueblo no lo ha olvidado: cada vez que una organización ha pretendido dirigir sus intereses, lo ha atrapado, lo ha engañado y lo ha aniquilado.
Las reivindicaciones corporativas han generado una ira que se ha generalizado porque, más allá de la barbarie represiva, del desprecio, de la provocación de un gobierno de estafadores, hacia lo que apuntan los Chalecos amarillos no es otra cosa que al sistema mundial que en nombre del beneficio saquea la vida y el planeta.
En la calle desfilan juntos conductores de tren, de autobús y de metro, abogados, basureros, bailarines de ópera, estudiantes, profesores, investigadores, forenses, una pequeña fracción de policías que rechazan la función de asesinos que sus jefes les asignan, los trabajadores de los sectores «gas y electricidad», los funcionarios encargados de los impuestos y las pequeñas y medianas empresas presa de la rapacidad de Hacienda, los bomberos, muy a menudo en primera línea en los enfrentamientos con los policías, los empleados de Radio France, el personal de los hospitales, donde los ahorros presupuestarios asesinan a pacientes demasiado pobres para pagar el hospital privado.
Vecinos que nunca se habían hablado se descubren redescubriendo la solidaridad. Al igual que en las operaciones de resistencia contra el nazismo, se asiste a un acoso sistemático de los «colaboradores». Los ministros, los notables y sus secuaces no abandonan sus guaridas sin correr el riesgo de sucumbir no bajo el fuego de armas mortíferas sino bajo los tomates del ridículo, de la burla y del humor corrosivo.
Se está produciendo una mutación en las insurrecciones nacionales e internacionales. A la fase de ira ciega, que se enfrenta directamente a la intransigencia del poder y de sus fuerzas armadas, debe suceder ahora una fase de ira lúcida capaz de socavar al Estado a la base. Se trata ahora de sustituir la legitimidad de la voluntad popular por la autoridad que el Estado usurpó por farsa electoral. Un Estado que hoy no es más que el instrumento de los intereses privados gestionados por las multinacionales.
Estamos presenciando un cambio de perspectiva formidable. La libertad finalmente devuelta a su autenticidad ha decidido aniquilar la economía de libre comercio, el cual se había inspirado antiguamente de ella de forma involuntaria y formal antes de estrangularla bajo el creciente peso de su tiranía económica. Es la venganza de la libertad vivida sobre las libertades del lucro.
La tierra de la que reivindicamos el libre disfrute no es una abstracción, no es una representación mítica. Es el lugar de nuestra existencia, es el pueblo, el barrio, la ciudad, la región donde luchamos contra un sistema económico y social que nos impide vivir en ella. Puesto que no tenemos nada más que esperar de las instancias estatales que la mentira y la porra, nos corresponde ahora «hacer nuestros asuntos» deshaciéndonos del mundo de los negocios.
Nos corresponde a nosotros sentar las bases sociales y existenciales de una sociedad que rompa el yugo de la destrucción rentabilizada. Tenemos la responsabilidad de invertir nuestra rabia y nuestra creatividad en comunas donde nuestra existencia se reinventa al calor de la generosidad y la solidaridad humanas. ¡No importa si se comete algún que otro error ! Es una tarea a largo plazo federar internacionalmente a un gran número de pequeñas comunidades que tengan la ventaja incomparable de actuar directamente en el entorno en el que están implantadas.
Dejemos de abordar nuestros problemas desde arriba. De las cumbres de la abstracción, sólo se vierten cifras que nos deshumanizan, nos transforman en objetos, nos reducen a mercancía. La política de masas siempre crea un caos que apela a la Orden Negra de la Muerte. Impidamos que el cielo de las ideas sea la negación de nuestras realidades vividas.
La verdad hace oír por doquier el canto de la vida. La dimensión humana es una calidad, no una cantidad. El individuo se convierte en colectivo cuando la poesía de uno solo irradia para todos.
Nuestro bien público es la tierra. Es nuestra verdadera patria y estamos decididos a expulsar a los invasores mercantiles que la mutilan, troceándola en cuotas de mercado. Nuestra libertad es una e indivisible.
Raoul Vaneigem
30 de enero de 2020
Traducido por: José Rupérez
Fuente (original en francés): La voie du jaguar

La confluencia entre el progresismo y el catalanismo


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La confluencia entre el progresismo y el catalanismo

 

 

Carlos Barrio

Si en España la presidencia de una comunidad autónoma la detentara un representante de un partido anarcocapitalista que defendiera que los impuestos en poco o en nada se diferencian de una extorsión mafiosa, probablemente nuestro presidente del gobierno Pedro Sánchez volvería a recuperar su fe en el Estado de derecho. No dudaría nuestro presidente en considerar que un político que renunciara a aplicar el tramo autonómico del IRPF o a recaudar impuestos autonómicos sería un peligro para el Estado de derecho. Posiblemente Pedro Sánchez afirmaría que ningún político puede sustraerse al imperio de la ley y que cualquier político, independientemente del número de votos que lo respaldasen, debería ajustar su acción política al ordenamiento jurídico vigente. Sin embargo, cuando el que infringe descaradamente la ley, y dice hacerlo en virtud de un mandato democrático como en el caso del presidente Quim Torra, es un “catalanista”, la ley deja de ser la expresión de la voluntad general, como afirmara Rousseau, para convertirse en un obstáculo que hace imposible la acción política.
Esta hipotética doble vara de medir, no tan hipotética pues el actual gobierno parece tener fijación con los gobiernos autonómicos que tienen la mala costumbre de bajar impuestos, sólo se explica por el particular idilio que tiene buena parte de nuestra izquierda histórica, y buena parte de la derecha, con el llamado catalanismo político.
Las ideas anarcocapitalistas basadas en la reverencia absoluta a la propiedad privada y al principio de no agresión y que se traducen en una defensa de la gestión privada de multitud de servicios que tradicionalmente viene prestando el Estado (seguridad, defensa, justicia, educación…) son vistas como mucha más desconfianza por parte del establishment progresista, que las tilda sin ambages de “genocidas”, que los fundamentos antropológicos del catalanismo político. Ambos planteamientos, el anarcocapitalista y el catalanista, absolutizan una idea y la convierten en el fundamento único e incuestionable de su acción política: ya sea el culto a la nación étnica y milenaria catalana por parte del catalanismo, ya sea la fobia al Estado por parte del llamado anarcocapitalismo, que ve en éste una suerte de deus mortalis hobbesiano siempre dispuesto a vulnerar los derechos naturales del individuo, como ocurre en los planteamientos de Murray Rothbard.
Tanto el progresismo como el catalanismo comparten la misma fijación con la idea de España. Para ambas ideologías, España es un fracaso político colectivo, una especie de atavismo histórico que mantiene a la sociedad ibérica en una suerte de atraso con respecto a Europa
Que el anarcocapitalismo o incluso el liberalismo puro ejerza una especie de repulsión automática en buena parte de la izquierda española tiene su lógica, la cual se conecta con la visión organicista de la sociedad y la insoportable tendencia que tiene cierto progresismo a intentar planificar y regular cada aspecto de la vida del individuo, al que se considera incapaz de autogestionar su propia existencia y los riesgos vitales que ésta lleva asociados.
Sin embargo, el progresismo coincide curiosamente con el catalanismo precisamente en esa obsesiva tendencia hacia la ingeniería social que ambos comparten. Tanto el catalanismo como el progresismo buscan edificar una sociedad nueva, moldeada a partir de una idea fuerza, ya sea la de nación homogénea o la idea de progreso.
En el caso español en concreto, tanto el progresismo como el catalanismo comparten la misma fijación con la idea de España. Para ambas ideologías, España es un fracaso político colectivo, una especie de atavismo histórico que mantiene a la sociedad ibérica en una suerte de atraso con respecto a Europa, que se convierte en una suerte de hipostatización de la idea de modernidad y progreso. No es casual que el progresismo hispano, ya sea en sus versiones federalizantes (Pi y Margall), socialistas o republicanas, haya coincidido en su diagnóstico: la necesidad de demoler la España históricamente heredada, atrasada, católica y demasiado castellana, para construir una nueva identidad ibérica que aglutine a los diversos pueblos ibéricos en un nueva confederación cuyo única argamasa sea una cierta noción de progreso que diluya la identidad común forjada a través de los siglos.
Si hay un personaje en el que confluyen estas dos tradiciones, la llamada progresista y el catalanismo político, ese es Francesc Macià (1859-1933). Personaje clave en la vinculación del catalanismo político con la tradición antiespañola de izquierdas. El barcelonés, inicialmente un oficial del ejército español durante la llamada restauración, evolucionó desde posiciones liberales, que tenían como modelo al general Juan Prim (1815-1870), hacia el catalanismo moderado de la llamada solidaridad nacional, una coalición de diversos elementos del catalanismo cultural y político que, a principios del siglo XX, se movilizaron electoralmente contra la llamada ley de jurisdicciones, la cual establecía la competencia de los tribunales militares para enjuiciar ciertas injurias contra el ejército que se venían gestando desde diversas publicaciones vinculadas al catalanismo político.
Macià, tras abandonar el ejército y desempeñarse como parlamentario en cortes, acabó desengañado con el llamado catalanismo moderado de Cambó y su Lliga regionalista, abrazó el independentismo y formó su propio partido político, Estatat Catalá, uno de los partidos que acabaría confluyendo en la formación de la Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) a comienzos de los años 30. A su partido debemos la generalización del uso de la llamada estelada, bandera independentista creada a comienzos del siglo XX por el activista del nacionalismo catalán Albert Ballester a partir del modelo usado por los cubanos en su insurrección contra la metrópoli, y sobre todo la búsqueda de confluencias y alianzas estratégicas con fuerzas antiespañolas de izquierdas. La tendencia natural de ERC hacia el pactismo con fuerzas progresistas antiespañolas está en el propio ADN de la organización política y tiene su origen en los denodados esfuerzos de Macià por encontrar aliados para la causa independentista catalana, ya fuera en las propias fronteras o incluso más allá, llegando incluso a coquetear con el fascismo italiano o los bolcheviques.
Ya en Macià encontramos la pretensión del catalanismo de intentar desbordar la legalidad vigente aprovechando la debilidad coyuntural del sistema político español. Macià fue el promotor de al menos dos de los desafíos a la legalidad española acometidos por el nacionalismo catalán en la contemporaneidad.
En 1926, durante la dictadura del general Primo de Rivera, Macià, hoy reverenciado como el padre del catalanismo progresista democrático, urdió un plan para proceder a una invasión de Catalunya desde Francia, el famoso complot de Prats de Molló cuyo objetivo último no era otro que declarar la ya entonces muy deseada República catalana. Gracias a la traición a última hora del nieto de Garibaldi, vinculado al fascismo italiano, las autoridades españolas conocieron el plan del militar retirado y pudieron desarticular el intento golpista. Maciá aprovechó el juicio al que fue sometido en Francia para intentar internacionalizar el conflicto, algo que consiguió en buena medida. Como pueden apreciar los lectores, el catalanismo insiste una y otra vez en los mismos métodos para intentar conseguir los mismos resultados. Lamentablemente nuestros políticos, bastante desconocedores de la historia como magister vitae, tampoco parecen extraer lecciones provechosas de nuestra historia.
Todavía tendría Macià la ocasión de volver a intentar lograr la proclamación de la república catalana aprovechando el desconcierto de los primeros días durante el advenimiento de la II República española, un periodo especialmente convulso de nuestra historia y que sigue ejerciendo una especie de influjo hipnótico en buena parte de nuestra clase política de izquierdas.
La declaración de la república catalana por parte de Macià el 14 de abril de 1931, con la ayuda inestimable de los sectores más recalcitrantes del carlismo en Cataluña, creó un grave problema a la recién nacida república que había hecho del autonomismo, como solución al problema catalán, una de sus más conocidas proclamas. Tan sólo ese pacto entre élites progresistas y ERC evitó una situación dramática como la que se vivió en Barcelona en 1934, con el tercer ataque a la legalidad española vinculado a ERC, partido que se permite ahora el lujo de catalogar como golpistas a formaciones políticas que no tienen un pasado tan convulso como el suyo.
No debe atribuirse esa ignominiosa reunión de Pedro Sánchez con Quim Torra tanto a la tendencia acusada de nuestro presidente a intentar permanecer en el poder a toda costa, como si Pedro Sánchez fuera una especie de adicto a la erótica del poder, cuanto a la natural confluencia entre el progresismo que no cree en España como proyecto y el llamado catalanismo, algo que ya ha sucedido varias veces a lo largo de nuestra historia.
Foto: Josep Maria Vicens Purgimon

La izquierda y la derecha existen


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La izquierda y la derecha existen 

 

José Carlos Rodríguez

¿Qué es la izquierda? Y ¿qué es la derecha? ¿Debemos responder las dos preguntas por separado, o nos vale con despejar una de ellas para que la otra se responda como un corolario? Y, sobre todo, además de resolver una cuestión terminológica, ¿tiene alguna importancia cuál sea la respuesta?
En principio, alguna relevancia debe tener, pues son términos que utilizamos con asiduidad en nuestras conversaciones, y que marcan el espacio que ocupa cada partido político, cada medio de comunicación, cada personaje público y cada uno de nosotros en el espectro político.
También sirve para entender por qué quienes son de izquierdas y de derechas chocan en cuestiones que, en principio, tienen escasa relación entre sí. ¿Por qué chocan en torno al salario mínimo, pero también sobre el aborto, y sobre la promoción de la cultura, y sobre la corrección política, cuando son todas cuestiones en principio independientes unas de las otras? De este modo, también le sirve a cada uno para entender por qué alberga un conjunto de ideas, y no otro.
La derecha ve los planes de la izquierda como un ataque sistemático a los derechos actuales, que son fruto del pasado. La izquierda ve la resistencia de la derecha como un ataque a los derechos futuros que ella va a traer
También sirve para situarnos en un momento de turbación. Izquierda y derecha han mutado en los últimos años, más la primera que la segunda, y antes. Son cambios que vienen acompañados de su propio neolenguaje. La izquierda, esa es una de sus señas de identidad, cree que puede cambiar la realidad con palabras. Y por tanto cambia el sentido de las palabras como quien elige otro molde con el que ahormar la masa, en este caso social. Y ya nos estamos adelantando, pues, ¿qué es la izquierda y qué la derecha?
Vamos a acercarnos a la respuesta de forma fractal, mostrando que la parte se parece al todo. O en espiral, dando vueltas sobre las mismas ideas, a veces acercándonos al núcleo de ellas, a veces separándonos. Y todo ello sin marearnos. Para ello voy a partir de las ideas que esbocé en un artículo escrito hace casi una década, y que me dejó una incómoda sensación nada más publicarlo de que había hecho el trabajo sólo a medias, porque se me había escapado algún que otro hilo de este sayal.
Empecemos desde el núcleo de la cuestión: la izquierda es una pretensión sobre la realidad, la del hombre y la de su vida en sociedad. La izquierda quiere someter a la sociedad a un esquema elaborado desde la razón, mientras que la derecha se opone a ello. Por eso la derecha es esencialmente reaccionaria, al menos en este sentido. La izquierda es, también en este sentido, una fuerza esencialmente positiva, activa e innovadora, mientras que la derecha es negativa. Por eso, también, la izquierda tiene una vinculación esencial con la palabra progreso, porque sabe a dónde quiere llegar y cómo.
Políticamente, esa es una de las ventajas que tiene la izquierda: es más fácil compartir un plan con unos objetivos compartidos por todos o la mayoría, que hacer como la derecha: oponerse al mismo en nombre de los principios, o de la tradición, o de la confianza en que la sociedad resolverá o al menos mejorará las situaciones indeseadas por caminos en parte inescrutables, pero efectivos. El atractivo de un plan, con unos objetivos específicos, y con medios al alcance de los políticos, es enorme. La apelación a las lecciones de la historia, a la tradición, o a valores cuyo significado se ha perdido, como la igualdad y la libertad, resultan ser más aburridas.
Esto nos lleva a una diferencia esencial de uno y otro lado. Un plan es siempre una mirada al futuro, mientras que la comprensión de qué es el ser humano y cómo funciona la sociedad, para reconocer en su naturaleza las limitaciones de nuestros proyectos más ambiciosos, nos obliga sin remedio a mirar hacia el pasado.
Esto no quiere decir que la izquierda sea optimista y la derecha pesimista. Es la primera abrumadora y patéticamente optimista sobre las posibilidades de éxito de sus ideaciones sobre la sociedad futura. Pero es aceradamente crítica sobre la realidad tal cual es. Ve en el presente males aciagos y dolorosos que sólo una acción decidida puede extirpar. El punto de vista de la derecha es distinto; acepta que la realidad es como es, y sin caer en un absurdo panglossiano entiende que hay algún motivo detrás de las realidad tal como se presenta a nuestros ojos. Se producen grandes injusticias, pero dentro de un orden social en el que la justicia prevalece más veces que su opuesto.
Esta idea enlaza con otra, a su vez. Hay razones para que las cosas sean como son, para que las creencias imperantes, la moral, la religión, la forma de organización social, sean las que conocemos y las que usaron nuestros padres, y los suyos antes que ellos, con algunas diferencias no esenciales. Es decir, hay una lógica inmanente en el devenir social, aunque no la conozcamos ni comprendamos del todo, si es que tal lógica existe. Es lo que entiende la derecha, frente a una izquierda que ve en la sociedad una creación, el resultado de un plan como los que ella maneja, pero de sentido opuesto. Un plan, cabe pensar, elaborado por los poderosos de hoy. Pero ¿cuál podría ser su motivación para oponerse al progreso, un progreso que casi nos quema en nuestras manos porque nosotros podemos imponerlo a la sociedad? Seguramente porque asumirlo supone renunciar a las ventajas de ese poder. Por eso, según la izquierda, hay una ruptura esencial dentro de la sociedad, que Marx interpretó como lucha de clases, pero que otras izquierdas interpretan desde otros puntos de vista (patriarcado frente a las mujeres, blancos frente a personas “racializadas”, y demás).
La derecha ve los planes de la izquierda como un ataque sistemático a los derechos actuales, que son fruto del pasado. La izquierda ve la resistencia de la derecha como un ataque a los derechos futuros que ella va a traer.
Si la sociedad actual es un conjunto de normas impuestas arbitrariamente por unos para servir sus intereses, nosotros desde la izquierda podemos imponer otras. La sociedad, en definitiva, es una entidad moldeable y no tiene fuerza por sí misma. Es moldeable como el barro, y basta elegir un molde cincelado con la pretensión de una justicia infinita para alcanzar lo que queremos.
Esta idea de la izquierda, de nuevo, tiene una vinculación con otra que, según Thomas Sowell, es la que está en el centro de todas las diferencias entre uno y otro lado del espectro político: la naturaleza del hombre. Según lo que él llama la “visión trágica” del hombre, su naturaleza es fija y tiene elementos positivos y negativos que están ínsitos en nuestro ser, y que no podemos eliminar. Según la “visión no restrictiva” o, como lo llamaría más adelante, la visión de los ungidos, el hombre son esas porciones de barro de las que está formada la sociedad; somos moldeables también, programables como se dice hogaño, o perfectibles como se decía antaño.
Por eso la izquierda busca crear un “nuevo hombre”, algo que se ve desde su obsesión por controlar la educación hasta su pesadísima apelación a “concienciar” la sociedad sobre sus propias obsesiones. Para la derecha, la educación tiene como función la transmisión de la cultura heredada, para que las nuevas generaciones la renueven con sus aportaciones.
Esta idea tiene asimismo una relación íntima con el hecho de que la izquierda ama la humanidad, pero aborrece a las personas. Esa humanidad, descrita en términos genéricos, es la encarnación de sus aspiraciones, pero a éstas siempre se le oponen las personas concretas, a las que aborrece abierta y sinceramente. El exterminio forma parte de su apero de trabajo. La derecha quiere a las personas, pero aborrece la humanidad; quiere a la comunidad tradicional, real, a la que pertenece, pero desconfía de lo extranjero. Atiende a las personas que tienen la misma cultura y participan de los usos y formas de vida propios, y no quiere que los extranjeros dañen esa forma de vida.
Como la sociedad es moldeable, la izquierda ve en ella problemas susceptibles de una solución definitiva. La derecha acepta con mejor ánimo las deficiencias de la sociedad, y no cree que se puedan solucionar, sino mejorar con esfuerzo. El Estado es para la izquierda el instrumento ideal para imponer sus planes, mientras que para la derecha es una institución más, que como otras ha de atenerse al resto de convenciones y normas sociales.
El intelectual se siente atraído por esa llamada de la izquierda a cambiar la sociedad desde postulados racionales. Le coloca a él mismo en una posición más envidiable incluso que la del rey filósofo de Platón. La derecha, aunque no es necesariamente anti intelectual, desconfía de ellos. Y prefiere a los héroes, porque éstos representan los valores que hacen que la sociedad sea más unida y más fuerte. La religión es para la izquierda un estorbo para sus planes, y un elemento que no surge de la razón y por tanto carente de valor alguno. Para la derecha su carácter de verdad revelada no supone ningún problema, pues acepta que no se puede comprender ni conocer todo.
Todo ello entronca con una diferencia entre izquierda y derecha que señala Juan Javier Esparza. Él traza la línea en términos históricos: la primera está vinculada a la modernidad y la segunda a la resistencia a esa modernidad. Y hay mucho de cierto en ello, pues es una era vinculada al intelectualismo y el rechazo de la tradición, y es la que ha traído algunas de las ideas más señeras de la izquierda, como que la sociedad es controlable y el hombre moldeable.
Todo esto son tendencias con las que cada uno de nosotros se identificará en mayor o menor medida, no un recetario para ser un izquierdista o derechista puro. ¿Es usted de izquierdas o de derechas? Como ve, la cuestión tiene tanta relevancia hoy como hace doscientos cincuenta años.
Foto: Pablo García Saldaña