Me
han pedido ustedes que averigüe algo acerca de la Asociación
Internacional, y eso es lo que he intentado hacer. En este momento, la
empresa resulta difícil, pero los ingleses están atemorizados y huelen a
Internacional por todas partes, del mismo modo que el rey James olía
pólvora tras la famosa conjura. La conciencia de la asociación ha
crecido naturalmente junto con las sospechas de la opinión pública; y si
quienes la lideran tienen algún secreto que guardar, son el tipo de
hombres que saben guardarlo bien. Me he puesto en contacto con dos de
sus miembros más destacados, he hablado libremente con uno de ellos y
aquí les ofrezco lo sustancial de nuestra conversación. En un aspecto,
he satisfecho mis dudas: se trata de una auténtica asociación de
trabajadores, aunque esos trabajadores estén dirigidos por teóricos
sociales y políticos sociales pertenecientes a otra clase. Un hombre con
el que me reuní, uno de los líderes del Consejo, estuvo sentado en su
banco de trabajo durante toda nuestra entrevista, e interrumpía de
cuando en cuando su conversación conmigo para recibir quejas –formuladas
en un tono no precisamente amable- de cualquiera de los muchos
maestrillos para los que trabajaba, que rondaban por allí. Había visto a
ese mismo hombre pronunciar en público elocuentes discursos,
inspirados, pasaje a pasaje, por la energía del odio hacia aquellas
clases que se llaman a sí mismas dirigentes. Comprendí sus soflamas tras
echar un vistazo a la vida cotidiana del orador. No podía por menos que
tener la sensación de que disponía de cerebro más que suficiente para
organizar un gobierno funcional y, aun así, se veía obligado a dedicar
su vida al repugnante desempeño de una tarea meramente mecánica. Era un
hombre orgulloso y sensible, pero cada tres por cuatro se veía obligado a
responder con una respetuosa inclinación a un gruñido y con una sonrisa
a una orden que reflejaba aproximadamente el mismo nivel de cortesía
que el que muestra un cazador hacia su perro. Ese hombre me permitió
entrever una faceta de la naturaleza de la Internacional, la del
enfrentamiento entre trabajo y capital, entre el obrero que produce y el
intermediario que disfruta. Allí estaba la mano que se abatiría
implacable cuando llegara el momento y, por lo que se refiere al cerebro
planificador, creo que tuvo ocasión de conocerlo en mi entrevista con
el doctor Carlos Marx.
Carlos Marx es un doctor en filosofía,
alemán, dotado de esa extensa erudición germánica producto tanto de los
libros como de la observación del mundo. Debo señalar que nunca ha sido
un trabajador en el sentido habitual del término. Su entorno y
apariencia son los de un hombre de clase media al uso. El salón en el
que fue recibido la noche de la entrevista habría podido ser el
agradable refugio de un próspero corredor de Bolsa que hubiese
demostrado ya su competencia y estuviera ahora enfrascado en la tarea de
amasar su fortuna. Era la confortabilidad personificada, el apartamento
de un hombre de buen gusto y situación desahogada, pero sin nada que
reflejara particularmente la personalidad de su propietario. Con todo,
un hermoso álbum de vistas al Rin que había sobre la mesa daba una pista
sobre su nacionalidad. Escudriñé cautelosamente el interior de un
jarrón que había en una mesita auxiliar en busca de una bomba. Agucé el
olfato por si percibía algún olor a petróleo, pero sólo olía a rosas.
Retrocedí casi a hurtadillas hasta mi asiento y me senté, taciturno, a
esperar lo peor.
Ha entrado, me ha saludado cordialmente y estamos
sentados frente a frente. Sí, estoy tête-à-tête con la encarnación de
la revolución, con el auténtico fundador y guía espiritual de la
Asociación Internacional, con el autor de un discurso que le dice al
capital que si le declara la guerra a los trabajadores no puede por
menos que esperar que la casa arda hasta los cimientos. En pocas
palabras, me encuentro frente a frente con el apologeta de la Comuna de
París. ¿Recuerdan el busto de Sócrates, aquel hombre que prefirió morir
antes que creer en los dioses de su tiempo, aquel hombre de frente
despejada y hermoso perfil mezquinamente rematado por una especie de
gancho hendido que hacía las veces de nariz? Imaginen ese busto,
pónganle una barba oscura salpicada aquí y allá por pinceladas de gris.
Seguidamente, unan esa cabeza a un tronco corpulento propio de un hombre
de estatura media, y tendrán ante ustedes al doctor Marx. Si cubren con
un velo la parte superior de su rostro podrían estar en presencia de un
miembro nato de la junta parroquial protestante. Si dejan al
descubierto su rasgo más esencial, su inmenso ceño, sabrán de inmediato
que se encuentran frente a la más formidable conjunción de fuerzas: un
soñador que piensa, un pensador que sueña.
Otro caballero acompañaba al doctor
Marx, y casi me atrevería a decir que también era alemán, aunque dado su
dominio de nuestro idioma no podría asegurarlo. ¿Habría acudido como
testigo del bando del doctor? Así lo creo. El Consejo podría solicitar
al doctor que le informase sobre el contenido de la entrevista, ya que,
por encima de todo, la Revolución sospecha de sus propios agentes. Así
pues, el otro hombre estaba allí para corroborar a posteriori la
exactitud de su testimonio.
Fui directamente al asunto que me
interesaba. El mundo, dije, parecía estar a oscuras respecto a la
Internacional, odiarla a muerte; pero al mismo tiempo se mostraba
incapaz de explicar qué era exactamente lo que odiaba. Había gente que
afirmaba haber atisbado más allá que los demás en la oscuridad y
aseguraba haber descubierto una especie de figura de Jano con una
honrada y sincera sonrisa de obrero en una de sus caras y en la otra la
agresiva mueca de un conspirador homicida. ¿Podría arrojar alguna luz
sobre el misterio en el que se desenvolvía la teoría?
El profesor rió, se diría que con cierto regocijo, ante la idea de que le tuviéramos tanto miedo.
Marx:
No hay ningún misterio que aclarar, estimado señor –comenzó, con una
versión muy pulida del dialecto de Hans Breitmann-, excepto quizá el
misterio de la estupidez humana en aquellos que perpetuamente pasan por
alto el hecho de que nuestra asociación es pública y que edita informes
exhaustivos de sus sesiones para todo aquel que desee leerlos. Puede
comprar nuestros estatutos al precio de un penique, y si invierte un
chelín en panfletos sabrá casi tanto acerca de nosotros como nosotros
mismos.
Landor: Casi… Sí, quizá sí; ¿pero no será
acaso lo poco que no llegue a conocer lo que constituya el misterio más
importante? Para ser muy franco con usted, y para poner el asunto tal
como lo ve un observador ajeno a él, este general clamor de desprecio
contra ustedes debe significar algo más que la ignorante mala voluntad
de la multitud. Y todavía es pertinente preguntar, incluso después de lo
que usted me ha dicho, ¿qué es la Sociedad Internacional?
Marx: Sólo tiene que fijarse en quiénes la componen : trabajadores.
Landor:
Sí, pero el soldado tiene que ser exponente del sistema político que lo
pone en movimiento. Conozco a algunos de sus miembros, y creo que no
son de la misma pasta de que se hacen los conspiradores. Además un
secreto compartido por un millón de hombres no sería de ninguna manera
un secreto. Pero ¿qué pasaría si éstos fuesen únicamente instrumentos en
manos de, y espero que me perdone usted por lo que sigue, un cónclave
audaz y no muy escrupuloso?
Marx: No hay pruebas que avalen tal idea.
Landor: ¿La pasada insurrección en París?
Marx:
En primer lugar, exijo pruebas de que existiera una confabulación, de
que ocurriese algo que no fuese el legítimo resultado de las
circunstancias del momento. O, incluso aceptando el supuesto de que
existiera tal complot, exijo pruebas de que en él participara la
Asociación Internacional.
Landor: La presencia en la Comuna de numerosos miembros de la asociación.
Marx:
En ese caso, fue también una conspiración de los francmasones, ya que
participaron en ella en idéntica proporción. De hecho, no me
sorprendería en absoluto que el papa les atribuyese toda la
responsabilidad por la insurrección. Pruebe usted con otra explicación.
La insurrección fue obra de los trabajadores de París. Los más capaces
entre ellos debieron ser necesariamente sus líderes y dirigentes, y se
da la circunstancia de que los trabajadores más capaces son miembros de
la Internacional. Aun así, la asociación como tal no es forma alguna
responsable de su acción.
Landor: No obstante, al
mundo le parece de otra manera. La gente habla de instrucciones
secretas desde Londres, e incluso de aportaciones de dinero. ¿Puede
afirmarse que el carácter supuestamente abierto de los procedimientos de
la Asociación impide todo secreto en las comunicaciones?
Marx:
¿Ha existido alguna vez una asociación que realizara su trabajo sin la
mediación de agencias tanto públicas como privadas? Hablar de
instrucciones secretas provenientes de Londres, como si se tratara de
decretos sobre la fe y la moral procedentes de algún centro de
dominación e intriga papales, es una concepción enteramente errónea
sobre la naturaleza de la Internacional. Eso implicaría un mecanismo
centralizado de gobierno en el seno e la misma, mientras que su
verdadera forma es, deliberadamente, la que mayor juego otorga a la
energía y la independencia locales. De hecho, la Internacional no es
propiamente un gobierno para la clase obrera en absoluto. Es un vínculo
de unión más que un mecanismo e control.
Landor: ¿Y de unión para qué fin?
Marx:
La emancipación económica de la clase obrera por medio de la conquista
del poder político. La utilización de ese poder político para alcanzar
fines sociales. Así pues, es necesario que nuestros objetivos sean
amplios para dar cabida a todas las formas de actividad de la clase
obrera. El haberles atribuido algún carácter especial habría sido
equivalente a adaptarlos a las necesidades de una sección, a una nación
compuesta exclusivamente por trabajadores. Pero ¿cómo iba a ser posible
pedirle a todos los hombres que se unieran en beneficio de unos pocos?
Para hacer algo así, la asociación habría tenido que renunciar al nombre
de Internacional. La asociación no dicta la forma de los movimientos
políticos; sólo requiere un compromiso en lo que se refiere a sus fines.
Es una red de sociedades afiliadas que se extiende por todo el mundo
del trabajo. En cada parte se pone de relieve algún aspecto especial del
problema, y los trabajadores implicados lo estudian a su modo y manera.
Las interacciones entre los trabajadores no pueden ser absolutamente
idénticas hasta el último detalle en Newcastle y en Barcelona, en
Londres y en Berlín. En Inglaterra, por poner un ejemplo, está abierto a
la clase obrera el camino para poner de manifiesto su poder político.
Una insurrección sería una locura allá donde la agitación pacífica pueda
lograr los mismos objetivos más rápida y seguramente. En Francia,
cientos de leyes represivas y el antagonismo entre las clases parece
hacer necesaria la solución violenta de una guerra social. Optar o no
por dicha solución es competencia de las clases trabajadores de ese
país. La Internacional no tiene la presunción de emitir dictámenes al
respecto; prácticamente no da ni consejos, aunque sí ofrece a cada
movimiento su simpatía y apoyo dentro de los límites que dictan sus
propias leyes.
Landor: ¿Y cuál es la naturaleza de esa ayuda?
Marx:
Por poner un ejemplo, una de las formas más comunes del movimiento de
emancipación son las huelgas. Antaño, cuando se producía una huelga en
un país, ésta era derrotada por la importación de trabajadores de otro
país. La Internacional casi ha puesto fin a eso. Recibe información
sobre la huelga propuesta y distribuye esa información entre todos sus
miembros, que ven inmediatamente que para ellos el territorio de la
lucha debe ser terreno prohibido. Así, se deja que los amos se enfrenten
solos a las demandas de sus hombres. En la mayoría de los casos, los
trabajadores no requieren más ayuda que ésa. Sus propias cuotas, o las
de las sociedades, a las que están más directamente afiliados, les
abastecen de fondos, pero, caso de que la presión a la que se ven
sometidos llegue a ser excesiva, y si la huelga goza de la aprobación de
la asociación, se cubren sus necesidades con la bolsa común. Merced a
esto, la huelga de los cigarreros de Barcelona concluyó victoriosamente
el otro día. Sin embargo, la sociedad no tiene interés en las huelgas,
aunque las apoya en determinadas condiciones. Es imposible que saque
nada en claro de ellas desde el punto de vista pecuniario, y es muy
probable que salga perdiendo. Resumamos todo esto en pocas palabras. Las
clases trabajadoras siguen sumidas en la pobreza mientras a su
alrededor crece la riqueza; son miserables entre tanto lujo. Su
depravación material reduce su estatura, tanto física como moral. No
pueden confiar en otros para encontrar el remedio. Así pues, en su caso,
hacerse cargo de su propio destino se ha convertido en una necesidad
imperativa. Deben revisar las relaciones entre ellos y los capitalistas y
propietarios, y eso significa que deben transformar la sociedad. Éste
es, en general, el fin de todas las organizaciones de trabajadores
conocidas. Las ligas de campesinos y obreros, las sociedades comerciales
y de amistad, las tiendas y centros de producción en régimen de
cooperativa no son más que medios encaminados a ese fin. Implantar una
perfecta solidaridad entre estas organizaciones es el objetivo de la
Asociación Internacional. Su influencia empieza a percibirse en todas
partes. En España hay dos periódicos que difunden su ideario, en
Alemania tres, el mismo número en Austria y Holanda, seis en Bélgica y
seis en Suiza. Y ahora que le he explicado qué es la Internacional,
probablemente esté ya en situación de formarse su propia opinión acerca
de supuestas confabulaciones.
Landor: No acabo de comprenderle.
Marx:
¿Acaso no ve que la vieja sociedad, en su búsqueda de las fuerzas
necesarias para hacerle frente con sus propias armas, se ve obligada a
recurrir al fraude de imputarle todo tipo de conspiraciones?
Landor:
Pero la policía francesa declaró que están en condiciones de probar su
complicidad en el último caso, para no hablar de los intentos
anteriores.
Marx: No comentaremos nada sobre esos
acontecimientos, si no le importa, porque son la mejor prueba de la
gravedad de todos los cargos de conspiración que se han dirigido contra
la Internacional. Recordará usted la penúltima confabulación. Había
anunciado un plebiscito y se sabía que muchos de los electores empezaban
a mostrarse indecisos. Ya no creían tan intensamente en el valor del
gobierno imperial, dado que empezaban a dudar de la realidad de los
peligros sociales de los que supuestamente éste les había salvado. Hacía
falta dar con otro fantasma terrorífico, y la policía se ocupó de
encontrarlo. Lógicamente, dado que para ello todos los trabajadores son
igualmente detestables, le debían a la Internacional una mala pasada. Se
les ocurrió una feliz idea: ¿y si convertían a la Asociación
Internacional en su anhelado fantasma, logrando así el doble objetivo de
desacreditarla y ganar el favor de la sociedad hacia la causa imperial?
De ahí surgió el ridículo complot contra la vida del emperador, como si
tuviéramos algún interés en matar a ese pobre anciano. Detuvieron a los
principales miembros de la Internacional, se inventaron pruebas,
prepararon el caso para llevarlo a juicio y, en el ínterin, celebraron
su plebiscito. Pero aquella comedia no era más que una farsa grosera. La
Europa inteligente, que fue testigo del espectáculo, no cayó en el
engaño ni un solo instante y sólo los electores del campesinado francés
se creyeron la farsa. La prensa inglesa, que informó sobre el inicio de
ese miserable caso, ha olvidado dar cuenta de su final. Los jueces
franceses, que dieron por buena la existencia de la conspiración por
cortesía entre funcionarios, se vieron obligados a concluir que no había
nada que demostrara la complicidad de la Internacional. Créame, la
segunda conspiración es igual a la primera. El funcionariado francés ha
vuelto a poner manos a la obra: se le pide que explique el mayor
movimiento civil jamás visto sobre el planeta. Hay cientos de signos de
nuestra época que deberían indicar cuál es la explicación correcta: la
inteligencia creciente entre los trabajadores; el incremento del lujo y
la incompetencia entre sus gobernantes; el proceso histórico enmarca,
que concluirá con la transferencia final del poder de una clase al
pueblo; la aparente adecuación del momento, el lugar y las
circunstancias con vistas al gran movimiento de emancipación. Pero para
percibir esto el funcionario tendría que ser un filósofo y no es más que
un mouchard. Por la propia naturaleza de su ser, pues, ha recurrido a
la explicación del mouchard: una conspiración. Su viejo portafolios
repleto de documentos falsificados le suministrará las pruebas. Esta
vez, Europa, arrastrada por el miedo, creerá su cuento.
Landor: Europa difícilmente puede evitarlo, viendo que todos los periódicos franceses difunden la noticia.
Marx:
¡Todos los periódicos franceses! Mire, aquí tiene uno de ellos
(cogiendo La Situation), y juzgue por sí mismo el valor de sus pruebas
en lo que se refiere a su fidelidad a los hechos. (lee): “El Dr. Karl
Marx, de la Internacional, ha sido arrestado en Bélgica, cuando trataba
de escapar a Francia. La policía de Londres vigilaba desde hace tiempo
la sociedad a la que aquél está vinculado, y ahora está adoptando
activas medidas para su supresión”. Dos frases y dos embustes. Ponga a
prueba la evidencia percibida por sus propios sentidos. Como puede ver,
en vez de estar en una cárcel belga estoy en mi casa en Inglaterra.
También sabrá, sin duda, que la policía inglesa es tan impotente para
interferir con la Asociación Internacional como ésta lo es respecto a la
policía. Y aun así, cabe esperar que ese informe sea difundido por toda
la prensa de la Europa continental sin que nadie lo contradiga.
Seguirían haciéndolo aunque me dedicara a enviar desmentidos a todos y
cada uno de los periódicos europeos desde este lugar.
Landor: ¿Ha intentado usted rebatir muchas de estas falsas informaciones?
Marx:
Lo he hecho hasta quedar exhausto por el trabajo. Para que pueda
apreciar el grosero descuido con el que son pergeñados, podría mencionar
que en uno de ellos se citaba a Félix Pyat como miembro de la
Internacional.
Landor: ¿Y no lo es?
Marx:
La asociación difícilmente podría haberle hecho hueco a un hombre tan
insensato. En una ocasión tuvo el atrevimiento de publicar una encendida
proclama en nuestro nombre, pero fue inmediatamente desautorizado,
aunque, a fuer de ser justos, hay que decir que la prensa, por supuesto,
ignoró la desautorización.
Landor: ¿Y Mazzini? ¿Es miembro de su grupo?
Marx: (Riéndose). Desde luego que no. Poco habríamos avanzado si no hubiéramos superado el alcance de sus ideas.
Landor: Me sorprende usted. Ciertamente hubiera creído que él representaba las posiciones más avanzadas.
Marx:
No representa nada más avanzado que el viejo concepto de una república
de la clase media. Nosotros no queremos saber nada de la clase media. Él
se ha quedado tan rezagado dentro del movimiento moderno como los
profesores alemanes, que, no obstante, siguen siendo considerados en
Europa los apóstoles de la democracia cultivada del futuro. Y lo fueron
en su día, probablemente antes de 1848, cuando la clase media alemana,
en el sentido inglés del término, no había alcanzado un grado de
desarrollo apropiado. Ahora se han pasado de hoz y coz a la reacción y
el proletariado ya no sabe nada de ellos.
Landor: Algunas personas han creído ver signos de un elemento positivista en su organización.
Marx:
No hay nada de eso. Hay positivistas entre nosotros, y otros, que no
pertenecen a nuestro grupo, colaboran también, pero no es sólo en virtud
de su filosofía, que no tiene nada que ver con un gobierno popular, tal
y como nosotros lo entendemos, y que sólo busca colocar una nueva
jerarquía en el lugar de la vieja.
Landor: Se
diría entonces que los líderes del nuevo movimiento internacional han
tenido que formar una filosofía así como una asociación para sí mismos.
Marx:
Exactamente. Es poco probable, por ejemplo, que pudiéramos tener la
menor esperanza de prosperar en nuestra lucha contra el capital si
deriváramos nuestras tácticas de la política
económica de Mill, por citar a alguien. Él ha seguido la pista a un tipo
de relación entre capital y trabajo. Nosotros esperamos demostrar que
es posible establecer otra.
Landor: ¿Y con respecto a la religión?
Marx:
A ese respecto no puedo hablar en nombre de la sociedad. Personalmente
soy ateo. Sin duda resulta sorprendente escuchar una declaración así en
Inglaterra, pero hasta cierto punto es reconfortante saber que no es
necesario hacerla en voz baja en Francia ni en Alemania.
Landor: ¿Y sin embargo usted ha establecido su cuartel general en este país?
Marx:
Por razones obvias; el derecho de asociación es aquí un derecho
establecido. Existe, efectivamente, en Alemania, pero está asediado por
innumerables dificultades. En Francia, durante muchos años no ha
existido en absoluto.
Landor: ¿Y en Estados Unidos?
Marx:
Nuestros principales centros de actividad están por el momento entre
las viejas sociedades europeas. Son muchas las circunstancias que han
tendido a impedir hasta hoy que el problema del trabajo asuma una
importancia dominante en Estados Unidos, pero dichas circunstancias
están ya en proceso de desaparición. Al igual que en Europa, el trabajo
empieza a ganar importancia a grandes pasos gracias al crecimiento de
una clase trabajadora distinta del resto de la comunidad y disociada del
capital.
Landor: Parecería que en este país la
esperada solución, cualquiera que ella sea, podrá alcanzarse sin los
medios violentos de una revolución. El sistema inglés de agitar mediante
los discursos y la prensa hasta que las minorías se conviertan en
mayorías es un signo esperanzador.
Marx: Yo no
soy tan optimista como usted. La clase media inglesa siempre se ha
mostrado dispuesta a aceptar el veredicto de la mayoría en la medida en
que ha ostentado el monopolio del derecho al sufragio. Pero recuerde lo
que le digo, en cuanto pierda una votación referente a algo que
considere vital seremos testigos de una nueva guerra de esclavistas.
He
expuesto aquí, en la medida en que mi memoria me lo ha permitido, los
momentos más destacados de mi conversación con este hombre notable.
Dejaré que saquen ustedes sus propias conclusiones. Por mucho que pueda
decirse a favor o en contra de la posibilidad de su participación en el
movimiento de la Comuna, podemos tener la seguridad de que la Asociación
Internacional es un nuevo poder en el seno del mundo civilizado con el
que éste tendrá que echar cuentas, para bien o para mal, más pronto que
tarde.
Cultura Proletaria