El viejo estaba allí. Y habló. Vaya, ya lo creo que habló. Dijo lo
que nadie más se atrevió a decir. Y lo dijo bien. Entre el público
estaba el tuerto, a quien además le faltaba un brazo. Echaba chispas, el
tuerto. Dicen que ese día gritaba mucho. Daba golpes y gruñía como una
mala bestia. Se lo llevaban los demonios escuchando al viejo. Había un
obispo catalán, el primero que escribió que todo aquello era una
Cruzada, que la Ciudad de Dios combatía a la Ciudad del Diablo. Pero
allí estaba la esposa del diablo. La llamaban la Alta Dama o la Alta
Señora. Al final el viejo tuvo que agarrarse del brazo de la Señora para
que no lo linchasen allí mismo. Su marido, en cambio, no tendría tanta
clemencia. Pero ya llegaremos a eso.
Conocemos a los personajes. Conocemos los hechos. Sabemos cómo
empieza y cómo termina esta historia. El viejo (o el sabio) se llamaba
Miguel de Unamuno. Era rector perpetuo de la Universidad de Salamanca,
pero el título solo le iba a durar unas semanas. El tuerto (o el manco)
era José Millán-Astray y Terreros. Todavía hoy muchos lo conocen por ser
el fundador de la legión. Muy pocos, en cambio, saben que también fue
el fundador de Radio Nacional de España. La mujer es María del Carmen
Polo y Martínez-Valdés, aunque ese nombre a esas alturas nos dice muy
poco. Durante los cuarenta años que siguen será conocida como Carmen
Polo de Franco. O “la collares”. O, sencillamente, la Señora.
Se ha escrito mucho sobre aquella mañana del día de la Hispanidad
(todavía Día de la Raza). Es una de esas leyendas de la Guerra Civil que
se han contado tantas veces que casi han perdido su significado. Aunque
quizás por ello mismo convenga recordarla.
La guerra civil tuvo para la Universidad efectos
similares a los de una bomba atómica. A la destrucción inicial habría
que sumarle varias décadas de radiaciones
12 de octubre de 1936. La Guerra Civil apenas cumple su cuarto mes.
Las tropas sublevadas contra el Gobierno de la República avanzan rápido.
Unas semanas antes, el 28 de septiembre, el general africanista
Francisco Franco ha sido nombrado en Salamanca Jefe de los ejércitos
“Generalísimo”. A partir de esa fecha la ciudad será sede de su cuartel
general, la primera capital (más tarde lo será Burgos) del bando
fascista. La celebración del descubrimiento de América, Fiesta de la
Raza, ha de ser por tanto por todo lo alto. Salamanca ya ha dejado de
ser la primera universidad del país, pero todavía mantiene un prestigio y
una influencia determinantes, en gran medida debido precisamente a la
figura de Unamuno. Sin caer en la exageración, el viejo es con
diferencia el intelectual más respetado en España. Anda por los setenta y
dos años y ha visto ya varios cambios de régimen. El sabio ha vivido
las guerras carlistas. Tres veces ha sido rector de la Universidad de
Salamanca y en dos ocasiones ha sido destituido por razones políticas.
Pronto va a sumar la tercera. Resumiendo mucho: le gustaba meterse en
líos. Sin importarle el color del gobierno, siempre ha sido incómodo
para el poder. Ha conocido el destierro por injurias al rey Alfonso XIII
y por insultar a Primo de Rivera (“fantoche real y peliculero
tragicómico”). También ha contribuido como pocos a la caída de la
monarquía, hasta el punto de proclamar desde el balcón del Ayuntamiento
la llegada de la República el 14 de abril de 1931. Comenzaba, según sus
palabras, “una nueva era y termina una dinastía que nos ha empobrecido,
envilecido y entontecido”.
Desde aquel día ha llovido mucho. El sabio no oculta ahora su
decepción por la marcha de la República ni su desprecio visceral hacia
el presidente Azaña (“Cuidado con Azaña, es un escritor sin lectores y
será capaz de hacer una revolución para tenerlos”). Y sí, Unamuno se
contradecía a sí mismo unas nueve veces al día y rara vez se casaba con
nadie. Hasta ese momento, no obstante, Franco y el resto de militares
sublevados no pueden estar más contentos. El cerebro más reconocido del
país les daba su apoyo. Con matices, claro. Unamuno siempre fue
incómodo. Lo iba a demostrar una última vez, aunque a cambio descubriría
que, a diferencia de lo ocurrido en los años veinte, lo que llegaba con
Franco no era una segunda versión de la dictadura de Primo de Rivera.
Posicionarse en su contra no se resolvía con cuatro meses de destierro
en Fuerteventura.
Pasemos ahora al escenario. Paraninfo de la Universidad de Salamanca.
Filas a rebosar. Se conservan las imágenes de ese día. Falangistas,
soldados, personalidades, catedráticos. Era un acto protocolario, pero
importantísimo. A nadie se le escapa la necesidad de contar con el
respaldo del mundo académico. Y las palabras del viejo con cara de búho
contaban mucho, dentro y fuera de España.
Y sin embargo, nada va a seguir el guión previsto.
Tras la misa de rigor, llega el acto académico. Todo está preparado
para el espaldarazo definitivo al alzamiento. No vamos a aburrirnos con
los discursos. La secuencia sigue así. Primero le toca el turno a
Unamuno. Es un saludo de cortesía. Dice que prefiere no hablar: “Me
conozco cuando se me desata la lengua”. Le siguen el catedrático José
María Ramos Loscertales, el dominico Vicente Beltrán de Heredia, el
catedrático Francisco Maldonado de Guevara. Cierra las charlas el
presidente de la comisión de Cultura y enseñanza, José María Pemán. Las
dos primeras intervenciones siguen los cauces esperados. Unamuno escucha
sereno la chatarrería verbal de la época: loas a España, vivas al
Caudillo, denuncias del marxismo, la masonería, el judaísmo, el
bolchevismo. Cuando llega el discurso de Maldonado de Guevara, los
ánimos de la audiencia andan desatados. Lo que se escucha a continuación
rompe incluso la escala de la estupidez. Maldonado habla de catalanes y
vascos como “cánceres en el cuerpo de la nación” que “el fascismo,
sanador de España, sabrá cómo exterminar, cortando en la carne viva,
como un decidido cirujano libre de falsos sentimentalismo”. El público,
lejos de horrorizarse, rompe en gritos. Se oyen los “vivas” de Millán
Astray. Los falangistas aplauden extasiados.
Francisco Franco y Millán Astray en el acto fundacional de la Legión.
Es entonces, cuentan los testigos, cuando a Unamuno le cambia la
cara. El anciano aprieta las manos. Se busca en los bolsillos. Allí
encuentra una carta de Enriqueta Carbonell, esposa de Atilano Coco,
pastor protestante detenido en los primeros meses de la guerra. Unamuno
se había llevado la carta para entregársela a Carmen Polo y tratar de
conseguir que la petición de clemencia llegue hasta Franco. Ahora,
nervioso, toma el papel y garabatea en el reverso algunas anotaciones.
Escribe: “Guerra incivil”. Escribe: “Catalanes y vascos”. Escribe:
“Vencer y convencer”. Escribe: “Cóncavo y convexo” (esto último no lo
llegó a utilizar). Cuando José María Pemán termina su discurso, el
todavía rector de Salamanca se pone de pie. Las palabras que siguen
varían según las fuentes. La versión que da Andrés Trapiello en
Las armas y las letras es, tal vez, una de las más completas. Según Trapiello, el silencio que se hizo fue profundo.
“Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien y sabéis que soy
incapaz de permanecer en silencio. Callar, a veces, significa mentir,
porque el silencio puede interpretarse como aquiescencia. Había dicho
que no quería hablar, porque me conozco; pero se me ha tirado de la
lengua y debo hacerlo. Se ha hablado aquí de guerra internacional en
defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo he hecho otras veces.
Pero no, la nuestra solo es una guerra incivil. Nací arrullado por una
guerra civil y sé lo que digo. Vencer no es convencer y hay que
convencer sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja
lugar para la compasión; el odio a la inteligencia, que es crítica y
diferenciadora, inquisitiva, mas no de inquisición. Quisiera comentar el
discurso (por llamarlo de alguna forma) del profesor Maldonado. Dejemos
aparte el insulto personal que supone la repentina explosión de ofensas
contra vascos y catalanes. El obispo, quiera o no, es catalán, nacido
en Barcelona, para enseñaros la doctrina cristiana, que no queréis
conocer, y yo que, como sabéis, nací en Bilbao, soy vasco y llevo toda
mi vida enseñándoos la lengua española, que no sabéis. Eso sí es
Imperio, el de la lengua española, y no…”
Llega en ese momento la interrupción de Millán Astray. El tuerto se
levanta. Comienza a golpear la mesa con su única mano y grita: “¿Puedo
hablar? ¿Puedo hablar?”. Hecho una furia, culmina su discurso con el
lema de la legión: “¡Viva la muerte!”. La audiencia jalea. Unamuno
prosigue:
“Acabo de oír el grito necrófilo y sin sentido grito de ¡Viva la
muerte! Esto me suena lo mismo que ¡Muera la vida! Y yo, que me he
pasado toda la vida creando paradojas que provocaron el enojo de losque
no las comprendieron, he de decirles, como autoridad en la materia, que
esta ridícula paradoja me parece repelente […] ¡Y otra cosa! El general
Millán Astray es un inválido. No es preciso decirlo en un tono más bajo.
También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma.
Desgraciadamente hay hoy en día demasiados inválidos en España. Y pronto
habrá más, si Dios no nos ayuda. Me duele pensar que el general Millán
Astray pueda dictar las normas de psicología de las masas. Un inválido
que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre
(no un superhombre) viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un
inválido, como dije, que carezca de esa superioridad del espíritu, suele
sentirse aliviado viendo cómo aumenta el número de mutilados alrededor
de él.”
Se produce en ese instante la segunda y definitiva interrupción del
legionario, quien suelta su frase: “Muera la inteligencia”. Hay quien
dice que sus palabras fueron otras: “¡Mueran los intelectuales!”. O tal
vez: “Si la inteligencia sirve para el mal, muera la inteligencia”. O
tal vez: “¡Muera la intelectualidad traidora!”. Para algunos apólogos,
la misma idea expresada de otras formas resulta de algún modo menos
brutal. Al oírle Unamuno se enerva y llegan sus palabras finales,
minutos antes de que el acto termine prácticamente a golpes.
“Éste es el templo de la inteligencia, y yo soy su sumo
sacerdote. Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he
sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio
país. Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada
fuerza bruta. Pero no convenceréis, porque convencer significa
persuadir. Y para persuadir, necesitáis algo que os falta: razón y
derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España”.
De nuevo tenemos para esto casi tantas versiones como testigos. Hay
quien dice que el viejo salió casi en volandas, perseguido por los
falangistas. En los últimos años, una serie de historiadores ha negado
que Unamuno corriera peligro. Lo cierto, sin embargo, es que incluso una
versión tan poco sospechosa de izquierdismo como la que daba el propio
Millán Astray días después de lo ocurrido refleja la atmósfera reinante:
“Al terminar, la Señora del Jefe del Estado salía sola y entonces
me dirigí al señor de Unamuno y le dije: “Señor Rector: dé usted el
brazo a la Señora del Jefe del Estado y acompáñela hasta la puerta
a despedirla”. Él así lo hizo. Yo fui detrás. Luego supe que los
estudiantes jóvenes y principalmente los falangistas, si no hubiese sido
por haber ido dando el brazo a la Señora del Caudillo e ir yo detrás
de ellos, quizás hubiesen tomado alguna medida violenta contra el señor
Unamuno.”
Normalmente aquí suele terminar el relato. La verdadera historia, en
cualquier caso, comienza en este mismo punto. Es el fin del viejo. Esa
tarde, cuando acude a su tertulia en el Casino, sus compañeros le dan la
espalda y lo insultan. Un día después, 13 de octubre, el Ayuntamiento
aprueba su destitución como concejal. El 14 de octubre, el claustro de
la Universidad de Salamanca decide retirarle la confianza. Es el mismo
claustro que en enero de ese año había propuesto a Unamuno como
candidato al premio Nobel de literatura. El 18 de octubre es cesado
oficialmente. En palabras de su biógrafo, Jon Juaristi, el ya ex rector
se convierte en prisionero de Salamanca. No vuelve a poner un pie en la
calle. “He decidido no salir ya de casa desde que me he percatado de que
al pobrecito policía esclavo que me sigue –a respetable distancia– a
todas partes, es para que no escape –no sé adónde- y así me retenga en
este disfrazado encarcelamiento como rehén de no sé qué, ni por qué ni
para qué”.
Millán Astray es todavía hoy conocido por haber
fundado la legión. Muy pocos saben que también fue el fundador de Radio
Nacional de España. No hablamos solamente de un militar, sino de un
ideólogo y propagandista
En cuestión de semanas sus amigos dejan de visitarle. Ser visto en su
compañía se convierte en motivo de sospecha. Dos meses más tarde, el 31
de diciembre, día de Nochevieja, hacia las cinco de la tarde, muere en
Salamanca Miguel de Unamuno y Jugo, escritor, filósofo, diputado en
Cortes, rector perpetuo. Al día siguiente, primero de enero, se reúnen
en un velatorio los mismos catedráticos y falangistas que lo habían
defenestrado. Estos consiguen apropiarse del féretro para enterrarlo
como si fuera uno de los suyos. Ese día el nieto del ex rector salía
corriendo mientras gritaba a sus padres: “Se llevan al abuelo, a tirarlo
al río”.
La depuración
Todo esto lo cuenta el historiador Jaume Claret Miranda en su libro
El atroz desmoche. La destrucción de la Universidad española por el franquismo, 1936-1945. En
realidad, el incidente de Salamanca es apenas una de las muchas cosas,
ni siquiera la más grave, de las muchas que se detallan en este libro.
Con una bibliografía y una documentación que solamente se puede
considerar abrumadora, Claret Miranda recorre un episodio silenciado y
oculto durante décadas, nunca antes contado en su totalidad. Su libro,
basado en la tesis del autor, es estudio minucioso y pormenorizado,
universidad por universidad, centro por centro (Salamanca, Valladolid,
Zaragoza, Santiago de Compostela, Oviedo, Sevilla, Granada, Barcelona,
Madrid, Valencia y Murcia), de un exterminio intelectual: el plan de
liquidación de cualquier rastro de disidencia por parte del régimen de
Franco.
Como escribe en su prólogo el historiador Josep Fontana, el choque
entre Millán Astray y Unamuno posee un valor metafórico. “Cuando se
habla del ‘¡Mueran los intelectuales!’ que José Millán Astray pronunció
el 12 de octubre de 1936 en Salamanca se suelen interpretar sus palabras
como el exabrupto de un militar temperamental. Lejos de ello,
representaban la expresión sincera de un punto fundamental del programa
de los sublevados de 1936”.
Al recordar el incidente corremos el riesgo de quedarnos con una
imagen banal o caricaturizada de Millán-Astray, la de un malvado de
cartón piedra, un villano de opereta que grita y bufa como un mastín
enloquecido. A ello contribuyen sin duda sus discursos exaltados, su
sangriento historial y su imagen poco menos que siniestra. Su biógrafo,
Luis E. Togares, quien no se esfuerza demasiado en disimular la
admiración que le suscita el personaje, lo describe así: “Su imagen, de
uniforme, tuerto y manco, con el pecho repleto de condecoraciones, la
mirada fría de su único ojo, como perdida, y la tez cetrina y
cadavérica, resultaba la misma imagen de la muerte en combate, la imagen
subyugante de la guerra”. No obstante, según cuenta el libro de
Togares, quizás la mayor contribución de Millán Astray a la historia de
España no sea ni su enfrentamiento con Unamuno ni la fundación de la
Legión, sino el apoyo decidido al nombramiento de Franco como jefe de
los Ejércitos. El Polifemo del Rif (según el terriblemente cursi apodo
que acuñó la prensa franquista) hizo todo lo posible por promocionar a
su viejo compañero de batallas en África. Como insiste Fontana, no está
de más recordar que pocas semanas después del episodio en Salamanca,
Franco nombró a Millán Astray jefe de la Oficina de Prensa y Propaganda,
y que ya unas semanas antes el tuerto había sugerido la inserción
obligatoria en todos los periódicos del lema “Una Patria, un Estado, un
Caudillo”, copia casi literal del
Ein Volk, ein Reich, ein Führer de Hitler.
El Día de la Raza no fue la única vez que Millán Astray habló de
acabar de raíz con todo rastro de disidencia. Lo haría de nuevo una
semana más tarde, el 18 de octubre, escribe Jon Juaristi, durante la
inauguración de un cuartel de requetés, “amenazando con fulminar a los
intelectuales desafectos a la rebelión”. ¡Muera la inteligencia! no era
un grito descontrolado, sino el anuncio exacto de lo que iba a suceder
en los años siguientes.
En la universidad, aquello fue llamado “el atroz desmoche”. La
expresión se la debemos nada menos que a Pedro Laín Entralgo, uno de
aquellos falangistas arrepentidos, quien en su
Descargo de conciencia,
publicado tras la muerte de Franco (en 1976), afirma: “…se acometía la
empresa de la reconstrucción intelectual de España –tan urgente, después
del atroz desmoche que el exilio y la depuración habían creado en
nuestros cuadros universitarios, científicos y literarios”.
¿Cuántos cerebros fueron desmochados? Poner números a la llamada
depuración es tarea imposible. Según Jaume Claret, en cada territorio
“la autoridad militar correspondiente, con la colaboración de fuerzas
vivas, adoptaba una serie de medidas provisionales en el ámbito
educativo con el objetivo de purgar a los elementos republicanos y de
izquierdas y devolver el control a los elementos católicos y de
derechas”. La purga alcanzaba todos los niveles. Se calcula, por
ejemplo, que hacia 1937 ya eran 50.000 los maestros expedientados. Hacia
marzo de 1939, el ministro franquista Sainz Rodríguez cifraba en 1.101
los docentes universitarios depurados. Son las estimaciones del régimen.
Desde el otro lado, los republicanos en el exilio estimaban que cerca
de un 40% del profesorado universitario se vio afectado.
En los discursos de la época, los propagandistas de Franco describen
la aniquilación como un pasaje bíblico: “La espada de nuestro caudillo
trazó, en un amanecer ardiente de julio, la divisoria entre dos mundos
irreconciliables, entre el reinado del error y el imperio de la verdad… Y
como en todo trance de creación, nuestra Patria revivió en el
alumbramiento de un orden nuevo, el augusto dolor de su gloria y mística
maternidad”. Dentro de la universidad, la guerra civil tuvo efectos
similares a los de la bomba atómica. A la destrucción inicial habría que
sumarle los daños causados por varias décadas de radiaciones. Incluso
puede que algunos claustros no se hayan librado todavía hoy de la
contaminación. Ello explicaría, en opinión de Josep Fontana, el
–digamos– escaso interés hacia este episodio. “¿A qué puede deberse esta
diferencia entre la forma en que se ha investigado la tragedia de los
maestros y el silencio acerca de lo que sucedió en las universidades? La
razón esencial es que la universidad franquista no se renovó después de
la transición y optó, para disimularlo, por callar y esconder su
pasado”.
Los claustros universitarios, explica Claret, se vieron profundamente
afectados tanto por las consecuencias directas –exilio, muerte y
represión del profesorado– como por las indirectas –nuevas
adjudicaciones de vacantes, interferencias políticas o equilibrios entre
los intereses de las familias ideológicas. Todo ello “de resultas de
una política que propugnaba la necesidad de entrar a sangre y fuego, sin
respeto a nada de lo preexistente”. Como bien resumía desde su exilio
mexicano el médico y científico José Puche Álvarez, “lo que se perdió en
la guerra no fue sólo un Gobierno, sino toda una cultura”.
El caso de Salvador Vila Hernández
La asepsia de las cifras no permite siquiera asomarse a la tragedia
detrás de cada expediente. Los más afortunados perdían el trabajo. Otros
acababan en el exilio. Demasiados, en las cárceles o ante el pelotón de
fusilamiento. Para comprender la dimensión humana de la pérdida es
necesario volver al terreno de las historias. Regresemos por tanto al 12
de octubre de 1936. Conviene recordar, por ejemplo, que el mismo día y a
la misma hora que Unamuno se enfrentaba a Millán Astray en Salamanca,
en la Universidad de Sevilla el poeta de la generación del 27 Jorge
Guillén leía el discurso del Día de la Raza ante el general Queipo de
Llano y el Gran Visir de Tetuán, Sidi Ahmed El Ganmia. A Guillén le
recomendaron participar en el acto de adhesión al
alzamiento
para que no prosiguiera la investigación abierta contra él. En agosto de
1936 se le había denegado ya el permiso para asistir a una reunión del
Pen Club en Buenos Aires. Finalmente, tras muchos azares, se exilió con
su familia a Francia y después a Canadá.
Retrato de Salvador Vila.
Menos suerte tendría Salvador Vila Hernández, rector de la
Universidad de Granada al estallar la Guerra Civil. Salvador Vila era un
joven catedrático salmantino. Fue un investigador precoz, así como un
extraordinario arabista. También fue amigo y discípulo predilecto de
Unamuno, a quien tuvo como maestro mientras estudiaba Letras y Derecho
en Salamanca. En 1928 había disfrutado de una beca para estudiar cultura
árabe en la Universidad de Berlín, donde conoció a su futura mujer
Gerda Leimdörfer, procedente de una familia judía, laica e ilustrada,
hija del redactor jefe del principal periódico judío de la capital
alemana.
Quienes conocieron a Salvador Vila habrían de recordarlo como un
hombre “sonriente siempre, y sencillo y bueno”. Era de carácter tímido y
tenía un leve defecto de pronunciación en el habla. Eso no le impidió
hacerse, en 1935, con la dirección de la Escuela de Estudios Árabes en
Granada, y un año después, en 1936, con el rectorado de la Universidad.
Tras conocerse la noticia del golpe de Estado, y con la confianza de que
el paso del verano calmaría los ánimos, el matrimonio partió a Madrid y
a Salamanca para visitar al viejo maestro. De acuerdo con el relato de
Claret: “Durante aquellas primeras semanas, Miguel de Unamuno y Santiago
Vila pasearon y conversaron por las calles de Salamanca como si nada
sucediese a su alrededor”. Uno de aquellos días, el 7 de octubre de
1936, después del almuerzo, “una pareja de la Guardia Civil detenía al
joven matrimonio en su casa y los trasladaba a Granada. Alarmado ante el
arresto, el maestro trataba en vano de interceder por su discípulo
predilecto. Mientras tanto, Salvador y Gerda eran encarcelados por
separado en la prisión de hombres y en la de mujeres. Ya no volvieron a
verse”.
No es exagerado pensar que la persecución y el arresto de su alumno
más brillante cambiaron radicalmente la visión de Unamuno sobre el
levantamiento militar de Franco. Esa es la interpretación que hace Jaume
Claret y cuesta no asumirla como la más correcta. “El cambio de actitud
no respondió a ningún arrebato irreflexivo, sino que venía originado
por una lenta evolución a raíz del constante goteo de noticias sobre los
excesos represores cometidos por las nuevas autoridades”. En uno de sus
cuadernos, el rector de Salamanca apunta lo siguiente: “El que una
horda de locos energúmenos mate a un número de ricos sin razón alguna,
por bestialidad, no me parece tan grave como el que unos señoritos
asesinen a un profesor por suponerle masón”.
En los primeros días de octubre, Unamuno comienza a escribir a las
autoridades cartas que no obtienen respuesta. Llegado el momento decide
visitar personalmente a Franco en su cuartel general. El todavía rector
confía en su autoridad y su prestigio para interceder por sus amigos.
Pide clemencia, entre otros, para el catedrático y último alcalde
republicano de Salamanca, Casto Prieto Carrasco. Sus palabras apenas son
escuchadas. El caudillo no atenderá ninguna de sus peticiones. Es más,
puede que, después del altercado con Millán Astray, quedase echada para
siempre la suerte de Salvador Vila. Así lo sugiere en su libro Jaume
Claret: “No por casualidad, el crimen contra el discípulo se producía
poco después de que el general Francisco Franco firmase la destitución
de Miguel de Unamuno como rector dentro de las represalias tras el
incidente durante la celebración de la Fiesta de la Raza”. La noche del
22 de octubre de 1936, el ya destituido rector de Granada es conducido a
Víznar, la misma localidad donde tres días antes era asesinado Federico
García Lorca. Allí será fusilado junto con otros veintiocho presos.
“Gerda Leimdörfer no se enteró del asesinato de su marido hasta el 1
de noviembre, y no consiguió ser excarcelada hasta tiempo después,
gracias a los buenos oficios del compositor Manuel de Falla.” Para
lograrlo, y como si hubiesen vuelto los tiempos del Santo Oficio, “tuvo
que abjurar del judaísmo y convertirse al catolicismo. Con un niño de
pocos meses, la viuda de Salvador Vila tomaba el nombre de María de las
Angustias, virgen patrona de Granada”.
Prisionero en su propia casa en Salamanca, la noticia de la muerte de
Salvador Vila no hizo sino añadir amargura a los últimos días de
Unamuno. El 13 de diciembre, dos semanas antes de su muerte, el maestro
se lamentaba así en una carta dirigida a su amigo Quintín de la Torre:
“Claro está que los mastines –y entre ellos algunas hienas– de esa tropa no saben lo que es la masonería ni lo que es lo otro. Y encarcelan e imponen multas –que son verdaderos robos y hasta confiscaciones y luego dicen que juzgan y fusilan. También fusilan sin juicio alguno […] Y esto es cosa cierta, porque lo veo yo y no me lo han contado. Han asesinado, sin formación alguna de causa, a dos catedráticos de universidad –uno de ellos, discípulo mío– y a otros. Últimamente al pastor protestante de aquí, por ser… masón. Y amigo mío. A mí no me han asesinado todavía estas bestias al servicio del monstruo […] Qué cándido y que ligero anduve al adherirme al movimiento de Franco.”
La exhibición de atrocidades
El anti-judaísmo en los primeros años de represión franquista no era
el único elemento común con el nazismo alemán o la Inquisición española.
También lo fue la quema de libros. El 30 de abril de 1939, cuando aún
no se cumple un mes del final de la guerra, una pira de volúmenes
considerados peligrosos o degenerados arde en la Universidad Central de
Madrid. Los nuevos dirigentes, leemos en
El atroz desmoche,
justificaron las hogueras por “la falsificación, a través del libro
escolar, de nuestra historia patria, buscando en el servilismo soviético
el modelo más adecuado para infiltrar en la niñez el odio a todo lo
nacional, a todo lo católico y espiritual”.
El adjetivo “atroz” (es decir: fiero o cruel) no es gratuito.
Difícilmente puede definirse de otro modo lo ocurrido en Santiago de
Compostela: la persecución a la que se vieron sometidos los miembros del
Seminario de Estudios Galegos (SEG). “Al menos noventa y nueve fueron
asesinados, represaliados o se exiliaron.”
Sólo como atroz (es decir: inhumano o enorme) puede describirse el
asesinato en Oviedo del rector y catedrático de Derecho Civil Leopoldo
García-Alas García-Argüelles. Sus asesinos alegaron que el acusado había
asistido a un mitin de Manuel Azaña. La causa última de su muerte, en
cambio, no se debía a su ideología ni a su cargo, sino sencillamente al
hecho de ser el hijo de Leopoldo Alas “Clarín”, autor de
La regenta.
El odio de la sociedad tradicional de Oviedo contra aquella novela
llegaba a tal extremo que, al no poder descargar su rabia contra el
literato (Clarín llevaba muerto desde 1901), la emprendieron contra su
hijo y el monumento a su honor. Así lo narra Claret: “Un grupo de
jóvenes vestidos con camisa azul, correajes y pistolas colocaban una
enorme careta de burro en el busto del novelista y, antes de
dinamitarlo, se fotografiaban orgullosos frente a él”.
La exhibición de atrocidades podría dar la impresión de obedecer a
una espiral desatada de furia sin sentido. Nada más lejos de la
realidad. En el campo de la cultura esa interpretación sería enormemente
ingenua. La violencia tenía un triple fin: el castigo para los
desafectos, la sumisión de los indecisos y la cohesión de los
vencedores. Por esto mismo el período de la “depuración” sería una edad
dorada para los delatores. El franquismo, apunta este libro, no sólo
necesitaba una universidad sometida, sino cómplice. Al fin y al cabo,
casi peor que las ausencias sería lo que vino después, cuando el vacío
del exilio, las cárceles y las cunetas pasó a ser cubierto por una
legión de arribistas. Detrás de cada sanción, de cada exilio, de cada
asesinado, se hallaba un beneficiario. Las cátedras se convirtieron en
botín de guerra y premio por los servicios prestados. En la práctica, la
consecuencia inmediata para las generaciones siguientes sería una
universidad mucho más restringida, además de declaradamente clasista y
sexista. El bachillerato universitario se volvía más selectivo, subraya
Claret, y la educación superior reducía sus objetivos, “a dotar de una
cultura clásica, religiosa y eminentemente española a la minoría selecta
de alumnos que han de ir a la Universidad”. Una minoría selecta donde
muy pocos tenían cabida, “y menos aún las alumnas, cuyo puesto último,
en general, no debe ser la Universidad, sino el hogar”.
Con frecuencia se ha dicho, con admirable capacidad de síntesis, que
la Guerra Civil la ganaron los curas y la perdieron los maestros. En el
campo de las ideas, el nuevo régimen tuvo como objetivo inicial, a
menudo expresado de forma explícita, borrar cualquier rastro del
pensamiento crítico y racionalista nacido en la Ilustración, y que por
azares históricos en España solo había llegado a eclosionar en los años
veinte y treinta del siglo XX. Como dice el historiador británico Eric
Hobsbawm, la guerra “encarnaba las cuestiones políticas fundamentales de
la época: por un lado, la democracia y la revolución social, siendo
España el único país de Europa donde parecía a punto de estallar; por
otro, la alianza de una contrarrevolución o reacción, inspirada por una
Iglesia católica que rechazaba todo cuanto había ocurrido en el mundo
desde Martín Lutero”. El 1 de abril de 1939, cautivo y desarmado el
Ejército rojo, el monopolio del pensamiento regresaba a manos de Dios.
Con la nueva era de la Victoria, la Iglesia recuperaba el control de
todos los ámbitos educativos. En la escuela su dominio iba a ser
absoluto. En la educación universitaria el único rival serio en la
disputa del botín iba a ser la Falange, que ya en los años de la
República tenía presencia en los campus a través del SEU (Sindicato
Español Universitario). Entre los planes para una universidad
“falangizada”, el Movimiento Nacional promovía el logro de la “autarquía
cultural” (
sic). Pero aun así Falange ni pudo ni supo imponerse. Como se recoge en
El atroz desmoche:
el mismo Franco aclaraba que en España “no hará falta una universidad
católica, porque todas nuestras universidades serán católicas y en ellas
habrá una enseñanza superior religiosa de carácter filosófico”.
Juan Peset
Así, mientras los colegios se llenaban de crucifijos y las facultades
de capillas, la persecución de profesores ligados a la República no
cesaba. Entre los últimos ajusticiados figura el nombre de Juan Peset
Aleixandre, catedrático de Medicina legal y exrector de la Universidad
de Valencia. Otro alumno extraordinario, que acumulaba cinco carreras
(doctor en Medicina, Ciencias y Derecho, y perito químico y mecánico), y
que fue condenado por dos veces a muerte en un simulacro de consejo de
guerra. En su defensa, multitud de testimonios aseguraban que hizo lo
posible por proteger vidas y edificios en la retaguardia republicana. No
sirvió de mucho. A las seis de la mañana del 24 de mayo era fusilado
contra el muro del cementerio de Paterna (Valencia). Más de dos mil
personas fueron asesinadas allí. La muerte del rector Juan Peset ocurrió
en 1941. La guerra, por aquellas fechas, llevaba dos años terminada.
Una ola de estupidez
A partir de 1939 todo intento de modernización pedagógica o
democratización de la Universidad era abolido. Las consecuencias, dice
Jaume Claret, no sólo no se ocultaban, sino que eran asumidas como un
mal necesario: “el desmoche ha sido tremendo porque tremenda era la
plaga”. En Barcelona el número de expedientes se volvía gigantesco. Al
ser una de las últimas ciudades en caer, “todos los docentes de la
Universidad fueron declarados suspensos de empleo y obligados a
solicitar el reingreso y la depuración”.
En Madrid, entre los perjudicados partirían al exilio personalidades
tan conocidas como Américo Castro o Claudio Sánchez-Albornoz. Julián
Besteiro, catedrático de Lógica y ex presidente del Congreso y del
Partido Socialista, pagaría con su vida el compromiso con la República.
Murió en 1940 en la cárcel de Carmona (Sevilla). Terminada la guerra, y
al ser preguntado por sus captores por la localización exacta del Tesoro
Nacional, cuentan que Besteiro respondió con un punto de orgullo: “En
las cárceles y en los campos de concentración”.
“Sin haberse retirado la ola de sangre, ya se abate
sobre España la ola de la estupidez”, escribiría Azaña desde el exilio.
“Todo lo ocurrido en España es una insurrección contra la inteligencia”
Con el tiempo, más tarde o más temprano, los sectores más
aperturistas y lúcidos del franquismo llegarían a ser conscientes del
daño causado. Destacan las palabras del primer ministro de Educación
Nacional de Franco, Pedro Sainz Rodríguez, quien calificó el éxodo de
intelectuales como “uno de los más graves problemas que la Guerra Civil
plantea a la cultura española”. Una pérdida, en su opinión, que
únicamente podía ser comparada con “la emigración de los afrancesados a
raíz de la Guerra de la Independencia”. La suya no era, no obstante, la
opinión mayoritaria en su tiempo. En cuestión de tres años el
pensamiento había retrocedido a las tinieblas medievales, con el aplauso
exaltado de quienes ahora estaban llamados a dirigir la cultura. En
Los intelectuales y la tragedia de España,
libro publicado en 1937, Enrique Suñer Ordóñez proponía directamente la
“extirpación a fondo de nuestros enemigos, de esos intelectuales, en
primera línea, productores de la catástrofe. Por ser más inteligentes y
cultos, son los más responsables”.
Jaume Claret termina su estudio sobre
El atroz desmoche en
el año 1945. Es cierto que a partir de esa fecha, tras la derrota de
Hitler y Mussolini en la Segunda Guerra Mundial, se atempera (sin llegar
nunca a detenerse) el grado de represión ideológica en las aulas
españolas. Como ha estudiado entre otros Jordi Gracia en
La resistencia silenciosa y antes en
Estado y cultura. El despertar de una conciencia crítica bajo el franquismo,
la universidad no tardaría en volver a ser en la década siguiente uno
de los focos de resistencia contra la dictadura. La razón ilustrada pudo
recuperar algo de oxígeno, de forma precaria y escondida, a partir de
los años cincuenta. La historia reciente de la universidad española es
quizás un relato de claroscuros, pero en la inmediata posguerra la
oscuridad era absoluta.
“Cuando nos referimos al yermo franquista siempre tenemos en mente a
todos aquellos docentes que se perdieron, pero olvidamos que el yermo
real y duradero lo crearon sobre todo aquellos profesores que
permanecieron en España y ocuparon las vacantes”, concluye Claret.
“Evidentemente, en esta desgraciada herencia hubo excepciones […] Con
los años, además, la masificación impidió mantener el control estricto
de los claustros, y poco a poco, algunas cátedras se airearon, pero en
muchas otras la herencia siguió presente. De hecho, todavía parte de la
actual universidad española es más hija de la universidad franquista que
de la republicana. No ideológicamente, sino por tradición.”
Casi nadie lee hasta el final estos artículos. Por lo tanto, querido
lector o querida lectora, si has llegado hasta esta línea significa que
podemos hablar en confianza y compartir alguna confidencia. Resulta
tentador que nos preguntemos, por ejemplo, cómo habría sido la
universidad española si el proceso modernizador puesto en marcha por la
República no hubiera sido ahogado en un charco de sangre.
La próxima vez que oigamos hablar sobre la
precariedad de la investigación en España, sobre
rectores colocados a dedo que plagian sus trabajos o sobre
la falta de prestigio de los campus españoles,
podríamos pensar por un momento en Miguel de Unamuno, en Salvador Vila,
en Leopoldo García-Alas, en Julián Besteiro, en Juan Peset. O en las
palabras que escribió desde el exilio Manuel Azaña. En sus últimos
cuadernos se conserva esta nota, escrita en junio de 1939, un año antes
de su muerte: “Todas las informaciones que recojo prueban que sin
haberse retirado la ola de sangre, ya se abate sobre España la ola de la
estupidez en que se traduce el pensamiento de sus salvadores. El
desastre para todo el país, debe ser aún mayor de lo que yo me imaginaba
y temía”. En el fondo, las palabras que Millán Astray dirigió aquel 12
de octubre contra Unamuno no habían podido ser más acertadas. “Todo lo
ocurrido en España”, escribiría Azaña, “es una insurrección contra la
inteligencia”.
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Miguel de Lucas es periodista y candidato a doctor
en Literatura española e hispanoamericana en la Universidad de Sevilla.
En la actualidad, trabaja como profesor de Lengua española en el Centro
Norteamericano de Estudios Interculturales de Sevilla.
Para saber más:
GRACIA, Jordi (2004).
La resistencia silenciosa. Fascismo y cultura en España. Barcelona: Anagrama.
JUARISTI, Jon (2012).
Miguel de Unamuno. Madrid: Taurus.
RABATÉ, Colette y RABATÉ, Jean Claude (2009).
Miguel de Unamuno. Biografía. Madrid: Taurus.
ROJAS, Carlos (1995).
¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte! Salamanca, 1936. Barcelona: Planeta.
TOGORES, Luis E. (2004).
Millán Astray. Legionario. Madrid: La esfera de los libros.
TRAPIELLO, Andrés (2010).
Las armas y las letras. Literatura y guerra civil (1936-1939). Barcelona: Destino.
La guerra civil tuvo para la Universidad efectos similares a
los de una bomba atómica. A la destrucción inicial habría que sumarle
varias décadas de radiaciones