jueves, 11 de enero de 2018

¿Por qué los mexicanos votamos cada vez menos?


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©¿Por qué los mexicanos votamos cada vez menos?


¿Votar o no votar?
No existe una regla aceptada por los expertos que dé cuenta con certidumbre del comportamiento electoral y sus variaciones en las democracias modernas. Tanto una copiosa concurrencia en las urnas como un marcado abstencionismo se pueden deber a un sinnúmero de causas tanto coyunturales como estructurales. En virtud de ello, no hay encuesta confiable ni cálculo infalible para anticipar con precisión quién o qué partido va a ganar una elección, cuál será el grado de participación o de abstencionismo de la población, qué campaña será exitosa y cuál, un desastre. Con todo, una cosa es cierta: en aquellas democracias donde se ha registrado al menos una vez una concurrencia elevada a las urnas por parte de la ciudadanía, un repentino descenso en dicha participación o un incremento considerable del abstencionismo, no se explica por razones de una cultura política escasamente democrática que aleja a los ciudadanos de las urnas, sino todo lo contrario, o sea a la existencia de una ciudadanía lo suficientemente madura e informada como para discernir que la oferta política que se le presenta es pobre y por tanto no merece ser respaldada en las urnas. Algo similar se puede decir de los indecisos, o sea que un número elevado de indecisos para una elección no se debe necesariamente a desinformación o apatía, sino que el electorado se toma muy en serio el hecho de votar por lo que se toma el tiempo necesario para madurar su elección.
Consideraciones de este tipo son importantes, porque es muy frecuente descargar en los ciudadanos las insuficiencias de los propios partidos y candidatos para conectar con sus potenciales seguidores. Por esta vía, el abstencionismo vendría a ser la expresión de una ciudadanía poco participativa y políticamente apática. Obviamente, pintar las cosas de ese color resulta muy cómodo para los políticos profesionales, pero no hace justicia a los hechos. Así como no hay una regla que explique puntualmente las variaciones en el comportamiento electoral de una elección a otra, tampoco el abstencionismo es sinónimo de una pobre o escasa cultura democrática, sino de una ponderación más o menos razonada de la mayor o menor utilidad del voto.
El argumento aplica perfectamente para el caso de México, que no obstante tratarse de una democracia joven, ha mostrado patrones de comportamiento bastante irregulares, desde la afluencia masiva a las urnas, sobre todo en algunas elecciones presidenciales decisivas, como de marcado abstencionismo, sobre todo en elecciones federales intermedias y en muchas elecciones locales. Y si bien, por lo mismo, no se puede establecer una tendencia neta sobre el comportamiento electoral dominante en el país, una cosa parece cierta: los mexicanos se preocupan y se ocupan cada vez menos de ir a votar.
Teóricamente, las razones del abstencionismo pueden ser muchas y muy complejas, desde un creciente malestar hacia la clase política en general, o un desencanto con la democracia y un consecuente hartazgo hacia los partidos, hasta, por el contrario, la existencia de un umbral bastante elevado de confianza o aceptación de la democracia electoral que en lugar de motivar la participación la mantiene en niveles mínimos. En ambos casos —el malestar y la confianza básica—, aunque contradictorios entre sí, tienen algo en común: nacen de la sensación o percepción de que gane quien gane, para bien o para mal, con la democracia no pasa nada, o al menos nada decisivo y trascendental como para involucrarse activamente. Obviamente, la primera razón del abstencionismo —el malestar— es más frecuente en democracias poco consolidadas y con fuertes tradiciones autoritarias no muy lejanas en el tiempo, mientras que la segunda —la confianza básica— es típica de democracias consolidadas y da larga data.
De acuerdo con lo anterior, no es descabellado anticipar que el principal protagonista en las próximas elecciones federales de 2012 y en la gran mayoría de las elecciones locales concurrentes será el abstencionismo. Podrá ganar un partido la presidencia y hasta la primera mayoría en el Congreso; otro, alguna plaza estatal o municipal; un tercero caerá en sus cálculos más optimistas. Pero en todos los escenarios, los ciudadanos nos sentiremos menos estimulados que en otros años para asistir a la cita. Y entre las razones posibles, como veremos, la que prevalece en México es el malestar hacia la clase política en general más que la confianza básica con la democracia. A riesgo de ser muy general, la lectura prevaleciente entre muchos electores se acercará a la siguiente: el PAN tuvo su oportunidad, pero ha sido un fracaso en el poder; el PRD merece su oportunidad, pero sus elites se la pasan destruyéndose entre sí; el PRI está siendo prudente y busca capitalizar el desgaste de los demás, pero no deja de ser el inefable “partidazo” de la era autoritaria; la chiquillada, por su parte, ha exhibido una y otra vez grandes dotes de oportunismo y falta de compromiso con las causas nacionales. En consecuencia, diremos muchos, “¿para qué votar? Todos los partidos son un asco, y además no tienen ningún compromiso con la ciudadanía”. A ello hay que sumar factores coyunturales igualmente desalentadores, tales como el deterioro socioeconómico que vive el país, la delicada situación de inseguridad y violencia, la ausencia de reformas estructurales que provean un horizonte de futuro más optimista a los mexicanos...
Las cifras del abstencionismo
Que el abstencionismo vaya ser el gran protagonista de las elecciones federales y locales concurrentes de 2012 no es una novedad y tampoco un asunto por el que debamos desgarrarnos las vestiduras, como vociferan muchos políticos alarmistas. Si revisamos las cifras de abstención tanto en los comicios presidenciales como en los de diputados federales de los últimos veinticinco años (cuadro 1), ambas muestran una clara tendencia al alza (ver gráficas 1 y 2), con todo y que el comportamiento electoral en algunos comicios parece escapar a toda lógica, lo cual bien puede deberse a la falta de instituciones electorales confiables en el país, sobre todo antes de la reforma electoral de 1996. Considérese, por ejemplo, la elección presidencial de 1982, con una abstención según las cifras oficiales de apenas 32.55 por ciento, en una coyuntura de crisis económica, con una competencia partidista todavía incipiente y con un “candidato oficial” con escasas dotes para movilizar al electorado pero que terminó arrasando en las urnas. Pero más sorprendente aún resultan las elecciones presidenciales de 1988, quizá las elecciones que más interés han concitado entre los electores, pero que según las cifras oficiales arrojaron la abstención más alta de la que se tenga registro hasta el día de hoy: 54.80 por ciento. Y como estos hay muchos ejemplos más, lo cual sólo nos sugiere una cosa: debemos tomar con pinzas las cifras oficiales, al menos las existentes hasta bien entrados en los años noventa, para no generar espejismos.
Cuadro 1
Porcentaje de abstencionismo en elecciones federales (1982-2009)

Fuente: Instituto Federal Electoral/*Proyección
No obstante ello, como decíamos, la tendencia a la alza del abstencionismo en elecciones federales es bastante clara en el país. Mientras que en las elecciones presidenciales de 1982 a 2006 tenemos un abstencionismo promedio de 39.37 por ciento, las elecciones más recientes —las de 2006—, pese al enorme interés que concitaron, arrojaron un abstencionismo de 2 puntos por arriba de dicho promedio. En las elecciones para diputados, por su parte, el promedio de abstencionismo para el mismo período es de 46.10 por ciento, cifra que se eleva considerablemente a 51.55 por ciento si contemplamos únicamente las elecciones federales intermedias. De acuerdo con una estimación tendencial simple es posible establecer en alrededor de 51.22 por ciento la abstención para las elecciones de diputados de 2012, cifra que sentaría un precedente histórico muy significativo para este tipo de comicios, y cuyas consecuencias analizaré más adelante. Mención aparte merecen los resultados de comicios locales a nivel municipal e incluso estatal, donde ya se registran niveles de abstencionismo de hasta un 70 por ciento, como en elecciones no muy distantes celebradas en Baja California y Oaxaca. Para las elecciones locales de julio de 2012, pese a ser concurrentes con las elecciones federales, no existen indicios de que se pueda revertir en ningún caso la tendencia al alza del abstencionismo. Cabe señalar que sumando el conjunto de las elecciones municipales en todo el país, concurrentes y no concurrentes con elecciones federales, celebradas durante el sexenio de 2000-2009, la abstención alcanzó un 49.5 por ciento, cifra que aumenta a 54.5 por ciento si sólo se consideran las elecciones locales no concurrentes.
Gráfica 1
Evolución del abstencionismo en elecciones presidenciales
(1982-2006)

Gráfica 2
Evolución del abstencionismo en elecciones para diputados federales
(1982-2009)
Causas y consecuencias
En la perspectiva de un triunfo arrollador del abstencionismo en las elecciones federales y estatales concurrentes del 2012, habría que desechar por obsoletas aquellas interpretaciones según las cuales un creciente abstencionismo es sinónimo de incultura política y una fuerte tasa de participación solo es posible es naciones con culturas democráticas maduras. En efecto, pese a que la democracia mexicana está apenas dando sus primeros pasos, no se puede decir que la cultura política de los mexicanos sea escasamente democrática. Por el contrario, el abstencionismo constituye una expresión de creciente apatía o malestar social hacia la política institucional, lo cual nada tiene que ver con el grado de cultura democrática existente sino con el pésimo desempeño de las autoridades y la pobre oferta política de los partidos en contienda.
En realidad, este diagnóstico vale para prácticamente todas las democracias del planeta, pues hoy presenciamos en todas partes una crisis de la representación política; es decir, un creciente extrañamiento de las sociedades y sus representantes elegidos democráticamente. En lo personal, prefiero leer el fenómeno del abstencionismo en las democracias actuales asociado a este contexto global de crisis de la política representativa, que quedarme en la superficie de nociones como “fatiga” o “saturación” electoral con las que los politólogos y los “electorólogos” suelen referirse al asunto, pues no sólo subestiman la magnitud de la crisis de la política institucional de fondo sino que suponen que basta perfeccionar las campañas electorales o la imagen de los partidos ante el electorado para revertir las tendencias a la baja de la participación electoral, cuestión que por lo demás la propia realidad se ha encargado de desmentir una y otra vez. Es decir, estas lecturas terminan haciendo apología de esa bazofia que es el “marketing político”.
Por lo demás, no puede decirse que la cultura política de los mexicanos es pobre cuando han sido precisamente los ciudadanos los que marcaron la diferencia en las urnas para que finalmente terminara de manera pacífica y no traumática el viejo régimen priista y fuera sustituido por otro distinto sustentado en la libertad y la justicia. Por ello, tampoco extraña que los electores no concurran ahora a las elecciones en la misma proporción que en el 2000 o el 2006, o incluso antes cuando la expectativa de cambio era un ingrediente adicional en los comicios, pues la mayoría de los mexicanos nos sentimos ahora defraudados o frustrados ante una expectativa de transformación que no se ha concretado en los hechos. La percepción dominante entre los ciudadanos es que ninguno de los actores políticos, pero sobre todo el gobierno federal, los partidos y el Congreso, ha estado a la altura de las enormes expectativas de transformación que se abrieron entonces. Otra cosa es calificar el tipo de cultura política dominante en México, o ubicarla en una escala de mayor o menor cercanía a los valores democráticos de tolerancia, pluralismo, participación, etcétera. Pero incluso aquí seguramente nos llevaremos una sorpresa si se contrasta la cultura política de los ciudadanos con la de sus propios políticos. Basta pues de menospreciar a los ciudadanos. En México tanto el voto como el no voto son hoy en la mayoría de los casos elecciones individuales absolutamente racionales, maduras.
La elección de no votar o de anular el voto, cuando es consciente, es también una elección legítima, es decir, tiene un  significado que quiere proyectarse políticamente. Tampoco comparto aquellas interpretaciones que consideran que el desencanto de los ciudadanos más que con los partidos o con los políticos es con la propia democracia, pues han descubierto con pesar que ésta no resuelve milagrosamente sus problemas inmediatos de todo tipo. Nuevamente se etiqueta aquí a los electores y se presume que su apatía en las urnas nace más de la ignorancia y el desconocimiento de lo que verdaderamente es la democracia, pues la cargan de significados que no tiene. En realidad, este supuesto candor no aplica, pues lo que la mayoría de los ciudadanos en México pretende de la democracia es que sus representantes los representen adecuadamente, quiere mejores leyes y garantías, quiere vivir en un verdadero Estado de derecho. Ni más ni menos.
Pero, ¿qué consecuencias puede tener un abstencionismo creciente para el desarrollo democrático de un país, y en particular para México? Ante todo no hay que alarmarse. La mayoría de las democracias en el mundo, consolidadas o no, conviven cotidianamente con este convidado de piedra. Eso no significa que su presencia no advierta de un distanciamiento cada vez más visible de los partidos y las autoridades con respecto a los ciudadanos, un distanciamiento nacido de la inconformidad o la insatisfacción hacia la política institucional. Cabe precisar que en democracias consolidadas esta insatisfacción suele acompañarse de algunas percepciones según las cuales la democracia está bien como está y participar o no en las urnas no cambia nada las cosas, o la democracia está maltrecha pero votar o no votar no modifica nada, o gane quien gane las elecciones las cosas seguirán iguales. Obviamente, se trata en todos los casos de posiciones que desalientan la participación. Las cosas en una democracia joven, no consolidada o que no ha podido sacudirse el peso del pasado autoritario, como México, son más burdas. Un ciclo de alta participación seguido de alto abstencionismo electoral sólo puede ser explicado por un hecho: la mayor o menor expectativa de cambio o de ruptura con el pasado autoritario.
Más específicamente, una afluencia masiva a las urnas estaría revelando una cierta confianza en la ciudadanía de que las cosas pueden cambiar, mientras que el abstencionismo indicaría lo contrario. Dicho de otro modo, la gente se moviliza cuando considera que es necesario hacerlo para avanzar en la democracia, y deja de hacerlo cuando ha dejado de creer en esa posibilidad. Lamentablemente, en México el abstencionismo llegó muy temprano en su vida democrática. No terminábamos de transitar a la democracia por la vía de la alternancia cuando el malestar y la frustración ya empezaban a campear en muchos ciudadanos. Pero como he venido sosteniendo, el alejamiento de las urnas no es una condición cultural sino una consecuencia del pésimo desempeño de las autoridades. Es la constatación de una ciudadanía capaz de cuestionar con su silencio la pobre oferta política de los partidos en competencia o de castigar a una clase política ineficaz y timorata, o simplemente de enviar señales de malestar y desencanto a sus representantes con la esperanza de que algo cambie finalmente. En México el abstencionismo está muy lejos de ser como en varias democracias consolidadas una expresión indirecta de complacencia con la política institucional del país en cuestión; una manera de decir que todo está tan bien que ni siquiera tiene caso ocuparse en votar. Por el contrario, en México la arena electoral ha sido en los tiempos recientes y sigue siéndolo aún el principal espacio de contestación a la política oficial, el ámbito genuino de expresión de la ciudadanía.
Por todo ello, el abstencionismo creciente debe alertar sobre todo a los partidos políticos y a los gobernantes en general. Para empezar, debe quedar claro a los políticos que la mercadotecnia no aplica en nuestro país, que nuestra ciudadanía es lo suficientemente madura como para dejarse engañar por espejitos o retóricas vacías. Debe quedar claro para los políticos que el único criterio válido para aspirar a contar con las preferencias de los ciudadanos son sus propias acciones, la congruencia entre sus promesas y sus decisiones. La ciudadanía en México está más alerta y despierta de lo que los políticos sospechan. Ya es tiempo de que los partidos y los gobernantes se tomen en serio el “¡No nos falles!” del 2 de julio del 2000. Una consigna más que elocuente del nuevo México que hasta ahora muy pocos políticos han alcanzado siquiera a atisbar. 
En esta perspectiva de cuestionamiento general a la partidocracia, abstenerse de votar o anular el voto no marca mayores diferencias. Al final, ambos se suman a la expresión generalizada de descontento social hacia nuestros representantes. Así, por ejemplo, una abstención/anulación total del 60 o más por ciento en las elecciones presidenciales del 2012 sería la mejor manifestación de que la ciudadanía ha dejado de confiar completamente en lo que proponen los partidos y candidatos. Por su parte, quien así llegue finalmente al poder lo hará sumamente deslegitimado, sabiendo que gobernará en términos prácticos con el respaldo de una minoría poco representativa de la pluralidad que cruza a la sociedad, una minoría de 15 a 25 por ciento del padrón en su conjunto.
En ese escenario, contrariamente a lo que sugiere cierta lógica, el abstencionismo creciente puede propiciar transformaciones interesantes en el sistema de partidos y cambios positivos en las agendas y la fisonomía de los partidos en busca de permanecer como opciones electoralmente viables en futuras contiendas.  Es decir, puede tener un efecto positivo: estimular y acelerar tanto la renovación política y la autocrítica que hasta ahora han desdeñado todas las fuerzas partidistas como la celebración de acuerdos interpartidistas efectivos en el seno del Congreso y en otras instancias con el objetivo de avanzar, ahora sí, en una verdadera Reforma del Estado, tan necesaria para el país.
Por otra parte, no falta quien descalifique la abstención o el voto nulo con el argumento de que proceder así le daría una enorme ventaja al puntero en las tendencias, y sí éste es el PRI pues estaríamos en la antesala de una regresión autoritaria. No es este el lugar para discutir si el regreso del PRI significa una regresión, un restablecimiento del autoritarismo o simplemente una alternancia de regreso, pues de ello me he ocupado profusamente en otros ensayos (aunque aclaro que mi perspectiva al respecto es poco halagüeña), pero sí para señalar que si el PRI “arrasara” en 2012 no sería por culpa del abstencionismo sino por la decepción, frustración o rechazo que provocan las otras opciones, las cuales serían mucho más castigadas por el electorado que el propio PRI. En esa perspectiva, o sea de un triunfo abrumador de un partido sobre los otros, quizá tenga un mayor peso simbólico que dicho triunfo vaya acompañado de un muy alto abstencionismo, como manifestación fehaciente de repudio y malestar, que de un bajo abstencionismo. Dicho de otra manera, en ese escenario vale más manifestar el descontento no votando o anulando el voto que votando por los abajeños, sabiendo de antemano que no alcanzarán al puntero. Obviamente, las cosas serían distintas en un contexto donde las tendencias se cierran y nadie puede anticipar el resultado. En ese caso y sólo en ese, el “voto útil” sí valdría más que el no voto o el voto nulo. Ya veremos…

Caos: Prácitica y Aplicaciones

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Caos: Prácitica y Aplicaciones

El término "caos" ha ido apareciendo mucho últimamente en el mundo actual en el que nos encontramos propenso al colapso. Pepe Escobar incluso publicó un libro sobre ello intitulado “Imperio del Caos”, que describe un escenario “donde una plutocracia de Estados Unidos proyecta progresivamente su propia desintegración interna sobre el mundo entero”. El caos que describe Escobar es hecho a la medida, su propósito es "prevenir una integración económica de Eurasia que dejaría a los EE.UU. como una potencia no hegemónica, o peor aún, como una potencia extraña”.

Escobar no es el único que piensa en este sentido; así habló Vladimir Putin en la Conferencia de Valdai en 2014:

“Un dictado unilateral que busque imponer nuestros propios modelos produce el resultado opuesto. En lugar de resolver los conflictos, conduce a su escalada, en lugar de estados soberanos y estables, vemos la creciente propagación del caos y en lugar de democracia hay un apoyo a personas muy poco confiables que pueden ser desde neofascistas declarados a radicales islámicos”.

¿Por qué apoyan a esta gente? Lo hacen porque quieren utilizarlos como instrumentos en el camino de la consecución de sus objetivos, pero luego se queman los dedos y tienen que retroceder. Cometen el mismo error una y otra vez.

En efecto, el caos que describe Escobar no parece estar funcionando muy bien. La integración euroasiática está muy presente ahora, con China y Rusia ahora actuando como una unidad económica, militar y política, así como con otros países de Eurasia deseosos de jugar un papel. La Unión Europea, por el momento, está excluida de Eurasia porque está bajo la ocupación estadounidense, pero es poco probable que dure esta situación debido a problemas presupuestarios. (Para ser precisos, tenemos que decir que está bajo ocupación de la OTAN, pero si ahondamos un poco, nos encontramos con que la OTAN es en realidad el ejército de Estados Unidos con una fachada europea sujeta a ésta con clavos y martillo como una villa al estilo de Potemkin).

Y por lo visto, el término "imperio" parece bastante fuera de lugar. Los imperios son empresas ambiciosas que buscan ejercer control sobre su dominio y, ¿qué clase de imperio es si su actividad principal está en cometer el mismo error una y otra vez? ¿Un imperio tonto? Entonces, ¿por qué no lo llaman "El Imperio tonto"? De hecho, hay muchas actividades imperiales que son tontas y parecen jocosas. Por ejemplo: armar y entrenar a una oposición moderada de un régimen al que se desea derrocar; darse cuenta que no es moderada en absoluto; tratar de bombardearlos y fallar en eso también.

Algunas personas plantean la crítica de que con lo que hace el imperio, alguien en algún lugar se está beneficiando de todo este caos. De hecho, eso es cierto, pero tomarlo como una señal del éxito imperial equivale a que ser asaltado en el camino hacia el supermercado es un signo de éxito económico. El éxito no tiene nada que ver con ello, pero la "desintegración interna" que describe Escobar parece una visión más apropiada: el caos interno del imperio que se desintegra se está filtrando y provocando el caos a la vez en todas partes. Aun así, los EE.UU. hacen todo lo posible para ejercer control, principalmente, ejerciendo presión sobre amigos y enemigos por igual y exigiendo obediencia incondicional. Algunos podrían llamar a esto "el caos controlado".

Pero, ¿qué es el "caos controlado"? ¿Cómo funciona un control del caos e incluso si esto es posible? Vamos a profundizar.

Teoría del Caos

Hay una rama de las matemáticas llamada teoría del caos. Trata de sistemas dinámicos que presentan un determinado conjunto de comportamientos:

• Para cualquier relación causal que se puede observar, pequeñas diferencias en las condiciones iniciales producen grandes diferencias en los resultados. El ejemplo más citado es el "efecto mariposa", donde el hipotético aleteo de las alas de una mariposa influyen en el curso de un huracán algunas semanas más tarde. O, por citar un ejemplo más significativo, si el mercado de valores fuera un sistema caótico, entonces la inversión de un millón de dólares en cierto fondo del tipo índice podría dar lugar a una cartera de aproximadamente lo mismo, un millón de dólares unos meses más tarde y en tanto que si se invierte un dólar más, podría dar lugar a una cartera de al menos un billón de dólares.

• La imprevisibilidad va más allá de un corto período de tiempo: dada la información inicial incompleta acerca de un sistema, su comportamiento más allá de un corto período de tiempo se vuelve imposible de predecir. Dado que la información acerca de un sistema en el mundo real es siempre incompleta, limitada por lo que puede ser observado y medido, los sistemas caóticos son, por su naturaleza impredecibles.

• Mezcla topológica: cualquier región del espacio de fase de un sistema caótico, finalmente, se solapará con todas las demás regiones. Los sistemas caóticos pueden tener varios estados distintos, pero eventualmente estos estados se pueden mezclar. Por ejemplo, si un determinado banco fuera un sistema caótico, con dos muy distintos estados: solvente y en bancarrota, entonces estos estados eventualmente se mezclarán.

A los matemáticos les gusta jugar con los modelos del caos, que son deterministas e invariantes en el tiempo: se puede ejecutar una simulación una y otra vez con ligeramente diferentes insumos, y observar el resultado. Pero los sistemas caóticos del mundo real no son deterministas y tampoco invariantes en el tiempo: no sólo que producen muy diferentes resultados en base a condiciones iniciales ligeramente diferentes, pero producen resultados diferentes todo el tiempo. Lo que es más, incluso si existieran sistemas caóticos deterministas en la naturaleza, serían indistinguibles de los llamados sistemas "estocásticos" – es decir los que muestran aleatoriedad.

Teoría de Control

Es otra rama de la matemática que se ocupa de las formas de control de los procesos dinámicos. Un ejemplo típico es un termostato: se mantiene la temperatura constante generando una fuente de calor si la temperatura cae por debajo de un cierto umbral y apagándola, si se eleva por encima de otro umbral. (La diferencia entre los dos umbrales se llama "histéresis"). Otro ejemplo típico es el piloto automático: es un dispositivo que calcula la diferencia entre el curso programado y el curso real, llamada "señal de error" y se aplica a un mecanismo de control para mantener el barco o el avión en curso. Hay muchas variaciones sobre este tema, pero el esquema general es siempre el mismo: la medición de la salida del sistema se compara con una referencia la cual determina la señal de error y se aplica como una retroalimentación negativa al sistema.

Con el fin de aplicar la teoría de control a un sistema, el mismo debe obedecer ciertos principios. Uno de ellos es el principio de superposición: la salida debe ser proporcional a la entrada. Girar el timón a la izquierda hará siempre que el barco gire a la izquierda; mientras más se gira el timón a la izquierda el barco girará a la izquierda más rápido. Otro es la invariancia respecto al tiempo: el barco reaccionará a los cambios en el ángulo del timón de la misma manera todo el tiempo. Estos son necesarios; pero la mayoría de las aplicaciones de la teoría de control hacen el supuesto adicional de la linealidad: es decir que los cambios en el comportamiento del sistema son linealmente proporcionales a los cambios en el mecanismo de control. Dado que no todos los sistemas del mundo real son lineales, se hace por lo general un esfuerzo para dotarlos de un espacio plano relativamente lineal en la mitad de su rango de utilización. Girar el timón de un barco un poco, y que el barco gire como se esperaba; moverlo demasiado y que se hunda no es lo correcto.

La aplicación de la teoría de control de sistemas caóticos es complicada, debido a la cuestión de la "controlabilidad": ¿es posible poner un sistema en un estado en particular mediante la aplicación de señales de control particulares? En un sistema caótico, las señales de error muy pequeñas pueden producir diferencias muy grandes en la salida del sistema. Por lo tanto, un sistema caótico no se puede controlar. Sin embargo, un sistema incontrolable a veces se puede estabilizar y oscilar alrededor de una particular parte de su espacio de fase que sea útil o por lo menos no letal. Generalmente, para que se pueda estabilizar el sistema, debe ser permanentemente observable: debe ser posible medir la salida del sistema y utilizarla para hacer correcciones. Sin embargo, incluso un sistema no observable todo el tiempo, también se puede estabilizar, detectando su estado periódicamente y aplicando una señal de control para empujarlo de manera incremental en la dirección correcta.

Pongamos un ejemplo del mundo real. Supongamos que nos estamos precipitando a lo largo de una carretera cubierta de una mezcla de agua y nieve en un auto subcompacto con llantas de verano lisas. En algún momento una perturbación muy pequeña de algún tipo va a transformar este sistema controlable en un uno incontrolable: el coche va a comenzar a girar. Puesto que ya no se puede dirigir, se deslizará hacia la barrera de un lado a otro de la carretera. También será inobservable: con el movimiento del conductor junto con el coche, es imposible determinar la trayectoria del coche basándose en destellos instantáneos de la situación de la carretera en el pasado cercano. ¿Se puede estabilizar esta situación?

Sí, resulta que si se puede. Este es un truco que aprendí de un piloto de avión de combate, que puede ser aplicado a un escenario similar al que acabo de describir. Si el avión empieza a caer fuera de control, el trabajo del piloto será conseguir que deje de caer y llegar de nuevo al nivel de vuelo. Esto se hace girando la cabeza de un lado a otro al ritmo del movimiento, vislumbrando del horizonte, y moviendo la palanca, también al mismo ritmo de la oscilación, para reducir la velocidad y para hacer que el horizonte se mantenga aparentemente horizontal.

Esto es típicamente lo mejor que se puede hacer en el control de caos: el uso de pequeñas perturbaciones para mantener el sistema dentro de un cierto rango de estados seguros o útiles, manteniéndolo fuera de cualquier estado inútil o peligroso. Pero hay una advertencia más: este tipo de aplicaciones de la teoría de control a los sistemas caóticos requieren conocer previamente las propiedades del sistema caótico. Eso es bastante difícil de hacer si un sistema evoluciona continuamente en respuesta a estas pequeñas perturbaciones. En las situaciones que involucran la política o los asuntos militares, la aplicación de la misma medida de control dos veces es tan efectiva como repetir el mismo chiste ante el mismo público: usted mismo se convierte en un chiste.

La moraleja de esta historia debería ser obvia ahora: al igual que con el coche en una carretera cubierta de agua y nieve, cualquier tonto puede conseguir que gire hacia fuera, pero es poco probable que ese mismo tonto tenga la presencia de ánimo, la habilidad y los nervios de acero para evitar que se golpee a una de las barreras. Lo mismo se aplica a los aspirantes a constructores de un "imperio del caos controlado": seguro, pueden generar caos, pero controlarlo de una manera que les permita obtener algún beneficio es imposible, e incluso su habilidad para estabilizarlo, por lo que suponer que no sean perjudicados por esta situación, está en grave duda.
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Guerras fiscales, el nuevo ariete de la desigualdad






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Guerras fiscales, el nuevo ariete de la desigualdad

5-7 minutes





La carrera por una presión fiscal cada vez menor gana velocidad en los últimos años. A la cabeza de la misma, están los paraísos fiscales. Éstos permiten la evasión y elusión fiscal, que a su vez priva a los gobiernos de obtener recursos para llevar a cabo políticas redistributivas, agravando aún más la desigualdad, el principal problema socioeconómico de América Latina. Aunque la desigualdad se redujo de manera considerable durante la última década, con la actual ofensiva neoliberal -que tiene a los impuestos en uno de sus blancos a combatir-, se corre el riesgo de que su nivel vuelva a incrementarse.

El problema de la evasión fiscal ha ganado protagonismo entre la opinión pública en los últimos años gracias a la publicación masiva de los nombres de personas y entidades que utilizaban offshores en paraísos fiscales para evadir el pago de impuestos. Los panamá papers en 2016 y los paradise papers en 2017, pusieron al descubierto el modus operandi de la evasión fiscal y a aquellos que hacían uso de ella. Entre los nombres publicados y que aparentemente se vinculan con negocios en paraísos fiscales, destacan los de presidentes latinoamericanos actuales como el argentino Mauricio Macri, el colombiano Juan Manuel Santos y el chileno Sebastián Piñera (próximo a asumir la presidencia). También destacan excandidatos presidenciales como Doria Medina en Bolivia o Guillermo Lasso en Ecuador. Todo esto, en caso de ser confirmado, deja claro que la existencia de paraísos fiscales y el recrudecimiento de las guerras fiscales no representan ningún problema para los líderes de la derecha latinoamericana.

Pero más allá de las actitudes poco leales de aquellos que mantienen cuentas o negocios en paraísos fiscales y pretenden dirigir los presupuestos públicos de sus países, es necesario dar algunos datos económicos sobre los perjuicios que ocasionan la existencia de los mismos y la bajada más o menos generalizada de las tasas impositivas en los últimos años.
Los países en desarrollo pierden alrededor de 100.000 millones de dólares anuales por la evasión y elusión fiscal de grandes empresas a través de paraísos fiscales según Intermón Oxfam[1].
La pérdida estimada de los países en desarrollo por el uso de incentivos fiscales a las grandes empresas es de otros 138.000 millones de dólares anuales[2].
La inversión mundial hacia paraísos fiscales ha aumentado un 45 % entre 2008 y 2016, drenando recursos nacionales y eludiendo masivamente el pago de impuestos.
Según un Informe del Fondo Monetario Internacional (FMI) los países en desarrollo son hasta tres veces más vulnerables que los países desarrollados a los efectos negativos que la legislación fiscal de un país tiene sobre otro.
A pesar de que entre 2007 y 2014 los beneficios de las grandes transnacionales se han triplicado, su contribución tributaria ha caído, pasando del 3,6 % del Producto Interior Bruto (PIB) en 2007 al 2,8 % en 2014 según los datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

Esto ha motivado que durante el año 2017 algunos países comenzaran a tomar medidas en contra de la evasión fiscal e igualmente cortar la carrera bajista de la presión tributaria. En América Latina destacan los pasos que se dieron desde Bolivia y Ecuador. En el caso de Bolivia, una investigación promovida desde la Asamblea Legislativa cuantificó el perjuicio al Estado boliviano en 1.000 millones de dólares y destapó los nombres de los principales evasores de origen boliviano. Teniendo en cuenta los resultados de esta investigación, se espera que la Asamblea pueda legislar de manera eficaz contra la evasión.

Por su parte, el gobierno del expresidente Rafael Correa promovió en 2017 una Consulta Popular para que las personas que tengan bienes o capitales en paraísos fiscales no puedan ocupar cargos de elección popular o ser servidores públicos, impidiendo de este modo que aquellos que se lucran de la evasión fiscal y de los bajos impuestos puedan ser los encargados de dirigir la política económica de un país. En este sentido, se estima que en los paraísos fiscales hay unos 30.000 millones de dólares con origen ecuatoriano.

En definitiva, para no volver atrás en los grandes avances que se han producido en los últimos años en América Latina en la lucha contra la desigualdad, es necesario perseguir de manera eficaz la evasión fiscal y cortar de raíz las carreras fiscales a la baja en la se han embaucado algunos gobiernos de la región. Es necesario comprender que los impuestos proporcionan al Estado el financiamiento para desarrollar sus políticas de lucha contra la pobreza y la desigualdad a través de su inversión en educación, sanidad o políticas sociales. Poner limitaciones legales claras a la evasión fiscal, aumentar la transparencia de los movimientos y el origen de los grandes capitales y apartar del servicio público aquellos que atentan de manera irresponsable contra el sector público, son algunas medidas necesarias para que la ofensiva en contra del Estado de la derecha regional no siga generando nuevas víctimas, en forma de desigualdad, en el camino.

Notas:

[1] Oxfam (2016). Guerras fiscales. La carrera a la baja de la fiscalidad empresarial. https://oxfamintermon.s3.amazonaws.com/sites/default/files/documentos/files/Informe%20Guerras%20Fiscales%20-%20Ingl%C3%A9s.pdf

[2] Action Aid (2013). A level playing field? The need for non-G20 participation in the BEPS process Action Aid. https://www.actionaid.org.uk/sites/default/files/publications/beps_level_playing_field_.pdf
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Sergio Martín-Carrillo, @Sergio_MartinC, investigador CELAG. 


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