martes, 31 de diciembre de 2019

METAFÍSICA DEL POPULISMO


METAFÍSICA DEL POPULISMO









Alexander Dugin


Hoy voy a hablar sobre el populismo, sobre la metafísica del populismo. El populismo normalmente se entiende como una forma política sin metafísica ni ideología alguna, como una suerte de demagogia incoherente que solo busca satisfacer a las masas. El término “populismo” es, como tal, un término abiertamente peyorativo. Una forma de demonizar a los enemigos de las élites globalistas liberales. Los populistas son los enemigos de la sociedad abierta, de Popper y de Soros, los que disienten con el status quo global, con la dominación de los liberales en todos los aspectos de la política, de la cultura, del arte, de la geopolítica y de la economía mundial. Hoy vemos alrededor nuestro cómo se habla cada vez más de la manifestación plural de los populismos. He hecho estudios al respecto y he llegado a ciertas conclusiones interesantes que quiero compartir con vosotros en Madrid esta noche.

Para empezar, hay que comprender que la situación política en Occidente, en todos los países y en todas las sociedades, ha cambiado muchísimo en los últimos años. Hay que comprender, también, que el liberalismo es hoy la ideología dominante. Esto es algo que está bastante claro y que es reconocido por todos. Pero, ¿qué es el liberalismo actual? Sin comprenderlo, no podremos comprender qué es el populismo como alternativa.

La derecha y la izquierda durante la Modernidad

Para empezar, tradicionalmente la política durante la Modernidad fue dividida en términos de izquierda y derecha. Pero cuando nos concentramos en los detalles, en qué es y en qué significa hoy la derecha y la izquierda, vemos en retrospectiva que la derecha y la izquierda en la Modernidad estaban compuestas cada una por dos partes. En primer lugar, tenemos una derecha económica, que representa el poder de los grandes capitales, del libre mercado, de los monopolios y de los Estados liberales que insisten en que los ricos se vuelvan más ricos y los pobres, más pobres. Este es el aspecto económico de la derecha. En segundo lugar, el otro aspecto clásico de la derecha es la defensa de los valores tradicionales, de la familia, de la patria, de la Iglesia, de las raíces, de la identidad. Es decir, el aspecto que representa la parte política de la derecha. La derecha “pura”, entonces, generalmente, se compondría de estas dos cosas: de una derecha económica y una derecha política.

¿Qué hay de la izquierda? También estaría compuesta por dos partes. Por un lado, por una izquierda económica, posicionada a favor de la justicia social, de un Estado paternalista que ayude a la gente menos capaz de procurarse dinero a sobrevivir, a favor de la redistribución de los bienes sociales y también de la lucha de los trabajadores contra los capitalistas. Esta es la izquierda económica que, lógicamente, está contra la derecha económica. ¿Pero qué es la izquierda ideológica o política? Es otra cosa. Izquierda política es el progresismo, la idea de la liberación individual, la ideología de género, la agenda LGBT, el discurso en favor de los migrantes, la confusión y destrucción de la religión, el materialismo y el tecnocratismo, etc. Y fue algo típico de la política en la época moderna que casi siempre estas dos partes de la izquierda cosas estén vinculadas.

El liberalismo posmoderno: ni de derecha ni de izquierda

Hasta hace poco era así, pero después de la caída de la Unión Soviética que representaba la izquierda económica y también, en cierto sentido, la izquierda política-ideológica, después de esto, el liberalismo ha vencido en todas partes. Y durante los años noventa se transformó en algo distinto a lo que era. Ya no es de derecha ni de izquierda, porque une en sí mismo la economía capitalista, con la defensa del gran capital, las grandes finanzas y el libre mercado, a causas que política y culturalmente están a la izquierda, en tanto se muestra también a favor de la ideología de género y del progresismo propio de la cultura posmoderna. Por tanto, el liberalismo actual no es más ni de derecha ni de izquierda. Es económicamente de derecha pero, al mismo tiempo, es política, ideológica y culturalmente de izquierda. Esta es, precisamente, la forma “pura” del globalismo actual. Es precisamente esta ideología, que no es de derecha ni de izquierda, la que es hoy dominante, la que define los límites de lo que es políticamente correcto. La defensa del libre mercado y los grandes capitales, barnizada por el aspecto “cultural” de la izquierda actual, que equivale a un “marxismo” sin lucha contra el capitalismo, a una forma de marxismo totalmente separada de sus viejas luchas concretas y, por tanto, a una forma ideológica burguesa concebida a espaldas de los trabajadores: esta es la ideología dominante, que asume la forma de una dictadura ideológica, compartida por todas élites del mundo, en España, en la UE, en los EEUU, en Rusia, en China y en el mundo árabe. Todas las élites que representan la clase dominante comparten esta ideología. Y esta ideología no ha sido una elección. Nosotros los pueblos no escogimos esta ideología, esta impuesta sobre nosotros. Nosotros estamos bajo la dominación de esta ideología. Es “aceptable”, “posible” y “prestigioso” solo lo que entra dentro del marco de esta ideología dominante liberal.

¿Pero qué queda fuera por izquierda y por derecha? Ya no es políticamente correcto defender la familia, la tradición, la patria o el cristianismo. Tampoco lo es luchar por los trabajadores contra el capital. Es decir, por un lado tenemos la derecha política, que ha quedado más allá de los límites del liberalismo y es calificada de “fascismo”, “nacionalismo”, “racismo”, “extrema derecha” y, en esos términos, es rechazada en todas partes. Bajo la famosa reductio ad hitlerum, se la identifica con Hitler. Por izquierda, queda fuera del liberalismo aquello que consistía antes en la lucha por la justicia social y por los trabajadores: la izquierda económica. Esto también está demonizado, e identificado con Stalin, con el comunismo, con el Gulag. Por tanto, la identificación del populismo con Hitler y Stalin, con Auschwitz y el Gulag, sirve políticamente para imponer un único sistema de valores liberal. Y liberal en ambos sentidos, por izquierda y por derecha a la vez, no por separado. Con ello, las políticas tradicionales de la izquierda socialista y de la derecha conservadora quedan en este contexto marginalizadas, pues han perdido el apoyo del elemento liberal y han desaparecido ante el triunfo total del liberalismo globalista.

En este momento el liberalismo está solo, no hay nada fuera de él porque el fascismo y el comunismo están prohibidos y demonizados. No es posible hoy día, por ejemplo, declararse en una universidad representante de los valores tradicionales o de las obras tradicionalistas o conservadoras porque significaría inmediatamente el fin de la propia carrera universitaria. Un poco mejor nos iría con Marx o con Gramsci, pero la defensa de Stalin o del rol del Estado en la economía o hacer un acento demasiado grande sobre la crítica del capitalismo tampoco está bien visto en las universidades. Educación, política, cultura, sector publicitario, ideología, arte, todo está bajo el control de esa ideología realmente liberal. El liberalismo no ofrece alternativas. Es muy interesante que cuando comparamos el liberalismo con las sociedades verdaderamente totalitarias comunistas o fascistas, podemos sentirnos atraídos por el liberalismo, porque está a favor de la libertad, a favor de una sociedad no-totalitaria, pero cuando no hay más sociedades concretamentes comunistas ni fascistas el liberalismo muestra su aspecto totalitario, porque no tolera ninguna alternativa. Inmediatamente califica toda alternativa de extremismo. Si vemos la obra más importante de la ideología liberal, “La sociedad abierta y sus enemigos” de Karl Popper, en su título refleja la verdad. Porque los liberales dicen que no tienen enemigos, pero los tienen. Todos los no-liberales son sus enemigos. ¿Y qué hacen con sus enemigos? Los matan. Esto se manifiesta practicamente en los orígenes del liberalismo. Este libro contiene una crítica radical de Platón y Aristóteles, los máximos exponentes de la filosofía tradicional griega occidental, en la que ambos son calificados por Popper como fascistas y comunistas, como enemigos de la sociedad abierta. Allí se ve la naturaleza totalitaria de esta ideología, que no se propone como una ideología sino que entra en las cosas mismas. Vivimos ya no en el contexto del liberalismo ideológico sino en un mundo liberal, creado y materializado por sus ideas.

El populismo: respuesta al liberalismo posmoderno

Precisamente aquí entra en juego el populismo. ¿Por qué? Porque el populismo es la refutación, el rechazo, la negación del status quo. El populismo no es una ideología, el populismo es un “no” dicho a esta dominación del liberalismo. No es continuación de la política pre-liberal, el populismo es algo nuevo. No es una ideología, es precisamente una reacción contra la dominación liberal-globalista a nivel planetario que deviene más y más fuerte, más y más evidente. El populismo se encarna en políticos, movimientos y hasta en países enteros… El mismo presidente de los EEUU ha organizado su campaña electoral basado en el populismo propuesto por Steve Bannon, criticando al establishment y al liberalismo globalista. Esto no significa que Trump sea populista, sino que Trump ha utilizado al populismo para criticar al establishment. Eso muestra el poder no de Trump, sino del populismo, que tiene una gran potencia. Hoy el gobierno de Italia, que es un gran país europeo, está formado sobre la base de una alianza entre los populistas de derecha de la Liga de Mateo Salvini y los populistas de izquierda del Movimiento 5 estrellas de Di Maio [al día de hoy esta alianza de gobierno se ha roto, N.d.E.]. Populista es Orban. Populista, en cierta medida, es Putin. Populista es Kurz de Austria. Populistas de derecha son Alternativa para Alemania y el Frente Nacional. Populista de izquierda es Sara Wagkenecht o Syriza y, en cierta medida, Podemos. El populismo es un fenómeno muy importante.

Teóricamente, está en un campo ideológico no-neutral: el populismo es anti-liberal y esto es muy importante. Está contra el status quo, porque todos los partidos liberales de izquierda o de derecha, que representan el centro, son la élite dominante. El populismo está en contra, es la reacción, es la resistencia. Hay que recordar lo que hemos dicho antes sobre lo que el liberalismo actual ha tomado de la derecha y de la izquierda y sobre aquello que ha sido demonizado. Si el liberalismo está compuesto de la izquierda cultural y de la economía de mercado del gran capitalismo, al populismo le queda lógica y teóricamente la política de la derecha y la economía de la izquierda. El populismo está en el espacio ideológico donde se encuentran la lucha obrera contra los capitalistas, olvidada por la izquierda liberal y la defensa y la lucha por los valores tradicionales, olvidada por la derecha liberal. Esta es nuestra forma de comprender el populismo: es una reacción anti-liberal que no es ni de derecha ni de izquierda. No parte de una posición ideológica sino de la resistencia al liberalismo como polo opuesto.

Pero este polo opuesto puede existir solo cuando unamos sus dos partes, la izquierda y la derecha, en el mismo proyecto. Pero esto es justamente lo que el liberalismo no permite hacer. ¿Por qué? Porque cuando el liberalismo mismo une las dos partes de la derecha e izquierda en sí mismo, no deja hacer lo mismo al polo opuesto. Y para evitarlo utiliza dos cosas: el anti-fascismo y el anti-comunismo. Lo que impide a los populistas de derecha que defienden los valores tradicionales, que hoy desaparecen y son aniquilados -nos referimos a la familia, la religión, las relaciones normales entre los sexos, etc.- unirse al populismo de izquierda es la estigmatización que pesa sobre este último como “comunismo” y “marxismo”. Del otro lado, lo que impide a este populismo de izquierda unirse al populismo de derecha es el anti-fascismo, que aparece como necesario a cualquier forma que asuman las tradiciones de izquierda. Lo interesante es que, como hemos dicho, los liberales sí han superado las diferencias entre la derecha y la izquierda, pero no dejan hacerlo a sus enemigos. No permiten organizar la figura integral del enemigo de la sociedad abierta: quieren separar y manipular las dos formas de populismo porque mientras estén separadas no serán peligrosas, porque lucharán entre sí y no atacarán al sistema. El liberalismo también utiliza a los migrantes, que pone en el escenario europeo para crear otro límite entre unos y otros. Es un caso de lucha controlada entre europeos y los migrantes, que ayuda a los liberales a gobernar mientras ambos pierden sus identidades y vínculos concretos con sus sociedades, tradiciones y formas de ser. Cuando entre las dos formas del populismo hay un abismo insuperable, el liberalismo no tiene ningún problema o solo problemas técnicos… porque es posible manipular una oposición unilateral. ¿Pero qué vemos en Italia? Cuando los populistas de derecha y los populistas de izquierda han podido superar esta prohibición radical de Soros y de los globalistas, de los banqueros, de la Unión Europea, de todas las élites, formaron un gobierno que sin esta alianza no era posible hacer. Y es muy importante este ejemplo, pues muestra que es posible considerar al populismo no solo como una reacción visceral, natural, emocional, ciega y sentimental contra el liberalismo y su dictadura: es algo más. Es esta posibilidad de crear una alianza, condición de la gran victoria ideológica del futuro. Y Italia está hoy a la vanguardia del proceso del populismo. Es interesante que Mateo Salvini es uno de los políticos que ha hecho T-Shirt con la inscripción: “soy populista y verdaderamente italiano”. La idea de que es posible aplicar a sí mismo esta denominación es un gran paso para comprender que el populismo es algo más que una reacción. Y lo mismo vemos en el caso de 5 estrellas, no es fácil para los populistas de derecha o de izquierda aceptarse los unos a los otros pero cuando sucede la situación metafísica-ideológica cambia radicalmente porque esta unión es suficiente para acabar con la dictadura del liberalismo e Italia está hoy en la primera línea de la gran lucha que supera los límites de la política italiana y europea. Es la lucha por el futuro, porque la posibilidad de unirse y de superar el abismo entre el populismo de derecha y el populismo de izquierda crea una nueva ideología que podemos llamar el populismo integral. Y aquí es posible recordar las palabras de George Bernarnos que ha dicho que mientras la burguesía es de izquierda y de derecha, el pueblo no lo es. El pueblo es integralmente pueblo, es inseparable. El pueblo quiere la justicia social y los valores tradicionales. Al pueblo no le importa si esto es coherente o se corresponde con las ideologías dominantes de la izquierda o la derecha. El pueblo quiere la sociedad basada sobre los principios de la justicia y quiere conservar su identidad y sus tradiciones, sus instituciones, y es el origen de la reacción del ser humano contra la alienación total tecnocéntrica.

El Dasein frente a la lógica histórica del liberalismo

Algunas palabras para comprender mejor el liberalismo. ¿Qué es el liberalismo? Es la idea de que hay que liberar al ser humano de todas las formas de identidad colectiva. Es individualismo. Pero el individuo es el producto de esta liberación, que no pre-existe a ella. El individuo es un concepto normativo que el liberalismo ha luchado por realizar, liberando al ser humano concreto de sus vínculos con la religión (mediante el protestantismo como primer paso), con las profesiones y asociaciones gremiales medievales y, después, con las naciones mediante el cosmopolitismo. Hoy el liberalismo lucha política e ideológicamente en forma totalitaria para la liberar al individuo de su sexo, al que considera algo opcional. Tal como antes lo hizo con la religión, la profesión y la nacionalidad, hoy el sexo es opcional. ¿Por qué? Porque el sexo es una identidad colectiva. Y por eso para los liberales hay que poner al individuo por encima de ello, para darle “la posibilidad de elegir”. ¿Pero cual será el último momento de esta lucha por la liberación y creación del individuo? La liberación del ser humano, ya devenido transexual. Pues se trata del último vínculo, de la última identidad colectiva: la humanidad misma. Ser humano es una forma de participar de una identidad colectiva. Y, por tanto, el programa del liberalismo para el futuro es el pos-humanismo. Y no es una fantasía. Si ponemos todas las fases juntas veremos claramente que, paso a paso, la lógica del liberalismo está siguiendo este camino de manera muy coherente. ¿Y qué se opone a este pos-humanismo? No solo la gente que defiende la familia frente la fase de la lucha actual, no solo la gente que quiere más justicia social por razones concretas, porque detrás de ellos está la resistencia ontológica de lo humano, el Hombre, con mayúscula, que lucha contra su muerte inevitable para la lógica del liberalismo que se acerca más y más. Es la guerra, la resistencia metafísica del hombre que no quiere desaparecer. El populismo es, a nuestro entender, un síntoma de este último despertar del hombre frente a su fin. Los liberales, al respecto, dicen: “¿qué es el hombre?, ¿qué lo diferencia de la máquina?, podemos hacer que esta máquina funcione mejor, perfectamente, sin males ni enfermedades, sin los defectos que hoy presenta. Podemos mejorar al hombre”. El pos-humanismo es lógico para ellos porque consideran que el hombre ya es una máquina. Y cuando filosóficamente queremos defender el ser humano no es tan fácil porque, en cierto sentido, el hombre es una máquina. Nuestros pensamientos, nuestras reacciones, nuestros movimientos, todo está más o menos programado y es general. Pensamos que somos únicos pero somos tan parecidos en nuestros deseos, reacciones y sentimientos que, en cuanto a ello, somos máquinas. Y Martin Heidegger, el gran filósofo alemán, cuando pensó qué es lo humano propiamente, qué es lo absolutamente humano, ha llegado a la conclusión muy interesante de que solo el Dasein (ser-ahí en castellano) es propiamente humano. Todo el resto lo compartimos con otras especies. ¿Y qué es el Dasein? Ser-ahí, para Heidegger, es la relación con la muerte. La única cosa que separa al ser humano de todos los otros seres es su relación personal con la muerte. Y frente a la muerte, el hombre vive, el hombre es, siente estar en el mundo y crea sus relaciones con todos los otros seres. Esta relación con la muerte es fundamental para el Dasein. Y no es casualidad que los pos-humanistas nos prometan la ausencia de la muerte. Vienen a robarnos nuestra muerte como si nada… porque ven la muerte como algo negativo, como un defecto. Por eso los pos-humanistas dicen: “ustedes no perderán nada cuando devengan inmortales, porque el alma no existe”. Este es precisamente el programa del pos-humanismo. ¿Y donde está la defensa del ser-humano frente a este proceso? Es la defensa del Dasein, del ser-ahí en relación a la muerte, que es la última posición del ser humano que los liberales quieren arrebatarnos.

Precisamente esta es la metafísica del populismo: a) que detrás de la lucha de la reacción populista se esconde una ideología del populismo integral que une la justicia social y la defensa de los valores tradicionales; b) que detrás de esta ideología se esconde la lucha del ser humano frente a la última fase de la maquinación, su transformación en máquina, en inteligencia artificial; c) que detrás de esta lucha del ser humano, su última lucha, se esconde también un nivel aún más profundo: el nivel de la relación del ser humano, del Dasein, con la muerte. Y aquí precisamente entra la Cuarta Teoría Política en escena para organizar la lucha contra el liberalismo sin caer en las trampas del comunismo y del nacionalismo que son también modernos y para oponer al liberalismo una alternativa metafísica pre-moderna, apelando a la sociedad tradicional y los valores pre-modernos y no solo a los no-liberales. Y, sin embargo, esto no es un paso atrás. Esta comprensión del Dasein como última forma de presencia humana en el mundo actual es un paso hacia delante. La Cuarta Teoría Política es el paso adelante, es el aspecto meta-ideológico del populismo. Sin ello, el populismo sería una construcción puramente teórica, sin ningún valor concreto. Pero cuando estamos nosotros en el plano de la lucha política, de la manifestación del populismo, este queda un poco ciego. El populismo es una reacción inmediata y natural, pero detrás del mismo, como he explicado, se hallan otros niveles existenciales y metafísicos muy profundos que están explicados más ordenadamente en el contexto de la Cuarta Teoría Política. Creo que esto explica también por qué mi libro sobre la Cuarta Teoría Política está traducido a muchísimos idiomas, también al español y a otros idiomas europeos y asiáticos. La gente siente que está ocurriendo lo más importante de la historia: la última lucha del ser humano contra su fin. Y, en este caso, todos los aspectos políticos, culturales, ideológicos, geopolíticos, artísticos y filosóficos, obtienen su dimensión del abismo metafísico, gigantesco y difícil de imaginar… porque se trata, precisamente, de la más importante decisión de nuestro Dasein en toda la historia de la humanidad. Gracias.

Chile: El Oasis de Ilusiones


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Chile: El Oasis de Ilusiones

 

 

Por Martín Bórquez

Si no experimentamos un Chile cognitivamente diferente al de épocas precedentes, no lograremos erradicar los fantasmas de un pasado hacendal y oligárquico, ni menos lograr una equidad social que represente la voluntad de todas y todos los chilenos

La libertad solo reside en los estados en los que el pueblo tiene el poder supremo. Cicerón
Todos los que gozamos de una memoria sana y sin mojigaterías políticas recordaremos aquel martes 8 de octubre del presente 2019, cuando un presumido Sebastián Piñera articulaba dificultosamente las palabras que harían realidad todos sus sueños de inmortalidad, trascendencia y fama internacional, me refiero a su gloriosa entrada al podio de los grandes demagogos del siglo XXI, donde este singular personaje de apariencia arlequina pero de talante falaz, afirmaba con un jocoso aire de certidumbre narcisista que: “En medio de esta América Latina, Chile es un verdadero oasis”, declaración que, paradójicamente días más tarde, lo sumiría en un elegíaco destino digno de haber sido narrado en las trilogías trágicas de Esquilo o en algún infausto pasaje de la prosa de Sade. Sin embargo, y en contraposición a lo que todos piensan, aquella vez el rey criollo de los lapsus linguae, no se equivocaba del todo, pues como bien nos enseña el psicoanálisis ‘el inconsciente siempre hace consciente la realidad del sujeto parlante’… Y es que es innegable que para nuestro verborreico presidente y toda su vilipendiosa manga de idiocrátas, Chile es realmente un oasis latinoamericano, un oasis del cohecho, de la impunidad, del desfalco (pregúntele a carabineros), de la evasión y por sobre todo, un oasis orgiástico del mercado, donde los ladrones de cuello y corbata, esos que no se arrugan en robar ya sea con la mano izquierda o con la derecha, se destacan por ser la filigrana corrupta más cara del mundo. De hecho, y para seguir con las reminiscencias, es saludable recordar que esta ominosa filigrana, la misma que se llenó la boca pregonando el haber ‘democratizado’ a Chile post ‘transición’, fue la que alimentó y dio fuerza a un poderoso neoliberalismo que, inteligentemente, hay que reconocerlo, ha reformulado la racionalidad interna del Estado, conminándolo a operar bajo una razón matematizante y mercantilizadora que ha destruido las viejas prácticas democráticas, legislando únicamente por y para el mercado y no para la soberanía popular. Y cómo no, si, tenemos el lujo de ser gobernados por uno de los hombres ‘ranking Forbes’ con mayor patrimonio económico sobre la faz de la tierra. Por lo que es claro que todo lo que se legisle será en favor de sus intereses, de lo contrario, él es el que pierde ¿Qué paradoja no? Un oasis que refleja desigualdades desde el mismísimo prisma gubernamental…
Ahora bien, volviendo a la raíz del problema, una de las consecuencias inmediatas de este tipo de racionalidad mercantilizante es la dramática alteración semántica que transforma al gobierno en gobernanza, lo que directamente implica que el Estado opera bajo el imperativo categórico de construir a las personas bajo el molde administrativo de una empresa; es decir, gestiona, más no gobierna.
En pocas palabras, Chile es el sumidero neoliberal más exitoso de toda Latinoamérica, aquí cuando se trata de mercado, como diría Feyerabend, todo vale; esto lo podemos comprobar empíricamente al analizar cómo nuestra gobernanza gestiona la crisis social implementando medidas económicas de corte neoliberal a una problemática coyuntural que demanda urgentes reformas educacionales, sociales y culturales. Precisamente esta es la particular racionalidad que ha triunfado en Chile: en este singular oasis neoliberal, toda conducta y emoción se mide en términos económicos de crédito, rentabilidad y consumo, solo basta observar cómo el pueblo chileno, pese a la evidente fragilidad económica y social del país, se desmoviliza para canalizar el estrés psicosocial de este histórico año comprando regalos navideños en los malls, o a través de la vorágine maratónica de ofertas provenientes del comercio electrónico, bondad inmaculada del cibercapitalismo. En base a toda esta compleja situación ‘psicopolítica’ digámoslo así, es clave preguntarse ¿Cómo enfrentamos el devenir social cuando la cognición con la que pensamos diariamente es parte del problema? Si todo el entramado social, incluyendo las prácticas deliberativas claramente sometidas a veto, se encuentran supeditadas a la rúbrica de este peculiar modelo económico y productivo ¿Podremos lograr cambios sustanciales?
Si bien son preguntas que requieren un tratamiento quirúrgico de pulso firme y directo, podemos partir despejando incógnitas con la premisa realista basada en la refutación de todo optimismo ideológico con respecto a la resolución de la contingencia nacional, lo cual es sumamente esencial a la hora de seguir luchando por lograr una profunda transformación política a nivel país; recordemos que el malestar social generalizado fue la fuerza emancipadora que nos catapultó a las instancias de cambio constitucional que hoy históricamente acontecen en nuestro país. Lo otro que debemos hacer todos los chilenos es volver a bañarnos, no en el oasis de la corruptela política, sino que en los caudalosos ríos de la cultura, pues tal y como la historia de las sociedades lo demuestra, en tiempos de paz, el arte y la cultura pierden su rumbo, se empantanan y finalmente se secan, sin embargo, es en tiempos de crisis y desconcierto social donde se re-politiza la soberanía civil, dando paso al desbordante renacer de la cultura en sus manifestaciones artísticas más variopintas. Ejemplo de ello, es la fuerte ciudadanización de la política, representada por eclécticos grupos sociales de abierto rango etario, sexual y económico, los cuales van desde sindicatos de trabajadores y gremios estudiantiles a poderosos movimientos de acción popular como la marea feminista, el movimiento No + AFP, o los incisivos órganos de resistencia territorial mapuche. Todos estos grupos sociales, de legítima naturaleza auto-constituyente, han jugado un rol fundamental a la hora de visibilizar y contrarrestar el ingente abanico de desigualdades sociales, políticas y económicas que, como pueblo mestizo sin identidad ni memoria, hemos debido soportar desde la formación señorial-occidental del Estado Nación Chileno. Ahora bien, para atenuar esta punzante desigualdad estructural de matriz imperial-neoliberal, y comenzar a forjar un Chile nuevo de raíz, libre de conservadurismos y vejaciones sociales, debemos plantearnos por lo menos dos objetivos tangibles a concretar, en la medida de lo posible, antes del ‘tecnocrático’ plebiscito de entrada. Lo primero que debemos conseguir por ahora, es ipso facto una plaza constituyente en la que mujeres y pueblos originarios garanticen su representación efectiva a través de cuotas y reglas de paridad que obliguen a los partidos políticos a legislar en igualdad de condiciones, contribuyendo así a una vida política unida, saludable y democrática, libre de prejuicios y atávicas discriminaciones propias de un inveterado pasado colonial. Por último, lo que el pueblo como órgano auto-constituyente debe lograr, es cambiar el sentido común del país, pues no sacamos absolutamente nada en plebiscitar una constitución nacional y vinculante si no deconstruimos nuestra forma de ser y estar en el mundo. Si no experimentamos un Chile cognitivamente diferente al de épocas precedentes, no lograremos erradicar los fantasmas de un pasado hacendal y oligárquico, ni menos lograr una equidad social que represente la voluntad de todas y todos los chilenos. ¡Salus populi suprema lex est
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Balance América Latina 2019: el tiempo está después


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Balance América Latina 2019: el tiempo está después

 

 

Por Gerardo Szalkowicz

La convención del calendario gregoriano nos empuja a un balance anual arbitrario que –en esta mega vertiginosa coyuntura latinoamericana- es bien distinto al que hubiésemos hecho hace no mucho tiempo y seguramente también difiera del que haríamos en unos meses. Pocas veces en la historia de la región pasaron tantas cosas tan relevantes en tan poco tiempo: rebeliones populares, golpes de Estado, cambios trascendentes de gobiernos… Un torbellino de hechos políticos sustanciales, y en general inesperados, que modificaron aceleradamente el escenario del continente y abrieron un futuro marcado por la incertidumbre.
Una mirada rápida podría concluir centralmente en la consolidación de la hegemonía de los gobiernos conservadores. El golpe de Estado en Bolivia significó un mazazo rotundo para los proyectos progresistas y populares e impactó fuerte en el ánimo y en el diagnóstico general. Sumado a la caída del Frente Amplio en Uruguay después de 15 años, la foto de América Latina que deja el último tramo del año muestra un mapa plagado de gobiernos reaccionarios y deja una sensación de retroceso apenas amainada por el cierre del ciclo macrista en la Argentina. El 2020 estará dominado por la derecha en ocho de los diez países de Suramérica (si no contamos a Guyana y Surinam), en seis de los siete centroamericanos y en la mayoría de las naciones caribeñas. El cronograma electoral del año que asoma sólo podría deparar eventuales cambios en los Ejecutivos de Bolivia y República Dominicana. El polo progresista quedará reducido al contrapeso que puedan -y quieran- hacer Andrés Manuel López Obrador y Alberto Fernández, pero seguramente desarticulados del proceso bolivariano en Venezuela que sólo contará con el apoyo incondicional de Cuba y Nicaragua.
Es por abajo
Sin embargo, hay que evitar el reduccionismo de acotar los análisis a las disputas por arriba, a los vaivenes en la superestructura del Estado, a la realpolitik. Y no subestimar los procesos populares, que muchas veces no logran madurar en alternativas de poder pero que, pensando en perspectivas de largo aliento, son los que en definitiva determinan la suerte de los gobiernos de turno. Y si hay algo que deja este 2019 como rasgo distintivo es la irrupción de los pueblos en las calles en varios rincones de la región. El estallido social en Chile, la insurrección permanente en Haití y las potentes protestas sociales en Colombia, Ecuador y Puerto Rico (menos intensas pero también disruptivas) abonaron el terreno para imaginar un eventual freno al neoliberalismo en el mediano plazo.
Intentando un pantallazo sintético, podemos resumir lo más destacado que deja el 2019 latinoamericano en cinco tópicos:
1- Bolivia: un golpe racista y neocolonial. Una vez más, las élites demostraron su poco apego democrático cuando no les dan los números para ganar por las buenas. Fue el cuarto quiebre institucional en la región en los últimos diez años y, al igual que en Honduras (2009), Paraguay (2012) y Brasil (2016), va camino a camuflarse de legalidad con un proceso electoral lleno de espinas que el MAS aceptó para evitar que se extendiera el baño de sangre que dejó al menos 34 muertes. El golpe de Estado combinó métodos clásicos (la participación determinante de las Fuerzas Armadas, la complicidad de la OEA, el apoyo explícito de Estados Unidos); rasgos simbólicos de corte histórico (la Biblia contra la whipala); y elementos de las guerras de nueva generación como el blindaje mediático, el despliegue de un ejército de trolls, grupos de choque violentos al estilo de las guarimbas venezolanas y la instalación de un imaginario en la previa de las elecciones de que iba a haber fraude, lo que abrió paso a que sectores diversos se movilizaran esos días pese a ser conducidos por el fascismo blanco de Santa Cruz.
Varios dilemas quedan planteados en clave de aprendizaje y autocrítica en torno al proceso que mejor parecía haber sobrevivido en lo que fue el “ciclo progresista”. ¿Hubo cierta ingenuidad para no advertir la traición militar que permitió el éxito golpista? ¿Pudo haber otro camino que insistir en la repostulación de Evo Morales luego del rechazo en el referendo de 2016? Pensando un paralelismo con la infinidad de intentonas golpistas en Venezuela, quedan en evidencia dos elementos clave para resistir: la lealtad del alto mando militar y un pueblo en estado de movilización permanente.
2-La rebelión de lxs cabrxs. “Chile es un verdadero oasis dentro de una América Latina convulsionada». La frase de Sebastián Piñera apenas nueve días antes de que estallara todo por los aires lo dejó en ridículo anti-profeta, aunque en rigor hay que reconocer que nadie la vio venir. Un aluvión de adolescentes saltando los molinetes del metro prendió la mecha y se rompió el dique que contenía el espejismo neoliberal. La rabia acumulada en décadas de injusticia social devino en un despertar masivo contra la precarización generalizada de la vida y el oasis chileno se quedó sin agua. Ya van más de dos meses de una insurrección espontánea, inorgánica y multiforme que, de mínima, logrará tumbar la Constitución pinochetista en la que se asienta todo el sistema de poder.
En las calles de Chile se está formando una generación de pibes y pibas con un nivel de conciencia y combatividad conmovedora. En las calles de Chile nacen héroes colectivos como “la primera línea”, se crean íconos populares como el Negro Matapacos, se masifica la reivindicación del pueblo mapuche. En las calles de Chile reviven las voces de Víctor Jara y Violeta Parra, se baila, emergen formas de lucha artísticas y creativas, se defiende la alegría como una trinchera a pesar del salvajismo represivo de los pacos. En las calles de Chile se reconstruye el tejido social (o se construye uno nuevo) y se le da una estocada profunda al “ejemplo modelo” del paradigma neoliberal.
3-Lo que las urnas dejaron. En el plano electoral se produjeron tres cambios de gobierno significativos. En Argentina, el peronismo reunificado logró darle un corte a la experiencia macrista, que deja más de un 40% de pobreza y un tendal de profundas heridas sociales, económicas, políticas pero también culturales. En Uruguay, en sentido inverso, una coalición de tres tendencias de derecha y ultra derecha destronó por apenas 28 mil votos al Frente Amplio tras una década y media en el gobierno: el 1° de marzo asumirá la presidencia Luis Lacalle Pou, del Partido Nacional, un abogado que sólo trabajó como legislador y votó siempre en contra de los derechos sociales aprobados en el Congreso uruguayo. También hubo un giro en El Salvador, donde el joven empresario conservador Nayib Bukele ganó en primera vuelta; el FMLN dejó el gobierno después de diez años con una flojísima elección: salió tercero con apenas el 14% de los votos. Además hubo renovación presidencial, aunque sin cambio de rumbo político, en Panamá y Guatemala, donde la derecha sigue gobernando ahora con Laurentino Cortizo y Alejandro Giammattei, quien asumirá el 14 de enero. En tanto, se prevé que el proceso electoral truncado en Bolivia se repita –en condiciones muy distintas- en junio de 2020.
4-La revolución bolivariana en su laberinto. Los primeros meses del año estuvieron marcados por una nueva ofensiva internacional (diplomática, económica, comunicacional) para derrocar al gobierno de Maduro por la fuerza. Por primera vez, EEUU asumió explícitamente la conducción de la cruzada -amenazando incluso con una intervención militar-, secundado por Luis Almagro y los gobiernos articulados en el Grupo de Lima, conformado especialmente para esa causa. El chavismo cerró filas y logró resistir una vez más. El “plan Guaidó” terminó en fracaso, desnudando la incapacidad de la derecha venezolana para penetrar en los sectores populares y capitalizar el descontento por la crisis económica. Contra todos los pronósticos, la revolución bolivariana sigue viva, aunque atraviesa su etapa más compleja: sumergida en un descalabro económico que ya lleva seis años (producto en gran parte del bloqueo de EEUU pero también de las debilidades propias) y cada vez más aislada y demonizada internacionalmente.
5-Se va a caer. El 2019 consolidó la lucha del movimiento feminista latinoamericano como el principal signo de época. Con mayor dinamismo y masividad en Argentina (donde se dieron multitudinarias marchas por el aborto legal) y en Chile (de allí salió la performance «Un violador en tu camino” que se convirtió en himno mundial), las mujeres y las disidencias irrumpieron definitivamente en las calles de toda América Latina para denunciar la violencia machista pero también para visibilizar las lógicas del patriarcado y marcar el pulso de un cambio cultural irreversible.
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Si la primera década del siglo estuvo signada por el surgimiento de los gobiernos progresistas y populares, la década que termina mostró el reflujo de esas experiencias y la parálisis del proceso de integración regional construido. Las derechas recuperaron terreno, apuntaladas por el poder mediático, el lawfare y los fundamentalismos religiosos. Pero en ningún lado logran estabilidad ni consenso. Y así como el “ciclo progresista” estuvo precedido por una serie de levantamientos contra el neoliberalismo de los noventa, los tiempos que vienen auguran una creciente efervescencia social que abone el terreno para una nueva época en América Latina. Al cumplirse 26 años del alzamiento zapatista en el sureste mexicano, sobran las razones para seguir creyendo que “otro mundo es posible”.
  • Gerardo Szalkowicz. Editor del portal informativo NODAL (Noticias de América Latina y el Caribe). Autor del libro “Norita: la Madre de todas las batallas” y autor, junto a Pablo Solana, del libro “América Latina. Huellas y retos del ciclo progresista”. Conduce el programa radial “Al sur del Río Bravo”.
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