El capitalismo es desigualdad, y la vida es otra cosa
Gregorio López Sanz – ATTAC Albacete
Hace dos semanas los/as amigos/as de la Asociación de Docentes de
Economía en Secundaria de Castilla-La Mancha (ADES-CLM) me invitaron a
participar en las jornadas que organizaron en la Facultad de Ciencias
Económicas y Empresariales de Albacete, bajo el lema “Jornadas
Educativas de Economía, Empleo, Pobreza y Exclusión Social”.
A continuación reproduzco el texto que sirvió de base a mi intervención.
1.
Algunas ideas previas
Vivimos en un sistema económico, el capitalista o de mercado, donde
la desigualdad crece constantemente, especialmente en las últimas
décadas. Esta situación ocurre tanto dentro de los propios países, ricos
y pobres, como entre ellos mismos.
A la par, las políticas públicas de carácter redistributivo para
hacer frente a la desigualdad, cada vez son más raquíticas. Y ello a
pesar de que economistas liberales como Keynes tenían muy claro que
dichas políticas redistributivas y de gasto público eran claves para
afrontar la inestabilidad cíclica del sistema capitalista por la vía de
la demanda agregada.
Respecto al gasto público corriente, Keynes justificaba socialmente
las transferencias desde el gobierno a las familias de menor renta por
su impacto positivo sobre el consumo y en consecuencia sobre la demanda
total.
Las políticas keynesianas caen en desgracia en la década de los 80
del pasado siglo cuando son sustituidas por los principios neoliberales y
monetaristas, contrarios a la intervención del Estado en la economía y
favorables a la desregulación.
El culmen de este cambio de postura tiene lugar con la aprobación del
Tratado de Maastricht en 1992 y más recientemente con el Pacto de
Estabilidad y Crecimiento de la Unión Europea. A partir de entonces, la
estabilidad presupuestaria se convierte en objetivo prioritario, tanto
en términos de déficit público (3% PIB), deuda pública viva (60% PIB) e
imposibilidad de financiarse a través del recurso a los bancos
centrales.
No obstante, desde hace ya varios meses, Mario Draghi, Presidente del
Banco Central Europeo, viene reconociendo el fracaso de las políticas
de austeridad encaminadas a conseguir la estabilidad presupuestaria en
la Eurozona. La política monetaria lleva varios años con tipos de
interés en el entorno del 0%, y la recuperación económica o no se ha
producido o es muy débil en los países rescatados de la Eurozona. Tal ha
sido el “ataque” de sinceridad del señor Draghi, que ha llegado a
afirmar públicamente la necesidad de que los Estados colaboren en la
recuperación a través de políticas públicas de gasto o inversión, y lo
más radical, glosando las virtudes que tendría un aumento de los
salarios para impulsar la recuperación económica.
1.1.
Concepciones de la pobreza
En determinados pueblos indígenas africanos, la pobreza o la
situación de precariedad de las personas está asociada no tanto a
ciertas carencias materiales, sino principalmente a la ausencia de un
soporte social en términos de una red familiar o de amistades que ante
situaciones de dificultad permiten afrontarlas a través de la ayuda
mutua.
1.2.
Galbraith y la pobreza de las masas
Comenzamos con la situación de los países empobrecidos. En 1978 John
Kenneth Galbraith publicaba La pobreza de las masas. En dicho libro
plasmaba su experiencia como embajador de Estados Unidos en la India
entre 1961 y 1963, etapa en que el país norteamericano desarrolló un
amplio programa de ayuda al desarrollo en la India, especialmente en el
sector agrario. En su introducción señalaba:
“No cabe duda de que nuestros motivos eran humanos, al mismo tiempo
que sensiblemente egoístas. Pero pronto me persuadí de que nuestros
esfuerzos iban desencaminados, y que extendíamos el error a aquéllos
hindúes con quienes trabajábamos.
Lo que decidimos que constituían las causas de la pobreza inherente a
los hindúes, y contra las que pretendíamos luchar, no se derivaban de
algo pensado, sino de la conveniencia. Hablando en líneas generales,
sólo existían dos cosas con las que podíamos disminuir las privaciones: a
través de la aportación de capital y, en principio, de los
conocimientos técnicos productivos. Las causas de la pobreza aparecían,
pues, como derivadas de una carencia de capital o de una ausencia de
experiencia técnica. El remedio incluía el diagnóstico. Era como, si al
poseer la vacuna, identificáramos la viruela. Sólo por accidente, una
terapéutica así seleccionada podía propiciar el éxito. Y, por desgracia,
no se propició dicho accidente (Galbraith, 1982, 11-12).
Es decir, en las políticas de ayuda al desarrollo se utilizan
preferentemente los instrumentos de que dispone el país donante y que
más le convienen política y económicamente, sin atender a las verdaderas
necesidades de los países receptores.
1.3.
Deaton y el escape de la pobreza
Angus Deaton, economista escocés, Premio Nobel de Economía en 2015,
señala en su libro El gran escape. Salud, riqueza y los orígenes de la
desigualdad (Fondo de Cultura Económica, 2015) que son los mismos los
mecanismos que desde la Revolución Industrial han permitido tanto el
progreso material como una realidad dual entre los pueblos ricos que han
salido adelante y los pobres que se han quedado atrás. Escribe que
“El ‘Gran Escape’ de este libro es la historia de cómo la humanidad
escapa de la privación y la muerte prematura, de cómo las personas han
conseguido mejorar sus vidas y han mostrado el camino a seguir a las
generaciones posteriores (…) Este libro trata de la danza sin fin entre
el progreso y la desigualdad, acerca de cómo el progreso crea
desigualdad y cómo la desigualdad en ocasiones puede ser útil (al
mostrar a otros el camino o proveer incentivos para remontar la brecha) y
a veces inútil (cuando quienes lograron escapar protegen sus posiciones
destruyendo las rutas de escape que quedan detrás de ellos” (Deaton,
2015, 11-14).
Si son los mismos mecanismos los responsables de la opulencia y la
miseria, ¿hay vía para un mundo menos desigual?, ¿puede el fin
justificar los medios?, ¿puede basarse la opulencia en la condena a la
miseria de buena parte de la población?. Nos encontramos ante el
permanente dilema económico entre la eficiencia y la equidad. Aquí
conviene recordar las palabras de Arthur Okun (1975) “los derechos y
poderes que el dinero no debería comprar deben ser protegidos con
regulaciones y sanciones específicas (…) Una sociedad capitalista
democrática se esforzará por buscar mejores métodos para trazar los
límites entre el dominio de los derechos y el dominio de los dólares”.
Deaton (2015) señala incluso el fracaso de la ayuda externa a los
países pobres por entender que colabora a mantener gobiernos corruptos y
políticas indeseables. En una línea similar a cuando Jean Ziegler
afirmaba hace unos años que “A los países pobres no hay que ayudarles,
sino dejar de robarles”.
En lo referente a la ayuda al desarrollo, Angus Deaton (2015, 345) se pregunta desde la posición de los países ricos:
“¿Por qué somos nosotros quienes tenemos que hacer algo? ¿Quién nos
dio esa responsabilidad? (…) nosotros frecuentemente tenemos tan pobre
comprensión de lo que ellos necesitan o quieren, o de cómo funcionan sus
sociedades, que nuestros torpes intentos de ayudar en nuestros términos
hacen más daño que bien (…) Cuando nosotros intentamos ayudar las
consecuencias negativas no intencionadas están garantizadas. Y cuando
fracasamos, insistimos porque nuestros intereses están ahora en juego
(en nuestra industria de ayuda, atendida en gran medida por nuestros
profesionales, y que genera fama y votos para nuestros políticos), y
porque, después de todo, nosotros debemos hacer algo”
Claro que habría que hacer algo. Podemos comenzar por modificar las
reglas del juego que ahora condenan a los países empobrecidos a una
relación de dependencia y sumisión. Lo demás no va más allá de
tranquilizar conciencias.
Incluso en el caso hipotético que los países empobrecidos requiriesen
inyecciones de capital externo para salir de su situación de
postración, la realidad de los flujos internacionales de capital
funciona justo al revés. Según Armando Fernández Steinko (2008), el
monto de capitales que cada año abandona los países más empobrecidos en
dirección al Norte rico, es enorme. Entre 350.000 y 800.000 millones de
dólares, cifra cinco veces más alta que toda la ayuda al desarrollo que
fluye en sentido contrario. Así, la pregunta pertinente es, ¿quién ayuda
a quién?.
1.4.
Desigualdad, capital y trabajo
Thomas Piketty (2015, 266-268) señala que la distribución de la
propiedad del capital y de los ingresos resultantes es sistemáticamente
mucho más concentrada que la de los ingresos del trabajo:
a) La participación del 10% de las personas que reciben el ingreso
del trabajo más elevado suele ser del orden de 25-30% del total de los
ingresos del trabajo.
b) La participación del 10% de las personas poseedoras del capital más
elevado siempre es superior al 50% del total de los capitales, y a veces
sube hasta 90% en ciertas sociedades.
c) La excesiva concentración del capital se explica sobre todo por la
importancia de la herencia y de sus efectos acumulativos (por ejemplo,
es más fácil ahorrar cuando se heredó una vivienda y no se tiene que
pagar una renta en forma de alquiler o hipoteca). Una reflexión al
respecto. Si la institución de la herencia permite la acumulación y
transmisión de la riqueza y explica una parte importante de la
desigualdad, ¿por qué se mantiene?.
1.5.
Del proletariado al precariado
En los últimos años estamos asistiendo a un fenómeno nuevo
caracterizado por el hecho de que tener un empleo ya no es garantía para
satisfacer dignamente las necesidades básicas.
Guy Standing (2016, 222-224) comenta que
“El proletariado clásico ha tenido siempre una ocupación estable a
jornada completa. Ha sido explotado en el lugar de trabajo en el horario
laboral (…)
[Al precariado] “La definen tres grandes características. En primer
lugar (…) obligados, a aceptar una vida de trabajo inestable como norma
(…) el precariado está tan explotado fuera del espacio y del tiempo de
trabajo como cuando se encuentra dentro. Eso es completamente nuevo (…)
No tienen ocio, trabajan (…) tiene una presión increíble sobre su tiempo
(…) La segunda característica (…) no tiene pensiones, no tiene
vacaciones pagadas (…) Depende de salarios monetarios que son
descendientes y volátiles (…) El tercer aspecto (…) es que tiene
relaciones diferentes con el Estado (…) Esta es la primera vez en la
historia que una clase social emergente se encuentra en proceso de
perder derechos que han sido adquiridos por ciudadanos del pasado”.
Esta última característica es un cambio importante en el devenir histórico de la lucha de clases (Standing, 2016, 226-231):
- Ésta tradicionalmente se acometía desde el proletariado contra la
clase capitalista a través de los sindicatos, y su objetivo último era
conseguir una mayor porción de la tarta sin cambiar las estructuras.
- Actualmente la lucha se plantea desde el precariado contra el Estado,
por entender que éste es el brazo ejecutor de los recortes sociales que
tanto han perjudicado a los más desprotegidos. Los instrumentos de dicha
lucha son las nuevas formas de organización social (15M, PAH) y
política (partidos emergentes). Su objetivo es abolir las estructuras
que definen la existencia del precariado.
1.6.
¿Y la Unión Europea, qué?
En el curso 1989-1990 los profesores Tomás Carpi y Jordán Galduf me
impartieron la asignatura Política Económica de los Países
Subdesarrollados en la Universitat de València. Seguíamos el manual de
Michael Todaro (El desarrollo económico del Tercer Mundo) y el ensayo de
Raúl Prebisch (Capitalismo periférico). Aprendí que la década de los 80
del pasado siglo fue de retroceso en los ámbitos social y político para
buena parte de los países empobrecidos del mundo. De la mano del Banco
Mundial y el Fondo Monetario Internacional se habían aplicado en muchos
de estos países políticas de ajuste que los habían atenazado y hundido
en el agujero negro de la pobreza y la dependencia. En definitiva, que
el capitalismo no es un sistema que introduzca paulatinamente a los
diferentes pueblos de la Tierra en las vías de la prosperidad y la
democracia. Bien al contrario, cabe hablar de un esquema
centro-periferia, de manera que los países empobrecidos y “atrasados” se
insertan en él bajo relaciones de dependencia y dominación por parte
del gran capital transnacional.
Hace casi un cuarto de siglo, el FMI campaba a sus anchas por los
territorios más débiles del planeta, obligándoles a tomar una medicina
(las políticas de ajuste) que les condenaba a la postración. Ahora el
FMI ha aterrizado en la Unión Europea, y sus hombres y mujeres de negro
son los que dictan a los gobiernos las políticas a aplicar, que siguen
siendo de ajuste, claro, porque no se les conocen posturas alternativas
más allá del pensamiento único neoliberal.
Y de vez en cuando, en nuestra vieja Europa, afloran informes…incluso
del propio FMI, que nos hacen caer en la cuenta de que la austeridad
mata y propaga el dolor y la angustia de mucha gente, porque no se había
tenido en cuenta adecuadamente el efecto multiplicador negativo sobre
el nivel de renta asociado a un recorte de los gastos públicos, porque
la austeridad y la reducción rápida del déficit público a toda costa
impulsa el desempleo y la caída del consumo y la inversión…como si todo
ello no se conociera ya a partir de las enseñanzas de Keynes y la Gran
Recesión de los años 30.
Lo peor de todo es que aunque por propios y extraños se reconoce el
fracaso absoluto de las políticas de la troika en los países periféricos
del euro (especialmente los rescatados Grecia, Portugal, Irlanda y
España), no se ha cambiado ni un ápice el contenido de dichas políticas
más allá de una cicatera ampliación del plazo para que algunos países
alcancen el objetivo del 3% de déficit público respecto al PIB.
2.
Afrontar la desigualdad desde otros sistemas económicos
El Buen Vivir o Sumak Kawsay
Alberto Acosta conecta el Buen Vivir
“(…) con las experiencias, visiones y propuestas de aquellos pueblos
(dentro y fuera del mundo andino y amazónico) empeñados en vivir en
armonía entre sí y con la naturaleza (…) El Buen Vivir constituye un
paso cualitativo importante al superar el tradicional concepto de
desarrollo y sus múltiples sinónimos, e introduce una visión diferente,
mucho más rica en contenidos y, por cierto, más compleja (…) Critica el
concepto mismo de desarrollo transformado en una entelequia que norma y
rige la vida de gran parte de la humanidad, a la que perversamente le es
imposible alcanzar ese tan ansiado desarrollo, mientras que quienes se
pretende ser desarrollados muestran cada vez más señales de su
maldesarrollo (…) Para entender lo que implica el Buen Vivir, que no
puede ser simplistamente asociado al ‘bienestar occidental’, hay que
empezar por recuperar la cosmovisión de los pueblos y (las)
nacionalidades indígenas (…) es imprescindible construir otras formas de
vida, que no estén normadas por la acumulación del capital (…) No
podemos esperar la llegada de la solución ‘técnica’. Nuestro mundo
necesita ser pensado en términos políticos. Y en consecuencia tenemos
que actuar impulsando un proceso de transiciones movido por nuevas
utopías” (Acosta, 2013, 13-20).
2.2.
El posdesarrollo
Serge Latouche cuestiona el desarrollo económico tanto como vía para
mejorar el bienestar de las sociedades ricas como para salir de la
precariedad en aquéllas sociedades empobrecidas.
“Frente a la mundialización, que no es más que el triunfo planetario
del todo-mercado, debemos concebir y promover una sociedad en la que los
valores económicos dejarán de ser centrales (o únicos) (…) Debemos
renunciar a la loca carrera hacia un consumo cada vez mayor. Esto es
requerido no solamente por la necesidad de evitar la destrucción
definitiva de las condiciones de vida sobre la tierra, sino también y
sobre todo para sacar a la humanidad de la miseria psíquica y moral (…)
el progreso, el universalismo, el dominio de la naturaleza, la
racionalidad cuantificante. Estos valores sobre los cuales descansa el
desarrollo, y muy especialmente el progreso, no se corresponden de
ninguna manera con aspiraciones universales profundas. Están ligados a
la historia de Occidente, y tienen poco eco en otras sociedades (…) La
mayor parte de las sabidurías consideran que el bienestar se realiza con
la satisfacción de una cantidad juiciosamente limitada de necesidades
(…) Las víctimas del desarrollo tienen tendencia a no ver más remedios
para sus desgracias que una agravación del mal. Piensan que la economía
es el único medio para resolver la pobreza, cuando es ella mismo quien
la engendra” (Latouche, 2009, 12-20).
3.
Vuelta a empezar
El capitalismo es competencia. La vida es cooperación.
El capitalismo alienta y protege la desigualdad. La pobreza y la exclusión son sus consecuencias naturales.
Procede organizar la vida de los pueblos y las relaciones entre ellos de acuerdo con principios de respeto y austeridad.
La austeridad y la sencillez voluntaria es una obligación moral de las
sociedades y las personas del mundo “hiperdesarrollado” cuando somos
conscientes que nuestro estilo de vida es depredador de la Naturaleza y
dañino para la mayor parte de los seres humanos.
Referencias:
Acosta, Alberto (2013): El Buen Vivir. Sumak Kawsay, una oportunidad para imaginar otros mundos, Icaria, Barcelona.
Deaton, Angus (2015): El gran escape. Salud, riqueza y los orígenes
de la desigualdad, Fondo de Cultura Económica, Madrid (Publicado
originalmente en 2013 por Princeton University Press, con el título The
Great Escape. Health, Wealth and the Origins of the Inequality)
Fernández Steinko, Armando (2008): Las pistas falsas del crimen
organizado. Finanzas paralelas y orden internacional, Catarata, Madrid.
Galbraith, John Kenneth (1982): La pobreza de las masas, Plaza y
Janés, Barcelona (ISBN: 84-01-37127-9) (Publicado originalmente en
inglés en 1978 con el título The Nature of Mass Poverty, Harvard
University Press, London)
Latouche, Serge (2009): Decrecimiento y posdesarrollo. El pensamiento
creativo contra la economía del absurdo, El Viejo Topo, Barcelona (1ª
edición en francés de 2003, con el título Décoloniser l’imaginaire).
Okun, Arthur M. (1975): Equality and Efficiency. The Big Tradeoff, The Brookings Institution, Washington, D.C.
Piketty, Thomas (2016): El capital en el siglo XXI, Fondo de Cultura Económica, Madrid.
Standing, Guy (2016): “¿Una carta de derechos para el precariado del
siglo XXI?” en David Casassas (2016): Revertir el guion. Trabajos,
derechos y libertad, Catarata, Madrid.
Goyo
Casas Ibáñez, Albacete, Castilla-La Mancha, Spain
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