Uno de cada nueve habitantes del planeta son víctimas del
hambre. Más de 486 millones sobreviven en Asia y el Pacífico, de los
cuales 79 millones son menores. En América Latina y el Caribe, 39.3
millones se sumaron a la hambruna. Lejos, el objetivo de la ONU de
Hambre Cero.

Roma, Italia. Se va 2018 y ya sólo restan 12 años para avanzar en los
esfuerzos hacia la meta de hambre cero fijada por la Organización de
las Naciones Unidas (ONU) en su Agenda 2030.
Se acorta la distancia y el objetivo se vislumbra cada vez más
distante, ante un número creciente de hambrientos comparable con el
existente 1 década atrás.
El segundo de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU –por
el cual suman voluntades la Organización para la Alimentación y la
Agricultura (FAO), el Programa Mundial de Alimentos (PMA) y el Fondo
Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), entre otros organismos–
plantea poner fin al hambre, lograr la seguridad alimentaria, mejorar la
nutrición y promover la agricultura sostenible.
Ello supone una adecuada gestión de la agricultura, la silvicultura y
la acuicultura, capaz de suministrar comida nutritiva, generar ingresos
decentes y promover el desarrollo desde y para las personas del medio
rural, sin daños al medioambiente.
Igualmente está condicionado por las afectaciones en aumento
provocadas por el cambio climático y el consecuente flujo migratorio
motivado, entre otras causas, por guerras intestinas e impuestas, que
igualmente despueblan los campos.
Toda una sucesión de hechos y realidades recogidas en cada uno de los
17 los Objetivos de Desarrollo Sostenible, acompañados de 169 metas,
que conforman la Agenda 2030 de la ONU aprobada en septiembre de 2015
por sus Estados miembros, comprometidos con erradicar la pobreza y la
desigualdad, garantizar derechos humanos y sociales, fomentar el
crecimiento económico sostenible y la protección del medio ambiente,
entre otros.
Cuán lejos están de esas aspiraciones los 821 millones de personas,
uno de cada nueve de los habitantes del planeta, víctimas del hambre en
el mundo en 2017.

Son al menos 15 millones de personas más incorporados al ejército de
los hambrientos del planeta comparado con 2016 y un retorno a la cifra
de estómagos vacíos en 2010; de hecho, ellos son la “avanzada” más
vergonzosa de una batalla donde se juegan la vida más de 2 mil 100
millones de pobres, con esa y otras formas de malnutrición.
A los conflictos y la violencia en muchas partes del mundo, la
variabilidad del clima y la exposición a eventos climáticos extremos
cada vez más complejos, frecuentes e intensos, se atribuye esa regresión
en el informe
La seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2018.
En ese documento, la FAO, el Fondo para la Infancia (Unicef), el PMA,
el FIDA y la Organización Mundial de la Salud (OMS) llamaron a acelerar
la aplicación de medidas para fortalecer la resiliencia y capacidad de
adaptación de los sistemas alimentarios y los medios de vida de las
personas.
Según ese informe, “el riesgo de padecer inseguridad alimentaria y
malnutrición es mayor hoy en día porque los medios de vida y los bienes
de subsistencia –en especial, los de las personas pobres– están más
expuestos y son más vulnerables a la variabilidad y las condiciones
extremas del clima”.
Del total de hambrientos en el mundo, 486 millones están concentrados en Asia y el Pacífico, según el
Panorama regional de la seguridad alimentaria y nutricional 2018.
En éste se reconoce que el progreso en la reducción de la desnutrición
se ralentizó enormemente y se “hace cada vez más difícil alcanzar la
meta de Hambre Cero del segundo Objetivo de Desarrollo Sostenible”.
Esa región acumula más de la mitad de los niños malnutridos del
mundo: 79 millones de infantes –uno de cada cuatro menores de 5 años–
sufren retraso en el crecimiento y otros 34 millones padecen de
emaciación (peso bajo para la estatura), 12 millones de ellos con
malnutrición severa aguda y un riesgo de muerte mucho mayor.
Al otro lado del mundo, en América Latina y el Caribe, por tercer año
consecutivo aumentó a 39.3 millones el número de personas que sufre
escasez de alimentos. Cifra que sólo en 1 año (2016-2017) creció en 400
mil personas y el índice de inseguridad alimentaria grave pasó de 7.6 a
9.8 por ciento en igual lapso.
El hambre azotó con especial fuerza a África donde casi el 21 por
ciento de la población fue reportada por la FAO como subalimentada,
equivalente a 256 millones de seres humanos, de las cuales 236 millones
correspondían a la región subsahariana que, de igual modo, contabilizó
un 30.4 por ciento más de los 181 millones de hambrientos de esa zona en
2010.
Una evaluación de la propia FAO indica que las crisis alimentarias
asociadas al clima involucran a 20 de los 34 países afectados por ese
flagelo, los cuales viven en un contexto de paz; pero los 14 restantes
sufren también conflictos, por lo que la situación es aún más
complicada.
Ejemplo de ello es Yemen: “la prueba viviente de una ecuación
apocalíptica”, como la definiera el director general de la FAO, José
Graziano da Silva, durante una sesión informativa de alto nivel sobre la
inseguridad alimentaria a los Estados miembros, en la sede la ONU en
Nueva York, en noviembre de 2018.
En ese país, dijo, “los conflictos y la seguridad alimentaria van de
la mano, y cuando hay una superposición de cambio climático y conflicto,
la hambruna ya está en el horizonte.

“Estamos viendo ante nuestros ojos una tragedia humana sin
precedentes”, afirmó, en referencia al conflicto en Yemen, con un saldo
de hasta 14 millones de personas en riesgo de inseguridad alimentaria
grave, incluyendo niños.
Antes, el director adjunto de la FAO, Kostas Stamoulis, advirtió
también que existen países donde no hay conflicto, tampoco atraviesan
una crisis económica ni enfrentan eventos climáticos extremos y “tienen
elevadas tasas de hambre”.
Además, “la marginación, la desigualdad y la pobreza provocan que la
gente no pueda acceder a una alimentación suficiente y nutritiva”,
apuntó Stamoulis y alertó que “si no hacemos más, los 3 años de ascenso
serán 4. Reducir el hambre no es una cuestión de fe, sino que depende de
nuestras acciones”.
Según la Unicef, en países afectados por conflictos o desastres son
analfabetos casi tres de cada 10 jóvenes entre 15 y 24 años, cifra que
triplica la media mundial; en tanto, sólo el 3.6 por ciento de la
financiación humanitaria se dedica a la educación de los niños y niñas
que viven en situaciones de emergencia.
También la Unesco señala la existencia de 758 millones de personas
que no saben leer ni escribir en este planeta, dos tercios de ellos
mujeres.
En su informe
Reducir la pobreza en el mundo gracias a la enseñanza primaria y secundaria universal,
de junio 2017, apunta que los niños, adolescentes y jóvenes no
escolarizados en el mundo disminuyó de manera constante en el decenio
siguiente al año 2000.
Pero, más adelante señala que los datos muestran que varios años
después ese avance prácticamente quedó interrumpido y que permaneció
“casi invariable en alrededor de 264 millones en los 3 años últimos”
(2015-2017), regresión que en igual periodo tuvieron también los
indicadores del hambre.
Al intervenir ante los ministros de Salud del G7 (Milán, 2017), el
director general de la OMS, Adhanom Ghebreyesus, destacó que anualmente
mueren 5.6 millones de niños antes de los 5 años y 1.2 millones de
adolescentes; además ocurren más de 300 mil muertes maternas, la mayoría
prevenibles. “No son cifras, son personas”, enfatizó.
Salvar a los hambrientos
La pobreza extrema y el hambre crónica están muy distantes de la
salud y el bienestar, la educación de calidad, igualdad de géneros, agua
limpia y saneamiento, energía asequible y no contaminante, mayor empleo
y crecimiento económico.
Asimismo, muy lejos están esos seres famélicos de otros tantos
propósitos en la industrias, innovaciones e infraestructuras; reducción
de las desigualdades, ciudades y comunidades sostenibles; producción y
consumo responsables, entre tantas otras metas mundiales.
Los hambrientos precisan de todo eso para dejar de ser estadísticas
vergonzosas y acceder al elemental derecho a la alimentación reconocida
en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 (artículo
25) y consagrado en el Pacto Internacional de Derechos Económicos,
Sociales y Culturales de 1966.
La conferencia global sobre hambre y malnutrición –auspiciada por la
FAO y el Instituto Internacional de Investigación sobre Políticas
Alimentarias (Ifpri)– hizo un llamado urgente para avanzar hacia la meta
de Hambre Cero.
Con sede en Bangkok, Tailandia, a finales de noviembre de 2018, el
foro fue convocado ante el aumento del hambre en el mundo por 3 años
consecutivos, y allí Da Silva describió la situación como “un serio
revés”.
Señaló que tanto esa organización como los organismos asociados de la
ONU, los gobiernos de los países miembros y otros factores “están muy
preocupados”.
Asimismo, el director general del Ifpri, Shenggen Fan, sostuvo que
existen las herramientas y conocimientos para eliminar el hambre en los
próximos 12 años; en tanto, Da Silva abogó por una voluntad política más
fuerte y un mayor compromiso financiero.
Para lograr Hambre Cero sostenible y perdurable, toca a los Estados
miembros de la ONU firmantes del acuerdo mostrar resultados tangibles en
esos propósitos y, sobre todo, lograr que exista paz, justicia e
instituciones sólidas.
La injusticia es la raíz perversa de la pobreza y el grito de los
pobres “es más fuerte, pero cada día se escucha menos, sofocado por el
estruendo de unos pocos ricos que son cada vez menos, pero más ricos”,
subrayó el papa Francisco en la II Jornada Mundial de los Pobres.
Frank González/Prensa Latina