miércoles, 12 de febrero de 2020

La era de la trivialidad


disidentia.com

La era de la trivialidad 

 

 

Rafael Núñez Florencio

¿Hubo alguna vez un tiempo sólido? Probablemente no, sobre todo si nos empeñamos en entender y aplicar la metáfora de la solidez en términos absolutos. No hay nada en términos humanos que no se resquebraje y se desmorone con el transcurso del tiempo, ese gran escultor, que decía Marguerite Yourcenar. En los términos políticos que constituyen aquí nuestra referencia, bien puede decirse por ejemplo que imperios, dominios e instituciones de la más variada índole han ido sucumbiendo a lo largo de la historia. Aunque conviene recordar que la estabilidad y pervivencia de algunas de esas creaciones se midieron por siglos, una hazaña que ya no volverán a contemplar los ojos humanos.
Lo que distingue a la época contemporánea en este sentido es el predominio del cambio sobre la permanencia y ello en todos los órdenes de la existencia, de modo que podemos decir que hemos trocado en la vida cotidiana la lentitud por la velocidad o, desde una perspectiva general, la estabilidad por el dinamismo, hasta hacer de esa transformación continua un valor en sí mismo, lo cual genera un coste que a veces se nos hace oneroso admitir. Hasta en los máximos profetas de la revolución es apreciable una llamada de atención al menos ambivalente: ya lo pergeñó Marx y lo desarrolló Marshal Berman, “todo lo sólido se desvanece en el aire”.
De lo sólido fracturado pasamos a lo líquido, o sea, la metáfora de la liquidez acuñada por Zygmunt Bauman para caracterizar nuestra época. Como se ha hecho habitual de un tiempo a esta parte, las expresiones felices sufren un uso que degenera en abuso, convirtiéndolas en muletillas o, como decían los escolásticos, en flatus vocis —conceptos vacíos—, pero aún así la identificación con la liquidez sigue resultando altamente reveladora del cambio del paradigma. Solo un inconveniente: la aceleración brutal de los últimos decenios ha dejado obsoleta la equiparación y ahora se precisa un recambio, quizá una apelación a lo gaseoso que, por otra parte, sería coherente con una realidad cada vez más virtual en la que todo lo importante radica no en la tierra, sino en la nube.
La era de la trivialidad conlleva una propensión lúdica y una cierta anomia social, un mundo en el que, como decía el viejo Heráclito de Éfeso, ‘panta rei’, todo pasa
A estas alturas algún lector puede pensar que estoy describiendo con términos posmodernos lo que toda la vida ha constituido el marco mental del escepticismo o, si me apuran, del relativismo gnoseológico. ¡Qué más quisiéramos! Si, para confinarnos en los límites domésticos, el propio Ortega y Gasset que, por otro lado, también tenía su vertiente frívola y vanidosa, levantara la cabeza y quisiera aggiornar su perspectivismo, quedaría espantado del panorama actual del pensamiento. Pensamiento débil, se ha dicho muchas veces desde Vattimo. ¿Débil? Parodiando a Baroja habría que decir que, en rigor, si es débil no es pensamiento y si es pensamiento (en el sentido de filosofía), no puede ser débil sin absoluto menoscabo del mismo.
Ya en el siglo IV a.C., el sofista Gorgias estableció las tres tesis fundamentales del escepticismo: “Nada existe; si algo existiera, sería incognoscible; si existiera y fuera cognoscible, sería incomunicable”. Aplicado a nuestra época quedaría así: la verdad —de cualquier tipo— no existe; si existiese, bórrala de inmediato de tu conciencia; si existe y no la puedes borrar, miente como un bellaco. No estoy descubriendo nada que no hayan dicho ya otros príncipes de nuestra época, poniendo al día las enseñanzas de Maquiavelo: sin ir más lejos, el propio Goebbels, cuando se ufanaba de las virtudes taumatúrgicas de las mentiras mil veces repetidas.
En la segunda mitad del siglo XX las convulsiones sociales y políticas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial llevaron a Norman Cantor a caracterizar el período como “la era de la protesta”. Ya en su época la protesta había perdido los perfiles épicos de los siglos anteriores, cuando se dirimían cuestiones casi de vida o muerte. En el Occidente próspero las protestas eran por lo general para ensanchar derechos, lo cual vino a significar en última instancia privilegiar el reconocimiento de los mismos muy por encima de las obligaciones o deberes que debían llevar aparejados.
De ahí resultó que el Estado —llamado significativamente del bienestar— asumió unos deberes inalienables, exonerando en buena medida a los individuos del cumplimiento de muchas obligaciones o contribuciones sin las cuales aquellos no tenían sentido o eran simplemente insostenibles. Educación, sanidad, pensiones, subsidios, servicios sociales, prestaciones variopintas y un largo etcétera pasaron a formar parte del orden administrativo. Como suele suceder en esos casos, todo el proceso vino acompañado de unos profundos cambios en la mentalidad social. El Estado protector devino casi un padre para unos ciudadanos que cada vez más se autoconcebían como seres frágiles y desvalidos.
Como es sabido, entre niños casi todo está permitido o, por lo menos, las cosas carecen de los perfiles graves que se atribuyen al mundo de los adultos. La progresiva infantilización de la sociedad occidental —una realidad incontrovertible en todos los órdenes— ha llevado a una relajación moral y una debilidad intelectual en la que todo vale, las responsabilidades se diluyen y en última instancia nada importa mucho. Se ha generalizado por ejemplo la solicitud de perdón hasta para las mayores atrocidades. No es extraño oír que un determinado grupo terrorista o unos asesinos concretos… ¡no han perdido perdón aún a sus víctimas! Se supone que estas les quedarán eternamente agradecidas cuando lo hagan.
Hannah Arendt hablaba de la banalidad del mal a propósito del juicio a Adolf Eichmann. Sin ánimo alguno de ironía creo que debía hablarse también de banalidad del bien para describir el mundo que vivimos, pues los polos morales han perdido su sentido. Como en el juego de policías y ladrones, los roles se han hecho intercambiables. Todo depende de quién establece las reglas y de las circunstancias que, como todo el mundo sabe, son cambiantes por definición. Ahora, de consuno, el populismo y el nacionalismo han modificado a su conveniencia el sistema de valores: no es extraño por ello que haya calado la especie de que la supuesta voluntad popular está por encima de cualquier regla. Algunos han alertado ya que ese criterio nos lleva al abismo.
Perseguir la verdad parece objetivo anticuado, si no inviable en su propia formulación y, en todo caso, se antoja tarea ingrata que puede ser sustituida favorablemente por una difusa veracidad, antesala a su vez —en una degradación que no sabemos cómo y cuándo terminará— por la simple verosimilitud. En este contexto se ha popularizado la conceptuación de fake news, es decir, lo que siempre hemos concebido como bulos, solo que ahora multiplicados exponencialmente en su difusión por obra y gracia de los recursos informáticos y el mundo globalizado. Pero en este marco se diluye también la diferencia entre el bulo y la realidad (y ello en el supuesto, claro está, de que podamos acceder a esta).
Hasta hace bien poco si no la promesa, que siempre tendía a disolverse en un futuro impreciso, por lo menos el compromiso y la palabra dada eran sólidos valores que asentaban la responsabilidad política. Hoy sabemos que ya no es así. Un gobernante puede decir una cosa y su contraria no en cuestión de días sino de horas, y puede hacerlo sin despeinarse y por supuesto sin que pase nada. El acceso a las responsabilidades públicas quedaba antes confinado, si no exactamente a los mejores, al menos a los técnicamente cualificados. Hoy nadie esconde que es un sistema de colocación de amigos y correligionarios, en un nepotismo desenfrenado que ya no se avergüenza en absoluto de presentarse como tal.
Suele decirse que la democracia es el menos malo de todos los regímenes, entre otras cosas porque conlleva los mecanismos de regulación y mejora. Pero si el sistema democrático es perfectible, ello implica necesariamente que también es susceptible de quebranto y deterioro. La era de la trivialidad conlleva una propensión lúdica y una cierta anomia social, un mundo en el que, como decía el viejo Heráclito de Éfeso, panta rei, todo pasa. Pero incluso si aceptamos la concepción de lo público como “juego político”, observemos que ningún juego admite que cada cual haga lo que le parezca y mucho menos que se salte las reglas a su conveniencia. En algún momento habrá que ponerse serio y entre tanta cachaza recordar la conocida sentencia popular: o jugamos todos —respetando las reglas, claro— o se rompe la baraja.
Foto: Mark Flanders

Bolsonaro, un espejo para Vox


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Bolsonaro, un espejo para Vox

 

 

Por Luna Gámez

Por Luna Gámez
Los formaciones de extrema derecha utilizan su discurso de odio contra la educación por la diversidad y la tolerancia como una estrategia política para ganar popularidad. Para ello, llegan a a emplear en ocasiones informaciones falsas o descontextualizadas. Esta estrategia de comunicación, más incipiente en Vox, es la que Bolsonaro ha venido empleando en la última década hasta que ha conseguido la presidencia de Brasil con el innegable apoyo del lobby de las iglesias evangélicas. En consecuencia, la religión neopentecostal ha logrado imponer sus principios moralistas en la agenda política gubernamental brasileña.
La combinación de una imagen llamativa con un discurso pasional puede provocar un furor de masas. Aunque la foto esté sacada de contexto o el texto no le corresponda, los bulos se extienden rápidamente por las redes sociales y las opiniones deducidas suelen permanecer inamovibles aún cuando se demuestra la falsedad de la información. Este ha sido el caso, por ejemplo, de las recientes publicaciones en redes sociales de personas de la extrema derecha española atacando la educación sexual, diversa y tolerante en los centros públicos de enseñanza.
El vídeo que la semana pasada publicó en Twitter un militante de Vox y candidato a una alcaldía bajo estas siglas —y que posteriormente la cuenta oficial del partido compartió— muestra a una niña alrededor de un hombre desnudo tumbado en el suelo. Los subtítulos incrustados son una interpretación de la escena que no representa lo que en realidad sucedía: una performance sobre la obra ‘Bicho’, de Lygia Clark, que tuvo lugar en el Museo de Arte Moderna de São Paulo (MAM) en septiembre de 2017. Nunca sucedió en una escuela y por tanto nunca podría haberse vetado con el llamado pin parental como este miembro de Vox proponía. El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, también había sacado la foto de contexto hace dos años y la utilizó para esparcir el bulo de que la izquierda pretendía pervertir a las y los menores. El propio MAM tuvo que publicar una nota pública en aquella época en la que lamentaba “las malinterpretaciones, las manifestaciones de odio y la intimidación a la libertad de expresión que se extendieron en las redes sociales (…) como resultado de la desinformación y deturpación del contenido de la imagen”.
Otras de las informaciones falsas que han estado circulando estos últimos días en las redes sociales españolas contra la educación sexual han sido imágenes de una sexóloga de Cánada o de una drag queen en Estados Unidos como si ambas estuviesen sucediendo en España, así como conferencias sobre sexualidad para padres y madres presentadas como falsos discursos “adoctrinadores” de niñas y niños.
Apelando al sensacionalismo con este tipo de contenidos, Vox, el partido político más a la derecha del espectro político español, clama para que las actividades escolares vengan con prospecto y con espacio para la objeción de conciencia de las madres y padres. Lo que Santiago Abascal, líder de Vox, ha bautizado como “pin parental”. Pero en las entrelíneas de su discurso, Vox deja claro que su interés más profundo es el de instrumentalizar la educación sexual para ganar protagonismo político, como ya lo hizo Bolsonaro.
Noticias falsas para alimentar la homofobia
“En Brasil, la izquierda tuvo miedo de enfrentar las fake news y las conspiraciones, y no solo eso, sino que le dio ciertos puestos de poder a la iglesia evangélica en un momento político crítico”, declara en una entrevista con este medio Bruno Bimbi, analista político, periodista y escritor. Este momento crítico al que Bimbi hace referencia fue cuando Bolsonaro se dio cuenta de que el discurso homófobo le podría ofrecer un buen filón para aumentar su popularidad. El que había sido el “diputado de los militares” durante casi 30 años de carrera política de escaso éxito percibió que podía ser también «el diputado de los que odian a los gais”, según la opinión de Bimbi. “De esta forma, su popularidad dio un salto al mismo tiempo que crecían las iglesias evangélicas en el país comparando a los homosexuales con demonios”, añade este periodista que se desempeñaba como asesor político en aquel entonces.
Una de las mayores mentiras que Bolsonaro viene alimentando sin descanso desde ese momento fue el supuesto “kit gay”, como él mismo bautizó a un programa del Gobierno de Dilma Rousseff para combatir la homofobia en las escuelas propuesto en 2011. El material creado, que se constituía principalmente de informaciones para profesorado y algunos vídeos infantiles sobre diversidad para el alumnado, nunca vio la luz. Según el Ministerio, el material era “mejorable” pero nunca se mejoró. La propuesta fue abandonada a la sombra de la ofensiva conservadora que usaba falacias para alimentar el discurso del odio contra la población LGTBI en supuesta defensa de los valores morales de la “familia tradicional brasileña”.
Se inventaron biberones con forma de pene, imágenes sacadas de contexto o manipuladas con posiciones sexuales, usaron informaciones de salud pública contra el VIH para trabajadoras y trabajadores del sexo como si fuesen manuales escolares pornográfico, o demonizaron libros extranjeros que tratan de sexualidad, entre otras medidas que pretendían ilustrar un perverso programa escolar que nunca existió. El fantasma del “kit gay” no solo no se esfumó, sino que sirvió de abono para alimentar la semilla del odio que dio lugar al programa Escuela Sin Partido (ESP), de la ultraderecha brasileña. Lo que el ESP propone es un veto directo a cualquier contenido de igualdad de género, diversidad sexual o tolerancia religiosa en las escuelas, es decir, directamente prohibirlo. La propuesta, que aguarda para ser votada en el Congreso, no ha sido aprobada hasta hoy.
Tanto el pin parental, como las falacias del “kit gay”, la Escuela Sin Partido o Con Mi Hijo No Te Metas -proyecto homólogo conservador que se ha dado en otros países latinoamericanos- comparten una terminología simplista y confusa que plantea como premisa que una niña o niño podría ‘convertirse’ en homosexual solo por el simple hecho de saber que existe la homosexualidad. “No hay pin parental que sirva para cambiar la orientación sexual de los hijos. Cada persona es como es, pero si por lo menos reciben información desde jóvenes podrán aceptarse si son bi u homosexuales o podrán ser personas más tolerantes con el resto si son heterosexuales”, añade este periodista autor de un libro titulado Matrimonio igualitario, donde aborda la homofobia en la conquista del derecho al casamiento homoafectivo. Bimbi considera que el único miedo que deberían tener las madres y padres es que sus criaturas sufran, que desarrollen traumas o que hagan a otras sufrir.
La protección de la infancia como instrumento político sensacionalista
La homofobia se convirtió en una de las muletillas del discurso de odio en la que Bolsonaro se apoyó para llegar hasta el palacio presidencial de La Alvorada. Con una estrategia parecida, Santiago Abascal se va abriendo camino en el espectro político español. La supuesta protección de la infancia frente a lo que las extremas derechas consideran como ‘aberrante’ —es decir los derechos LGBTI, la igualdad de género o la información sexual para prevenir violencias, enfermedades o embarazos no deseados, entre otras— es una estrategia política basada en el apelo del miedo, entre otras emociones.
De esta forma, estas figuras inventan un falso riesgo de perversión sexual de las niñas y niños para colocar el tema de la educación en el ojo de un huracanado debate político. Pero, ¿por qué plantean la información sexual como un peligro? “Porque es un tabú cultural desde hace siglos”, responde Bimbi, que explica que la estrategia política de la ultraderecha consiste en identificar prejuicios que ya existen en la sociedad, radicalizarlos y transformarlos en herramientas de marketing. “Calificar la homosexualidad como anormal y sembrar odio contra la colectividad LGTBI no es más que una estrategia para ganar poder”, añade este periodista.
Frente a esto, él defiende que no basta con desmentir las falsas informaciones, sino que hay que abordar la pauta que la extrema derecha está proponiendo, por ridícula que parezca, con contra argumentos sólidos. “Cuando las fake news comienzan a ser más brutales esto puede provocar un retroceso de la oposición, por pereza o por miedo, pero si retrocedes ante esta gente después es muy difícil pararlos”, explica Bimbi. Este escritor, que actualmente vive en España donde publicará una edición actualizada de su último libro El fin del armario, insiste en la necesidad de no cesar de cuestionar a Vox aunque sus presupuestos aún sean incipientes. “Si el eje del discurso de la ultraderecha es atacar a ciertas minorías y la izquierda lo ignora o no aborda firmemente el asunto, le deja toda la cancha libre y el único discurso que circulará sobre la minoría será el de la extrema derecha”, argumenta Bimbi.
Un consenso para la enseñanza pública española
“Este sería un buen momento para hincar el diente al tema de una nueva ley orgánica de educación, no solo porque la extrema derecha está cuestionando la universalidad de la enseñanza pública, sino porque necesitamos realmente un nuevo consenso que no sea alterado con cada gobierno de turno”, explica Isabel Aguilera, profesora recién jubilada de secundaria de matemáticas y antigua directora de un instituto rural en Orcera, un pueblo de la provincia de Jaén. Aguilera destaca la necesidad de abordar ciertos temas espinosos como es el de los centros de enseñanza concertados, gestionados por el sector privado -generalmente por instituciones religiosas- pero con recursos públicos.
“El pin le podrá servir a Vox para llamar la atención pero en la práctica tendría muy poca repercusión”, considera esta profesora. Aguilera defiende que el profesorado educa en el día a día: “Cuando los asuntos delicados florecen en medio de una clase de matemáticas o de ciencias es cuando mejor funcionan los debates sobre la transversalidad y la tolerancia”. Y añade que no es en una charla de 50 minutos —lo que Vox propone que los padres puedan vetar— donde el alumno adquiere espíritu crítico.
“Las chicas y chicos andan continuamente con un teléfono en su bolsillo, pueden consultar todo lo que quieran”, declara ella, y cuestiona “¿cuántas horas de charlas harían falta para deconstruir lo que transmiten ciertos programas de la televisión?”. Aguilera, jubilada desde el año pasado, tras 22 años como profesora más diez como directora de centro, admite que ni la escuela ni la familia lo pueden todo.
En Brasil, donde Bolsonaro ha incitado al alumnado en diversas ocasiones que graben con sus teléfonos móviles y denuncien al profesorado que aborden asuntos que él califica de “adoctrinantes”, los profesionales de la enseñanza pública no se dejan arrinconar por ofensivas que no pasan del discurso sensacionalista, que no se concretan. “Si un padre o una madre quiere que su hijo o hija sea machista o racista, no lo podemos evitar. No obstante, lo ideal en las escuelas públicas de cualquier país es intentar que las y los alumnos sean tolerantes”, concluye Aguilar.
Fuente: Pikara Magazine


La geopolítica de la arena, un recurso imprescindible y sobrexplotado


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La geopolítica de la arena, un recurso imprescindible y sobrexplotado

 

 

Por Clara R. Venzalá

Por Clara R. Venzalá
La arena es un recurso usado en multitud de procesos industriales e imprescindible en la construcción, pero engrosa la lista de recursos naturales por los que es necesario preocuparse, ya que su extracción masiva provoca graves daños medioambientales. Además, la alta demanda de este material ha provocado el desarrollo de peligrosas mafias que operan y comercian con ella de forma descontrolada, perjudicando también a la población local que convive con estas organizaciones.
Parece infinita, como demuestra que se hayan hecho tantas alusiones a su eterna presencia. Quizá por eso se ha prestado poca atención al importante papel que juega la arena tanto en la naturaleza como en el desarrollo de las civilizaciones; quizá por eso se ha tardado tanto en asumir que su sobreexplotación trae graves consecuencias políticas, sociales y, por supuesto, medioambientales. Los titulares más pesimistas anuncian que la arena se acaba y los especialistas confirman que es un recurso natural sobreexplotado, especialmente desde el boom global de la construcción y la irrupción de las nuevas tecnologías.
Como otros recursos naturales, la arena ha acompañado a la humanidad desde sus inicios a través de joyas de vidrio o como material para la edificación de las pirámides de Giza o el Coliseo. En la actualidad lo sigue haciendo: está presente en objetos y elementos cotidianos como cerámicas, cristales —desde el de las ventanas hasta el de las gafas—, aparatos electrónicos, pinturas o carreteras. A esto se suma el uso industrial, que abarca prácticamente todos los sectores, desde la aeronáutica, el fracking y la eléctrica hasta la cosmética o la alimentación. También tiene usos puramente recreativos, como la elaboración de material deportivo o de pistas de tenis y, en relación a los territorios, la arena puede usarse para recuperar playas o ganarle terreno al mar. Es curioso que algo tan pequeño como un grano de arena constituya el que se ha convertido en el segundo recurso natural más usado después del agua, o el tercero si se tiene en cuenta el aire. Porque, por encima de todo, la arena se utiliza para la construcción: es fundamental para elaborar hormigón, cuya composición es de entre 60 y 75% de arena. Y para ese uso en particular, debe usarse un tipo concreto de arena.
Existen diferentes tipos de arena en función de su origen, pues este determina su composición, propiedades y características: la que se encuentra en las playas es diferente a la que se encuentra en el fondo de un lago o la que hay en el desierto. Para la creación del hormigón que se usa en la actualidad, la mayor parte de la arena del desierto es menos eficaz, ya que es demasiado fina y redonda debido a la actuación del viento. Por tanto, hay que recurrir a canteras naturales de arena: lechos de ríos, lagos, mares y océanos. El problema es que se está abusando de la capacidad de estos escenarios para producir arena, pues se extrae más de la que se crea. Se estima que cada año se extraen entre 40.000 y 50.000 millones de toneladas de arena, más del doble de lo que se genera de forma natural anualmente. Se trata de un escenario insostenible, con serias consecuencias globales y comparable, por ejemplo, a la deforestación. Sin embargo, nadie habla sobre ello.
Los todavía escasos informes sobre el consumo de arena coinciden en que hay una clara relación entre la sobreexplotación de este recurso y la edificación masiva, especialmente en Asia. Las pistas para rastrear el destino de la arena extraída se encuentran en los datos de la industria de la producción de hormigón y cemento. China, India y Estados Unidos son, en ese orden, los países que mayor cantidad de este material fabrican. Ahora bien, hay un salto cuantitativo notable entre ellos: el gigante asiático produjo 2.400 millones de toneladas de cemento en 2017, frente a los 270 millones de India y los 86 de Estados Unidos.
La producción de cemento se ha triplicado en las últimas décadas debido, en buena medida, a China. Fuente: Programa de las Naciones Unidas para el Medioambiente
China e India están edificando como nunca antes. Así pues, la mayor parte del hormigón que se produce, y por tanto de la arena que se extrae, es para consumo regional. En total, China, India y el sudeste asiático suponen el 67% de la producción de hormigón mundial. El crecimiento poblacional y económico del subcontinente indio, África y Latinoamérica va a suponer, además, un nuevo incremento de la demanda para 2030.
Para ampliar: “Los nuevos faraones: la apuesta china por los megaproyectos”, Luis Martínez en El Orden Mundial, 2018
El medioambiente, la primera víctima 
Las consecuencias de la extracción de arena son más graves de lo que en un principio parece. El impacto más inmediato, el que se da en el paisaje, es inevitable. Se produce a través de la erosión de las costas y los cambios en la estructura de los deltas o ríos. Además, las pérdidas de arena provocan la erosión de los suelos, la contaminación de las aguas de los ríos y, en última instancia, también de la atmósfera a través de las emisiones de la propia industria del cemento y el transporte de su producción, según el informe de la ONU que en 2014 dio la voz de alarma sobre las consecuencias silenciadas de la extracción de arena. No obstante, cada escenario natural reacciona de forma diferente a la falta repentina de arena.
En la costa, y en el lecho de mares y océanos, la extracción de arena provoca la destrucción del ecosistema marino, lo cual conlleva una gran pérdida de biodiversidad que incluso afecta a la actividad de la pesca. Además, la arena funciona como protección frente a fenómenos extremos como tormentas y subidas del nivel del mar, que serían mucho más perjudiciales. En los ríos causa alteraciones en el pH del agua, la reducción de los acuíferos, y un aumento del riesgo de inundaciones y de su frecuencia. En cuanto a los lagos, se estudia muy de cerca el ejemplo del lago Poyang, en China, cuyo destino recuerda al del mar de Aral: el que se tenía como el mayor lago de agua dulce del país ha pasado de tener varios metros de profundidad a quedarse prácticamente seco, y hay estudios que vinculan directamente la extracción de arena en el lago con este suceso.
Efectos de la extracción de arena en el lago chino de Poyang entre 1995 y 2013. Fuente: Observatorio de la NASA
Para ampliar: “Aral, el mar que nunca existió”, Gemma Roquet en El Orden Mundial, 2018
Arena empresarial y política 
La necesidad de arena ha generado una industria que mueve miles de millones de dólares. Existen empresas especializadas en la extracción de este material que trabajan con potente maquinaria en los lechos de ríos, lagos y mares en todo el mundo. Pero la gran demanda, y el cuantioso y rápido beneficio que reporta esta actividad, han creado un nicho de mercado interesante para las mafias. El secretismo en el que el negocio de la arena ha estado envuelto y la incertidumbre sobre a quién pertenece han permitido la proliferación de grupos especializados en la extracción y venta ilegal de este recurso en varios países del mundo, como Marruecos, Kenia, Jamaica, Cabo Verde, Camboya e Indonesia.
El caso más reseñable es el de India, donde los mafiosos se toman la libertad de amenazar e incluso asesinar a todo aquel que estorbe en su negocio, incluidos periodistas. Además, en países africanos o asiáticos, los locales admiten extraer arena para las mafias, un trabajo muy tentador en comparación con la poca rentabilidad de otros oficios tradicionales como la pesca. Lo hacen sin saber, quizá, que así contribuyen al final del entorno en el que viven.
Por otro lado, la arena también está permitiendo aumentar la extensión de ciudades y hasta países enteros ganándole terreno al mar. Hay numerosos ejemplos, aunque el caso más paradigmático es el de Países Bajos, que lo consigue desde hace siglos mediante un sistema de drenaje. Otras zonas como Macao, Hong Kong, Tokio, Singapur o Dubái, por mencionar algunas, dependen de la arena para la ampliación de sus territorios allí donde sólo hay agua.
El problema político de ganarle unos metros al mar aparece cuando estas prácticas se realizan en zonas cuya soberanía está en disputa. Ejemplo de estas son el caso de Gibraltar, que entró en una polémica en 2013 con España por esa razón; o el de China, que está creando islas artificiales en el mar de la China Meridional, un espacio marítimo que reclaman también al menos otros tres Estados. Esas islas sirven a Pekín para legitimar sus reclamaciones territoriales sobre esas aguas y suponen un aumento de la presencia china en la zona, lo que está generando tensión en la región.
Singapur ha aumentado su territorio un 20% gracias a la ayuda de grandes masas de arena con las que ha ganado terreno al mar. Fuente: Programa de las Naciones Unidas para el Medioambiente
Singapur es otro de los países que ha necesitado más territorio para gestionar su densidad demográfica. Y lo ha hecho con una apuesta clara por ganarle metros al mar con la ayuda de grandes masas de arena. ¿El resultado? Un 20% más de terreno, ciento treinta kilómetros cuadrados, en cuatro décadas, además de un deterioro de la relaciones con los países vecinos. La arena que Singapur ha utilizado durante su boom de la construcción era importada de países vecinos como Indonesia, Malasia, Tailandia y Camboya. Pero el abuso en su extracción provocó que desaparecieran venticuatro islas indonesias, un suceso que desencadenó tensiones ya que, sin esas islas, oficialmente Indonesia ha perdido territorio, con todo lo que eso suponía también en lo relativo al control marítimo de la zona. Así pues, tanto Indonesia como otros países vecinos han dejado de exportar arena a Singapur, lo cual tampoco implica que el país deje de hacer uso de la arena para expandirse, ya sea adquiriéndola con origen legal o ilegal.
Para ampliar: “Singapur, la villa de pescadores”, Benjamín Ramos en El Orden Mundial, 2015
Un futuro sin arena
Es inevitable que el ritmo de construcción se mantenga en zonas en pleno apogeo como el sudeste asiático y China. Por tanto, se mantendrá la demanda de materiales como el hormigón, con la consiguiente sobrexplotación de la arena. Frente a las limitaciones de este recurso, se plantean alternativas para conseguir una edificación algo más sostenible: reciclaje de tipos específicos de residuos, polvo y cenizas —como las del carbón—, compuestos de plástico, materiales tradicionales como la madera y, especialmente, nuevas opciones nacidas de la investigación científica. El objetivo es reemplazar el uso de recursos naturales para la elaboración de hormigón y cortar de raíz el negocio ilegal de la arena, que supone una amenaza económica, social y medioambiental relevante.
La toma de conciencia del valor de la arena como recurso es solamente el primer paso para evitar que las consecuencias de su extracción se agraven. De la misma manera en que se tomó conciencia de la importancia de otros fenómenos ambientales provocados por el ser humano como la deforestación, el efecto invernadero o las situaciones derivadas de la presencia de plásticos en los mares, es momento de que también se conciba la que ya es una nueva emergencia medioambiental. La arena debe salir del silencio en el que está envuelta.
Para ampliar: “La deforestación del Amazonas”, Teresa Romero en El Orden Mundial, 2019
Fuente: El Orden Mundial (EOM)