viernes, 20 de julio de 2018

"López Obrador es un nuevo Francisco Madero"


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"López Obrador es un nuevo Francisco Madero"

 

 


Entrevista a Guillermo Almeyra, editorialista internacional de La Jornada (México)
-M.H.: Escribió unas primeras impresiones en caliente sobre lo que usted califica como un triunfo histórico por parte de López Obrador. Con una abstención muy baja, del 37% y un resultado que sorprende, casi un 53% de votos favorables. ¿Cómo se explica esto?-G.A.: Por un lado es un resultado de la tenacidad y resistencia de un hombre al cual le robaron la elección en 2006, se la volvieron a robar en el 2012 y aun así insistió por tercera vez. Pero sobre todo el que haya podido resistir tiene que ver con una lucha mucho más vieja, vinculada con las matanzas de 1968, las de 1970, las guerrillas en Guerrero, el triunfo de 1988 cuando se rompió el PRI, una izquierda estimulada por Vietnam, la Revolución cubana, que sale del PRI y forma un partido democrático, el PRD. Se da un nuevo fraude, inmediatamente se manifiesta en 1994 y luego las luchas electorales de López Obrador pero en medio, masacres, movilizaciones campesinas, de maestros, etc.
Ha habido una maduración, poco a poco la mayoría de la población indígena, campesina y obrera de México comprobó que el partido del gobierno ya no le daba nada, porque había un pacto tácito de aumentos de salarios, facilidades para sembrar y cosechar, pero se quedaban con el poder. Esto venía desde 1917, cuando se dio la Revolución mexicana. Cuando ese pacto se rompió en los ´80 con la mundialización, quedó claro que no se trataba de un problema de dirigentes ni de partidos, sino del sistema. Sobre todo cuando hicieron desaparecer a 43 estudiantes normalistas, los mataron a todos y la gente empezó a comprender esto sobre el sistema capitalista.
El resultado fue que incluso los zapatistas se volvieron anticapitalistas porque no lo eran al principio y se contentaban con que el Estado les reconociera los derechos indígenas. Esta es la ola de fondo que desembocó en el triunfo de López Obrador, a pesar de la política absolutamente limitada, a pesar de la dirección de derecha de su movimiento.
Acaba de nombrar en su gabinete de trabajo a 3 altos empresarios, entre ellos a la gente de las televisoras, todos muy ligados a la Embajada de Israel, uno fue ministro del Interior del PRI durante muchísimos años, otro fue dirigente durante 30 años del PAN que es el partido de la ultraderecha católica. Sus representantes directos son toda gente de ultraderecha o de derecha conservadora. Pero ha dicho que reducirá los sueldos de los funcionarios a la mitad, hay que ver si lo hace realmente, ha dicho que no va a vivir en la casa presidencial, sino que se quedará en su casa, que va a anular el centro de espionaje, que va a liberar a los presos políticos. Ha hecho algunas promesas que no le van a costar demasiado en el caso que las cumpla, pero los problemas reales, la pobreza del país, los inmigrantes, los asesinatos, 150.000 en 12 años, el problema de los desaparecidos, el narcotráfico, la sumisión a EE UU, todo eso difícilmente pueda resolverlo. Así que como dice el dicho, cuando desaten el paquete, cuando los que lo votaron se den cuenta de lo que ha pactado, van a empezar a exigir.
Por ahora van a dejar pasar el período de gracia para ver qué hace. Prometió también sacarles las pensiones a los ex presidentes. Algunas cosas de esas puede hacer. Lo que no va a hacer son las medidas de fondo. Por otro lado ya están funcionando las policías comunitarias de los Estados, son policías elegidos en asambleas por los trabajadores y que cobran su sueldo de la comunidad e incluso son revocables. Es decir que están comenzando a funcionar organismos de autodefensa.
-M.H.: Los mercados financieros recibieron bien la ratificación de Carlos Urzúa como próximo secretario de Hacienda y del empresario Alfonso Romo como coordinador del gabinete ministerial. Usted en el artículo que mencionaba habla de López Obrador como un nuevo Madero. ¿Qué significa esto?
-G.A.: Madero era el hombre más rico de México, se levantó en armas con el lema “Sufragio efectivo y no reelección” contra el fraude que pensaba hacer el viejo dictador Porfirio Díaz. Y consiguió el apoyo de todos, de Zapata, de Villa, sectores de la burguesía y llegó al gobierno como el hombre más rico de México convencido de que era el salvador, porque era un espiritista además.
Llegó al gobierno y pensó que poniendo gente más o menos honesta podía mantener el Estado que había heredado, puso a su hermano en el ministerio del Interior, de Vicepresidente a José María Pino Suárez y un tiempo después uno de sus generales negoció con la embajada de EE UU y se levantó en armas, lo mataron a él, al Vicepresidente, al hermano y se restableció la dictadura.
Esa es la experiencia de Madero, al principio apoyado por todos, el primero que se dio cuenta de que no hacía nada por los campesinos fue Zapata, quien pasó a la oposición y Madero le mandó a su ejército para aplastarlo, y luego tuvo conflicto con Villa y con otros hasta que lo matan. En una palabra López Obrador toma como su héroe a Madero, el bisnieto de Madero, Alfonso Romo, es a su vez coordinador del gabinete de AMLO.
-M.H.: Quisiera que hablemos de lo que se está viviendo en Nicaragua.
-G.A.:
Es terrible la actitud del dúo Ortega-Murillo, un dúo que hizo las peores concesiones a la derecha, hizo acuerdos, los fomentó con la derecha y la jerarquía de la Iglesia católica. Pero se hacían pasar por izquierdistas financiados por Venezuela, pero aplicaban una política de derecha pro capitalista, que a EE UU le venía muy bien. Hicieron rebajar los salarios, las jubilaciones y aumentaron la edad jubilatoria y el país estalló. Lo único que se les ocurrió fue reprimir con parapoliciales y con la policía. El Ejército, que está dirigido por el hermano de Ortega, no interviene en esto porque se reserva en caso que el Gobierno caiga. Entonces aplica policía de choque contra los campesinos y los estudiantes. Por supuesto que en esto mete la cuchara EE UU, por supuesto que si cae, la derecha va a aprovecharse, pero la alternativa es que se vaya y dejar que los sandinistas verdaderos, que existen, se presenten a elecciones.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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La privatización no será una opción


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 La privatización no será una opción

 

 


En el X Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) no hubo grandes anuncios aunque sí datos sueltos sobre la nueva
Política de Comunicación del Estado y el Gobierno
cubanos que fue aprobada este año.
Durante dos días los más de 200 delegados e invitados debatieron sobre una estrategia que busca poner a medios estatales, instituciones gubernamentales y empresariales a tono con los cambios en el ecosistema comunicativo doméstico. Pero los posibles debates sobre la existencia y legalidad de medios no estatales en Cuba quedaron zanjados cuando el presidente cubano Miguel Díaz-Canel afirmó, en la clausura del evento, que no habrá espacio para estos..
Al dirigirse al pleno del Congreso, Díaz-Canel confirmó que el Estado cubano no tiene entre sus planes la privatización de los medios de comunicación. En su discurso no parece referirse solo a los públicos, los que el Estado actualmente subvenciona en representación del pueblo cubano y que no deberían privatizarse bajo ningún concepto, sino ganar en independencia y elevar la calidad de sus contenidos a la altura de la sociedad actual en un sistema mediático que les reconozca y permita consumar su deber con la ciudadanía. En adición, se puede inferir que también incluye en la negativa al resto de los que ya existen en Cuba y no funcionan bajo la sombrilla del presupuesto estatal.
“Por más que lluevan intentos de devolvernos al pasado de sensacionalismo y prensa privada bajo máscaras nuevas, ni los medios públicos cubanos ni sus periodistas están en venta”, recalcó.
Su discurso ha sido fuertemente criticado en redes sociales y publicaciones foráneas por la imposibilidad de inclusión de numerosos periodistas y profesionales de la comunicación cubanos que no forman parte de la membresía de la UPEC, dado que la organización solo acepta a los profesionales del sector estatal.
También porque luego de varios años y reuniones del hoy presidente con los profesionales de la comunicación, se esperaba una mejor y más justa definición de enemigos, derechos y conceptos sobre los modos en que distintos medios cubanos se gestionan en el país.
En el actual panorama mediático es desafortunado continuar sin reconocer la diversidad entre los nuevos emprendimientos mediáticos surgidos en Cuba, considerar a tabla rasa que los periodistas cubanos solo acuden a esos espacios por un mejor pago, o percibir un ataque en cada trabajo contrastado, con fuentes verosímiles, que descubra, analice y socialice los problemas de la ciudadanía en el país. Obviar una parte significativa de la realidad no implica que esta desaparezca.
Sería un alivio, por otra parte, no tener que discutir sobre los mismos temas en el próximo Congreso de la UPEC. Con un sistema estatal de medios más fuerte y competitivo, sin la excesiva regulación externa que hoy lo define, su impacto puede ser más enriquecedor, menos endógeno y más equitativo. Desde ese punto de vista, la nueva política de Comunicación sí podría otorgar muchas y necesarias herramientas a los medios estatales, en dependencia de cómo se lleve a cabo su implementación. Es algo que, hasta el momento, nadie ha puesto en duda.
Sin embargo, un medio público no es lo mismo que el medio de un órgano o partido político; privado y alternativo no son excluyentes; privado tampoco es igual a capitalista, mercenario o contrarrevolucionario. ¿Acaso una publicación gestionada mediante una cooperativa no sería viable?
El mandatario cubano se refirió además al ingente reclamo del gremio sobre las condiciones materiales y salariales que lo colocan a la saga de la intelectualidad cubana. “No olvido, dijo, las demandas más fuertes que ustedes nos han hecho: el salario, insuficiente y anclado en viejas resoluciones que es preciso desechar; la situación material precaria de los medios y de los periodistas”. No obstante, también aclaró que “lo pendiente es mucho más que la necesidad de un gremio”.
Entonces ¿qué dice la Política?
Aún la totalidad de la información ligada a la referida Política sigue fuera del escrutinio público, mas sus aspectos concernientes al trabajo de los medios de comunicación sí se ventilaron en la cita periodística del Palacio de Convenciones capitalino. El foro abordó la urgencia de construir un modelo cubano de prensa y tocó de soslayo asuntos sumamente polémicos, como la ética periodística y la interacción con los medios de comunicación extranjeros.
“Este Congreso nos convoca a analizar cómo implementar la Política de Comunicación recién aprobada, y no debiera eludir dicha circunstancia”, dijo en el arranque Raúl Garcés Corra, decano de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. A renglón seguido el académico afirmó que “damos por supuesto que la mayoría de nosotros conoce los puntos principales del documento”, aludiendo así a un ciclo de reuniones explicativas de la Política en el cual tomó parte el gremio periodístico afiliado a la UPEC junto a representativos de las autoridades gubernamentales y del PCC de todo el país. De dichos encuentros apenas se supo a través de reportes de la AP.
Garcés Corra quien resultaría electo al día siguiente para integrar la presidencia de la organización insistió que para Cuba esta política, “incluso en medio de amenazas históricas y presentes, es la oportunidad de redescubrir el socialismo con un rostro simbólico moderno, participativo, innovador e irrenunciablemente democrático”.
En este punto se esperaba que el Congreso consensuara propuestas que concretaran la Política. Pero tras varias intervenciones de los delegados Marino Murillo se vio precisado a comentar que todo el proceso de actualización del modelo económico cubano ha requerido la aprobación de 159 instrumentos análogos para igual número de asuntos diferentes.
De manera que, acotó, tener una Política para la comunicación no era garantía de su cumplimiento. Desde el punto de vista metodológico, concluyó, esta requerirá también definir indicadores específicos que permitan evaluarla periódicamente; de lo contrario, alertó, fenecerá olvidada en una gaveta. Y de paso, se puede inferir, se corre el riesgo de que la implementación se burocratice en exceso y que demore más de lo esperado.
Sería en la sesión conclusiva donde finalmente se dieron a conocer algunos pormenores a través de Ariel Terrero, hasta ahora director del Instituto Internacional de Periodismo José Martí. Al presentar su ponencia El modelo de prensa que sueña Cuba, Terrero explicó que la Política de Comunicación tiene entre sus principios básicos que:
  • “La radio, la televisión, la prensa impresa y otros medios de comunicación masiva, así como las plataformas tecnológicas empleadas por estas, son de propiedad estatal o social, según las regulaciones que se establezcan, y no pueden ser objeto, en ningún caso, de propiedad privada.
  • “Los servicios de radiodifusión y telecomunicaciones tienen un carácter público y se asumen por el Estado en beneficio de toda la ciudadanía.
  • “Los medios de comunicación masiva, en cualquier formato o soporte tecnológico, constituyen un bien y un servicio público.
  • “La información, la comunicación y el conocimiento constituyen un bien público y un derecho ciudadano.
  • “Los medios de comunicación masiva se financiarán fundamentalmente por el presupuesto del Estado. En los casos que se aprueben, también se considerarán los ingresos por la venta de servicios y espacios de publicidad, la comercialización dentro y fuera del país de su producción y patrimonio comunicativos, los ingresos del patrocinio, donaciones y la cooperación nacional e internacional.
  • “Los medios podrán asumir esquemas de gestión —presupuestado, presupuestado con tratamiento especial o empresarial—, según sus exigencias y características.
  • “La gestión, la producción y comercialización de contenidos de los medios de comunicación masiva podrán complementarse con producciones, aseguramientos y servicios a contratar con formas de gestión no estatales.
  • “Se debe priorizar la infraestructura, conectividad y acceso a las [nuevas tecnologías de la información y la comunicación] TICs, e impulsar la convergencia digital en los medios de comunicación masiva. Articular el uso de las TICs con los procesos de desarrollo e innovación del país, y potenciarlas como plataforma para propiciar la participación ciudadana”.
Sin consenso el Código de Ética ni tiempo para discutir más en comisiones
Si bien un grupo designado al efecto presentó el proyecto de nuevo Código de Ética para la UPEC, el plenario del Congreso determinó que no había el consenso suficiente para que el texto fuera aprobado. Paradójicamente el que aún no se haya traducido en instrumentos legislativos la Política de Comunicación fue otro de los factores que compulsó a la postergación; entre otras cosas porque, dijeron, todavía no tienen rostro legal las pautas aprobadas para el uso de la publicidad en los medios ni tampoco las fronteras de las opciones de pluriempleo para los periodistas.
Tal y como ocurrió el año pasado con la normativa electoral de la organización ocurrirá un proceso de análisis en las bases de asuntos sumamente controversiales por su alta carga de subjetividad como el plagio, los modos de expresión de la opinión en espacios mediáticos tradicionales o más novedosos como las redes sociales; o el derecho de los periodistas a colaborar con un medio de prensa diferente de aquel con el cual tienen contrato por tiempo indeterminado.
El tiempo planificado para el primer plenario limitó la oportunidad de que se escucharan todas las opiniones en las comisiones de trabajo concebidas para evaluar, respectivamente, funcionamiento de la UPEC, ética y comunicación, agresión mediática contra Cuba, innovación y nuevas tecnologías, y gestión de contenidos.
Sí quedó claro, con más o menos énfasis en cada uno de esos espacios, que las carencias materiales y las incongruencias de los mecanismos de remuneración del gremio periodístico continúan afectando la calidad de los productos comunicativos que ofrece hoy el sistema de medios públicos cubanos.
Nueva presidencia de la UPEC
Antes, el Congreso había elegido por amplia mayoría de votos a Ricardo Ronquillo Bello, subdirector del diario Juventud Rebelde como nuevo presidente de la UPEC. Lo acompañaron en la presidencia Rosa Mirian Elizalde, electa como primera vicepresidenta, así como Jorge Legañoa y Ariel Terrero, ambos vicepresidentes. Completaron la presidencia con estatus de miembros no profesionales Arleen Rodríguez Derivet, Ana Teresa Badía, Minoska Cadalso, Angélica Paredes y Raúl Garcés.
Fuente: http://progresosemanal.us/20180719/congreso-de-periodistas-cubanos-la-privatizacion-no-sera-una-opcion/

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En Nicaragua no gobierna la izquierda


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En Nicaragua no gobierna la izquierda


Por Guido Proaño Andrade
El Ortega de hoy, al igual que el FSLN, no tienen nada que ver con lo que fueron hace 39 años. No son de izquierda, no son revolucionarios; los procesos degenerativos pueden presentarse en las  personas y en las organizaciones políticas cuando los principios no están plenamente afiirmados.
El pueblo nicaragüense siempre aborreció a los tiranos y ha hecho todo lo posible por librarse de ellos; ahora mismo asistimos a una nueva lección de esa rebeldía y anhelo de libertad, esta vez para echar del poder a la pareja Ortega–Murillo.
Hace 39 años, Nicaragua se ganó la solidaridad de los pueblos de todo el mundo cuando se conoció la heroicidad de su gente para poner fin a la dictadura de Anastacio Somoza Debayle, sucesor de una dinastía que inició en 1937 con su padre, Anastacio Somoza García, continuó con su hermano Luis, hasta que la revolución sandinista, el 19 de julio de 1979, acabó con medio siglo de una dinastía corrupta y despótica. Los Somoza, como ahora Ortega, controlaban todo en su país, y también se apropiaron de cosas que no les pertenecía; reprimieron a sangre y fuego protestas y levantamientos que exigían libertad y democracia, como ahora también ocurre.
La revolución sandinista llenó de optimismo y esperanza, principalmente a los jóvenes en quienes bullían ideales antiimperialistas y revolucionarios. Nicaragua mostraba la vía para derrocar el poder de las oligarquías, para expulsar a los yanquis de nuestros territorios, para hacer realidad los sueños de igualdad. Esos anhelos se alimentaban, además, con los combates y victorias logradas en El Salvador por el FMLN y con la lucha revolucionaria en Guatemala. Centroamérica era un foco insurreccional; lo que ocurrió después con cada uno de esos procesos es motivo de otro análisis. Pero sí hay que decir, que ellos también hubo traidores.
Daniel Ortega fue uno de los comandantes del Frente Sandinista, por ello cosechó aprecio y admiración en su país y a nivel internacional. Las fuerzas populares, los partidos y movimientos de izquierda del mundo, y particularmente de América Latina, dieron un cerrado apoyo a ese proceso, como había que hacerlo, aún cuando existían críticas a los límites políticos que se observaban en algunos de los dirigentes de la revolución. Ortega mismo no era expresión de lo más avanzado políticamente al interior del FSLN.
Pero el Ortega de hoy, al igual que el FSLN, no tienen nada que ver con lo que fueron hace 39 años. No son de izquierda, no son revolucionarios; lamentablemente, esos procesos degenerativos pueden presentarse en las  personas y en las organizaciones políticas cuando los principios no están plenamente afirmados.
Y eso no lo decimos ahora que Ortega, el ejército, la policía y grupos paramilitares a su servicio agreden, disparan a mansalva y asesinan al pueblo. Las derrotas político-electorales del FSLN y la sed de poder de Ortega llevaron a éste a crear  alianzas con poderosos grupos económicos y sectores políticos de derecha y la iglesia.
Desde su segunda elección presidencial (2007) Ortega ha caminado de la mano del Consejo Superior de la Empresa Privada (Cosep), que reúne a todas las cámaras de empresarios, y se ha sometido a los mandatos del Fondo Monetario Internacional. El mismo Ortega declaraba con orgullo que su gobierno “logró una hazaña en tiempo record, un acuerdo con el FMI que parecía una misión imposible”. Hoy se sienten contentos y satisfechos por lo que están haciendo, las delegaciones técnicas del FMI que supervisan la economía nicaragüense felicitan por la obediencia del gobierno, los empresarios y banqueros felices con el incremento de sus ganancias, aunque a momentos se sienten incómodos por la actitudes antidemocráticas de Ortega. Pero entre riqueza y democracia, para ellos no hay duda qué escoger.
En Nicaragua se ha fortalecido un régimen antidemocrático, en el que Ortega y su esposa, Rosario Murillo, controlan todos los puestos claves. La inmediata y violenta protesta de los trabajadores y la juventud a la propuesta de reforma al sistema de pensiones y jubilaciones, que Ortega se vio obligado a retirarla, se explica porque existe un descontento acumulado y un repudio al régimen. La pobreza crece, los salarios no cubren las necesidades básicas de los trabajadores, aumenta el desempleo y subempleo… las injusticias y la inequidad aumentan, pero también aumenta la concentración de las riquezas en pequeños grupos.
Ortega y quienes lo respaldan quieren convencer al mundo que la protesta social es fruto de la manipulación externa y de sectores de derecha, perverso argumento utilizado para enmascarar la realidad y cosechar apoyo de sectores que no han querido ver ni entender la metamorfosis del FSLN. Advertimos que el uso expreso de estas siglas se lo hace para diferenciarlo del sandinismo, de los auténticos herederos de Augusto César Sandino, el General de hombres libres, que con su ejército guerrillero resistió y expulsó de su país a las tropas invasoras estadounidenses.
No puede explicarse un movimiento tan generalizado si no es por el alto grado de descontento del pueblo con el gobierno; es el repudio al autoritarismo, a la corrupción, a la política antipopular lo que provoca la resistencia valerosa de esos jóvenes  –que inclusive están entregando sus vidas en los combates callejeros– y enfrentan en condiciones de absoluta desigualdad a las fuerza represivas del gobierno. Es absurdo creer que en un escenario político –de cualquier país- dejen de participar las distintas fuerzas y movimientos políticos existentes, y de hecho, en las movilizaciones que ahora se producen en Nicaragua actúan todas esas fuerzas, pero ello no le quita legitimidad a la protesta por que hay un pueblo que lucha por sus propias convicciones, no se puede negar el derecho de los trabajadores, la juventud y el pueblo en general a revelarse ante un gobierno despótico.
Gobiernos como éste, que se disfrazan de izquierda pero en realidad representan los intereses de la burguesía y el capital extranjero, hacen un grave daño a la izquierda revolucionaria y a las fuerzas progresistas porque logran confundir a sectores populares.
Ortega y Murillo debe responder por la vida de los más de 300 asesinados, los miles de heridos y desaparecidos. Su salida es una necesidad urgente.
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Una historia del socialismo chavista



Por Jose Medina
La igualdad en las costumbres y lengua en los venezolanos no ha sido capaz de producir apasionados debates o llamamientos para una defensa en común, hoy se ha sectorizado en dos grandes bandos acusándose, uno al otro, de antivenezolano, de ser el responsable de vivir una situación muy diferente a la
De la Venezuela del Socialismo del Siglo XXI se han marchado 1.5 millones de personas, pero 31 millones continúan viviendo en el país.
Los que han salido y los que se han quedado, están escribiendo la historia del socialismo chavista, pero pocos o ninguno de ellos sabe cuánto de fábula quedará al final de ese documento.
La igualdad en las costumbres y lengua en los venezolanos no ha sido capaz de producir apasionados debates o llamamientos para una defensa en común, hoy se ha sectorizado en dos grandes bandos acusándose, uno al otro, de antivenezolano, de ser el responsable de vivir una situación muy diferente a la de hace casi 19 años.
No se trata aquí de dar más datos; hay, faltan y sobran demasiados para insistir en la inmensa crisis que vive el gran país del sur, sin embargo a título informativo es importante decir que la Inversión Extranjera Directa (IED) en América Latina y el Caribe, según CEPAL, entre 2005 / 9 llegó a los 106.993 millones de dólares, en 2011 a 207.225; en 2012 a 204.754; en 2013 a 194.111 millones de dólares; en 2014 a 203.043; en 2015 recibió 186.743 millones de dólares; en 2016 llegó a los 168.289 millones y en 2017 a 161.673.
De esas inversiones, Venezuela y otros tres grandes países de la región recibieron los siguientes ingresos en millones de dólares. Venezuela no ha aportado datos desde 2015:

2005/2009 2011
2012 2013 2014 2015 2016 2017
Venezuela 1.403
5.740
5.973 2.680 320 1.383 sin datos sin datos
Brasil 32.331
101.158 86.607 69.686 97.180 74.718 78.248 70.685
Argentina 6.204
10.840 15.324 9.822 5.065 11.759 3.260 11.517
México 26.279
24.320 17.570 47.229 30.287 36.519 34.776 31.726
La diferencia se aprecia fácilmente y la gente quiere saber qué piensan los políticos, los empresarios, los comerciantes y los consumidores de todo ello; porque sin ellos y ello, es imposible articular un Estado, crear un sentimiento de unidad, construirse una carretera o, ser un país más rentable.
En un reduccionismo abrupto, apuesto a que las concepciones de estos cuatro actores parecen converger en el apego a pocas “cosas”, tres buenos ejemplos son: la continuidad eterna de los bloques del 23 de Enero (Caracas 1950), los ranchitos (aprox. 1940) y, un espíritu de sacrificio que lleva más 60 años soportando un democracia marrullera.
Si aceptamos esta aportación, el Socialismo del Siglo XXI, habría hallado un nicho idóneo para su continuidad política. Primando en el país una especie de concertación de comportamientos en favor del bienestar individual o clientelismo.
Sin la exclusividad de una formación en W, a muchos se nos antoja que la venezolana se ha convertido, con el tiempo, en una herramienta de salida, llegada y adaptación individual; en un instrumento de rápida movilidad social, de poder de acción y en demasiados casos, de poca profundidad.
No podemos obviar la permeabilidad a la influencia del Way of life norteamericano, millones de venezolanos lo han interiorizado, como dicen en España, en sus ADN; convirtiéndolo en un sistema de exigencias y obligaciones, de lado y lado.
Sin embargo, las cuatro categorías citadas: políticos, empresarios, comerciantes y consumidores, aun viviendo en lugares y con puestas en valor distintas sobre las “cosas”, también convergen en que son venezolanos, nacidos y criados potencialmente iguales en las costumbres de dar lo mejor y, paradójicamente, aceptar incluso situaciones que les lleven a la más dura mediocridad, siempre que haya habido puentes que permitan el progreso dentro de las clases sociales locales, regionales o nacionales.
Haría falta una quinta categoría, la de los bandidos ocasionales o, a tiempo parcial; personajes cercados y limitados en sus aspiraciones, convertidos en los más desventajados de la sociedad pero apercibidos de la posibilidad de progresar más rápidamente en un país descontrolado que en uno organizado, por ejemplo, Holanda.
Aunque con ellos el Estado pierde equilibrio, son parte de él porque al poder ser ideologizados se les convierte en potenciales votantes o incitadores.
El socialismo de Chávez y Maduro ha calado en todas esas categorías, en unos haciéndoles conscientes de que nacieron con claras desventajas sociales pero con la capacidad histórica de adquirirlas y, en otros con la templada conciencia de que lo conquistado no se puede perder.
José Antonio Medina Ibáñez
participa@latinpress.es

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Varoufakis presenta su programa político para “desafiar a Bruselas” en las europeas


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Varoufakis presenta su programa político para “desafiar a Bruselas” en las europeas

 

 


Varoufakis presenta su programa político para “desafiar a Bruselas” en las europeas

Yanis Varoufakis presentando el movimiento político DiEM25 ÁLVARO MINGUITO
Tras mucha especulación y rumores sobre posibles alianzas, el economista y político Yanis Varoufakis presenta el programa político de Primavera Europea para concurrir a las elecciones europeas de mayo de 2019.
Según han anunciado desde DiEM25, el movimiento político paneuropeo liderado por Varoufakis, esta iniciativa electoral transnacional pretende ser “catalizadora de las fuerzas progresistas europeas” y ya se han sumado partidos como Génération de Francia, Demokratie in Europa DiEM25 en Alemania, LIVRE de Portugal, Alternativet de Dinamarca, MeRA25 en Grecia y Razem de Polonia, entre otros. En el Estado español, la organización ha constituido un colectivo coordinador y, según anuncian desde DiEM25, ya son 6.000 miembros.
El programa de Primavera Europea, al que han llamado New Deal para Europa , lleva gestándose desde otoño de 2017 y está siendo sometido a consulta a las bases de DiEM25. “Desde el otoño pasado se han hecho reuniones en lugares como Nápoles, Lisboa, París o Varsovia en las que se han discutido las líneas del programa que ahora se está consultando a los 70.000 miembros que tiene DiEM25 en toda Europa”, explica a El Salto Maribel Mateos, coordinadora de comunicación de la organización. Dichas votaciones que aprobarán el programa final se cerrarán a principios de septiembre de este año.
En cuanto a la estructura en el Estado español, según explica Mateos, el partido de Varoufakis se encuentra en conversaciones con Podemos, En Marea u otras organizaciones políticas municipalistas como Barcelona En Comú, pero remarca que las conversaciones y la mayores esperanzas están en la agrupación política Actúa, liderada por Baltasar Garzón y en la que se encuentran Cristina Almeida o Gaspar Llamazares entre otros. El partido de Baltasar Garzón ha sido observador del desarrollo del programa de Primavera Europea, explica Mateos, como prueba de la estrecha relación que está tomando las relaciones con Actúa.
El New Deal para Europa se basa en cuatro líneas de acción: la democratización de Europa, la lucha contra la pobreza y la explotación, el desarrollo de una economía compartida sostenible y la promulgación de la solidaridad internacional, según han informado en un comunicado. Un programa para luchar contra la pobreza infantil o un programa de inversión verde para impulsar la recuperación económica son otros de los puntos claves del programa.
La creación de una renta básica universal o la eliminación de los paraísos fiscales, incluyendo la revocación de las leyes que permiten la evasión en Luxemburgo, los Países Bajos o Irlanda, también se incluyen en las medidas propuestas por el partido del economista griego.
@econocabreado
Fuente: https://www.elsaltodiario.com/yanis-varoufakis/presenta-programa-politico-primavera-europea-desafiar-bruselas

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Mandela, Compañero de la Libertad


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Mandela, Compañero de la Libertad


Por Noel Manzanares Blanco
El tributo en su centenario ha de ser la recurrente lucha/construcción del bienestar del ser humano en su Patria, en África, en el Mudo
Hace cinco años, no vacilé en escribir: “Ya es eternidad ese Grande de Sudáfrica, del Continente Negro y del Mundo nombrado Nelson Mandela”. Tampoco, pasé por alto que en su momento el entonces Presidente Fidel Castro lo enalteció: “Viejo y prestigioso amigo, cuánto me place verte convertido y reconocido por todas las instituciones políticas del mundo como símbolo de la libertad, la justicia y la dignidad humana” (1). De cara a su Centenario, no puedo menos que inclinarme ante quien en vida devino “virtud dedicada al bienestar humano” (2).
Un informe fechado en Johannesburgo este 18 de Julio —justamente en su cumpleaños 100—, contiene: “Con homenajes alrededor del mundo, miles de personas recordaron el legado del ex presidente sudafricano, considerado el más famoso de los héroes de la lucha contra el régimen de segregación racial”, y agrega: “Sacrificó su carrera como abogado, sacrificó su libertad. Incluso cuando se enfrentaba a la perspectiva de la pena de muerte, desafiante se reafirmó en la superioridad moral de los ideales de libertad, justicia e igualdad” —en palabras del Presidente de su nación, Cyril Ramaphosa (3).
En Cuba, los festejos por el nacimiento de Mandela comenzaron a celebrarse a principio de año con numerosos actos, conferencias, talleres y exhibiciones sobre la vida y el legado del reconocido dirigente africano (4). Particularmente, en la habanera Fábrica de Arte Cubano (FAC), proyecto cultural dirigido por el músico y compositor X Alfonso, se inauguró la muestra “95 carteles de todo el mundo”, una exposición que agasaja la efeméride de marras (5).
Por mi parte, considero que quizás el mejor tributo que podemos/debemos dispensar en el centenario de Nelson Mandela —el Compañero de la Libertad—, ha de ser la recurrente lucha/construcción del bienestar del ser humano en su Patria, en África, en el Mudo: donde quiera que exista la menor injusticia. ¡Amén!

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Referencias:
1.- http://2014.kaosenlared.net/secciones/61710-mandela-h%C3%A9roe-de-la-dignidad.
2.- http://2014.kaosenlared.net/secciones/75765-mandela-virtud-dedicada-al-bienestar-humano.
3.- http://www.milenio.com/internacional/el-mundo-festeja-el-centenario-de-nelson-mandela.
4.- http://www.trabajadores.cu/20180718/homenaje-en-cuba-a-nelson-mandela/.
5.- http://www.acn.cu/cultura/35644-fabrica-de-arte-exhibe-exposicion-en-centenario-de-nelson-mandela.

El fin del régimen político-oligárquico neoliberal en México


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El fin del régimen político-oligárquico neoliberal en México

 

 

 


Introducción En este escrito -que pretende construirse desde la perspectiva de una izquierda anticapitalista- se busca caracterizar a la nueva realidad política mexicana que emergió del reciente proceso electoral y sus resultados, es decir: del triunfo de MORENA y la llegada de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) a la presidencia, acontecimiento que colapsó al hasta entonces vigente régimen político y su sistema de partidos. Sobre las ruinas de ese régimen colapsado se está levantando otro que es necesario entender para hacer política en esta nueva etapa histórica del país.
Se intenta hacer esta caracterización del régimen político emergente y del nuevo gobierno situándolos históricamente para vislumbrar las perspectivas y tareas de una izquierda anticapitalista en México y, asimismo, para que ésta no sea arrastrada por el tsunami lopezobradorista actual hasta perder su identidad y proyecto, como sucedió con la oleada cardenista de los 80 que dio origen al PRD que hoy cierra, al fondo y a la derecha, de manera definitiva su ciclo de existencia.
Del régimen bonapartista sui generis al régimen oligárquico (neo) liberal
Revolución interrumpida y régimen bonapartista sui generis
Partamos del origen de todo proceso político del México moderno: la Revolución mexicana y el régimen político posrevolucionario. De acuerdo a Adolfo Gilly, en su libro La revolución interrumpida, se pueden distinguir tres concepciones sobre la Revolución mexicana, a saber: a) era una revolución burguesa que se fue desarrollando con los gobiernos de la revolución; b) fue una revolución democrática burguesa que concluyó, pese a sus logros parciales; c) forma parte de un proceso revolucionario mundial, de modo que puede entenderse como una revolución interrumpida que aúna una revolución agraria y antiimperialista, impulsada por las masas campesinas y pequeñoburguesas, con una dinámica anticapitalista, a pesar de la dirección burguesa y pequeñoburguesa dominante.
“En ausencia de dirección proletaria y programa obrero -dice Gilly-, debió interrumpirse dos veces: en 1919-1920 primero, en1940 después, sin poder avanzar hacia sus conclusiones socialistas.”
Si concebimos, como lo hace Adolfo Gilly (inspirándose en Trotsky), que la Revolución mexicana que quiebra al régimen porfirista en 1910 es una revolución permanente interrumpida, en la que una revolución democrática burguesa retardada se empalmó con el inicio de una revolución proletaria que no encontró al sujeto revolucionario que la empujara hacia el socialismo, podemos develar el enigma del régimen político posrevolucionario. Aunque éste es, sin duda, parte de un Estado burgués que consagra la propiedad privada y legitima la explotación capitalista, garantizando la reproducción de la totalidad de las relaciones capitalistas, su forma política específica, según el propio Trotsky, es la de un régimen bonapartista sui generis, es decir, la de gobiernos como el cardenista que pretenden elevarse por encima de las clases sociales, concediendo reformas sociales a las clases dominadas (obreros y campesinos) para ganar legitimidad y cierta libertad en relación al imperialismo. Así escribe Trotsky en un artículo, refiriéndose explícitamente al gobierno de Cárdenas:
“En los países industrialmente atrasados el capital extranjero juega un rol decisivo. De ahí la relativa debilidad de la burguesía nacional en relación al proletariado nacional. Esto crea condiciones especiales de poder estatal. El gobierno oscila entre el capital extranjero y el nacional, entre la relativamente débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado. Esto le da al gobierno un carácter bonapartista sui generis, de índole particular. Se eleva, por así decirlo, por encima de las clases. En realidad, puede gobernar o bien convirtiéndose en instrumento del capital extranjero y sometiendo al proletariado con las cadenas de una dictadura policial, o maniobrando con el proletariado, llegando incluso a hacerle concesiones, ganando de este modo la posibilidad de disponer de cierta libertad en relación a los capitalistas extranjeros. La actual política [del gobierno mexicano] se ubica en la segunda alternativa.”
Mientras los comunistas mexicanos, subordinados al estalinismo, entendían a la Revolución mexicana como una revolución burguesa en proceso a la que se debía apoyar, comprenderla como una revolución interrumpida permitía romper con la concepción etapista de la revolución que por años subordinó a los comunistas (estalinistas) mexicanos al régimen político mexicano (al PRM y luego al PRI).
De acuerdo a la concepción de los comunistas mexicanos, el régimen político que se levantó al término de la Revolución mexicana era un régimen nacionalista revolucionario al que se debía respaldar porque impulsaría al capitalismo y una “democracia burguesa”. Es por eso que caracterizar al régimen político posrevolucionario como bonapartista sui generis permitió entender su papel en el desarrollo del capitalismo mexicano y su reformismo social, pero también permitió cuestionar su autoritarismo, su caudillismo presidencialista y su política corporativa que subordinó a las organizaciones de las clases explotadas al integrarlas a su estructura a través de un partido único, lo que llamamos PRI-gobierno. Desde la perspectiva de la revolución interrumpida y del bonapartismo sui generis, la izquierda revolucionaria no debía de subordinarse al régimen posrevolucionario sino que debía de luchar contra él, reivindicando la democracia y la independencia de la clase trabajadora para reiniciar la revolución permanente y socialista.
De manera similar un pensador crítico de la política mexicana como Arnaldo Córdova caracterizó al régimen político posrevolucionario, pero recurriendo al concepto de “populismo”.
La Revolución Mexicana, según la interpretación de Arnaldo Córdova, fue una “revolución política” (que rompió con la dictadura porfirista pero no con el capitalismo) y populista, pues al mismo tiempo que frenó a una auténtica “revolución social” manipuló a las masas mediante “la satisfacción de demandas inmediatas”: la reforma agraria y la legislación laboral. Para afirmar un Estado populista, que impulsaba reformas sociales mientras desarrollaba formas de control corporativo sobre las organizaciones populares de masas, era necesario “institucionalizar” y estabilizar el poder: pasar, como decía Calles, de un “régimen de caudillos a un régimen institucional”. En ese sentido los grupos revolucionarios formaron al PNR en 1929 -que luego se transformó con Cárdenas en PRM en 1938 y con Miguel Alemán en PRI en 1946-, integraron a las organizaciones obreras, campesinas y populares a la estructura del Partido (corporativismo) y levantaron un régimen presidencialista.
Para evitar los enfrentamientos de los caudillos revolucionarios en la disputa del Poder no sólo se creó al partido oficial y se subordinó a las organizaciones de masas a él, también se dejó en el pasado la política caudillista: se transformó el carisma caudillista al institucionalizar el poder como “presidencialismo constitucional.” Es justamente esta institución, el Estado de Ejecutivo fuerte o Presidencialismo, la que impidió que el sistema político mexicano fuera caracterizado simplemente como “democracia” o como “dictadura” y la que reveló, además -señalaba Córdova- su “secreto profundo”.
Este régimen político mexicano posrevolucionario, bonapartista o populista, fue deteriorándose en cada sexenio hasta que, con la imposición de las políticas neoliberales a principios de los ochenta, fue sustancialmente modificado para volverse un régimen político oligárquico (neo) liberal.
Revolución pasiva neoliberal
Según algunos analistas, el neoliberalismo se impuso en México con una “revolución pasiva” (en el sentido de Gramsci). Cabe aclarar que el concepto de “revolución pasiva” fue elaborado por el marxista italiano para pensar las transformaciones desde arriba, que no modifican las formas de explotación sino que las modernizan; en ese sentido, toda “revolución pasiva” es una "revolución-restauración": lleva a cabo cambios importantes, pero sin que las clases dirigentes del bloque histórico dirigente cedan ni un ápice de su poder económico o político a las clases trabajadoras. De hecho, lo que se busca es evitar la participación de las masas en esos cambios, por lo que tratan de neutralizarlas y, de ser posible, ganárselas. Para entender los cambios del sistema político en esos años y sus perspectivas, resultó útil retomar este concepto.
Por ejemplo, Carlos Javier Maya utilizó el concepto de “revolución pasiva” para comprender los cambios globales que propició el neoliberalismo. Para este autor, la “revolución pasiva” pensada por Gramsci refiere “un proceso de transformación gestionado desde lo alto, como respuesta capitalista a los problemas planteados por la crisis de hegemonía.”
En realidad, aclara, no es un cambio sistémico que “hace época” pues sólo moderniza las relaciones sociales dentro de una formación económico-social pero no las modifica sustancial y radicalmente al punto de que revolucione el sistema de producción o dominación, terminando con la explotación y el dominio de clase. Por eso nos recuerda que la “revolución pasiva” gramsciana remite, más bien, a una suerte de “revolución sin revolución”, esto es, a procesos de transición “de tipo conservador” que neutralizan y/o dirigen la iniciativa popular. En ese sentido, comenta, es útil para explicar las restructuraciones del Capital en los que éste se moderniza legalmente, desde arriba y sin la participación de las masas. Y como se impulsa desde el Estado, avanza con más dominio (coerción) que con consenso, aunque de inmediato pretenda ser, al mismo tiempo que una modernización económica, una “revolución intelectual y moral” que difunde su ideología para construir su consenso, para lo cual requiere el “transformismo” de ciertos intelectuales que se volverán orgánicos. Desde esta perspectiva, Carlos Maya piensa a la globalización neoliberal como una “revolución pasiva”. Esta manera de abordar los cambios que suponen los tiempos neoliberales permite la superación de las perspectivas economicistas así como la crítica ideológica a la doctrina neoliberal vista como elemento clave de un proyecto hegemónico.
En el caso mexicano, podemos detallar la “revolución pasiva” que empezó con Salinas de Gortari a partir de la “alianza estratégica” (como le llama Arnaldo Córdova) que se acordó entre el PRI y el PAN a finales de la década de los 80, después del fraude electoral contra Cárdenas (que, por cierto, defendía al antiguo régimen bonapartista).
Aunque no puede negarse que fue desde la presidencia de Salinas de Gortari que el neoliberalismo se implantó en México de manera contundente, tampoco puede olvidarse el importante papel del PAN respaldando ese proceso. De hecho, Salinas de Gortari adquirió cierta legitimidad en su cargo gracias al apoyo del PAN. Pero ese apoyo se debía a dos coincidencias políticas fundamentales: 1) su identidad ideológica neoliberal y 2) su oposición a la izquierda cardenista y “populista”, a la que le arrebataron su triunfo electoral.
No por casualidad, el neoliberalismo se impone en México con un mecanismo que este régimen utilizará recurrentemente para su dominio político: el fraude electoral. Desde entonces comienza en México una dominación política sin legitimidad ni consenso.
La “alianza estratégica” entre el PRI y el PAN, que incluía sectores de la burguesía, se sostuvo por su fidelidad al credo neoliberal, cambiando la institucionalidad política de México ya que el entonces nuevo bloque histórico, de derecha, se apropió de la esfera pública para decidir no las políticas económicas nacionales (porque éstas vienen del BM y el FMI) pero sí arreglos electorales, leyes, gobiernos estatales, etc. En ese sentido, insistía Córdova que la famosa “alternancia política”, en gobiernos estatales y en la propia presidencia de la república, fue un “arreglo en familia” entre “el priísmo derechizado y el nuevo panismo más derechista que nunca antes.”
Con la hegemonía de un bloque histórico de derecha se proyectó a la sociedad entera sus concepciones ideológicas, dogmáticas (cerradas en el pensamiento único neoliberal) e intolerantes a todo lo popular y lo público (denigrado como “populista”), naturalizando una visión de la sociedad como jerárquica y autoritaria, supuestamente basada en seres humanos individualistas y competitivos, con ganadores y perdedores. Por supuesto, se sacralizó a la propiedad privada, la privatización de las riquezas, el desarrollo de inversiones capitalistas, la restauración del patriarcalismo, las diferencias clasistas y la explotación desmedida del hombre y la naturaleza; consecuentes con lo anterior, fueron capaces de justificar y naturalizar todas las formas de dominio, poder, explotación y violencia sobre sectores humanos.
Como grupo que tenía en sus manos el poder económico, éste se volvió una enajenada “personificación” del Capital, dedicada a velar por sus intereses. Por eso, manejó una política carente de ética, pues no lo guiaban valores sino intereses estrechamente económicos: se trataba de hacer negocios y sacar ganancias como fuera.
Ello explica por qué esta alianza gobernante no tuvo problemas con abiertas y cínicas corruptelas o en ceder la soberanía nacional a organismos financieros internacionales (BM y FMI), en impulsar las “reformas estructurales”: privatizar, desregular, flexibilizar, permitir el saqueo de los bienes públicos y los recursos naturales de la nación, etc. El bloque histórico de derecha gobernante -carente de toda veleidad nacionalista o de velar por el bien público- no tuvo ningún escrúpulo en permitir que la esfera de los asuntos públicos del país (la política) quedara en manos de extranjeros que sólo velan, también, por los intereses del Capital dominante en su país. Tampoco tuvo reservas para dominar con el terrorismo de Estado o aliarse con los narcos. Por cierto, el nuevo bloque histórico de derecha logró imponer al neoliberalismo no sólo entre la clase política sino en amplias capas de la sociedad después de años de bombardeo ideológico, volviéndolo “sentido común”. Por ello el neoliberalismo se volvió en México y en el mundo globalizado un fenómeno económico y también cultural que se expresó políticamente con un dramático cambio de régimen político.
De acuerdo a Octavio Rodríguez Araujo, un régimen político no se reduce a la política de un gobierno ya que remite a una forma de existencia del Estado que depende de una correlación de fuerzas sociales y políticas en un momento dado. Para este politólogo mexicano, de 1982 hasta el 2000 coexistieron dos regímenes políticos en nuestro país: el viejo régimen estatista, bonapartista y populista, y el nuevo régimen neoliberal, oligárquico y privatizador -ambos autoritarios y subordinados al capitalismo. Lo cierto es que con el gobierno de Salinas de Gortari y su alianza con el PAN un nuevo régimen político se empezó a imponer en México.
Régimen oligárquico neoliberal
Cabe señalar, de entrada, contra la mistificación del liberalismo político y su supuesta “democracia sin adjetivos”, que partimos de rechazar la comparación que durante años se hizo entre un gobierno populista autoritario y un gobierno neoliberal democrático. En realidad, ninguno de los dos fueron democráticos y los dos fueron bastante autoritarios, aunque lo fueron de maneras diferentes.
De hecho, el viejo régimen bonapartista y populista era hegemónico gracias a la ideología del nacionalismo revolucionario, que era casi la identidad nacional de lo mexicano, de modo que dominaba con coerción pero también con el consenso que lograba entre amplias capas sociales por su ideología y su “reformismo social” (su “política de masas”, decía Córdova), gracias al Estado social y sus organizaciones sociales corporativas.
En cambio, el nuevo régimen neoliberal dominó, pero carente de hegemonía y sin consensos, apoyado en la fuerza policíaca y militar.
“Los gobiernos del nuevo régimen -señala Rodríguez Araujo-, del tecnocrático neoliberal, han perdido los modos tradicionales de control y dominación de la sociedad, al extremo de tener que recurrir cada vez más a la presencia de las fuerzas armadas, pero al mismo tiempo, no han podido (o querido) resolver las contradicciones extremas que sus políticas neoliberales han provocado en la sociedad.”
Considerando su trayectoria, es posible que el nuevo régimen neoliberal oligárquico fuera incapaz de lograr una verdadera hegemonía política o una dominación con legitimidad porque ésta se teje -según una estudiosa del tema, Rhina Roux- en largos procesos históricos con la integración política, la soberanía nacional y la legitimidad.
De acuerdo a esta autora, la hegemonía no es la mera imposición de ideas e intereses de los grupos dominantes a los dominados; la hegemonía implica el consenso activo de los gobernados: es “la aceptación activa de los gobernados del mando estatal resultado de un proceso también atravesado por los intentos de las clases subalternas por imponer reivindicaciones propias.”
La hegemonía implica la conformación de una comunidad política que integra mitos y creencias colectivas de los grupos subalternos en un intercambio y pacto político con el Estado que permite la relación de mando-obediencia.
La tesis que defiende Rhina Roux en El Príncipe mexicano es que la hegemonía del Estado nacional se alcanzó en un arco histórico que va de Juárez y llega hasta Cárdenas:
“En el cardenismo culminó el proceso histórico de configuración del Estado nacional abierto en México por las reformas juaristas. En los años treinta del siglo XX terminó de conformarse la comunidad ilusoria estatal, se institucionalizó el vínculo mando obediencia entre gobernantes y gobernados, y se afirmó la soberanía del poder estatal frente a poderes y mandos externos…”
El neoliberalismo irrumpió en la escena política para poner en cuestión tanto a esa “comunidad ilusoria estatal” como a la hegemonía que cobijó al viejo régimen bonapartista, pero sin lograr ser capaz de levantar otra. Por ello mismo, el bloque histórico neoliberal intentó borrar de la historia a Juárez y a Cárdenas, mientras que, significativamente, AMLO siempre buscó conectarse con ellos.
Pero, ¿cómo podría construir una nueva hegemonía si el neoliberalismo, por esencia, desintegra lo social, disuelve la soberanía nacional y no es capaz de legitimarse con sus políticas anti-populares?
Lo intentó, sobre todo, con el discurso políticamente liberal de la “transición democrática”, según el cual México al fin había entrado a la democracia (así fuera imperfecta). Pese a los fraudes electorales, a la subordinación de todos los poderes al ejecutivo y de éste al imperialismo y a las cúpulas empresariales, a la existencia de partidos satélites abiertamente colaboracionistas y desdibujados ideológicamente, al colapso del Estado de Derecho y al descrédito de los partidos así como de las instituciones políticas (INE, TRIFE, etc.), el régimen político neoliberal a través de sus intelectuales orgánicos cantó loas a la llamada “democracia sin adjetivos”, a las elecciones libres y a la competencia electoral, a la alternancia, al sistema de partidos, a la división de poderes como contrapesos, al imperio de la ley, a las instituciones ciudadanas, etc. El duro contraste entre el discurso del liberalismo político y la antidemocracia imperante sólo generó más desconfianza, descontento y rechazo al régimen político.
El régimen también recurrió al control de los medios de comunicación masivos (la televisión y la radio) y sus mensajes encubridores y retóricos; es verdad que ello funcionó durante algunos años hasta que las llamadas “redes sociales” se instituyeron y generalizaron en sectores de la sociedad y las nuevas generaciones. Se abrió entonces la posibilidad de ensayar nuevas formas contra-informativas al margen y fuera de control del Estado.
Otra tentativa de parte del régimen por adquirir legitimidad ante ciertos sectores de la población fue recurrir a la Iglesia tradicional, como lo hicieron tanto el PAN como el PRI, con el proyecto de re-moralizar a la sociedad atacando la herencia juarista del Estado laico y relanzando al patriarcalismo como punta de lanza de una ofensiva contra los derechos de las mujeres conquistados por el movimiento feminista. Sin embargo, la estrategia no funcionó en amplias capas de la sociedad donde la escolarización pública y el laicismo resultaron irreversibles y corrosivos para los dogmas religiosos conservadores.
Como los sucesivos gobiernos neoliberales debían someterse a procesos electorales con una legitimidad cuestionada, el acuerdo histórico entre el PRI y el PAN permitió una alternancia simulada que dejaba intocadas a las políticas neoliberales y las corruptelas de la clase política que generó el régimen. Sin embargo, ello no bastaba para sortear los procesos electorales. Por eso, durante este régimen político neoliberal, el fraude electoral fue prácticamente naturalizado e institucionalizado, formando parte sustancial de los mecanismos de dominación que se echaban a andar en cada elección: funcionaban entonces las redes de control y compra o condicionamientos del voto a través de los cientos de llamados "programas sociales", se lanzaba el desigual bombardeo propagandístico con “guerra sucia” incluida, se encendían los programas en la computadoras del IFE para favorecer a los candidatos oficiales o se hacía el trabajo manual de robarse urnas o alterar actas, siempre contando como válvulas de seguridad el control de los tribunales electorales y el propio INE. Al final de estas tentativas fallidas de generar cierto consenso o legitimidad por parte del entonces nuevo régimen político neoliberal, sólo se confirmaba el debilitamiento creciente de la legitimidad y hegemonía de un régimen que había abandonado la lucha por la soberanía nacional mientras el Estado-nación parecía disolverse en feudos regionales de gobernadores y de grupos empresariales haciendo dinero con los servicios privatizados o subrogados, o en funcionarios y políticos corruptos entremezclados con delincuentes y narcos.
Si el liberalismo político sólo fue una ficción mistificadora de la realidad, el (neo) liberalismo económico fue, en cambio, una realidad apabullante. Por eso podemos caracterizar a ese régimen de neoliberal -en lo económico, no en lo político-, siempre y cuando señalemos al sector beneficiado y dirigente de ese bloque histórico: la oligarquía que se enriqueció con las privatizaciones y corruptelas de los gobiernos neoliberales, esa que AMLO llamó “la mafia del poder”.
El nuevo régimen político de México que imperó en estos últimos años fue abiertamente oligárquico: en él mandaron y decidieron en la esfera pública los más poderosos económicamente, para seguir enriqueciéndose. Arnaldo Córdova también constataba que el Estado nacional mexicano se volvió, como decía Marx, “un comité de administración de los asuntos comunes del conjunto de la burguesía.” Señalaba, además, que como el Estado mexicano ha servido principalmente a los ricos, se ha divorciado de la sociedad. Decía que ello era como una fantasía de la burguesía realizada: “todo el Estado -decía Córdova- en sus muy diferentes departamentos, gobernado para los dueños de la riqueza.” Todo el Estado, lo que queda de él, ha estado dedicado a sus negocios: privatizando bienes y servicios públicos, pagando a contratistas donde se pueda para suplir la intervención estatal, subrogando, dando tratos preferenciales en contratos, rescatando si el negocio (de carreteras, por ejemplo) va mal, etc.
Se tenía al poder ejecutivo como “mayordomo” de los grandes empresarios; además, las partidocracias actuaban como cómplices que imponían a sus subordinados diputados y senadores lo que acordaran fuera de las Cámaras, “en lo oscurito”, que era donde realmente se gobernaba y desgobernaba al país. Si había algún problema, se ponía a trabajar al poder judicial, que para eso se le paga bien. El último recurso siempre fue el ejército.
-¿Dónde quedó la política como esfera pública para discutir y decidir los asuntos colectivos de nuestra sociedad? -En manos del Capital extranjero y de la oligarquía económica.
-¿Quién mandaba en ese régimen político y, en consecuencia, en el país? ¿Quiénes dominaban, decidían y ordenaban en la esfera de los asuntos públicos de la comunidad? -Además de los representantes del Capital transnacional a través de los organismos financieros internacionales (BM y FMI), la oligarquía: “los pocos, que son (muy) ricos”: el núcleo de 28 empresas que concentra grandes fortunas. Lo podemos decir citando al propio AMLO:
“Recapitulando: la actual oligarquía se conformó desde el gobierno de Carlos Salinas, cuando un puñado de traficantes de influencia, al amparo del poder público, inició el despojo de bienes de la nación y del pueblo, con el engaño de una supuesta modernización del país. El modelo llamado neoliberal, más bien de corrupción y saqueo, se consolidó con los gobiernos de Zedillo, Fox y Calderón.”
Crisis del régimen oligárquico neoliberal
Si la forma política del neoliberalismo se impuso con el relanzamiento mundial del Capital hace más de 30 años, intentando además darle una justificación ideológica a la desenfrenada dinámica capitalista que rompía todas las regulaciones (la victoria del mercado libre sobre sus adversarios comunistas), ahora el neoliberalismo sigue respondiendo a la dinámica de un capitalismo "desmecatado" (como lo califica Armando Bartra) pero se encuentra desgastado ideológicamente, incapaz de responder a las crisis económicas permanentes y generando crisis políticas de legitimidad a nivel mundial.
Después del sueño neoliberal de imponer un Nuevo Orden mundial despertamos en la realidad de un Caos geopolítico con nuevos conflictos inter-imperialistas que sólo anuncian una "inestabilidad geopolítica crónica" cuyas evidencias son la competencia imperialista, la enorme movilidad del capital, la financiarización de la economía, la nueva espiral de la carrera armamentista...
Si a ello le sumamos que las instituciones financieras han privado a los gobiernos de tomar decisiones económicas estratégicas en sus países, nos encontramos ante una "crisis de gobernabilidad" planetaria que ha golpeado a los procedimientos legitimadores de la "democracia" burguesa y ha quebrado las formas de poder político tradicionales para imponer una nueva dominación con crisis permanente de legitimación.
De la crisis de legitimidad del régimen oligárquico neoliberal mexicano
La crisis de dominación política del régimen neoliberal, la incapacidad de generar consenso y legitimidad, fue una constante pero durante el sexenio de Enrique Peña Nieto (EPN) se agudizó al punto de hacernos soñar la caída de su gobierno.
No se podía soslayar que la propia candidatura de Peña Nieto fue denunciada como fraudulenta desde antes de las elecciones por el movimiento estudiantil y popular del #Yosoy132 , que en el proceso electoral se denunció que la campaña de Peña Nieto rebasó con mucho el tope legal de gastos electorales, que se mostraron múltiples vídeos y tarjetas de Soriana para probar que se compraron votos para el candidato del PRI y que se estaba formando un frente unitario contra la imposición de EPN en el 2012. El gobierno de EPN nació con la marca del fraude y la ilegitimidad.
Sin embargo, las cosas no llegaron a más porque el propio candidato afectado por el fraude, Andrés Manuel López Obrador, decidió organizar a su partido (MORENA) y abandonó la lucha contra el fraude. Ello permitió que EPN tomara el poder ejecutivo e impusiera en el 2012 y el 2013 sus primeras contra-reformas estructurales, con el apoyo del falso “Pacto por México” firmado por el PRI, el PAN y su nuevo socio: el PRD. Con este Pacto el PRD pasaba de las filas de la oposición (limitada, negociadora, pragmática) a sumarse al bloque hegemónico neoliberal, volviéndose abiertamente un partido colaboracionista.
Acosado por denuncias de mala administración y corrupción, como la de su “casa blanca”, el gobierno de EPN perdía legitimidad en sectores importantes de la población hasta que ocurrieron los hechos de la noche trágica de Iguala del 26 de septiembre de 2014, en la que 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa fueron desaparecidos.
Para algunos, esa fue la gota que derramó el vaso: el repudio nacional contra el gobierno de EPN llevó a las calles a miles de contingentes que gritaban con fuerza y por todos los medios: “¡Fue el Estado! ¡Fuera Peña Nieto! ¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!”
Cuando el clamor popular parecía extinguirse después de las elecciones del 2015, que le dieron cierta legitimidad al régimen, en 2016 la SEP pasó de la declaración de la guerra contra el magisterio -eso era la reforma administrativa y laboral que llamaron educativa- a las acciones bélicas al tratar de imponer a sangre y fuego las evaluaciones docentes. Si la contra-reforma energética, privatizadora y anti-nacional, no despertó el esperado repudio popular masivo, la mal llamada reforma educativa sí lo hizo. Mientras el gobierno llenaba de policías y militares las calles para aplastar la insurrección magisterial, ésta mantenía y extendía sus protestas con un creciente apoyo popular.
En esta situación explosiva ocurrió la masacre de Nochixtlán el 19 de junio de 2016: el ataque armado de policías y militares contra una población que apoyaba al magisterio. Esta nueva matanza obligó a la SEP a negociar con la CNTE. Pese a que esas negociaciones evitaron que la confrontación creciera, los gobernantes las negaron y en su discurso siguieron provocando a los maestros de todo el país, ¡incluso en plena campaña electoral!
De hecho, acostumbrados a la imposición por la fuerza y la corrupción, el gobierno de EPN y sus aliados en el poder fueron incapaces de recomponer ya no su hegemonía política y mantener cierta gobernabilidad sino cierta imagen aceptable ante la población. En vez de intentar mejorar su muy deteriorado perfil, permitieron la exhibición cínica de gobernantes corruptos e impunes; en vez de hacer gestos nacionalistas, invitaron a Trump a seguir su campaña antimexicanos ¡en México! En esos días no faltaron voces acusando a EPN de traidor de la patria.
Y así se llegó a 2017: en vez de mantener en paz al país antes de las elecciones presidenciales del 2018, le echaron gasolina al fuego del descontento popular en enero de este año con un aumento en el precio de la gasolina que desató otra enorme movilización nacional repudiando el hecho. La profunda crisis de legitimidad del régimen político mexicano entero (incluidos partidos institucionales y gobernadores) se insertaba en un complicado panorama internacional, con la crisis de los llamados “gobiernos progresistas” y, por supuesto, la sorpresiva llegada de Donald Trump al poder presidencial de Estados Unidos.
La política proteccionista de Trump ponía en riesgo el frágil, derruido y dependiente país que los neoliberales en el poder configuraron en estos últimos 30 años.
Quedaba claro que las políticas neoliberales -la desregulación económica, el Tratado de Libre Comercio, el desmantelamiento del Estado social, el ataque a los derechos y condiciones laborales y de vida de los trabajadores, la privatización de nuestras riquezas naturales- fueron veneno puro para nuestra economía: terminaron tanto con la industria como con el campo, endeudaron al país al punto de dejarlo a merced de los organismos financieros internacionales, acrecentaron la desigualdad, la miseria, el desempleo y la sobrexplotación. La única industria que creció en esos años de “capitalismo delincuencial” (como dice Harvey), con ganancias exorbitantes, fue la delictiva, pero a costa de más de medio millón de muertos y desaparecidos.
Nuestra agónica economía quedó débilmente sostenida con un PEMEX privatizado -que padece la caída de precios del petróleo y su acelerado agotamiento-, la inversión externa en sectores extractivistas y las remesas de los migrantes amenazados por el gobierno de Trump.
La llegada a la presidencia de Estados Unidos de un supremacista blanco, ultraconservador que defiende políticas proteccionistas no sólo iba contra el credo neoliberal sino que suponía la derrota (ideológica, política, económica, cultural) pronosticada y cumplida para los políticos neoliberales mexicanos.
Estos políticos dejaban un país al borde del colapso económico: con un PEMEX desmantelado y privatizado, de modo que, por ejemplo, importamos gasolina que venden particulares para obtener ganancias privadas; las remesas de los mexicanos que trabajan en Estados Unidos corren el peligro de ser recortadas por una masiva expulsión de migrantes del país del norte; la inversión extranjera ya es frenada y desviada de regreso a Estados Unidos. Cuando Trump dijo: “compra y contrata lo estadounidense”, condenó a muerte a la limitada economía exportadora, levantada con orgullo por los neoliberales, que depende en un 80% de la economía estadounidense.
El colapso del régimen oligárquico neoliberal mexicano
Conocedores del funcionamiento político del régimen político mexicano, este 2018 se preveía un fraude electoral contra AMLO que podría ser el detonante de un levantamiento popular que confrontara al régimen y lo hiriera de muerte.
Sin embargo, el régimen se quebró en el propio proceso electoral: primero se desgarró el autodenominado “Pacto Por México” (signado por el PAN y el PRD apoyando al PRI) y luego, más significativamente, se rompió la histórica alianza del PRI con el PAN, acuerdo que había instituido al propio régimen político y amalgamado un bloque histórico.
Anunciado durante las campañas electorales el fin del régimen, los partidos trataron de armar nuevas coaliciones: ya sea alrededor del PAN, subordinando a un PRD desdibujado ideológicamente, o en torno a AMLO y MORENA sumando a sectores empresariales y movimientos sociales, a evangelistas y ateos, pero también a expanistas, expriístas, experredistas, etc.. La burguesía también se dividió: un sector capitalista ligado al mercado interno se confrontó con la oligarquía favorecida por el neoliberalismo y con el bloque de clases cuyo expresión política fue el PRIAN. En estos movimientos y maniobras políticas, la izquierda institucional se desvaneció: el PRD se fue al fondo, a la derecha, a la cola del PAN (el tradicional partido de la derecha); MORENA se corrió al centro político, definiéndose con un proyecto de un nuevo gobierno progresista a la Lula.
Aunque en la campaña hubo guerra sucia contra AMLO y parcialidades del INE a favor de los partidos del régimen, la división entre el PRI y el PAN se volvió ruptura irreversible cuando el gobierno priísta reveló los sucios negocios del candidato del PAN (Anaya) mientras éste amenazaba con meter a la cárcel a EPN. Los oligarcas y jefes políticos llamaron al PRI y al PAN a la unidad contra AMLO para presentar un candidato único pero todo fue inútil: los candidatos del régimen ya quebrado se atacaron entre sí, dejando en las encuestas como puntero solitario a AMLO.
Que el régimen estaba roto lo empezaron a expresar las encuestas electorales que, sin línea política o control gubernamental, empezaron a proyectar el alza de preferencias electorales a favor de AMLO y MORENA.
El fin del régimen estaba anunciado.
Cabe señalar, además, que los candidatos del PRI y del PAN/PRD resultaron un fiasco intelectual y político durante la campaña presentándose sin propuesta nacional, mentirosos, con un discurso vacío y demagógico; mientras tanto, AMLO marcaba la agenda de la discusión política y recorría el país con mítines cada vez más numerosos, conquistando electoralmente el norte de México (el sureste ya era suyo desde campañas anteriores). Al final de la campaña electoral, las encuestas daban 20 o 30 puntos a AMLO por encima de su más cercana competencia (el candidato del PAN/PRD) y, pronosticaban la debacle del PRI, del PAN, del PRD y de varios partidos paleros. Sin embargo, muchos analistas políticos, críticos y disidentes del régimen neoliberal, no se atrevían a refrendar ese pronóstico porque no se cerraba la posibilidad de un megafraude electoral.
Años de dominación neoliberal sin generar consenso, hundiendo al país en la descomposición social y la barbarie, fomentaron un enorme rechazo al régimen político (representado por el PRI, el PAN y el PRD) que se expresó a lo largo de todo el gobierno de Peña Nieto. Ese extendido y profundo descontento logró encauzarlo AMLO para su vía electoral en su disputa por la presidencia.
El 1° de julio, día de las elecciones, no hubo megafraude pero sí fraudes electorales divididos (del PRI, del PAN y del PRD, principalmente) y por cargos locales (como el escandaloso fraude por la gubernatura de Puebla).
Las instituciones electorales recibieron 56 millones 508 mil 266 votos que equivalen a una participación ciudadana del 63.42 por ciento.
AMLO obtuvo el 53.19%, que significan más de 30 millones de votos. Sus adversarios quedaron muy atrás: Anaya (de la alianza del PAN/PRD/MC) obtuvo el 22.27% y Meade (de la alianza PRI/PVE/PANAL) sólo el 16.40%.
Pero eso no es todo: AMLO ganó en 31 de los 32 estados del país y en 20 estados obtuvo más del 50% de los votos, de esos 20, en 10 obtuvo más del 60% de los votos (en su estado originario, Tabasco, obtuvo el 80% de los votos). De nueve gubernaturas en disputa, MORENA ganó cinco: la de la ciudad de México, Morelos, Chiapas, Tabasco, Veracruz y está en disputa Puebla, pero también ganaron muchos congresos locales y más del 80% de los municipios.
De acuerdo con datos preliminares del Instituto Nacional Electoral, la coalición encabezada por Morena sumaría el 61.40% de las curules en la Cámara de Diputados y 53.13% en la de Senadores, lo que la pondría en una posición política privilegiada.
Es muy probable que cinco partidos políticos pierdan el registro por sus bajas votaciones (el PRD entre ellos) mientras que el PRI y el PAN se vuelven minorías nacionales y en los Congresos federales. En estos partidos, que fueron los pilares del régimen neoliberal, se anuncian disputas y escisiones, con un futuro incierto.
Sin duda, esto es el colapso de un régimen político, el fracaso de una forma de dominación, el fin de un período histórico.
Las causas de este colapso ya se indicaron: la permanente crisis de dominación política del régimen, la imposibilidad de generar consenso o legitimidad, el desgaste político-ideológico del neoliberalismo, la catástrofe social y económica que significaron para el pueblo y los trabajadores las políticas neoliberales, el creciente descontento contra el régimen que se movilizó en el sexenio de EPN, la división del bloque histórico que por años sostuvo el régimen, todo ello, más una política estratégica y hegemónica, le permitió a AMLO ganar la presidencia, el poder ejecutivo y la mayoría en el legislativo, varias gubernaturas, la mayoría de municipios. Más que transición pactada “en lo oscurito”, el triunfo de AMLO es una transición empujada por el descontento popular, pero también una transición institucional hacia un nuevo régimen político.
Cabe reconocer que AMLO desplegó, por años, una política estratégica y de lucha hegemónica. A lo largo de su terca lucha política, AMLO construyó un nuevo “sentido común” con una política pedagógica que educó a sus seguidores; organizó un partido subordinado a su proyecto, formando comités y con un periódico que trazaba sus posicionamientos y adoctrinamientos. Armó un nuevo bloque pluriclasista y heterogéneo para disputar la presidencia como objetivo casi único. La izquierda anticapitalista debería aprender mucho de esta lucha.
Una victoria democrática del pueblo mexicano contra el neoliberalismo
Los resultados electorales demuestran que la mayoría de los mexicanos votaron contra el régimen político neoliberal y contra los partidos que lo representan.
Más que un voto mayoritario a favor del incierto proyecto político de AMLO fue un voto de castigo contra el muy conocido neoliberalismo y todo lo que implica: la afirmación de un Estado enajenado, ajeno al control social y vuelto contra la sociedad, pero subordinado a la oligarquía.
Votando por AMLO y MORENA la mayoría votó contra la miseria y el desempleo crecientes, contra el recorte de derechos laborales, contra partidos y políticos que sólo han empeorado al país, contra las élites económicas y políticas que desprecian a los que viven de su trabajo; muchos votaron contra las “reformas estructurales”, contra la privatización de PEMEX y contra la mal llamada Reforma educativa; otros votaron contra la farsa de la guerra contra las drogas y contra los miles de asesinados y desaparecidos; muchísimos más votaron contra el cada vez más recurrente terrorismo de Estado; la gran mayoría votó, en efecto, contra la corrupción; algunas votaron contra los feminicidios y casi todos contra los partidos y políticos que durante años engañaron al pueblo.
Votaron contra un régimen político que siempre los negó como sujetos.
Esos que votaron contra el México neoliberal y por la esperanza que les daba AMLO sabían que el fraude electoral era otra manera de negarlos y por eso salieron masivamente a votar y a cuidar las urnas, a impedir y a denunciar el fraude. Contra los pesimistas, deterministas y fatalistas de siempre, esos millones de mexicanos que salieron a votar contra el régimen político neoliberal lo derrotaron y, en efecto, hicieron historia. Se ganó una batalla pero no la guerra.
Por eso hay algo de revancha en este triunfo y mucho de esperanza. Pero la esperanza es, por definición, espera pasiva de un deseo imposible. En este momento de triunfo más que esperanzas pasivas requerimos acción política colectiva con utopías posibles, como la ecosocialista, que no sólo cambien al régimen político sino al sistema capitalista.
Ante un gobierno bonapartista y progresista
No cabe duda de que el régimen oligárquico neoliberal se quebró. El pacto PRI-PAN se rompió por el desgaste de una dominación sin legitimación o consenso; la dominación política se fue disolviendo a tal punto que las encuestas escaparon del control político y el fraude no alcanzó para salvarlos de su hundimiento.
El PRI y el PAN se han vuelto minoritarios y se les desligó de gobiernos y privilegios que les permitían sostenerse en el poder. Es muy probable que el PRD vaya a desaparecer del escenario político.
Además, estos partidos se hundirán en sus propias crisis particulares: sectores del PRI se irán con MORENA, el PAN se meterá en una feroz lucha interna por el control de un partido derechista que queda a contracorriente de la nueva mayoría, un PRD sin recursos se desfondará. Varios de los partidos satélites van a perder el registro y van desaparecer. El sistema de partidos hasta ahora vigente se colapsó. Gobernadores e instituciones levantadas con el neoliberalismo se debilitarán ante la nueva fuerza política que representa AMLO y MORENA.
Es verdad que cambia el régimen político y se legitima un nuevo gobierno con estas elecciones, pero no se atenta contra el sistema capitalista. El gobierno de AMLO no será anticapitalista pero tampoco será otro gobierno empresarial y neoliberal más. Aunque ya muchos se apresuran a señalar a sus aliados (a los empresarios, a los evangelistas, a los ex) no se reconoce que hasta ahora la dirección política la tiene AMLO. Aunque AMLO no pretende desligarse por completo del neoliberalismo, sin duda fijará una política en tensión con las recetas neoliberales. Más que abiertamente neoliberal o anti-neoliberal, será socioliberal, para decirlo con una fórmula contradictoria.
Para explicar lo que probablemente viene será necesario volver sobre AMLO.
En todo este proceso de ruptura del régimen político la figura principal ha sido AMLO. MORENA sólo ha sido su apéndice político. Más que un partido político con vida interna democrática, MORENA ha sido la plataforma de un caudillo político que encaja perfectamente en la categoría política de “bonapartista”, utilizada por Marx.
Recordemos que Marx emplea esta categoría para caracterizar cierto tipo de liderazgo político que se independiza parcialmente de la burguesía y sus partidos políticos tradicionales, buscando un equilibrio entre la burguesía y el proletariado, centralizando en una persona con el poder ejecutivo todo el poder político. ¿Acaso no es esa la exacta descripción de lo que es y pretende hacer AMLO?
Aclaro que no se trata de regresar a la categoría del bonapartismo sui generis (de Trotsky) como caracterización de un régimen político, sino de describir al gobierno de AMLO como bonapartista (según Marx).
Los gobiernos bonapartistas emergen en momentos de crisis social, como ocurre en este caso, cuando la burguesía y sus representantes políticos son incapaces de gobernar políticamente, pero también cuando no existe la fuerza política de los trabajadores para tomar el Estado y el gobierno.
El gobierno de AMLO pretenderá ser un gobierno bonapartista y populista, en la línea de los gobiernos progresistas que proliferaron al sur de nuestro continente como tentativas políticas por ganar cierta independencia del neoliberalismo. No al modo de Chávez en Venezuela ni como Evo en Bolivia, sí como Lula en Brasil.
Aunque AMLO quiera emular a Lázaro Cárdenas, su política nacionalista (si acaso) será una atenuada tanto por el contexto neoliberal como por su asunción de las ilusiones del liberalismo político. Es muy probable que lo liberal e institucional de AMLO (¡y la mayoría de MORENA!) mate o debilite a lo nacionalista, como en el caso anunciado de su política ante la reforma energética (vital para recuperar la soberanía económica y política de México), en donde dice no proponerse abrogar tal nefasta contra-reforma energética sino sólo revisar los contratos…
Como en algunos países de América del Sur, el futuro gobierno bonapartista y progresista de AMLO viene de una crisis de gobernabilidad producida por la aplicación estricta de las políticas neoliberales (que vienen de las exigencias de cada vez más ganancias de esa fuerza enajenada y enajenante que es el Capital), y como una tentativa de equilibrar imposiciones neoliberales con políticas sociales, redistributivas.
De no romper tajantemente con esas políticas neoliberales, el gobierno de AMLO correrá el riesgo de volverse una salida en falso de la crisis política y económica actual que sólo abrirá las puertas a una derecha revanchista y bárbara, como sucedió con los fracasos de los gobiernos progresistas en Brasil, Argentina, Ecuador, Paraguay…
Pero nada está escrito de antemano excepto un nuevo terreno en el que podemos pronosticar nuevas luchas, pero no su desenlace…
Situación y tareas para una izquierda anticapitalista
La verdadera salida del neoliberalismo y de la crisis civilizatoria del capitalismo es anticapitalista y ecosocialista. Pero esa es la salida que le toca a los anticapitalistas construir.
Aunque el tsunami de AMLO modificó por entero el régimen político, dejó vacío el espacio político que debe ocupar la izquierda.
El PRD se corrió a la derecha y probablemente pierda el registro. MORENA (con el PT) se corrió al centro y es ahora gobierno. Al parecer, sólo conservarán el registro político MORENA, el PAN, el PRI y el PT.
El espectro de partidos políticos en México tiene un hueco a la izquierda. Para llenarlo se requiere una izquierda anticapitalista, independiente y opositora, aunque no resentida ni sectaria, que se atreva a hacer política con una forma partidaria, buscando su registro y constituyendo su propio bloque contra-hegemónico.
Los nuevos tiempos mexicanos requieren una izquierda con una forma política, partidaria, de preferencia con registro electoral y con un proyecto hegemónico, político y cultural, que se coloque dentro o al lado de las luchas sociales que vienen, dando la batalla política y simbólica desde nuestra perspectiva.
Como la crisis que atravesamos es civilizatoria y tiende a agravarse, sin duda las luchas sociales -de los trabajadores, de las mujeres, de los campesinos y pueblos originarios, de los jóvenes, de los ecologistas- van a seguir con una tendencia antineoliberal y anticapitalista.
Ese es, debe ser, el terreno de la izquierda anticapitalista para constituir nuevas alianzas y proyectos políticos que apunten a la disputa por el poder. De hecho, el gobierno de AMLO recibió un enorme apoyo popular producto del descontento con las políticas neoliberales y estas fuerzas presionarán social y políticamente en ese sentido.
En ese contexto político será importante mantener nuestra identidad y programa anticapitalista y proyectarla en ese nuevo terreno de luchas por venir.
En resumen, la tarea central de la izquierda es constituir un bloque o polo anticapitalista para llenar ese enorme hueco político a la izquierda del sistema político mexicano.
Por eso, hoy más que nunca, es necesaria y urgente una izquierda partidaria al mismo tiempo anticapitalista, feminista, ecologista, democratizadora, que exija una nueva Constituyente para eliminar las contra-reformas neoliberales, que luche por restituir los derechos laborales y sindicales, que luche por los derechos y libertades de las mujeres, que defienda los recursos naturales de los megaproyectos ecocidas, que pugne por una transición energética, así como por abrir espacios para nuevos partidos políticos con una Reforma política democratizadora.
No esperemos que esta izquierda anticapitalista esté a la altura de estas tareas, actuemos porque así sea.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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