miércoles, 23 de mayo de 2018

Adiós a Oriente Medio

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Adiós a Oriente Medio

 

 

Fernando Díaz Villanueva

Oriente Medio era ese lugar en el que todos se peleaban durante todo el tiempo. Ese lugar formado más por tribus que por naciones, fracturado en todas las direcciones y en el que tensiones religiosas propias de otro tiempo sólo sorprenden a los que estamos fuera. En ese lugar aterrizó Estados Unidos poco después de acceder a su condición de primera potencia mundial tras la guerra.
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El legado de los protectorados británico y francés de tiempos de la Sociedad de Naciones, más cientos de años de disputas y banderías les pedía a gritos que había que actuar, había que “hacer algo”. Esa era la consigna que todos dieron por buena. Todos menos los propios interesados, es decir, las receptores habituales de la intervención.
Los israelíes, que llevan ahí setenta años tratando de sobrevivir, algo han aprendido. Tan pronto como aseguraron sus fronteras tras la guerra de 1967 se atrincheraron y ahí siguen completamente ajenos a lo que diga la ONU, la UE o el sursuncorda. Entienden de qué va la cosa en ese rincón del mundo y actúan en consecuencia. Son, de hecho, una tribu más, la última en llegar a aquel pandemonio. Para todo lo demás Estados Unidos tenía la receta infalible que siempre consistía en lo mismo pasase lo que pasase: intervenir, “hacer algo”.
Si la cosa salía mal -y solía salir mal- Estados Unidos era el culpable de todo, el gendarme del mundo que se metía donde nadie le había llamado
El guión era muy similar en todas las crisis, sin importar si se trataba de una guerra civil entre clanes, un golpe sangriento o una escalada terrorista. Estados Unidos llegaba con dinero, con tropas o con ambas cosas y “hacía algo”. La historia recorría unas fases muy bien delimitadas que seguíamos atentamente por televisión. Primero el secretario de Estado se ponía en contacto con las partes y les pedía moderación y diálogo. Luego se dejaba caer por allí, ya bajo el foco de las cámaras, para organizar una cumbre que solía coincidir con el envío de tropas americanas al lugar del conflicto. Todo terminaba con una grandiosa conferencia de paz con el presidente de muñidor y a la que los europeos se apuntaban entusiastas.
Los costes de esta hiperactividad en Medio Oriente eran altísimos, tanto los económicos como los humanos. También el asunto se cobraba un alto tributo en imagen internacional porque si la cosa salía mal -y solía salir mal- Estados Unidos era el culpable de todo, el gendarme del mundo que se metía donde nadie le había llamado.
Así, mientras las potencias europeas jugaban la carta del pacifismo y el multilateralismo, Estados Unidos corría con la parte fea del asunto y se encargaba de pagar el banquete incluso cuando los comensales se estaban tirando los platos a la cabeza. Al final nada se resolvía, simplemente se aplazaba. Poco después, por el mismo resquicio o por otro, se abría una nueva crisis y vuelta a empezar.
Esta es, a grandes rasgos, la historia de Oriente Medio en las seis décadas que van del final de la guerra mundial a la llegada de Obama al poder. Porque fue Obama el que cambió la estrategia desenganchándose paulatinamente de los asuntos internos de Oriente Medio. Hoy el papel de Estados Unidos en esa región es más de observador que de cirujano.
Desde hace unos diez años se ha mantenido prudentemente al margen de las guerras de Siria y Yemen, y sólo la irrupción del Estado Islámico hace cuatro años les obligó a tomar medidas algo más drásticas. Pero no mucho más drásticas. Incluso en los momentos álgidos de la lucha contra el ISIS, la presencia estadounidense en la zona era mínima. Prefirieron mantenerse en la retaguardia asesorando y financiando a sus aliados.
Exactamente lo contrario de lo que ha hecho Rusia, metida hoy hasta el cuello en el avispero sirio porque alguien debió convencer a Putin de que aquello era una oportunidad y había que “hacer algo”. Contemplamos no sin cierta sorpresa que quien está sufragando los cuantiosos costes de “hacer algo” es Rusia, cuyos recursos son, por cierto, infinitamente más limitados que los de Estados Unidos.
Por este cambio estratégico a Obama se le acusó de aislacionista y de ser incluso el causante del desorden. Pero no, el desorden ya estaba ahí, la Casa Blanca lo único que hizo a partir de 2009 fue apartarse de él. Desde entonces ha pasado lo que iba a pasar de cualquier modo. Estados Unidos se ha ahorrado al menos perder el tiempo, el dinero y la vida de muchos soldados.
El mensaje, que ya se va captando en todas las cancillerías, es que Estados Unidos no actuará o que, de hacerlo, no será como hace diez o quince años
Donald Trump no ha hecho más que continuar con la política de Obama en la zona cambiando, eso sí, algunos elementos de sitio pero manteniendo lo fundamental. El mensaje, que ya se va captando en todas las cancillerías, es que Estados Unidos no actuará o que, de hacerlo, no será como hace diez o quince años.
Los motivos de este reenfoque estratégico están ahí para quien quiera verlos. Estados Unidos se acerca a la autosuficiencia energética, por lo que su preocupación por los pozos petroleros del golfo ya es sensiblemente menor. Sus intereses comerciales están hoy más centrados en el Pacífico que en Europa y Oriente Medio, su principal socio comercial es China, la mayor parte de las importaciones le llegan por su costa oeste.
No tenía, por lo tanto, sentido mantener la ocupación de Irak, un desagüe por el que todos los años se iban miles de millones de dólares y muchas vidas. Tampoco parecía muy sensato meterse en Siria o tratar de mantener a punta de fusil a antiguos aliados como el egipcio Mubarak o el tunecino Ben Alí.
En la guerra de Libia de 2011, por ejemplo, si hubo participación norteamericana, pero bajo el paraguas de la ONU junto a otros 16 países que superaban con creces los efectivos enviados por Washington. Sólo Francia desplegó en aquella ocasión seis fragatas y un portaviones, amén de un submarino nuclear y una veintena de cazas. En Libia fueron los europeos los que tuvieron que exhibir poder duro porque Estados Unidos miraba los toros desde la barrera.
Para resolver el problema de Irán Obama escogió la vía de la distensión mediante un acuerdo que pretendía integrar pacíficamente a Irán en el concierto de Medio Oriente, cosa que no ha conseguido. Los ayatolás aprovecharon la generosidad yanqui para expandirse y multiplicar su presencia en la zona. Una vez más “hacer algo” no ha servido para nada.
El fin del acuerdo, que Trump selló este mismo mes, vino a confirmar que su política de desenganche es aún más acusada. Simplemente está dejando que las cosas sucedan porque han entendido ya que van a suceder de todas maneras. Con la salida del acuerdo invita a saudíes e israelíes, sus dos aliados más fieles en Oriente Medio, a enfrentar a su propio demonio. Ha permitido también que los rusos lo intenten en Siria y que se estrellen como ya se estrellaron ellos en el pasado. Todo desde la distancia y manteniéndose impoluto.
La era de “hacer algo” en Oriente Medio se ha acabado. murió durante el mandato de Obama
No es mala estrategia. Las posibilidades de que el Kremlin se salga con la suya y se convierta en un actor principal en la región son remotas. Carece de los medios y el rompecabezas es demasiado complicado. Haga lo que haga nadie se lo agradecerá, al contrario, levantarán el dedo acusador y les culparán a ellos.
Quedaría sólo el fleco iraní. ¿Quién se hará cargo de frenar su expansión? Probablemente ellos mismos. Irán es un país que arrastra mil problemas económicos y otros tantos de índole social y política. Pero, de seguir con su proyecto de unir el Pérsico y el Mediterráneo a costa de su propia gente, serán los vecinos quienes se lo impidan por la cuenta que les trae. Para ello podrán contar con la asistencia militar y financiera de Washington, pero poco más.
A Trump, como antes a Obama, no le interesa lo más mínimo desperdiciar vidas y dinero en un lugar cuyos problemas son irresolubles. Les ha costado en el Pentágono más de medio siglo asumirlo. La era de “hacer algo” en Oriente Medio se ha acabado. murió durante el mandato de Obama. Trump se está limitando a oficiar el entierro.

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