martes, 22 de mayo de 2018

¿López Obrador como Caifás? Respuesta a Rolando Armesto Walkhoff


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¿López Obrador como Caifás? Respuesta a Rolando Armesto Walkhoff

Autor: Ezer R May May

El artículo de Rolando Armesto (director general de librerías Dante) intitulado “Barrabás o Jesús” publicado en el Diario de Yucatán el 31 de marzo de 2018, puede sumarse al compendio de absurdos pejefóbicos compilado por el doctor Hernán Gómez Bruera y publicado en El Universal del 6 de abril de 2018. Evidentemente que la comparación que realizó de Andrés Manuel López Obrador como Caifás es imprecisa, desafortunada y fuera de lugar. El símil carece del contexto sociopolítico y de la necesaria comprensión teológica. Aunque no deja de ser contrastante con la etiqueta, hasta ahora puesta, de López Obrador como mesías. Explico.

El movimiento de Jesús se conformó por un reducido grupo de personas, en su mayoría, provenientes de las periferias de la capital Jerusalén como Galilea. La tradición judía consideraba como indeseables a los “pueblerinos”; la expresión de Natanael cobra sentido: “¿De Nazaret puede salir algo de bueno?” (Sn Juan 1:46). La marginalización por su procedencia periférica también implicaba una inferior formación intelectual.
Los sacerdotes, como Caifás, fueron parte de la clase social privilegiada sólo por debajo de la clase gobernante romana, siendo un sector minoritario de la población de 5 a 7 por ciento. Y en muchas ocasiones, los sacerdotes judíos compartían el estilo de vida elitista de los romanos. El papel de los fariseos y saduceos en la sociedad judía ha sido denominada como “retainers”  debido a que mantenían el control de las masas en favor de la clase gobernante con el objetivo de conseguir más influencia y poder en el sistema romano (Anthony J Saldarini, Pharisees, Scribes and Sadducees in Palestinian Society, 2001, William B Eerdmans Publishing Company, pp 41-2).
Hasta aquí encontramos de manera sucinta dos perfiles opuestos que permiten explicar parcialmente el conflicto religioso entre Jesús y los sacerdotes: la disputa religiosa tenía como trasfondo las jerarquías sociales que detentaban el poder. Los sacerdotes no podían aceptar perder los debates religiosos frente a pueblerinos carentes de formación intelectual, los cuales colocaban en entredicho a todas las leyes tradicionales rabínicas; por tanto, arguyeron que Jesús representaba una amenaza al imperio romano.
La situación específica del festejo de La Pascua fue más propicia para proclamar que las enseñanzas de Jesús ponían en peligro la existencia de los rituales ancestrales; este fue uno de los botones que los sacerdotes presionaron para movilizar a las masas: un acto de manipulación a través del miedo. No se trató de la “excesiva frecuencia” de ignorancia del pueblo como sostiene Rolando Armesto.
Repito, es una comparación imprecisa porque Caifás fue parte de la clase gobernante al servicio de Roma. En el contexto actual, López Obrador no es parte del sector en el poder, pero sí José Meade al servicio del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y Ricardo Anaya junto con Margarita Zavala como parte de la clase gobernante del Partido Acción Nacional (PAN). Este sistema que López Obrador llama “la mafia del poder”, ha utilizado la manipulación a través del miedo para decir que el candidato morenista representa un peligro al statu quo (para la comparación, entiéndase como poder romano y elite judía) y a las reformas estructurales (entiéndase como las tradiciones rabínicas) que “sostienen” al país. Por un lado, los sacerdotes argüían que Jesús era un peligro; el panismo y el priísmo dicen que López Obrador es “un peligro para México”. Por el otro, los sacerdotes porfiaban sobre su preparación rabínica frente a unos galileos iletrados, tal como Meade hace alarde de su doctorado en Estados Unidos y Anaya como el candidato políglota del futuro tecnológico.
Asimismo, la comparación es desafortunada porque desde el entendimiento de Rolando, el pueblo judío es culpable por ser ignorante y corruptible. Esta interpretación de concebir al pueblo judío como deicida fue una de las bases del antisemitismo contemporáneo; por tanto, seguir esta línea interpretativa es imprudente. Aun así, me parece una interpretación fuera de lugar. Una de las características principales de la Biblia es su intertextualidad, es decir, es intérprete de sí misma –según los especialistas Julio Trebolle y Miguel Pérez. Con base en este talante podemos extraer la siguiente comprensión teológica: la mala elección del pueblo judío no se debió a su ignorancia. Según el apóstol Juan, la explicación es sencilla y cita un fragmento del libro del profeta Isaías: “[Dios] Cegó los ojos de ellos, y endureció su corazón” (Sn. Juan 12:40). Indudablemente no espero que esta elucidación teológica sea satisfactoria para todo el público, pero respetando la historia literaria y filológica de la Biblia debemos considerar el concepto de intertextualidad para interpretar los hechos bíblicos.
Por otro lado, coincido parcialmente con la idea del peligro de la democracia participativa con un Caifás al frente; no obstante, la solución de la democracia representativa para este problema es ilusoria porque precisamente los sacerdotes como Caifás eran los “representantes” del pueblo judío. Pareciera que Rolando la considera ipso facto real y verdadera. La política “representativa” ha dejado de representar al pueblo porque los políticos sólo han funcionado como retainers del gobierno en turno.
El título del libro coordinado por el sociólogo brasileño Boaventura de Sousa Santos es por demás elocuente: Democratizar la democracia. Para de Sousa Santos, la democracia participativa es un “intento de ampliación de la gramática social y de incorporación de nuevos actores o de nuevos temas a la política” (Democratizar la democracia. Los caminos de la democracia participativa, 2004, Fondo de Cultura Económica, p 47). En pocas palabras, la democracia representativa necesita ser participativa.
En fin, López Obrador no es Caifás y tampoco me atrevo a afirmar que sea Jesús. Ese falso dilema es un absurdo pejefóbico. El movimiento de Jesús creció después de su muerte y resurrección en tanto sacrificio necesario. López Obrador no está muerto, y según las encuestas está por encima de los otros cuatro candidatos; además, no estoy seguro que aún desee ser sacrificado o crucificado.
Ezer R May May*
*Antropólogo social e historiador de la religión

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