domingo, 22 de julio de 2018

Nicola Chiromonte: verdad histórica y ficción


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Nicola Chiromonte: verdad histórica y ficción


La visión de la Historia a través de cinco escritores, y… algunas lecciones extraídas de teles lecturas.
Por Iñaki Urdanibia
Cuando se concluye afirmando et tout le reste c´est littérature, se pretende minusvalorar esta actividad de los humanos, como achacándole falta de seriedad, de rigor, etc. Pura nadería, cosa que sin entrar en mayores, ni en menores, resulta realmente injusto ya que por una parte hay literatura y literatura, y algunas expresiones de ella resultan francamente serias al reflejar el sentir y el pensar de la época en la que fueron escritas, jugando así una relación especular ( speculum, i = espejo) que es digna de ser tenida en cuenta, y no solo eso sino que en ciertos casos han de ser tenidas más en cuenta que otro tipo de textos que se presentan como más dignos de confianza. Es el caso de las obras que analiza el intelectual antifascista y libertario Nicola Chiaromonte ( Rapolla, 12 de julio de 1905 – Roma, 18 de enero de 1972), en su recientemente traducida por Eduardo Gil Bera, y presentada por Acantilado: « La paradoja de la historia. Cinco lecturas sobre el progreso: de Srendhal a Pasternak»; además de los nombrados en el título, somos acercados a Tolstói, Martin du Gard y Malraux , mas su lectura no abarca la obra toda de cada uno de los nombrados, escritores del XIX y el XX, sino que se detiene en algunas de sus obras más significativas para el propósito que Chiaromonte se marca.
No está de más presentar , al menos someramente, a este hombre cuyo compromiso antifascista le forzó a exiliarse a París para posteriormente trasladarse a tierras , casi mejor decir aires, hispanas, integrando la escuadrilla España, organizada por André Malraux con el fin de combatir el fascismo; en la novela dedicada a tales vuelos, L´Espoir, se deja ver la presencia del italiano, bajo el nombre de Scali; tras la experiencia vivida se alejó, desencantado, de los comunistas ( como les sucediera a sus amigos George Orwell, Albert Camus o Ignazio Silone). De vuelta en Francia no duró mucho allá ya que al darse la invasión alemana partió a Nueva York, pasando a formar parte del grupo conocido como New York Intellectuals., entablando estrechas relaciones de amistad con Hannah Arendt, Mary MacCarthy, Robert Lowell ( puede vérsele en la foto que ilustra este artículo, sentado a la izquierda junto a los dos últimos nombrados; de pie puede verse a Hannah Arendt con blusa blanca); en tierras norteamericanas se prodigó en colaboraciones en diferentes publicaciones ( Politics, Partisan Review, The Nation, The New Republic…) . Ya por aquellos años mostró sus abiertas simpatías por el socialismo libertario, posición que mantuvo en las diferentes revistas en las que participó. Tras su regreso a su país natal se dedicó a ejercer la crítica teatral , fundando posteriormente con Silone una revista, Tempo presente, en la que la atención sobre escritores de relieve llenaba gran parte de la revista. Mensual; con su compañero le unía su interés por la literatura, mas así como él se mantenía en una postura libertaria, conservando cierto espíritu utópico, Silone tras su militancia en las juventudes socialistas y en el partido comunista , en grado dirigente, y su sonada ruptura con este a raíz de los procesos de Moscú, se sumió en un desencanto que le llevaron a retomar sus creencias cristianas de juventud como tabla de salvación.
La obra que provoca estas líneas están dedicadas a mostrar la endeblez de la creencia en el mito del progreso histórico, apostando por una mirada desde la inmanencia frente a las concepciones, teñidas de trascendentalismo, de la historia, que venían a mantener una visión de la historia en progreso en constante progreso hacia mejor, como si tal marcha de algo ineludible se tratase. Tal concepción de la Historia como un ser en marcha al que ha de subordinarse todo, desdeñando el valor de lo individual ya que todo ha de ir marcado por el objetivo común, señalado por esa entelequia que parece orientar la vida de los ciudadanos, que han de someterse a la dirección que les marca la marcha triunfal nombrada, en una especie de automatismo catastrófico, que no conduce más que al desastre, como así sucedió.
El propósito de los ensayos que componen el libro es el análisis de las relaciones entre la Historia y la conciencia individual, recurriendo para ello a La Cartuja de Parma, Guerra y paz, Los Thibaut, Doctor Zhivago y la novela de Malraux antes nombrada, ya que para él « solo a és de la ficción y la dimensión de lo imaginario podemos aprender algo real sobre la experiencia individual ». Y recurriendo a las novelas nombradas, y buscando denominadores comunes entre ellas – muy en especial la idea de destino-, analiza la falacia que supone el cúmulo de creencias que se han ido implantando en la sociedad y como los individuos han sido penetrados por tales visiones que pretendían sustituir a las anteriormente dominantes; creencias que defendían una línea temporal que siempre avanzaba en dirección recta hacia mejor, hacia arriba, mas sabido es , al menos desde Goya, que los sueños de la razón engendran monstruos.
Son escenas de guerra las que son visitadas en las obras señaladas y frente a las visiones globalizadoras destacan los sonidos del alma de los protagonistas que escapan, en sus cavilaciones , de la grandilocuencia de los grandes acontecimientos históricos como que respondiesen a una lógica implacable: así lo subraya en el Fabricio en Waterloo, en donde puede verse al personaje en su inocencia arrastrado por los hechos y por el sonido de los grandes nombres imperiales, ante los que asoman hipotéticos supuestos – y si hubiese vencido Napoleón- y por medio de lo que queda claro que los hechos no responden a una razón poderosa ( con perdón para aquel hegeliano lo real es racional, lo racional es real); y Stendhal moviendo la narración de los hechos ente lo real y lo improbable y subrayando la importancia de los sentimientos de los personajes – que cierto que conducen a desfases de la imaginación-, independientemente de cualquier explicación o protagonismo guiado por una visión global, lo que desemboca en una visión cargada de escepticismo que es lo que rebosa la novela, que permanece ajena a la idea de Progreso, que al final en vez de prometer supone una amenaza, y alejada de cualquier forma de religión de la Historia… « un dios que no es un dios del bien, no es un dios en absoluto…».
La paradoja de la Historia queda expuesta en la obra de Tolstói, recurriendo para ello, además de a la lectura del propio escritor ruso, a las opiniones de Gustave Flaubert, Proudhon o Claude Lévi-Strauss, y el entramado de las diversas concepciones acerca de ha historia y sus relaciones con la ficción ( al fin y a la postre, si hacemos caso al antropólogo al escribir la historia se han de elegir trozos de ella sin ninguna causalidad o eje explicativo lineal), y la apuesta del autor de Guerra y paz, por subrayar «los límites de nuestras fuerzas o de nuestra razón, tanto de lo que podemos entender como de lo que podemos lograr» . Al fin y a la postre, el tema principal contra lo que se ha afirmado habitualmente de la obra tolstoiana no reside en la importancia de Napoleón, sino en el enigma de la realidad, en sí – podría decirse- que lleva a repensar la pregunta por el Ser.
« El verano de 1914», en la última parte de Los Thibault, la obra de Martin de Gard, en la que se relata la vida de una familia burguesa desde 1890 hasta las vísperas, 1918, de la final de la Segunda guerra mundial ; la aproximación no se realiza – como de hecho sucede con todo el resto de aproximaciones- desde una óptica estética sino desde una más cercana a la historia de las mentalidades, haciendo que se pueda ver la interferencia de las razones de Estado que exigían a los ciudadanos un comportamiento que enlazaba más que con cualquier forma de razón con el lado más oscuro de los ciudadanos, azuzado por los llamamientos a la guerra y a la coacción con respecto a la libertad. Y el escritor presenta las tensiones que se daban en el balanceo entre la guerra y la paz y la posición a tomar en tal tesitura; lejos de cualquier atisbo de contrato social, à la Rousseau, y más cerca de la imposición estatal, que empapaba el tejido social, y el miedo a la soledad de enfrentarse a la inducida voluntad general. La atmósfera de peligro, de pobreza, de enfrentamiento con el enemigo pone las bases para salidas autoritarias, ya que ante las situaciones de emergencia que presentan la patria en peligro se ha de cerrar filas…y los discursos una y otra vez repetidos acerca del futuro luminoso, encarnado por el socialismo han de ser revisados y releídos tras las experiencias pasadas. Chiaromonte subraya cómo la derrota del socialismo vino provocado por la primera guerra ( basta ver la posición de los llamados socialistas que, salvando alguna honrosa excepción , acabaron siendo social-patriotas más que otra cosa) y hasta se aventura, apoyándose en Rosa Luxemburgo en señalar el bolchevismo como muestra del fracaso ya que como afirmase la espartaquista « los bolcheviques accedieron al poder rechazando precisamente el socialismo democrático». El ambiente de posguerra estaba dominado por un hondo nihilismo que hacía que las creencias en algún horizonte deseable y armonioso se esfumaran , quedando únicamente la realidad, la verdad, de la relación individual y el mundo, asunto que no podía ser objeto de fingimiento, ya que el individuo se ha visto sacudido por los acontecimientos vividos / padecidos, que no lo han sido por voluntad del mismo modo que no puede ser modificados por medio de la voluntad.
Las andanzas de Malraux, narradas en su novela hispana, son el testimonio de la derrota, tras la apuesta siguiendo la tentación del demonio de la acción, y si de entrada el impulso colectivo es el que empuja a la acción y a la esperanza, esto nos óbice para verse confrontado individualmente con los hechos. Ante el dominio de la desesperanza nihilista, Malraux buscaba un salida en la transmutación de los valores nietzscheana, para acaban desembocando en cierto modo de constatación de la existencia de ciertos límites , que ya habían sido vislumbrados en distintas experiencias anteriores, reflejadas en otras novelas suyas – Los conquistadores o La condición humana– al ver la tensión, plena de contradicciones, por parte de los combatientes comunistas contra el imperialismo y flirteando con el Kuomintag, lucha por superar ciertos límites ciñéndose a otros…Malraux, hombre público durante años, figura del intelectual comprometido concluyó plegándose a ser un cuestionador, un hombre que « no puede conformarse con ninguna respuesta , ni renuncia a ninguna» [ Es de justicia tener en cuenta la fecha en que el autor escribió todo esto, pues años después el francés se convirtió en ministro del general De Gaulle…al que , desde luego, poco cuestionó, y motivos sí que los había y en abundancia ].
Elogia la obra de Boris Pasternak , enfrentando la Naturaleza y la Historia, en la que se combina lo elegíaco, el relato de los hechos con una paralela valoración de estos y hasta cierto espíritu prospectivo que saca hipotéticas lecciones acerca del futuro. Se detiene en la capacidad descriptiva de los paisajes, de sus simpatías con respecto a la revolución, y hasta la esperanza de redención que Lara materializa en ella; el doctor, como joven que se ve arrollado por el movimiento revolucionario ira cambiando de opinión la ver cómo los bolcheviques trataban de domesticar los impulsos populares con una política guiada cada vez más por las tendencias a imponer, más tarde los vaivenes de la realidad finalizarían con su detención por parte de los partisanos…dejando constancia, en la narración, de que las personas habían dejado de ser ellas mismas abducidas por la ola que les arrastraba más allá de sus conciencias , y al escritor le queda como resto que « la única verdad que queda es la del alma individual y colectiva, solas en su demencial libertad».
Las lecturas que bien sirven como certera presentación de las obras visitadas, se completan con un diagnóstico que el autor expone en el último capítulo: Una época de mala fe. Los males del tiempo reflejados en el dominio del criterio de utilidad, reflejado en la primacía del dinero, y la ideología que segrega tal dominio, empapando los valores dominantes en los individuos por medio de los cánones sociales, y el absoluto descreimiento cuya fecha de nacimiento puede fijarse en 1914, que supuso la quiebra de todas las seguridades promovidas por las ideologías del progreso, ya propuestas por Descartes, y que en cierto sentido ya habían sido adelantadas por san Agustín ( y su ciudad de Dios que iría ganando posiciones en un avance lineal) y adoptada en cierta medida por la visión de la Iglesia…sta idea de progreso, fue vestida con otros ropajes que pretendían sustituir a los anteriores: la razón iba a ser el instrumento, encarnado en la ciencia, capaz de adaptar la naturaleza a los intereses humanos, logrando así el bienestar de éstos …así « la acción combinada de la razón, la ciencia y la política podrían sustituir legítimamente las obras de la Iglesia», pasando a ocupar el papel de la fe, la ciega confianza en el progreso adoptó tonos realmente religiosos al igual que posteriormente el socialismo vendría a ser la solución a los males de la humanidad, al igual que la ciencia solucionaría los males de la naturaleza. Como queda ya mencionado el estallido de la primera guerra mundial supuso un mortal varapalo a las ilusiones; más tarde, tras la segunda guerra, revividas en un supuesto renacimiento de la democracia que de hecho, en vez de poner en práctica lo que prometía , « no significaba ya igualdad ente la ley y libertad del individuo, sino hipertrofia creciente de los mecanismos de control de masas y del poder centralizado que los maneja». Esta conciencia de los límites no es compartido con los vendedores de esperanzas, y al final « la vida contemporánea se caracteriza por un realismo hecho de cálculos mezquinos, sutiles y complicados; y las metas que no son inmediatas se consideran rematadamente utópicas»… y así se alzan nuevos cultos, ante el desinfle de las grandes narrativas de emancipación, al automóvil, la televisión, etc., etc., etc. Unas reflexiones acerca del ser de los individuos que persiguen permanecer en sí mismos, como modo de supervivencia, que parecen anular cualquier forma de salida y de esperanza, abren la puerta en el pensamiento de Chiaromonte a cierta conciencia de los límites, afirmando – en onda con Einstein- que hay cosas que resultan impenetrables, de lo que escapa el conocimiento de sí mismo; prosigue con una invitación a cierto nihilismo bien temperado , alejado de doctrinas consoladoras y unas propuestas finales que llaman a « liberarse de la fe en el mundo actual y sus ilusiones», abandonar la creencia en que los hechos tienen solamente un significado , y, en consecuencia, dejar de lado cualquier optimismo con respecto a la sociedad actual…y tomar como cierta la visión de que somos una ínfima parte de una totalidad cósmica , ante lo que se ha de adoptar una piedad cósmica haciendo caso a la prescripción de Bertrand Russell.
No cabe duda de que es un libro brillante, plagado de sagaces lecciones no solo de literatura- que por supuesto que también- sino de la vida, de la presencia de los humanos en el mundo, y del lugar que en él ocupan, y a lo largo de las páginas del libro ciertos resabios avant la lettre de la sensibilidad posmoderna ( contra los vendedores de descalificadoras etiquetas, puede considerarse como forma de resistencia o anarquía, como se han cansado de repetir los defensores de posturas post-anarquistas, neoanarquistas como ha cartografiado con tino Tomás Ibáñez) o de la primera ola punk asoman ( non future), paliados por su llamada a la modestia, al pudor – del que hablaría Aldo Rovatti-, en lo que hace al conocimiento y a las doctrinas que tienen la solución para todos los problemas… en el bolsillo del chaleco que decía el otro.
No hace falta ni decirlo, lo hago a modo de aviso a navegantes, que el libro que expone el pensamiento de- en palabras de Maurice Nadeau- « el último maestro secreto del siglo XX» no es apto para creyentes de toda laya, más sí será del agrado de quienes se inscriben en la senda de la prescripción lyotardiana de: seamos paganos, seamos justos…Y una pluralidad de pistas, de puertas y de sendas que se abren a reflexiones evitadas/ rechazadas, ya que en definitiva es más fácil creer que conocer, empujados a ello en busca de una supuesta seguridad que siempre aportan los sistemas ( prët-à -penser) para evitar la neurosis, ya que, como decía el otro, la inseguridad origina neurosis, ante lo que otro terciaba : y el exceso de seguridad, más.

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