ASESINOS DE PRESIDENTES (8ª PARTE)
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Imagen del film de Oliver Stone "JFK" (1991): Kevin Costner encarna al fiscal de Nueva Orleans Jim Garrison, durante la reconstrucción del atentado sobre la base del consabido "loco solitario", Lee Harvey Oswald |
Los
generales más recalcitrantes del Pentágono y las principales empresas
bélicas eran los primeros damnificados por la actitud pacifista del
presidente Kennedy, pero no eran de manera alguna los únicos. La
industria petrolera era la otra gran perdedora, dado que una de sus
intenciones era explorar la costa vietnamita, que en aquellas épocas se
consideraba, erróneamente, como una zona con muy vastas posibilidades
petroleras a medio plazo.
Kennedy habría advertido rápidamente
que debía enfrentar la oposición de esos sectores a sus planes, pero no
se quedó atrás ni se amedrentó. A fin de dificultar la oposición a sus
medidas pacifistas, emitió un decreto por el cual los Estados Unidos se
reservaban la posibilidad de incautar recursos naturales propiedad de
empresas norteamericanas en el exterior, en caso de guerra. La
advertencia a las petroleras era clara, si había guerra podían perder, y
mucho.
Quizá creyó que así podía fracturar el inmenso bloque empresarial que se le oponía, y a la vez impedir la guerra.
Aunque
fuertes, aquéllos estaban lejos de ser los únicos gestos hostiles hacia
la élite que Kennedy tomaría en su corto mandato de poco menos de tres
años. Emprendió una suerte de cruzada contra el monopolio interno que
ejercía la United Steel, principal fabricante estadounidense de acero,
cuyos constantes aumentos de precios eran interpretados por Kennedy como
operaciones monopólicas que afectaban la salud de la economía y el
bolsillo de los norteamericanos. Los empresarios vieron con temor esa
medida del presidente, quien mediante claras amenazas públicas logró
hacer retrotraer los precios del acero.
Sin embargo, la principal
medida que tomó Kennedy y que habría sellado la suerte tanto de su
gobierno como la de él mismo, habrían sido dos disposiciones contra los
intereses del sector petrolero oligopólico. Concretamente, al momento de
su muerte Kennedy proyectaba una rebaja del “oil deployment allowance“,
que más tarde le daría fuertes dolores de cabeza a Richard Nixon.
Pero
principalmente fue autor de una ley, la “Kennedy Act“, aprobada
finalmente el 17 de octubre de 1963, apenas un mes antes de su muerte,
por medio de la cual a las corporaciones norteamericanas se les igualaba
la tasa de impuestos de las utilidades distribuidas con la de las
ganancias reinvertidas en el exterior. Si bien la medida era para todos
los sectores económicos, afectaba especialmente los resultados de las
petroleras, y sobre todo en lo que competía a sus vastos yacimientos en
el exterior, cuyos beneficios estaban exentos del impuesto a las
ganancias porque no estaban gravados. Como las petroleras
norteamericanas se estaban expandiendo rápidamente en todo el mundo,
esto afectaba de manera muy determinante sus intereses.

Después
de la aprobación de la “Kennedy Act“, el sector petrolero debía pagar
el 35% de impuesto a las ganancias por todos sus importantes beneficios
en el exterior. Kennedy había considerado, muy correctamente, que las
petroleras gozaban de una muy injusta ventaja sobre otros sectores, al
no pagar impuestos por sus cuantiosas actividades en el exterior. Con
esta ley habría sellado su suerte.
La élite, según Farewell
America, habría formado un comité con la función de planear la muerte
del presidente. Éste habría estado formado, entre otros, por el
petrolero texano H. Lafayette Hunt y el general halcón del Pentágono
Edwin Walker, degradado poco tiempo atrás por Kennedy debido a sus
expresiones públicas acerca de la necesidad de un enfrentamiento bélico
con la Unión Soviética. Sin embargo, según se desprende de la
investigación francesa, éstos no habrían sido los autores intelectuales
del crimen, sino los encargados de planearlo para que no hubiera
fisuras. Había que planificarlo detenidamente, dado que Kennedy se movía
por todos lados con su custodia del Servicio Secreto. Era necesario
comprar complicidades, contratar tiradores infalibles, encontrar un
candidato para que fuera culpado del hecho, desviar cualquier intrusión
molesta de la policía texana y del FBI, manipular la actividad de la
prensa, etc.
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| J. Edgar Hoover, todopoderoso director del FBI |
El
comité habría hecho todo eso y habría contado con el apoyo y la
complicidad del FBI y su poderoso jefe J. Edgar Hoover, la policía
texana, según Farewell America muy corrupta y complaciente con los
grandes empresarios de la zona, altos cuadros de la CIA, muy enojada con
Kennedy desde la expulsión de su jefe, Allen Dulles, y con un auténtico
escuadrón de personas relacionadas con la Mafia y los cubanos
anticastristas, quienes iban a llevar a cabo el crimen a nivel
operativo.
O sea, se trató de un crimen diseñado en 3 niveles:
operativo, táctico y estratégico. Farewell America detalla cómo hasta el
itinerario seleccionado para el automóvil presidencial de aquel
fatídico 22 de noviembre de 1963 estaba diseñado para que la velocidad
del vehículo que conducía a Kennedy no pudiera sobrepasar en algunos
sectores los 30 kilómetros por hora y se facilitara el crimen, de cuya
complicidad no habría escapado ni siquiera el propio chofer, quien
conducía a una velocidad extremadamente baja en algunos sectores del
trayecto y no habría acelerado lo suficiente después del primer impacto
de bala, lo que facilitó el segundo, que fue mortal.
La Mafia se
habría prestado muy gustosa a ceder parte de sus cuadros para realizar
el asesinato, dado que tanto John como Robert Kennedy habían demostrado
ser, desde un primer momento, enemigos encarnizados de la Cosa Nostra,
al intentar luchar mucho más que sus antecesores contra el crimen
organizado. Todo habría sido preparado hasta en sus mínimos detalles.
Incluso el automóvil en el que era conducido el presidente, una limusina
descubierta, el vehículo ideal para facilitar un atentado, fue
proporcionado por el propio FBI.

La
conclusión a la que arribó el servicio secreto francés en Farewell
America es básicamente la misma a la que luego llegaría Oliver Stone en
su film JFK. Hubo tres tiradores como mínimo, y probablemente cuatro.
Ninguno de ellos habría sido Lee Harvey Oswald, quien engañado, habría
sido seleccionado desde meses atrás para representar el papel de
asesino. Ése era el aporte de la CIA, enfrentada a Kennedy por el freno
que éste ponía a la invasión de Cuba y por la expulsión de su jefe más
querido, Allen Dulles.
Datos posteriores al libro, que apareció
en 1968 y que pudo leerse marginalmente en los Estados Unidos a partir
de 1984, revelan que la versión contenida en el mismo es sumamente
ajustada a la realidad. Por ejemplo, un testimonio de 1992, casi
veinticinco años después de la publicación, de la amante del ex
presidente Lyndon Baines Johnson, Madeleine Brown, quien además fue
madre de Steven, un hijo suyo, señaló que la noche anterior al crimen de
Kennedy presenció que se habían reunido, a puertas cerradas, en la casa
del petrolero Clint Murchison, en Dallas, el también petrolero
Haroldson Lafayette Hunt, J. Edgar Hoover, máximo jefe del FBI, Richard
Nixon, Clyde Toison (FBI), John McCloy, ex presidente del Chase
Manhattan Bank y hombre de confianza de la ex Standard Oil, y Harvey
Bright, empresario petrolero.
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Lyndon Johnson contesta airado a un periodis- ta mientras Kennedy trata de calmarle |
El
vicepresidente Lyndon Johnson llegó tarde a la reunión. Al cabo de la
misma, Johnson se despidió de Madeleine Brown diciéndole al oído: “Desde
pasado mañana esos malditos Kennedy no me van a volver a avergonzar. No
es una amenaza, es una promesa“.
Lo cierto es que con el texano
Lyndon Johnson en el poder, los militares y las empresas de armas
lograron que la guerra de Vietnam, lejos de acabar en corto tiempo, se
profundizara a límites impensados. Asimismo, las empresas petroleras
vieron cómo caía en el archivo la posible reducción de la “oil
deployment allowance” planeada por Kennedy. El asesinato habría sido
recibido con beneplácito, además, en algunos de los más poderosos
despachos de Wall Street, dado que John Kennedy había comenzado a emitir
dólares desde el Departamento del Tesoro, rompiendo con la costumbre de
que sólo el Banco de la Reserva Federal (FED) emitiera moneda.
El
FED es, y siempre fue, un banco privado propiedad de los más poderosos
financieros de Wall Street. Tal actitud podía sentar un peligroso
precedente para la élite financiera, dado que era un paso para quitarle a
los banqueros privados la potestad de la emisión de moneda en los
Estados Unidos. Por otra parte, también había despertado alegrías en la
NASA, agencia a la cual el presidente había intentado bloquearle en un
principio buena parte del presupuesto, dado que prefería distribuir el
presupuesto de otra forma.
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| El ya presidente Johnson en compañía de Robert Kennedy |
Los
principales proveedores de la NASA son las propias empresas de armas
que firman multimillonarios contratos con el Pentágono y Kennedy no
deseaba llevar adelante costosos proyectos espaciales, sino distribuir
esos fondos equitativamente. Habría sido el propio Lyndon Johnson, muy
relacionado con la NASA, quien habría mediado ante Kennedy para lograr
que no se bloquearan partidas presupuestarias de la agencia espacial,
frente a lo cual Kennedy habría transigido a regañadientes, fomentando
la carrera espacial con el fin de que las empresas armamentistas
estuvieran atareadas proveyendo a la NASA y ganaran dinero de esa forma,
en vez de presionarle para generar más guerras.
La prensa
oficial norteamericana no sólo hizo oídos sordos ante las evidentes
señales de que había habido una muy poderosa conspiración detrás del
crimen de Kennedy, sino que incluso miró para otro lado cuando surgían
las pruebas. Por ejemplo, cuando la propia Madeleine Brown apareció en
1992 en un show televisivo llamado A current affair, en el que hizo por
primera vez sus explosivas declaraciones luego volcadas en su libro
Texas in the morning, silenciado también por la prensa al servicio de la
élite.
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| El fiscal de Nueva Orleans, Jim Garrison |
Asimismo,
el fiscal del reabierto caso Kennedy en los años sesenta, Jim Garrison,
quien fue designado como fiscal del caso precisamente porque no se
trataba de un investigador demasiado sagaz, escribió un libro con las
memorias de sus investigaciones sobre el juicio. Dicho libro se tituló
On the Trial of the Assassins (En la búsqueda de los asesinos). En él
cuenta algunos entretelones de la investigación que sólo pudo llegar
hasta escalones bajos, los niveles operativos del asesinato, que
funcionaban específicamente en Nueva Orleans, de la complicada maraña
que condujo hasta el crimen. En las páginas 30 y 31 de dicho libro dice
que algunas de las reuniones secretas del equipo operativo se
desarrollaban en un lugar que funcionaba a metros de la Oficina de
Inteligencia Naval, del Servicio Secreto, dependiente del Departamento
del Tesoro, y del cuartel general de la CIA en la ciudad de Nueva
Orleans.
Pero el dato no termina allí, pues los cuarteles
generales de la CIA y el FBI en Nueva Orleans funcionaban dentro del
Templo Masónico de la ciudad en los años sesenta. Es algo que no debe
extrañarnos. Debemos recordar las palabras que expresó el propio John F.
Kennedy en su discurso público sobre sociedades secretas y medios de
prensa el 27 de abril de 1961, en el Waldorf Astoria, en el que embistió
frontalmente contra las sociedades secretas y contra todo el sistema de
prensa norteamericano.
Ese
discurso fue redactado tras el fallido intento de la CIA de invadir
Cuba. Dicha agencia le había solicitado a Kennedy por teléfono,
infructuosa y sospechosamente, una autorización de último momento a
través de su jefe Allen Dulles, luego expulsado, nada menos que en la
madrugada del propio día del desembarco en Bahía Cochinos.
En un
fragmento de su más importante discurso, Kennedy dijo: “La propia
palabra “secreto” es repugnante en una sociedad libre y abierta, y
nosotros, como pueblo, estamos inherente e históricamente opuestos a las
sociedades secretas, los juramentos secretos y los procedimientos
secretos“.

Kennedy
declaraba eso en el mismo discurso en el que criticaba durísimamente al
sistema de prensa norteamericano. En el mismo discurso dijo: “Se nos
opone alrededor de todo el mundo una monolítica y despiadada
conspiración que se apoya, primariamente, en medios encubiertos para
aumentar su esfera de influencia (…) Es un sistema que ha reclutado
vastos recursos humanos y materiales para construir una muy bien atada y
altamente eficiente maquinaria que combina operaciones militares,
diplomáticas, de inteligencia, económicas, científicas y políticas. Sus
preparativos son secretos, no se publican. Sus errores se entierran, no
se señalan. Quienes disienten son silenciados, y no reconocidos. Para
ello no se repara en gastos. Los rumores no se publican. Ningún secreto
se revela. Es la máquina que conduce la Guerra Fría, en resumen, con una
disciplina rigurosa que ninguna democracia puede esperar o desear
alcanzar“.
Pero Kennedy no se refería al comunismo, sino a la
estructura de la cual la CIA era sólo la punta del iceberg. Respecto de
la prensa, se despachó en idéntico sentido, criticándola por desinformar
sobre las cuestiones importantes y revelar secretos de Estado cuya
difusión iba contra los intereses de los Estados Unidos. Asimismo, por
mostrarse a favor de la carrera armamentista, y por lo tanto de la
élite.

Decía
Kennedy, ante la atónita mirada de los dueños de medios, editores y
periodistas: “Sin debate, sin crítica, ninguna administración y ningún
país puede sobrevivir. Es por eso que el legislador ateniense Solón
decretó que un ciudadano que escapaba de las controversias cometía un
crimen. Y es por eso que la prensa fue protegida aquí por la Primera
Enmienda a la Constitución. Es el único negocio protegido
constitucionalmente. Y no lo está principalmente para divertir y
entretener. No lo está para enfatizar lo trivial y lo sentimental. No
está protegida para “dar al público simplemente lo que éste quiere”,
sino para informar, para enardecer, para hacer reflejar, para mostrar
nuestros peligros y nuestras oportunidades, para indicar nuestras crisis
y nuestras opciones, para liderar, moldear, educar e incluso a veces,
para hacer enojar a la opinión pública“.
El propio presidente de
los Estados Unidos embestía contra nada menos que las sociedades
secretas y la prensa, reprochándole a las primeras su operar secreto,
antinacional y sectario, y a la segunda el uso de los medios para
desinformar. Ello podría explicar que la prensa norteamericana aceptase
sin críticas el dictamen de la Comisión Warren acerca del asesinato de
Kennedy a manos de “un loco suelto” y por medio de una bala que efectuó
alrededor de 10 perforaciones y rebotes en su limusina descubierta.

¿Qué
mundo tendríamos hoy si Kennedy no hubiera muerto? Es difícil saberlo.
Tanto John como Robert Kennedy actuaban con autonomía con respecto de la
aristocracia norteamericana. Aunque habían sido educados en el seno de
una rica familia de la élite, estaban encarando medidas realmente
revolucionarias. Se estaban enfrentando muy abiertamente con el corazón
de la élite. John atacaba los privilegios de la industria petrolera
donde más le dolía, atacaba la carrera armamentista y la posible guerra
con la Unión Soviética que algunos de sus propios cuadros estimulaban.
Además, deseaba retirar a los Estados Unidos de Vietnam. Ya comenzaba a
atacar los privilegios de los principales y más conspicuos bancos
norteamericanos con la emisión de dólares por medio del Departamento del
Tesoro, y no mediante el FED, y atacó en su último y monumental
discurso a la flor y nata de la prensa norteamericana, cómplice de la
élite.
John Fitzgerald Kennedy lo hizo todo sin dudarlo y por eso
lo mataron. Por eso su asesinato se ejecutó de esa manera, quizás
advirtiendo a cualquier sucesor lo que le podía esperar si no seguía
ciegamente la agenda de la élite.
(Fuente:
http://despiertaalfuturo.blogspot.com.es/)