
Opositores
se reunieron alrededor del sitio donde Carlos José Moreno recibió un
disparo en la cabeza y entonaron el Himno Nacional. Plaza La Estrella,
San Bernardino. 19 de abril de 2017. Fotografía de Indira Rojas
“No
me tiene que preguntar a mí, señora –ha declarado–, por qué la policía
persigue a los niños, los persigue, les dispara y los mete en la cárcel.
No me pregunte a mí” Coetzee, La edad de hierro.
Según Ovidio (
Metamorfosis,
VIII), desde la Atenas arcaica, un barco cargado de jóvenes navegaba
regularmente a Creta para entregar su humano tributo a una bestia
antropófaga.
El horrible ritual era esencial para mantener la
hegemonía cretense sobre la Grecia primitiva. De acuerdo al antiguo
mito, el rey Minos de Creta debía su dominio al Minotauro, una trágica
bestia encarcelada en un laberinto bajo el palacio real.
La
mitología nos proporciona arquetipos para comprender la complejidad del
alma humana. En el arquetipo del Minotauro se hace evidente su cabeza
bestial en un cuerpo humano. Lo que se puede interpretar como la nulidad
de la razón, precisamente lo que nos constituye como persona. A esto
hay que agregar que hace explícita la relación entre el poder irracional
y el sacrificio de la juventud inocente.
Novecento (1976),
de Bernardo Bertolucci, narra las cinco primeras décadas del siglo XX
en Italia. El argumento se centra en el nacimiento del fascismo. El
personaje que encarna esta ideología totalitaria es Attila Mellanchini,
el camisa negra interpretado por Donald Sutherland, un personaje que se
bautiza en sangre como fascista con el asesinato gratuito de un niño.
Esa escena es la más chocante de toda el film y también la más difícil
de olvidar.
Los gobiernos dictatoriales necesitan refrendar su
autoridad con la muerte de sus enemigos políticos, pero también con el
sacrificio de niños y jóvenes inocentes.
El origen del Minotauro
Ovidio nos brinda una recreación del mito. El poeta latino echa mano de una fuente más antigua: la
Biblioteca
de Apolodoro, quien, en el libro III, relata la historia de las
dinastías cretense y ateniense. Es en Apolodoro, además, donde aparece
por vez primera el nombre del monstruo: Asterión.
En Creta reina
Minos, hijo de Zeus y Europa. Minos logra convertirse en rey de Creta
cuando la isla era el centro económico de Grecia. Para lograr el trono
en disputa, ruega ayuda a Poseidón, dios de los océanos. Le promete que
sacrificará el primer toro que se presente ante él. Poseidón, entonces,
hace salir un toro blanco del mar. Minos queda fascinado por la belleza
del animal. Tanta es su ansia de guardarlo para sí, que decide no
sacrificarlo y lo envía a sus establos reales.
Tal acción de Minos
se convierte en una ofensa para Poseidón. Como consecuencia, recibe un
castigo terrible. El dios hace que la mujer de Minos, Pasifae, se
enamore locamente del toro. La reina, quien además es hija del Sol, con
la ayuda de Dédalo el legendario inventor, construye una vaca de madera,
con la que podrá dar rienda suelta a su pasión por el toro. De estos
amores antinaturales va a nacer un híbrido: el Minotauro, un ser con
cuerpo de hombre y cabeza de toro, que se alimenta de carne humana.
Cuando Minos descubre lo acontecido decide ocultar al Minotauro, ya que
no podía matarlo por ser nieto de un dios.
Entonces encarga a
Dédalo la construcción de un lugar del que el monstruo no pudiese salir
nunca: el laberinto. Pero el minotauro necesitaba comer carne fresca.
Por tal motivo, Minos impone a los atenienses la carga de enviar a Creta
víctimas sacrificiales: siete muchachos y siete muchachas cada nueve
años.
Los jóvenes sacrificados por Pinochet
En
Coquimbo, chile, hay un monumento conmemorativo que se llama el Mirador
de los Ángeles. Es una lápida en forma de libro abierto. Ese monumento
fue erigido para recordar la trágica desaparición de Jim Christie Bossy,
de 7 años de edad, cuando esperaba la navidad de 1973. La tarde del 24
de diciembre jugaba en la calle junto a Rodrigo Javier Palma Moraga, de 8
años. Ambos fueron ultimados por miembros del Ejército que custodiaban
gasoductos en el sector de La Herradura. La madre de Jim, Maria Josefina
Bossy Berruyer, fue arrestada en el regimiento Arica, acusada del
secuestro de su hijo, sometida a vejaciones por los militares.
Cuatro
años más tarde, los cuerpos de los menores aparecieron en el mismo
lugar donde se les perdió huella, el mismo sector tantas veces rastreado
sin resultados. En 2002, el juez Juan Guzmán Tapia ordenó la exhumación
de los cuerpos, certificando los impactos de bala que provocaron ambas
muertes.
Ese no fue un caso aislado. “Sergio Alberto Gajardo
Hidalgo, un adolescente chileno de 15 años, caminaba por una población
de Santiago rumbo a la casa de sus tíos el 15 de setiembre de 1973
cuando fue baleado por una patrulla militar en la cabeza, cuatro días
después del golpe de Estado que derrocó a Salvador Allende. Sus
familiares buscaron desesperadamente su cuerpo hasta 1991, cuando lo
encontraron en una tumba NN del cementerio de Santiago. Una suerte
similar corrieron Nadia Fuentes, que recién había cumplido 13 años, y la
jovencita embarazada Elizabeth Contreras, ejecutada por la policía
chilena tras hacerla correr, dispararle y arrojar su cuerpo al río
Mapocho en octubre de 1973. Estos son algunos casos de los niños
víctimas del régimen militar del general Augusto Pinochet” (
El Clarín, 29/01/1999).
En
total, son 307 los jóvenes y niños registrados, de 20 años y menos, que
murieron o desaparecieron por acciones ejercidas por agentes del Estado
durante la dictadura de la junta militar dirigida por Augusto Pinochet,
entre el 11 de septiembre de 1973 y el 11 de marzo de 1990.
Como
puede verse, muchos de estos menores de edad no mueren como consecuencia
de la militancia política de sus padres, o por estar junto a ellos al
momento de su detención. Son víctimas de la orgía de violencia que se
desata desde el poder, el rostro más oscuro de la muerte, la condición
humana a su nivel más bajo. En situaciones como estas de barbarie surge
de nuevo el ansia del Minotauro.
Los jóvenes sacrificados por las mafias mexicanas
También
exigen su cuota de sangre joven las democracias que han sido tomadas
por la corrupción y el crimen organizado. Desde hace casi tres años, nos
hemos acostumbrado a ver manifestaciones en México que llevan
fotografías de unos jóvenes normalistas, que desaparecieron en
condiciones muy oscuras.
Según la procuraduría mexicana, la noche
de la desaparición de los estudiantes en 2014, un grupo de policías
municipales uniformados, probablemente con permiso o incluso por orden
directa del alcalde de Iguala —casado con una hermana de dos operadores
de un cartel del narcotráfico—, detuvo a los estudiantes cuando trataban
de apoderarse de cuatro autobuses para desplazarse a una manifestación
en la capital. Seguidamente los entregó a un grupo de sicarios de la
organización criminal Guerreros Unidos que los interrogó, asesinó y
quemó en el basurero de Cocula. El gobierno argumentó que Guerreros
Unidos había confundido a los estudiantes con miembros de Los Rojos, una
agrupación criminal rival.
La persecución y detención de los 43
estudiantes, y el asesinato de al menos seis personas más aquella noche
de septiembre en Iguala duró horas. Tiempo en que las fuerzas de la
policía municipal actuaron ante los ojos y la complicidad del ejército,
que no intervino, según consta en la investigación, divulgada por
diferentes medios locales.
Los jóvenes sacrificados por el apartheid
Los
regímenes racistas también están dispuestos a exigir su cuota de
sangre. En Soweto, un barrio al oeste de la ciudad sudafricana de
Johannesburgo, hay una fotografía conmemorativa de los sucesos que
ocurrieron allí en la época del
apartheid. La imagen registra al cadáver de Hector Pieterson, un chico de solo doce años, en los brazos de un compañero de escuela.
La
“masacre de Soweto” fue una violenta represión contra una manifestación
en el suburbio del mismo nombre, que tuvo lugar el 16 de junio de 1976.
Esta protesta fue realizada por los jóvenes de raza negra en oposición a
las políticas educativas discriminatorias instauradas por el gobierno
del Partido Nacional. Los jóvenes exigían la supresión del Decreto que
imponía el Afrikáans, un derivado del holandés, la lengua de la minoría
blanca, sobre el inglés y los dialectos tribales, por considerar esta
imposición ofensiva. Los activistas convocaron a la mayor cantidad
posible de escolares para marchar por las calles de Soweto.
Ante
el creciente número de manifestantes, la policía lanzó perros de presa
contra los escolares. Cuando éstos reaccionaron apedreando a los perros,
los agentes policiales dispararon armas de fuego sobre la multitud. La
manifestación salió de todo control y las autoridades enviaron en el
curso del día cerca de 1.500 policías con armas de fuego de largo
alcance para dispersar a tiros a la multitud, con órdenes de
“restablecer la calma a todo precio”. Al final del día, el Gobierno
sudafricano había asesinado a 566 niños. Una de las primeras víctimas de
esta masacre fue Hector Pieterson.
El fin de la infancia
Cuando
hablamos de situaciones como esta, donde el poder muestra toda su
irracionalidad, aparecen estos minotauros sedientos de sangre. En ellos
se revelan los aspectos más oscuros de la psicología humana. Conflictos
como esos son plasmados en la novela
La edad de hierro, de J. M. Coetzee, que narra el cuadro espantoso del
apartheid
en Sudáfrica y sus consecuentes miserias humanas. Allí los jóvenes se
ven enfrentados a un régimen injusto, donde los gobernantes están
dispuestos a inmolar a los jóvenes en el altar de la opresión. Nadie
parece estar a salvo de la insaciable voracidad del Minotauro.
Lo recordamos, cuando en estos 50 días de protesta venezolana, 8 de los 48 fallecidos tienen menos de 18 años.
Nos
queda el consuelo de pensar que la destructividad del Minotauro no está
dirigida solo al exterior, sino que conlleva una pulsión suicida. De
acuerdo a un relato de Borges
, La casa de Asterión, la
vehemente soledad del Minotauro era solo comparable al miedo que
inspiraba por todas partes. Así que, junto a su insaciable apetito, irá
creciendo en su interior su tentación autodestructiva.
Eso explica
el paradójico final del cuento de Borges, cuando Teseo, un joven héroe
ateniense, que iba entre los muchachos ofrendados al Minotauro, cuenta
la inusual actitud del monstruo al perecer en sus manos:
“El sol
de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un
vestigio de sangre. —¿Lo creerás, Ariadna? —dijo Teseo—. El minotauro
apenas se defendió”.
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