Después del reciente Congreso del PSOE el Gobierno de Rajoy podría tener los días contados.
Ha
cumplido su misión histórica de contener el descontento popular frente
al Estado, en una sociedad traumatizada por la crisis del
neoliberalismo. Ha servido a las mil maravillas para hacer valer un
mensaje a los ciudadanos: ‘resignaos, es lo que hay y vosotros habéis
consentido en ello’. En este lustro de crisis se ha revelado la
verdadera naturaleza del sistema social capitalista a una población, que
se ha visto retratada en la corrupción y el cinismo de sus
representantes políticos. Ahora los españoles saben con qué retorcidos
mimbres está construido el Estado borbónico, pero no les importa. Lo
prefieren a la guerra civil que estos bandidos podrían promover para
robar al pueblo trabajador, si no se les deja apropiarse de los bienes
públicos por las buenas. Es una larga tradición española, por no decir
liberal.
El PP está amortizado; tocado de muerte por los escándalos de la
corrupción, es un fantasma del pasado encadenado a las estructuras del
poder, para sostener un Estado que amenaza con hundirse. La estocada
mortal la dio Irene Montero durante la ‘emoción de censura’, con el
relatorio pormenorizado de sus fraudes ante un primer ministro
inmutable, que ni siente ya ni padece –anestesiado por la misma
enormidad sobrecogedora de sus latrocinios-. Todo lo que el pueblo llano
llama un caradura. El Informe Montero sobre los procesos judiciales del
partido de gobierno nos presenta un panorama desolador sobre el estado
de la democracia representativa. Pero ¿es que se podía esperar otra cosa
de un régimen heredero del franquismo?; cuarenta años de dictadura tras
la destrucción de la clase obrera consciente han creado este genuino
producto
made in Spain que es el PP.
A la monarquía le urge salir de este compromiso y tapar de paso sus
propias vergüenzas. O bien la política española puede convertirse, si no
lo es ya, en un sainete con el Convidado de Piedra como personaje
principal. Mientras Rajoy y sus compinches representan su papel de
bribones para salvar al patrón del Bribón, la jefatura del Estado con el
rey Felipe a la cabeza –hijo del Bribón por más señas-, busca la
solución a la crisis del Estado. Lo asombroso es que ese tingladillo de
feria no se haya derrumbado antes estrepitosamente, ¿cuánto tiempo va a
durar todavía? Y es que la estructura de clases aguanta estos
contratiempos; si no nos dejemos llevar por las engañosas apariencias, y
vamos a lo que cuenta de verdad, lo que siempre ha contado son los
poderes fácticos, férreamente controlados por la oligarquía
española. Sin menospreciar el papel del representante político, debemos
reconocer que el orden de la representación no se corresponde con el
orden real del poder y la influencia. El gobierno del PP durará todo el
tiempo que sea necesario para que los poderes fácticos puedan
sustituirlo con garantías de éxito. Y eso es lo se ha de dilucidar aquí:
cómo se está preparando el recambio.
Hace poco más de un año se produjo el primer intento de reforma, con
el PSOE aliado al bloque conservador. Fracasó porque dejaba fuera a una
disidencia muy amplia agrupada a la izquierda, y porque la corrupción
del PP le hacía inviable para las tareas de reconstrucción del
Estado. La investidura de Sánchez con los votos de Ciudadanos resultó un
brindis al sol, porque el partido conservador con Rajoy a la cabeza no
quiso abandonar el poder, facilitando el proceso reformista con su
abstención. El bloque conservador se resquebrajó, pero lo más curioso es
que el PSOE, dominado por las inercias del juancarlismo, validara esa
actitud prepotente defenestrando a Sánchez. Claro que previamente el
segundo intento de aglutinar una opción reformista había fracasado en
unas elecciones que dieron mayoría al PP. Ahora tras el castigo sufrido
por la denuncia pública de su dolo, es de suponer que el gobierno
conservador va a aflojar sus pretensiones de permanecer en el poder
–¡aunque nunca se sabe!, ¿eh?
Nos enfrentamos, pues, a la tercer intento de reforma tras la moción
de censura. ¿Qué es lo que se está cociendo en las cocinas del poder
político por detrás de la previsible caída del primer ministro? Es aquí
donde hace su reaparición estelar ese chico ambicioso que quiere ser
presidente del gobierno a toda costa, además de secretario del PSOE. En
su tenaz tozudez tal vez podamos entrever las intenciones de un designio
real: ¿es posible que la monarquía haya encontrado en Sánchez a su
hombre, el primer ministro que traerá las cosas al orden de una nueva
normalidad tras el revuelo del último lustro? El nuevo secretario de un
‘nuevo PSOE’, esta réplica de González, ha de traernos un final feliz
de la historia; después de tanto susto,… ¡que la crisis nos traiga una
reedición de la Transición aunque sea en clave menor¡
Dicho en los conocidos términos gatopardianos: todo tiene que
cambiar, para que nada cambie. Se suceden los rostros, los nombres de
los personajes, los contenidos emocionales, la materia inestable del
mundo que siempre cambia; se mantienen las formas civilizadas, la
estructura de clases, las esencias y los valores eternos, el orden
sagrado de la patria, la monarquía que la encarna.
Mi pronóstico: Felipe ha encontrado en Pedro Sánchez el administrador
de sus reales dominios, ¿dará la talla de la misión que se le
encomienda? No suelen equivocarse los miembros de esta familia borbónica
al elegir a sus hombres, no en vano llevan más tres siglos dirigiendo
los destinos de España –incluyendo la guerra civil contra la República,
no olvidemos que los generales alzados eran monárquicos-. El papel que
le toca a Sánchez es como el que tuvo que representar González en los
80: reconstruir un Estado en estado de descomposición. A González se le
puede tachar de lo que se quiera, pero no se le pueden negar las dotes
de estadista. Es verdad que nos dejó un país desastroso, pero mientras
tanto, ¡qué bien disimulado lo tenía en las largas décadas de la bonanza
juancarlista! Que fueron las décadas del milagro neoliberal en el
mundo: el Estado español sabe adaptarse a su manera a los vientos que
corren por la modernidad europea.
He dicho ‘milagro’, quería decir espejismo –el espejismo neoliberal-,
perdonen la ironía y volvamos al tema que nos ocupa. Si es cierto
aquel axioma de la teoría política, según el cual ‘la historia siempre
se repite dos veces’, entonces, ¿será Sánchez el Gónzalez de Felipe?
Mientras Rajoy –Suárez redivivo- sostiene impertérrito, abnegadamente,
el timón del Estado en tiempos de procelosa crisis económica, política y
social, se prepara un nuevo equilibrio de poderes que haga factible la
continuidad del orden social. Suárez tenía que salvar del juicio de la
historia a los criminales fascistas que gobernaron la España
dictatorial; Rajoy a los chorizos que han gobernado la España
democrática –debe ser verdad que cuando la historia se repite, primero
lo hace como tragedia, y la segunda vez como comedia-.
Echemos un vistazo a los factores objetivos que van a determinar la
forma del renovado Estado borbónico. Hemos de distinguir múltiples
circunstancias externas e internas. En primer lugar, la crisis del
neoliberalismo está desembocando, por un lado, en fuertes movimientos
sociales de cariz peligrosamente violento e irracional, integrismos,
nacionalismos extremistas y excluyentes, belicismo, que están
representados incluso en gobiernos europeos. La oligarquía dominante ha
visto el peligro y está comenzando a modificar sus puntos de vista
acerca de la política a seguir. La sustitución de Benedicto XVI por
Francisco es un buen ejemplo de como las instituciones tradicionales
están reaccionando ante ese problema, cambiando el rumbo de sus
intervenciones culturales sobre la conciencia del pueblo.
Desgraciadamente los países musulmanes todavía no han comprendido la
gravedad de la crisis. Para ser más precisos, los países musulmanes
manipulados por la oligarquía representan el frente más radicalmente
derechista en la actual coyuntura neoliberal.
Pues la cuestión es que el bloque asiático Ruso-Chino-Indio resulta
imparable, y hay que empezar a adaptarse al nuevo mundo de hegemonía
china –o plantar un desafía bélico monumental y volver al fascismo, no
es otro el sentido de la elección de Trump-. Por eso tenemos unos
partidos reformistas de izquierda liberal que vuelven a plantearse
programas socialistas: Sanders, Corbyn, Costa y ahora Sánchez. Y además
esos programas de reformismo avanzado pueden funcionar, como está
demostrando el gobierno portugués. Es decir, hay un notable giro de los
acontecimientos a nivel internacional, que está enterrando
definitivamente la pesadilla neoliberal de las últimas décadas y
devolviéndolos a la regulación estatal de la economía –a menos que
vuelva a triunfar el fascismo.
Y ahora volvamos al problema español: seguramente, lo más acertado
sería decir que el personaje Sánchez ha sido creado por Felipe -esto es,
por el grupo de materia gris que dirige el Estado español-; para hacer
esta deducción me baso en la aplicación de los axiomas políticos
referidos –a los que se pueden añadir la filosofía orteguiana de que la
historia es el fondo de experiencia de donde extraer las lecciones para
la dirección política-, y también en el tufo conservador que se
desprende de las sucesivas maniobras políticas de los últimos meses
–conservador de la monarquía borbónica, quiero decir-. Y en el
contorsionismo histriónico de Sánchez –primero pacta con Ciudadanos,
luego dice que ‘no es no’, luego conquista el PSOE por aclamación y
ahora reconoce la pluralidad de naciones y se va con la izquierda, toda
una aventura-, hemos de ver las dudas y contradicciones de la actual
coyuntura política.
Lentamente el Régimen borbónico encuentra la salida a sus cuitas,
navegando el proceloso mar de la crisis capitalista. Se está perfilando
una nueva mayoría parlamentaria que se ha presentado en público durante
la moción de censura. Sánchez en el centro de una coalición entre la
burguesía nacionalista periférica y la izquierda proletaria española. No
otra cosa fue el advenimiento de la II República. Ahora la monarquía,
aprendida la lección de la historia, será ella misma la forjadora de esa
coalición –
ad maiorem gloria Dei-, y una vez reconocido y
naturalizado el plurinacionalismo del Estado español, Felipe VI será el
rey de ‘todas las Españas’. La extrema derecha está que trina.
Escrito por Miguel Manzanera.