Daraya, un suburbio de la capital siria y que estuvo un lustro
bajo control de los rebeldes, le dio una lección al mundo. En la
localidad –bombardeada todos los días, incluso con napalm–, algunos
jóvenes de la resistencia hallaron un tesoro: miles de libros
abandonados. Se impusieron la tarea de protegerlos a toda costa… y así
nació la biblioteca secreta, la que no sólo conservó ese tesoro durante
años, sino que se dio el lujo de organizar conferencias y debates –vía
satelital– y de imprimir una revista bimestral con consejos prácticos
para sobrevivir al asedio. Pero el paraíso se acabó en septiembre de
2016, cuando las tropas del gobierno tomaron la plaza. Ahora los
volúmenes de la biblioteca secreta se malbaratan en los mercadillos de
Damasco.
PARÍS (Proceso).- Esa mañana fresca de octubre de 2015 Delphine
Minoui consultaba las páginas web y de Facebook dedicadas a Siria. Es la
primera tarea diaria de esa reportera del matutino francés Le Figaro.
De pronto llamó su atención una imagen publicada por Humans of Syria,
un colectivo de fotógrafos sirios: acaba de ser tomada en el infierno
de Daraya, un suburbio de Damasco hostil al régimen de Bashar al-Assad.
En ella, sin embargo, no se vislumbra la mínima huella de combates ni
destrucción. Muestra a dos jóvenes en una cómoda sala de lectura,
bañada por una insólita luz artificial, con estanterías blancas llenas
de libros, mesas de trabajo, sillas, sillones. Uno está sentado,
leyendo. Otro, de espaldas, parece buscar algún ejemplar. El pie de foto
asombró a la periodista: “Biblioteca secreta de Daraya”.
Radicada en Estambul, la reportera lleva dos décadas cubriendo la
información de los países de Medio Oriente. Desde 2011 escribe con
frecuencia sobre la situación siria y conoce de sobra la tragedia de
Daraya, una ciudad de 250 mil habitantes, siete kilómetros al suroeste
de Damasco, en una fértil llanura agrícola.
En marzo de 2011, al inicio de la Primavera Árabe, los jóvenes de ese
suburbio, que tiene cierta tradición de rebeldía, fueron de los
primeros en movilizarse para manifestar pacíficamente sus aspiraciones
democráticas.
La represión del régimen no tardó, y en febrero de 2012 se
recrudeció: tanques y soldados “invadieron” las calles de Daraya,
interrumpiendo los funerales de los activistas caídos en las marchas de
protesta. Murieron acribilladas 30 personas.
Daraya no se dejó intimidar y multiplicó las acciones de resistencia.
Seis meses después, el 25 de agosto, volvieron los tanques y las
tropas. La masacre duró tres días, le costó la vida a más de 500
personas y provocó un éxodo masivo, que redujo la población a 22 mil
habitantes. Esencialmente quedaron combatientes del Ejército Libre Sirio
(ELS), jóvenes activistas, y familias y ancianos imposibilitados de
huir.
Daraya no se dio por vencida: los resistentes eligieron un Consejo
Local para administrar el municipio, mientras brigadas del ELS
organizaron su defensa. A diferencia de la mayoría de las otras ciudades
rebeldes del país, aquí fueron los civiles los que mandaron.
El 8 de noviembre de 2012 Al-Assad ordenó sitiar Daraya, que así
quedó totalmente aislada del resto del país y sufrió bombardeos diarios.
Como atestiguan sobrevivientes y servicios de inteligencia europeos,
el 21 de agosto de 2013 dos misiles con gas sarín cayeron sobre Daraya.
Hablan solas las imágenes de centenares de pacientes amontonados en
corredores de un precario hospital: sufren crisis convulsivas y de
sofocación, sus pupilas están anormalmente dilatadas.
Tres años más tarde, el 4 de agosto de 2016, helicópteros militares
rociaron la ciudad moribunda con napalm. Los días 16 y 19 de ese mes,
nuevos bombardeos de napalm borraron del mapa el hospital. El 27 de
agosto los últimos 8 mil resistentes se rindieron.
Las autoridades sirias procedieron a la evacuación de la población
civil hacia la ciudad de Sahanya, bajo su control, y trasladaron a los
combatientes y activistas a Idlib, capital de la provincia homónima del
noroeste de Siria y controlada por distintos grupos rebeldes, entre los
que destaca Tahrir Al Cham, afiliada al Al Qaeda. Todo se hizo bajo
protección de la Media Luna Roja. Daraya está vencida.
Y fue 10 meses antes de ese dramático desenlace cuando Delphine
Minoui descubrió la biblioteca secreta. Ese hallazgo le pareció tan
inverosímil que movió todos sus contactos dentro y fuera de Siria para
esclarecer el misterio. Informantes fidedignos le aseguraron que sí
existía ese lugar.
El 15 de octubre de 2015 la reportera entró en contacto, vía Skype,
con Ahmad. Tenía 23 años. Estudiaba ingeniería civil en la Universidad
de Damasco cuando se involucró en la Primavera Árabe, en 2011. Fue un
pilar de la biblioteca secreta de su ciudad asediada.
Al paso de los días, y pese a las aleatorias comunicaciones por
Skype, Facebook y WhatsApp, Delphine y Ahmad pudieron tejer una relación
de confianza.
Poco a poco el activista contó a la reportera la historia fuera de lo
común de un oasis de cultura escondido bajo tierra, donde lectores
jóvenes escapaban a la deshumanización de la guerra, se olvidaban
durante unas horas de las bombas, del miedo, del hambre, de la
desesperanza y de la muerte.
Son sus relatos y los testimonios de sus compañeros los que Minoui
reúne en Les Passeurs de livres de Daraya, une bibliothèque secrète en
Syrie (Los coyotes de libros de Daraya, una biblioteca secreta en
Siria), libro publicado a finales del año pasado en Francia.
El rescate
Todo comenzó en diciembre de 2013, el día en que Ahmad y sus amigos
descubrieron centenares de libros bajo los escombros de una casa
destruida por las bombas. Los jóvenes conocían al dueño del lugar: un
director de escuela que había huido de Daraya y abandonó todos sus
bienes.
Leer no es el punto fuerte de los activistas. Consideraban los libros
instrumentos de propaganda de la dinastía al-Assad. Pero no dejó de
impresionarlos la cantidad de volúmenes esparcidos entre las ruinas.
Descubrieron libros de filosofía, ciencia, psicología, poesía, teología,
literatura, política, sociología. Casi todos en árabe; había otros en
inglés. Muchas eran obras censuradas.
No daban crédito; sintieron que tenían a su alcance una fuente inagotable de conocimiento. Decidieron salvar los libros.
Consiguieron una pick up y cargaron cuantos volúmenes pudieron, a
toda prisa entre dos bombardeos, y los guardaron en un lugar seguro. No
tardaron en juntar a otros 40 jóvenes que se sintieron obligados a
cumplir una misión capital, aunque no alcanzaban a medir su alcance.
Durante días y días todos se dedicaron al rescate de los libros de
Daraya. Se asomaron a mezquitas devastadas, exploraron casas
abandonadas, se deslizaron a oficinas derruidas, visitaron escuelas
asoladas e incansablemente recogieron libros.
Al cabo de un mes tenían 15 mil. Con mucho cuidado apuntaron en la
primera página de cada uno de los volúmenes el nombre del dueño –si lo
conocían– o el lugar donde fue encontrado.
“No somos ladrones ni saqueadores”, enfatizaba Ahmad a Delphine.
“Estos libros pertenecen a los habitantes de Daraya. Algunos ya están
muertos. Otros se fueron. Otros están encarcelados. Cuando acabe la
guerra, sus propietarios o sus familiares podrán recuperarlos.”
¿Qué hacer con tantos libros? La respuesta se impuso pronto: abrir
una biblioteca. Sería la primera jamás creada en ese modesto suburbio.
Los rescatistas se adueñaron del amplio sótano de un edificio vacío,
cerca de la línea del frente en la que combatientes del ELS defienden la
ciudad, y también en las proximidades del Centro de Comunicación del
Consejo Local, vocero oficial del grupo opositor que dirigía Daraya.
Se arremangaron y limpiaron, pintaron, armaron estanterías.
Consiguieron muebles y un generador de electricidad. Registraron todos
los libros, los clasificaron por temas y en orden alfabético, sin
censurar obra alguna. Redactaron un estricto reglamento de préstamos.
Y finalmente, a principios de 2014, inauguraron su biblioteca
secreta, que abría de las 09:00 a las 17:00, salvo los viernes, día
feriado en los países musulmanes, o cuando los bombardeos eran demasiado
nutridos.
“La biblioteca es el símbolo más fuerte de nuestra ciudad insumisa”,
proclamaba Ahmad. “Nos enorgullece construir algo cuando todo se
derrumba a nuestro alrededor”.
Al principio el lugar acogía a unos 25 lectores diarios. Sólo
hombres. Las mujeres y los niños casi nunca salían de sus casas o
albergues. Los maridos, hermanos y padres pedían prestados los libros
para sus familiares.
Con el curso de los meses la biblioteca secreta se convirtió en el
alma de la ciudad asediada. Los lectores fueron cada vez más numerosos y
creció el número de combatientes del ELS que pasaban sus horas de
descanso leyendo. Muchos llevaban literatura a la línea de combate.
Las actividades de la biblioteca se diversificaron. En salas anexas,
debidamente acondicionadas, se empezaron a impartir cursos de ciencias
políticas o de inglés. Se armaron debates sobre los libros más leídos,
sobre la democracia, su historia, sus conceptos, su construcción…
Gracias a satélites recuperados al principio de la primavera de 2011 y
al ingenio de los activistas, los bibliotecarios organizaron ciclos de
conferencias vía Skype con expertos árabes que viven fuera de Siria,
debates con opositores exiliados…
“Sumergirse en el mundo de las ideas y de la reflexión aleja
temporalmente la guerra y le da un carácter provisional”, comentaba a
Delphine un lector asiduo.
Tan fuerte fue la estimulación intelectual generada por la biblioteca
secreta, que Ahmad y sus compañeros se animaron a realizar y
“publicar”, muy artesanalmente, una revista bimestral con un tiraje de
500 ejemplares. Se llamaba Karkabeh (Caos) y era una especie de manual
de sobrevivencia para los habitantes de una ciudad al borde de la
agonía, donde todo escaseaba.
Ahí, los flamantes periodistas explicaban a sus lectores cómo hacer
potable el agua de lluvia o cómo quemar plástico para obtener
carburante. Pero también escribían sobre deportes, cine, política,
literatura o historia. Se expresaban en un estilo depurado y con mucho
humor negro. Buscaban mantener lazos sociales en su gueto y reírse para
no enloquecer, decían.
“Daraya es una ciudad que escribe sobre su vida diaria mientras lucha
para no morirse, que se burla de sí y de sus terrores para dominarlos
mejor”, comentaba Delphine, admirada.
Los más leídos
“¿Cuales son los autores más leídos?”, preguntó la reportera a los
visitantes de la biblioteca secreta, en azarosas entrevistas vía Skype.
Llamaban la atención las eclécticas respuestas: Ibn Khaldum e Ibn
Qayyim –teólogos del siglo XIV, el primero, egipcio, y el segundo,
sirio– se codeaban con Shakespeare, Proust o Coetzee.
El Principito, de Saint Exupéry, les encantaba, pero también pasaban
horas leyendo los poemas de amor del sirio Nizar Kabbani (1923-1998,
considerado uno de los mayores poetas árabes modernos) o las obras de
otro gran bardo contemporáneo, el palestino Mahmud Darwish (1943-2008).
Sin embargo, algunas respuestas dejaron perpleja a la reportera francesa.
Por ejemplo, muchos jóvenes señalaron con entusiasmo las traducciones
al árabe de El Alquimista, de Paulo Coelho. Explicaron que la epopeya
de ese pastor andaluz que “se desafía a sí mismo” y lo arriesga todo en
busca de su “leyenda personal” les hablaba de su propia odisea y
consolidaba su fe ciega en la utopía de una libertad infinita. Les
ayudaba mucho, dijeron, creer que la voluntad del ser humano puede mover
montañas…
Todos los lectores, sin excepción, calificaron de “obra maestra” y
“auténtica revelación” Al Qawasa (El caparazón), libro autobiográfico de
una dureza extrema, en el que Mustafa Khalifé, cristiano sirio, cuenta
los 12 años atroces (1982-1994) que pasó en las cárceles de Hafez
al-Assad. El libro siempre estuvo prohibido en Siria.
Delphine quedó otra vez estupefacta cuando supo que el libro que
disputó a Al Qawasa el título de obra predilecta en Daraya era nada
menos que Los siete hábitos de la gente altamente efectiva, un manual de
desarrollo personal escrito por Stephen Covey (1931-2012), hombre de
negocios bastante avispado que se convirtió en adinerado campeón de la
autorrealización.
Sus entrevistados fueron unánimes. El libro les dio armas para
sobrevivir en el infierno de su ciudad-cárcel… Covey es el psicólogo que
soñaban consultar, el sabio consejero que los entendía mejor que nadie…
“Los siete hábitos de la gente altamente efectiva me enseñó a
organizar mis ideas, a pensar en forma positiva, a aceptar a los demás
con sus diferencias y a mantener un clima de emulación sana entre
todos”, le confió Ahmad.
El libro no había aparecido entre los escombros de Daraya. Los
jóvenes lo descargaron de internet y a duras penas imprimieron dos
ejemplares, en hojas sueltas, que pasaron por centenares de manos y
acabaron hechos trizas.
Los siete hábitos de la gente altamente efectiva desató tanto
interés, que los bibliotecarios organizaron dos ciclos de conferencias
vía Skype con especialistas en autoayuda y desarrollo del capital
humano.
Otros grandes éxitos de la biblioteca secreta: los testimonios sobre
el cruento cerco que los serbios impusieron a Sarajevo durante cuatro
años. Los jóvenes resistentes de Daraya descubrieron varios libros sobre
el tema en su biblioteca secreta y de inmediato se identificaron con
los 350 mil habitantes de la asediada capital de Bosnia Herzegovina.
“En los momentos de profundo desasosiego nos da mucha fuerza interior
leer testimonios de quienes pasaron por lo mismo que nosotros, nos hace
sentir menos solos, menos vulnerables”, dijo Ahmad.
Gracias a una red de contactos, los resistentes de Daraya lograron
comunicarse vía WhatsApp con sobrevivientes de Sarajevo… El contacto se
dio enseguida entre bosnios y sirios: emoción, solidaridad, consejos
prácticos e intercambio de experiencias.
Pasaron los meses, se recrudecieron los ataques aéreos, y el verano
de 2016 se volvió terrorífico. A los bombardeos masivos con explosivos
sucedieron los de napalm.
Ahmad le aseguró a Delphine que 90% de las casas y edificios de
Daraya fueron aniquilados. También le habló de los habitantes sepultados
bajo los escombros, de la imposibilidad de atender a todos los heridos,
de la falta de anestésicos, del cementerio que se ampliaba cada día y
del ritmo acelerado de los entierros en cadena sin ceremonias ni rezos.
Las tinieblas envolvieron Daraya.
El saqueo
El 27 de agosto de 2016 Ahmad, directivos de la biblioteca secreta y
lectores, activistas y combatientes del ELS abordaron autobuses de la
Media Luna Roja para ser trasladados a Idlib. Grabaron con sus celulares
los escombros de su ciudad derrotada.
El 12 de septiembre de 2016 Bashar al-Assad recorrió triunfal las
calles fantasmagóricas del suburbio. Uno de los escasos reporteros
autorizados a acompañarlo tomó fotos de la biblioteca secreta saqueada.
Las estanterías estaban vacías, pero no eran muchos los libros tirados
en el piso.
¿Dónde están los 15 mil volúmenes que llenaban de orgullo a los resistentes de Daraya?
A finales de septiembre de 2016 Ahmad contactó a Delphine desde
Idlib. Ya indagó el destino del tesoro que permitió a tantos jóvenes
crecer como seres humanos, pese a tener a la muerte pisándoles los
talones.
Los libros no acabaron en una hoguera, como temían sus lectores.
Miles fueron robados por los soldados del régimen y ahora se malvenden
en las banquetas del mercado de pulgas de Damasco.
Este reportaje se publicó el 14 de enero de 2018 en la edición 2150 de la revista Proceso.
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