La nación cubana empezó a fomarse a fines del siglo XVIII pero
dos sucesos marcaron su destino: la lucha por su independencia y la
abolición de la esclavitud, en 1895; y el triunfo de la Revolución
Cubana, en 1959. El pensamiento ético de la liberación, forjado desde el
siglo XIX, ha sido eje en ese proceso de formación

La Habana, Cuba. La contraposición entre las corrientes de
pensamiento ético relacionadas con la dependencia y la emancipación
condujeron en gran medida al surgimiento de la nación cubana y a la
definición de elementos de la cultura, hábitos, tradiciones y mitos
constitutivos de su identidad.
En esta isla, la formación de valores autóctonos estuvo determinada
por la contradicción entre ambas direcciones de pensamiento y, a lo
largo de la historia nacional, los distintos acontecimientos que
enrumbaron el destino del país fueron dictados por su naturaleza
irreconciliable.
Hace 150 años, cuando los hacendados del Oriente del país tomaron las
armas el 10 de octubre, producto de las agudas contradicciones
políticas y las diferencias socioeconómicas entre las regiones, quedó
planteada una propuesta –por primera vez con efectos– que juntaba, entre
otros intereses de la nacionalidad, la independencia, la libertad y la
abolición de la esclavitud.
El alzamiento encontró acogida en vastos sectores populares. Según
Carlos Manuel de Céspedes, iniciador de las luchas, Cuba necesitaba de
todos sus hijos para conquistar la independencia.
Por tanto, la categoría de ciudadanos hecha por el
Padre de la Patria
también incluía ‘a los parias de la sociedad esclavista: los pardos y
morenos de la factoría, los mulatos y negros de la colonia, los
campesinos y jornaleros, a todos los que se encontraban repudiados bajo
el régimen español de segregación’, apunta el historiador Jorge Ibarra
en
Ideología mambisa.
Luego, en Guáimaro, la Constitución allí aprobada solo acotó la
nacionalidad proclamada por Céspedes, señalando que ‘todos los
ciudadanos de la República se consideran soldados del Ejército
Libertador’.
De tal forma, la suerte de la cubanidad quedaba vinculada a la
existencia de la patria como entidad libre y soberana. El rasgo
simbólico más importante en este sentido fue la Constitución de la
República de Cuba en Armas. Esto estableció que la contienda iniciada
era una confrontación entre dos naciones.
Los logros de la
Guerra de los 10 años (1868-1878) no se
limitaron a la integración de los cubanos en pos de un ideal común y el
surgimiento de diversas instituciones (entre ellas, la República en
Armas y el Ejército Libertador), también aparecieron elementos que
paulatinamente se convirtieron en aspectos de lo
identitario nacional, como el propio término ‘mambí’.
A pesar de que en este periodo hubo contradicciones entre los
dirigentes de la revolución, “al proclamar la confraternidad étnica, la
igualdad jurídica y la libertad política, la vanguardia revolucionaria
de 1868 sentaba las bases definitivas para la formación de la nación
cubana”, afirma Ibarra.
¿Cómo se llega a tal punto?
Si bien las guerras independentistas en la segundad mitad y finales
del siglo XIX marcan el periodo de cristalización de la nación cubana,
las décadas previas a ese momento contienen el sustrato teórico de la
insurrección y arrojan luz sobre el devenir de la isla hasta el
presente.
Para muchos historiadores, el proceso de formación de la nación
comenzó a finales del siglo XVIII y continuó a lo largo de todo el XIX,
aunque también existen elementos confirmatorios de la presencia de un
pensamiento sobre cuestiones genuinamente cubanas anteriores a esta
enmarcación temporal.
Según el destacado intelectual cubano Cintio Vitier (en
Ese sol del mundo moral),
es notable la temprana influencia que tuvo en la formación de la
nacionalidad un pensamiento ético vinculado al sentido de la justicia,
al sacrificio del individuo en aras de los intereses sociales y al ideal
de progreso por medio de la educación, la cultura, la ciencia y el
pleno ejercicio de la libertad natural al ser humano.
De acuerdo con el historiador Eduardo Torres-Cuevas, en el siglo
XVIII se dan dos momentos importantes en el desarrollo de una conciencia
propia. El primero ocurre pasada la primera mitad de la centuria,
cuando aparecen en el país las primeras obras de autores criollos que
responden a la necesidad del reconocimiento de las raíces y la
definición de un pueblo diferente.
El segundo se inicia a partir de 1790 con el proceso de creación de
una comunidad intelectual que posibilitó la racionalización del
sentimiento indefinido del criollo: el desarrollo de una autoconciencia
de sí, dice el académico en el artículo
En busca de la cubanidad II.
Durante el periodo fue de vital importancia la figura del sacerdote
Félix Varela, quien en la primera mitad del siglo XIX propuso una
combinación de ética y patriotismo en la que enunció una fórmula de
cubanía antisegregacionista, apoyada en la definición de los objetivos,
valores y relaciones que debían regir a la nación.
“El carácter electivo del pensamiento vareliano, basado en el arte de
razonar y en la experiencia, permitió trazarle un rumbo propio al
pensamiento cubano. Necesariamente esta actitud implicaba el desarrollo
de una conciencia cubana, no porque existiese la nación, sino por la
aspiración a crearla”, alegan Torres-Cuevas y Oscar Loyola en
Historia de Cuba: 1492-1898.
Varela estaba convencido de que Cuba permanecería un tiempo
prolongado bajo dominio español, por lo que se necesitaba que cada
cubano se desligara de la mentalidad colonial para ayudar a construir el
sueño de la patria.
Su pensamiento ético está asociado a los orígenes de la liberación de
la isla, a la defensa de su peculiar singularidad, de su derecho a
constituirse como nación, y al rechazo de cualquier forma de anexión o
absorción cultural, apunta el periodista y académico Julio García Luis
en su tesis doctoral.
Para mediados de la década de los años 50 del siglo XIX, fue José de
la Luz y Caballero quien reanimó en la Universidad el estudio y
discusión de temas políticos y sociales.
Según este filósofo y educador, defensor de las concepciones
varelianas centradas en la idea patriótica, la acción de los cubanos
debía estar en cada una de sus actividades intelectuales o políticas,
pero, sobre todo, en la formación del hombre y con el fin de crear una
nación que no existía.
Luego, con el fracaso reformista en las Cortes Españolas se produjo
una verdadera dispersión ideológica entre los criollos. Muchos cambiaron
de concepciones políticas y, precisamente, fueron éstos los que con más
fuerza atacaron la idea patriótica de Varela.
“La crisis de valores unida a la presencia del recrudecimiento de
las luchas sociales, los llevaron a la negación de las consideraciones
patrias, primer paso en el camino al anexionismo pronorteamericano”,
explican Torres-Cuevas y Loyola.

Muy pronto estas corrientes antinacionales recalaron en el
anexionismo, que cobró fuerzas durante la década de los años 40 y el
primer lustro de los 50 del siglo XIX, inspirado en el triunfo dentro de
Estados Unidos de una tendencia expansionista y de la existencia de
opiniones en aquel país a favor de anexarse la isla.
Por ejemplo, la visión de Gaspar Betancourt Cisneros, figura
destacada del núcleo anexionista de Puerto Príncipe (actual Camagüey),
muestra a una Cuba que, anexada, “adquiriría riquezas sólidas, sin
escrúpulos, zozobras, ni peligros.
“Los 500 mil advenedizos no serían por cierto 500 mil salvajes
africanos, malayos e indios, que es la gente que los cubanos pueden
esperar que les permita traer el gobierno de España para cruzar y
perfeccionar su noble raza, sino serán 500 mil yankees, alemanes,
franceses, suizos, belgas, diablos y demonios, pero diablos y demonios
blancos, inteligentes, industriosos…”.
De un modo u otro, las clases dominantes demostraban un desprecio al
pueblo más allá de las consideraciones raciales y de su estatus
político-social. Por suerte sus voces no eran las únicas, también
existían otras, como la de José Antonio Saco, que, expresando el
pensamiento de lo nacional, manifestaban que aquellos no tenían más
patria que sus ingenios.
Saco fue uno de los primeros en utilizar el término patria como un
concepto globalizador, que implicaba la existencia de lo cubano como
factor diferenciante de lo español. Sin embargo, en su obra hay un
aspecto muy polémico referido a la raza: para él, la nacionalidad cubana
era la formada por los blancos (unos 400 mil individuos, a la fecha).
El recelo del negro se arraigaba hasta tal punto que, ante el peligro
de una guerra civil en la cual el esclavo volcase el quitrín de su amo,
la consigna del movimiento reformista era “Cuba española antes que
africana”, explica Jorge Ibarra.
No obstante, el aporte fundamental de Saco en lo referido a la nación
fue caracterizarla a partir de la constitución de un Estado y gobierno
propios. Además, su mayor temor era la posibilidad de la anexión de Cuba
a Estados Unidos, pues, de suceder, se diluiría la identidad de la
isla.
La anexión sería realmente una absorción por parte del país del norte
y la nacionalidad cubana perecería. A pesar de que los cubanos en aquel
momento no tenían realmente patria, al menos aspiraban a tenerla.
La creación definitiva de los cubanos
Volviendo al periodo de luchas insurreccionales, la capitulación del
Ejército Libertador no pudo detener la conformación de la nación, en
contraste, pudiera decirse que los años posteriores al final de la
llamada
Guerra Grande condujeron a la cristalización de la nacionalidad cubana.
Este proceso tuvo como soportes principales al pensamiento y la obra
de José Martí. Para el intelectual revolucionario –relata el
investigador checo Josef Opatrny– “la nación era una comunidad de
hombres de lengua, cultura, tradiciones y objetivos idénticos, entre los
que el cubano hacía hincapié en el logro de la independencia y la
constitución del Estado capaz de proteger los intereses de sus
habitantes y de garantizar los derechos cívicos e igualdad social”.
El discurso martiano partía de la afirmación de que en Cuba ya
estaban presentes las fuerzas necesarias para forjar una nacionalidad
propia y que éstas solo necesitaban ver en la insurrección el único
medio para quebrar el obstáculo opuesto a una existencia política: la
dominación colonial, reconoce el historiador español Antonio Elorza.
Martí creía que la pertenencia a la nación no debía recaer en un
decreto, sino en la adhesión libre y consciente de cada uno de sus
miembros. Como explica Eduardo Torres-Cuevas en
En busca de la cubanidad III, “Martí le dio al concepto de cubano el más profundo e integrador contenido social”.
Lo hizo mediante dos definiciones que han devenido reglas en la
búsqueda de la cubanidad: la primera cuando detalló que cubano era ‘más
que blanco, más que mulato, más que negro’, y la segunda, complementaria
de la anterior, contenida en su concepto de patria.
“Patria es humanidad”, y “no es más que el conjunto de condiciones
en que pueden vivir satisfechos el decoro y el bienestar de los hijos de
un país. No es patria el amor tradicional a un rincón de la tierra
porque nacimos en él: ni el odio a otro país (…) Patria es comunidad de
intereses, unidad de tradiciones, unidad de fines…”, escribió.
Otra de las características del proyecto martiano fue el
enfrentamiento a los modelos identitarios hispánico y anglosajón, lo que
le permitiría identificar los rasgos de la nación por su contraste
respecto a esos grupos. En esa misma línea, Martí reconoció en Estados
Unidos un peligro para la independencia de Cuba.
Con la preparación de la llamada
Guerra Necesaria –iniciada en 1895–, el artífice de la revolución ayudó a nuclear la conciencia de todo un pueblo en torno al ideal nacional.
Este último periodo del siglo XIX fue el que definitivamente “creó a
los cubanos, golpeó al racismo y a las castas, cerró a Estados Unidos la
posibilidad de anexarse a Cuba, unificó al territorio, construyó
ciudadanía, exigió una república con instituciones democráticas y
proveyó visiones de futuro del país”, afirma el ensayista Fernando
Martínez Heredia en su libro
El corrimiento hacia el rojo.
A partir de entonces comenzaría una nueva etapa en la cual, desde los
esfuerzos por dejar atrás el vínculo con España y, a la vez, alejarse
de la influencia norteamericana, van a redefinirse las representaciones
de la nación cubana.
Con el Tratado de París (1898) y el fin de la Guerra de Independencia
comenzó un proceso que convertiría a Cuba en neocolonia de Estados
Unidos y generaría diversas actitudes en torno a la existencia de la
nación en sí.
Tras la desaparición de la posibilidad de la soberanía verdadera de
la que hablase José Martí, la definición de los destinos de la isla se
hallaba en un debate entre las aspiraciones e intereses de los distintos
sectores sociales y políticos cubanos, los principales grupos
económicos norteamericanos, el gobierno estadounidense y sus
representantes en las fuerzas de ocupación.
La situación era bastante compleja y no era de extrañar que en todo
el territorio se respirase la incertidumbre. Para los del norte había
una cuestión que, aunque definida muchos años antes, finalmente tocaba
determinar cómo llevarla a cabo: el control de Cuba.

Aunque
en un primer momento la posición anexionista primó –sobre todo
defendida por el gobierno provisional en la figura de Leonard Wood–, lo
importante para quienes dictaban la política de Estados Unidos era que
la isla debía quedar bajo su dominio, la forma definitiva podía
determinarse después.
En pos de ese objetivo se dieron pasos para fortalecer la presencia
estadounidense en Cuba y, entre las primeras medidas, fueron eliminadas
las instituciones que pudiesen oponerse. Paralelamente, comenzó la
enseñanza obligatoria del idioma inglés en las escuelas, así como de la
historia de Estados Unidos.
Durante el proceso de creación de la nueva república hubo muchos
criterios enfrentados. La mayoría se inclinó a favor de los intereses
norteamericanos ante el miedo de la extensión del gobierno militar,
presente desde 1898.
Estos temores, así como la ideología anexionista de algunos cubanos,
motivaron la aprobación e inclusión de la Enmienda Platt como un
apéndice en la Constitución de 1902 e impidieron el avance de proyectos
como el presentado en 1903 por Manuel Sanguily para prohibir la venta de
tierras a extranjeros.
“La idea de constituir al fin una república, amén de los peligros que
implicara la alianza con Estados Unidos, se tradujo en júbilo
colectivo. Para el pueblo cubano era una gran victoria después de 30
años de guerra. Así lo demuestran las narraciones de quienes
presenciaron la ceremonia de izar la bandera en
El Morro el 20 de mayo de 1902”, comentan Eliane Taboas y Yenisley Ortega en la tesis de licenciatura
La nación cubana en la prensa.
Según el ensayista e historiador literario José Antonio Portuondo, la
república creada en 1902 “se convirtió rápidamente en una inmensa
fábrica de azúcar, dejó de ser un pueblo con características propias,
con una firme conciencia nacional, para ser una cosa, una máquina
productora de una sola mercancía fabricada por extranjeros y destinada a
satisfacer el mercado extranjero”.
Lo más grave del asunto de esa independencia ficticia fue que todo el
dominio cultural y económico sobrevino cuando el proceso de
conformación de lo cubano estaba cristalizando. La construcción del
Estado nacional bajo la intervención de factores externos trajo
profundas consecuencias para el desarrollo del país.
Dentro de la sociedad cubana, el sector burgués rápidamente corrió
hacia el lado norteamericano, sobre todo para garantizar el acceso al
mercado de ese país con mayores facilidades, lo cual era su principal
anhelo desde la época de la esclavitud. Tal conducta reflejaba que esta
clase favorecería la dependencia, ya fuese la anexión u otra variante.
La Enmienda Platt y tratados comerciales firmados con Estados Unidos
aseguraron la dependencia económica, la subordinación política y el
debilitamiento de la soberanía nacional de la isla. Para algunos
significó, incluso, la pérdida de las tradiciones y valores culturales
autóctonos.
Resistir para salvar a la nación
La República de Cuba surgió de planteamientos políticos enfrentados
–independencia, autonomía y anexión– y a partir de diferentes
concepciones y cánones culturales y sociales. El proceso de reafirmación
nacional fue condicionado por la presencia y presión de Estados Unidos
y, en definitiva, primó la voluntad de los del norte.
La burguesía cubana fue la que marcó las relaciones de poder con las
restantes clases; sin embargo, no logró constituirse como clase
nacional: se preocupó más por cuidar sus intereses que por defender la
soberanía y los presupuestos de la nación.
Además –relata el célebre historiador Emilio Roig de Leuchsenring–,
durante los primeros años los partidos políticos “no mantuvieron nunca
programas o ideales definidos, sino que fueron más bien grupos o piñas
fulanistas de individuos que seguían a un caudillo por simpatía o porque
esperaban de él mayores beneficios”.
No obstante, pese a la frustración de la posibilidad de una república
totalmente independiente, las banderas de la ética y la liberación
reaparecieron caracterizadas por las nuevas circunstancias, indica el
doctor en Ciencias Filosóficas Armando Chávez Antúnez en Tesis acerca de
la vigencia y retos de la tradición ética en Cuba.
Según la investigadora española Consuelo Naranjo Orovio, el inicio de
la República hizo necesaria la creación de una historia nacional que
fijase las bases de la identidad del pueblo a partir de aquellos
elementos que la hicieran única y diferente, y albergase los principales
hechos, figuras y mitos del pasado cubano.
Muchos fueron los que se apoyaron en esa historia para reivindicar el
derecho adquirido por los cubanos a tener una nación libre y soberana
y, en algunos casos, para justificar la oposición a los intereses de
Estados Unidos.
Para las mentes más claras de la época, se requería sentar las bases
de una identidad y una nación distinta, primero, a la de los españoles
y, posteriormente, a la de los norteamericanos.
Como resultado, la frustración popular provocada por la nueva
condición colonial derivada de la intromisión estadounidense en la
contienda bélica entre España y Cuba fue plasmada tanto por los
veteranos de las luchas independentistas como por literatos.
Así, en obras como
Mi bandera, de Bonifacio Byrne, se expresa el descontento con la nueva situación de dependencia. En otro poema,
La zafra, escrito en 1926 por Agustín Acosta, se aprecia el desengaño y la nostalgia por la patria libre:
“Musa patria: en el bohío, / la remozada bandera, / es una alegre
quimera / que se burla en el hastío. / En la clara paz del río / el
pálido azul se moja, / la blanca flor se deshoja, / y, como de sangre
hirviente, / en la tranquila corriente / naufraga una mancha roja”.

De acuerdo con Naranjo Orovio (en
La historia se forja en el campo: nación y cultura cubana en el siglo XX),
había que dar solidez al proceso de consolidación de la nacionalidad
cubana como medio de fortalecer su soberanía frente a la injerencia
extranjera, pues el temor a la desintegración de la nacionalidad era muy
fuerte a causa de la amenazante influencia de Estados Unidos y los
representantes de sus intereses económicos en la isla.
A partir de entonces, la resistencia a la dominación norteamericana
(económica, política, cultural) caracterizó a la defensa de la identidad
nacional cubana y sus elementos constitutivos por el peligro que
entrañaba el país norteño.
En todo ese proceso –como afirmase el líder histórico de la
Revolución, Fidel Castro– se evidencia una continuidad entre el
pensamiento ético de la liberación forjado en el siglo XIX durante las
guerras por la independencia y los esfuerzos populares y patrióticos del
siglo XX, los cuales condujeron al triunfo de la Revolución Cubana en
enero de 1959.
Con la victoria de los rebeldes encabezados por Fidel Castro llegó a
su fin un periodo marcado por la dependencia a Estados Unidos y la
resistencia como parte de la consolidación de la nación cubana.
Luis Antonio Gómez Pérez/Prensa Latina