jueves, 6 de diciembre de 2018

La voz del pueblo


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La voz del pueblo

 

 

Manuel Pulido Mendoza

Desde que se dieron a conocer los resultados de las elecciones autonómicas andaluzas no se habla de otra cosa en los medios y en las redes que de la irrupción del partido VOX en el Parlamento andaluz con casi 400.000 votos y 12 diputados autonómicos, cuando en las anteriores elecciones no había pasado de ser una formación marginal con unos pocos miles de votos. El fenómeno lo merece, aunque sirva a las izquierdas para desviar la atención de su sonado fracaso electoral con el espantajo de la extrema derecha y ningunear el importante avance de Ciudadanos y el relativo éxito táctico de un PP que, pese a perder votos y representantes, podría alzarse con la Presidencia andaluza como fuerza más votada de una posible alianza de centroderecha.
No voy a detenerme a analizar o comentar las medidas del programa de VOX, que las tiene buenas, regulares, malas y muy malas, incluso desde un punto de vista liberal-conservador, afín a las posiciones del partido. El mayor valor de esta formación es que ha sabido leer correctamente cuáles son los problemas y preocupaciones de muchos españoles. Es decir, han acertado con el diagnóstico, aunque puedan fallar en las soluciones. Y es que, en realidad, el programa es lo de menos a la hora de explicar el ascenso de esta nueva fuerza política en el que confluyen otros factores mucho más importantes en los que no se ha hecho tanto hincapié desde los medios y otras columnas de opinión.
El primero de los factores que explica este éxito es la elevada abstención. Un 41,32% de los andaluces con derecho a voto, más de dos millones y medio, han decidido no comparecer ante las urnas. A esto hay que sumar casi otros 5 puntos porcentuales de votos nulos, blancos o a formaciones extraparlamentarias, lo que da una idea de la desafección generalizada hacia los partidos con representación en las instituciones.
Vistos en comparación con el total de los andaluces con derecho a voto, el PSOE, formación más votada y con todos los recursos de la administración autonómica, solo goza del apoyo del 16,02 % de los andaluces, mientras que el líder de la oposición, el PP, llamado a liderar el cambio, solo goza del apoyo del 11,90%, y las nuevas alternativas, solo obtienen unos exiguos 10,47% (Cs) y 9,27% (Adelante -la candidatura heredera de IU-Podemos-). Esto explica que VOX, con 6,29 % de los votos posibles haya alcanzado esta representación.
Los motivos de la desafección no nos son ajenos a ninguno: los continuados casos de corrupción y escándalos del PSOE y PP a nivel regional y nacional han bastado para la desmoralización del votante, que se ha refugiado en la abstención, o en el voto a otras formaciones más nuevas y con un historial relativamente más limpio que el de las formaciones del bipartidismo español. El cansancio viene arrastrándose en España desde hace años, sino décadas, muy especialmente en feudos como el andaluz donde los socialistas llevan instalados 36 años en el gobierno autonómico sin una sola alternancia en el poder.
Estas son las primeras elecciones en las que han podido votar los españoles después del 1-O y después de que Pedro Sánchez ocupara el Gobierno
La opinión generalizada, pero que para mí es el segundo de los factores más importante para explicar el ascenso de VOX, es la lectura en clave nacional. Estas son las primeras elecciones en las que han podido votar los españoles después del 1-O y después de que Pedro Sánchez ocupara el Gobierno de España desalojando a Rajoy con el apoyo de los mismos que unos meses antes querían dar un golpe de Estado secesionista en Cataluña. Los votantes no han perdonado al PP su tibieza y vacilaciones a la hora de aplicar el artículo 155 de la Constitución y a la hora de convocar unas posibles elecciones anticipadas para evitar el ascenso de Sánchez con los apoyos de los populistas de izquierda y de los secesionistas. Muchos votantes de izquierdas tampoco entienden la traición del PSOE que pretende tocar el poder a toda costa, apoyándose en los enemigos de la nación.
Una tercera causa indirecta, más estructural que coyuntural, es el diseño del sistema electoral, que premia la concentración de voto de los partidos nacionalistas periféricos que, sobrerrepresentados, se han convertido en árbitros de la política estatal en cuanto se acabaron las mayorías absolutas de los dos grandes partidos. Es decir, la debilidad de los grandes partidos para conformar mayorías de gobierno, por culpa de la ley electoral que beneficia a las dos o tres listas más votadas por circunscripción es el problema de fondo que nos ha traído hasta aquí.
Frente a estas vacilaciones y cálculos electorales del bipartidismo, la firmeza de Cs y VOX en la defensa de la unidad de España, incluso personándose en la acusación contra los responsables políticos de la rebelión catalana ha sido percibida por buena parte de la población como un alivio. Y es por eso que ambas formaciones han subido en votos y representantes. En España la izquierda ha dejado de ser nacional, y el PP, pese a la retórica, por sus decisiones y vacilaciones, también se ha percibido así. VOX se alimenta de este sentimiento patriótico herido como se puede ver y escuchar en la proliferación de banderas constitucionales en sus mítines y en su retórica patriótica.
Una cuarta causa han sido las políticas alucinadas de Pedro Sánchez y sus socios de Podemos. El problema viene arrastrándose hace tiempo, pero ha explotado con este gobierno. Existe una creciente sensación de que la izquierda ha dejado abandonada a la clase trabajadora y a sus intereses, a la clase media asalariada que la votaba. Han perdido el contacto con la gente de la calle, sus problemas y preocupaciones.
Solo en 2018 han entrado tantos inmigrantes ilegales desde el norte de África como la suma de los tres años anteriores
Los viajes de Sánchez comiendo vieiras y cava en el avión presidencial o las fotos del chalet de Pablo Iglesias crean una disonancia entre discurso e imagen que refuerzan esta sensación de desencanto, impostura y traición a los intereses de clase. Un progresismo de salón, bañado de corrección política, junto con las estrategias posmodernas de agavillar todos los conflictos sociales, por muy peregrinos y marginales que sean, ha marcado una creciente distancia y desafección de la gente de abajo con la élite que dice representarla. Y esto se observa en varios temas que VOX ha sabido tratar con la dosis justa de populismo que ha atraído a este votante de clase baja o extracción rural.
Son varios los temas que reflejan este discurso populista de VOX que le está robando votos a la misma izquierda. Uno es la inacción gubernamental ante la inmigración ilegal o la creación de un efecto llamada con casos como los de barco Aquarius. Este año la inmigración ilegal ha sido especialmente nefasta: solo en 2018 han entrado tantos inmigrantes ilegales desde el norte de África como la suma de los tres años anteriores. Y negar que esto supone un problema social es querer tapar el sol con el dedo.
Este problema, además, afecta a los ciudadanos con menos recursos, que son los que tienen que compartir espacio y servicios con estas personas que causan conflictos y perturban la convivencia en numerosas ocasiones. La venta ilegal de imitaciones, la delincuencia, el acoso a las mujeres, el desequilibrio en la población tradicional de los barrios de las ciudades y en los servicios públicos afecta a esta capa de la población que nunca fue abiertamente racista o xenófoba pero que pide respuestas a un problema que el buenismo multiculturalista no le está dando.
Hay un conflicto y tensión creciente entre la España urbana y cosmopolita de la costa, frente a la España rural y abandonada del interior
El segundo punto ha sido toda la carga de ideología de género y postfeminismo que con políticas, discursos y gestos está intentando crear una división de clases entre los sexos. Hechos como la huelga feminista de febrero y el apoyo a toda la ideología de género en favor de la agenda política del lobby LGTBI, la desigualdad ante la ley en perjuicio del varón, dejan fría a la inmensa mayoría de la población, que es heterosexual y, generalmente, bien avenida con su cónyuge. O quizás son padres y madres de familia afectados por esta indoctrinación en el sistema educativo, o que sufren injusticias en casos de separación y divorcio. El cálculo de la izquierda es que el 50% de la población, femenina, apoyará sus medidas de discriminación positiva. La realidad es que por cada hombre perjudicado por estas injusticias hay una madre, una hermana, una esposa o una hija que también las sufre. VOX ha capturado votos en este hartazgo ante la injusticia y la impostura de esta inanidad ideológica.
Temas como el apoyo a las tradiciones (Semana Santa, tauromaquia, caza) ha sido otro factor no menor en una región tan tradicionalista como la andaluza y que vive de la explotación económica de estas costumbres. Aquí hay otro factor que VOX puede saber explotar en las siguientes elecciones en otras regiones o a nivel nacional. Hay un conflicto y tensión creciente entre la España urbana y cosmopolita de la costa, frente a la España rural y abandonada del interior. Supongo que la consultoría de Steve Bannon, que estuvo en la campaña de Donald Trump y otros partidos alt-right ha sabido leer esta fractura social existente en España.
El campo español, los pueblos, lloran sangre ante su abandono institucional y su envejecimiento poblacional. Y sus votos son tan válidos o más que el voto concentrado en la ciudad. La huelga de los “chalecos amarillos” en Francia por la subida de los impuestos al diésel puede tener su reverberación en España si se sabe leer en esta misma clave. La izquierda ecologista, plagada de pijos urbanitas, puede querer ciudades peatonales, con bicicletas y coches eléctricos. Pero la España periférica y rural se sigue moviendo, con crecientes dificultades, en sus viejas furgonetas y tractores diésel. Estaremos pendientes, porque la reacción local contra el mundialismo es otra paradoja más de la actual globalización. Y España no va a ser ajena a ella.

Liberalismo y conservadurismo en la encrucijada


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Liberalismo y conservadurismo en la encrucijada 

 

 

Carlos Barrio

El liberalismo es una de las ideologías más interesantes desde el punto de vista conceptual. Ha servido de soporte ideológico para el desarrollo del sistema de producción capitalista y de libre mercado que, pese a sus innegables deficiencias, ha resultado ser mucho más efectivo que los sistemas socialistas de planificación económica para traer progreso a nuestras sociedades.
Al igual que no existe una sola izquierda o una sola derecha, tampoco ha existido una manera única de entender la tradición liberal. Liberalismos hay muchos. Unos inciden más que otros en la libertad económica, otros en su dimensión política, e incluso otros muestran cierto recelo ante los posibles perjuicios que el libre mercado puede acarrear a los sectores más débiles de la sociedad. Algunos fundamentan su inspiración liberal en criterios utilitaristas, otros en un derecho natural inalienable a la libertad y a la propiedad, otros en el relativismo axiológico o en la estructura ontológica del obrar humano, que parece ser como la muestra la revolución cuántica y la psicología experimental, mucho más libre y espontáneo de lo que pensábamos.
Si hay algo que achacar a todos los liberalismos por igual es su desconfianza patológica por la política
Sin embargo, si hay algo que achacar a todos los liberalismos por igual es su desconfianza patológica por la política, lo que los lleva a recelar de ésta y a buscar el confort de la crítica intelectual, alejándose de la primera línea de la acción política. Suele ser un chiste habitual entre los círculos liberales, que estos caben en un taxi y que forman un conjunto de tribus muy mal avenidas entre sí. A los liberales les encanta debatir y excomulgarse mutuamente, negando la condición de liberales a aquellos otros que no comparten sus presupuestos epistemológicos, o sus ideas más técnicas sobre cuestiones de teoría económica o política, como pueden ser la reserva fraccionaria de la banca, la praxeología como fundamento de la acción humana, la existencia de monopolios naturales e incluso la propia necesidad de la existencia del Estado.
Sus discusiones teóricas alcanzan alguna vez a cuestiones más pragmáticas y más cercanas al ciudadano de a pie, como pueden ser el derecho o no que tienen las sociedades a limitar el acceso a su seno a través de los movimientos migratorios, los límites de las propias creencias religiosas como puede ser la exhibición de elementos religiosos en público (el famoso Hiyab musulmán por ejemplo…), el derecho de autodeterminación de los pueblos y las naciones, entendidas estás como conglomerados de individuos aislados que deciden voluntariamente su destino, o el derecho al aborto, eufemísticamente llamado interrupción del embarazo.
En todas estas cuestiones suelen colisionar con otras ideologías, que la izquierda suele situar en el espectro de lo que se suele llamar derecha, como pueden ser el conservadurismo o la democracia cristiana. Esta tensión entre liberales y conservadores no es nueva. Ya en los orígenes de la división política entre izquierda y derecha, durante la revolución francesa, dos pensadores de la talla de Edmund Burke y Thomas Payne debatían sobre el supuesto progreso que este acontecimiento capital de la historia estaba suponiendo. Mientras que Burke mostraba sus reticencias ante el peligroso racionalismo ilustrado que exhibían los revolucionarios franceses, Thomas Payne hacía un alegato liberal de este momento histórico.
Los liberales puros miran con mucho recelo a los conservadores, a los que califican de “colectivistas de derechas”
En general los liberales puros, esos que consideran que el conservadurismo es una contaminación ideológica colectivista, miran con mucho recelo a los conservadores, a los que califican de “colectivistas de derechas”, y ciertos conservadores acusan a los liberales de haber traído de la mano el pensamiento marxista, al haber defendido sin rubor alguno el capitalismo Manchesteriano deciomonónico, que tan crudamente describiera Charles Dickens en sus novelas.
A mi juicio tanto unos como otros tienen algo de razón. Los liberales, en su obsesión por presentar un liberalismo puro libre de toda contaminación ideológica, presentan un ideal de individuo y ciudadano puramente abstracto y racional, que no se corresponde con la historia, ni con la realidad. El famoso contrato social es una entelequia, una ficción puramente conceptual con la que justificar una limitación del poder del Estado. La política, como ya pusieran de manifiesto pensadores como Aristóteles, surge de la sociabilidad humana. El individuo es una pura abstracción, no la sociedad o la comunidad política como defienden ciertos liberales, que profesan una ontología de corte nominalista cuando se refieren a las realidades colectivas o los hechos sociales. Afirman que el Estado es una ficción y una abstracción. Lo único que existen son individuos aislados.
No hace falta recurrir a espiritualismos, ni a doctrinas colectivistas como el socialismo o el anarquismo de izquierdas para afirmar la realidad y la sustancialidad de lo colectivo, pues el Estado no deja de ser más que la institucionalización de lo social. Filosofías materialistas muy diversas como puedan ser las de Popper, Bueno o Bunge atribuyen materialidad, que no necesariamente, corporeidad a realidades sociales.
El individuo nace, se desarrolla y vive en sociedades y en grupos más amplios, donde, a través de un proceso lento de inculturación, se desarrolla y puede ejercer esos derechos, muchas veces amenazados por ciertos colectivismos, como el comunista. El pensamiento comunitarista de autores como Charles Taylor ha puesto de relieve esa profunda inconsistencia de la tradición liberal a la hora de entender las fuentes sociales de la individualidad.
De ahí que cuando un liberal-libertario afirme el derecho absoluto del individuo a llevar un burka o ejercer el derecho de autodeterminación política obvie que esos derechos o supuestos derechos no son anteriores al individuo, sino que se ejercitan en el seno de una colectividad. La mujer islámica que se pone el burka no lo hace tanto por una decisión individual como en un contexto cultural, el fundamentalista islámico, que postula la subordinación de la mujer al varón. Si sólo existen individuos, y no hay valores que condicionen nuestras creencias y principios, no hay problema tampoco en aceptar el dogma multiculturalista, que en último término descansa en ese relativismo axiológico en el que recae cierta tradición liberal radical y que afirma que todas las culturas son iguales.
A finales de los años 60, el fundador del anarco-capitalismo contemporáneo, Murray Rothbard, flirteó con el anarquismo de izquierdas
En esta exaltación del individualismo extremo, el pensamiento liberal-libertario no ha tenido problema en buscar ciertas alianzas con cierta izquierda sesentayochista de inspiración libertaria. Así, a finales de los años 60, el fundador del anarco-capitalismo contemporáneo, Murray Rothbard, flirteó con el anarquismo de izquierdas opuesto a la guerra de Vietnam, en el que veía ciertos puntos de conexión en su exaltación radical del individualismo y sus posicionamientos antisistema.
Una buena parte de esa tradición libertaria capitalista parece instalada en un discurso maximalista, antipolítico y parece miope ante los verdaderos peligros para la libertad del siglo XXI, que vienen de la mano de ciertos feminismos o de un marxismo cultural hoy en día hegemónico en el ámbito de la cultura. Esos planteamientos maximalistas que llevan a abogar por la desaparición del Estado, por tener un origen histórico violento o una exaltación acrítica del mercado, llevan a hacer difícil formar frentes de acción política que permitan afrontar los peligros que el colectivismo posmoderno lleva implícitos.
Por otra parte, cierto espectro conservador recela de la tradición liberal y del libre mercado, al que acusa de todos los males económicos de la contemporaneidad, como pueden ser los salarios bajos, las deslocalizaciones de empresas o el hedonismo generalizado en nuestras sociedades. Este conservadurismo cree ver en lo antiguo, los fueros y los privilegios de las naciones étnicas, un asidero moral para sortear los desafíos que enfrentan nuestras sociedades.
En el caso español, no faltan los que reinterpretan el mito del desastre del 98 y lo atribuyen a la irrupción del liberalismo en suelo patrio, postulando una suerte de vuelta al Antiguo régimen, de una España Foral y descentralizada. Confunden la crítica a las CCAA con una suerte de reivindicación del jacobinismo francés y afirman que nunca más que en la sociedad estamental, formada por multitud de cuerpos políticos intermedios, ha estado más garantizada la libertad. Frente a este pensamiento reaccionario, de raigambre carlista, es menester reivindicar el liberalismo conservador que afirma la compatibilidad entre progreso y tradición, siempre que el cambio sea evolutivo y no fruto de ingenierías sociales conscientes, en la línea reivindicada por autores como Hayek o Aron.

Huyendo de los símbolos y de la indignación


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Huyendo de los símbolos y de la indignación 

 

 

Alberto Garín

Nunca utilizaría una bandera para secarme los mocos, sea la de España, la de Cataluña, la bandera arco iris, la del partido comunista o la nazi. Pero siempre me han inquietado las personas que están dispuestas a dar su vida por una bandera.
Nunca me atrevería a escupir sobre la Biblia, el Corán, la Torah o cualquier otro texto religioso. Pero es preocupante que haya quien esté dispuesto a matar por una afrenta a cualquiera de esos libros.
Nunca quemaría un crucifijo, una mano de Fátima, una menorá o la hoz y el martillo entrecruzados. Pero soy consciente de que mucha gente se sentiría indignada si eso ocurriera.
Y aquí entramos en el resbaladizo terreno entre la indignación de unos por la defensa de sus símbolos y la libertad de otros para maltratarlos.
En esa balanza, entre la indignación y la libertad, considero que hemos de decantarnos por la libertad. Por muy absurda que me parezca la tropelía que se cometa con esos símbolos, por muy lejos que esté yo de cometer dicha tropelía, por mucho que me esfuerce por convencer al atropellador de evitar la tropelía.
Sobre todo, porque en esta pelea por los símbolos, hay una serie de elementos que distorsionan todo el debate.
La indignación es la primera coartada que utiliza cualquier enemigo de la libertad
El primero es esa oposición entre libertad e indignación. La indignación es la primera coartada que utiliza cualquier enemigo de la libertad. Puede ser una forma sutil de indignación: no estoy seguro que en tu condición de extranjero puedas hablar sobre los problemas de mi país, frase a la que llevo acostumbrado después de muchos años viviendo en muchos lugares extranjeros. En realidad, el mensaje no es que yo pueda desconocer la realidad de un lugar, el mensaje es que existe una realidad nacionalista de la que estoy excluido y me impide ejercer mi libertad para opinar.
Por supuesto, la indignación crece y crece bajo lo más sutiles subterfugios, y al final esa muchacha que viste de forma atrevida es mejor ponerle una falda larga (o un burka) para que los más puritanos no se sientan indignados.
El segundo elemento que distorsiona la oposición entre libertad e indignación es el morbo por recrearse en esa indignación. Si un grupo de radicales quema la foto del jefe de Estado de turno (sea el rey Felipe VI o Trump), vamos a pasar las imágenes una y otra vez hasta estar seguros de sentirnos suficientemente indignados. Podríamos ignorarlas, demostrar que, en realidad, somos conscientes de que son un grupúsculo sin importancia y que yo no se la voy a dar. Pero es mucho más reconfortante para el indignado ahondar en su malestar.
El tercer elemento es la necesidad de seguir la corriente de los indignados para no ser marcado. Si un tipo atenta contra un símbolo, el que sea, y muchos protestan, a partir de ese morbo explicado previamente de recrearse en la tropelía, yo no voy a ser menos y sigo la corriente. Los versos satánicos de Salman Rusdhie no sólo fueron criticados por los musulmanes radicales (aunque sólo estos pusieron precio a la cabeza del escritor) y La última tentación de Cristo de Martin Scorsese fue censurada por igual en países cristianos y no cristianos.
En un interesante artículo sobre símbolos, Quintana Paz argüía que si bien una bandera no es más que un pedazo de trapo, un billete no es más que un pedazo de papel, al igual que la foto de sus hijos, por lo que esa reducción al mínimo de la bandera, como mero trapo, para reducir su carga emotiva no parecía una razón suficiente para desprestigiarla, como no se desprestigiaba el billete o la foto por sólo ser un pedazo de papel.
Pero esta reflexión de Quintana Paz, atractiva, mezclaba elementos muy funcionales, con un billete puedo comprar muchas cosas, con una bandera o una foto, difícilmente; con elementos emotivos, la foto de mis hijos es importante para mí y los míos, y poco más; con elementos simbólicos, la bandera representa a una nación y se puede convertir en una razón para agredir a los otros.
Sí, puedo matar por robar un billete. O puedo enojarme mucho si me rompen la foto de mis hijos. Si mato a alguien por robar un billete, puedo terminar en la cárcel. Lo mismo ocurriría si atizo al tipo que rompió la foto de mis hijos.
Atentar contra esos símbolos, puede permitirnos indignarnos, marginar al otro, agredirle o eliminarle
Pero si mato en nombre de mi bandera, puede estar plenamente justificado, ya sea por estar en guerra con la gente de la bandera contraria, ya por ser miembro de un grupo terrorista jaleado por muchos (llámese al Qaeda o ETA).
Ahí está la diferencia clave que olvidaba Quintana Paz.
En nombre de determinados símbolos, la bandera, podemos justificar cualquier acción. Atentar contra esos símbolos, puede permitirnos indignarnos, marginar al otro, agredirle o eliminarle.
En definitiva, en nombre de determinados símbolos, imponemos nuestra indignación, la libertad del otro importa un carajo y tenemos patente de corso para atacar.
Lo peor es que olvidamos que no son más que símbolos, que por mucho que representen valores sublimes, son símbolos. Construcciones intelectuales que representan un concepto o un objeto, aceptadas socialmente de forma más o menos mayoritaria. Pero solo símbolos que nunca pueden estar por encima de las personas aunque en demasiadas ocasiones sí se ponen por encima de las personas, como recordaba Pérez Reverte que vio a tantos destriparse por una bandera.
Debemos intentar no ser esclavos de la corrección política, que es el arma que erigen aquellos que huyen de su capacidad para ser libres
Porque, a la larga, si hemos de indignarnos por cualquier símbolo que sea afrentado, deberemos orar constantemente para que los religiosos no sientan que hemos atentado contra su crucifijo; deberemos cruzar nuestra mano en el pecho cada vez que por televisión suene el himno de cualquier país para que los nacionales de ese país no se sientan minusvalorados; deberemos evitar cruzar las calles allí donde no se hayan puesto semáforos inclusivos, para no ofender al colectivo LGTBI; deberemos evitar comer carne y no podar la hierba del jardín para que la Madre Naturaleza de los ecologistas no sea violentada.
Deberemos, en definitiva, ser esclavos de la corrección política, que es el arma que erigen aquellos que huyen de su capacidad para ser libres y se refugian en la indignación como medio para también impedirnos a los demás a ser libres.
No voy a sonarme los mocos con una bandera. Si vas a hacerlo, te recordaré que puedes molestar a la gente de forma gratuita y que quizás no merece la pena. Si a pesar de todo, lo haces, me abstendré de atacarte por ello, más allá de la opinión que ya te di. Pero, sobre todo, si me indigna que ataques un símbolo, aprenderé a curar mi exceso de indignación y respetaré tu libertad de acción.


El fin de la Historia y la crisis de las democracias


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El fin de la Historia y la crisis de las democracias

 

 

Rafael Núñez Florencio

En el verano de 1989, unos pocos meses antes de la caída del Muro de Berlín, el politólogo estadounidense de origen japonés Francis Fukuyama publicaba un artículo en The Nacional Interest, con el provocativo título de “The End of History?” Como era de esperar, los reporteros y analistas de todo el mundo entraron al trapo y la mayoría, sin leer o al menos entender la tesis del profesor norteamericano, dictaminaron con suficiencia que la historia no se podía acabar y mucho menos bajo la égida de un patán como Ronald Reagan y la inspiración de una dama herrumbrosa como Margaret Thatcher.
Naturalmente, el perspicaz analista no sostenía que la historia, sin más, estaba tocando a su fin. Tenía incluso la precaución de sostener su interpretación bajo un cauto interrogante, matiz que obviaron muchos polemistas. Lo que sostenía Fukuyama, en la órbita de la filosofía de la historia urdida por Hegel, era que la secular lucha ideológica sobre la conformación de la comunidad política podía estar tocando a su fin con la debacle del socialismo real y el consiguiente triunfo de las democracias avanzadas, inspiradas en la separación de poderes y el liberalismo doctrinario.
El pretendido triunfador tenía en su núcleo duro un virus letal al que solo le hacían falta unas determinadas condiciones ambientales para desarrollarse peligrosamente
Algo después publicó un libro que desarrollaba esos planteamientos. En español llevaba el título de El fin de la historia y el último hombre (1992). Hizo falta muy poco tiempo, apenas un par de años, para empezar a sospechar que Fukuyama se equivocaba gravemente, pero por razones completamente distintas a las que señalaban sus contradictores. La cuestión no era el agotamiento de los sucesos históricos, ni siquiera la supuesta inanidad de las controversias ideológicas. El problema estaba en que el pretendido triunfador tenía en su núcleo duro, como hoy diríamos, un virus letal al que solo le hacían falta unas determinadas condiciones ambientales para desarrollarse peligrosamente.
Fukuyama tuvo el mérito de lanzar una hipótesis atrevida en un momento muy temprano, cuando terminaba un ciclo (la larga estela de la Revolución de Octubre, de 1917 a 1989 ó 1991) y apenas se vislumbraba una nueva era. No se le podía exigir que previera el desarrollo primero y la conmoción después de los cuatro grandes fenómenos –nuevas revoluciones– que entonces estaban en ciernes y que marcarían con su incertidumbre los estertores del siglo XX y prolegómenos del XXI: la globalización, la revolución tecnológica, la conflictiva inestabilidad política tras el fin del mundo bipolar y el repunte de movimientos sociopolíticos de viejas raíces pero nuevos alcances (nacionalismo, populismo y terrorismo).
La conjunción de todos estos elementos se ha revelado sobre todo catastrófica -de modo paradójico- para el supuesto vencedor de la contienda, es decir, el sistema democrático tal y como lo habíamos establecido convencionalmente. Y ello ha ocurrido además en un cortísimo lapso de tiempo, que nos ha dejado sin capacidad de asimilación y reacción. En buena parte de las democracias, incluso las más asentadas, los partidos tradicionales se han hundido o, en el mejor de los casos, se han tenido que reinventar dejándose jirones de sus fundamentos ideológicos en el camino. En particular, no puede ser más sintomático lo que ha sucedido con los llamados partidos de la izquierda clásica, socialistas y comunistas.
La descomposición de las ideologías y partidos tradicionales ha dado paso a otras alternativas que minan el funcionamiento del sistema democrático
Con todo, ello no sería particularmente grave si la nueva reubicación ideológica respetara básicamente la estructura del sistema y los mecanismos de contrapeso de poderes que constituyen su esencia. No es el caso, como sabemos. La descomposición de las ideologías y partidos tradicionales ha dado paso a otras alternativas que minan el funcionamiento del sistema democrático. La crisis económica y el malestar de amplias capas de la población (jóvenes, desempleados, antigua clase media pauperizada) conducen a una agria impaciencia por un lado y una insalvable desconfianza por otro.
Un descrédito que se proyecta sobre una clase dirigente a la que se ve como corrupta, inepta o, en el mejor de los casos, de espaldas a las necesidades e intereses del conjunto de la población. En ese caldo de cultivo surge el populismo y el meteórico ascenso, de Trump a Salvini, de cualquier líder que tiene la habilidad de presentarse como antisistema. En estas coordenadas el juego parlamentario y las garantías judiciales aparecen como principales obstáculos para esta nueva ola que se sustenta en promesas de difícil cumplimiento y persigue eficacia al precio que sea, usando cualquier atajo. ¿Les suena a algo todo esto?
No, no hablo de fascismo porque la historia no se repite mecánicamente. Pero esta insatisfacción se canalizará de modo no ciertamente tranquilizador. El fenómeno, por lo demás, es generalizado y sucede a velocidad de vértigo, pero los más avisados ya están dando voces de alarma. Fíjense, no ya en las columnas de opinión, sino en los ensayos políticos que están apareciendo: El camino hacia la no libertad de Timothy Snyder; El pueblo contra la democracia: Por qué nuestra libertad está en peligro y cómo salvarla, de Yascha Mounk; Contra la democracia, de Jason Brennan; Cómo mueren las democracias, de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt.
Siendo diversos los análisis, coinciden en dos puntos esenciales: hay un peligro que no debemos minusvalorar y, hoy por hoy, no parece que marchemos en la dirección adecuada. En ese contexto el caso español presenta perfiles propios –el desafío secesionista- pero en lo esencial no deja de ser una variante de la deriva que afecta a todo el mundo. El populismo adquiere aquí caracteres básicamente izquierdistas –Podemos– por razones históricas y sociológicas, mientras que los partidos tradicionales se mantienen a duras penas y surge en el ámbito conservador una reacción –Vox– ante la que se agita el espantajo de extrema derecha, como si la extrema izquierda y la xenofobia nacionalista no estuvieran campando a sus anchas por ayuntamientos, diputaciones y comunidades desde hace varios años.
El llamado despectivamente por muchos “régimen del 78” presenta unas muestras alarmantes de agotamiento en todos los niveles
En cualquier caso, lo esencial también aquí estriba en cómo va fraguándose un profundo descrédito del entramado político en su conjunto, auspiciado por una clase dirigente tan venal como irresponsable. Convertido en un sistema partitocrático más que propiamente democrático, con el principio de separación de poderes técnicamente muerto, el llamado despectivamente por muchos “régimen del 78” presenta unas muestras alarmantes de agotamiento en todos los niveles sin que –y esto es lo peor de todo- se vislumbre alternativa alguna a corto o medio plazo. No sean ilusos y no se dejen engañar por los cantos de sirena interesados: las elecciones no van a resolver por sí solas un problema que es mucho más profundo.
¿Qué nos queda entonces? No soy optimista sobre el futuro inmediato –y no hablo ahora solo del ámbito español- pero eso no quiere decir que propugne la inacción con el peregrino argumento de que nada serviría para nada. Aunque sea dando palos de ciego es preferible ensayar algo que permanecer pasivos. Aunque solo fuera porque la pasividad y el escepticismo benefician sobre todo a los enemigos de la libertad, que tienen en este río revuelto y estos tiempos confusos su momento propicio de medrar.
Pero, en contra de lo que pronosticaba Fukuyama, los analistas actuales se inclinan por el triunfo futuro de una democracia formalmente parecida pero en el fondo bien distinta al sistema de libertades que puristas e ideólogos defendían hace poco más de medio siglo. En ella el populismo –con diversas variantes- no solo no desaparecerá sino que tomará carta de naturaleza como factor primordial. Los modernos medios de comunicación ampliarán su influencia. El mundo por razones económicas y políticas será un lugar bastante inseguro e inestable. En esas condiciones, no creen que la democracia clásica pueda o sepa responder a las nuevas exigencias sociales. Seguiremos votando, claro, pero eso no supondrá tener más y mejor democracia.
Foto: Anthony Garand


Calentamiento global: El deshielo de Groenlandia se acelera a un ritmo sin precedentes


kaosenlared.net

Calentamiento global: El deshielo de Groenlandia se acelera a un ritmo sin precedentes


Por Kaos. Ecología
La pérdida de hielo de Groenlandia es uno de los principales impulsores del aumento del nivel del mar a nivel mundial.

El deshielo en la capa de hielo de 1.600 metros de espesor de Groenlandia comenzó a aumentar a mitad del siglo XIX y luego aumentó dramáticamente sin pausa en el siglo XX y principios del XXI, según un estudio publicado en la revista Nature.
“Como resultado, el derretimiento de Groenlandia se está sumando al nivel del mar más que en cualquier otro momento durante los últimos tres siglos y medio, si no miles de años”, alerta el autor principal del estudio, Luke Trusel, glaciólogo de la Escuela de Tierra y Medio Ambiente de la Universidad de Rowan y exinvestigador postdoctoral en la Institución Oceanográfica Woods Hole.
La pérdida de hielo de Groenlandia es uno de los principales impulsores del aumento del nivel del mar a nivel mundial. Los icebergs que desembocan en el océano desde el borde de los glaciares representan un componente del agua que vuelve a entrar en el océano y eleva el nivel del mar. Pero más de la mitad del agua de la capa de hielo que entra al océano proviene de la escorrentía de la nieve derretida y el hielo glacial sobre la capa de hielo. El estudio sugiere que, si la fusión de la capa de hielo de Groenlandia continúa a “tasas sin precedentes”, que los investigadores atribuyen a los veranos más cálidos, se podría acelerar el ritmo ya rápido del aumento del nivel del mar.
Para determinar cómo de intensamente se ha derretido el hielo de Groenlandia en los siglos pasados, el equipo utilizó un taladro del tamaño de un poste de semáforo para extraer los núcleos de hielo de la capa de hielo y una capa de hielo costera adyacente, en sitios a más de 6.000 pies (1,83 kilómetros) sobre el nivel del mar.
Más sensible al calentamiento que hace 50 años
Los científicos realizaron perforaciones en estas elevaciones para garantizar que los núcleos contendrían registros de la intensidad de fusión del pasado, lo que les permitiría extender sus registros hasta el siglo XVII. Durante los días cálidos de verano en Groenlandia, el deshielo se produce en gran parte de la superficie de la capa de hielo.
Los registros de los núcleos de hielo proporcionan un contexto histórico crítico porque las mediciones satelitales, en las que los científicos confían hoy para comprender las tasas de fusión en respuesta al cambio climático, solo han existido desde finales de la década de 1970, explica Matt Osman, estudiante graduado en el Programa Conjunto MIT-WHOI y coautor del estudio.
“Hemos tenido la sensación de que ha habido una gran cantidad de fusión en las últimas décadas, pero previamente no teníamos bases para comparar con las tasas de fusión más atrás en el tiempo, subraya. Al tomar muestras de hielo, pudimos extender los datos satelitales en un factor de 10 y obtener una imagen más clara de cómo de extremadamente inusual ha sido el derretimiento en las últimas décadas en comparación con el pasado”.
Trusel dice que la nueva investigación proporciona evidencia de que el rápido deshielo observado en las últimas décadas es altamente inusual cuando se coloca en un contexto histórico. “Para poder responder qué podría suceder en Groenlandia a continuación, debemos comprender cómo Groenlandia ha respondido por el momento al cambio climático, apunta. Lo que muestran nuestros núcleos de hielo es que Groenlandia está ahora en un estado en el que es mucho más sensible a los aumentos adicionales de temperatura que hace 50 años”.
Un aspecto notable de los hallazgos, según Das, fue el poco calentamiento adicional que se necesita para causar enormes picos en la fusión de la capa de hielo. “Incluso un cambio muy pequeño en la temperatura provocó un incremento exponencial en la fusión en los últimos años, afirma. Así que la respuesta de la capa de hielo al calentamiento provocado por el hombre ha sido no lineal”. Trusel concluye: “El calentamiento supone más hoy que en el pasado”.
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Nuevos tiempos políticos. Nuevas formas de lucha.


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Nuevos tiempos políticos. Nuevas formas de lucha.

 

 


Los próximos tiempos serán de muchísimas oportunidades para la lucha progresista, ya lo están siendo
El resultado de las elecciones autonómicas en Andalucía ha causado una auténtica conmoción, no solo entre los sectores que apostaban por algunas de las candidaturas llamadas a dar continuidad a los gobiernos “socialistas” en Andalucía, esto es, PSOE y Adelante Andalucía (coalición de Podemos e IU en esa Comunidad), sino entre sectores sociales progresistas críticos con esos gobiernos y alianzas, pero con una comprensión insuficiente de lo que realmente está pasando en el Estado español y también a nivel internacional. Siguen en la rutina intelectual de que por muchas cosas que pasan en lo cotidiano, al final no pasa nada importante. Esa concepción asentada en la dialéctica hegeliana, aunque la mayoría de los que la utilizan no sepan quien era Hegel, inunda todos los ámbitos de la vida, incluido el político; de ahí la tremenda incapacidad para interpretar la realidad y mucho menos prever las tendencias de futuro.
No se puede diagnosticar el origen, la evolución o construir un plan de control de una epidemia si no se conocen las bases más elementales de la epidemiología científica. No se puede interpretar la realidad socio-política o prever su evolución si no se aborda su análisis científicamente con -entre otras herramientas- el materialismo dialéctico.
Vivimos tiempos en que pasan muchas cosas y esas cosas tienen profundas repercusiones. En el inmediato futuro esto será así aún más. Las elecciones de Andalucía son un ejemplo de ello, pero tenemos otras no de menor importancia tal como es el proceso soberanista y republicano en Cataluña; la deslegitimación acelerada del régimen monárquico del 78 y el movimiento por las consultas republicanas puesto en marcha en Madrid y en el conjunto de Castilla, por citar algunos ejemplos de cuestiones políticamente relevantes. Se podría citar otras más del ámbito social, pero de una gran transcendencia, como es el caso del movimiento feminista, que está por cierto atravesado, junto a una ampliación indudable, por una ofensiva neoliberal de la mano de l@s defensores de los vientres de alquiler o de la prostitución.
En Andalucía todos los gobiernos autonómicos han estado gestionados por el PSOE, y todos han estado implicados en graves casos de corrupción, con datos tan grotescos en algunas ocasiones como los del uso de tarjetas de crédito propiedad de la administración pública para el pago en prostíbulos o en compra de coca.
La corrupción estructural del Régimen del 78 también incluye a Andalucía y a su clase política. Corrupción y polític@s profesionales van habitual y casi sistemáticamente de la mano en este Régimen postfranquista. ¿Nos parece extraño que los que han sostenido esa realidad en Andalucía durante más de treinta años hayan perdido? ¿O quizás pensábamos que alternativas fundamentadas en lo esencial en el de Galapagar iban a capitalizar ese desgaste, especialmente cuando aparecían además como la coletilla que Susana Díaz necesitaba para completar la suficiencia parlamentaria para formar gobierno? Si alguien creía esa ficción es que esta muy mal capacitado para hacer análisis políticos con rigor.
Nos vamos a parar aquí un poco para hablar de Podemos, esa estructura tan promocionada por los medios de comunicación del Régimen, especialmente por los que se dirigen a los progres: mitad plataforma electoral, mitad agencia de colocación, cuyas posiciones políticas evolucionan en función de como prevén que estas van a afectar a su doble naturaleza de origen.
Tal como planteábamos en nuestras editoriales anteriores (Los juguetes rotos y los que no tardarán en romperse), desde el inicio del engendro cada vez tienen menos posibilidades, porque han ido fracasando una vez tras otra en las misiones que el Sistema les ha encomendado. La decisión que tuvieron de huir de la Vallekas popular al Galapagar burgués, y en la que implicaron a sus afiliados virtuales, ha dejado a cero su credibilidad entre la gente del común. Hacen ahora llamamientos a que se organice la respuesta antifascista en la calle. Hay que recordarle al politólogo que el movimiento antifascista, muy a su pesar, nunca ha dejado la calle. Y que si realmente esa voluntad que comunica es sincera, tendría que dejar de utilizar los recursos a su disposición para intentar liquidar los movimientos y estructuras realmente existentes en la calle, como son las Marchas de la Dignidad, la Coordinadora 25S… o dejar de influir desde una perspectiva neoliberal en el movimiento feminista con sus posiciones sobre la prostitución o los vientres de alquiler. Desde su constitución, Podemos intentó vaciar de activistas a los movimientos sociales, por cierto con muy poco éxito. Ahora intentan liquidarlos directamente. Será la historia de un fracaso porque sus objetivos en ningún terreno se verán cumplidos.
Pero analicemos en lo concreto los resultados de las elecciones del domingo 2 de diciembre en Andalucía. Esas en las que según los medios la extrema derecha ha puesto un pie en el Estado español y además en Andalucía. Y cómo no, en buena medida, por culpa del proceso soberanista republicano catalán. Como siempre, la culpa será de Puigdemont. Obviamente el avance del movimiento republicano y soberanista en Cataluña ha reactivado al nacionalismo español, siempre de naturaleza protofascista. Pero esta dinámica es absolutamente inevitable.
Cada vez que hay un movimiento por el cambio progresista, aquellos que ven cuestionado su estatus se revuelven y lo defienden. Lo mismo ocurre ante el avance del movimiento feminista: los defensores de los privilegios del patriarcado y por tanto de la dominación y explotación de género se revuelven (por cierto, Vox también anda en eso). Esta es la dialéctica misma de las cosas.
Que el susanismo perdiera la posibilidad de seguir gobernando era algo altamente probable. Por poner un ejemplo de su mal gobierno, el Sistema Sanitario Público en Andalucía había sufrido un brutal deterioro en su funcionamiento, con numerosos recortes y privatizaciones; es el que menor gasto per cápita tiene de todas las comunidades autónomas del Estado español.
Pero veamos con detalle los resultados electorales, única forma de analizarlos con rigor. Lo primero que hay que decir es que ha ganado la abstención, con un 41,35% de no votantes directos. Si a ello sumamos los votos nulos (2,2 %) y en blanco (1,58%), nos da prácticamente un 46% de gente que no ha votado a ninguna candidatura. En las anteriores elecciones de 2015 la abstención fue de un 36,06% y sumando los votos nulos (1,02%) y en blanco (1,38%), por cierto bastantes menos, se llegó a un 38% que no dio respaldo a candidatura alguna. Es decir, el voto a los partidos institucionales ha bajado en 10 puntos, lo que significa casi medio millón de personas. La abstención, parece ser, ha afectado especialmente a las zonas tradicionales de voto de izquierdas. Obviamente por algo será.
Pero los partidos institucionales y medios de comunicación son incapaces o se niegan intencionadamente a hacer un análisis mínimamente riguroso de los resultados electorales en Andalucía y de la situación política en general. Eso sí, arropan ocurrencias/estupideces, como la última que se la ha ocurrido a Susana Díaz: emplazar a los constitucionalistas para que excluyan a Vox de un futuro gobierno andaluz. Estos se piensan que la derecha española es como la izquierda institucional española y que se creen lo del constitucionalismo.
La derecha, seguramente de la mano de Aznar y otros asesores internacionales, están en una nueva fase que probablemente sea eficiente durante un tiempo, exclusivamente durante un tiempo, a la que podríamos denominar de la “Santísima Trinidad”, o mejor dicho en este caso, de la “Malísima Trinidad”. Los planteamientos trinitarios tienen su utilidad y han sido utilizados en diferentes ámbitos y en numerosas ocasiones.
El PP, así se reconocía públicamente, agrupaba en su seno a todas las tendencias de la derecha española. Desde la puramente franquista con un tremendo peso, hasta otras corrientes mas liberales. La evolución de la situación política a nivel internacional y en el Estado español ha inducido una reestructuración de esta derecha. Han necesitado desplegar sus diferentes características de forma específica, desde la conservadora tradicional que sigue representado el PP, pasando por una derecha españolista pero más moderna y pseudo liberal (Ciudadanos), hasta la nueva criatura, la directamente fascista sin complejos, Vox. Pero son muy conscientes que en conjunto trabajan para el mismo amo y con el mismo fin, por eso en Andalucía se podrán amagar diversas opciones, pero finalmente saldrá el gobierno de la “Malísima Trinidad”. Su base social y sus financiadores no les permitirían otra cosa. Y estos sí, y a diferencia de la izquierda institucional, cumplen.
Obviamente ese gobierno protofascista andaluz va a generar amplias e intensas tensiones; y posiblemente, al menos en una primera etapa, no en Andalucía, se convertirá aún más en el ariete en contra de la lucha republicana en el conjunto del Estado español y particularmente en Cataluña.
Si no comprendemos bien estas dinámicas y no sabemos situarnos en ellas, las próximas elecciones generales pueden dar un resultado muy similar a las andaluzas.
La lucha social y política por el cambio, que es la parte más cualificada de la lucha de clases, es así, tal como la estamos viendo. Quizás alguna gente se imaginaba que se podría conseguir un gran cambio con dos o tres pases por las urnas. Eso no es ni va a ser así. No ha sido en ningún lugar del mundo y menos aún en el Estado español. Aquí la lucha en la calle, el movimiento popular, sin excluir victorias en procesos electorales, será lo que nos llevará a la victoria y por tanto a la derrota del Régimen del 78. Estos últimos años hemos trabajado en esa línea y los resultados son más que positivos. La expectativa del cambio republicano, la lucha por la República, no ha venido desde luego a través de procesos electorales sino de procesos de organización y movilización popular.
Los próximos tiempos serán de muchísimas oportunidades para la lucha progresista, ya lo están siendo, pero habrá agudización de las contradicciones y por tanto de las tensiones a muchos niveles. Una cosa lleva a la otra.
El objetivo de derrotar al Régimen del 78 cada día será más necesario y posible, aunque habrá momentos amargos. En nuestras manos está conseguir construir el bloque social y político capaz de acumular la correlación de fuerzas suficientes que pueda materializar el objetivo señalado y que nuestro Pueblo necesita como agua de mayo: la República.

Fascismo y responsabilidad compartida


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Fascismo y responsabilidad compartida


La irrupción de Vox en el Parlamento andaluz ha sacudido como nunca el escenario político de todo el Estado, pero hace ya tiempo que el neofascismo se estaba colando por la puerta de atrás. Analizamos sus causas y consecuencias. ¿Qué se puede hacer?

Hace un par de semanas, coincidiendo con el 43 aniversario de la muerte de Franco, organizaciones de extrema derecha se concentraron en varias ciudades del Estado para protestar contra el anuncio del Gobierno español de exhumar el cadáver del dictador y retirarlo del Valle de los Caídos. Estas exhibiciones de nostalgia hacia el anterior régimen han llenado páginas de periódicos y horas en las televisiones, incluso con apariciones en directo de personajes que ensalzaban al dictador y su cruzada. Todos los medios han hablado del franquismo que persiste en España como un residuo caduco y casposo, como los restos del fascismo condenado a desaparecer y que se resiste a adaptarse a los tiempos que corren. No había nada que temer ante los cuatro nostálgicos que todavía sueñan con la vuelta de sus banderas victoriosas.
Mientras, y tal y como se ha demostrado tras las elecciones andaluzas, hace tiempo ya que el neofascismo se estaba colando por la puerta de atrás. Desde el mitin de Vox en Vistalegre, que congregó a cerca de 10.000 personas, los medios de comunicación han seguido con especial atención cada acto de este partido, entonces sin ninguna representación en las instituciones. Simultáneamente, los chistes y las parodias sobre Vox han llenado las redes sociales, como si todo fuese una anécdota, un sainete protagonizado por un puñado de ultras que nunca llegarían a nada con sus discursos incendiarios.
Parece que hasta entonces la extrema derecha española estaba escondida en su caverna. Sin embargo, hace tiempo que está presente y se exhibe sin complejos, visitando platós de televisión, protagonizando actos violentos o promoviendo el boicot a obras de teatro, debates o actividades de los “enemigos de España”. En València, lamentablemente, nada de esto es nuevo, y cuando oímos eso de “el despertar del fascismo”, nos pinchan y no sangramos. Y aunque aquí son una minoría irrelevante a nivel electoral hasta ahora, pero muy ruidosa, impune y bien relacionada con el poder, los 12 diputados de VOX en Andalucía advierten que, por fin, la extrema derecha oculta ha encontrado la salida del túnel.
La irrupción de Vox en el Parlamento andaluz ha sacudido como nunca el escenario político de todo el Estado. Mientras las derechas observan como el discurso más radical funciona (a los originales más que a los que los emulan) y no hacen ascos a pactar con ellos, las izquierdas se preguntan qué han hecho mal. Y los medios, tras haber paseado por sus platós y redacciones a estos sujetos decenas de veces, siguen con el espectáculo hablando de sus audiencias durante la noche electoral y lamentándose porque han sido vetados por los mismos a los que han dado pábulo durante meses.
La extrema derecha española no acaba de llegar. Siempre ha estado aquí, acomodada en su mayor parte en el PP. Según datos del CIS, entre el 80% y el 90% de las personas que se consideraban de extrema derecha votaban al PP desde su fundación a finales de los años ‘80. El modelo catch all, que representaba hasta hoy el partido fundado por el exministro franquista Manuel Fraga, ha sido capaz durante 30 años de juntar bajo unas mismas siglas a la derecha cristiana, a la más moderada y a la extrema derecha. Pero el mérito no es solo suyo, sino compartido con otras opciones ultraderechistas incapaces de convencer, de unirse en una sola candidatura e inmersas en eternas batallas por el liderazgo. Vox no dice nada que otros partidos no hayan dicho antes. Le preceden España 2000, Democracia Nacional, Plataforma per Catalunya, Soluciona, y así hasta llegar al GIL o al partido de Mario Conde, cada uno de estos con sus particularidades y sus diferencias, obviamente. Derechas más o menos extremas con discursos aparentemente anti-establishment, trufados de xenofobia e islamofobia, defensores del neoliberalismo, del revisionismo histórico y con un marcado ultranacionalismo. Ahora, hasta el PP y Cs se han atrevido a cruzar esa línea que les permite autodefinirse como “políticamente incorrectos”, como si fuesen los nuevos punks.
El voto de Vox no responde a un solo factor. Han sido varios los astros que se han conjuntado para alumbrar este éxito inesperado pero imposible sin el papel que han jugado otros partidos, redes sociales y medios de comunicación. El triunfo de las diferentes extremas derechas en el resto de Europa, en Estados Unidos o en Brasil han supuesto una normalización de estas opciones. Si el resto del mundo lo hace, ¿porqué nosotros no? Media humanidad no puede ser imbécil si elige a líderes como Bolsonaro, Trump, Le Pen o Salvini. España no puede ser menos. Aunque cada caso es particular e incluso existen diferencias entre todos estos, hay varios puntos en común, y sobre todo, estrategias, que los han catapultado al estrellato.
Una de estas estrategias ha sido el hábil uso de las redes sociales que han hecho estos políticos, sus estrategas y sus seguidores. En el caso de Vox, las miles de piezas desinformativas de carácter xenófobo, irreverentes y sensacionalistas, han alimentado los prejuicios de un sector de la población que, aunque en parte ya estuviera contaminado con estas ideas, ha acabado todavía más convencido. Solo hay que darse un paseo por la web Caso Aislado, afín a Vox, para hacerse una idea de cómo se construye una realidad a medida que acaba colonizando las redes sociales sin ningún freno. Más aún cuando, hoy, gran parte de la población ni siquiera lee la prensa convencional y tan solo se informa a través de las redes sociales, donde abundan noticias de este tipo, que son reenviadas en masa vía Whatsapp, Facebook o Twitter. Y Caso Aislado no es precisamente lo que su nombre indica: existen decenas de webs con apariencia de medio de comunicación que son también laboratorios de la extrema derecha desde donde se disparan todo tipo de contenidos, a menudo incluso falsos, para reforzar todo tipo de prejuicios. Luego, un ejército de fieles tan solo debe compartirlos entre sus contactos, multiplicando así su difusión hasta llegar a ser incluso más leídos que los medios convencionales.
Alrededor del conflicto en Catalunya se ha afianzado un relato oficial por parte de la mayoría de los medios de comunicación y de políticos, que ha resultado especialmente cómodo para la extrema derecha. Ante un supuesto golpe de estado, un adoctrinamiento feroz, un asedio constante y casi un apocalipsis propiciado por el independentismo, todo está justificado. La prensa ha escondido la presencia de todo tipo de organizaciones de ultraderecha en las manifestaciones españolistas y en los comandos que retiran lazos amarillos y propaganda independentista. Pocas veces se ha explicado qué organizaciones participan de las multitudinarias marchas organizadas por Societat Civil Catalana (SCC), secundadas por PP, PSOE, Cs y hasta miembros históricos de Izquierda Unida como Francisco Frutos. Aunque las manifestaciones no pueden catalogarse como de extrema derecha, toda la ultraderecha española está presente en todas ellas. Como lo estuvo en la gestación de la misma SCC en 2014, tal y como lo demostró el fotoperiodista Jordi Borràs en su libro Desmuntant Societat Civil Catalana (Saldonar, 2015). Borràs nos recordó esta semana, en un articulo en Fotlipou, que el mismo Abascal estuvo en el acto fundacional de SCC en el Teatre Victòria de Barcelona en 2014, con foto incluida.
Lo que se conoce como “blanqueamiento del fascismo” lleva ya años pasando en varios medios de comunicación. Desde reportajes sobre dónde veranean los neonazis de Hogar Social Madrid, hasta entrevistas a conocidos fascistas que denuncian haber sido atacados “por llevar una bandera de España”. En Grecia, el líder del partido neonazi, Ilias Kasidiaris, protagonizó numerosos reportajes en revistas del corazón. En Italia, Salvini posó semidesnudo y sonriente en la portada de la revista Oggi. Y Marine Le Pen, por su parte, se merendó a Ana Pastor en su entrevista en El Objetivo. Demasiadas veces el periodismo no conoce a la extrema derecha, la encuentra divertida, irreverente, ridícula o simple, y acaba justamente picando el anzuelo. No son aficionados ni ignorantes, saben muy bien lo que hacen y cómo hacerlo. Y aunque en algunos casos se haya tratado de instrumentalizar para un “bien superior” o para reforzar un relato, la ultraderecha tiene vida propia, y la mayoría de veces no devuelve los favores.
Lejos de ‘despertar al fascismo’, el conflicto en Cataluña ha servido para que la ultraderecha se sienta cómoda con el relato oficial y se exhiba sin complejos. El cacareado “¡A por ellos!” dedicado a policías y guardias civiles que partían hacia Cataluña para impedir el referéndum en 2017 se ha convertido en un lema habitual de la extrema derecha en todos sus actos. Y no solo contra los independentistas. Los discursos de la nueva ultraderecha, desde Vox hasta los más veteranos, siempre disparan contra los mismos: separatistas, feministas, personas migrantes, musulmanes, izquierdistas y casta política, estos últimos cómplices de todos los demás.
La izquierda, por su parte, hace años que navega por aguas turbulentas. Mientras los barrios se llenan de casas de apuestas, los centros sociales cada vez son menos, las asociaciones de vecinos desaparecen poco a poco, y en su lugar, algunas veces, aparecen brotes de ira vecinal contra mezquitas, centros para personas migrantes o centros de menores. Casualmente, tras la mayoría de estos casos se destapa la presencia o incidencia de personajes u organizaciones de extrema derecha, que si ven la posibilidad de atizar el odio, la aprovechan. En numerosas ocasiones han sido otros vecinos quienes han puesto el freno a estas campañas de odio. También grupos antifascistas que saben perfectamente cuando la mano negra está pegando fuego al asunto. Pero en general no existe un movimiento con la fortaleza suficiente para hacer cambiar el marco que ya han instaurado los profesionales del odio. Por mucho que se hable con los vecinos, a las pocas horas estarán de nuevo en su casa consumiendo noticias que advierten de la temible avalancha de migrantes que acecha su pan y su casa. Y lo peor de todo es que no tienen porqué entrar a los portales de desinformación. Ese mismo relato lo reproducen demasiado a menudo los medios de comunicación convencionales o los políticos de turno que hoy se sorprenden de la llegada de Vox.
En este sentido, también hay voces desde la izquierda que han responsabilizado a varios colectivos de haber fragmentado la lucha de clases en pequeñas luchas identitarias que solo han beneficiado a la extrema derecha y han desmovilizado a la izquierda. No parece que sea lo más idóneo empezar a navajazos en las redes sociales entre los que son odiados por igual por los fascistas, pero este debate lleva ya tiempo hirviendo en las redes sociales y era de esperar que hoy se busquen culpables. Reclamar derechos y autonomía desde estas luchas no tiene porqué estar reñido con la lucha de clases, ni tampoco criticar ciertas actitudes de determinados colectivos que a veces se muestran impermeables debería ser motivo de tan triste espectáculo. Todo es cuestión de sentarse y hablar, y todos estos colectivos están condenados a entenderse si quieren de verdad vencer a la ultraderecha. Porque cada uno será lo que será, pero en Auschwitz todos llevaban un traje a rayas.
El Salto

‎¿Quién está violando la ‎resolución 1701?‎ ¿Líbano o Israel?


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‎¿Quién está violando la ‎resolución 1701?‎ ¿Líbano o Israel?



‎En esta foto, tomada el 4 de diciembre de 2018, podemos ver, a la derecha, varios vehículos de los ‎cascos azules de la FINUL en Kfar Kila, Líbano. A la izquierda, entre banderas palestinas y de la ‎resistencia libanesa, se ve un cartel de homenaje a un joven combatiente del Hezbollah muerto ‎en combate. En esta zona, la señalización de la carretera que lleva a la frontera israelí no porta la ‎mención “Israel” sino “Palestina”.‎
La Fuerzo Provisional de las Naciones Unidas en Líbano (FINUL, siglas en francés) no confirma la ‎existencia de los túneles que el ejército de Israel dice estar localizando y destruyendo en la ‎frontera con el Líbano desde el 4 de diciembre de 2018. ‎
Según el estado mayor israelí, esos túneles tendrían alrededor de 200 metros de largo y pasarían ‎por debajo del muro de 130 kilómetros que Israel está construyendo a lo largo de la «línea ‎azul». También según el estado mayor de Israel, esos túneles se adentrarían unos 40 metros en ‎territorio israelí. ‎
La misión de Israel en la ONU ha redactado un proyecto de resolución que condenaría al Hezbollah ‎libanés por violar la resolución 1701, que puso fin a la agresión israelí contra el Líbano en 2006. ‎
Esa resolución prevé el establecimiento de una zona desmilitarizada en el sur del Líbano, zona que ‎quedaría únicamente bajo la responsabilidad del ejército libanés. Pero los militares libaneses nunca ‎se han desplegado allí y la zona se mantiene bajo control del Hezbollah, con el consentimiento ‎tácito de las autoridades libanesas, cuyo ejército no dispone del equipamiento necesario para ‎garantizar la defensa de esa frontera. ‎
Por otra parte, la resolución 1701 prohíbe que otros Estados entreguen material militar al ‎Hezbollah sin la aprobación del gobierno libanés, que no ha autorizado nunca las entregas de ‎armamento proveniente de Irán. Este asunto fue incluso la razón central de la crisis intralibanesa ‎de 2008.‎
Pero este análisis israelí de la resolución 1701 ignora la realidad del terreno, comenzando por el ‎hecho que esa resolución fue sólo una tregua que Estados Unidos negoció en aquel momento ‎para que Israel pudiera escapar con la frente alta de la dura derrota que estaba sufriendo ante la ‎resistencia de los combatientes del Hezbollah. ‎
Durante la crisis de 2008, el gobierno del entonces primer ministro libanés Fuad Siniora trató de ‎impedir que el Hezbollah utilizara una pista del aeropuerto de Beirut para establecer un puente ‎aéreo con Irán. Estimando que aquella decisión del primer ministro ponía en peligro el principio de ‎resistencia contra la ocupación israelí, el Hezbollah dirigió su acción de respuesta contra el centro ‎de mando saudo-estadounidense secretamente instalado en los sótanos de la antigua sede de la ‎televisión privada perteneciente a la familia Hariri, puesto de mando cuya existencia ignoraba ‎todo el mundo. En definitiva, el clan Hariri estaba violando la famosa resolución antes que el ‎Hezbollah. ‎
Israel, que viola permanentemente numerosas resoluciones de la ONU sobre Palestina, también ‎viola sistemáticamente –más bien diariamente y desde hace 12 años– el espacio aéreo y las aguas ‎territoriales del Líbano. Todos los meses, el ministerio de Exteriores del Líbano emite una lista ‎detallada y validada por la FINUL de todas esas violaciones. Es precisamente desde el espacio ‎aéreo del Líbano –sin penetrar en el espacio aéreo sirio– que la aviación de Israel ataca desde ‎hace 7 años las posiciones del Ejército Árabe Sirio, con lo cual apoya a los yihadistas que ‎pretendieron destruir la República Árabe Siria. ‎
En la tarde del 4 de diciembre, el estado mayor israelí difundió un video donde se muestra a dos ‎individuos en un túnel. Según, el ejército de Israel, los dos individuos que aparecen en el video, ‎vestidos de civil y supuestamente libaneses, serían «terroristas del Hezbollah» en un túnel que ‎penetra en territorio israelí. Nada permite confirmar la autenticidad del video mostrado por el ‎ejército israelí, ni la veracidad de los comentarios del estado mayor de Israel. ‎

Operación israelí contra los túneles del ‎Hezbollah


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Operación israelí contra los túneles del ‎Hezbollah



El ejército de Israel inició una operación de destrucción de túneles del Hezbollah libanés en la ‎‎“tierra de nadie” instaurada por la ONU entre Israel y el Líbano. Las fuentes militares israelíes ‎han denominado esa operación «Escudo del Norte».‎
A lo largo de 4 años, el Hezbollah ha construido en esa zona una red de túneles que, ante un ‎eventual ataque israelí contra el Líbano, serían utilizados por la resistencia libanesa para penetrar ‎en Israel y realizar allí acciones militares de respuesta. ‎
El ejército israelí se ha dotado de equipos de sonar que permiten la detección de túneles. Hasta ‎hace poco sólo las fuerzas armadas chinas disponían de ese equipamiento, que los militares ‎israelíes parecen haber desarrollado en su lucha contra el Hamas, en la franja de Gaza. ‎
La Fuerza Provisional de las Naciones Unidas en Líbano presente en la “tierra de nadie” entre Israel ‎y el Líbano se compone de militares de unos 40 países. Algunos países de esa fuerza de la ONU ‎disponen de un solo observador mientras que otros –como España, Francia, Ghana, la India, ‎Indonesia, Italia, Malasia y Nepal– han asignado a esa fuerza más de 500 soldados. Una parte de ‎los oficiales de esa fuerza de la ONU se mantiene en contacto con Israel mientras que otros ‎garantizan los contactos con el Hezbollah libanés. ‎
‎‎
El 30 de noviembre de 2018, el Hezbollah divulgó un video subtitulado en hebreo donde anuncia ‎que, en caso de agresión israelí contra el Líbano, los combatientes de la resistencia libanesa ‎responderían con acciones contra diferentes objetivos en Israel, incluyendo el cuartel general de ‎las fuerzas armadas israelíes y la central nuclear de Dimona. El video terminaba con un mensaje ‎muy claro: «Si ustedes se atreven a atacar, ¡se arrepentirán!»‎
Este video no contenía ninguna mención a los túneles ya que el Hezbollah dispone ahora de ‎cohetes mucho más avanzados que los que tenía cuando se produjo la agresión israelí de 2006. ‎
Israel sigue calificando a los soldados del Hezbollah libanés de «terroristas», ignorando así el ‎hecho que lo que comenzó siendo una red de resistencia contra la ocupación israelí se ha ‎convertido con el tiempo, sobre todo durante la crisis siria, en un verdadero ejército con soldados ‎uniformados y bien equipados –podría incluso decirse en uno de los mejores ejércitos de la región. ‎
Según los servicios de inteligencia israelíes, Irán acaba de entregar al Hezbollah una importante ‎cantidad de material de guerra moderno enviado a Beirut en un avión civil. Sería la primera ‎operación de ese tipo realizada desde hace varios años. ‎
Hace dos meses que los consejeros militares iraníes y las milicias respaldadas por Irán comenzaron ‎a retirarse de Siria y de Irak e Israel teme que, después de haber demostrado su eficacia en el ‎terreno, ese dispositivo se despliegue próximamente en Líbano. ‎

Occidente devora a sus hijos, por Thierry Meyssan


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Occidente devora a sus hijos, por Thierry Meyssan

Thierry Meyssan

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Insurrección en París, el 1º de diciembre de 2018. ‎
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La causa de la recesión occidental

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Las relaciones internacionales sufrieron un profundo cambio con la parálisis de la Unión Soviética, ‎en 1986, cuando el Estado soviético no logró actuar con eficacia ante el incidente nuclear de ‎Chernobil [1], ‎más tarde, con la desaparición del Pacto de Varsovia, en 1989, cuando el partido comunista de la ‎República Democrática Alemana (RDA) destruyó el muro de Berlín [2] y, finalmente, con la ‎disolución de la URSS, en 1991. ‎
En aquel momento, el presidente de Estados Unidos, George Bush padre, decidió desmovilizar un ‎millón de soldados y consagrar los esfuerzos de su país a la prosperidad de los estadounidenses. ‎
George Bush padre quiso convertir la hegemonía que Estados Unidos ejercía sobre su zona de ‎influencia en un papel de líder del mundo en su conjunto y de garante de su estabilidad. Enunció ‎entonces las bases de un «Nuevo Orden Mundial». Lo hizo primeramente en el discurso que ‎pronunció junto a la primer ministro británica Margaret Thatcher en el Aspen Institute –el 2 de ‎agosto de 1990– y también en su discurso del 11 de septiembre de 1990 ante el Congreso ‎estadounidense, donde anunció la operación «Tormenta del Desierto» [3]. ‎
El mundo posterior a la desaparición de la Unión Soviética es el mundo de la libre circulación, ya ‎no sólo de las mercancías sino también de los capitales mundiales, sin otro control que el de ‎Estados Unidos. Se trata, en otras palabras, del paso del capitalismo a la financierización, ‎no al logro del libre intercambio para todos sino a una forma exacerbada de la explotación ‎colonial en todo el mundo, incluso en Occidente. En 25 años, las grandes fortunas ‎estadounidenses se multiplicaron varias veces y la riqueza global del mundo aumentó ‎considerablemente. ‎
Al dar rienda suelta al capitalismo, el presidente Bush padre esperaba extender la prosperidad a ‎todo el mundo. Pero el capitalismo no es un proyecto político, es sólo una lógica sobre cómo ‎obtener ganancias. Y la lógica de las transnacionales estadounidense no era otra que ‎incrementar sus ganancias produciendo en China, cuyos trabajadores eran los peor pagados del ‎mundo. ‎
Son muy pocos los que lograron ver el costo que ese avance tuvo para Occidente. Es cierto que ‎en países del Tercer Mundo empezaron a aparecer clases medias –aunque menos ricas que las ‎clases medias de los países occidentales– lo cual permite a nuevos Estados, principalmente ‎asiáticos, desempeñar un papel en la escena internacional. Pero, simultáneamente, las ‎clases medias comienzan a desaparecer en Occidente [4], haciendo imposible ‎la supervivencia de las instituciones democráticas que esas clases habían conformado. ‎
Lo más importante es que las poblaciones de regiones enteras van a ser diezmadas, comenzando ‎par las de los Grandes Lagos africanos. Esta primera guerra regional deja 6 millones de muertos ‎en Angola, Burundi, Uganda, en la República Democrática del Congo, Ruanda y Zimbabwe, ‎sin que el mundo se preocupe por entender lo que sucede. El objetivo era seguir apoderándose ‎de los recursos naturales de esos países… pero pagando aún menos que antes. ¿Cómo? ‎Negociando esos recursos con pandillas armadas en vez de tratar con Estados que tienen la ‎obligación de alimentar a sus ciudadanos. ‎
La transformación sociológica del mundo es muy rápida y sin precedente. No disponemos ‎actualmente de las herramientas estadísticas necesarias para evaluarla correctamente. Pero todos ‎percibimos el progreso de Eurasia –no de la Eurasia que evocaba De Gaulle, «de Brest ‎a Vladivostok», sino de una Eurasia que sólo incluye a Rusia y Asia, sin Europa occidental ‎ni Europa central– hacia la búsqueda de libertad y prosperidad, mientras que las potencias ‎occidentales –incluyendo a Estados Unidos– se apagan poco a poco, limitando las libertades ‎individuales y encerrando a la mitad de su población en zonas de pobreza. ‎
Hoy en día la tasa de encarcelación de los chinos es 4 veces inferior a la de los estadounidenses, ‎mientras que su poder adquisitivo es ligeramente superior al de los estadounidenses. ‎Objetivamente, con todos sus defectos, China se ha convertido un país más libre y próspero que ‎Estados Unidos. ‎
Ese proceso era previsible desde el principio. Su instauración se discutió por mucho tiempo. ‎Por ejemplo, el 1º de septiembre de 1987, un cuadragenario estadounidense publicaba una ‎página publicitaria a contracorriente en el New York Times, el Washington Post y el ‎‎Boston Globe. En ella advertía a sus compatriotas en contra del papel que el presidente ‎Bush padre iba a hacer asumir a Estados Unidos haciendo a esa nación responsable, asumiéndolo ‎sola, del «Nuevo Orden Mundial» que se construía. Mucha gente se rió del autor de aquel ‎artículo… el promotor inmobiliario Donald Trump. ‎
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La aplicación del modelo económico a las relaciones internacionales

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Un mes después de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, el secretario ‎estadounidense de Defensa, Donald Rumsfeld, designó al almirante Arthur Cebrowski como ‎director de la nueva Oficina de Transformación de la Fuerza (Office of Force Transformation). ‎La misión de Cebrowski era modificar la cultura de los militares estadounidenses para que ‎pudieran adaptarse a un cambio total de su misión. ‎
Ya no se trataría de utilizar las fuerzas armadas de Estados Unidos para defender principios o ‎intereses sino de servirse de los ejércitos estadounidenses para reorganizar el mundo… ‎dividiéndolo en dos: de un lado estarían los Estados integrados a la economía globalizada, del ‎otro lado quedarían los demás [5]. El Pentágono ya no libraría guerras para apoderarse de ‎los recursos naturales sino que pasaría a controlar el acceso de los países globalizados a esos ‎recursos. Esa división se inspira directamente en el proceso de globalización que ya había ‎marginalizado a la mitad de la población occidental. Sólo que en lo adelante lo que se preveía ‎era la exclusión para la mitad de la población mundial [6]. ‎
La reorganización del mundo se inició en la zona política definida como el «Medio Oriente ‎ampliado» o «Gran Medio Oriente», o sea la que va desde Afganistán hasta Marruecos, ‎exceptuando Israel, Líbano y Jordania. Fue esa la supuesta epidemia de guerras civiles que ya ha ‎dejado varios millones de muertos en Afganistán, Irak, Sudán, Libia, Siria y Yemen [7]. ‎
Como un monstruo que devora a sus hijos, el sistema financiero global, con base en ‎Estados Unidos, sufrió su primera crisis en 2008, cuando estalló la burbuja de las subprimes. ‎Al contrario de lo que afirma el mito, aquello no fue una crisis global sino una crisis ‎exclusivamente occidental. Por primera vez, los países de la OTAN fueron los primeros en sufrir ‎las consecuencias de las políticas que respaldaban. Pero las clases superiores occidentales ‎no modificaron su comportamiento en nada, se limitaron a mirar compasivamente el naufragio ‎de la clase media. ‎
La única modificación notable fue la adopción de la «regla Volcker» [8], que prohíbe a los bancos utilizar informaciones obtenidas de sus clientes ‎para especular contra los intereses de estos. Ahora bien, aunque es cierto que los conflictos de ‎intereses han permitido a muchos inescrupulosos enriquecerse rápidamente, también hay que ‎decir que no son ellos el problema de fondo. Este es mucho más amplio. ‎
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La revuelta de los occidentales

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La revuelta de las clases medias y populares de Occidente contra la clase superior globalizada ‎comenzó en realidad hace 2 años. ‎
Consciente de que, en relación con Asia, Occidente está en recesión, el pueblo británico fue ‎el primero en tratar de salvar su nivel de vida saliendo de la Unión Europea y acercándose ‎a China y al Commonwealth (“Sí” al Brexit como resultado del referéndum realizado el 23 de junio ‎de 2016) [9]. Por desgracia, los dirigentes del Reino ‎Unido no lograron concretar el acuerdo que esperaban obtener con China y están enfrentando ‎graves dificultades para reactivar sus vínculos con la Commonwealth.‎
Más tarde, viendo como su industria civil se derrumbaba, una parte de los estadounidenses votó ‎el 8 de noviembre de 2016 por el único candidato a la presidencia que se oponía al Nuevo Orden ‎Mundial: Donald Trump. Se trataba de volver al «american dream» (el “sueño americano”). ‎Por desgracia para esos estadounidenses, Donald Trump no tiene un equipo en torno a él –‎exceptuando a su familia– y solamente está logrando modificar –pero no cambiar– la estrategia ‎militar de su país, donde la casi totalidad de los generales del Pentágono y de los altos ‎funcionarios son hostiles a su política. ‎
Ya ante el fin de su industria nacional y con la certeza de que están siendo traicionados por su ‎clase alta, los italianos votaron el 4 de marzo de 2018 por los partidos antisistema: la Liga y el ‎Movimiento 5 Estrellas. Esos dos partidos constituyeron una alianza de gobierno para poner ‎en práctica una política social. Por desgracia para ellos, la Unión Europea se opone a esa política ‎‎ [10].‎
En Francia, en momentos en que decenas de miles empresas pequeñas y medianas que trabajaban ‎en el sector industrial han ido a la quiebra durante los 10 últimos años, los impuestos –que ya ‎clasificaban entre los más elevados del mundo– han aumentado en un 30% en ese mismo periodo ‎de tiempo. Ahora cientos de miles de franceses han salido a las calles para protestar contra un alza ‎de los impuestos que les parece abusiva. Por desgracia para ellos, la clase alta francesa se ha ‎contaminado con el discurso que los estadounidenses rechazan. Esa clase privilegiada está ‎tratando ahora de adaptar su política a la revuelta popular, en vez de cambiar de política. ‎
Si se abordan por separado los casos de cada uno de esos cuatro países, seguramente ‎aparecerán explicaciones diferentes para lo que en ellos sucede. Pero si los analizamos como un ‎fenómeno único que se produce en culturas diferentes, veremos que los mecanismos son ‎los mismos. En esos cuatro países, las clases medias están desapareciendo con mayor o menor ‎rapidez –como consecuencia del capitalismo– y con ellas desaparece el régimen político que esas ‎clases encarnaban: la democracia. ‎
Los dirigentes occidentales van a tener que renunciar al sistema financiero que han construido y ‎volver al capitalismo productivo de los tiempos de la guerra fría, o inventar una organización ‎diferente en la que nadie haya pensado hasta ahora. Si no lo hacen, el Occidente que ha dirigido ‎el mundo desde hace 5 siglos acabará hundiéndose en una serie de conflictos internos.‎
Los sirios han sido el primer pueblo no globalizado capaz de sobrevivir y de resistir a la destrucción ‎que reinaría en el inframundo de Rumsfeld y Cebrowski. ‎
Los franceses son el primer pueblo globalizado que se revela contra la destrucción de Occidente, ‎aunque no tengan conciencia de que están luchando contra el enemigo único de toda la ‎humanidad. El presidente Emmanuel Macron no es el “hombre de la situación”, no porque sea ‎responsable de un sistema que ya existía antes que él sino porque él mismo es producto de ese ‎sistema. Ante los motines que estallaron en su país, este presidente de la República Francesa ‎no encontró nada mejor que decir –desde la cumbre del G20 realizada en Buenos Aires– que ‎la reunión le había parecido un éxito –en realidad no lo fue– y que él mismo avanzaría más ‎rápidamente que sus predecesores… en la dirección equivocada. ‎
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Cómo salvar los privilegios

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La clase dirigente británica parece haber hallado su propia solución. Si Occidente en general, y ‎Londres en particular, ya no está en condiciones de gobernar el mundo, lo conveniente es ‎resignarse y tratar de salvar lo que sea posible salvar dividiendo el mundo en dos zonas. Esa fue ‎la política que aplicó la administración Obama durante sus últimos meses en el poder [11], es la política de la primer ministro británica ‎Theresa May y también la de Donald Trump, política que aplica con su negativa a cooperar y sus ‎acusaciones estruendosas, primero contra Rusia y ahora contra China. ‎
También parece que Rusia y China, a pesar de su rivalidad histórica, han tomado conciencia de ‎que nunca podrán tener como aliados a las potencias occidentales que siempre han querido ‎desmembrarlas. Esa es la idea que ha dado lugar a su proyecto de «Asociación de la Eurasia ‎Ampliada»: si el mundo va a dividirse en dos, cada bando tiene que organizar su parte del ‎mundo. Para Pekín, eso significa concretamente abandonar la mitad de su proyecto de «Ruta de ‎la Seda» y redesplegarse junto a Moscú en la Eurasia ampliada. ‎
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Fijar la línea divisoria

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Tanto para Occidente como para la Eurasia ampliada lo más conveniente sería fijar sin demora la ‎línea divisoria. Por ejemplo, ¿de qué lado quedará Ucrania? Al construir el puente sobre el ‎Estrecho de Kerch, Rusia buscaba cortar el país, absorber la región de Donbass, la cuenca del Mar ‎de Azov y, posteriormente, Odesa y Transnistria. El incidente organizado en Kerch por el bando ‎de los occidentales apunta a meter toda Ucrania en la OTAN antes de que el país se divida. ‎
Viendo que el bando de la globalización financiera se hunde, muchos comienzan a tratar de salvar ‎sus intereses personales sin preocuparse por los demás. De ahí viene, por ejemplo, la actual ‎tensión entre la Unión Europea y Estados Unidos. Y el movimiento sionista siempre lleva la ‎ventaja en ese juego, lo cual explica la rápida mutación de la estrategia israelí, que ahora está ‎dejando Siria a Rusia para volverse simultáneamente hacia el Golfo Pérsico y el este de África. ‎
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Perspectivas

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Teniendo en cuenta todo lo que está en juego, es evidente que la insurrección en Francia es ‎sólo el comienzo de un proceso mucho más amplio que se extenderá a otros países ‎occidentales. ‎
Es absurdo creer que en estos tiempos de globalización financiera, algún gobierno –sea cual sea– ‎logrará resolver los problemas de su país sin afectar las relaciones internacionales y recuperar ‎simultáneamente su capacidad de reacción. El problema es precisamente que la política exterior ‎ha sido mantenida fuera del ámbito democrático desde que desapareció la Unión Soviética. Es por ‎lo tanto urgente salir de casi todos los tratados y compromisos pactados en los 30 últimos años. ‎Sólo los Estados capaces de recobrar su soberanía tendrán posibilidades de recuperarse. ‎
[1] Según Mijaíl Gorbatchov, ese acontecimiento fue lo que hizo posible la disolución del ‎Pacto de Varsovia y de la Unión Soviética en la medida en que deslegitimó el Estado soviético.
[2] Al contrario de lo que afirma ‎el mito divulgado en Occidente, quienes echaron abajo el muro de Berlín, visto como el símbolo ‎de la dominación soviética, no fueron los anticomunistas (y los proestadounidenses) sino los ‎nacionalistas del partido comunista de la RDA (y las iglesias luteranas).
[3] El principal objetivo de ‎la invasión de Irak no fue liberar Kuwait sino utilizar la ocupación de este último país como ‎pretexto para conformar la mayor coalición internacional posible, bajo el mando de ‎Estados Unidos y con la participación incluso de la URSS.
[4] Global Inequality. A New Approach for ‎the Age of Globalization, Branko Milanovic, Harvard University Press, 2016.
[5] «El proyecto militar de Estados Unidos para el mundo», por Thierry Meyssan, Haïti Liberté (Haití), ‎‎Red Voltaire, 22 de agosto de 2017.
[6] Es evidente que las guerras de los ‎presidentes Bush hijo y Obama nunca tuvieron como objetivo extender la democracia. Primero ‎porque, por definición, la democracia sólo puede emanar del Pueblo y no puede imponerse con ‎bombardeos. Y además porque Estados Unidos ya era una plutocracia.
[7] Me refiero ‎no sólo al millón de personas que murieron en las guerras mismas sino también a las víctimas de ‎los desórdenes suscitados por esos conflictos.
[8] El ex presidente de la ‎Reserva Federal estadounidense, Paul Volcker, es uno de los arquitectos de la financierización ‎global. Fue Volcker quien persiguió, en nombre de la ONU, a las personas y entidades que habían ‎ayudado a Irak para que burlara el embargo impuesto por la ONU (el caso «petróleo a cambio de ‎alimentos»). Volcker es una de las principales personalidades de la Pilgrim’s Society, el club ‎transatlántico que tiene como presidente a la reina Isabel II. Fue así como Volcker se convirtió ‎en el principal consejero económico del presidente Barack Obama y conformó una parte de su ‎equipo de gobierno.
[9] «La nueva política exterior británica», por ‎Thierry Meyssan, Red Voltaire, 4 de julio de 2016.
[10] El Mercado Común Europeo era un sistema de cooperación entre Estados, pero fue reemplazado ‎por la Unión Europea, que –según la definición enunciada en el Tratado de Maastricht– es una ‎entidad supranacional y se halla bajo control de la OTAN. La Unión Europea tiene, por tanto, la ‎prerrogativa de oponerse a las decisiones nacionales.
[11] «Dos ‎mundo separados», por Thierry Meyssan, Al-Watan ‎‎(Siria) , Red Voltaire, 8 de noviembre de 2016.

Situación insurreccional en París, ‎Marsella y Aviñón ‎


voltairenet.org

Situación insurreccional en París, ‎Marsella y Aviñón ‎



El movimiento francés de los “Chalecos amarillos”, cuyos actos de protesta se han mantenido ‎sin descanso a través de toda Francia desde el 17 de noviembre de 2018, realizó este sábado 1º de diciembre su segunda ‎manifestación en París. ‎
Inicialmente se produjeron motines e incendios en la célebre avenida de los Campos Elíseos y ‎posteriormente en otros barrios del centro de París. Durante la tarde, los desórdenes ‎se extendieron al sur de Francia, en las ciudades de Marsella y Aviñón. Se reportan al menos un ‎centenar de heridos y se han visto imágenes sin precedente en Francia desde hace un siglo. ‎
Los manifestantes denuncian el nivel absolutamente abusivo de los impuestos, tasas y ‎cotizaciones sociales, que ha aumentado en un 30%, dando lugar a un desplome del nivel de vida ‎de las clases sociales no globalizadas. ‎
El movimiento de los “Chalecos amarillos” –que debe su nombre a la decisión de los ‎manifestantes de portar los chalecos de alta visibilidad de uso obligatorio en las situaciones de ‎urgencia– se inició y tomó cuerpo en Facebook, debido al alza de los impuestos sobre el ‎combustible. Se trata de un movimiento no estructurado que por el momento escapa a toda ‎forma de control. ‎
Completamente desbordadas por la situación, las fuerzas policiales recurrieron ampliamente al ‎uso de granadas lacrimógenas, a tal extremo que al parecer ya comienzan a carecer de ese tipo ‎de material antimotines. ‎
Contrariamente al Brexit británico, a la elección de Donald Trump en Estados Unidos y a la ‎victoria electoral de la coalición antisistema que accedió al gobierno en Italia, los sucesos que ‎están teniendo lugar en Francia constituyen el primer estallido de violencia provocado ‎en Occidente por la cólera popular contra los efectos de la globalización financiera. ‎