Perfil de Manhattan al atardecer, 23 mayo 2018. (Foto Saul Loeb/AFP/Getty Images)
Este domingo, la revista del
New York Times entera estará
dedicada a un solo artículo sobre un único tema: el fracaso a la hora
de enfrentar la crisis climática global en la década de 1980, una época
en que la ciencia y la política parecían alinearse. Escrito por
Nathaniel Rich, esta obra de la historia está llena de revelaciones
internas sobre caminos no tomados que, en varias ocasiones, me hicieron
maldecir en voz alta. Y para que no quede ninguna duda de que las
implicaciones de esas decisiones quedarán grabadas en el tiempo
geológico, las palabras de Rich aparecen reforzadas por las fotografías
aéreas a toda plana de George Steinmetz, que documentan de forma
dolorosa la veloz desintegración de los sistemas planetarios, desde el
agua torrencial donde solía haber hielo en Groenlandia, a las
floraciones masivas de algas en el tercer lago más grande de China.
El artículo, con una extensión de novela corta, representa el tipo de
compromiso de los medios que la crisis climática se ha merecido siempre
aunque casi nunca se le ha dedicado. Todos hemos escuchado las diversas
excusas de por qué ese pequeño asunto de expoliar nuestro único hogar
no se consideraba una noticia urgente: “El cambio climático es cosa de
un futuro lejano”; “es inapropiado hablar de política cuando la gente
está perdiendo la vida por los huracanes y los incendios”; “los
periodistas siguen las noticias, no las crean, y los políticos no hablan
del cambio climático”; y, por supuesto: “Cada vez que intentamos hablar
del tema, los índices de audiencia se desploman”.
Ninguna de estas excusas puede enmascarar el abandono del deber. Los
principales medios de comunicación siempre han podido decidir, por sí
mismos, que la desestabilización planetaria es una gran noticia, muy
probablemente la más relevante de nuestro tiempo. Siempre tuvieron la
capacidad de aprovechar las habilidades de sus reporteros y fotógrafos
para conectar la ciencia abstracta con los fenómenos climáticos extremos
experimentados. Y si lo hicieran de forma consistente, disminuiría la
necesidad que de los periodistas se adelanten a los políticos porque
cuanto mejor informada esté la gente sobre la amenaza y las soluciones
tangibles, más presionarán a sus representantes electos para que se
decidan por acciones audaces.
Por eso es tan excitante ver que el Times pone toda la fuerza de su
maquinaria editorial al servicio de la obra de Rich, acompañándola de un
video promocional, lanzándola con un evento en vivo en el Times Center y acompañándola de
material educativo .
Por todo ello es por lo que resulta tan indignante que el artículo se equivoque de forma espectacular en su tesis central.
Según Rich, entre los años de 1979 y 1989, se entendió y aceptó la
ciencia básica relativa al cambio climático; la división partidista
sobre la cuestión aún no se había producido, las empresas de
combustibles fósiles aún no habían iniciado seriamente su campaña de
desinformación y había un enorme impulso global para conseguir un
acuerdo internacional vinculante y audaz de reducción de emisiones. Al
escribir sobre el período clave de finales de los ochenta, Rich dice:
“Las condiciones para el éxito no podrían haber sido más favorables”.
Y, sin embargo, “nosotros”, los seres humanos, lo echamos todo a
perder porque al parecer somos demasiado miopes para salvaguardar
nuestro futuro. En caso de que no entendamos a quién y a qué hay que
culpar por el hecho de que estemos ahora “perdiendo el planeta”, la
respuesta de Rich se presenta en un recuadro a toda página: “Conocíamos
todos los hechos y nada se interponía en nuestro camino. Nada, excepto
nosotros mismos”.
Sí, Vds. y yo. Según Rich, no eran responsables las compañías de
combustibles fósiles que acudían a cada reunión política importante
descrita en el artículo. (Imagínense a los ejecutivos del tabaco siendo
repetidamente invitados por el gobierno estadounidense para proyectar
políticas que prohibieran fumar). Cuando todas esas reuniones no
consiguieron resultado sustancial alguno, ¿no deberíamos llegar a la
conclusión de que la razón de ello es que los seres humanos sólo
queremos morirnos? En cambio, ¿no podríamos llegar a la conclusión de
que el sistema político es corrupto y está en quiebra?
Varios científicos e historiadores del clima
han señalado
esta lectura equivocada desde que la versión online del artículo
apareció el miércoles. Otros han comentado sobre las enloquecedoras
invocaciones de la “naturaleza humana” y el uso del regio “nosotros”
para describir a un grupo muy homogéneo de poderosos actores
estadounidenses. A lo largo del relato de Rich, no oímos nada de todos
aquellos líderes políticos del Sur Global que exigían una acción
vinculante en este período clave y después se preocupaban de algún modo
por las generaciones futuras a pesar de ser humanos. Al mismo tiempo,
las voces de las mujeres son casi tan raras en el texto de Rich como los
avistamientos del pájaro carpintero real en peligro de extinción, y
cuando las señoras aparecen, es principalmente como esposas sufridoras
de hombres trágicamente heroicos.
Todos estos fallos han sido ya abordados, por eso no voy a
discutirlos de nuevo aquí. Me centraré en la principal premisa del
artículo: que a finales de la década de 1980 las condiciones no “podían
haber sido más favorables” para una acción climática audaz. Bien al
contrario, una apenas podría imaginar un momento más inoportuno en la
evolución humana para que nuestra especie se encontrara cara a cara con
la dura verdad de que las ventajas del moderno capitalismo consumista
estaban erosionando rápidamente la habitabilidad del planeta. ¿Por qué?
Porque los últimos años ochenta estábamos en el cenit absoluto de la
cruzada neoliberal, un momento de suprema ascendencia ideológica para el
proyecto económico y social que se propuso vilipendiar deliberadamente
la acción colectiva en aras a la liberación del “libre mercado” en los
aspectos de la vida. Sin embargo, Rich no menciona esta turbulencia
paralela en el pensamiento económico y político.
En esta foto de archivo del 9 de mayo de 1989, James
Hansen, director del Instituto Goddard para Estudios Espaciales de la
NASA, testifica ante el subcomité de transportes del Senado en el
Capitolio, Washington D.C., un año después de su histórico testimonio
diciéndole al mundo que el calentamiento global estaba ya aquí e iba a
empeorar (Foto: Dennis Cook/AP).
Cuando ahondé en esta misma historia del cambio climático hace unos
años, llegué a la conclusión, al igual que Rich, que el momento clave en
que el impulso mundial se estaba forjando en aras a un acuerdo global
firme basado en la ciencia se produjo en 1988. Fue cuando James Hansen,
entonces director del Instituto Goddard para Estudios Espaciales de la
NASA, testificó ante el Congreso alegando que tenía un “99% de
seguridad” en que había una “tendencia real hacia el calentamiento”
vinculada con la actividad humana. Más tarde, ese mismo mes, cientos de
científicos y políticos celebraron la histórica Conferencia Mundial
sobre Cambios en la Atmósfera en Toronto, cuando se discutió sobre los
primeros objetivos para la reducción de emisiones. A finales de ese
mismo año, en noviembre de 1988, el Panel Intergubernamental sobre el
Cambio Climático de la ONU, la principal entidad científica para
asesorar a los gobiernos sobre la amenaza climática, celebraba su
primera sesión.
Pero el cambio climático no sólo preocupaba a políticos y expertos,
había pasado a formar parte de las conversaciones cotidianas y charlas
de café, a tal nivel que cuando los editores de la revista Time
anunciaron en 1988 su “Hombre del Año”, optaron por cambiarlo por el
“Planeta del Año: La Tierra en Peligro”. La portada mostraba una imagen
del mundo sostenido con un cordel, con el sol poniéndose al fondo de
forma inquietante. “Ningún individuo en particular, ningún
acontecimiento, ningún movimiento logró capturar la imaginación ni
dominó más los titulares”, explicaba el periodista Thomas Sancton, “que
el grupo de rocas y suelo y agua y aire que es nuestro hogar común”.
(Curiosamente, a diferencia de Rich, Sancton no culpaba a la
“naturaleza humana” del pillaje planetario. Siguió profundizando en el
uso indebido del concepto judeocristiano de “dominio” sobre la
naturaleza y en el hecho de que suplantó la idea precristiana de que “la
Tierra era considerada como madre, como donante fértil de vida. La
naturaleza -el suelo, el bosque, el mar- estaba investida de divinidad y
los mortales estaban subordinados a ella.)
Cuando examiné las noticias climáticas de este período, parecía que
podría lograrse realmente un cambio profundo. Pero después, de forma
trágica, todo se desvaneció, con Estados Unidos largándose de las
negociaciones internacionales y el resto del mundo conformándose con
acuerdos no vinculantes que dependían de “mecanismos de mercado”
sospechosos, como la comercialización y compensaciones de bonos del
carbono. Por tanto, merece realmente la pena preguntar, como lo hace
Rich: ¿Qué demonios sucedió? ¿Qué fue lo que interrumpió la urgencia y
la determinación que emanaban de todos estos establishment elitistas de
forma simultánea al final de los años ochenta?
Rich concluye, aunque sin ofrecer ninguna prueba social o científica,
que algo llamado “naturaleza humana” se puso a dar patadas y lo
estropeó todo. “Los seres humanos”, escribe, “ya sea en organizaciones
globales, democracias, industrias, partidos políticos o como individuos,
son incapaces de sacrificar las ventajas presentes para evitar el
desastre impuesto a las generaciones futuras”. Parece que estamos
programados para “obsesionarnos con el presente, preocuparnos por el
medio plazo y eliminar de nuestra mente el término a largo plazo, aunque
acabemos envenenados por ello”.
Al examinar el mismo período, llegué a una conclusión muy diferente:
que lo que al principio parecía ser nuestro mejor intento para salvar la
vida de la acción climática había sufrido, en retrospectiva, un caso
épico de mal momento histórico. Porque lo que queda claro cuando se mira
hacia atrás en esta coyuntura es que justo cuando los gobiernos se
estaban uniendo para actuar seriamente a fin de controlar el sector de
los combustibles fósiles, la revolución neoliberal global se convirtió
en supernova y ese proyecto de reingeniería económica y social chocó a
cada paso con los imperativos tanto de la ciencia del clima como de la
regulación corporativa.
El hecho de no hacer siquiera una referencia pasajera a esta otra
tendencia global que estaba desarrollándose en los últimos años ochenta
representa un gran punto ciego incomprensible en el artículo de Rich.
Después de todo, el principal beneficio de volver como periodista a un
período en un pasado no muy lejano es que puedes ver tendencias y pautas
que aún no resultaban visibles para las personas que vivieron esos
tumultuosos acontecimientos en tiempo real. Por ejemplo, en 1988, la
comunidad del clima no tenía manera de saber que estaban en la cúspide
de la convulsa revolución neoliberal que transformaría todas las
economías principales del planeta.
Pero nosotros sí lo sabemos. Y una cosa que queda muy clara cuando se
mira hacia atrás, en los finales ochenta, es que desde ofrecer
“condiciones para el éxito que no podrían haber sido más favorables”,
1988-89 fue el peor momento posible para que la humanidad decidiera que
iba a tomarse en serie el hecho de poner la salud planetaria por delante
de los beneficios.
Recuerden qué otras cosas estaban pasando. En 1988, Canadá y Estados
Unidos firmaron su acuerdo de libre comercio, un prototipo del NAFTA
(siglas en inglés del Tratado de Libre Comercio de América del Norte) y
de los innumerables acuerdos que lo seguirían. El muro de Berlín estaba a
punto de caer, un acontecimiento que los ideólogos de la derecha
aprovecharían con éxito en EE. UU. como prueba del “fin de la historia”,
tomándolo como licencia para exportar la receta Reagan-Thatcher de
privatización, desregulación y austeridad a todos los rincones del
mundo.
Fue esta convergencia de tendencias históricas -la aparición de una
arquitectura global que se suponía iba a abordar el cambio climático y
el afianzamiento de una arquitectura global mucho más poderosa que iba a
liberar el capital de cualquier restricción- lo que hizo descarrilar el
impulso que Rich identifica correctamente. Porque, como señala
repetidamente, enfrentar el desafío del cambio climático hubiera
requerido imponer rígidas regulaciones a los contaminadores, a la vez
que invertir en la esfera pública para transformar la forma en que
impulsamos nuestras vidas, vivimos en las ciudades y nos movemos.
Todo esto fue posible en los años 80 y 90 (todavía lo es hoy), pero
habría exigido una batalla frontal contra el proyecto del
neoliberalismo, que en ese momento estaba librando una guerra contra la
idea misma de la esfera pública (“La sociedad no existe”, nos dijo
Thatcher). Mientras tanto, los acuerdos de libre comercio que se
firmaron en este período estaban desarrollando muchas iniciativas
climáticas sensatas, como subvencionar y ofrecer un trato preferencial a
la industria verde local y rechazar muchos proyectos contaminantes como
la fractura hidráulica y los oleoductos, que son ilegales en virtud del
derecho comercial internacional.
Sobre esta colisión entre el capitalismo y el planeta escribí un
libro de 500 páginas, y no quiero entrar de nuevo en los detalles aquí. Sin embargo, este
extracto se introduce en el tema con cierta profundidad, por lo que citaré aquí un breve fragmento:
No hemos hecho lo necesario para reducir las emisiones porque eso
entra fundamentalmente en conflicto con el capitalismo desregulado, la
ideología reinante durante todo el período en el que hemos estado
luchando para encontrar una salida a esta crisis. Estamos atrapados
porque las acciones que nos darían la mejor oportunidad para evitar una
catástrofe -que beneficiarían a la gran mayoría- son extremadamente
amenazadoras para una élite minoritaria que tiene un dominio absoluto
sobre nuestra economía, nuestro proceso político y la mayoría de
nuestros principales medios de comunicación. Ese problema podría no
haber sido insuperable si se hubiera presentado en otro momento de
nuestra historia. Pero es nuestra gran desgracia colectiva que la
comunidad científica hiciera su decisivo diagnóstico sobre la amenaza
climática en el preciso momento en que esas élites disfrutaban de un
poder político, cultural e intelectual más ilimitado que en cualquier
momento desde la década de 1920. De hecho, los gobiernos y los
científicos
habían empezado a hablar seriamente
sobre los recortes radicales a las emisiones de gases de efecto
invernadero en 1988, el año exacto que marcó el comienzo de lo que se
llamó “globalización”.
¿Por qué es importante que Rich no mencione este choque y, en cambio,
afirme que nuestro destino ha sido sellado por la “naturaleza humana”?
Es importante porque si la fuerza que interrumpió el impulso hacia la
acción somos “nosotros mismos”, entonces el titular fatalista en la
portada de la revista New York Times Magazine “Perdiendo la Tierra” es
realmente merecido. Si la incapacidad de sacrificarnos a corto plazo por
una dosis de salud y seguridad en el futuro se cuece en nuestro ADN
colectivo, entonces no tenemos ninguna esperanza de cambiar las cosas a
tiempo para evitar un calentamiento verdaderamente catastrófico.
Por otra parte, si nosotros, los seres humanos, estuvimos realmente a
punto de salvarnos en los años 80, pero nos vimos inundados por una
oleada de fanatismos por parte de la élite del libre mercado, a la que
se oponían millones de personas en todo el mundo, entonces ahí hay algo
bastante concreto que podemos hacer al respecto. Podemos enfrentar ese
orden económico y tratar de reemplazarlo con algo que esté enraizado en
la seguridad humana y planetaria, esa que no coloca la búsqueda del
crecimiento y el beneficio a toda costa en su centro.
Y la buena noticia -y sí, hay alguna- es que hoy, a diferencia de
1989, un movimiento joven y en crecimiento de socialistas democráticos
verdes está avanzando precisamente con esa visión en EE. UU. Y eso
representa algo más que sólo una alternativa electoral: es nuestra única
línea de vida planetaria.
Sin embargo, tenemos que tener claro que la línea de vida que
necesitamos no es algo que haya sido probado antes, al menos no en la
escala requerida. Cuando el Times
tuiteó
su tráiler del artículo de Rich sobre “la incapacidad de la humanidad
para enfrentar la catástrofe del cambio climático”, la excelente ala de
ecojusticia de los Socialistas Democráticos de América ofreció
velozmente esta
corrección
: “*CAPITALISMO* Si fueran serios a la hora de investigar qué ha ido
tan mal, deberían centrarse en la ‘incapacidad del capitalismo para
abordar la catástrofe del cambio climático’. Por encima del capitalismo,
*la humanidad* es totalmente capaz de organizar sociedades que
prosperen dentro de límites ecológicos”.
Su punto de vista es bueno, pero está incompleto. No hay nada
esencial sobre los seres humanos que viven bajo el capitalismo; los
humanos somos capaces de organizarnos en todo tipo de órdenes sociales
diferentes, incluidas las sociedades con horizontes de tiempo mucho más
largos y con mucho más respeto por los sistemas de apoyo a la vida
natural. De hecho, los humanos han vivido de esa manera durante la gran
mayoría de nuestra historia y muchas culturas indígenas mantienen vivas
hasta el día de hoy las cosmologías centradas en la tierra. El
capitalismo es un breve incidente en la historia colectiva de nuestra
especie.
Pero culpar simplemente al capitalismo no es suficiente. Es
absolutamente cierto que el impulso hacia el crecimiento y las ganancias
sin fin se oponen rotundamente al imperativo de una transición rápida
en el abandono de los combustibles fósiles. Es absolutamente cierto que
el desencadenante global de la forma desatada de capitalismo conocida
como neoliberalismo en los años 80 y 90, ha sido el mayor contribuyente
al desastroso pico de las emisiones globales en las últimas décadas, así
como el mayor obstáculo para la acción climática basada en la ciencia
desde que los gobiernos comenzaron a reunirse para hablar (y hablar y
hablar) sobre la reducción de emisiones. Y sigue siendo el mayor
obstáculo hoy en día, incluso en países que se promocionan como líderes
climáticos, como Canadá y Francia.
Pero tenemos que ser honestos y reconocer que el socialismo
industrial autocrático ha sido también un desastre para el
medioambiente, como lo demuestra radicalmente el hecho de que las
emisiones de carbono descendieron brevemente cuando las economías de la
antigua Unión Soviética se colapsaron a principios de los años noventa. Y
como escribí en “Esto lo cambia todo”, el petropopulismo venezolano ha
continuado con esta tradición tóxica hasta nuestros días, con resultados
desastrosos.
Reconozcamos este hecho al tiempo que señalamos que los países con
una fuerte tradición socialista democrática, como Dinamarca, Suecia y
Uruguay, tienen algunas de las políticas ambientales más visionarias del
mundo. De esto podemos concluir que el socialismo no es necesariamente
ecológico, pero que una nueva forma de ecosocialismo democrático, con la
humildad de aprender de las enseñanzas indígenas sobre los deberes para
con las generaciones futuras y la interconexión de toda la vida, parece
ser la mejor oportunidad que tiene la humanidad para la supervivencia
colectiva.
Estas son las apuestas del aluvión de candidatos políticos que están
promoviendo una visión democrático ecosocialista, conectando los puntos
entre los expolios económicos causados por décadas de ascendencia
neoliberal y el devastado estado de nuestro mundo natural. Inspirados en
parte por la carrera presidencial de Bernie Sanders, candidatos de
diversos tipos, como Alexandria Ocasio-Cortez en Nueva York, Kaniela Ing
en Hawai y muchos más, se presentan en plataformas que piden un “Nuevo
acuerdo ecológico” que satisfaga las necesidades materiales básicas de
todos, ofrezca soluciones reales a las desigualdades raciales y de
género, al tiempo que catalice una transición rápida al cien por cien de
energía renovable. Muchos, como la candidata a gobernadora de Nueva
York, Cynthia Nixon, y el candidato a fiscal general de Nueva York,
Zephyr Teachout, se han
comprometido a no aceptar dinero de las compañías de combustibles fósiles y, en cambio, están
prometiendo procesarlas.
Estos candidatos, se identifiquen o no como socialistas demócratas,
rechazan el centrismo neoliberal del establishment del Partido
Demócrata, con sus tibias “soluciones basadas en el mercado” para la
crisis ecológica, así como la guerra total de Donald Trump contra la
naturaleza. También están presentando una alternativa concreta ante los
socialistas extractivistas antidemocráticos del pasado y del presente. Y
quizá lo más importante, esta nueva generación de líderes no está
interesada en convertir a la “humanidad” en chivo expiatorio de la
avaricia y corrupción de una élite minúscula. Busca en cambio ayudar a
la humanidad, en particular a sus innumerables miembros sistemáticamente
desconocidos, a encontrar su voz y poder colectivos para poder
enfrentarse a esa élite.
No estamos perdiendo la Tierra, pero esta se está calentando de forma
tan veloz que está inmersa en una trayectoria en la que muchos de
nosotros vamos a perdernos. Justo a tiempo, está apareciendo un nuevo
camino político hacia la seguridad. No es el momento de lamentar
nuestras décadas perdidas. Es hora ya de salir del infierno por ese
camino.
Naomi Klein es una periodista e investigadora canadiense de gran
influencia en el movimiento antiglobalización y el socialismo
democrático. Entre sus libros publicados figuran: No Logo, Vallas y
Ventanas, Esto lo cambia todo: el capitalismo contra el clima. Su nuevo
libro es: Decir no, no basta: Contra las nuevas políticas del shock, por
el mundo que queremos.
Fuente: https://theintercept.com/2018/08/03/climate-change-new-york-times-magazine/
Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández
Esta traducción puede reproducirse libremente a condición de
respetar su integridad y mencionar a la autora, a la traductora y a Rebelión.org como fuente de la misma.