Este artículo es la continuación del trabajo titulado
«De país imperialista, Irán pasa a ser antimperialista», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 4 de agosto de 2020.

- Ante la Asamblea General de la ONU, el presidente iraní
Mahmud Ahmadineyad solicita que se abra una investigación internacional
sobre los hechos del 11 de septiembre de 2001. Su intervención desata
una ola de pánico en Washington, donde el presidente Barack Obama
levanta bandera blanca ante los iraníes.
La juventud iraní que había luchado por su país en la guerra
impuesta su país alcanza la madurez. A los 51 años, un ex oficial de
los Guardianes de la Revolución, Mahmud Ahmadineyad, es electo
presidente de la República Islámica. Como el imam Khomeini, Ahmadineyad
no comulga con los dignatarios clericales chiitas, que se las
arreglaron para que sus hijos no fueran a la guerra. El objetivo de
Ahmadineyad es reiniciar la lucha contra la injusticia y modernizar el
país. Ingeniero de formación y profesor de tecnología, Ahmadineyad dota
el país de una industria verdadera, emprende un programa de
construcción de viviendas y, en materia de la relaciones
internacionales, se alía al presidente de Venezuela –Hugo Chávez– y al
presidente sirio –Bachar al-Assad– frente al imperialismo
estadounidense. Irán, Venezuela y Siria se convierten así en centro del
juego diplomático internacional, con un discreto apoyo de la
Santa Sede.
A pesar del doloroso recuerdo de la guerra que Irak impuso a Irán,
Mahmud Ahmadineyad ayuda a la resistencia iraquí frente a la agresión
estadounidense –sin establecer diferencias entre sunnitas y chiitas.
Más tarde también ayudará a Siria frente a los yihadistas. Pero entra
en conflicto con ciertos círculos iraníes, debido a la ayuda que aporta
a los sunnitas iraquíes y a los laicos sirios, en primer lugar, pero
también porque considera más importante el ejemplo del Irán de la
Antigüedad que el de la era islámica e incluso trata de autorizar que
los hombres no porten barba y el uso facultativo del velo entre las
mujeres. La cúpula de la iglesia chiita lo considera entonces una
amenaza para su propio poder y para el predominio del Guía de la
Revolución, el ayatola Alí Khamenei. Cuando Ahmadineyad resulta
reelecto presidente de la República, el ex presidente Khatami y un hijo
del también ex presidente Rafsanyani organizan con la CIA un
levantamiento de la burguesía en Teherán y en Ispahan. Pero las clases
más modestas de la sociedad iraní salen a las calles en defensa del
presidente Ahmadineyad y hacen fracasar la «revolución verde» orquestada por la reacción interna y la CIA.
Según sus enemigos externos, el presidente Ahmadineyad es un dictador
antisemita que pretende borrar Israel del mapa. Por su parte, sus
enemigos internos lo insultan y ridiculizan su misticismo. En realidad,
Ahmadineyad denuncia el enorme poder del Guía y llega a ponerse
“en huelga” como presidente.

- En su calidad de ayatola, Alí Khamenei es una alta
personalidad jurídica y espiritual del islam chiita. Como Guía de la
Revolución, es el jefe militar y político de la República Islámica.
En marzo de 2013, el Guía de la Revolución, Alí Khamenei, envía a
Omán una delegación encargada de conversar en secreto con
Estados Unidos. El presidente demócrata Barack Obama sigue adelante con
la aplicación de la estrategia Rumsfeld/Cebrowski de destrucción de las
estructuras mismas de los Estados en el «Gran Medio Oriente» o «Medio Oriente ampliado» [1],
pero no quiere enredar indefinidamente a las tropas estadounidenses en
ese enorme lodazal, como hizo su predecesor republicano George W. Bush
al emprender la ocupación de Irak. Obama es más bien favorable a la
idea de dividir a los musulmanes alimentando las diferencias entre
sunnitas y chiitas. Sus diplomáticos aseguran entonces a los enviados
del Guía Khamenei que Estados Unidos está dispuesto a permitirle
organizar una «media luna chiita» y rivalizar con los sauditas
sunnitas. Alí Akbar Velayati, representante del Guía en esa conversación
secreta, ve en ello la posibilidad de restaurar el antiguo imperio
safávida. A espaldas de otros miembros de la delegación iraní, Velayati
se compromete a lograr que los seguidores de Ahmadineyad sean
apartados de la próxima elección presidencial y a favorecer la
candidatura del jeque Hassan Rohani, quien fue el primer contacto de
Israel y Estados Unidos en Irán cuando se montó la operación de tráfico
de armas que daría lugar al escándalo conocido como «Irángate» o «Irán-Contras».
Así sucederá, el Consejo de los Guardianes de la Constitución declara
que Esfandiar Rahim Mashaie, candidato de los seguidores de
Ahmadineyad, es un «mal musulmán» y le prohíbe participar en la
elección presidencial. El Guía, Alí Khamenei, favorece a varios
candidatos –cuya participación en la elección dispersa los votos de los
revolucionarios– mientras que los prooccidentales presentan como único
candidato a Rohani, quien saldrá electo y designará como ministro de
Exteriores a Mohammad Javad Zarif, un hombre que ha pasado la parte más
importante de su vida en Estados Unidos.

- John Kerry y Mohammad Javad Zarif establecen los términos de
un preacuerdo en Omán. Resucitan así la idea, concebida por Bernard
Lewis y Zbigniew Brzezinski, de sembrar la división entre los pueblos
musulmanes del Medio Oriente utilizando las diferencias entre sunnitas
y chiitas.
El nuevo equipo gobernante iraní negocia públicamente la solución de la llamada «cuestión nuclear iraní»
con los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU y
Alemania. El shah Mohammad Reza Pahlevi había iniciado –con apoyo de
las potencias occidentales– un programa militar de investigación
nuclear, programa que la República Islámica prosiguió durante la guerra
que le fue impuesta por Irak, pero que abandonó cuando el imam
Khomeini prohibió las armas de exterminio masivo. Al llegar a la
presidencia de la República, Mahmud Ahmadineyad había reactivado
parcialmente la investigación nuclear pero limitándola a su uso civil.
Israel emprendió entonces una campaña internacional de propaganda
tendiente a hacer creer que Irán buscaba la manera de exterminar a los
judíos –para imponer esa idea, los propagandistas israelíes no vacilan
en falsificar la traducción de los discursos del presidente iraní. Pero
las potencias occidentales saben que todo eso es falso y rápidamente
se llega en Ginebra a un acuerdo que servirá de fachada, pero que
no se firma de inmediato ya que, durante todo un año, el ministro iraní
de Exteriores, Mohammad Javad Zarif, y el secretario de Estado
estadounidense, John Kerry, van a negociar en secreto una repartición
del Medio Oriente. Sólo después de la firma de ese acuerdo bilateral
secreto, en 2015, los otros países participantes en las negociaciones
de Ginebra serán invitados a aceptar formalmente, en Lausana, el acuerdo
alcanzado en público y finalmente a firmarlo en Viena. Se desbloquean
entonces los litigios entre Washington y Teherán. Comienza un proceso
de levantamiento de las sanciones impuestas a Irán, ambas partes
proceden a la liberación de prisioneros y una primera entrega de
1 300 millones de dólares en efectivo es discretamente enviada a Irán
por vía aérea.
Pero en Irán, mientras las familias de los miembros del equipo del
presidente Rohani se dan la gran vida, la situación económica del
pueblo iraní es cada vez peor. Las sanciones económicas occidentales
obstaculizan el desarrollo del país, pero eso no explica totalmente la
situación ya que Irán se ha convertido en un experto en comercio
internacional, desarrollando alrededor de Dubai un extenso sistema de
intermediarios que le permite disimular el origen y el destino de sus
productos. Para Estados Unidos resulta imposible controlar las
fronteras terrestres de Irán con 8 países y sus fronteras marítimas.

- Después de haber sido vicepresidente bajo el mandato del
presidente Ahmadineyad, Hamid Baghaie, quien planeaba crear una
internacional contra la injusticia, fue condenado a 15 años de cárcel
durante un juicio secreto.
En 2017, el Consejo de los Guardianes de la Constitución declara al
nuevo candidato de los seguidores de Ahmadineyad, Hamid Baghaie, «mal musulmán»
y le prohíbe participar en la elección presidencial. El jeque Hassan
Rohani es reelecto para un segundo mandato presidencial pero el
ex presidente Mahmud Ahmadineyad revela las malversaciones cometidas a
favor del gobierno y del Guía. Las autoridades iraníes ponen al
ex presidente Ahmadineyad bajo arresto domiciliario y arrestan, uno por
uno, a todos los miembros de su entorno. Esfandiar Rahim Mashaei,
quien había representado a los seguidores de Ahmadineyad con vista a la
elección presidencial de 2017, es condenado a 15 años de cárcel al cabo
de un juicio secreto sobre el cual se ignoran incluso los cargos
presentados contra el dirigente condenado.
El gobierno iraní publica entonces un documento donde se propone la
creación de una federación chiita que abarcaría el Líbano, Siria, Irak,
Irán y Azerbaiyán, bajo la autoridad del Guía de la Revolución, el
ayatola Alí Khamenei. En realidad se trata de restablecer el imperio
safávida. Los Guardianes de la Revolución presentes en Siria abandonan
la defensa del país y se dedican ahora únicamente a la protección de
las poblaciones chiitas.
En cuestión de años, el Irán antimperialista se ha transformado en
una nueva potencia imperialista. Sus aliados, estupefactos, no saben
cómo salir de la trampa en la que ahora se sienten atrapados.
Las acciones actuales de Irán no corresponden a los discursos de sus
dirigentes, que sólo disimulan su estrategia. En Occidente se cree que
Irán es un país violentamente antiestadounidense, lo cual es
absolutamente falso ya que los gobiernos del shah Mohammad Reza
Pahlevi, de los presidentes Rafsanyani, Khatami y del actual presidente
Rohani estaban enteramente alineados con Washington. El asunto de los
“rehenes” estadounidenses retenidos en la embajada (1979-81) es una
fábula total: no eran rehenes sino diplomáticos sorprendidos en
flagrante delito de espionaje. Por cierto, es muy significativo
el hecho que Estados Unidos nunca llegara a exigir compensaciones
invocando la Convención de Viena sobre el personal diplomático.
En cuanto al campo antimperialista, sus miembros se definen por su
posición ante el imperialismo, no contra Estados Unidos.
El ex presidente iraní Ahmadineyad llegó a escribirle a Donald Trump
para animarlo a “limpiar” la administración estadounidense, como había
prometido hacerlo durante su campaña electoral.
Irán no es está tampoco en contra de los judíos. Existe ciertamente
un antisemitismo real en una fracción de su población, pero fue el
emperador Ciro II quien liberó a los judíos de su cautiverio en
Babilonia y desde aquella época los judíos siempre estuvieron
protegidos en tierras persas. Irán e Israel se insultan públicamente y
sabotean mutuamente sus sistemas informáticos… pero nunca se han
enfrentado en el campo de batalla –hoy en día incluso explotan juntos el
oleoducto Ascalón-Haifa, en pleno corazón del Estado hebreo, una
realidad prohibida que nadie puede mencionar en la prensa israelí
sin exponerse a 15 años de cárcel.

- Personalidad militar, pero al mismo tiempo política y
espiritual, el general Qassem Suleimani era el principal rival
potencial del jeque-presidente Hassan Rohani. Pero fue “oportunamente”
asesinado por Estados Unidos sin que hayan llegado a concretarse las
grandilocuentes amenazas de represalias emitidas desde Teherán.
Más bien ha sucedido lo contrario ya que el presidente Rohani aceptó
que uno de sus asesinos se convirtiera en primer ministro de Irak.
Desorientado por el fracaso de Hillary Clinton en la elección
presidencial estadounidense de 2017, el presidente iraní Rohani cuenta
con una rápida destitución del ganador, Donald Trump, y se niega a
conversar con el nuevo inquilino de la Casa Blanca. Contrario a la
estrategia Rumsfeld/Cebrowski, Donald Trump intima el bando sunnita –en
su discurso de Riad – a poner fin al apoyo que aporta al terrorismo
yihadista y saca a Estados Unidos del acuerdo firmado en Viena con el
bando chiita. Los sauditas se adaptan al nuevo inquilino de la Casa
Blanca, pero en Irán el equipo gubernamental persiste en ignorarlo.
La única posibilidad de que el Irán de Rohani llegue a un acuerdo
satisfactorio para los dos actores estadounidenses –la Casa Blanca y el
Pentágono– sería acabar con los Guardianes de la Revolución iraníes,
con el Hezbollah libanés y con cualquier otra forma de oposición al
predominio de Occidente, así como aceptar la división de la comunidad
musulmana en dos facciones –sunnitas y chiitas– como medio de garantizar
que no se produzca un resurgimiento de la revolución.
Finalmente, Donald Trump reafirma su autoridad en la región
asesinando, con pocas semanas de intervalo, al principal jefe militar
sunnita –el “califa” Abu Bakr al-Baghdadi– y al principal jefe militar
chiita –el general iraní Qassem Suleimani.
Sólo entonces el presidente iraní Rohani se decide a negociar con
Donald Trump. En marzo de 2020, coordina la acción de las milicias
huthis con la de las fuerzas emiratíes en contra de las tropas sauditas
en Yemen; en mayo acepta que Mustafá al-Khadimi, uno de los asesinos
del general Suleimani, se convierta en primer ministro de Irak;
en junio, envía Guardianes de la Revolución a Libia, del lado de
la OTAN, como ya había hecho su mentor, Hachemi Rafsanyani, enviando
Guardianes de la Revolución a Bosnia-Herzegovina.
Al mismo tiempo, Rohani acepta la proposición china de comprar el
petróleo iraní al 70% del precio del mercado internacional, con lo cual
garantiza nuevamente la renta petrolera… pero hace peligrar su alianza
con la India. Esa alianza preveía hacer transitar el comercio indio
hacia Afganistán por el puerto iraní de Chabahar, evitando así el
territorio de Pakistán. Sin embargo, lo lógico sería que Irán
se integrara al proyecto chino de restablecimiento de la ruta de
la seda, de la que ya fue parte durante la Antigüedad y en la
Edad Media, lo cual exigiría una alianza entre Irán y Pakistán.
La historia del Irán contemporáneo se resume en un ir y venir entre
dos visiones políticas opuestas: la del esplendor de un imperio basado
en el legado del profeta Mahoma y la de la lucha por la justicia basada
en el ejemplo de los profetas Alí y Hussein. Sorprendentemente,
quienes optan por el esplendor imperial son designados en la prensa
occidental como «moderados» mientras que a los partidarios de la lucha por la justicia se les llama «conservadores».
Hipótesis
Lo que expondré de aquí en adelante en este artículo debe,
por supuesto, ser visto con mucha prudencia ya que sólo es una
hipótesis. Se trata, no obstante, de una hipótesis que merece
reflexión.
Todo indica que la muerte del general Qassem Suleimani, comandante de
las fuerzas especiales de los Guardianes de la Revolución, llegó como
anillo al dedo para el presidente Hassan Rohani. Y ya hemos visto que
no sólo ese asesinato no recibió una respuesta de valor equivalente sino
que además uno de los asesinos se convirtió en primer ministro
de Irak, con el apoyo de Rohani. Al nombrar a un ilustre desconocido
como sucesor del general Suleimani, el poder iraní ha neutralizado
de hecho a los Guardianes de la Revolución. Lógicamente, la próxima
personalidad por eliminar sería el secretario general del Hezbollah, el
líder libanés Hassan Nasrallah.

- El 23 de julio de 2019, el embajador israelí Danny Danon
presenta al Consejo de Seguridad de la ONU lo que califica como
violaciones de la resolución 1559 cometidas por el Hezbollah… y afirma
que esa organización de resistencia dispone de instalaciones
permanentes en el puerto de Beirut.
Pero no es eso lo que acabamos de ver en Beirut. Lo que vimos fue un
depósito de descarga del Hezbollah alcanzado por un arma nueva que
provocó una enorme explosión. Esa operación arroja un saldo de
150 muertos y al menos 5 000 heridos. Sólo voces provenientes de Israel,
como la del diputado Moshe Feiglin, y de Irán afirmaban al día
siguiente que toda desgracia trae algo bueno. Para la prensa oficial
de Teherán, la destrucción del puerto de Beirut intensificará la
actividad de la ruta terrestre Teherán-Bagdad-Damasco-Beirut y,
por ende, el proyecto de federación chiita.
El 6 de agosto, el presidente francés Emmanuel Macron llegaba a
Beirut. Según sus interlocutores, Macron dio a los dirigentes libaneses
un plazo de 3 semanas para concretar la aplicación de la segunda parte
de la resolución 1551: el desarme de la resistencia libanesa [2]. El 7 de agosto, Hassan Nasrallah aparecía en la televisora al-Manar,
y pudo vérsele turbado, incómodo, incluso deprimido. Durante su
intervención, negó en 4 ocasiones toda presencia del Hezbollah en el
puerto de Beirut.
El hecho es que ya la máquina está en marcha. La primera parte de la
resolución 1551 preveía sacar del Líbano la fuerza siria de paz que
había puesto fin a la guerra civil libanesa. Esa retirada de la fuerza
siria de paz se concretó en 2005, a raíz del asesinato del ex primer
ministro libanés Rafic Hariri –atribuido entonces al presidente sirio– y
de la subsiguiente «revolución del cedro». La segunda parte –el
desarme del Hezbollah– se inicia ahora, en 2020, con la destrucción de
la mitad de Beirut y con una nueva revolución de color. Precisamente
todo lo que conviene a Benyamin Netanyahu y a Hassan Rohani, viejos
cómplices en el tráfico de armas que dio origen al escándalo conocido
como Irángate o Irán-Contras.