domingo, 24 de mayo de 2020

La transformación de las sociedades en ‎la estela del Covid-19 anuncia la ‎militarización de Europa‎, por Thierry Meyssan


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La transformación de las sociedades en ‎la estela del Covid-19 anuncia la ‎militarización de Europa‎, por Thierry Meyssan




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Pregunta: En su opinión, ¿quién fabricó el Covid-19?
Thierry Meyssan: Mi análisis es exclusivamente político. No me pronuncio sobre las ‎cuestiones médicas sino únicamente sobre las decisiones políticas. ‎
Una epidemia es generalmente un fenómeno de la naturaleza pero también puede ser un acto de ‎guerra. El gobierno chino pidió públicamente a Estados Unidos que aclare por completo lo ocurrido con el laboratorio militar estadounidense de Fort Detrick, mientras que ‎el gobierno de Estados Unidos ha pedido también transparencia sobre el laboratorio de Wuhan. ‎Por supuesto, ninguno de los dos países ha aceptado abrir sus laboratorios. No es una cuestión ‎de mala voluntad sino una necesidad política. Es probable que el asunto no pase de ahí. ‎
En todo caso, no tiene importancia ya que, a medida que pasa el tiempo, esas dos hipótesis ‎parecen erróneas: ninguna de las dos potencias controla el virus. Desde un punto de vista militar, ‎no es un arma sino una plaga. ‎
¿No excluye usted que se trate de un virus escapado de uno de esos laboratorios?
Eso sigue siendo una hipótesis pero no conduce a ninguna parte. Si se trata de un accidente ‎entonces hay individuos que son responsables y Estados que son víctimas pero no culpables. ‎
¿Cómo evalúa usted las reacciones políticas frente a la epidemia?
El papel de los dirigentes políticos es proteger a su ciudadanía. Para eso, deben preparar sus ‎países, en tiempos de normalidad, para que sean capaces de actuar frente a las crisis que puedan ‎producirse. Pero Occidente ha evolucionado de una manera en la que esa misión se ha perdido ‎de vista. Ahora los electores exigen que el Estado cueste lo menos caro posible y que ‎el personal político lo administre como una gran empresa. Por consiguiente ya no hay dirigentes ‎políticos occidentales que vean más allá de sus narices. A los hombres como Vladimir Putin o ‎Xi Jinping se les califica de «dictadores» sólo porque tienen una visión estratégica de la función ‎que ocupan, con lo cual representan una escuela de pensamiento que los occidentales creen ‎obsoleta. ‎
Ante una crisis, los dirigentes políticos tienen que actuar. En el caso de los dirigentes occidentales ‎resulta que ahora se ven ante un acontecimiento inesperado. Nunca se prepararon para esto. Fueron ‎electos en base a su habilidad para prometer cosas, no por su presencia de ánimo, ni por su ‎capacidad de análisis de la situación o por su autoridad. Muchos de ellos son humanamente ‎individuos que representan a sus electores sin reunir ninguna de esas cualidades, así que toman ‎las medidas más radicales sólo para que no se les acuse de no haber hecho lo suficiente. ‎
Esos dirigentes encontraron un experto, el profesor Neil Ferguson, del Imperial College of ‎London, que los convenció de que iba a producirse una gran hecatombe, de que habría ‎medio millón de decesos en Francia, todavía más en el Reino Unido y más del doble en ‎Estados Unidos. Pero ese “experto” en estadística acostumbra a profetizar calamidades ‎sin ningún temor a caer en la exageración. Por ejemplo, antes predijo que la gripe aviaria mataría ‎a 65 000 británicos, y los decesos no pasaron de 457 [1].‎ Ahora Boris Johnson acaba de sacarlo del SAGE [2], pero el mal ya ‎está hecho.‎
Aterrorizado, el personal político occidental abrazó los consejos de una autoridad sanitaria ‎internacional. Al considerar la OMS –con toda razón– que esta epidemia no era su prioridad ‎ya que el mundo se ve ante otras enfermedades que están ocasionando muchas más muertes, ‎los políticos occidentales se volvieron hacia la CEPI [3] cuyo director, el doctor Richard Hatchett, ‎ya había recurrido antes a cada uno de ellos para pedirles financiamiento de sus países para el negocio de las vacunas, y se reunieron con él en el Foro Económico de Davos o en la ‎Conferencia de Seguridad de Munich. ‎
Cuando trabajaba en la Casa Blanca, el doctor Hatchett fue uno de los dos autores de la rama ‎sanitaria del proyecto político concebido para el mundo por el entonces secretario de Defensa Donald Rumsfeld [4]. En 2001, Rumsfeld estaba planificando una división ‎geográfica de la economía mundial. Se trataba de desestabilizar los países con recursos naturales ‎para facilitar la explotación de dichos recursos y la fabricación de productos en los Estados ‎estables –entre ellos Rusia y China– mientras que el armamento se produciría únicamente en ‎Estados Unidos. Para lograr eso sería conveniente militarizar la sociedad estadounidense y ‎transferir la mayoría de los trabajadores a las compañías dedicadas a la fabricación de ‎armamento. En 2005, Rumsfeld encargó al doctor Hatchett concebir un plan de confinamiento ‎obligatorio a domicilio de toda la población estadounidense, plan que se activaría durante un ‎acto de bioterrorismo como el ataque con ántrax que se perpetró en 2001 contra el Congreso ‎de Estados Unidos y contra algunos grandes medios de difusión. ‎
Ese es el plan que el doctor Hatchett sacó ahora de su gaveta presentándolo a los dirigentes ‎occidentales que le pedían consejo. Hay que entender que el confinamiento obligatorio ‎generalizado de la población sana es algo que nunca existió antes. Eso no tiene nada que ver con ‎el confinamiento de los enfermos. No es una medida de carácter médico sino una manera de ‎transformar las sociedades. China nunca recurrió a tal método, ni frente a la epidemia de H1N1 [5], tampoco ante la epidemia de SARS [6], ni ante la de Covid-19 [7]. El confinamiento en la ciudad de Wuhan, a principios de 2020, fue una ‎medida política del gobierno central chino para recuperar el control de toda una provincia que ‎el gobierno provincial no había sabido manejar. No fue una medida de carácter médico. ‎
Ningún libro médico planteó nunca tal medida o, menos aún, la ‎había aconsejado hasta ahora. ‎
Es posible, pero en Francia no estamos confinados para combatir la enfermedad sino para ‎distribuir su propagación en el tiempo y evitar así la saturación de los hospitales para evitar que ‎nos veamos obligados a escoger entre los enfermos que podríamos cuidar y los que ‎tendríamos que dejar morir.
No es así. Ese argumento no vino antes sino después de la decisión. Es sólo una excusa de los ‎políticos para justificar su mala gestión. Es cierto que, en Francia, las unidades de cuidados ‎intensivos se vieron rápidamente saturadas en dos regiones, así que hubo que trasladar pacientes ‎que necesitaban cuidados intensivos desde esas regiones hacia otras, e incluso a Alemania. Pero ‎había cantidades de camas disponibles en las clínicas privadas. ‎
El problema es lo que yo señalaba al inicio de esta conversación: nuestros dirigentes no están ‎aptos para enfrentar crisis. Su concepción del Estado les impide actuar. Son incapaces de concebir ‎una coordinación entre el sector público y el sector privado. Aquí no se trata de la oposición ‎tradicional entre el Estado central y las regiones. Por ejemplo, al principio de la epidemia ‎los laboratorios liberales no tenían los medios necesarios para aplicar tests de detección de la ‎enfermedad a gran escala. El gobierno fue incapaz de asumir el control de los laboratorios de los ‎ministerios de Investigación y sobre todo de Agricultura para ponerlos al servicio del ‎enfrentamiento de esta situación de urgencia en materia de salud pública. Eso sucedió a pesar de que los investigadores y los veterinarios estaban proponiendo sus servicios. ‎
De acuerdo en cuanto a los hospitales y los tests, pero usted también se opuso al uso de las ‎mascarillas.
Sí. Desde hace un siglo, el personal sanitario ha dejado constancia de la utilidad de las mascarillas ‎quirúrgicas en los salones de operación y durante los cuidados postoperatorios. Pero esas ‎situaciones no tienen nada que ver con la situación de una persona cualquiera en la calle. ‎
Actualmente numerosos sindicatos y academias orientan el uso obligatorio de mascarillas ‎quirúrgicas para todos en los lugares públicos. Será tranquilizador pero no sirve de nada ante el ‎Covid-19. Por cierto, a falta de mascarillas quirúrgicas se recurre a cualquier pedazo de tela para ‎cubrir la nariz y la boca, aunque carezca de las propiedades de filtraje de las mascarillas ‎quirúrgicas. Contrariamente a la idea generalizada, la contaminación no se produce a través de ‎las emisiones de saliva sino que el virus se disemina en el aire hasta una distancia de 8 metros de ‎una persona que grite o estornude. Pero para contagiarse hay que ser receptivo al virus, y no todos ‎lo son. Y también hay que ser inmunitariamente frágil para llegar a desarrollar la enfermedad, ‎lo cual no es el caso de los niños, por ejemplo. ‎
Hay un niño que murió de Covid-19 en Francia.
Lo que es cierto en términos individuales es absolutamente falso en el plano colectivo. ‎‎¡La edad promedio de las personas fallecidas es de 84 años!
Pero, si el confinamiento es absurdo y las mascarillas son inútiles, ¿qué hay que hacer?
Yo no he dicho que el confinamiento era absurdo en sí mismo. Hablé de una medida obligatoria y ‎ciega. En todas las epidemias es conveniente aislar a las personas enfermas, pero sólo a las ‎personas enfermas. Y no reconozco ninguna legitimidad a un poder que impone multas, encarcela ‎e incluso dispara a ciudadanos que se niegan a que los encierren en sus casas por tiempo ‎indefinido. ‎
La salud pública no se garantiza con represión sino con medidas basadas en la confianza. Y no hay ‎que proteger a nadie contra sí mismo. Me parece que es indigno impedir que los viejos ‎puedan ver a sus familiares si desean hacerlo. Es posible que esos familiares se contaminen, ‎es posible que contraigan la enfermedad y que mueran, pero sería por decisión propia. Cuando ‎nacemos, lo único seguro es que vamos a morir. La vida es un largo camino que nos prepara ‎para ese momento y los viejos tienen derecho a preferir morir junto a sus familiares en vez de vivir un ‎poco más. ‎
Las epidemias se combaten siempre de la misma manera: con medidas de higiene –lavarse y ‎ventilar los lugares–, buscando a los enfermos –gracias a los tests– y aislándolos en sus casas o en ‎hospitales para darles tratamiento. Lo demás es puro teatro. Hay que volver a lo básico en vez ‎de inventar prohibiciones.
¿Cómo es posible que nuestros dirigentes nos hayan impuesto un proyecto fascista ‎estadounidense?
Entiendo bien lo que usted quiere decir con el término “fascista” pero no es muy apropiado. ‎El fascismo es una ideología que respondió a la crisis del capitalismo de 1929. Es cierto que ‎Rumsfeld presenta muchas de sus características, pero él piensa en función de otro mundo. ‎
El doctor Hatchett nunca tuvo que responder por su proyecto totalitario en Estados Unidos. Pero ‎tampoco tuvo que hacerlo Donald Rumsfeld. Y, en definitiva nadie ha tenido que responder ‎tampoco por todo lo que ha pasado después del 11 de septiembre de 2001 porque se ha decidido ‎colectivamente no aclarar los atentados del 11 de septiembre. Así que ese crimen inicial ha ‎seguido teniendo consecuencias. La administración Obama siguió aplicando al pie de la letra ‎el proyecto de Rumsfeld en Libia y Siria (la doctrina Cebrowski ‎ [8]‎). Y, dado que la ‎administración Trump se opuso firmemente, estamos viendo como los antiguos colaboradores de ‎Rumsfeld prosiguen su acción a través de otras estructuras federales estadounidenses. ‎Nos guste o no, eso seguirá sucediendo mientras no se aclaren los hechos del 11 de ‎septiembre. ‎
Discúlpeme por volver atrás pero si el confinamiento obligatorio y generalizado fue sólo una ‎medida autoritaria sin objetivo médico, ¿por qué resulta tan difícil proceder al ‎desconfinamiento?
No, no es difícil. Basta con que volvamos a ser libres. El problema es que hoy no se sabe mucho ‎más sobre este virus que hace dos meses y que ahora estamos enredados en un “saber” ‎imaginario. ‎
Las curvas de la epidemia son más o menos las mismas en todos los países afectados, ‎independientemente de las medidas adoptadas. Sólo se destacan dos tipos de países: los que por ‎alguna razón desconocida no se han visto afectados –como por ejemplo los países de la ‎península indochina (Vietnam, Laos, Cambodia y Tailandia)– y los que reaccionaron mucho más ‎rápido aislando inmediatamente a los enfermos y dándoles tratamiento médico, como Taiwán. ‎O sea, sea cual sea la manera de desconfinar siempre habrá un número más o menos alto de ‎personas contaminadas, pero eso no debería modificar significativamente las curvas de ‎mortalidad. ‎
¿Mantendrán los gobiernos el confinamiento obligatorio hasta que se descubra una ‎vacuna?
No sé si algún día aparecerá una vacuna. Hace 35 años que se busca una vacuna contra el SIDA. ‎En todo caso, no es probable que la epidemia de Covid-19 dure mucho más que las epidemias de ‎otros coronavirus –el SRAS y el MERS (Síndrome Respiratorio del Medio Oriente, siglas en inglés). ‎
La vacuna, al igual que los nuevos medicamentos, constituye un interés económico considerable. ‎Hay laboratorios farmacéuticos capaces de cualquier cosa con tal de impedir que los médicos curen a ‎la gente con medicamentos de bajo costo. Recuerden que, cuando dirigía Gilead Sciences, ‎Donald Rumsfeld acabó con la fábrica de Al Shifa, que fabricaba medicamentos contra el SIDA ‎pero no pagaba regalías: Rumsfeld hizo que la administración demócrata de Bill Clinton ‎la bombardeara, afirmando que era de al-Qaeda, lo cual era absolutamente falso. Precisamente, ‎el doctor Hatchett dirige ahora la CEPI, que es la asociación de fabricantes de vacunas más ‎importante del mundo. ‎
¿Qué va a pasar ahora?
Estamos viendo una ruptura considerable en ciertas sociedades occidentales en cuestión de ‎semanas. En Francia se han suspendido libertades fundamentales, como el derecho a reunirse en ‎mítines y de hacer manifestaciones. Trece millones de trabajadores están en desempleo parcial ‎a raíz de la epidemia, se han convertido temporalmente en personas que necesitan asistencia. ‎Las escuelas van a reabrir sus puertas pero enviar los niños a clases no será obligatorio, ‎los padres decidirán si los envían o no y así sucesivamente. Eso no es consecuencia de la ‎epidemia sino, como acabo de explicarlo, es resultado de las reacciones políticas inadecuadas ‎ante la epidemia. ‎
El equipo de Donald Rumsfeld había concebido el confinamiento generalizado obligatorio para ‎transformar la sociedad estadounidense. Ese proyecto no llegó a aplicarse en Estados Unidos. ‎Pero 15 años después se aplica en Europa. Su traslado de un continente a otro ilustra el carácter ‎transnacional del capitalismo financiero, del cual Rumsfeld –quien fue presidente de Gilead ‎Sciences [9]– es producto. No hay razón alguna para que quienes ‎financiaron al equipo de Rumsfeld se abstengan de seguir adelante con su proyecto político, ‎ahora en Europa. ‎
En ese caso, y en los años venideros, una parte muy grande de los trabajadores europeos serán ‎transferidos a la industria del armamento. La OTAN, que el presidente francés Emmanuel Macron ‎creía «en estado de muerte cerebral», y su rama civil, la Unión Europea –entre cuyos miembros ‎hemos visto múltiples disputas estas últimas semanas– serán objeto de una reorganización. ‎La OTAN y la Unión Europea proseguirán la destrucción sistemática de las estructuras de ‎los Estados en los países del Gran Medio Oriente (o Medio Oriente ampliado) –iniciada en 2001–‎‎ y continuarán con los países de la Cuenca del Caribe. ‎
Pero los hombres de Rumsfeld han cometido un error. Al disimular su proyecto de 2006 han dado ‎la impresión de haber tomado a China como modelo cuando impusieron el confinamiento general ‎obligatorio. Ahora es China, no Estados Unidos, la que se ha convertido de facto en referente ‎intelectual de los europeos. Así que en lo adelante será una obsesión impedir que China siga ‎adelante con la construcción de las “rutas de la seda”. Van a tener que esforzarse mucho para ‎impedirlo. ‎
Las epidemias no provocan revoluciones, estas nacen de las guerras y de los desastres económicos. ‎Hoy en día, por culpa de los gobernantes europeos, las economías de los países miembros de la ‎Unión Europea están en la ruina pero esos países están preparándose para la guerra. Vamos a ‎enfrentar una época de cambio en la que pueden surgir tanto lo mejor como lo peor. ‎
Esa evolución será la respuesta al fin de las clases medias, consecuencia de la globalización ‎financiera, consecuencia que denunciaron los Chalecos Amarillos, como la Segunda Guerra ‎Mundial fue una respuesta al agotamiento de los imperios coloniales y a la crisis del capitalismo ‎registrada en 1929. ‎
Francia ya ha pasado por ese drama. Fue en 1880-1881, cuando el capitalismo industrial de ‎la época ya no lograba explotar a los obreros debido al surgimiento de los sindicatos. Jules Ferry ‎‎ [10] expulsó ‎entonces ciertas congregaciones religiosas y creó la escuela laica obligatoria para arrancar los ‎niños a la influencia de la iglesia católica. Los hizo educar como partidarios del militarismo, ‎al extremo que los maestros de aquella época eran llamados «húsares negros». Jules Ferry ‎convirtió a aquellos niños en soldados de su proyecto colonial. Durante 30 años, Francia colonizó ‎y explotó numerosos pueblos extranjeros. Después entró a rivalizar con la potencia emergente de aquella época, Alemania, y así se vio sumida en la Primera Guerra Mundial. ‎
Veremos aparecer en Europa los mismos debates que Estados Unidos ya vivió 20 años antes. ‎Los europeos deben negarse a dejarse implicar en esos crímenes. Esa será la lucha de los ‎próximos años. ‎

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