martes, 15 de agosto de 2017

¿Tiene sentido que exista el feminismo?





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¿Tiene sentido que exista el feminismo? Kaos en la red



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Los feminismos y sus reivindicaciones son frecuentemente criticados por muchas personas y en distintos sectores de la sociedad, desde los cuestionamientos más “académicos” hasta los comentarios cotidianos que suelen ocurrir en las burlas entre amigos. Me parece que muchas veces, tales críticas provienen en realidad de tergiversaciones con respecto a las apuestas que los feminismos se han planteado a lo largo de la historia y que existe además una dinámica por la cual muchas personas se han adjudicado el derecho a opinar tajantemente sobre estas cuestiones, aun cuando en realidad las conclusiones que tienen, aparentemente lógicas y eruditas, solo demuestran lo poco que se han dado la oportunidad de conocer los problemas y propuestas presentes en el vasto mundo del pensamiento feminista.

Así, se pueden encontrar innumerables ejemplos en lugares que van desde los medios de comunicación, pasando por videos que circulan en internet, afirmaciones cotidianas en redes sociales o grupos dedicados a opinar en contra del feminismo y que se mueven entre la ridiculización más banal hasta la invención de términos como el de feminazismo. Creo que hay algo preocupante en la manera cómo se propagan estas opiniones que tienen la apariencia de ser sensatas o lógicas, pero que al final son, sobre todo, una forma de estigmatización y se convierten, además, en un obstáculo en el camino hacia pensar una sociedad más justa con todas las personas. Por eso, me gustaría referirme a algunas de esas críticas –falaces- al feminismo.

Que el feminismo promueve el odio hacia los hombres

Francamente, yo no he leído ningún texto feminista, ni he visto grupos de mujeres que afirmen una cosa semejante y en esos términos. Creo, en cambio, que esta percepción proviene de la manera como las mujeres reaccionamos o interactuamos con los hombres. He visto que algunos hombres se han sentido “discriminados” o “rechazados”, por la actitud defensiva y en ocasiones supuestamente agresiva de algunas mujeres. Hace tiempo, un amigo me contaba cómo en una reunión donde se discutían asuntos relacionados con buscar estrategias para contrarrestar la violencia contra las mujeres, no se le permitió hablar. También, cómo una vez intentó dirigirse a una mujer desconocida en el transporte público para cederle una silla y ella no solo no aceptó, sino que su reacción inmediata fue bastante agresiva.

Entonces aquí el problema se mezcla de paso con otra afirmación típica contra el feminismo y es la de “siyo nunca he violentado a una mujer ¿por qué me tienen que tratar así?”. No me interesa cuestionar la veracidad de la idea de que un hombre cualquiera “jamás” haya violentado a una mujer, pero creo que la percepción de estos hombres probablemente cambiaría si vieran las cosas desde una perspectiva distinta.

Por ejemplo: nuestra experiencia en el espacio público está mediada por distintas cosas que hacen que nos convirtamos en blanco de formas de discriminación y violencia. Entonces, ser mujeres en el espacio público implica una cuota específica de situaciones, que generalmente nos obligan a formular todo tipo de estrategias con el fin de evitar que nos manoseen, tener que escuchar los mal llamados “piropos”, que nos cierren el paso al andar, que nos acorralen, que nos persigan o que nos violen.

Mientras tanto, en escenarios como los del intercambio de ideas, en debates académicos o entre amigos y amigas, es bastante común que seamos interrumpidas. Por supuesto, esta no es una experiencia que vivamos únicamente las mujeres, pasa también con los niños y niñas por ejemplo y, en general, con quienes ocupan un lugar de “inferioridad” en determinadas situaciones sociales y relaciones inevitablemente mediadas por el poder.

Así, para mí no es poco común que un hombre intente explicarme cosas que sé hacer, o que me interrumpa constantemente cuando hablo. Cuando tomo un taxi, el taxista parece asumir que no tengo idea de a dónde voy o cuál es la mejor ruta para moverme y, si voy con un hombre, esperarán siempre las orientaciones de él y no las mías para saber a dónde vamos o cuál es el camino, aun cuando la mayoría de las veces yo sepa perfectamente a donde voy y qué ruta prefiero tomar.

Pero esos son en realidad ejemplos banales comparados con la realidad violenta que afrontan miles de mujeres, por vivir una realidad que las sitúa inmediatamente en un lugar subordinado. Las mujeres perciben en promedio salarios inferiores que los hombres por igual trabajo, son quienes siguen asumiendo la mayor parte de las cargas de trabajo dentro de los hogares, suelen ser las principales responsables del cuidado de otros dentro y fuera del ámbito privado, son –con mucho- las principales víctimas de violencia sexual y un largo etcétera de circunstancias que han dado lugar a la aparición de los feminismos.

Por eso, si bien es perfectamente posible que muchas mujeres actuemos a la defensiva o incluso de una manera agresiva en nuestra relación cotidiana con los hombres, no entiendo por qué eso se ha convertido en una razón para afirmar que el feminismo promueve el odio hacia ellos, en lugar de comprender que nuestras reacciones son consecuencia, no del feminismo, sino del machismo con el que tenemos que lidiar constantemente.

He visto a muchos hombres reaccionar de maneras tremendamente agresivas ante circunstancias mucho menos desagradables que las que he tenido que vivir como mujer en el espacio público y he visto también a esos mismos hombres sentirse ofendidos por nuestras actitudes como si fueran un disparate salido de la nada.

Esto no quiere decir tampoco que creamos que existe una conspiración maligna en donde hay unas personas –principalmente hombres-, que se levantan cada día pensando en cómo van a hacerles daño a las mujeres.

Que el patriarcado no solamente violenta a las mujeres

Está más que claro que las mujeres también podemos en determinadas circunstancias promover ideas o actitudes que contribuyen a reproducir el machismo (sobre esto volveré más adelante). Ni se trata de negar la existencia de violencias que afectan a los hombres o que vivimos las personas en función de razones distintas al género ¿de cuándo acá denunciar la violencia contra las mujeres significa al mismo tiempo negar que otras personas tienen que soportar también las consecuencias de la dominación?

Sin embargo, afirmar la especificidad de las violencias contra las mujeres, para muchas personas parece convertirse en una razón para deslegitimar nuestros argumentos en función del hecho de que se supone que existen otras formas de violencia o que el patriarcado no solo afecta a las mujeres. Es verdad, pero eso no es equivalente a decir que todas las personas viven el machismo de la misma manera ni en igual proporción. La sistematicidad y la forma específica en que se presentan las violencias contra las mujeres y niñas, merece tomar medidas igualmente específicas. No es deseable que eso se traduzca en una manera de invisibilizar las consecuencias del machismo para otras personas y si algo semejante sucediera no debería convertirse en una razón para odiar o deslegitimar al feminismo. Significa en su lugar, la necesidad de asumir la complejidad de la situación y el reto que tenemos para pensar mecanismos que permitan a todas las personas defenderse o, mejor aún, no convertirse en víctimas de ninguna forma de violencia.

Para retomar algo que mencioné anteriormente, hay quienes critican también el feminismo en función de circunstancias como el que haya mujeres que ven a los hombres como objetos sexuales, como bienes de consumo, que critican a otras mujeres cuando no son sumisas ni se adaptan a determinados patrones y en fin… porque “hay mujeres que promueven el machismo y el patriarcado”.

De nuevo, es curioso escuchar este tipo de frases como una forma de criticar al feminismo. De hecho, ver el cuerpo de las personas como un objeto de consumo, además de ser una construcción propia de un modo de producción que mercantiliza absolutamente todos los aspectos de nuestras vidas, es también una práctica que se ha hecho posible en una sociedad machista que pervive con la idea de usar los cuerpos de las mujeres como si fueran cosas. Cuando una o varias mujeres llevan a cabo una práctica similar (si es que tal cosa fuera posible), eso no es consecuencia del feminismo.

Que el feminismo es lo mismo que el machismo, pero a la inversa

Claro, creer una cosa semejante parece una conclusión sencilla en un mundo que vive pensando todo en función de sus opuestos y que es incapaz de darse cuenta que el mundo que los feminismos proponen no es ni remotamente cercano a una sociedad en donde las mujeres pasen a ocupar el rol que los hombres han tenido históricamente, ni desea para ellos el tipo de vida que nosotras hemos tenido que llevar.

Así, aparece la idea de un machismo a la inversa que suele resumirse en términos como el de feminazi o el “hembrismo” y se ha convertido en una forma por excelencia para deslegitimar las reivindicaciones de los movimientos de mujeres y del pensamiento feminista por doquier. Esto se parece bastante también a ese fenómeno con tintes fascistas que quiere convencer a la gente de que existe algo así como un “racismo a la inversa” que se expresa cada vez que una persona negra ataca, hiere o mata a una persona blanca. Así también, cuando una mujer lastima, hiere o asesina a un hombre se supone que estamos ante la prueba fehaciente de los peligros del feminismo: el feminazismo acecha. Como si cualquiera de esas situaciones fuera efectivamente consecuencia de un sistema histórico con raíces profundas que haya atacado, asesinado, violado, mercantilizado, explotado o que haya negado el acceso a derechos básicos a los hombres o las personas con piel blanca.

Anthony Morgan señala cómo, incluso si todas las personas negras y mestizas afirmaran odiar a las personas blancas, nada de eso afectaría las posibilidades que tienen éstas de conseguir un empleo, educación, ni aumentarían las posibilidades de que sean las principales sospechosas cuando un crimen sucede.

Así también, incluso si las mujeres afirmáramos odiar a los hombres, eso no revertiría ni tendría consecuencias inmediatas sobre su realidad material concreta. Vistos así, el feminazismo, el hembrismo, el machismo y el racismo a la inversa no son otra cosa que una invención ridícula que no logra comprender el carácter histórico del fenómeno que los feminismos o los movimientos antirracistas quieren acabar.

Por supuesto que eso no significa afirmar que todos los hombres son malos en sí mismos o que las personas que nacen con “piel blanca” lo sean. Estamos completamente sumergidas/os en una realidad que perpetúa privilegios para algunas/os y desventajas para otras/os.

Por eso, lamentablemente, en este mundo lo más probable es que además de vivir alguna forma de opresión, es casi seguro que todas las personas hemos ejercido alguna forma de violencia, estigmatización o exclusión contra otros y otras. No es posible ser absolutamente consecuente, pero es posible esforzarse por cambiar esas circunstancias.

Lo que tiene sentido es que exista el feminismo, que haya movimientos y reivindicaciones en contra de la discriminación racial, que haya quienes piensan en las consecuencias del poder colonial o el antiespecismo, pues ello implica asumir que siempre esté abierta la posibilidad de cuestionar nuestras prácticas y transformarlas, para que quienes nos sucedan tengan la posibilidad de vivir en una realidad cada vez más justa.

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